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Plancha de Trabajos · Respetable Logia MEDIODÍA no 66 (GLSE) en los V:.V:. de Sevilla (España) APROXIMACIÓN COMPARATIVA AL FENÓMENO RELIGIOSO DE LA TRIADA

QQ:.HH:. “ La luz que brilla más allá del cielo, más allá de todo, en los más altos mundos más allá de los que ya no hay otros más altos, es en verdad la misma luz que brilla dentro del hombre (antah purusa)” – Chandogya Upanishads (III, 13,7). Con el trazado que os presento, únicamente se pretende aportar orientación básica sobre el origen de un complejo fenómeno religioso que aún hoy sigue estando vigente tanto en religiones de Oriente como de Occidente y que, además, se ha trasladado al mundo del Conocimiento con una enorme carga simbólica. Con la necesaria brevedad que deben improntar los trabajos en Logia, afrontaremos la mejor de las exposiciones de que sea capaz. Decía Marcel Granet, con bastante sentido aunque tal vez de forma exagerada, que “desde las costas de Irlanda hasta las de Manchuria solo existía una civilización”, y con ello venía a afirmar que “desde la remota prehistoria ningún obstáculo natural había impedido las comunicaciones, erruptivas u osmóticas, de un extremo a otro de la gran llanura de Eurasia del Norte”. Destaco este comentario porque hablar de la Tríada, de la Trinidad o del Sagrado Delta como fenómenoreligioso supone acercarnos a la  


estructura básica que se ha mantenido en buena parte de las grandes religiones del mundo, como ramas que se desarrollaron con rasgos diferenciadores a partir de un tronco común: el influjo religioso de la gran civilización indoeuropea. Está atestiguada la irrupción de los pueblos indoeuropeos en Grecia, Asia Menor y Mesopotamia, en diferentes oleadas, al menos desde el año 2.300 a.C. - aunque es posible suponer una fuerte influencia muy anterior - y de este modo, la presencia invasora de hititas, dorios, luwitas y mitanni en Occidente, así como de arios e iranios en Oriente. Esta dispersión había comenzado unos siglos antes, y es posible que tuviera lugar como consecuencia del declive de una civilización nuclear, tal vez de un auténtico imperio sólo conocido por su extraordinaria influencia lingüística y cultural en el resto del mundo conocido hasta entonces. No hay un acuerdo definitivo en la identificación de la patria originaria de los indoeuropeos, aunque es posible localizar los núcleos de población más significativos en las regiones situadas al norte del Mar negro, entre los Cárpatos y el Cáucaso. Su estructura social, fuertemente clasista y militarizada, debió estar unificada en torno a unas intensas creencias religiosas en las que la idea de lo Divino aparece tempranamente vinculada a la sacralidad celeste, es decir, a la “Luz” y a la “Trascendencia”. Practicaban sacrificios, conocían el valor mágico-religioso de la palabra y el canto, poseían concepciones y ritos que les permitían consagrar el espacio y “tornar en cósmicos” los territorios en los que se instalaban (como parece acreditado en la India antigua, en Grecia, en Roma y entre los Celtas) permitiéndoles, de este modo, renovar periódicamente el mundo. Es posible afirmar que la figura del dios solar debió ocupar un puesto preponderante en el panteón indoeuropeo -véanse el védico  


“Surya”, el griego “Helios”, el germano “Sauil”, el eslavo “Solnce” que en todos los casos designan el Sol - y por extensión tuvo una importancia capital el ritual del fuego. Es muy probable que el culto sacramental, así como las diferentes consagraciones e iniciaciones se realizaran, fundamentalmente, en lugares sagrados al aire libre, donde la presencia de energía telúrica fuera muy patente desde la prehistoria. De entre todos los sacramentos, el más importante y el más extendido fue con seguridad el conocido en India como “upanayama” o “diksa” (Atharvaveda XI, 5.3) mediante el cual el preceptor transforma al iniciado en embrión y lo guarda durante tres noches “en su vientre” - simbolizado en una estancia especial - desde donde renace en la condición de brahmán; a partir de este momento habrá de conocerse al novicio como el “dos veces nacido”, y habrá de considerarse a este último como un nacimiento sobrenatural destinado a la inmortalidad, que le hará merecedor de conocer la “palabra del Veda” de boca de su maestro, quien desde entonces se convertirá en su auténtico padre. Por su parte, las iniciaciones “srauta” implicaban la “muerte ritual” y el “renacer” del novicio a un modo de ser superior pues es ésta una condición indispensable para acercarse a los dioses y obtener una existencia plena en este mundo; a tal efecto, proclama el Satapatha Brahmana (XI, 2,I,1) que “el hombre nace tres veces: la primera vez de sus padres, la segunda vez cuando sacrifica ... la tercera vez cuando muere y es colocado sobre el fuego, y allí regresa de nuevo a la existencia”, y del mismo modo, el sacrificante o preceptor se asimila a los dioses al generar un acto de creación; y así se dice que “el sacrificante está destinado a nacer realmente en el mundo celeste” (Satapatha Brahmana, VII, 3,I,12) y el que “es consagrado se une a los dioses y se convierte en uno de ellos” (S.B. III, 1, I, 8). Del mismo  


modo, en Escandinavia el supremo Odín “se sacrifica a sí mismo” para obtener la sabiduría y el dominio de la magia (Hávamal, 138). Según parece la “ideología tripartita” constituía un sistema coherente y a la vez flexible, complementado por una multitud de formas divinas, de ideas y de prácticas religiosas, que puede proceder de un pasado aún más remoto. A pesar de que se ha intentado asimilar el fenómeno de la tríada a diversas concepciones cosmológicas tales como las tres partes superpuestas del mundo (cielo, atmósfera, tierra); la jerarquía de los valores morales (dharma, artha y kama); la teoría de los fuegos sacrificiales (fuego del amo, fuego de la defensa y fuego de las ofrendas); los principales colores (blanco, rojo y negro); George Dumézil y Emile Beneviste encontraron una correspondencia directa de las estructuras sociales indoeuropeas en esta peculiar organización teológica, tan relevante y enigmática en otras civilizaciones. De este modo y a partir de los textos védicos, parece posible afirmar que la sociedad estaba dividida en tres clases sacerdotes, guerreros y ganaderos-agricultores - y correspondía una ideología religiosa trifuncional: la función de soberanía mágica y jurídica (brahamanes, athravanas, druidas); la función de los dioses de la fuerza guerrera (ksatriyas, rathaestars, flaiths) y, finalmente, la de las divinidades de la fecundidad y de la prosperidad económica (vaisyas, vastryos, bo airigs) Incluso es posible afirmar una fórmula trifuncional derivada del esquema anterior basada en “medios de acción”, del cual podemos advertir un ejemplo descrito en el Rigveda (8, 71, 12) donde se aborda sucesivamente el culto, la victoria guerrera o deportiva, y los logros agrícolas: “¡Agni con vistas al sacrificio divino (devayajyáya), durante  


la ceremonia, Agni primero en las oraciones (dhisú); Agni en el combate (árvati); Agni para la prosperidad del campo (ksaítraya sadhase)!” A veces las tres funciones aparecen sin relación con divinidades particulares, como se desprende del ritual del “Sacrificio del Caballo” descrito en el Rigveda (1, 162, 22) donde se le pide al divino corcel que proporcione tres tipos de dones; del mismo modo, también aparecen para evitar tres clases de males, igualmente descritos en el texto védico (R.V. 8, 18, 10) y conocidos con idéntica analogía en Occidente como las “Tres plagas de la isla de Bretaña” (enfermedad, fracaso ritual, hostilidad). En cualquier caso, podemos compartir con Louis Renou que la “ideología tripartita” dominaba la estructura esencial de la sociedad indoeuropea que, en diferente medida, se sentía elegida por los dioses frente al resto de los mortales e intentaba adaptar el esquema divino a sus diferentes costumbres y valores, pues para ellos “Tres” equivalía a “Todo”. Es posible que la enorme distancia geográfica que se nos presenta, pudiera parecer insalvable y ello habrá de suponer precisamente, el mayor reto para afirmar la naturaleza común de las creencias religiosas que observaremos a continuación; por esta misma razón, hemos preferido proponer un esquema apoyado en los extremos más alejados, trazando un imaginario triángulo equilátero cuyos vértices estarían compuestos por el panteón védico, por la tradición romana arcaica, y por la teología escandinava. Veámoslo por separado: a) En el panteón védico, la tríada está compuesta en su primera función por el par Mitra y Varuna, que simbolizan dos partes o tendencias complementarias que se necesitan para mantener el “rtá”, esto es, el Orden del Universo. De este modo, Mitra representa la soberanía mágica o sacerdotal, y Varuna la soberanía jurídica; uno, el día y el otro, la noche;  


lo benevolente o amable, y lo riguroso o temible; la reflexión y la acción; la inspiración y la fuerza creadora; el mundo visible y la oscuridad de las tinieblas; lo terrestre y lo acuático; el yâng y el yîng; incluso, en una fórmula extrema, se llega a decir que “Mitra es el mundo, y Varuna el otro mundo” (Satapatha Brahmana, 12, 9, 2, 12). A Mitra y a Varuna se les asocian los dioses Aryaman y Bhaga, el primero como protector del pueblo ario y el segundo, como mensajero y distribuidor de los dones celestiales. La segunda función está compuesta por Indra, personificación de la vida exuberante, demiurgo y fecundador, esforzado guerrero, caudillo de los valientes “maruts”, vigilante de las fronteras exteriores, victorioso defensor del orden natural frente a la monstruosa serpiente Vritra.Indra también representa la lluvia provocada por la tormenta y el triunfo del sol contra el frío. Finalmente, el tercer nivel está ocupado por la pareja de dioses gemelos conocidos como Nasatya o Asvin, quienes se ocupan de proteger físicamente a los hombres y a los animales, contra la enfermedad y la muerte; otorgan salud y vitalidad; acaban con la esterilidad; en los rituales se les asocia con la medicina y con la fecundidad de la tierra. b) Para la tradición arcaica romana y umbría, la tríada está compuesta en su primera función por Júpiter, al que debemos contemplar como un “rex invisible” que garantiza la existencia de la Ciudad, fundada en virtud de sus signos primordiales, y que dirige su política con sus signos circunstanciales. Es un dios celestial, pero de un cielo próximo, más atmosférico que cósmico y por tanto, garante del Derecho y de la exactitud de todos los compromisos entre los mortales o en el comercio de los mortales con los dioses. Patrón por excelencia de los más importantes rituales urbanos, se funden en su figura única, la soberanía  


teológica y la soberanía jurídica, facetas que se necesitan para mantener no ya el “rtá” védico, esto es, el Orden del Universo, sino un concepto homólogo netamente romano: el “ius”, pues todos los valores que precisan orden y equilibrio están en relación con la Ciudad. No obstante, también es posible vislumbrar en los albores de la religión romana, una bipartición de la soberanía principal del tipo védico antes expuesta, que fue casi borrada e uniformizada a partir y en provecho del representante de su parte más prestigiosa y más dinámica: Júpiter, que vendría a asemejarse a Varuna. De este modo, parece posible que el aspecto mitraico de la primera función estuviera compartido originalmente por “Dius Fidius o Fides” que representa la lealtad, la confianza y en definitiva la buena fe contractual; sería garante de la armonía social y del buen derecho; el culto a Fides está atestiguado por la celebración de un ceremonia anual donde los tres flaminis (de Júpiter, de Marte y de Quirino) iban a su santuario del Quirinal para ofrecer un sacrificio conjunto. También se asocian a la primera función, dos divinidades prerromanas emparentadas que llegaron a tener una capilla en el templo de Júpiter Capitolino. Nos referimos a Términus y Juventas; el primero de ellos, representa el respeto a la demarcación de las propiedades, por extensión: a los límites de Roma, y es el garante de la paz y la estabilidad de la Ciudad; el segundo, representa su eterna juventud, su duración y vigor, es un protector del pueblo romano al estilo de Aryaman en el mundo ario. Finalmente, cabe relacionar dos héroes legendarios a la primera función, los reyes Rómulo y Numa, respecto de los cuales nuevamente se repite la dualidad védica; de este modo, Rómulo parece encarnar a Varuna, y Numa a Mitra. El primero, es todo ambición y sus actos tienden a establecer su poder absoluto, el Bien o el Mal se definen para él en  


función de su majestad y fue el fundador del arte de los “auspicia”, esto es, de la interpretación de los signos y dones celestiales; el segundo, es un sabio, un filósofo que carece de pasión, fue el fundador del arte de los “sacra”, es decir, del culto asumido por lo hombres, con sus oraciones, sus negociaciones y sus ofrendas. La segunda función es ocupada por Marte, que como sabemos representa la energía masculina creadora y destructora, a la vez. No debemos confundir su figura con el Ares griego – el cual, además, no ocupa la segunda función en el Elíseo - pues su homologación con éste, así como con la casi totalidad del panteón romano original, se produce en tiempos del Imperio. La correspondencia entre el Marte arcaico y Ares, y de ambos con el Indra védico supone un ejemplo más de las identificaciones que vamos persiguiendo con el presente trabajo. La tercera función del panteón romano, está compuesta por Quirino que es “la divinidad protectora de la colectividad útil al Estado”, en referencia de los “quirites” y sólo de estos, para garantizar definitivamente el “ius”. Deidad protectora de la fecundidad, de la prosperidad de la tierra y del ganado, de la paz estable para esas individualidades y de los bienes de estos necesarios para la Ciudad, y no para la totalidad de los miembros de la sociedad romana. c) En la teología escandinava, se nos presenta una sociedad donde las distinciones están menos claras, donde no existe un gran cuerpo sacerdotal ni un concepto parecido al “rtá” védico o al “ius” romano; la religión pública atañe en lo esencial al jefe del grupo, que puede ser a la vez un chamán, y un guerrero violento y heroico. Esta organización social debió influir considerablemente en la formación de un panteón de divinidades muy peculiar donde, como ahora veremos, no parecen perderse los  


rasgos característicos que le emparentan con las estructuras teológicas antes descritas. Tal y como describió Adán de Bremen, la primera función está compuesta por el dios Odín, rey de dioses, “padre universal” (Alfa dir) pues como rey está en el origen de dinastías reales escandinavas y anglosajonas, y mago, con caracteres netamente chamánicos; su templo principal estuvo situada en Upsala (Suecia). Odín gobierna desde el Valhalla la victoria, y como Júpiter, reúne la soberanía teológica y la soberanía jurídica, apreciándose en su figura rasgos mitraicos pero sobre todo varunianos, al destacarse en él especialmente, su carácter violento y heroico en la guerra, de forma paralela a su sabiduría y a la profundidad de su conocimiento que obtiene como resultado de sacrificarse a si mismo; de hecho pagó la adquisición del don de la videncia con la pérdida de un ojo, pues Odín se nos presenta tuerto. Veamos cómo describe el Hámaval (138-140) el sacrificio que debe soportar para la adquisición de su ciencia, de los runas: “Sé que me colgaron del árbol azotado por los vientos nueve noches enteras, herido por la espada y sacrificado a Odín, yo mismo a mí mismo. No me gratificaron con pan ni hidromiel, miraba hacia abajo. Hice subir a los runas, los hice llamándolos y entonces caí del árbol ... Elegí nueve cantos poderosos.” La segunda función está compuesta por Thor, que representa una interminable sucesión de luchas y duelos. Si fertiliza el campo con una meteorología favorable, se debe a que gracias a su martillo, venció en la batalla contra los gigantes de la tormenta. Es un combatiente colérico, fuerte y solitario, digno émulo del Indra védico y del Marte romano, protector del pueblo escandinavo allí donde se  


requiere su ayuda. La tercera y última función, está ocupada por Freyr y, como no podía ser de otro modo, representa la abundancia en la paz, en el placer, y en la fecundidad humana. Como hemos podido observar, en todos los casos se ha presentado un esquema trifuncional, incluso con una bipartición de la función primera, la función soberana por excelencia que revela un importante paralelismo y una profundidad simbólica que verdaderamente impresiona. Aunque con rasgos propios y distintivos, con desarrollos rituales en muchos casos desconocidos y con aportes culturales radicalmente diferentes, creo que ahora no nos puede resultar tan exagerada la afirmación que Marcel Granet hacía al inicio de este trabajo e igualmente que podamos concebir al Mundo Antiguo como una aldea más global de lo que habíamos imaginado hasta este momento. Y es que estos tres modelos elegidos por su vertiginosa distancia, no son los únicos, pues con rasgos muy diferentes y orígenes aún no demostrados, los sistemas trinitarios principales florecen por todo el mundo conocido; de este modo, en Sumeria: Anu, Enlil y Enki; en Asiria- Babilonia: Marduk, Ishtar y Shamash; en Siria: Bel-Baal Samin, Yarhibol y Aglibol; en la cultura Hurrita: Hepat, Astapi e Ishara; en la cultura Hitita: Zibarwa, Tesub y Herat; en Mitanni: Tesub, Sin y Shamash; en la Grecia clásica: Zeus, Poseidón y Hades, etc. En cualquier caso, la estructura trinitaria ha improntado durante milenios el mundo de las creencias religiosas públicas, de todo aquello que debe entenderse como oficialmente sagrado desde los confines de Oriente hasta Occidente instalándose en la conciencia colectiva y en la mística con una carga ritual, que supera una explicación satisfactoria de su origen. Es muy posible que el intenso simbolismo del Tres, de la Trinidad o del Delta Sagrado parta de este mismo punto, y también es probable que otras posibles explicaciones pseudo  


numerológicas o esotéricas acerca de su sentido oculto, tal vez obvien el glorioso origen que acabamos de describir. No obstante si la prodigiosa mente humana fue capaz de crear un sistema teológico e iniciático estable, al mismo tiempo que flexible, que llegó a superar la prueba del tiempo y de las distancias más vertiginosas, bien pudo seguir investigando hasta averiguar un sentido último que hasta el momento no hemos sabido desentrañar. Tal vez por qué no - debamos hablar de Revelación, de cómo ésta se pudo presentar para mostrar a los hombres una explicación de lo Sagrado que éste adaptó a su realidad como pudo, pero que conservó con el valor íntimo que le había sido transmitido ... tal vez, quién sabe, algún día retorne la Luz desde el más remoto pasado para volver a orientar nuestro errante caminar... hasta entonces, queridos hermanos, recordemos los versos que Lluis LLach cantara inspirado en el inmortal Kavafis: “Cuando salgas hacia Itaca, pide que el camino sea largo, no apresures tu viaje, que dure muchos años, y cuando atraques en la isla, ya viejo y docto por lo aprendido en el camino, no esperes que Itaca te enriquezca. Itaca te ha dado el viaje y aunque la encuentres pobre, no te ha engañado y así, ya sabio, bien sabrás lo que significan las Itacas” He dicho. GVD Un Maestro Masón.

 


Aproximación comparativa al fenómeno religioso de la Tríada