Issuu on Google+

LA LOCA SANDRA Sandra siempre fue la vecina loca del barrio. Rodeada de gatos callejeros, con los pelos parados y las raíces desteñidas, ropa excéntrica y mal combinada y el maquillaje totalmente desastroso. Sus ojos estaban delineados con un azul intenso y la máscara de pestañas corrida sobre la parte inferior del ojo, el rubor estaba puesto como si fuese una muñeca de porcelana – dos redondeles rojizos en cada mejilla – y el labial no solo pintaba sus labios sino también todo su contorno. Paseaba hablando sola en voz alta y se reía a las carcajadas de las cosas más insólitas: de la lluvia, de los perros haciendo pis en un poste de luz o de las hojas que caían de los árboles. Perseguía gatos por todo Chacarita. Una vez la vi llevar a su casa cuatro gatos de una. Siempre que salía volvía con uno nuevo. Mucha gente le temía. Decían que había quedado chiflada luego de que su hijo muriera de sobredosis, su hija se volviera prostituta y su esposo la dejara por un hombre. Por mucho tiempo se la conoció como “la pobre Sandra”. Antes de temerle la gente le tenía lástima. Nadie se acercaba a hablarle, se limitaban a poner cara de compasión cada vez que pasaban a su lado pero, cuando no estaba cerca, no hacían otra cosa que hablar de ella, de “la pobre Sandra”. Se había vuelto el tema de preferencia en el barrio, todos hablaban sobre ella y sobre su desgracia. Hubo una época en la cual se encerraba en su casa de color gris percudido, con sus muros llenos de graffitis, con la vereda rota y repleta de excrementos, de papeles y de basura y con un árbol flacuchento, seco y sin vida, frente a la puerta verde de madera podrida que adornaba la espeluznante fachada de su hogar. Llamaba cada dos días a mi almacén y encargaba tres docenas de huevos, cervezas, jamón y palta para que se los alcanzara. Cuando cruzaba la calle para hacer la entrega debía contener la respiración ¡qué olor desagradable había allí! Apenas abría la puerta, solo lo suficiente para sacar la mano por la rendija para pagar y agarrar el pedido. ¡La muy condenada ni propina me dejaba! Desde entonces, comenzó a ser llamada “la loca Sandra” y, en menos de tres meses, se transformó en un tema tabú. La gente pensaba que con nombrarla su desgracia caería sobre ella o que “la loca Sandra” les echaría una maldición ¡Qué ingenuos! Las viejas del barrio cada vez que venían al almacén me hacían preguntas sobre la excéntrica mujer como si yo supiera algo que ellas no ¡La desgraciada ni propina me dejaba!; por ese motivo su vida no me interesaba. Había una cosa de lo que estaba


seguro, que Sandra era sucia, muy sucia. Nunca compraba jabón, papel higiénico, desodorante o cualquier producto de limpieza personal o para el hogar. Cuando pagaba, sacaba un fajo de billetes agarrado por sus falanges percudidas y ásperas coronadas con uñas punzantes, largas y totalmente negras. Apostaría cualquier cosa a que, debajo de su uña del dedo meñique, se encontraba un cúmulo de cera y después con toda esa suciedad se chupaba los dedos para evitar que los billetes se pegaran y no pagar de más. ¿Se acuerdan de las monedas de un centavo, que de un día para otro dejaron de circular? Bueno, “la loca Sandra” debía de ser la única persona que todavía tenía en su poder aquellas monedas y que siempre reclamaba el centavo de los 99. Me complicaba bastante la vida, el circuito de las monedas de un centavo era cerrado: un día ella me pagaba con monedas de un centavo y yo a los dos días se las devolvía. La cretina llegó a pagarme 75 centavos con esas monedas insignificantes que después nadie más que ella me las aceptaba. Al año de desaparecer en lo más profundo se su covacha, su vereda era el cementerio de un sin fin de porquerías. La gente había utilizado ese espacio como basurero y su olor era peor que el Riachuelo en verano. También al año, comenzó a salir. Nunca hacía trayectos largos y siempre hablaba en voz alta. Cada vez se la notaba más loca, la pobre daba lástima. Quien pasaba al lado suyo debía contener la respiración y más de una vez Sandra asustaba a los transeúntes saltando en frente suyo y emitiendo un gemido similar al de un gato. Las víctimas salían corriendo a los gritos, asustadísimos. Siempre volvía con un gato a su casa. Supongo que los sacaba del terreno baldío que había a unas pocas cuadras. Lo curioso es que nunca compraba comida para ellos, solo cerveza, huevos, palta y jamón y, al pasar por su casa, no se escuchaba ningún maullido, solo el ruido de interferencia de una televisión rota y un disco rayado de Gardel que saltaba cada dos por tres a todo volumen. Recuerdo que había llegado el invierno cuando dejé de verla o recibir pedidos suyos. Pese a su ausencia, los rumores sobre Sandra continuaban más calientes que nunca. Cuando llegó la primavera, seguía sin verla – y miren que el almacén está justo enfrente a su casa -. Sin embargo había escuchado rumores de que se paseaba por la noche en camisón por el barrio buscando más gatos. Nunca pude confirmarlos porque cerraba el negocio a las ocho de la noche. Para el verano, todavía no había señales de vida y, no es que me preocupase, sólo me sorprendía y me alegraba no tener que cruzar a su pútrida vereda. Les juro, si alguien tuviese el coraje de limpiar esa acera


encontraría cadáveres de ratas, cucarachas, palomas y todo tipo de animal o bicho que se les ocurra y no se olviden de las heces de animales y muy probablemente de humanos también. Seguro que aquel árbol que les había mencionado antes se volvió el baño público del barrio. Les aseguro que había al menos veinte centímetros de porquería allí. Siempre me extrañó que no recibiera visitas o que nadie fuese a reclamar alguna deuda pendiente o esas cosas y pese a que nadie la veía los gatos seguían desapareciendo. Un día de febrero de unos 36° C apareció el cuerpo de la vieja Sandra desfalleciente en la mitad de la calle. Una ambulancia la llevó al hospital y a las pocas horas murió. Las cadenas de televisión cubrieron la muerte de la legendaria loca Sandra. Los médicos revelaron que ella había muerto envenenada y ese mismo día un grupo forense – muy corajudo – entró a su casa en busca de pistas, pero no encontraron nada más que desorden, suciedad y podredumbre. No hallaron nada, y lo más sorprendente es que tampoco había ningún gato. Dicen que el vaho de la casa era inmundo, como si fuese el lecho de miles de cadáveres juntos. La policía cerró el caso tras escuchar las declaraciones de la gente del barrio sobre su locura y decretaron que su muerte había sido un suicidio. Unos meses más tarde, un vecino de Chacarita fue detenido por poner veneno para gatos. Mercedes Zarich


La loca sandra