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La Corrida El rebote de las zapatillas en el asfalto retumbaba en mi cabeza, el frío viento me azotaba el rostro pero no me desconcentraba de mi objetivo. La agitación y la desesperación de no llegar a tiempo era lo único que tenía en mente. Los minutos pasaban y nadie en el mundo me podía parar. Los semáforos eran un inconveniente pero esquivaba lo que estaba en mi camino. Lo único que pensaba era en llegar de una vez. Me faltaban cuadras, muchas cuadras y no podría parar de correr. Una sola pausa podría ser devastadora, mi reputación quedaría arruinada. Conocidos intentaban pararme pero yo seguía corriendo. Eran minutos. El corazón saltaba en mi pecho, agitado, parecía querer salir. Mis pulmones no daban a basto y el almuerzo que hacía media hora había ingerido, estaba cada vez más revuelto. Empujé a una pobre anciana sin querer, fue lo único que me detuvo unos segundos. La ayudé a pararse, le pedí perdón y seguí corriendo mientras que ella me insultaba. Me faltaban cuatro cuadras y la lluvia me pegaba en el rostro dificultando mi carrera mucho más. Una vereda en mal estado y un charco me hizo resbalar y caer de bruces en la acera. El dolor era de otro mundo. Con todas mis fuerzas seguí corriendo dejando el dolor de lado y focalizándome en mi meta, lo único que me importaba. Corría y corría sin parar. Me sorprendió no cansarme, hacía mucho tiempo que no ejercitaba. Las publicidades eran estrellas fugaces coloridas que dejaba atrás. Me daba aliento pensar que faltaba poco para la llegada pero el trayecto se me hacía interminable. El dolor era terrible, sentía cómo la media rajada me frotaba mi sangrienta rodilla. El ruido de la ciudad era el fondo de mis pensamientos, los bocinazos, los gritos, el chirrido de los frenos de los autos, los insultos y las conversaciones ajenas creaban el ambiente perfecto de una persecución aunque no lo era. El cabello en la cara me dificultaba la visibilidad. Me regañaba por no haber ido antes y ahora justa de tiempo, ya al borde de no llegar, corría por las calles de Buenos Aires- por Callao y Santa Fe, para ser más exacta-. “Ya casi estoy”- me decía a mí misma. Estaba a una cuadra pero las mesas de los restaurantes, instaladas en la vereda, eran otro obstáculo.


¡Finalmente, llegué… pero no encontraba las llaves! Un sudor frío recorrió mi rostro y la fracción de segundo que demoré en hallarlas y abrir la puerta fueron una eternidad. Una vez adentro de la casa, tiré todo por el camino sin importar dónde caía. Corrí hacia la puerta del cuarto, agitada la cerré de un portazo y se hizo un profundo silencio. Lo último que se escuchó fue un gran suspiro, el ruido de la cadena y del agua corriendo. Mercedes Zarich Juaristi

La corrida  
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