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Los saberes esenciales Marcelo Rizzi


“El mimetismo de ciertas mariposas supera el afán de supervivencia, y es una forma de belleza desarrollada por el animal por puro instinto”. VLADIMIR NABOKOV


PARTE I

Los saberes esenciales


No se encontrarán aquí con grandes novedades. Una foto observada como quien observa la infancia, sitios ordinarios donde no se habla de cosas primordiales. Dos en compañía pero con los ojos de uno solo, esa raza de adivinos que es amiga del dinero. Apenas un túmulo erigido con tierras de dudosas patrias, un cadáver animado cruzando rápido la plaza.

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Regresan los tiempos fértiles de la leyenda, se fijan los reales límites de la devoción; se erradican los malos hábitos, como instruir el ojo, la mano, el cuerpo, incluso la volátil estructura del alma. Un uso desmedido de las conjeturas puede conducirnos a esta conclusión: lo que hemos dado en llamar formas oblicuas del acontecer es la traducción literal de una lengua secreta donde se privilegia siempre una poesía en porvenir –versión original cuya copia dejamos a mano sobre nuestra mesa nocturna, ganancias a futuro de oír los propios argumentos en boca de adversarios.

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A menos que sea cierto lo contrario –la sangre trastornada en insólita fiesta, o el mosto que fermenta en inédita cuba– el tiempo entre las hojas es un cúmulo de ofertas: un ángel de mármol o madera, que señala con tres dedos lo que va de lo segundo a lo primero: excesiva presencia del mundo, ablución exigua de los cielos.

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Un clavo final para el madero, y otro clavo final para una idea. La forma del jarrón cuando pregunta, la del agua que es sólo paradoja y es espera. De tanto ir y venir uno abandona los zapatos en mitad de la vereda. De persistirse en verticalidad extrema, será difícil no morirse de cuerpo entero una tarde en extramuros.

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Nada se entiende de la máscara cómica si se la porta del revés. El péndulo no ha variado en siglos su perfecto trayecto de hemiciclos. Un niño ha arrebato nuevamente a otro niño el juguete más preciado, y se han quedado solos en la habitación, sordos por la explosión, instantáneos de repente como seres sin pasado. Puede suceder que pernoctando en la morada de la palabra perdida se asista a una especie de caza menor: la que obtiene su presa en mitad de la noche, y la libera sin alas con las primeras horas del día.

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Líneas huecas dejadas en la arcilla por varios dedos a la vez, o marcas que esos mismos dedos ahora con pigmentos dejan sobre la roca. Si en un futuro esos trazos adoptasen la forma de una figura, o simplemente tomasen la ruta que más conviene para atravezar la rústica llanura, nada de esto retrasaría la repetición de un acto original: aprovechar las superficies accidentales o los relieves naturales para leer allí la epopeya inacabada del cazador, la carrera del cérvido en el destello de su riqueza en fuga, el estrépito en la ausencia repentina de todas las cosas bajo una piel inquieta y prodigiosa.

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Lávense primero los postigos, luego los restos de harina de la mesa; también los pies luego de fornicar tres veces tras profusa cena. Más tarde desconfiar de lo envasado –incluso de esa fruta que se nos ofrece en delicada comunión con cáscara inconclusa. Incendiar con cien antorchas el objeto que crece siempre desde el centro del huerto, y cuando arribado a su tiempo de cenizas recogedlas para cuencos de futuras manos o para reiniciar su interminable fiesta.

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Cualquier lugar es siempre hacia donde se viaja, excepto en aquellas ocasiones en que uno no puede bajarse de la hamaca –desde donde observa la mendacidad del mundo, respira del polvo matinal su versión más profana. Lúcida experiencia de seguir avanzando de sentado y retrocediendo en el tiempo. Beatitud extrema del pájaro y del santo, disolución perfecta de la nube en la mañana.

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El que calla ya no otorga, en contra de lo que se creĂ­a. Ahora, ante la sorpresa del esmalte, corrobora: de lo indefinido extraer la partĂ­cula mĂĄs elemental, del libro perdido los saberes esenciales, de la gravedad propia del membrillo su vanidad incolora, su tiempo abolido, su hora irreal.

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Lanzada la flecha con ojos vendados retorna a menudo al mismo lugar. Está demostrado: el epitafio sirve sólo como arma de disuación y silueta de continuo despilfarro. Quizá por eso en charlas bajo el árbol del confín ignoremos lo que en su tronco porta inscrito: que se hereda por única vez orfandad, que ganancia es siempre lo que se sustrae a otros sin retardo, que murmurado al oído el secreto se torna noticias de adviento en los tálamos todavía tibios y en los bares de los puertos.

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Traen una vaca muerta trozada en mil pedazos: tres bolsas negras resumen esos hiatos. Si en esta ciudad de humo todo se paga bajo protesto, resulta de extranjeros residir en cualquier casa. Le hablan a cada corazĂłn con diez idiomas, y encienden otras diez impunes llamaradas. En esta piel abandona su trabajo de espirales descendentes la maĂąana. Sumidos aĂşn en secretĂ­sima asamblea regresan a su labor los manantiales de la nada.

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Se nos dice que la única muralla es la muralla del río, y que es saludable otorgarse para sí pequeños dioses tutelares, pero como si fuesen ofrendas que una vez recibidas se las rechaza por saberlas un fruto robado. Se nos dice además que ya no es posible escapar de la ciudad sitiada, que sólo hay intemperie dentro de la casa, que es creíble que la herrumbre ya haya comenzado, a hacerse polvo el racimo, a coagularse otra nube en la ventana.

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Asiento sin juzgar lo que otros dicen: que el mar presenta notable armonía, exacta correspondencia entre hemisferios; quizá para convertir llegado el día, la justa proporción de agua salada, conjetural, en profesía, o en agua dulce, absoluta, ese misterio.

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Cuentan los frutos caídos del nogal; primero allí, bajo los párpados; luego, donde los dedos recogen lo aceptado sin preguntar. Cada uno a su manera porta en su morral la sobra que lo nombra. Desde la ola marina a la oquedad del cerrojo todo se lo debemos a lo que nunca leímos, al grito del cordero y al destrozo.

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La apuesta es a menudo sin partida, y hay quien se retira antes de hora en disidencia. Por ejemplo, el que se preparaba hasta ayer para el nervio oculto de las cosas, ahora es el que asomado sobre el hombro del padre huele un mosto solícito y urgente. Fauna austera y caprichosa, argumenta, cree que en su principio está su final: su ser de demencia coincide en ocasiones con el de encanto y no a la inversa: un reloj de agua en mitad de la tarde, o la aparición súbita de las luciérnagas bajo una luna plebeya.

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Hay quienes sostienen que no hay contemplación sino desgarro. Soñar más de una vez con que se escriben largas misivas; acercarse al punto máximo del despertar cuando retornan con sellos de domicilio desconocido o remitente borrado. Cada objeto por amar podría ser desde entonces el centro de un infierno distante o de un discreto paraíso en el hogar. Versión de diégesis para peregrinos: dejar que haga lo suyo el camino. Versión para el profano del lugar: se los encuentra ya incluidos en las deudas que pagamos, en la sobra que repartimos.

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Se dice que la destreza del embuste consiste menos en ocultar que poner todo a la vista. Basta con observar de cerca a los experimentados, reunidos en subastas de luces vespertinas o en clubes imaginados. Buscan la soluciรณn en la muchedumbre, donde hay siempre dos hombres y una mujer que faltan. Dicen: siempre que anidemos en la misma corniza, en el mismo tejado, habrรก redenciรณn, salud, fresco umbral para el descanso.

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No se tiene mucha fe en los caballos: carne dulce, seguĚ n dicen; fauna imprevista, si la hay. Llegan de una sola vez como un diluvio, se desentienden raĚ pido de sus trabajos, duermen todo el tiempo de pie, y se marchan de a grupos impares al amanecer. PraĚ cticas futuristas para un tiempo siempre presente -un horizonte con arreboles que era desde ayer inminente. En el centro de cada caballo hay un cordero pascual que se anuncia y nos enferma como un mal.

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Canastas donde el pan, más que repartirse en delaciones, allí fermenta. Parecen cálidos, en la luz nocturna, los ojos según el lápiz negro que los dibujará. Creemos tener mayor saber de lo imprevisto cuando acontece, que de aquello que de común acuerdo se creyó de antemano conocer con armas preventivas y calendas griegas.

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Llega el momento en que debemos separarnos de nuestra propia verdad de leyenda. Puede ser de noche, de improviso, cuando ante el sonido de una rápida brisa que pasa, sentimos, no se sabe por qué, que un dios nos abandona y otro, hirsuto, se instala en nuestro lugar. O acaso somos nosotros los que le damos a eso licencia, en la hora lucidísima, extrema, cuando -extraviados- sabíamos que salvación había pero que no queríamos ser salvados.

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Toda miseria resulta a la postre siempre onerosa. Acaso en los altares en este instante se quemen las ropas para osar desnudez. En verdad se ha producido otra mutación jubilosa: la pregunta es ahora sin porqué. No existe prueba más generosa de la salud que la enfermedad de la especie: súbita aparición de esa arcadia funesta, puntual, que se hace verdad en los funerales, en los nacimientos, en los líquidos tibios de nuestra agria osamenta.

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Nada sabemos del acontecimiento que está compliéndose a nuestro alrededor. Si nuestra ausencia conviene al conjunto de los hechos que vendrán, si para otros será final o apenas recomienzo. Desconocer ciertos asuntos es otra forma de conocer o recordar, dice el maestro ­-conjeturas junto al fuego: si esos animales que pastan con nosotros responderán con un simple chasquido de los dedos, si ellos también algún día tendrán sed de estrellas o hambre de comunidad, si jugarán con monedas pequeñas o esferillas de vidrio para mantener los músculos en acción, la boca cerrada, la cabeza en su lugar.

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Arroja la red quien decide por un día ser inmortal. Su mar es el porqué de su más pueril desamparo: ya no la libertad como conciencia de su necesidad, ni el deseo una pasión destinada al futuro. Mucho de lo perdido lo recuerda ahora feliz, y el tiempo -concebido ya como un aroma de incienso- se reduce a un río locuaz, a un océano subcutáneo, a pura velocidad.

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En casa de moribundos abstenerse de hilar. No comer carne de pescado ni cerdo si se alcanza a nado lo mĂĄs profundo. Comprimir la materia hasta darle forma de animal dormido. Del mismo modo que algunos adivinan en el fuego la destreza de la llama, urgar las vĂ­sceras, corroborar la transitoriedad de los lugares para morar. Hacer de esta habitaciĂłn el centro mismo del mundo.

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Deberíamos ser más reacios a todo lo que se presenta en abundancia: tobillos implorantes como efectos sugestivos de lo tácito, hojas traslúcidas del haya como hostia en su versón más exangüe. En la taberna abandonada sentimos asco por el pasado, tan presente a cada instante. Ya va siendo hora de dar nombres, horarios, lugares, y de identificar a cada responsable.

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Incautos, una vez más, pagamos el salario del verdugo. Hay que decir lo que las cosas callan, pero sin entrar en clasificaciones. Suele haber verdadera exploración de la noche cuando la boca se posa sobre lo extraño a plena luz del día, o murmura algo sobre de la austera amistad de los hombres con los torrentes y el trueno, con el crujir de las ruedas del molino: sobreimpresa melodía.

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PARTE II

Intuitivos y lenguage


Todo comienza con una exhibición desordenada de un conjunto de sables de guerreros samuráis –nada indica con exactitud cuánto de exceso tiene la abundancia de pasado, ausencia que sostiene la vitalidad mortuoria de museos–. Luego viene la pregunta por lo que hace de la presión sobre el puño y el muslo, antes de ingresar en la zona más espesa de la carne y sin llegar al hueso, otro arte de amarrar los dioses a este mundo. A la mañana siguiente leemos en el periódico los hechos de las horas que todavía no acabaron: sólo con palabras impresas vislumbramos los seres que en apenas una noche, como leones, saltaron ágiles y felices de la piedad a la fruición.

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Cada verano Murray McGregor trasladas sus abejas desde las tierras bajas hasta las altas de Escocia, para dejar que allí liben ellas presurosas del manjar que ofrecen únicas las éricas en esa estación. Con esmerada invariancia reanuda cada año su profana celebración: siempre la misma cantidad de reinas ensimismadas, igual número de panales de abeto negro. Se aferra así como lo hacen aún sus huesos a esa carne que ahora tan rápidamente lo sobrepasa. Igual que en aquellos iconos que para no desanudar los hilos que tejían el telar del mundo nunca debía faltar espiga y paloma, cordero y balanza.

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Varias personas a la vez admiran los progresos de la naturaleza en primavera. Imaginan acaso hallarse por un instante en el centro mismo del universo. El orden de sus zonas impares, vistas desde atrás, no los altera de conjunto: hablan del pasado como si durase hasta el día de ayer o como si masticasen un objeto sagrado. Después se echan a reír como si nada - una flor tronchada al pasar puede parecérseles apenas un ademán de extravío, un laberinto la cerca más lejana, la amarga naranja que comparten la dulce punta de una daga.

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Cargar con el fetiche hasta la hoguera y arrojarlo repleto de sal para que en mil fragmentos estalle. Volver como si nada a la casa a beber la sopa hirviente, a calzarse los viejos pantalones de sastre. Siempre que la noción de unidad quepa en la misma proporción que lo hace en su cuenco una cuchara, hacer reserva en los féretros para el que llega tarde al saber de las familias. A la pregunta si se escribe aún con los dedos de dios responder que sí –que es una mujer además quien se asoma y dicta–. Dejar de reirse a carcajadas cuando se vea pasar algún que otro santo por la puerta.

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Su alegría se afirmaba en los colores, en esa extraña conjunción del ojo con químicas salobres expuestas a la limación espúria de los tiempos: a mayor o menor absorción de la luz sobre llanas superficies, sus celebración de todo entorno, un torbellino de pájaros precoces. Entonces la construcción de sí obedeciese acaso por momentos a una preceptiva de raíz barroca: a la irracional monotonía del azul sin mezcla, a lo rugoso del ocre entre las gasas que se abandonan en la siesta, a la incesante actualidad de los violetas en la crispación efímera del roble.

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Hace señas el domador pero la fiera no sale. El espacio visual que la escena abarca se ha dividido en dos: el de la espesa oscuridad que rodea la entrada del enorme gato y aquella por la que el ojo sube lentamente hasta encontrar, liberado de toda gravedad y como en un cuadro de Uccello, la esfera del reposo, donde la luz aún detenida en su rotación insiste en proseguir y mostrarlo todo. Jamás sabemos por qué en un arrebato de júbilo elejimos siempre aislar para nuestra memoria aquel encuentro con una espera sin dimensión, y desechamos éste otro, convertido en magra secuencia del minuto, por considerarlo pura abyección, templanza exánime de verdadera desposesión.

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Uno vuelve siempre hacia atrás: hacia la intransigencia. Luego se siente un poco menos prisionero porque ha soltado un par de pájaros de mañana, o visto de cerca la hermosa ingle de una mariposa negra. Con ellos se ha creido llevar a cabo un exhaustivo relevamiento de objetos de alto valor testimonial para futuros horóscopos y tests de sangre. Mas en las estaciones, mientras se espera que los trenes traicionen sus horarios oficiales, todos leemos el mismo libro: el personaje escapará, por la escalera de incendio, abandonando hogar y amigos por temor a enloquecer; y el castigo caerá otra vez sobre las ciudades.

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Mirando fijo una noria detenida hasta creerla un cadáver insepulto, sobreviene una especie de ceguera -se sabe que la conciencia es extraña siempre a las cosas que suele querer representar: rasgos familiares del viajero que no tiene ni siquiera en el torrente la consoladora compulsión al canto, y va palpando la tierra con seguridad serena creyendo que son manzanas las piedras que va recogiendo del huerto preguntando: si nuestra tragedia a nadie más convino que a dioses siempre oscuros, ¿por qué no habrá de dar sus frutos compasivos el jugo fermentado que ahora mismo nos embriaga y en copas eucarísticas bebemos?

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Se está de acuerdo en que para que los héroes existieran antes debieron desaparecer los dioses. Se decía que los hombres estaban ciegos a lo suprasensible y escasamente capacitados para escuchar el canto radiofónico del pájaro de cada mañana. Hoy tememos a veces algo peor o lo imposible: que el mismo sea el que colma la prosa áurea de los hospitales, pintadas sus plumas de colores infinitos, y de su pico goteando sobre sábanas esterilizadas resinas amargas de su luna.

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Hay un momento en que nos elevamos por encima de las oleografías, con arcana sensación de vuelo, para luego apagar los motores y dejarnos caer como una pluma. Es mucho más inquietante la sombra que se proyecta desde ella descendiendo y oscilando de a cientos de pie a cada hora que la presión que hicimos con los dedos algún día en la carne y en el aire. La memoria es una idea y la idea una palabra -basta una simple caida para acabar con todas ellas.

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De conquistas aparentes y de su costado inverso se obtiene el filisteĂ­smo de todo manjar. Nos detenemos un instante frente a la casa del poeta sublime. Justo cuando se hecha a andar en su bicicleta plegable nos abre la puerta hacia lo intangible: todo sustantivo puede transformarse en verbo transitivo, para que las palabras se distorsionen, estiren el arco hasta lo imposible y atraviesen el mismĂ­simo escudo de metal.

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Es notable la simetría de lucha entre los animales y el hombre. En mitad del campo de batalla ninguno de los bandos sabe con certeza de qué lado habrá de estar. Se desatan las furias pero no hay arrobamiento del mundo. Se profanan los templos hasta sus cimientos. No se advina siquiera si la cabeza seguirá donde está o estará al final de las cosas. Volver a casa ya no es posible: salen al ataque entre hurras y fanfarrias. Los más se dividen al retomar el vuelo y caen a menudo en medio de campos de siembra. Los menos permanecen en silencio y a la espera, preparados para la estocada final.

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Los especialistas sostienen que la representación que se hace comúnmente del mal no difiere en gran medida de aquella que se hace en nombre del bien. En tal sentido, y por ostentación de sus neumáticas conclusiones, se dice que apenas una pequeña variación cromática en la primera -sumada a la fascinación por extraer auspicios ligeros- otorgaría una mayor licitud a toda teoría del crimen; mientras que la otra -con sesgos de falsos tenebrismos- se ufanaría en el mismo crimen para montar la escena en donde se come profuso y se exhorta con libaciones a la liberación definitiva del mundo.

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PARTE III

Los saberes esenciales


Inclínate, alza un dedo –preferentemente el índice o el mayor– en sumisión hacia la recompenza de la espera: la causa que mañana habrás de aborrecer. Sin dejar de rozar el suave musgo, mantenlo elevado en una sola dirección hasta que en la primavera siguiente otro pájaro allí prefiera nido a intemperie, persiga más tarde desde el aire la última liebre de invierno, y arroje luego la uva más amarga como si fuera una lluvia de piedras sobre la tierra sin fin.

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Si me pidiesen por río navegar, elegiría hacerlo en camalote. Hay pues en las cosas una voluntad, pero en la gran mayoría de los casos, esta voluntad está obligada por el deber, como hay en el cielo esta tarde un rojo sin explicación. A menudo la infancia no estaba antes ni después, como variantes de una fragancia al cabo de llover.

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Como quien ve la noche por primera vez y considera a todos los hombres adversarios y hermanos. O como el pájaro que revolotea buscando posarse en errónea precisión del intento. Construyan ustedes el mortero donde triturar los granos, revivan ahora la sorpresa en la rotura del dique –semejante origen no requiere más pruebas.

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Reconocer en el viento que une la acequia con los prados un punto singular y de partida; verificar en los ejercicios físicos la única justificación de los pecados. Dejar a los artistas lo que la industria no puede al prolongar la duración del artificio: que todo se ha vuelto su propio principio, la carne otra fabulación, crueldad lo contemplado.

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Siempre existió desacuerdo entre conmiseración y humo, entre mancha y extinción. Para suturar esa distancia se echó mano a lo que se dió desde entonces por entendido: que agua, árbol, tierra, frutos, significan errancia; que es lo mismo quizá prescribir tempestad que el golpe final del martillo sobre el clavo; que bajo ciertas condiciones es deseable homologar infancia con venablo, o sustracción de propósito sin fin. Eso sí: casi en absoluta oscuridad y sin encender otra lámpara.

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Que en onzas entonces ajustadas las cenizas del ayer cremado, igualen el peso del que ha emergido sin aires desde el fondo del mar. Que con veranos crispados sobre fresnos sin tiempo, o sobre tiernos espinos de pardo naranjo, quien diga liberar con diagnoĚ sticos de punĚƒo en alto soĚ lo escriba en letra viva consignas furtivas para un cuerpo siempre incierto.

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Observé todo de lejos, incluso la lenta marcha de unos demonios olvidados. No es de extrañar que la distancia entre el ojo y lo observado permanezca igual que entre lo evocado y lo perdido. Aun así cuenta menos lo recordado que aquello que se resiste a permanecer a la vez condenado y redimido. Basta mirar por la ventana y ver los frutos de estación ya maduros, los ríspidos relieves de los árboles reencarnados, el prado y la inútil obsolescencia de la fiesta del fuego todavía encendido.

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Es preciso reencontrarse con la sombra que se despidió hace un tiempo agitando un diminuto guante blanco. También apartarse a la hora justa del avaro intersticio de los vientos. Incluso de lo que engendra la otra parte para poder verse un instante: de materia inútil arrojada al abismo no más de medio kilo –lo que pesaba todo aquello que fue sustraído, todo esto que apenas en un instante se habrá que devolver.

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Nada prueba que no se esté ya en Roma sin aún haber arribado a ella del todo. La tentativa de hacer de esta presunción poesía no hace visible de por sí las razones semiocultas que al lugar concurren. La mañana traerá noticias –nubes de estorninos que oscurezcan los palacios, fuentes que desborden sus aguas al discurrir de peregrinos, la ausencia de fe al atravesar el perfecto laberinto, vomitar la ciudad entera entre sus pasillos y claustros.

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La tarde estĂĄ llamada a dar consignas a la memoria, pero nuestra fantasĂ­a nos libera de toda vana esperanza. Nos cuidamos de aquello que por no estar prohibido se ha vuelto ensimismado y obligatorio. Tendidos al sol enumeramos uno por uno los ritos agrĂ­colas, el curso tenaz que adquiere el agua entre los dedos, las confianzas mutuas al mirar por el rabillo del ojo del otro lo que ya con el nuestro no podemos siquiera adivinar.

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Poco aquí permanece mucho tiempo bajo la serena luz de las evidencias. Basta por momentos creer que todos los hombres son un solo hombre. Y si el crepúsculo se concibe a veces como una forma de purificación, ¿no es el juego la contrapartida de lo que nunca más será imitable? ¿la flor que cierra a esta hora sus pétalos, como nosotros juntábamos la punta de los dedos para constatar una vez más la embriagués de las piedras, la forma helicoidal que adquieren en invierno los patios y los fresnos?

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Giré la cabeza para encontrarla y ya estaba en otra ciudad. Nuestra nada es inalcanzable, nuestro esquema de asimilación imposible de demostrar. Buscamos el cénit en un punto fijo del mediodía a través de un ojo único y ciego, para verificar en última instancia que todo ocurre en la hora de los orfebres: cuando el arte ya ni siquiera puede, ni con los muertos que releímos con afán de juventud, en la conciencia doble del martillo de juguete.

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Enumera tus propósitos, da a entender de forma amena tus proyectos, limpia de sabia el envés de la hoja. No es infrecuente que el mito dé razones que más tarde al mismo lo superan: no es la veracidad del tema a discernir lo que hace posible el choque de planetas, el romper de la ola, el viento que azota las cabezas. Busca entonces en el desorden de las horas lo que está siempre a punto de escribirse sobre la mesa de nogal: fruta redonda que se ha vuelto su propia linterna, su imposible esfera.

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Esta pared contiene un abismo ordenado. Una vez demolida se obtendrá un manual donde leer la ceniza de toda caida. Habrá instrucciones, fruto de las pesquizas: se sabrá algo más de la fruta de hierro, hasta del vacío de todo corazón. Una cosa es segura: de sus grietas no habrá ni siquiera un indicio; sí una calma sonora recordando su alquimia de cal, su piedra vacía de templo, su gramática de cornizas.

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El olivo, muy a su pesar, se abre al cielo como un sexo violento e inocente. La moneda, no es casual, es arrojada hacia lo alto para quedarse allí girando en su manifiesto, brillando para saber si al caer habrá la flor de permanecer hasta otro invierno –si se acabará por distinguir lo que está fuera de lo que está adentro; si seguirá nuestro árbol como hasta ayer, morando en su desdén, cada día en un nuevo lugar.

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Manipular materia ajena. Según un movimiento caleidoscópico de los dedos ella se nos revelará única y completa. Se sabrá así un poco más del devenir de la estrella –si es de este mundo su otra mitad. Pasar luego de la duda a la acción: poner un pie en el primer claro del bosque, reino abisal de la luna; ajustar el otro a la huella que el mar aún no borró. Si lo venidero acontece sólo ahora, la lista es infinita, la mesa es una sola, y el vino santo y espeso un acuerdo entre dos.

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Dicen de un animal que emerge tibio de lo más profundo y que ya todo dependerá de él. No mucho se sabe de esos pájaros nocturnos que enceran sus oídos para no oír en la lluvia la sordina incesante de este lugar. Probablemente exista en otra parte un espejo que no devuelve la imagen presente sino la del futuro anterior. Se sueña más de una vez despierto –náufragos con tiempo y espacio de sobra– pero con los ojos abiertos del que ya se durmió.

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Los que anudados de por sí, en deshojado tumulto, oyen de sus propias bocas lo que no han querido decir. Todo, en estampida, sale a dar una respuesta: la eternidad no duraría más de un minuto si estos tiempos fuesen otros tiempos y el diálogo no fuera un crimen casi perfecto en la observancia siempre austera del difunto.

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Los saberes esenciales