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4 Kenneth Frampton

por el cambio demográfico y por los cada vez más intensos ciclos de producción y consumo que la constante modernización sirve para mantener. Careciendo de una raison d’être colectiva, la arquitectura tomó primero una dirección y luego otra, en un esfuerzo por legitimarse y poner su práctica en conformidad con el discurso dominante, fuera éste la ciencia aplicada como el principio de realidad o el arte aplicado como compensación psicosocial. El primero de estos impulsos, sin duda, explica en parte el ascenso de los métodos del diseño ergonómico-cum-logarítmico a principios de los años 60 y las tentativas bastante radicales de convertir la arquitectura misma en una forma de práctica tecnocientífica. Me estoy refiriendo, desde luego, a la manera en que las principales escuelas británicas y estadounidenses de arquitectura —la Bartlett School en la Universidad de Londres, en el primer caso, y la facultad de arquitectura de la Universidad de California en Berkeley, en el segundo— cambiaron de nombre en los años 60, y de escuelas de arquitectura pasaron a llamarse escuelas de diseño • ambiental, abandonando así implícitamente las viejas connotaciones burguesas, elitistas, jerárquicas, de la arquitectura y afirmando, en cambio, tener el objetivo más amplio de ocuparse del diseño supuestamente científico del ambiente como un todo. El hecho de que después la Bartlett School haya readoptado su anterior denominación de escuela de arquitectura, dice mucho sobre el péndulo de la moda ideológica y la resistencia intrínseca de la arquitectura como artesanía. La angustia y la envidia han acompañado tales oscilaciones pendulares cuando los arquitectos han tratado de justificar su modus operandi aparentando ser científicos o, en vez de eso, representando la arquitectura como si fuera una de las bellas artes, claramente reconocible. Se puede hablar, quizás, de envidia de la ciencia en el primer caso y de envidia del arte en el segundo. Podemos considerar al último Buckminster Fuller como un caso característico de envidia de la ciencia, y muchos de los arquitectos contemporáneos, de Frank Gehry a Peter Eisenman, sólo parecen alegrarse mucho de que su obra esté clasificada como arte. En verdad, ambas maniobras legitimadoras pueden ser detectadas en la carrera de Eisenman, en la que hay un notable desplazamiento, de la envidia de la ciencia de la teoría inicial, con su dependencia de la lingüística estructural, a la envidia del arte de su obra más reciente, en la que la crítica justificatoria recurre a la literatura y la filosofía. También se debería notar que hay un hilo semiótico que unifica la carrera de Eisenman, aunque esto apenas cambia la naturaleza de su intento de justificar su peculiar práctica mediante referencias extra-ar-

Reflexiones sobre la autonomía de la arquitectura: una crítica de la producción contemporánea  

K. Frampton

Reflexiones sobre la autonomía de la arquitectura: una crítica de la producción contemporánea  

K. Frampton

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