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Pericles. (Siglo V a.C.) Oración en honor de los atenienses muertos en la guerra del Peloponeso Muchos tribunos que antes de ahora han hecho oraciones en este mismo lugar y asiento han loado en gran manera la costum-bre antigua de alabar delante del pueblo a los que murieron en la guerra; mas, a mi parecer, basta declarar con la obra que ha-céis las alabanzas de aquellos que por sus hechos las han mereci-do, como bien se ve en esta solemnidad de obsequias que públicamente hacemos el día de hoy. Y también me parece que no se deba dejar al albedrío de un hombre solo que cante las virtudes y loores de tantos buenos hombres, ni menos aún dar crédito a lo que éste por sí solo dijere, ora sea bien hablado, ora sea malo. Porque es muy dificultoso moderarse en los loores hablando de tales cosas cuando apenas se puede tener firme y entera opinión de la verdad. Porque si el que oye hablar tiene buen conocimien-to del hecho y quiere bien a aquel de quien se habla, siempre le parece que se dice menos en su loor de lo que debieran y él que-rría que dijesen. Y por el contrario, el que no ha noticia de ello, le parece, por la envidia, que todo lo que se dice de otro más adelante de donde sus fuerzas y poder podrían llegar, es cosa fuera de verdad. Ya paréceles a cada uno de los oyentes que no deben loar a otro allende de aquello que él mismo hiciera, te-niéndose por igual, y si pasan adelante tienen envidia de ello y no creen nada. Empero porque de mucho tiempo acá está recibi-da y aprobada esta costumbre, y se debe así hacer, me conviene, por obedecer las leyes lo más que yo pudiera, allegar mis razo-nes a la voluntad y parecer de cada uno de vosotros, comenzan-do a loar desde el principio a nuestros mayores antepasados. Porque es justo y conveniente dar honra a la memoria de aque-llos que primero habitaron esta región, y sucesivamente de mano en mano, por su virtud y esfuerzo, nos la dejaron y entregaron libre hasta hoy. Y si éstos son dignos de loa, mucho más lo serán nuestros padres, que vinieron después de ellos. Los cuales demás y allende de aquello que sus ancianos les dejaron, por su trabajo adquirieron y aumentaron el mando y señorío que no-sotros tenemos de presente. Y aun también después de aquéllos, nosotros, los que al presente vivimos y somos de legítima edad, habemos ensanchado y aumentado, y proveído y abastecido nuestra ciudad de todas las cosas necesarias, así para la paz co-mo para la guerra. Dejo ahora de contar las proezas y valentías que nos y nuestros antepasados habemos hecho defendiéndo-nos así contra los bárbaros como contra los griegos que nos han movido guerra, por las cuales hemos adquirido todas nuestras tierras y señoríos: porque no quiero ser prolijo en cosas que todos sabéis. Mas cuando hubiera declarado con qué prudencia, y con qué industria, y con qué artes y modo nuestro imperio y se-ñorío fue establecido y aumentado, vendré a las alabanzas de aquellos sobre quienes aquí debemos hablar. Porque me parece que no va fuera de propósito al presente traer a la memoria estas cosas; y que será provechoso oírlas a todos aquellos que aquí están presentes, ora sean naturales, ora forasteros. Porque tenemos una República que no sigue las leyes de las otras ciudades vecinas y comarcanas; antes ella da leyes y ejemplo a los otros, sin tomarlos de ellos. Y nuestro gobierno se llama Democracia, porque la administración de la República no cautelas cuanto en nuestros ánimos y esfuerzo, los cuales pode-mos siempre mostrar muy conformes a la obra. Y aunque otros muchos en su mocedad se ejercitan en disciplinas para cobrar fuerzas, hasta que vienen a ser hombres, no por eso somos menos osados o determinados que ellos para nos oponer a los peligros cuando hay necesidad. De lo cual es buena señal que nunca jamás los lacedemonios solos han osado entrar en nuestra tierra a hacernos guerra sin venir acompañados de todos sus aliados y confederados. Y nosotros sin ayuda de otros hemos entrado en la tierra de nuestros vecinos y comarcanos, y muchas veces sin gran dificultad hemos vencido a aquellos que se defendían peleando muy bien en sus casas. Y ninguno de nues-tros enemigos ha osado acometernos cuando todos estábamos juntos, así por la experiencia y ejercicio que tenemos en las co-sas de mar, como por la mucha gente de guerra que tenemos en diversas partes. Y si acaso nuestros enemigos vencen alguna vez una compañía de las nuestras, se alaban de que nos han venci-do a todos. Por el contrario si son vencidos de alguna gente de los nuestros dicen que fueron sobrepujados por todo nuestro ejército. Y, en efecto, más queremos el reposo y sosiego cuando no somos constreñidos por necesidad que no los trabajos conti-nuos. Y antes queremos ejercitarnos en buenas costumbres y Loa-ble policía, que vivir siempre con el temor de las leyes; de ma-nera que no nos exponemos a peligros pudiendo vivir quietos y seguros; y más usamos del vigor y fuerza de las leyes que no del esfuerzo y ardor del ánimo. Ni nos fatigamos con las miserias y trabajos antes que vengan. Pero cuando nos vienen los toma-mos, y sufrimos con buen ánimo y corazón, como aquellos que siempre están ejercitados en ellos. Y por una cosa así, como por otras muchas, podemos tener en grande estima y en admiración esta nuestra ciudad, porque viviendo en riqueza y suntuosidad usamos de templanza, y hacemos una vida templada y filosófi-ca, es a saber, que sufrimos y toleramos la pobreza, sin mostrarnos tristes y abatidos, y usamos de las riquezas, más para las ne-cesidades y oportunidades que se puedan ofrecer que para la pompa y ostentación y vanagloria. Y ninguno tiene vergüenza de confesar su pobreza de palabra, pero tiénela muy grande de no huir de ella por obra. Y tiene el mismo cuidado de las cosas de la República que tocan al bien común de todos, como de las suyas propias. Y estando ocupados en sus negocios particulares tienen una buena noticia de los del común, y sólo nosotros juz-gamos y tenemos al que no tiene cuenta con la República, no solamente por ciudadano ocioso y negligente, pero también por hombre inútil sin provecho. Y cuando alguna cosa buena nos viene al pensamiento tenemos por cierto que conferir y razonar sobre ella no impide para la obrar bien, sino que antes conviene no querer ser enseñados por razón cómo se debe de hacer la obra antes que se ponga en efecto y ejecución. De aquí viene a ser que en las cosas que emprendemos usa-mos juntamente de la osadía y de la razón, más que en otra ninguna nación; porque los otros algunas veces por ser ignorantes toman más osadía que la razón requiere; y en otras cosas, por quererse fundar mucho en razones, son más tardíos a poner en ejecución sus cosas. Mas todos aquéllos serán tenidos por magnánimos que, calando de presto las cosas que pueden aca-rrear tristeza o alegría, juzgarán derechamente de ellas y por lo uno ni por lo otro no rehuirán los peligros cuando les avinie-ren. Y en las obras de virtud somos muy diferentes de los otros, porque procuramos ganar http://www.inep.org - Portal INEP

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amigos haciéndoles beneficios y bue-nas obras antes que recibiéndolas de ellos. Que el que hace bien a otro está en mejor estado que no el que lo recibe, porque el que hace beneficio es más bastante a conservarlo con amistad y benevolencia que no el que lo recibe; porque éste sabe muy bien que ya que haga lo semejante restituye el beneficio, no por gratificar al bienhechor, sino solamente por pagar lo que debe. También nosotros sólo usamos de magnificencia y liberalidad con nuestros amigos con razón y discreción, es a saber, por aprovecharlos, antes que con ostentación y vanagloria por co-brar fama de liberales. Y, en suma, esta nuestra ciudad es totalmente una escuela de doctrina y una regla para toda Grecia y cuerpo bastante y suficiente para administrar y repartir sus miembros entre todas las gentes, en cualquier género de cosas y con buena gracia. Y que todo eso se muestra por la verdad de las obras, antes que por palabras afeitadas, parece claramente y se conoce por la grandeza de esta ciudad, que por estos medios habemos puesto y establecido en el estado que ahora veis: pues sola ella tiene más fama en todo el mundo que todas las otras juntas. Y sólo ella no da ocasión a los enemigos que la vengan a enojar, aunque reciba de ellos mal y daño; ni permite que se quejen de ella los súbditos, como si no fuese merecedora de mandarlos. Y no se puede decir que nuestro poder no se parezca por señales e indicios, porque hay tantos, que los que ahora viven de presente y los que vendrán después de ellos, nos tendrán en grande admiración. Ni hemos menester al poeta Homero, ni a otro alguno, para encarecer nuestros hechos por colores poéti-cos, pues la verdad pura de las cosas deshace la duda y falsa opi-nión, y la lanza por tierra, porque por nuestro esfuerzo y osadía hemos hecho que toda la mar se pueda navegar, y toda la tierra se pueda andar, dejando en todas partes memoria de los bienes o de los males que hicimos. Y, pues, por tal ciudad como ésta los difuntos cuyas obsequias hoy celebramos son muertos peleando esforzadamente, porque les parecía dura cosa verse privados de ella, por eso mismo debemos trabajar los que acá queda-mos vivos. Y ésta ha sido la causa por que he sido algo prolijo en hablar de esta ciudad, para mostraros que no contendemos por cosa igual que los otros, sino por cosa tan grande que ninguna le es semejante, y también porque los loores de aquellos de quien hablamos fuesen más claros y manifiestos. Pues las alabanzas, excelencias y grandeza de esta nuestra ciudad, de que arriba he-mos razonado, se deben a la virtud y esfuerzos de estos muertos, y a los otros semejantes; porque en pocos pueblos de Grecia hay razón igual en que funden sus obras los naturales de ellos; y a mi parecer el primero y principal juez de la virtud del hombre es la vida buena y virtuosa, y el postrero que la confirma es la muerte honrosa, como ha sido la de éstos. Y es justo que aque-llos que no pueden hacer otro servicio a la República, se mues-tren animosos en los hechos de guerra acometidos para su de-fensa; porque haciendo esto merezcan el bien de la República en común, que no merecieron antes en particular por estar ocu-pados entendiendo cada cual en sus negocios propios: y recompensen esta falta con aquel servicio, y lo malo con lo bueno, co-mo hicieron éstos, de los cuales ninguno se mostró cobarde por gozar de sus riquezas, queriendo más el bien de su patria que el gozo de poseerlas, ni menos dejaron de se poner a todo riesgo por su pobreza esperando venir a ser ricos, antes quisieron más el castigo y venganza de sus enemigos que su propia salud. Y escogiendo este peligro por muy bueno, quisieron con vengarse de ellos, venir a este fin que vinieron con esperanza de alcanzar la gloria y honra que nunca vieron: por las cuales les pareció, juzgando lo que habían visto por otros, que debían aventurar sus vidas, y que valía más la muerte honrosa que la vida deshonrada: y por evitar la infamia la padecieron en sus cuerpos, y en breve espacio de tiempo quisieron antes con honra atreverse a la fortuna, que valerse del miedo y temor. Y haciendo esto se mostraron tales para con su patria cual les convenía que fuesen. Los que quedan vivos deben desear lo seguro, pero no por eso han de tener menos ánimos para contra sus enemigos, conside-rando que la utilidad y provecho no consiste solamente en las razones que os he dicho, porque también hay muchos de voso-tros que lo conocen y entienden, y podrán más largamente de-clarar los bienes que se siguen en expeler los enemigos. Empero más consiste en sus obras y lo conoceríais mejor, si contempla-rais cada día la grandeza de esta vuestra ciudad y tomarais más amor con ellos. Y cuanto más grande os pareciere, pensad que hubo hombres magnánimos y osados: los cuales conociendo y entendiendo lo bueno y teniendo vergüenza de lo malo, por su esfuerzo y virtud la ganaron y adquirieron. Y todas cuantas veces las cosas no sucedían según que deseaban, no por eso qui-sieron defraudar la ciudad de su virtud, antes le ofrecieron el mejor premio y tributo que podían pagar: conviene a saber: sus cuerpos en común, y cobraron en particular por ellos gloria y honra eterna; que siempre sea nueva y muy honrosa sepultura, no tan solamente para ser sepultados pero también para ser en ella celebrada y ensalzada su virtud y su fama, para que de aquí en adelante y para siempre jamás puedan hablar de sus hechos o imitarlos. Que toda la tierra es sepultura de los hombres fa-mosos y señalados, cuya memoria no solamente se conserva por los epitafios y letreros de sus sepulturas, sino por la fama que sale y se divulga en gentes y naciones extrañas. Las cuales consi-deran y revuelven en su entendimiento mucho más la grandeza y magnanimidad de su corazón, que no el caso y fortuna que les avino. Estas tales razones os ponemos delante de los ojos, dignas ciertamente de ser imitadas de vosotros, para que conociendo que la libertad es felicidad, y la felicidad es libertad, no rehuyáis los trabajos y peligros de la guerra; y para que no penséis que los ruines y cobardes que no tienen esperanza de bien ninguno son más cuerdos en guardar sus vidas que aquellos que, por ser de mejor condición, la aventuran y ponen a todo riesgo. Porque un hombre sabio y prudente más vergüenza tiene de la cobar-día, que de la muerte, la cual no siente por su proeza y valentía, con la esperanza de la gloria y honra pública. Por ende, los que aquí estáis presentes, padres de estos difuntos, antes os debéis consolar con su muerte que no llorar. Porque sabiendo las desventuras y peligros a que están sujetos los niños mientras se crían, tendréis por bien afortunados aquellos que alcanzaron muerte honrosa, como ahora lo son éstos: y tened vuestro lloro y lágrimas por dichosas. Aunque yo sé harto bien ser cosa muy difícil persuadiros que no sintáis tristeza y pesar todas las veces que os acordéis de ellos, viendo a los otros en prosperidad, con los cuales en algunas veces os habréis alegrado en semejante caso, y cuando pensareis que fueron privados no solamente de la esperanza de los bienes que por aventura jamás gozaran, más bien de aquellos que habían gozado largo tiempo. Mas empero conviene sufrirlo pacientemente, y confortaros la esperanza de engendrar otros hijos, los que estáis en edad para ello. Porque a muchos, los hijos que habrán de aquí adelante les harán olvidar la cuita y el duelo que tienen de estos que son muertos, y apro-vecharán a la República en dos maneras: la una que no la deja-rán http://www.inep.org - Portal INEP

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desconsolada, y la otra que la tendrán en seguridad. Los que ponen a sus hijos a peligros por el bien de la República, como han hecho estos que perdieron los suyos en esta guerra, pueden dar mejor consuelo que no aquellos que no lo hacen así. Y los de vosotros que pasáis de edad para engendrar hijos, tendréis de ventaja a los otros que habéis vivido la mayor parte de la vida en prosperidad, y que lo restante de ella, que no puede ser mucho, pasaréis con más alivio acordándoos de la gloria y honra que éstos alcanzaron, pues sólo la codicia de la honra nunca en-vejece; y según algunos dicen que no hay cosa que tanto deseen los hombres en su vejez como ser honrados. Y a vosotros, los niños y hermanos de estos muertos, os convidan y ponen de-lante una contienda y competencia muy difícil; porque no hay hombre que no loe de palabra la virtud y esfuerzo de aquellos que son muertos, de manera que apenas vosotros los que acá quedáis, por valientes que seáis, seréis tenidos por iguales a ellos, antes siempre os juzgarán por inferiores. Porque entre los vivos hay siempre envidia; mas después de muerto el hombre, todos los de su acuerdo loan su virtud y esfuerzo. Pues si tam-bién me conviene hacer mención de las mujeres que al presente quedan viudas, concluiré en este caso con una breve amonesta-ción; y es que debéis tener por gran gloria no ser más flacas, ni para menos de lo que requiere vuestro natural y condición mu-jeril; pues no es pequeña vuestra honra delante de los hombres, con nada tener éstos que vituperar en vosotras. Yo he relatado en esta mi oración que me fue mandado de-cir, según ley y costumbre, todo lo que me pareció ser útil y provechoso de estos que aquí yacen sepultados, que han sido más honrados por sus obras que por mis palabras. Cuyos hijos si son menores criará la ciudad hasta que vengan a ser de edad de mancebos, poniéndolos delante una corona de loor para los muertos; y, para todos aquellos que bien sirvieron a la República, corno galardón bastante de sus trabajos, porque do-quier que hay premios grandes para la virtud y esfuerzo, allí se hallan los hombres buenos y esforzados. Ahora, pues, que todos habéis llorado como convenía a vuestros parientes, hijos y deu-dos, tornaos a vuestras casas.

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ORACION EN HONOR DE LOS ATENIENSES  

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