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Ingenuidad policial Por Francisco León El reloj anunció la medianoche. Abrí la puerta de casa después de una larga jornada laboral. Era viernes y necesitaba por encima de todo una ducha y unas horas de sueño que repararan mi cansancio. Inesperadamente apareció él. Se movía nervioso. Daba pequeños saltos de alborozo, mirándome con ojos melancólicos y marrones. El detalle de la correa entre sus diminutos pero afilados dientes forjó mi destino inmediato. La nota sobre el recibidor acabó por sentenciarlo. “Cariño, me voy a cenar con las chicas del gimnasio. No olvides sacar a Apolo. Te quiero. Eva”. Alcancé la calle peatonal iluminada y casi desierta, recordando el día en que Eva decidió incorporar a Apolo a nuestra idílica vida. No tardé mucho en comprender que los cuidados del can se distribuirían en partes iguales: Ella le ofrecería cálidos abrazos y tiernas caricias, y yo, largos paseos nocturnos o matinales y gélidas visitas al veterinario. En esas intentaba distraerme del frío de finales de noviembre, y mientras Apolo retozaba a los pies de un pequeño arbusto podado, arañando la tierra y haciendo un hoyo, apareció. Encaramado en la alta y verde puerta metálica que cerca el jardín central cada noche, con una pierna a cada lado, parecía un pájaro enjaulado a punto de conseguir la libertad. El salto hacía el suelo fue considerable. Juntó los dos pies en la caída, y empezó a andar despacio. Era bajo y delgado, y no alcanzaría los veinte años. Su chaqueta vaquera sin forrar no pegaba en absoluto con sus pantalones negros de algodón y los mocasines marrones. Al otro tipo no le vi. Sólo escuché vocear autoritariamente. “¡Alto! ¡Policía! ¡Detente!”. La barriga prominente y los andares cansados denotaban que la cuarentena le había alcanzado. La barba desaliñada no disimulaba su papada y con la respiración agitada y descompasada su aspecto se tornaba cómico. El muchacho sopesó por un momento la huida. Miró quieto al policía mientras mascullaba un sonido. “Yo no he hecho nada”, escuché. El agente lo agarró del brazo fuertemente mientras activaba el Walkie Talkie. “Bravo doce a central. Lo tengo. ¿Me recibes? Lo tengo”. La calle que separa el jardín del Mercado Central, de unos ocho metros de anchura, se quedó diminuta cuando cinco luminosos y sonoros vehículos de la Local invadieron su calzada a gran velocidad. Inmóvil contemplé a cuatro miembros del cuerpo, fornidos y de mediana estatura, acercarse al chico, mientras otros dos se alejaban en dirección opuesta, a cada uno de los extremos de la calle para desviar el tráfico. Se va a montar un buen lío, pensé. Apolo corrió


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hacia mi confuso, y antes de tocar su tersa piel, observé al brazo armado de la Ley presionando la cabeza del desgarbado muchacho contra la pared. “¡Abre las piernas! ¡Más! ¿Estás sordo, gilipollas? ¡Aún te doy otra hasta que las abras! ¡Qué te creías! ¿Que no te íbamos a pillar? ¡Desgraciado! ¡Vas a volver a pintar en la cara de tu puta madre!”. Crucé mi mirada con la del chico durante un par de segundos. Tiempo suficiente para advertir que él tenía menos idea que yo de lo que allí estaba pasando. Apolo, que sin duda posee un sentido de la justicia mayor que el mío, se abalanzó hacia uno de los guardias y le mordió la pierna por encima de la bota. Supe que aquello no terminaría así. A las diez de la mañana del sábado, un hombre mayor vestido de uniforme, abrió la puerta del habitáculo y me ordenó salir. En la puerta de la comisaría, y junto a la máquina automática de fotos, aguardaba Eva, con gesto mitad serio, mitad preocupado. Sostenía a Apolo, ajeno a todo, entre sus brazos. “No te puedes imaginar la patada que aquel bruto le propinó a nuestro perro. No pude contenerme. Tienes razón, Eva. No debí decir nada de las dos veces que me han abierto el coche en el último mes. Ni mencionar ese pequeño incidente, aún sin resolver, que acabó conmigo en el suelo y con aquel joven malencarado corriendo con mi cartera en la mano. Si, quizá lo peor fue recordarles las tardes muertas que pasan en el bar que hay debajo de la oficina. La alusión a mis partes nobles surgió de la tensión del momento. Sin premeditación alguna. Cuando arrancó el coche patrulla pregunté por mi abogado. Ya sé que no tenemos abogado. No, al chico no lo conocía de nada. Lo dejaron marchar de inmediato. Sí, por lo visto una confusión. Andaban buscando a un grafitero”. Miré a Eva fijamente, y con un cálido abrazo y unas tiernas caricias, le rogué encarecidamente que a partir de ahora sacara a Apolo por las tardes. Justo al volver del gimnasio.

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Días de otra latitud Por Pablo Gracia Abrí los ojos. Tenía el verde a mis pies, el azul sobre mis hombros y un horizonte infinito por alcanzar. La llovizna interrumpió mi trance y comenzó a empaparme la cara. A mi derecha, Aniele se desperezaba. A mi izquierda, el sueño de Romain vencía la batalla a la lluvia. Frente a mí, los cisnes chapoteaban en el río ante paraguas que resguardaban a los turistas. Habíamos madrugado para tomar el tren que nos llevó desde Dublín a Galway. Desde la ventana, acantilados, ruinas celtas, vacas y pequeñas aldeas configuraban el paisaje de aquel país que esconde tantas leyendas. “Vamos a gastarle una broma al francesito”, me propuso Aniele con su acento alemán, guiñándome el ojo con un gesto cómplice. A continuación, extrajo una caja de lacasitos de la mochila que le había servido de almohada. Aniele cogió un lacasito y lo depositó sigilosamente sobre los labios de Romain, que seguía durmiendo plácidamente. “¡Pablo, hazle una foto!”, me animaba con picardía. La obedecí, y a través de la pantalla digital, contemplé a Romain despertarse poco a poco a causa de nuestras risas. El lacasito se deslizó desde los labios de Romain hacia el césped, y el pobre francesito, desorientado, intentaba comprender la situación ante nuestro regocijo. El cielo adoptó un tono grisáceo y la persistente llovizna se convirtió en aguacero. Decidimos buscar algún lugar en el que refugiarnos hasta que cesara el mal tiempo. Atravesando el puerto, cruzamos Claddagh, un barrio de pescadores junto al río. El viento quebró las varillas de mi paraguas y éste se convirtió en una copa de metal roto y tela empapada que iba acumulando agua en su interior. No pudimos resistir las carcajadas. Romain me hizo una foto sujetando aquel extraño artilugio. Treinta segundos después, el paraguas de Aniele sufrió la misma metamorfosis. Según Romain, la Naturaleza se había vengado por haber colocado un lacasito en sus labios mientras dormía. Seguimos el río Corrib, que atravesaba el centro de la ciudad, adentrándonos por calles bulliciosas con fachadas de colores. Se respiraba el espíritu irlandés a través del sonido de las gaitas y flautas celtas procedente de los pubs. Dejando atrás el centro, junto al puente Salmon Wei, se alzaba ante nosotros la catedral de Galway. Un rosetón sencillo coronaba la fachada y


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sobre el crucero de la construcción se levantaba un cimborrio que sostenía la cúpula. Fue el sitio que escogimos para resguardarnos del frío. El interior de la catedral no era tan sobrio como su exterior. Denotaba influencia gótica, especialmente porque en sus paredes se abrían grandes ventanales decorados con vidrieras de colores que potenciaban la luminosidad interior. Recorrimos las naves laterales y admiramos los frescos narrativos y los crucifijos de las paredes. Aquel lugar sagrado estaba cargado de silencio, paz y espiritualidad. Oíamos el repicar de las gotas sobre las vidrieras. Nos detuvimos frente a una mesa sobre la que había una bandeja llena de cirios encendidos en recuerdo de almas que se fueron. Romain cogió uno, prendió fuego a su mecha y lo colocó con el resto. A continuación, los tres nos sentamos en un banco. Miré a Romain. Lloraba en silencio. Sus ojos azules se tornaron cristalinos, y las lágrimas sonrosaban su tez pálida. Por primera vez, me pareció que su interior era tan frágil como su exterior. Me quedé desarmado. Era curioso que mi compañero fuera capaz de tener los pensamientos más tristes y a la vez de hacer reír tanto a los demás. Entonces me di cuenta de que para averiguar el verdadero secreto de la risa es necesario conocer el lado amargo de las cosas. Romain y Aniele lo conocían; por eso, la risa la buscaban con el alma y sin ningún truco, como se busca aire para respirar. “¿Estás bien?”, le pregunté a Romain. “Sí, Pablo. No te preocupes”. Aquella experiencia en Irlanda había funcionado como medicina contra mi mal de espíritu. Ni siquiera las nubes hicieron que cada momento fuera oscuro o deprimente, sino esperanzador. Con Aniele y Romain, aprendí que si existe alguna clase de magia en este mundo, debe de estar en el intento de comprender a alguien con quien compartes un trozo de tu vida. Fueron días de otra latitud. Una mañana nos despedimos entre el gentío de O’Connell Street. Contemplé aquellas dos sonrisas que me infundían valor. Aquellas miradas que le restaban importancia a los acontecimientos, dándoles su dimensión exacta en el girar del mundo y en el discurrir inevitable de la vida. Romain levantó una mano en señal de despedida y Aniele me ofreció por última vez su sonrisa incombustible. Después, se perdieron entre mil cabezas. Mientras les veía alejarse, desfilaron por mi cabeza todos los momentos pasados. Desde la tarde de domingo en la que nos conocimos hasta aquel momento en la catedral de Galway; todos aquellos días en los que comprendí que había empezado a hacer pedazos casi todo lo que hasta entonces había creído que era la vida.

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Un pueblo sin tren Por Sergio Pellicer Siempre tuvo problemas con el tren. De hecho, cuando Sergio comenzó sus estudios universitarios en Elche, lo hizo con la certeza de que el lujo del que gozaba, que consistía en unos pocos trenes diarios con parada en su pueblo, no duraría demasiado. Hacía años que se rumoreaba sobre la supresión de las vías y, por tanto, del pobre -aunque útil- servicio ferroviario. A muy poca gente en Beniaján le gustaba que un par de vías lo partiesen en dos. Las señoras mayores se quejaban de que era un engorro subir las rojas pasarelas que servían de puente entre “arriba” y “abajo”, hasta el más ágil de los atletas podía ser víctima de un resbalón traicionero en un día de lluvia. La vía era impopular entre la mayoría de la gente, así que se desvió el servicio por un nuevo tramo que liberaba a los pueblos de la Cordillera Sur de la molestia del vaivén de los trenes. Nadie supo apreciar jamás un servicio del que sólo gozan un número reducido de localidades en la Región de Murcia. Un auténtico punto de partida que brindaba a un pueblo de menos de diez mil habitantes la oportunidad de coger trenes regionales y cercanías con posibilidades de trasbordo en estaciones contiguas, lo cual ampliaba la oferta a destinos nacionales. Todo un abanico de comunicación pública que tuvo su origen en la exportación agrícola muchos años atrás y que se mantuvo cogido con hilos durante décadas por el simple hecho de que a nadie se le había ocurrido preguntarse por qué Beniaján seguía teniendo parada, si apenas subían y bajaban treinta personas al día. Ahora las vías siguen ahí, dividiendo al pueblo en dos. Pero desde junio no circulan trenes,


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y la estación, que ya antes parecía un edificio fantasma, ahora presenta un aspecto tétrico, condenada al olvido entre almacenes de fruta y resquicios de huerta. Han quitado los bancos rojos en los que algún pasajero solitario se sentaba cada tres horas a esperar un tren con destino Alicante o Cartagena, y los postes donde colgaba el logotipo de Renfe Cercanías han sido literalmente arrancados del suelo. En la pared donde un día hubo una placa que anunciaba “41’2 metros sobre el nivel medio del Mediterráneo en Alicante” hay ahora un agujero enorme. Todo está cubierto de pinturas hechas con spray que muestran el abandono del lugar, reconvertido en cobijo para maleantes nocturnos y actividades ilícitas. Ya no queda nada que recuerde que aquello tuvo una función: parece un almacén cualquiera, eso sí, en estado de ruina. Sergio ha salido esta tarde a comprar una revista en el Kiosko Pepito, al otro lado de las vías. Es un viernes lluvioso de mediados de octubre; cruzar por la resbaladiza pasarela sería un suicidio. Opta por el paso a nivel de la estación abandonada, es más seguro. Y al plantarse frente a ella, a resguardo de la lluvia bajo su paraguas plegable, no puede evitar darle vueltas a la cabeza. Recuerda el primer día que subió en el tren. Como se encontró la estación cerrada y no había ni siquiera una máquina expendedora de billetes, entró sin más en el cercanías. Hablando con el revisor se enteró de que la estación de Beniaján llevaba años fuera de servicio, que la única manera de pagar el viaje era a bordo del propio tren. Gracias a ello alguna que otra vez viajó gratis, lo cual le parecía una recompensa a sus horarios infames, repartidos en horas sueltas a lo largo del día. Siempre cogía el tren de las siete, y llegaba a Elche una hora antes de que empezara la primera clase. Y para volver, como sólo paraba allí el que partía de Elche a la una y media, siempre se saltaba alguna clase para no tardar dos horas en llegar a casa. Si perdía el tren de la una y media le tocaba irse hasta Murcia, y de allí coger un autobús en la Cruz Roja que le llevase al pueblo. Esos días eran los peores. Pese al paupérrimo servicio, cuando se enteró de que iban a quitarlo definitivamente intentó reunir firmas junto a otras personas afectadas, pero sirvió de poco. El 15 de junio de 2008 pasó el último cercanías por las vías de Beniaján. Y hoy, casi seis meses después, contempla bajo la lluvia un paisaje que le parece de otro tiempo, lejano. Un tiempo en el que llegar a casa a las cuatro y media habiendo salido de clase a las dos significaba que había perdido uno de los pocos trenes que, por fortuna, paraban en su pueblo. Una época en la que la gente, al enterarse de su lugar de procedencia, le decía aquello de “¿Beniaján? Vaya, ahí es donde casi nunca para el tren ¿verdad?”.

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Otra vez será Por Samuel Juliá Voy por la calle, camino de la universidad, oculto de las miradas extrañas bajo mis discretas gafas negras, cuando encuentro un banco y me siento a esperar el autobús. Nada más sentarme, se acerca a mí un individuo bien entrado en años y me llama con elocuencia longeva: «¡Joven, joven!». Entiendo que se refiere a mí y le respondo: «¿Sí?». El viejo, que vestía camisa blanca y pantalón gris, dice que quiere hablar conmigo de un asunto trascendental. Pero enseguida distingo ese acento de bruja de cuento que viene a engañar a los niños con palabras ampulosas y es capaz de hacer pasar el veneno por golosina. Así que me levanto, me quito las gafas y trato de ver lo que se trae entre manos. «Joven, joven ¿le gusta a usted leer? Yo tengo muchas cosas para leer, muchas cosas», afirma mientras me señala una pequeña mochila negra que cuelga de su hombro. Me hace gracia que pronuncie el verbo leer como si fuera una actividad misteriosa, reservada para unos cuantos elegidos. Mientras doblo en mis manos la revista que acaba de darme, me saca otra que no he visto y me invita a leer un titular de esos apocalípticos, escabrosos, espeluznantes: es algo sobre el fin del mundo. El sujeto, un robusto anciano de calva plateada, me habla con palmaria convicción, como si se creyera en posesión de la verdad absoluta y yo fuera un pobre desgraciado, de esos que vagan sin rumbo por este valle de lágrimas. «¿No conoces la revista Atalaya?», me pregunta, como si yo tuviera el deber moral de conocerla, y busca si tiene un ejemplar en su cartera. Le digo que no la conozco. Nunca imaginé que se trataba de una lectura imprescindible. No obstante, me pica la curiosidad. ¿Qué llevará este buen hombre en una cartera tan grande? Mientras busca la revista, le pregunto si es Testigo de Jehová. El predicador se veía venir


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por dónde iba mi cabeza vulnerable, mi espíritu escéptico y malpensado, víctima de los más antiguos escrúpulos de peatón quisquilloso. Me observa con tristeza. No quiere que lo abandone. Por un momento deja de mirarme como un gato a su ratón. «Debemos examinarlo todo, y retener lo bueno», cita al apóstol san Pablo, como para salir del paso. A mí se me ocurre una broma que no me atrevo a contarle. El hombre comenzaba a intrigarme de verdad. Enseguida me pongo a la defensiva: le digo que yo no comparto lo que ellos dicen. Entonces él saca su Biblia (Traducción del Nuevo Mundo) y yo le cito de memoria lo que recuerdo de la mía. Afirma que el Padre y el Hijo no son el mismo. «¡Esa no es una Reina Valera de 1960!», le advierto y él insiste en que en las dos se afirma prácticamente lo mismo. Discutimos acaloradamente. No llegamos a ningún sitio. «Yo ya soy creyente», exclamo al fin, fatigado, y casi añado en tono imperioso: «¡Y a mucha honra!». Pero el buen hombre, sin reparar en el matiz, sigue diciendo que no basta sólo con creer y me exhorta a buscar la verdad. Gracias a Dios, mi autobús llega en ese momento. «Me tengo que ir, ese es mi autobús», le digo a modo de disculpa, y corro a ponerme a la cola para entrar en el transporte público. El gárrulo propagandista no esperaba que la Providencia actuara en su contra. «Bueno, lea la revista», me dice, sin poder ocultar un profundo sentimiento de desilusión; él habría deseado que el autobús no llegara nunca y que hubiésemos estado allí los dos discutiendo hasta la hora de comer, cuando, por fin, desfallecidos en la calle solitaria, ya no pudiésemos mantener la pugna teológica y acabase sucumbiendo a su pensamiento. No sin lástima, me sigue con los ojos hasta que subo al autobús y pago al conductor. «Lea la revista», retumbaba en mi mente, poco antes de verle desaparecer. Sonrío, como si dijera: «¡Ya lo creo que lo haré!». Como no hay asientos libres, me quedo de pie. A mi lado está esa señora, posiblemente musulmana, a juzgar por su vestimenta, que acaba de escuchar la conversación. Sus ojos me insinúan que lo han oído todo, pero por prudencia su boca enmudece. La miro de soslayo y respiro satisfecho. Mi autobús llega con tiempo de sobra. Al llegar a mi destino, lo primero que he hecho ha sido buscar una papelera.

Relato personal: ejemplos  

Selección de las mejores historias del curso 2008-2009.

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