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CUADERNOS DE ÉTICA, Vol. 24, Nº 37, 2009

MÓNICA B. CRAGNOLINI (comp.), Extrañas comunidades. La impronta nietzscheana en el debate contemporáneo, Buenos Aires, La Cebra, 2009, 256 pp. Extrañas comunidades reúne en un volumen complejo, de múltiples caminos por recorrer, trece artículos. En ellos se muestran algunos de los efectos de escritura producidos por los encuentros periódicos de un grupo de investigación PIP-CONICET, con sede en el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Bajo la dirección de Mónica B. Cragnolini y la co-dirección de María Luisa Pfeiffer, este grupo se dedicó durante tres años a interrogar(se) acerca de las condiciones de posibilidad ontológicas y políticas de un pensamiento de 'lo común' que desplazara las problemáticas de los estudios sociológicos tradicionales hacia un espacio aún no lo suficientemente explorado: se trata de nuestro actual modo de ser-juntos, de los desafíos a los que nos enfrenta y de las dificultades que acarrea una vez denunciada por Nietzsche la obsolescencia de las categorías modernas para pensar lo humano, la vida, la politicidad, lo animal. El así llamado ‘pensamiento de la comunidad’ adquirió relevancia a partir del diálogo entre algunos autores franceses (Bataille, Nancy, Blanchot, Derrida) e italianos (Agamben, Negri, Esposito), entre los cuales el legado de F. Nietzsche es puesto a funcionar en pos de una reconceptualización de lo político desde una perspectiva de izquierdas. El extraño encuentro de estos dos vectores (Nietzsche y las izquierdas), en el cual las citadas líneas de pensamiento hallan sus condiciones de producción, ha fructificado bajo la forma de un movimiento de solicitación de las categorías tradicionales de la modernidad (sujeto, conciencia, yo, identidad) que no se contenta con el diagnóstico de ‘nihilismo’ aplicado a tontas y a locas a nuestro presente. Antes bien, la infinita conversación de los textos de los autores europeos – material de trabajo de los escritos aquí reseñados– da cuenta de las posibilidades aún poco exploradas de una ontología del vivir-juntos que ya no se funda en el ‘reconocimiento de los iguales’ sino que hace de la vocación por el otro, por el diferente, su leit motiv. El reparto de esta comunidad de escritura-lectura muestra que treinta años de discusión no ha extenuado la temática de ‘la comunidad’, sino que antes bien ésta se halla en un estado de mutación permanente que provee de herramientas conceptuales para abordar lo actual y hacer audibles sus potencias de sublevación contra los poderes hegemónicos. Dichas mutaciones son provisoriamente organizadas aquí en tres secciones que tienden a marcar líneas de investigación diferenciadas. La primera sección, "La extraña comunidad que somos", dispone los elementos que sitúan el trabajo en torno a la ‘comunidad’ en el campo ontológico. A diferencia de lo que sucede en los planteos sociológicos, lo que aquí se mienta con la serie ‘comunidad’-‘en-común’-‘cum’, es un modo de ser de las subjetividades alejado de los individualismos del sujeto que domina la realidad y su ‘lazo’ con los otros, y que precisamente por eso, no se define por ‘rasgos’ compartidos sino más bien por la comparecencia del otro (de todo otro, de cualquier otro). En esta línea de trabajo, según la cual lo ‘común’ no es nada ‘identificable’, cabe preguntarse junto a María Teresa García Bravo y Mariano Dorr, “¿Puede haber investigación que no busca, investigación que extravía, investigación impura, perversa, investigación de la pérdida?” (p. 20) En "La investigación en busca de la comunidad: hacia una ontología de la huella", se plantea la necesaria reflexión acerca del 'método' que supone poner bajo examen la 'comunidad'. Se trata de pensar hasta qué punto búsqueda y encuentro, cuando se refieren a la 1


investigación sobre lo común, se vuelven términos aporéticos que nos devuelven sin cesar a un espacio de extrañeza. Este espacio es el de las manos que tocan el abismo en el cual la comunidad se abre y, al mismo tiempo, se oculta. Acaso este artículo pueda leerse como la traducción al presente post-nietzscheano (es decir, post-metafísico y post-humano) del Discurso del Método cartesiano: allí donde Descartes elegía el método (la duda hiperbólica) que lo llevaría a la certeza apodíctica (el sujeto), el discurso del método ‘comunitario’ comienza por declarar que su objeto –la comunidad– es imposible, es decir, que no es algo aferrable, identificable, ‘presente’. Es en torno a esa no-presencia, a esa huella, que los investigadores se convocan: “El investigador de la comunidad descubre que no es posible acercarse ni alejarse de su objeto […] Hace falta que el análisis sea lo propiamente analizado, que la investigación gire en torno a la investigación […] lo que implica, ante todo, la retirada misma de la investigación” (p. 32). A la comunidad y al otro como retirada y huella vuelven Gabriela Balcarce y Alejandro Boverio, abordando las dificultades que el lenguaje predicativo y el pensamiento discursivo presienten en las cercanías de ese Otro que resiste los intentos de identificación y de sustancialización. En “Apofática y comunidad”, Balcarce interroga la legitimidad de remitir ciertas paradójicas formulaciones derridianas que propician el desfondamiento del lenguaje a la tradición de la ‘teología negativa’’. La autora rechaza esta aproximación, por cuanto “la huella no es la marca de una presencia plena inicial. La asimetría con el otro no postula en su trascendencia infinita una consistencia metafísica plena, fundamental […] La huella es la figura de la irrupción del otro que socava la dupla presente-presencia […] marcando una existencia no absorbible por la ontologización” (p. 48). En “Rostros, mitos y límites de la comunidad”, Boverio, por su parte, entiende que la recusación de la lógica discursiva (realizada por Nancy, por Blanchot, entre otros) que se hace en nombre de la crítica a la metafísica del sujeto, es insuficiente para pensar lo político, razón por la cual considera que los debates actuales deben darse en el marco de los lineamientos trazados por Agamben y Espósito en torno a la biopolítica. El artículo de Mónica Cragnolini, “Extrañas comunidades: para una metafísica del exilio”, articula con elegancia, claridad y ritmo los materiales que han llevado a un nuevo pensamiento del estar-juntos a partir de la escucha atenta de Nietzsche. Cragnolini encuentra en la figura nietzscheana del caminante (el que se aleja, el que se extravía al emprender un viaje sin meta y sin fin) la posibilidad de abordar la comunidad desde los temas de la amistad y la relación escritor-lector, y de hacerlo desplazando el eje romántico (y como tal, aún moderno) en que estos tópicos usualmente se enraízan y que parecían remitir ineluctablemente la comunidad a una pequeña sociedad secreta y aislada del ámbito sociopolítico. La ‘metafísica del exilio’ que la autora promueve supone, por el contrario, que las subjetividades son ‘expuestas en el afuera’ y ‘habitan’ la escisión que les es constitutiva. Así las cosas, “El otro (el huésped) nos arranca de la lógica identitaria que necesita pensar en términos de sujeto e individuo, para situarnos en el ámbito de la lógica paradójica y excursiva, una lógica del don” (p. 64). A partir de la segunda sección, “La comunidad (entre): Nancy, Derrida y otros”, comienzan a aparecer las voces que trabajan el ser-con desde perspectivas específicas. En el caso de Héctor Monteserín, se trata de mostrar cómo el recorrido que va de La comunidad inoperante de J.-L. Nancy a Espectros de Marx de J. Derrida, supone pasar de la crítica al mito de una supuesta comunidad perdida y una apuesta por el co-estar extático que sólo la interrupción del mito permite (en el primer caso) a la esmerada posición de una fantología (es el caso derridiano) que, a diferencia de la ontología, pueda hacer justicia a la exigencia comunitaria: una apertura a los fantasmas que “no son sólo del pasado, sino también del porvenir. Ambos se encuentran ya ‘presentes’ exigiendo el desarreglo (justicia) que el diálogo con ellos supone” (p. 93). Por su parte, el trabajo de Daniel Álvaro “Comunidad de los cuerpos” se destaca por cuanto 2


aborda la existencia-en-común desde una perspectiva novedosa en este debate, una que habilita formular a la comunidad en términos afirmativos y materiales. A diferencia de otros autores que aquí escriben, Álvaro extrae herramientas conceptuales de zonas poco transitadas en el pensamiento nancyano (mundo, tacto, ecotecnia) y opera con ellas una resignificación de la temática del vivir-juntos bajo la forma de una ontología de los cuerpos que muestra la insuficiencia de las perspectivas ‘biopolíticas’ en tanto “la noción de ‘vida’ es insuficiente para dar cuenta de la totalidad de lo existente” (p. 111). “De Stockhausen a Gould: potencias comunitarias de la música” ofrece un pormenorizado análisis del estado de las relaciones entre arte y política, y su relación con el debate comunitario. Paula Fleisner y Guadalupe Lucero rechazan las acusaciones por ‘estetizar’ la política lanzadas tantas veces hacia autores como Nancy y Agamben, mostrando de qué modo ellos se amparan en fenómenos estéticos para construir perspectivas de lo común que rehúyan las formaciones míticas (Nancy) y que se apuntalen en la ‘singularidad cualquiera’ (Agamben). Especialmente rico resulta el análisis crítico del gesto gouldiano (el retiro de los escenarios y la exclusiva dedicación a la grabación), del cual surge que la apelación a lo comunitario se da bajo la forma de “una escucha póstuma, jamás plena, siempre móvil, que, sin exigir nuestra presencia para la ejecución, nos ofrece un lugar privilegiado en ella” (p. 199). En “La comunidad posible. Formismo y nomadismo en Michel Mafessoli”, Cristina Ambrosini da cuenta de las fuentes filosóficas (Simmel, Nietzsche, Benjamin, Adorno) a las que recurre el autor francés y que –ya en el ámbito de la sociología– le permiten comprender las dinámicas sociales actuales de un modo que privilegia no tanto las identidades (gesto habitual de la sociología) sino la capacidad de las sociedades de darse formas múltiples y provisorias (formismo). Ello supone una actitud nomádica de las subjetividades que expresan así el rechazo a todo lo que pretenda confinarlas (identidad, Estado). De este modo, Ambrosini va más allá de los diagnósticos apocalípticos y muestra cómo la ‘irrupción del otro’ signa las sociedades actuales, lo cual la lleva a “poner un voto de cofianza en que ‘lo común’ no se extinguió sino […] que puede ubicarse en un no-lugar” (p. 117). El artículo de Fernando Gallego, “Aproximaciones deleuzianas al concepto de ‘comunidad’ en Imperio y Multitud” resulta de gran interés debido a la rigurosidad con que el autor muestra cómo el legado spinociano y el marxiano se entrelazan a partir de ciertas lecturas deleuzianas que son puestas a funcionar por Negri & Hardt en pos de una ‘comunidad’ definida por el trabajo, la afectividad y la producción. El esfuerzo de Gallego por desactivar los dispositivos de lectura que capturan la temática de ‘lo común’ en el ámbito del pensamiento heideggeriano, da cuenta de lo habitual de esta captura y lo difícil que resulta hacer escuchar otras voces, aquellas que logran articular la temática ontológica con conceptos claves de la lucha comunista (plusvalía, auto-organización, explotación) y que se encaminan a la formulación de una soberanía sin trascendencia. La última sección “La comunidad de los vivientes: del animal, de la inmunización y del don” recorre los ámbitos que se vieron radicalmente alterados en tanto el debate comunitario reforzó las líneas de cruce entre lo vivo y lo político, poniendo en cuestión tanto los términos del problema como las relaciones entre ellos. Con Evelyn Galiazo, nos aproximamos a la cuestión de la ‘animalidad’ desde una perspectiva que, siguiendo a Derrida y Heidegger en torno al tema, pregunta “¿Quiénes somos nosotros? Los herederos del sujeto en el debate comunitario”. Galiazo muestra cómo la ontología heideggeriana que pretendía fundarse en la retirada de todos los humanismos, sin embargo reiteró el gesto occidental según el cual lo humano se funda en la exclusión de lo animal. Y cómo ese animal termina por convertirse en una amenaza en la medida en que excede todas las categorías que el despliegue ontológico de Heidegger admite. La autora va detrás del animáquina que roe el texto heideggeriano, devorando así la ‘pregunta por el ser’ y otros 3


privilegios acordados al hombre, lo cual conduce a la exposición de una ontología perversa por cuanto el “aparato-animal monstruoso y a favor de los monstruos tensiona hacia fuera las fuerzas del lenguaje y detona la escritura, dispersándola hacia un más allá –del sujeto y de su sintaxis– que excede los recursos de cualquier análisis humanista” (p.180). El concepto de ‘inmunización’ de R. Esposito, y su relación con la comunidad y la vida, está en el controvertido corazón de los dos artículos siguientes. En “Lo común y la vida. ‘La solución Nietzsche’ y las paradojas de la normatividad”, Bernardo Ainbinder reconstruye las vertientes negativa y positiva de la biopolítica espositianas. El deslinde entre una y otra es habilitado por una comprensión diferente de la relación entre la vida y la política, y el lugar que los dispositivos inmunitarios adquieren según el caso. De acuerdo al autor, Esposito realiza, siguiendo a Nietzsche, un desplazamiento conceptual que lleva a la vida de objeto de la política a sujeto de la misma. En esta vida “late aún la pluralidad de fuerzas que merece el nombre de comunidad y que hace que el conflicto no pueda ser suprimido sino al precio del sacrificio de esa pluralidad” (p. 219). Aquello que, en Esposito, Ainbinder hallaba como diagnóstico adecuado de la actualidad, es para Julián Ferreyra algo muy distinto. En “Donde está la salvación, crece también lo que nos somete”, el autor critica el ‘giro asustadizo’ que Esposito imprimió al tema de la ‘comunidad’ al postular a la ‘inmunidad’ como su contraparte necesaria. Para Ferreyra, resulta escandaloso que se recurra a Nietzsche para construir una ‘ontología de la depresión’ que convoca a amar la tristeza y la represión en nombre de la ‘seguridad’. Contra ello emprende una relectura de Nietzsche que se muestra insurrecta ante la ‘naturalización’ de las tendencias inmunitarias que, en última instancia, no hacen más que legitimar el sistema capitalista y justificar que éste mantenga a los hombres en el umbral mínimo de su potencia. Por eso, Ferreyra nos recuerda que “No hay nada que temer: lo propio del hombre no tiene nada que ver con el miedo y la angustia. Más allá de los límites del capitalismo no hay un abismo terrible, sino la potencia infinita de vida, el dehors blanchotiano.” (p. 234). El escrito de María Luisa Pfeiffer, “Ética, libertad y don” cierra esta compilación abriéndola al porvenir. Aquí la autora apalabra uno de los motores que impulsa a este grupo de investigación: se trata del problema ético y político que surge en nuestro tiempo al intersectarse la necesidad de ampliar los márgenes de libertad y el desfondamiento de la lógica identitaria de la razón que daba sustento a la idea de ‘voluntad libre’. La autora despliega la lógica del ‘transgresor’ (cuyo paradigma sería el Bartleby de H. Melville), mostrando cómo la negación permanente de lo dado lo encierra definitivamente en aquello mismo de lo cual deseaba escapar. Como contrapunto, Pfeiffer propone un pensamiento de la libertad que desplace los privilegios identitarios en favor del otro: “Si abandono la racionalidad moderna que es la medida de la libertad, debo entregarme a otro, a un absoluto sin medida que nunca puede ser el sujeto, otro que es mi dueño, mi sustituto” (p. 254). Hacia el final, entendemos que esta entrega es el don que nos hace responsables por el otro más allá de toda voluntad, don que “no podemos eludir ni ignorar y mucho menos transgredir” (p. 255). Noelia Billi

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