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Dirección y edición de la Colección: Alejandra Stevenson Valdés Equipo editorial: Cristina Castillo Bernardita Muñoz Fernanda iderit Mariana Ramírez Soledad Ugarte Coordinadora general: María Inés De Ferari Asistente editorial: Verónica Arce Línea gráfica y maquetación: Vesna Sekulovic © Ediciones ReCrea Ltda. Av. Francisco Bilbao 2904-A Providencia. Santiago de Chile. Teléfonos: 4746486 - 4747006 www.recrea-ed.cl www.recrealibros.cl Inscripción Nº XXXXXX ISBN XXXXXXXX Primera edición noviembre 2006. Reservados todos los derechos para todos los países. Prohibida su reproducción total o parcial. Impreso en Chile por Andros Impresores


Una pequeĂąa historia de miedo Max ValdĂŠs


C

uando entramos a nuestra nueva casa ninguno de nosotros imaginó jamás lo que ocurriría.

A mi hermano siempre le habían dado susto los fantasmas, y esa casa tan grande y con decenas de puertas secretas le hizo recordar todas las historias de misterio, pánico y terror que había leído en sus escasos nueve años. Mi mamá dio las instrucciones para que los señores de la mudanza colocaran las cajas que decían ‘cocina’ en la cocina; las cajas que decían ‘dormitorio niños’ en el dormitorio de los niños, las del ‘comedor’ en él, y así sucesivamente hasta 


que los delgados cargadores no dieron más y se sentaron a descansar en el hall, que aun estaba con las paredes peladas y atiborrado de objetos embalados. Fue entonces cuando el más feo de los tres cargadores deslizó brevemente una historia que cambiaría muchas cosas para mí y mi familia. –A qué no saben qué pasó aquí antes que ustedes llegaran –nos dijo a mí y mis dos hermanos.




–En esta casa hay apariciones..., además existe una guarida bajo la escalera y... En ese momento uno de sus colegas lo detuvo: –No vengas a asustar a estos niños –le dijo, molesto y con la boca llena de pan. –Niños, no le crean nada al monstruo Quezada, siempre sale con tonteras como esas. Yo y mis hermanos movimos la cabeza de arriba a abajo al mismo tiempo: “sí, señor”. Parecía un gesto ensayado en la escuela, pero no lo era. Sentí ganas de orinarme en los pantalones. No me salían las palabras y tampoco a mis hermanos chicos. Al fin pude decir algo. –Nosotros no creemos en fantasmas –le dije resuelto y arrastrando a mis hermanos de allí. –Salgamos de aquí, que los maestros tienen que seguir trabajando –les dije a mis hermanos. 


La mamá, con el pelo tomado en un moño y con el mal genio multiplicado por seis, me llamó desde la cocina. Me ordenó desembalar la caja con lo más urgente: ollas, mamaderas y ese tipo de cosas. Fue en ese momento cuando Alfredo se fue gateando por un pequeño corredor que había al final de esa sala y descubrió la puerta. Era una pequeña puerta del tamaño de un enano. Parecía que la habían construido para ellos y no para gente normal.

–¿Qué hacemos?, ¿entramos? –preguntó Felipe.

–No, eso todavía no –respondí con un poco de temor. –¿Por qué no, Tomás?

–Porque yo soy el mayor y no voy a dejar que la mamá desembale todo sola. 


–Pero ella está mejor así que con nosotros.

La ponemos nerviosa, ¿nunca te has dado cuenta de eso?

–Tienes razón, olvidemos la puerta –dijo

y subimos. Yo sostenía a mi hermano chico en

brazos cuando escuchamos unos ruidos bajo la escalera. No nos movimos, nos quedamos como estatuas.

–¿Qué pasa?

–No pasa nada.

–¿Por qué no avanzas?

–¿Oíste algo debajo de las tablas?

–Sí. Era como si un animal estuviese ence-

rrado.

–No seas tan exagerado, Felipe. ¿Cómo un

animal puede estar debajo de la escala?

Al acabar de decir esto, el ruido creció. Se

escuchaba como un grito de alguien enfurecido. –¡Mejor subamos!

–¿No le vamos a decir a la mamá?

–Para qué preocuparla..., ya tiene mucho

con esto de la mudanza.

–Subamos –dije– antes de que el monstruo

que encerraron aquí siga impacientándose. 


El cuarto donde yo y mis hermanos íbamos a dormir era feo. Estaba empapelado con figuras de peces que volaban por toda la pieza, del muro al techo y del piso al clóset. ¡Era horrible! La mamá arrendó la casa solo porque su trabajo quedaba casi al frente y podría visitar a la nana y a nosotros las veces que pudiera. Muchas cosas habían cambiado para nosotros desde que mis papás se separaron. Perdimos la casa antigua, la plaza de juegos, mis amigos del barrio, el kiosco con las golosinas, los colegios.

El que más perdió fui yo. Alfredo apenas abría la boca y a Felipe no le importaba mucho tener amigos. A mí sí. La cuestión es que la mamá trabajó todo el fin de semana en acomodar la casa. Y lo hizo todo sola. Nosotros la ayudamos encerrándonos en la pieza a ver televisión y, por supuesto, nos olvidamos de la pequeña puerta. 10


El lunes de la siguiente semana, cuando llegué del colegio, y mientras Alfredo estaba en el jardín infantil, con Felipe decidimos romper la curiosidad y ver que había tras la puerta enana. –¿Estás seguro de que no nos pasará nada? –dijo Felipe. –¿Qué nos puede pasar?, además, tenemos que conocer bien nuestra nueva casa. Tiramos la manilla de la puerta, pero esta no se abría. Fuimos por una herramienta y rompimos bajo presión el candado. Estaba oscuro, demasiado oscuro. –¿Tienes la linterna? –le pregunté a mi hermano. Pero él no sabía en qué caja estaba embalada. –Sin linterna no veremos nada. –Mejor vuelve a cerrarla –dijo cobardemente mi hermano–, no debimos abrirla. –No seas señorita y atrévete a entrar –le hablé fuerte. 11


–¿Qué estás diciendo? ¡Yo no pienso entrar!

–Entonces entraré yo –le dije mirándolo a los ojos. –¡Hermano!, recuerda que el hombre de la mudanza habló de apariciones y desapariciones que se escondían debajo de la escalera.

–¡Mentiras!, esos son unos ociosos que no saben nada de nada –le dije seguro de mí mismo. –Pero ellos conocían la casa... –¿Me acompañas o no?

Felipe vaciló. Temblaba. Mi hermano era un cobarde. –¡Iré solo!

–¿Y la linterna?

–¡Ah!, verdad..., usaré una vela, sé dónde las tiene mamá. Y, con una vela prendida en la mano, entré. Y nunca más salí. Aún estoy adentro y veo a mi mamá y a mis hermanos. Los escucho buscarme, pero no me encuentran. 12


Los ruidos bajo la escala son mis propios ruidos y los de otros que están conmigo, desesperados buscando una salida. Después de que vinieron los carabineros y no me encontraron, sugirieron sellar la puerta enana y no volver abrirla. Según su experiencia, yo había huido a la calle, ya que era imposible que estando dentro de la casa no me hallasen. Ahora me muevo de un sitio a otro esperando materializarme nuevamente y dejar este disfraz de fantasma que es intocable, invisible e imperecedero. l

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Un gorila en mi cuarto Max ValdĂŠs


A

l despertar encontré un gorila durmiendo en mi cama. Estaba tendido con los brazos en cruz, peludos y gordos, detrás de la enorme cabeza. Usaba anteojos oscuros y un

calzoncillo verde que le cubría la mitad de la barriga. –¿Qué haces aquí? –le pregunté sorprendido. El gorila abrió los ojos, se quitó los anteojos, apretó los párpados pues le molestaba la luz que entraba por la ventana y dijo: –¿Qué haces tú aquí?

–¿Cómo? –dije enfadado– ¡Estás acostado en mi cama! ¡Esta es mi cama! 17


–¡Estás equivocado, muchacho! –me respondió con un poco de soberbia. –¿Por qué voy a estar yo equivocado?

Se acomodó sobre su hombro derecho para seguir durmiendo. –¡Y por favor no me abras la ventana que me molesta el sol!

Yo no sabía qué hacer. Si esta noche un gorila llegó a dormir en mi cama, temía quién pudiera atreverse el día de mañana.

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Me vestí y fui a la escuela. Al regresar por la

tarde el gorila estaba en mi computador jugando con mi Nintendo. Se había puesto mi polera amarilla con el dibujo de El Zorro y su caballo Tornado.

–¿Cómo te fue en la escuela? –me preguntó –Bien, gracias –le dije.

El piso de mi habitación estaba cubierto de

cáscaras de plátanos. Al darse cuenta de que no me gustaba exclamó:

–Las traje de mi viaje al Ecuador, me costó

mucho cargar con ellas...

–Por lo menos podrías juntarlas en el canasto

de la basura.

–Nosotros no estamos domesticados de

esa forma: la hallamos inútil, cualquier cosa que

pretenda hacerte trabajar más allá de despejar la cáscara es trabajo perdido.

Bostezó y su dentadura era horrible. –¿No te lavas nunca los dientes?

–¡Jamás, se pierde energía para comer

cepillándose los dientes!

Fui a mi clóset, colgué mi uniforme, ordené

mis tareas y cuando me iba a poner a jugar el gorila seguía instalado en mi computador. 19


–¡Puedes bajar a comer, si quieres! –me dijo

sin darme la cara.

–Ya comí en la escuela, gracias –le aclaré. Mi mamá regresaría a casa como a las ocho

de la noche, y parece que el gorila lo sabía pues me dijo:

–¡Invité a unos amigos esta tarde para

divertirnos un rato!

–¿Qué estás diciendo?

–¡Que a lo mejor si ves televisión abajo

podríamos tener una fiesta increíble!

–Oye, Gorila, no seas... –no terminé de decir

esto cuando oímos tres golpes, luego dos y finalmente uno en la ventana: era la clave para identificarse y para que Gorila les abriera la ventana.

–¡No queremos que lleguen paracaidistas y

se pongan muy revoltosos!

–Gracias por la comprensión –le dije. Gorila fue a la ventana y la abrió. Por

allí entró, con dificultad, la cebra. La saludó efusivamente y la invitó a recostarse en la cama.

–¡No te hagas líos –le aclaró–, el amigo aquí

es tolerante!

20


Yo bajé la cabeza y me fui a la cocina a estudiar la lección de biología. Antes les advertí: –¡Te aviso con tiempo, Gorila. Antes de las siete te vas con todos tus invitados. A mi mamá no le va a gustar tanto descalabro. –No te preocupes, niño. No es la primera vez que hacemos una fiesta. Bajé las escaleras. En el descanso me encontré con una pareja de lobos. Estaban perdidos y los orienté a mi pieza. Ella estaba embarazada. La barriga le pesaba y su marido la trataba con cariño ayudándola a subir. –Gracias, joven –dijo la loba muy agradecida–, es usted un ejemplo para muchos. Era linda la loba, tenía el pelo rojizo y unas barbas blancas alrededor del hocico. Amelia, la nana, a estas horas se encerraba en la pieza a ver las telenovelas. No le gustaba que la interrumpieran a menos que la casa estuviese haciendo aguas y eso justamente era lo que estaba sucediendo... En el baño que tenía en mi pieza, 21


los osos polares habían inundado todo metiéndose en la tina y lo propio hicieron los chimpancés tirándose bolsitas de agua con unas bolsas de plástico con las que tiempo atrás construí una nave espacial transparente. Todo estaba destruido o a punto de destruirse.

Me miraron, aquietándose poco a poco. –Lo sentimos mucho, dijo Gorila.

–Volveremos todo a su lugar –agregó el oso polar.

–Nunca más organizaremos una fiesta con los osos, te lo prometo –me dijo Gorila levantando su mano derecha.

–Mi mamá se viene temprano a la casa, me avisó que le duele la cabeza. No puede ver este infierno, así que se me van, ¿oyeron todos? –dije 22


levantando la voz para que nadie se quedara sin escucharme.

Todos dijeron “Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah, se enojó” y fueron saliendo por la ventana uno a uno.

El último en salir fue Gorila, que se quedó

detrás de la cortina de mi ventana.

–¿Y tú no vas a irte con tus amigotes? –No sé dónde ir.

¿Cómo que no sabes dónde ir?

–¿Acaso no sabes que construyeron una

carretera y echaron abajo miles de árboles que eran mi refugio?

–Sí, pero... ¿y el zoológico? –Yo no tengo casa allí.

–¿Y qué quieres hacer?

–Quedarme aquí contigo.

–¿En mi cama?, ¡estás loco, gorila! –...Si quieres debajo de la cama.

De repente escuché unos golpes en la

puerta. Era la nana, que con tanto lío se había despertado.

–¿Qué pasa allí adentro, hijito? ¡Parece que

escondieras gorilas con tanto ruido! 23


Tenía toda la razón y no sabía cómo sacarlo de allí, quizá iba a tener que pedir una cama de reemplazo para instalar allí a este pegajoso visitante. –¿Qué hacemos ahora? dejando su mandíbula abierta.

–me

preguntó,

–¡No digas qué hacemos, más bien di qué haré! –¿Me quedaré contigo? –¡No!

–¿Me esconderás dentro de aquel baúl? –¡No!

–¡Ya sé, regresemos al principio y después vemos cómo termina esto, así me das tiempo para pensar dónde ir!

–¡De acuerdo, Gorila! –respondí con cierto alivio. ...Una mañana al despertar encontré un gorila durmiendo en mi cama. Estaba tendido

con los brazos en cruz, peludos y gordos, detrás de la enorme cabeza. Usaba anteojos oscuros y un calzoncillo verde que le cubría la mitad de la barriga... l 24


El d铆a en que entr贸 un le贸n a mi colegio Armando Aravena


R

ecuerdo que fue un día jueves. Sé que era jueves porque ese día nos tocaba misa. Eso sí, era una misa muy especial porque se cumplía un año de la muerte de Cristóbal, al que todos recordábamos con tanta pena y tanto cariño. Cuando nos dijeron en la mañana lo del aniversario, sé que a todos nos volvieron a dar ganas de llorar. El único que no se emocionó y solo se quedó mirando para todos lados fue Carrasco. Él es nuevo, llegó este año, por lo tanto no sabe que Cristóbal era amigo de todos. Era un profesor joven y para nosotros, como un papá o un hermano mayor... alguien que puede ser todo eso junto, en una sola persona. 27


A Cristóbal todos lo queríamos. En realidad,

casi todos, porque el guatón Trujillo siempre andaba haciéndose el bacán con él y no lo dejaba en paz.

Felipe, el presidente de nuestro curso, una

vez dijo que era porque su papá siempre le pegaba y que por eso era tan agresivo. Felipe siempre trata de explicarse todas las cosas. Yo

creo que por eso es presidente de curso, porque es el más maduro.

Pero un día, Cristóbal lo pilló justo cuando el

guatón Trujillo lo estaba imitando. Se dio vuelta,

se paró delante de su puesto y le dijo: “Eso no se hace”, con voz fuerte y segura.

Todos nos quedamos como petrificados,

helados, congelados y al guatón se le fue borrando la sonrisa como en cámara lenta.

Así era Cristóbal, hacía cosas que a uno lo

dejaban pensando. Hacía más de lo que decía.

Ese día, el del aniversario, parecía que todo

el colegio se había vuelto a conmover. Hasta

comenzó a llover suavemente muy temprano en la mañana, y a eso de las 11 todos estaban en sus salas excepto los sextos que, como ya dije,

estábamos en misa. Entonces, justo cuando el 28


padre Alexis estaba levantando esa hostia grande, un león entró a la capilla. Parece que él fue el único que lo vio, porque todos estábamos muy concentrados pensando en lo que había dicho acerca de Cristóbal. Aunque parece que nuestra profesora fue la primera en reaccionar, porque cuando levanté la vista por un instante, la vi abrir unos tremendos ojos y dejarse caer como muerta sobre la banca. Creo que nadie la vio, excepto yo, que justo en ese momento había mirado hacia el lado. Entonces, intrigado me di vuelta hacia el fondo de la capilla, y lo vi. ¡Casi me morí! Nunca imaginé encontrarme así, cara a cara con un león.

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Hubiera querido gritar para alertar a todos, pero en ese momento me di cuenta de que el padre le hacía una señal a Jorge, que lo estaba ayudando, quizás para que fuera a llamar a los carabineros, a los bomberos, a no sé quien. El león estaba parado al inicio del pasillo central y miraba tranquilamente hacia todos lados. Nadie se explica hasta el día de hoy por qué quiso entrar a la capilla. Pienso que pudo haber sido porque sintió el olor de los sandwiches de carne que siempre trae el guatón Trujillo y que se come uno en cada recreo. 30


El año pasado cuando supimos del acci-

dente de Cristóbal todos nos quedamos mudos,

congelados, como muertos. Dijeron que estaba en cuidados intensivos, la UTI, y que su situación era realmente complicada.

El inspector lo único que nos dijo fue que el

auto donde iba nuestro amigo había chocado con un bus. No sabía más datos sobre el accidente.

Desde el momento en que el inspector entró

a la sala a primera hora de la mañana supe, por

su cara, que algo había pasado. Algo que no era bueno porque el rostro del inspector era como de

tragedia. Eso sí que nunca pensamos que fuese tan grave.

El inspector estaba pálido y la voz, no digo

que le tiritaba, pero le salía apenas. Parece que

tenía que tragar saliva a cada instante. Yo pensé que era para no llorar. Debe ser terrible para

un inspector llorar. Imagínense, después quien podría tenerle miedo.

Pienso que a todos en el colegio, les afectaba

lo de Cristóbal, porque todos andaban tristes y

silenciosos en esos días, y las profesoras lloraban. Seguro que todas estaban enamoradas de él.

Entonces, ahí estaba el león. Parado al fon31


do de la capilla. El padre Alexis dio la vuelta al altar y se detuvo a la entrada del pasillo. cio.

Hasta ese momento todo había sido silenUn silencio tenso, de miedo, increíble. Pero

en ese instante, alguien –no sé de cual de los tres sextos pudo haber sido– gritó: –¡Un león, hay un león! –Por favor, –dijo el padre Alexis– que nadie

se mueva. Creo que alguien debe venir en este

momento a socorrernos. No se muevan, no hagan ruido. No hagan nada.

Días después escuché a Matías, nuestro

encargado de pastoral –por ser el que más sabe

de Biblia y de cosas religiosas– que él pensaba

que el padre Alexis se creía en ese momento

Daniel, el profeta que un rey mandó encerrar en un foso con leones.

Pese a lo que pidió el padre, hubo algunos de

los que estaban en el costado que se arrastraron

de guata en busca de la salida, todos los demás

nos apretamos en las bancas lo más distante posible del pasillo en donde permanecía parada la fiera.

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Pienso que el león era el más extrañado con esa situación. Eso de tener tanta comida a su disposición era algo que jamás podía haber imaginado. Pero la pregunta que todos nos hacíamos en aquel instante era, ¿de dónde pudo haber salido un león?, ¿y por qué en la capilla? Como la mente es tan rápida, creo que todos debimos haber pensado en alguna respuesta. Yo, por ejemplo, lo primero que pensé era que podrían estar grabando un aviso para la televisión. Después me dio por pensar, que por estar próxima la semana del colegio, se habían conseguido ese león domesticado que sale en la publicidad de la carne de un supermercado.

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Pero después se supo lo que había ocurrido. Resulta que el león iba en un camión que formaba parte de una caravana de vehículos de un circo que se dirigía a instalarse en una cancha. Entonces, cuando a uno de los camiones se le rompió un eje y todos los hombres se detuvieron para ayudar en el arreglo, fue que esos cabros “pelusas”, que hacen malabarismo en la esquina, comenzaron a molestar al león, tirándole cosas y metiéndole palos por entre los barrotes de su jaula.

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Dicen que uno de ellos comenzó a forzar

el candado hasta que lo hizo saltar. Entonces amarraron un cordel de la puerta y desde abajo la abrieron para salir arrancando.

El león se tiró del camión y caminó hacia

la entrada del colegio. Dicen que pudo haber sido el olor del agua lo que lo llevó directo a esa

pileta que había antes al lado de la reja, donde comienza el estacionamiento.

El pobre animal debe haber estado muerto

de sed. Además, esa pileta debe parecerse un poco a las que pudo haber conocido en la selva, con rocas, plantas, pasto, etc.

La cosa es que después de haberse llenado

la panza de agua y como a esa hora –producto de la llovizna– no andaba nadie por ninguna parte,

comenzó a caminar por el pasillo hasta la entrada de la capilla. Allí encontró la puerta entreabierta, la empujó un poquito y se metió.

Creo que así como tenía tanta sed, debe

haber tenido también mucha hambre, pero lo que nos salvó fue el hecho que haya tomado tanta agua.

Cuando entró en la capilla yo creo que

todavía estaba agitado y con el estómago lleno 35


de agua. Pero eso no lo sabíamos y lo único que sentíamos era terror. Incluso los más bacanes

del curso, igual decían después, que se habían muerto de miedo.

Pero lo más terrible ocurrió después,

cuando el león comenzó a avanzar por el pasillo de la capilla. Muy lentamente, pero con decisión.

Parecía que miraba al padre hasta con rabia. Era él quien estaba más cerca del león y, por lo tanto,

de acuerdo con su instinto animal, tenía que ser su enemigo.

De pronto, el león tosió –quizás por haber

tomado tanta agua– y todos saltamos de nuestros puestos. El sonido fue tan fuerte que retumbó en toda la capilla. Creo que se debe haber sentido hasta fuera de ella.

El padre Alexis tenía el rostro desfigurado.

Todos estábamos pálidos y con la cara descompuesta.

De pronto, las puertas de la capilla se

abrieron y entraron casi corriendo unos hombres

con redes que se fueron directo al lugar en donde estaba el león. Ninguno de ellos pareció tener

miedo. Creo que estaban muy seguros de lo que iban a hacer.

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El león giró su cabeza para mirarlos. Pensé que los iba atacar, sobre todo al más joven, que era el que más se acercaba. Lo que pasó fue que, de pronto, se vio rodeado por los seis hombres y parece que se desconcertó porque no supo por cuál comenzar. Y en ese instante de desconcierto los hombres aprovecharon para lanzarle una red, luego otra y otra. Cada una fue lanzada desde lugares distintos y por dos hombres que la sostenían, uno de cada extremo. De pronto, el león quiso saltar, pero el peso de las redes se lo impidió. En ese momento, un hombre que venía detrás de los que traían las redes le apuntó con un rifle y le disparó en un 37


costado. El animal no dio ningún signo de dolor y tendido de espaldas siguió dando manotazos que no hacían nada más que enredarlo cada vez más en las redes. Tras unos segundos, de pronto se quedo quieto primero y luego tieso como muerto. –Es un dardo paralizador –dijo Daniel Zúñiga, que siempre sabe de todo. Todos estábamos paralizados, no tanto como el león, lógicamente, pero nadie se atrevía a moverse. Quizás pensábamos que de pronto el animal se iba a liberar y podía atacar a quien encontrara a su paso.

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Lo peor vino después cuando se lo llevaron

arrastrando hasta la entrada de la capilla. Fue casi doloroso ver la inmensa cabeza del animal y sus enormes patas golpeándose contra las puntas de

las bancas o con la parte baja de los muros y de las puertas, dejando un hilo húmedo y humeante de babas en el suelo.

Afuera, en el estacionamiento, había carabi-

neros, bomberos, algunas mamás histéricas llorando y el resto de la gente del circo.

Del otro lado de la reja, dentro del colegio se

habían agolpado alumnos de básica y de media, que miraban con los ojos desorbitados como si no pudieran creer lo que había pasado.

El padre Alexis, prácticamente solo en la

capilla, se había dejado caer en la primera banca y rezaba y rezaba como desesperado.

Dos o tres profesoras rodeaban a nuestra

profesora, que hacía solo un rato había vuelto de su estado de inconsciencia.

No sé si será una estupidez, es bien tonto lo

que voy a contar, pero cuando íbamos saliendo de la capilla y afuera todos nos abrazaban, nos daban la mano o nos miraban con asombro, me sentí como un héroe de película. 39


De pronto comencé a correr hacia el patio de los más chicos, busqué con la mirada hasta que encontré a Rafael, mi hermano menor. Estaba en el suelo jugando a las bolitas, lo abracé y me puse a llorar. –¿Qué te pasa? –me preguntó asustado. –Nada –le dije, cuando logré hablar.

Se quedó mirándome sin entender lo que pasaba. –Un león entró al colegio –le dije después.

–Sale, tonto –me dijo, y siguió jugando con sus amigos. l

40

Cuentos para niños  

Estos son trees cuentos para niños que temen a la oscuridad, al encuentro con los vampiros, a la invasiva presencia animal en sus pesadillas

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