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PARQUES Y JARDINES

DE CHILE fotogr afíAS

max donoso saint introducción

romolo trebbi del trevigiano textos

andrea díaz castillo


parques y jardines

de chile


parques y jardines Diseño María Isabel Fernández

eDición De textos María Inés Fuenzalida

de chile W

traDucción María Teresa Escobar

segunDa eDición 3.000 ejemplares Noviembre 2010 I.S.B.N. 956-272-841-2 Inscripción Nº 102485 / 97

impresión World Color Chile S.A.

primera eDición 2.000 ejemplares Diciembre 1997

fotogr afías m a x donoso saint introducción romolo trebbi del trevigiano textos andrea díaz castillo


parques y jardines Diseño María Isabel Fernández

eDición De textos María Inés Fuenzalida

de chile W

traDucción María Teresa Escobar

segunDa eDición 3.000 ejemplares Noviembre 2010 I.S.B.N. 956-272-841-2 Inscripción Nº 102485 / 97

impresión World Color Chile S.A.

primera eDición 2.000 ejemplares Diciembre 1997

fotogr afías m a x donoso saint introducción romolo trebbi del trevigiano textos andrea díaz castillo


contenido

W introducción

15

santa rita

18

ossandÓn

38

lo fontecilla

54

las M ajadas

70

lota

86

cousiño m acul

106

huilquilemu

126

la punta

142

cunaco

160

flor del lago

178

tr aducciÓn

196

agr adecimientos

208

13


contenido

W introducción

15

santa rita

18

ossandÓn

38

lo fontecilla

54

las M ajadas

70

lota

86

cousiño m acul

106

huilquilemu

126

la punta

142

cunaco

160

flor del lago

178

tr aducciÓn

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agr adecimientos

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del ja r dÍn de los dioses al parque de los hombres por romolo trebbi del trevigiano

E

En el parque La Punta una estatua que representa al verano simboliza el apogeo de la estación estival.

W

dén fue el primer jardín y edén significa placer, deleite. Si a esta palabra agregamos otra, pero árabe, el yanna, jardín o lugar oculto, obtendremos la esencia del jardín como un lugar de placer, misterioso y protegido. Y de aquí derivan los términos usados desde la Edad Media de viridariam, verziere o vergel. Este hortus era dividido en cuatro partes con un árbol emblemático al centro, circundado por plantas frutales. Este arquetipo que, al parecer, surge en la antigua Mesopotamia pasó paulatinamente por Grecia, por Roma, por el mundo árabe, por la Europa medioeval, llegando finalmente a las creaciones del Renacimiento. En el Barroco se forma un nuevo concepto de jardín abierto, sin límites y con amplias praderas: ha nacido el parque. Estos grandes espacios que tanto éxito tuvieron desde el siglo XVII hasta nuestros días, presentan también venerables antecedentes como el drynementum que era el bosque sagrado de los druidas, los sacerdotes del roble, y el nemos y lucus, los sacros bosques del Lacio con poderes encantados, como aquel que bordeaba el lago de Nemi, cerca de Roma, donde se alojaba Danae o Diana de los bosques, y la ninfa Egeria, vigilante de las vertientes. Eran estos grandes jardines naturales, pero jardines de los dioses. El mismo Platón había hablado de bosques encantados reconociendo que en la mutabilidad del mundo algo queda inmutable: la sacralidad de algunos espacios arbóreos. Luego se creó el jardín del hombre. Sucesivamente, con la interioridad de la vida medioeval, basada en la defensa tanto conceptual como material, se exaltan los espacios reducidos y los jardines se restringen a los patios de mansiones, conventos y abadías. Alberto el Grande en el siglo XIII nos describe el arquetipo de este hortus dividido en cuatro sectores, como lo es la Tierra y el esquema ideal de la Jerusalén Celestial.

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del ja r dÍn de los dioses al parque de los hombres por romolo trebbi del trevigiano

E

En el parque La Punta una estatua que representa al verano simboliza el apogeo de la estación estival.

W

dén fue el primer jardín y edén significa placer, deleite. Si a esta palabra agregamos otra, pero árabe, el yanna, jardín o lugar oculto, obtendremos la esencia del jardín como un lugar de placer, misterioso y protegido. Y de aquí derivan los términos usados desde la Edad Media de viridariam, verziere o vergel. Este hortus era dividido en cuatro partes con un árbol emblemático al centro, circundado por plantas frutales. Este arquetipo que, al parecer, surge en la antigua Mesopotamia pasó paulatinamente por Grecia, por Roma, por el mundo árabe, por la Europa medioeval, llegando finalmente a las creaciones del Renacimiento. En el Barroco se forma un nuevo concepto de jardín abierto, sin límites y con amplias praderas: ha nacido el parque. Estos grandes espacios que tanto éxito tuvieron desde el siglo XVII hasta nuestros días, presentan también venerables antecedentes como el drynementum que era el bosque sagrado de los druidas, los sacerdotes del roble, y el nemos y lucus, los sacros bosques del Lacio con poderes encantados, como aquel que bordeaba el lago de Nemi, cerca de Roma, donde se alojaba Danae o Diana de los bosques, y la ninfa Egeria, vigilante de las vertientes. Eran estos grandes jardines naturales, pero jardines de los dioses. El mismo Platón había hablado de bosques encantados reconociendo que en la mutabilidad del mundo algo queda inmutable: la sacralidad de algunos espacios arbóreos. Luego se creó el jardín del hombre. Sucesivamente, con la interioridad de la vida medioeval, basada en la defensa tanto conceptual como material, se exaltan los espacios reducidos y los jardines se restringen a los patios de mansiones, conventos y abadías. Alberto el Grande en el siglo XIII nos describe el arquetipo de este hortus dividido en cuatro sectores, como lo es la Tierra y el esquema ideal de la Jerusalén Celestial.

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En el primer sector encontramos cultivos de laureles (Laurus nobilis), de cipreses y frutales, destacándose el manzano. En el segundo sector hay un cultivo de hierbas y plantas aromáticas y allí encontramos entre otras a la albahaca, la salvia, la ruda y además en los bordes f lores como rosas, violetas, iris, etc. En el tercero triunfan las plantas medicinales y en el cuarto y último sector, un verde prado con una fuente: lugar ideal para el diálogo y el descanso. La rosa reina en los jardines secretos, los horti secreti, pues representa el camino desde la belleza visible, visibilis pulchritudo, al descubrimiento paulatino de la misteriosa belleza no visible, la invisibilis pulchritudo, eso es aquella que solo se devela al iniciado perspicaz y constante. Es así que el jardín es concebido como una suma de partes, como un verdadero tablero compuesto por aquel medicinal, el jardín de la palabra, el de los olores, el de las delicias y por el jardín del amor, adquiriendo su máxima belleza expresiva tanto formal como simbólica durante el Renacimiento en Italia. Las dos reinas de la Casa Medici llevan este concepto a Francia, donde muy pronto adquiere otro diseño y otra idea abriéndose los bordes, cambiando los simbolismos, adquiriendo grandes dimensiones, transformándose en parques majestuosos que exaltan básicamente el poder del rey. En cambio, en Inglaterra, se pasa de los jardines cerrados y regulares a la italiana a los parques paisajísticos de lomajes y bosquecillos. Ya en el siglo XIX, los parques europeos son enmarcados por el gusto romántico con manchones de árboles o de f lores en amplias praderas y el agregado de …falsas ruinas antiguas. Es este último el modelo que llega a América. En Chile, donde los primeros jardines fueron huertas, su historia fue simple, sin presentar trazados herméticos o simbólicos. Sin embargo, a final del siglo XVIII, se formó en Calera de Tango un parque de grandes arboledas que incluía en su trazado jardines regulares con setos y parterres. Bárbaramente destruido poco antes de 1970, nos deja un recuerdo parcial en una acuarela atribuida al pintor inglés Charles Wood fechada en 1835. Por esta época se están transformando algunos de los antiguos patios

16

de trabajo de las casas patronales en jardines interiores. Pero será solamente en la tercera y cuarta década del siglo XIX cuando nace el gusto por los grandes parques de tipo romántico, comenzando con aquel que Mariano Egaña proyectó en Peñalolén. Sucesivamente llegaron algunos paisajistas extranjeros, destacando entre ellos Guillermo Renner, autor de grandes y famosos parques como el Macul (1872), el de Bucalemu (1875), el de Santa Rita (1882-1885), el de Lo Águila y de Callejones en Graneros, ambos en 1890. Llegamos así en el siglo XX a los de Prager, que incorpora siempre plantas autóctonas y concibe además parques públicos. Finalmente, desde 1930 en adelante, comenzarán a trazarse en Santiago barrios como ciudades-jardín. Mediante este texto fotográfico Max Donoso nos introduce, con la magia de su cámara, en algunos recodos de diez parques que jalonan a Chile desde Zapallar hasta Lota, pasando por algunos muy conocidos y tradicionales de la Zona Central y tocando dos ejemplos rurales antiguos: el colchagüino de Cunaco y el talquino de Huilquilemu. Elementos arquitectónicos, estatuas, grandes maceteros o cráteras y, a veces, pavos reales, agregan a este recorrido vegetal un alma especial que Andrea Díaz comenta con sus notas paisajísticas que bien complementan las ilustraciones. Es de esperar que esta obra notable no se limite a ser mirada solamente como una obra bella, sino más bien, que estimule un reencuentro con la Naturaleza interpretada como escenario, pero especialmente como manifestación de una tradición en parte olvidada y que debemos hacer renacer conjuntamente al arquetipo ideal de aquel jardín edénico que, conciente o inconcientemente, siempre residirá en nuestra memoria.

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En el primer sector encontramos cultivos de laureles (Laurus nobilis), de cipreses y frutales, destacándose el manzano. En el segundo sector hay un cultivo de hierbas y plantas aromáticas y allí encontramos entre otras a la albahaca, la salvia, la ruda y además en los bordes f lores como rosas, violetas, iris, etc. En el tercero triunfan las plantas medicinales y en el cuarto y último sector, un verde prado con una fuente: lugar ideal para el diálogo y el descanso. La rosa reina en los jardines secretos, los horti secreti, pues representa el camino desde la belleza visible, visibilis pulchritudo, al descubrimiento paulatino de la misteriosa belleza no visible, la invisibilis pulchritudo, eso es aquella que solo se devela al iniciado perspicaz y constante. Es así que el jardín es concebido como una suma de partes, como un verdadero tablero compuesto por aquel medicinal, el jardín de la palabra, el de los olores, el de las delicias y por el jardín del amor, adquiriendo su máxima belleza expresiva tanto formal como simbólica durante el Renacimiento en Italia. Las dos reinas de la Casa Medici llevan este concepto a Francia, donde muy pronto adquiere otro diseño y otra idea abriéndose los bordes, cambiando los simbolismos, adquiriendo grandes dimensiones, transformándose en parques majestuosos que exaltan básicamente el poder del rey. En cambio, en Inglaterra, se pasa de los jardines cerrados y regulares a la italiana a los parques paisajísticos de lomajes y bosquecillos. Ya en el siglo XIX, los parques europeos son enmarcados por el gusto romántico con manchones de árboles o de f lores en amplias praderas y el agregado de …falsas ruinas antiguas. Es este último el modelo que llega a América. En Chile, donde los primeros jardines fueron huertas, su historia fue simple, sin presentar trazados herméticos o simbólicos. Sin embargo, a final del siglo XVIII, se formó en Calera de Tango un parque de grandes arboledas que incluía en su trazado jardines regulares con setos y parterres. Bárbaramente destruido poco antes de 1970, nos deja un recuerdo parcial en una acuarela atribuida al pintor inglés Charles Wood fechada en 1835. Por esta época se están transformando algunos de los antiguos patios

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de trabajo de las casas patronales en jardines interiores. Pero será solamente en la tercera y cuarta década del siglo XIX cuando nace el gusto por los grandes parques de tipo romántico, comenzando con aquel que Mariano Egaña proyectó en Peñalolén. Sucesivamente llegaron algunos paisajistas extranjeros, destacando entre ellos Guillermo Renner, autor de grandes y famosos parques como el Macul (1872), el de Bucalemu (1875), el de Santa Rita (1882-1885), el de Lo Águila y de Callejones en Graneros, ambos en 1890. Llegamos así en el siglo XX a los de Prager, que incorpora siempre plantas autóctonas y concibe además parques públicos. Finalmente, desde 1930 en adelante, comenzarán a trazarse en Santiago barrios como ciudades-jardín. Mediante este texto fotográfico Max Donoso nos introduce, con la magia de su cámara, en algunos recodos de diez parques que jalonan a Chile desde Zapallar hasta Lota, pasando por algunos muy conocidos y tradicionales de la Zona Central y tocando dos ejemplos rurales antiguos: el colchagüino de Cunaco y el talquino de Huilquilemu. Elementos arquitectónicos, estatuas, grandes maceteros o cráteras y, a veces, pavos reales, agregan a este recorrido vegetal un alma especial que Andrea Díaz comenta con sus notas paisajísticas que bien complementan las ilustraciones. Es de esperar que esta obra notable no se limite a ser mirada solamente como una obra bella, sino más bien, que estimule un reencuentro con la Naturaleza interpretada como escenario, pero especialmente como manifestación de una tradición en parte olvidada y que debemos hacer renacer conjuntamente al arquetipo ideal de aquel jardín edénico que, conciente o inconcientemente, siempre residirá en nuestra memoria.

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santa rita


santa rita


pa rque sa nta r ita

W

u

bicado en Buin hacia los contrafuertes cordilleranos, este romántico lugar de naturaleza ha conservado intacta su refinada identidad, gracias a que las sucesivas modificaciones sufridas a lo largo de la historia se han enmarcado siempre en los

En 1880 Domingo Fernández Concha redefine el rumbo de la hacienda al canalizar en forma visionaria las bondades de ubicación y clima de su propiedad y fundar en sus dominios la Viña Santa Rita, iniciando así una fecunda tradición vinícola que ha perdurado en el

criterios de su concepción original. Remontarse al origen del parque Santa Rita implica necesariamente indagar en circunstancias históricas extraordinarias: el auge económico que durante el siglo XIX experimentó el país permitió a prósperos hombres de negocios replicar en suelo chileno lo visto y vivido en sus largos viajes por Europa. Las 39 hectáreas que hoy componen el parque fueron parte de la antigua hacienda Alto Jahuel, enclave patronal de gran importancia en el antiguo camino de Puente Alto hacia el sur. Trabajada como predio agrícola desde la Colonia, la hacienda logró mantener su vasta extensión casi intacta gracias al sistema de mayorazgo, y a la usanza de los grandes asentamientos patronales fue progresivamente adicionando faenas en la medida que nuevas necesidades de trabajo y de vida emergían.

tiempo. Ubicado junto a las viñas, el parque Santa Rita fue diseñado entre 1882 y 1883 por Guillermo Renner. Este prolífico paisajista francés reinterpretó corrientes paisajísticas europeas y las adaptó a la fisonomía del territorio chileno, desplegando su talento en numerosos parques de la Zona Central. En este proyecto en particular, Renner sumó a su maestría natural la contundente experiencia acumulada y, contraviniendo las pautas francesas imperantes, aplicó aspectos del estilo italiano y del inglés, configurando un parque ecléctico, único en su doble carácter de discreta elegancia y celosa privacidad. A la mano experta del paisajista se unió la inf luencia de Fernández Concha, hombre de ferviente religiosidad, vasta cultura y vida sacerdotal, quien dejó en el parque una huella de introspección y refinado recogimiento, tangible hasta nuestros días.

Cada primavera los jacarandá que circundan la casa inundan las tardes con su luz violeta. 20


pa rque sa nta r ita

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bicado en Buin hacia los contrafuertes cordilleranos, este romántico lugar de naturaleza ha conservado intacta su refinada identidad, gracias a que las sucesivas modificaciones sufridas a lo largo de la historia se han enmarcado siempre en los

En 1880 Domingo Fernández Concha redefine el rumbo de la hacienda al canalizar en forma visionaria las bondades de ubicación y clima de su propiedad y fundar en sus dominios la Viña Santa Rita, iniciando así una fecunda tradición vinícola que ha perdurado en el

criterios de su concepción original. Remontarse al origen del parque Santa Rita implica necesariamente indagar en circunstancias históricas extraordinarias: el auge económico que durante el siglo XIX experimentó el país permitió a prósperos hombres de negocios replicar en suelo chileno lo visto y vivido en sus largos viajes por Europa. Las 39 hectáreas que hoy componen el parque fueron parte de la antigua hacienda Alto Jahuel, enclave patronal de gran importancia en el antiguo camino de Puente Alto hacia el sur. Trabajada como predio agrícola desde la Colonia, la hacienda logró mantener su vasta extensión casi intacta gracias al sistema de mayorazgo, y a la usanza de los grandes asentamientos patronales fue progresivamente adicionando faenas en la medida que nuevas necesidades de trabajo y de vida emergían.

tiempo. Ubicado junto a las viñas, el parque Santa Rita fue diseñado entre 1882 y 1883 por Guillermo Renner. Este prolífico paisajista francés reinterpretó corrientes paisajísticas europeas y las adaptó a la fisonomía del territorio chileno, desplegando su talento en numerosos parques de la Zona Central. En este proyecto en particular, Renner sumó a su maestría natural la contundente experiencia acumulada y, contraviniendo las pautas francesas imperantes, aplicó aspectos del estilo italiano y del inglés, configurando un parque ecléctico, único en su doble carácter de discreta elegancia y celosa privacidad. A la mano experta del paisajista se unió la inf luencia de Fernández Concha, hombre de ferviente religiosidad, vasta cultura y vida sacerdotal, quien dejó en el parque una huella de introspección y refinado recogimiento, tangible hasta nuestros días.

Cada primavera los jacarandá que circundan la casa inundan las tardes con su luz violeta. 20


El protagĂłnico emplazamiento de la casa permite dominar desde sus terrazas la laguna y los parterres aledaĂąos.

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El protagĂłnico emplazamiento de la casa permite dominar desde sus terrazas la laguna y los parterres aledaĂąos.

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Setos de boj articulan el recorrido en las zonas cercanas a la vivienda.

La residencia y capilla, que datan de 1883, constituyen un señorial conjunto de especial relevancia dentro del entorno, digno de ser destacado por su óptimo estado de conservación. La casa de Santa Rita cuenta con un emplazamiento panorámico que evoca la situación privilegiada de las villas renacentistas. La capilla anexa a la vivienda, en tanto, es un fiel reflejo del misticismo religioso que Fernández Concha, principal benefactor de la Iglesia Católica chilena de fines del siglo XIX, quiso imprimir al parque, concibiéndolo desde sus inicios como un refugio espiritual alejado del 24

Rebosantes de colorido, los sectores aledaños a la casa obligan a una atenta apreciación de aromas y tonalidades.

bullicio mundano. Actualmente, la cordillera, el valle cultivado de parronales y un frondoso vergel se conjugan en Santa Rita, generando un enclave natural solemne y majestuoso, sabiamente mantenido y restaurado por sus dueños más recientes, que han dotado al parque del esplendor que alguna vez lo señaló como uno de los más hermosos de Chile. Una singular distribución arquitectónica permite atravesar la casa antes de acceder al parque, acrecentando la expectación del recorrido, que ya desde el imponente portón de acceso se anticipa monumental.

Un patio recientemente renovado recibe a los visitantes, familiarizándolos con la tónica del recorrido: excelente estado de conservación de casa y entorno. Bajo plátanos orientales una gran pileta refresca el ambiente, proporcionando un aire sobrio y tranquilo. De improviso, entre el azahar de los naranjos que rodean la capilla, surge en toda su magnificencia el espléndido parque. Variadas opciones de recorrido invitan a la inmediata exploración, pero las hortensias, rosas y peonías aledañas a la vivienda, unidas al deslumbrante colorido del jacarandá, acaparan la mirada.

Una clara similitud con el jardín francés surge en el trazado geométrico de boj ubicado frente a la capilla. Un parterre que enmarca manchones de diminutas rosas y se complementa armónicamente con una fuente de agua a ras de suelo, revela la importancia asignada en el diseño al lugar de oración. Numerosos parterres delineados en boj orientan el recorrido a otros sectores del parque y contribuyen a otorgar formalidad a un estilo en el que se aprecia con nitidez la mano de Renner, más inclinado hacia la soltura del naturalismo inglés que a la rigidez de otros estilos en particular. 25


Setos de boj articulan el recorrido en las zonas cercanas a la vivienda.

La residencia y capilla, que datan de 1883, constituyen un señorial conjunto de especial relevancia dentro del entorno, digno de ser destacado por su óptimo estado de conservación. La casa de Santa Rita cuenta con un emplazamiento panorámico que evoca la situación privilegiada de las villas renacentistas. La capilla anexa a la vivienda, en tanto, es un fiel reflejo del misticismo religioso que Fernández Concha, principal benefactor de la Iglesia Católica chilena de fines del siglo XIX, quiso imprimir al parque, concibiéndolo desde sus inicios como un refugio espiritual alejado del 24

Rebosantes de colorido, los sectores aledaños a la casa obligan a una atenta apreciación de aromas y tonalidades.

bullicio mundano. Actualmente, la cordillera, el valle cultivado de parronales y un frondoso vergel se conjugan en Santa Rita, generando un enclave natural solemne y majestuoso, sabiamente mantenido y restaurado por sus dueños más recientes, que han dotado al parque del esplendor que alguna vez lo señaló como uno de los más hermosos de Chile. Una singular distribución arquitectónica permite atravesar la casa antes de acceder al parque, acrecentando la expectación del recorrido, que ya desde el imponente portón de acceso se anticipa monumental.

Un patio recientemente renovado recibe a los visitantes, familiarizándolos con la tónica del recorrido: excelente estado de conservación de casa y entorno. Bajo plátanos orientales una gran pileta refresca el ambiente, proporcionando un aire sobrio y tranquilo. De improviso, entre el azahar de los naranjos que rodean la capilla, surge en toda su magnificencia el espléndido parque. Variadas opciones de recorrido invitan a la inmediata exploración, pero las hortensias, rosas y peonías aledañas a la vivienda, unidas al deslumbrante colorido del jacarandá, acaparan la mirada.

Una clara similitud con el jardín francés surge en el trazado geométrico de boj ubicado frente a la capilla. Un parterre que enmarca manchones de diminutas rosas y se complementa armónicamente con una fuente de agua a ras de suelo, revela la importancia asignada en el diseño al lugar de oración. Numerosos parterres delineados en boj orientan el recorrido a otros sectores del parque y contribuyen a otorgar formalidad a un estilo en el que se aprecia con nitidez la mano de Renner, más inclinado hacia la soltura del naturalismo inglés que a la rigidez de otros estilos en particular. 25


Esto se materializa, por ejemplo, en la gran laguna irregular ubicada frente a la casa; las calas y lirios que la rodean proporcionan un marco de colores y texturas que se une a la proximidad del agua, generando un frondoso escenario. Vistas que recuerdan jardines ingleses surgen al recorrer las avenidas dotadas de imprevistas perspectivas y los innumerables caminos menores, muchos de los cuales inducen al visitante a escudriñar el corazón del parque. El gusto por la ornamentación delata una clara influencia italiana: ánforas, estatuas y fuentes marcadas por el espíritu clásico se encuentran cuidadosamente diseminadas a través de los jardines, mientras la sucesión entre áreas sombrías y asoleadas, tan propia de este estilo en particular, crea una atmósfera propia, inolvidable para quien visita el parque por primera vez. Etéreas sensaciones emanan del baño pompeyano, rodeado de palmeras de variada altura que lo dotan de una tenue luminosidad. El agua, que f luye tenaz e imperceptible, acompaña el recorrido propiciando núcleos húmedos, que llaman al descanso bajo la sombra de los árboles. Destacable resulta la riqueza botánica de Santa Rita, producto de la inmigración inglesa de comienzos del siglo XIX que extendió el gusto por las plantas de oriente, lo que se tradujo en la importación de especies exóticas hasta el momento desconocidas.

Lúdicos tritones, divinidades con tronco de hombre y cola de pez que simbolizan el misterio de las aguas, animan la pileta del patio principal. 26


Esto se materializa, por ejemplo, en la gran laguna irregular ubicada frente a la casa; las calas y lirios que la rodean proporcionan un marco de colores y texturas que se une a la proximidad del agua, generando un frondoso escenario. Vistas que recuerdan jardines ingleses surgen al recorrer las avenidas dotadas de imprevistas perspectivas y los innumerables caminos menores, muchos de los cuales inducen al visitante a escudriñar el corazón del parque. El gusto por la ornamentación delata una clara influencia italiana: ánforas, estatuas y fuentes marcadas por el espíritu clásico se encuentran cuidadosamente diseminadas a través de los jardines, mientras la sucesión entre áreas sombrías y asoleadas, tan propia de este estilo en particular, crea una atmósfera propia, inolvidable para quien visita el parque por primera vez. Etéreas sensaciones emanan del baño pompeyano, rodeado de palmeras de variada altura que lo dotan de una tenue luminosidad. El agua, que f luye tenaz e imperceptible, acompaña el recorrido propiciando núcleos húmedos, que llaman al descanso bajo la sombra de los árboles. Destacable resulta la riqueza botánica de Santa Rita, producto de la inmigración inglesa de comienzos del siglo XIX que extendió el gusto por las plantas de oriente, lo que se tradujo en la importación de especies exóticas hasta el momento desconocidas.

Lúdicos tritones, divinidades con tronco de hombre y cola de pez que simbolizan el misterio de las aguas, animan la pileta del patio principal. 26


Las palmeras

Trachycarpus fortunei,

Frente a la capilla, una fuente con parterres de rosas invita a reflexionar.

28

originarias de China, fueron una concesión a la moda de la época, que incorporaba especies exóticas al diseño de parques.


Las palmeras

Trachycarpus fortunei,

Frente a la capilla, una fuente con parterres de rosas invita a reflexionar.

28

originarias de China, fueron una concesión a la moda de la época, que incorporaba especies exóticas al diseño de parques.


Pรกg. izquierda: El patio duro por el que se accede a la casa contrasta con la vegetaciรณn del parque.

Perfectamente incorporada al paisaje, la capilla neogรณtica, construida por Teodoro Burchard, rememora el pasado piadoso de Santa Rita.


Pรกg. izquierda: El patio duro por el que se accede a la casa contrasta con la vegetaciรณn del parque.

Perfectamente incorporada al paisaje, la capilla neogรณtica, construida por Teodoro Burchard, rememora el pasado piadoso de Santa Rita.


Influenciada por el naturalismo inglés, la laguna posee connotaciones románticas.

Senderos de boj delimitan las zonas más boscosas del parque.

Dentro de esta incipiente riqueza botánica se entiende el esmero de Renner por dotar al parque de una f lora variada y exclusiva, en la que resaltan araucarias brasileras, cedros del Líbano, tuliperos, castaños de la India, magnolios, gingkos, perales del Japón, sequoias, cipreses, abetos, ombúes, hayas, criptomerias, grevilleas y nogales negros como exponentes de un valioso patrimonio natural. Frente a esta fascinación por lo extranjero, cobra mayor trascendencia la elección de palmas chilenas para enmarcar la vivienda principal,

como un merecido tributo a la vegetación nativa. En más de un siglo de existencia el parque ha conservado una atmósfera de refinada tranquilidad, que invita a la quietud del espíritu, y una naturaleza espléndida, que llama al goce de los sentidos. El misticismo que sugiere su nombre resuena en la serenidad que se encuentra al recorrer sus senderos, lo que hace del parque Santa Rita un santuario natural de la quietud y la ref lexión.

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Influenciada por el naturalismo inglés, la laguna posee connotaciones románticas.

Senderos de boj delimitan las zonas más boscosas del parque.

Dentro de esta incipiente riqueza botánica se entiende el esmero de Renner por dotar al parque de una f lora variada y exclusiva, en la que resaltan araucarias brasileras, cedros del Líbano, tuliperos, castaños de la India, magnolios, gingkos, perales del Japón, sequoias, cipreses, abetos, ombúes, hayas, criptomerias, grevilleas y nogales negros como exponentes de un valioso patrimonio natural. Frente a esta fascinación por lo extranjero, cobra mayor trascendencia la elección de palmas chilenas para enmarcar la vivienda principal,

como un merecido tributo a la vegetación nativa. En más de un siglo de existencia el parque ha conservado una atmósfera de refinada tranquilidad, que invita a la quietud del espíritu, y una naturaleza espléndida, que llama al goce de los sentidos. El misticismo que sugiere su nombre resuena en la serenidad que se encuentra al recorrer sus senderos, lo que hace del parque Santa Rita un santuario natural de la quietud y la ref lexión.

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Vista desde el interior del baño pompeyano hacia Atenea, la diosa griega de la sabiduría que custodia el acceso.

Pág. derecha: Inspirado en los arquetipos de la cultura grecolatina, el baño pompeyano encarna la capacidad de asombrar y sorprender, propia del estilo italiano.


Vista desde el interior del baño pompeyano hacia Atenea, la diosa griega de la sabiduría que custodia el acceso.

Pág. derecha: Inspirado en los arquetipos de la cultura grecolatina, el baño pompeyano encarna la capacidad de asombrar y sorprender, propia del estilo italiano.


ossandรณn


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ja r dÍn ossa ndÓn

W

s

ituado en el corazón de Zapallar, entre abruptos cerros que favorecen un prodigioso microclima, el jardín Ossandón sorprende por la claridad de su trazado y la espectacularidad de su emplazamiento. Distribuido en tres niveles, genera en sus casi seis mil metros cuadrados un jardín delicioso, con dominio panorámico de la arquitectura de su entorno. En manos de una misma familia desde su origen, la historia de este breve paraíso se remonta a los comienzos de Zapallar, cuando en los primeros años del siglo XX el dueño de una de las haciendas más grandes de la zona decidió regalar a sus amigos cercanos terrenos frente a la bahía, con el compromiso de levantar en un máximo de dos años las primeras casas de veraneo. El fundador del jardín, Carlos Ossandón Barros, inició su construcción entusiasmado con la semejanza entre el paisaje natural y algunos rincones de la costa mediterránea europea. Hoy distinguidas casonas, coloridos jardines y un suave clima carente de vientos forman el marco de este maravilloso reducto, un jardín que basa su encanto en

la acertada distribución de sus espacios, con medidas fácilmente abarcables, de donde procede su carácter de intimidad. Dotado de un innato sentido estético y una afición por las flores, Carlos Ossandón logró gestar, basado en su propia sensibilidad y privilegiando formas claras y relaciones sencillas, un armónico santuario natural. Aunque se aleja de los cánones paisajísticos de los grandes parques privados chilenos del siglo XIX, transmite un claro sentido de la proporción y del equilibrio. Resulta difícil encasillar al jardín en los rígidos planteamientos de algún estilo en particular; el aprovechamiento natural de la pendiente, la relevancia de la casa dentro del diseño, la teatralidad de su ornamentación y la constante presencia de agua lo acercan a dictámenes del estilo italiano renacentista. Estos elementos, sumados al enorme exotismo de su vegetación, hacen de él, sin embargo, un jardín gustosamente ambiguo, que basa su armonía en la geometría de su diseño. Obra del arquitecto Ricardo González Cortés, la casa tiene un cierto aire italiano y se impone con fuerza en el terreno, configurando un importante primer nivel.

La hiedra, planta sagrada de los griegos, que al igual que la vid representa la resurrección, envuelve las estatuas del parque. 40


ja r dÍn ossa ndÓn

W

s

ituado en el corazón de Zapallar, entre abruptos cerros que favorecen un prodigioso microclima, el jardín Ossandón sorprende por la claridad de su trazado y la espectacularidad de su emplazamiento. Distribuido en tres niveles, genera en sus casi seis mil metros cuadrados un jardín delicioso, con dominio panorámico de la arquitectura de su entorno. En manos de una misma familia desde su origen, la historia de este breve paraíso se remonta a los comienzos de Zapallar, cuando en los primeros años del siglo XX el dueño de una de las haciendas más grandes de la zona decidió regalar a sus amigos cercanos terrenos frente a la bahía, con el compromiso de levantar en un máximo de dos años las primeras casas de veraneo. El fundador del jardín, Carlos Ossandón Barros, inició su construcción entusiasmado con la semejanza entre el paisaje natural y algunos rincones de la costa mediterránea europea. Hoy distinguidas casonas, coloridos jardines y un suave clima carente de vientos forman el marco de este maravilloso reducto, un jardín que basa su encanto en

la acertada distribución de sus espacios, con medidas fácilmente abarcables, de donde procede su carácter de intimidad. Dotado de un innato sentido estético y una afición por las flores, Carlos Ossandón logró gestar, basado en su propia sensibilidad y privilegiando formas claras y relaciones sencillas, un armónico santuario natural. Aunque se aleja de los cánones paisajísticos de los grandes parques privados chilenos del siglo XIX, transmite un claro sentido de la proporción y del equilibrio. Resulta difícil encasillar al jardín en los rígidos planteamientos de algún estilo en particular; el aprovechamiento natural de la pendiente, la relevancia de la casa dentro del diseño, la teatralidad de su ornamentación y la constante presencia de agua lo acercan a dictámenes del estilo italiano renacentista. Estos elementos, sumados al enorme exotismo de su vegetación, hacen de él, sin embargo, un jardín gustosamente ambiguo, que basa su armonía en la geometría de su diseño. Obra del arquitecto Ricardo González Cortés, la casa tiene un cierto aire italiano y se impone con fuerza en el terreno, configurando un importante primer nivel.

La hiedra, planta sagrada de los griegos, que al igual que la vid representa la resurrección, envuelve las estatuas del parque. 40


Desde el ĂĄrea de descanso, ubicado frente a la casa, es posible apreciar el emplazamiento del jardĂ­n entre los cerros de Zapallar.

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Desde el ĂĄrea de descanso, ubicado frente a la casa, es posible apreciar el emplazamiento del jardĂ­n entre los cerros de Zapallar.

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En el monumental eje del segundo nivel se asienta la clara geometría del jardín Ossandón.

Pág. derecha: Panorámicos espacios de transición, los corredores enfatizan la relación entre vivienda, entorno y jardín.


En el monumental eje del segundo nivel se asienta la clara geometría del jardín Ossandón.

Pág. derecha: Panorámicos espacios de transición, los corredores enfatizan la relación entre vivienda, entorno y jardín.


La casa impone la fuerza de su arquitectura sobre el paisaje, ordenando la geometrĂ­a del nivel de acceso.

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La casa impone la fuerza de su arquitectura sobre el paisaje, ordenando la geometrĂ­a del nivel de acceso.

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Pág. izquierda: Una pila bautismal de mármol contenida en un estanque octogonal, la figura que evoca la vida eterna, constituye un trascendente aporte al diseño del actual propietario. Es una construcción rodeada de un amplio corredor, que marca la apertura de la arquitectura hacia el jardín, principio básico de las primeras villas renacentistas. El espacio se ordena en función de la casa en una cuidadosa geometría que alcanza su máxima expresión en el siguiente nivel, donde una panorámica avenida refuerza la linealidad de una perspectiva que invita al recorrido. Esta arteria fue originalmente un gran parrón de madera colonial, pero como los esfuerzos de restauración resultaron infructuosos, se convirtió en un eje monumental, más luminoso y con

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mayor lucimiento del paseo de palmeras. Muchas de las especies presentes en el jardín fueron traídas desde remotos lugares a petición del propio Carlos Ossandón, quien además se encargó personalmente de formar jardineros expertos en su cuidado. A sus esfuerzos por dotar al jardín de flores hasta entonces desconocidas se debe la importación y exitosa aclimatación en la zona de la Bougainvillea. Fiel al espíritu innovador de su padre, el actual dueño ha realizado sutiles modificaciones, que refuerzan el singular encanto del jardín.

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Pág. izquierda: Una pila bautismal de mármol contenida en un estanque octogonal, la figura que evoca la vida eterna, constituye un trascendente aporte al diseño del actual propietario. Es una construcción rodeada de un amplio corredor, que marca la apertura de la arquitectura hacia el jardín, principio básico de las primeras villas renacentistas. El espacio se ordena en función de la casa en una cuidadosa geometría que alcanza su máxima expresión en el siguiente nivel, donde una panorámica avenida refuerza la linealidad de una perspectiva que invita al recorrido. Esta arteria fue originalmente un gran parrón de madera colonial, pero como los esfuerzos de restauración resultaron infructuosos, se convirtió en un eje monumental, más luminoso y con

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mayor lucimiento del paseo de palmeras. Muchas de las especies presentes en el jardín fueron traídas desde remotos lugares a petición del propio Carlos Ossandón, quien además se encargó personalmente de formar jardineros expertos en su cuidado. A sus esfuerzos por dotar al jardín de flores hasta entonces desconocidas se debe la importación y exitosa aclimatación en la zona de la Bougainvillea. Fiel al espíritu innovador de su padre, el actual dueño ha realizado sutiles modificaciones, que refuerzan el singular encanto del jardín.

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Al recorrer la senda principal se aprecia la abundancia de las Strelitzias gigantes, extravagantes eucaliptos de f lor roja y palmeras cocos plumosa, en un despliegue que nos obliga a contemplar, alzando la vista, el transparente cielo de la Costa Central. La hiedra usada en abundancia como cubresuelo y enredadera envuelve estatuas y ánforas, aportando una sugestiva textura. Entre el vivaz amarillo de los retamos, una pila bautismal contenida en un estanque octogonal interrumpe la perspectiva, marcando el cruce que comunica con el

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tercer nivel del jardín desde el que se ofrecen, magníficos, los verdes cerros de Zapallar. Bajo un templete griego construido por el actual propietario, una conmovedora imagen en mármol de Ruth genera en esta zona un importante punto focal. Palmas chilenas, una araucaria excelsa y cipreses italianos, los árboles infaltables en un jardín renacentista, completan el conjunto. Formas claras y relaciones sencillas dominan la planta de este jardín, interesante durante todo el año gracias a la fertilidad de un clima privilegiado.

Bajo el templete construido por el actual dueño se ubica la imagen en mármol de Ruth, obra del escultor florentino Francesco Romagnolli.


Al recorrer la senda principal se aprecia la abundancia de las Strelitzias gigantes, extravagantes eucaliptos de f lor roja y palmeras cocos plumosa, en un despliegue que nos obliga a contemplar, alzando la vista, el transparente cielo de la Costa Central. La hiedra usada en abundancia como cubresuelo y enredadera envuelve estatuas y ánforas, aportando una sugestiva textura. Entre el vivaz amarillo de los retamos, una pila bautismal contenida en un estanque octogonal interrumpe la perspectiva, marcando el cruce que comunica con el

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tercer nivel del jardín desde el que se ofrecen, magníficos, los verdes cerros de Zapallar. Bajo un templete griego construido por el actual propietario, una conmovedora imagen en mármol de Ruth genera en esta zona un importante punto focal. Palmas chilenas, una araucaria excelsa y cipreses italianos, los árboles infaltables en un jardín renacentista, completan el conjunto. Formas claras y relaciones sencillas dominan la planta de este jardín, interesante durante todo el año gracias a la fertilidad de un clima privilegiado.

Bajo el templete construido por el actual dueño se ubica la imagen en mármol de Ruth, obra del escultor florentino Francesco Romagnolli.


Una tinaja ubicada en una rotonda empedrada marca un punto focal en medio de la hiedra. La equilibrada proporción de luz y de sombra entre los distintos niveles, la sencillez de su trazado y su trascendente eje central, sobre el que se asienta la distribución de los espacios, convierten a este rincón de la costa en una verdadera joya donde jardín, casa y paisaje constituyen una unidad indisoluble. De esta forma, en un siglo de existencia, el jardín Ossandón ha logrado atesorar el encanto de los lugares largamente vividos, entrañables en su tradición e inmutables al paso del tiempo.

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En el tercer nivel una escultura de la Virgen se ubica al final de la avenida de cipreses.


Una tinaja ubicada en una rotonda empedrada marca un punto focal en medio de la hiedra. La equilibrada proporción de luz y de sombra entre los distintos niveles, la sencillez de su trazado y su trascendente eje central, sobre el que se asienta la distribución de los espacios, convierten a este rincón de la costa en una verdadera joya donde jardín, casa y paisaje constituyen una unidad indisoluble. De esta forma, en un siglo de existencia, el jardín Ossandón ha logrado atesorar el encanto de los lugares largamente vividos, entrañables en su tradición e inmutables al paso del tiempo.

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En el tercer nivel una escultura de la Virgen se ubica al final de la avenida de cipreses.


lo fontecilla


lo fontecilla


ja r dÍn lo fontecill a

W

l

o Fontecilla es una grata excepción; es uno de los escasos vestigios de la época colonial en perfecto estado de conservación que aún es posible encontrar en Santiago. Un mar de f lores, que se despliega desde la primavera hasta el otoño, convierte a

a la Plaza de Armas– dejó a Lo Fontecilla fuera de los límites urbanos y convirtió el lugar en un centro agrícola rural hasta fines del siglo XIX. Santiago inició el siglo XX con su expansión hacia la cordillera y, dentro de ese marco urbano, ad-

este rincón del sector oriente de la capital en un legítimo Edén. En esta casa patronal del siglo XVIII, que cuenta con una capilla del siglo XVII, conf luyen la valoración por nuestra historia y una decidida afición al jardín. El origen de Lo Fontecilla se remonta a la fundación de la ciudad en 1541, instancia en la que los más cercanos colaboradores de don Pedro de Valdivia se repartieron las mejores tierras regadas y trabajadas por los nativos. A los cultivos de la población aborigen, el conquistador español agregó el trigo y los frutales europeos, dando paso a una producción más intensiva y que llevó al nacimiento de una unidad productiva de grandes dimensiones: la hacienda. Casa y jardín fueron parte de la extensa hacienda otorgada al primer alarife de Santiago, propiedad que luego pasó

quirió la propiedad el historiador Carlos Peña Otaegui, quien impregnó el lugar con un espíritu adecuado a su pasado: lo restauró con la rigurosa austeridad de lo colonial, pese a que la moda instaba a buscar en Europa las referencias para el diario vivir. Con celo botánico e indudable sentido estético, Carlos Peña otorgó al jardín el aspecto que tiene hasta hoy. Desde entonces, cuatro generaciones de su descendencia han vivido en Lo Fontecilla, prolongando su legado y su encanto. Luego de sucesivas parcelaciones de la hacienda original, se redujo a lo que es hoy: un jardín que rodea y atraviesa la casa a través de una muy bien lograda secuencia de patios interiores. El actual dueño mantiene la propiedad con gran dedicación; pródigo en cuidados y oportunas intervenciones, la ha enriquecido aportando nuevas especies, que sumadas a las ya existentes, han configurado el refugio que Lo Fontecilla es en el presente.

a manos de Francisco de Borja Fontecilla, de donde proviene su nombre. El reducido tamaño que tenía entonces la ciudad de Santiago –35 manzanas en torno

Flores de la pluma, hortensias, jazmines y rosas se alternan en el corredor colonial de la casa. 56


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o Fontecilla es una grata excepción; es uno de los escasos vestigios de la época colonial en perfecto estado de conservación que aún es posible encontrar en Santiago. Un mar de f lores, que se despliega desde la primavera hasta el otoño, convierte a

a la Plaza de Armas– dejó a Lo Fontecilla fuera de los límites urbanos y convirtió el lugar en un centro agrícola rural hasta fines del siglo XIX. Santiago inició el siglo XX con su expansión hacia la cordillera y, dentro de ese marco urbano, ad-

este rincón del sector oriente de la capital en un legítimo Edén. En esta casa patronal del siglo XVIII, que cuenta con una capilla del siglo XVII, conf luyen la valoración por nuestra historia y una decidida afición al jardín. El origen de Lo Fontecilla se remonta a la fundación de la ciudad en 1541, instancia en la que los más cercanos colaboradores de don Pedro de Valdivia se repartieron las mejores tierras regadas y trabajadas por los nativos. A los cultivos de la población aborigen, el conquistador español agregó el trigo y los frutales europeos, dando paso a una producción más intensiva y que llevó al nacimiento de una unidad productiva de grandes dimensiones: la hacienda. Casa y jardín fueron parte de la extensa hacienda otorgada al primer alarife de Santiago, propiedad que luego pasó

quirió la propiedad el historiador Carlos Peña Otaegui, quien impregnó el lugar con un espíritu adecuado a su pasado: lo restauró con la rigurosa austeridad de lo colonial, pese a que la moda instaba a buscar en Europa las referencias para el diario vivir. Con celo botánico e indudable sentido estético, Carlos Peña otorgó al jardín el aspecto que tiene hasta hoy. Desde entonces, cuatro generaciones de su descendencia han vivido en Lo Fontecilla, prolongando su legado y su encanto. Luego de sucesivas parcelaciones de la hacienda original, se redujo a lo que es hoy: un jardín que rodea y atraviesa la casa a través de una muy bien lograda secuencia de patios interiores. El actual dueño mantiene la propiedad con gran dedicación; pródigo en cuidados y oportunas intervenciones, la ha enriquecido aportando nuevas especies, que sumadas a las ya existentes, han configurado el refugio que Lo Fontecilla es en el presente.

a manos de Francisco de Borja Fontecilla, de donde proviene su nombre. El reducido tamaño que tenía entonces la ciudad de Santiago –35 manzanas en torno

Flores de la pluma, hortensias, jazmines y rosas se alternan en el corredor colonial de la casa. 56


La principal inf luencia de este jardín se encuentra en el jardín hispano morisco, herencia árabe que desde finales de la Edad Media se filtró a Europa a través de Sicilia y el sur de España, y que sirvió de fuente de inspiración para muchos de los patios ajardinados trazados en Chile durante la segunda mitad del siglo XVIII. Los árabes heredaron de Persia y Siria el gusto por el colorido y el perfume de las f lores, mientras que mantuvieron el patio regular con trazado geométrico que se remonta a la época del hortus romano. Instalados en el clima seco y caluroso de Andalucía, los árabes no tuvieron necesidad de cambiar radicalmente las formas de vida heredadas, y aplicaron en las tierras conquistadas su concepto de jardín como reducto de exquisitas sensaciones. Las constantes guerras para expulsar a los invasores obligaron a que la mayoría de los jardines se ubicaran en patios parcial o totalmente rodeados por la vivienda, accesibles únicamente para el dueño y defendidos de esta forma del convulsionado mundo exterior. Tal como en aquéllos, en Lo Fontecilla un patio de adoquines recibe al visitante después de cruzar el portón de acceso. Grandes olivos en maceta, dispuestos simétricamente entre tinajas y perfume a lavanda, permiten intuir el goce que ofrece el resto del recorrido. A través de un zaguán se accede al patio interior de la vivienda: un lugar de medianas proporciones donde un trazado geométrico genera un espacio regular, recorrible a través de pequeños senderos.

Hortensias, agapantos y jazmines protagonizan la fachada norte de la casa. 58


La principal inf luencia de este jardín se encuentra en el jardín hispano morisco, herencia árabe que desde finales de la Edad Media se filtró a Europa a través de Sicilia y el sur de España, y que sirvió de fuente de inspiración para muchos de los patios ajardinados trazados en Chile durante la segunda mitad del siglo XVIII. Los árabes heredaron de Persia y Siria el gusto por el colorido y el perfume de las f lores, mientras que mantuvieron el patio regular con trazado geométrico que se remonta a la época del hortus romano. Instalados en el clima seco y caluroso de Andalucía, los árabes no tuvieron necesidad de cambiar radicalmente las formas de vida heredadas, y aplicaron en las tierras conquistadas su concepto de jardín como reducto de exquisitas sensaciones. Las constantes guerras para expulsar a los invasores obligaron a que la mayoría de los jardines se ubicaran en patios parcial o totalmente rodeados por la vivienda, accesibles únicamente para el dueño y defendidos de esta forma del convulsionado mundo exterior. Tal como en aquéllos, en Lo Fontecilla un patio de adoquines recibe al visitante después de cruzar el portón de acceso. Grandes olivos en maceta, dispuestos simétricamente entre tinajas y perfume a lavanda, permiten intuir el goce que ofrece el resto del recorrido. A través de un zaguán se accede al patio interior de la vivienda: un lugar de medianas proporciones donde un trazado geométrico genera un espacio regular, recorrible a través de pequeños senderos.

Hortensias, agapantos y jazmines protagonizan la fachada norte de la casa. 58


Los adoquines articulan el patio de acceso, lugar de transición entre la casa y el espacio público.

El zaguán comunica con la capilla a través de un portal con cariátides proveniente de un pequeño claustro de San Francisco.

Los recuadros del diseño delineados en boj, el arbusto que desde la Antigüedad ha formado el esqueleto vegetal de los jardines, enmarcan informales grupos de f lores; anémonas, lirios, hortensias, achiras, valerianas, fucsias, azaleas, hostas, calas, clivias, lupinos y amapolas, entre otras especies, repletan el ambiente de colorido. A mediados de septiembre la f loración de las peonías arbustivas genera un momento de esplendor y, avanzada la primavera, las rosas regalan a Lo Fontecilla su amplia

gama de tonalidades. Balanceando la espontaneidad de la plantación, grandes tinajas dotan al conjunto de hermosos puntos focales. Así como estimula visualmente, el jardín de Lo Fontecilla también ha sido diseñado en función de la fragancia: cuatro robustos naranjos, en simétrica ubicación, contribuyen a configurar el clásico jardín de aromas, mientras que el embriagador ylang-ylang recuerda las casas quintas, ya erradicadas por la modernidad.

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Los adoquines articulan el patio de acceso, lugar de transición entre la casa y el espacio público.

El zaguán comunica con la capilla a través de un portal con cariátides proveniente de un pequeño claustro de San Francisco.

Los recuadros del diseño delineados en boj, el arbusto que desde la Antigüedad ha formado el esqueleto vegetal de los jardines, enmarcan informales grupos de f lores; anémonas, lirios, hortensias, achiras, valerianas, fucsias, azaleas, hostas, calas, clivias, lupinos y amapolas, entre otras especies, repletan el ambiente de colorido. A mediados de septiembre la f loración de las peonías arbustivas genera un momento de esplendor y, avanzada la primavera, las rosas regalan a Lo Fontecilla su amplia

gama de tonalidades. Balanceando la espontaneidad de la plantación, grandes tinajas dotan al conjunto de hermosos puntos focales. Así como estimula visualmente, el jardín de Lo Fontecilla también ha sido diseñado en función de la fragancia: cuatro robustos naranjos, en simétrica ubicación, contribuyen a configurar el clásico jardín de aromas, mientras que el embriagador ylang-ylang recuerda las casas quintas, ya erradicadas por la modernidad.

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Pág. derecha: Diferentes variedades de flores colorean el jardín de Lo Fontecilla.

A través de un zaguán se ingresa desde el patio de acceso al patio interior de la casa; la bignonia que trepa con vigor por la fachada anticipa el encanto del recorrido.


Pág. derecha: Diferentes variedades de flores colorean el jardín de Lo Fontecilla.

A través de un zaguán se ingresa desde el patio de acceso al patio interior de la casa; la bignonia que trepa con vigor por la fachada anticipa el encanto del recorrido.


Vista del planteamiento geométrico del patio; las flores otorgan informalidad a la simetría y una máscara de piedra añade una sensación de atemporalidad.

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Vista del planteamiento geométrico del patio; las flores otorgan informalidad a la simetría y una máscara de piedra añade una sensación de atemporalidad.

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Las plantas en macetas que cambian de ubicación a lo largo del año otorgan versatilidad al jardín.

Rodeado de delfiniums, peonías y aquilegias, un añoso ciruelo de flor situado en el centro del patio constituye un elemento trascendente en el diseño, enfatizado por una máscara de piedra ubicada a ras de suelo que añade una sensación de atemporalidad. El agregado de las plantas en macetas, que son reubicadas según las estaciones del año, otorgan versatilidad al jardín. El descubrimiento continúa al atravesar un patio destinado antes para los carros y carruajes, que desem-

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boca en el corredor de la fachada principal de la casa. Por los pilares se encaraman, en ordenada secuencia, madreselvas, jazmines y rosas trepadoras que, junto al f loripondio, la lavanda, el romero y el jazmín del Cabo inundan de perfumes el atardecer. En este nuevo sector, de mayor envergadura, una breve explanada permite el lucimiento de árboles de gran tamaño, entre los que destacan unos nobles tilos que señalan el antiguo camino de acceso a la vivienda.

Agua y perfume de azahar, dos constantes del estilo hispano morisco, dominan en el patio de las camelias.


Las plantas en macetas que cambian de ubicación a lo largo del año otorgan versatilidad al jardín.

Rodeado de delfiniums, peonías y aquilegias, un añoso ciruelo de flor situado en el centro del patio constituye un elemento trascendente en el diseño, enfatizado por una máscara de piedra ubicada a ras de suelo que añade una sensación de atemporalidad. El agregado de las plantas en macetas, que son reubicadas según las estaciones del año, otorgan versatilidad al jardín. El descubrimiento continúa al atravesar un patio destinado antes para los carros y carruajes, que desem-

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boca en el corredor de la fachada principal de la casa. Por los pilares se encaraman, en ordenada secuencia, madreselvas, jazmines y rosas trepadoras que, junto al f loripondio, la lavanda, el romero y el jazmín del Cabo inundan de perfumes el atardecer. En este nuevo sector, de mayor envergadura, una breve explanada permite el lucimiento de árboles de gran tamaño, entre los que destacan unos nobles tilos que señalan el antiguo camino de acceso a la vivienda.

Agua y perfume de azahar, dos constantes del estilo hispano morisco, dominan en el patio de las camelias.


La combinación de olivos en macetas y tinajas en el diseño del pavimento confieren al patio de acceso una proporcionada distribución.

La deliberada incorporación de manzanos, guindos y perales en esta zona constituye una innovación propia de las huertas funcionales del período colonial. Esta combinación tiene sus orígenes en el Renacimiento, cuando los árboles frutales eran frecuentemente plantados en el jardín de f lores y apreciados no solo por ser fuente de alimento, sino que también como elementos decorativos. A metros del corredor, entre clarines y heliotropos, el diminuto patio de las camelias recrea, con el protagonismo del agua fresca, la atmósfera de los jardines islámicos. Y, como telón de fondo, las copas 68

de magnolios perfumados, perales del Japón y un gran castaño de la India se estampan frente al contorno del cerro Manquehue. La seducción de este pequeño paraíso se basa en el encanto que surge de improviso tras sus muros de adobe. Un patio de aromas que se usa, se toca y se vive cotidianamente, inundando el sector de la casa con sensuales olores, invita a disfrutar con calma de la proximidad del jardín, sobre todo en primavera, cuando se produce el mayor milagro de Lo Fontecilla.

Entre puertas y zaguanes que desembocan en inesperados espacios de abundante colorido, Lo Fontecilla revela su esencia.


La combinación de olivos en macetas y tinajas en el diseño del pavimento confieren al patio de acceso una proporcionada distribución.

La deliberada incorporación de manzanos, guindos y perales en esta zona constituye una innovación propia de las huertas funcionales del período colonial. Esta combinación tiene sus orígenes en el Renacimiento, cuando los árboles frutales eran frecuentemente plantados en el jardín de f lores y apreciados no solo por ser fuente de alimento, sino que también como elementos decorativos. A metros del corredor, entre clarines y heliotropos, el diminuto patio de las camelias recrea, con el protagonismo del agua fresca, la atmósfera de los jardines islámicos. Y, como telón de fondo, las copas 68

de magnolios perfumados, perales del Japón y un gran castaño de la India se estampan frente al contorno del cerro Manquehue. La seducción de este pequeño paraíso se basa en el encanto que surge de improviso tras sus muros de adobe. Un patio de aromas que se usa, se toca y se vive cotidianamente, inundando el sector de la casa con sensuales olores, invita a disfrutar con calma de la proximidad del jardín, sobre todo en primavera, cuando se produce el mayor milagro de Lo Fontecilla.

Entre puertas y zaguanes que desembocan en inesperados espacios de abundante colorido, Lo Fontecilla revela su esencia.


las majadas


las majadas


pa rque l a s m aja da s de pirque

W

e

ntre los cerros del cajón de Pirque, a solo minutos de Santiago, un auténtico castillo francés se asoma entre encinas y plátanos orientales centenarios. Su historia es un ref lejo de la decisiva inf luencia que tuvo el auge de la minería en la aparición de los grandes parques privados del siglo pasado. Se trata de Las Majadas, cuya existencia se debe a Francisco Subercaseaux, poderoso empresario del salitre que decidió construir en su hacienda un château estilo Francisco I y encargar la creación de un parque. Durante gran parte de la Colonia el terreno donde está emplazado el parque fue zona semidesértica, hasta que en 1829 la apertura del canal San Carlos intervino las aguas del río Maipo para regar la ciudad de Santiago. Así se inició la construcción de numerosos canales de regadío, que transformaron la fisonomía de Pirque y de todo el Valle Central. Hacia fines del siglo XVIII se abrió un canal en la hacienda El Principal de Pirque, perteneciente al mayorazgo García Huidobro. Pero el gran impulso agrícola no llegó hasta finales del siglo XIX, cuando Subercaseaux aplicó tecnología empleada en la minería para trazar y abrir un canal de riego que permitió la

aparición de numerosos parques, entre ellos, el de Las Majadas. El diseño original es obra del paisajista francés Guillermo Renner, a quien se deben las primeras plantaciones de árboles exóticos y el aprovechamiento de la vegetación nativa existente. Sin embargo, el creciente refinamiento de las costumbres que acompañó el cambio de siglo generó la necesidad de entregar a la hacienda elementos acordes con las inf luencias dominantes, que inducían al sector acomodado de la sociedad a reemplazar la sencillez de la vida agrícola por estándares de vida europeos. En un intento por adecuarse en mejor forma a los nuevos tiempos, Julio Subercaseaux inició en 1906 la construcción de una residencia sofisticada y opulenta. La fortuna que Subercaseaux había obtenido en la minería también le permitió traer desde Europa al paisajista francés Jules Gachelin, para que renovara la obra de Renner y dotara así al castillo de Las Majadas de un elegante marco vegetal. Sin embargo la crisis que significó para el mercado del salitre el inicio de la I Guerra Mundial determinó el paso de la propiedad a manos de un nuevo dueño, Julio Nieto. Encinas, hayas y castaños de la India aportan asombrosas tonalidades a los atardeceres de otoño.

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pa rque l a s m aja da s de pirque

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ntre los cerros del cajón de Pirque, a solo minutos de Santiago, un auténtico castillo francés se asoma entre encinas y plátanos orientales centenarios. Su historia es un ref lejo de la decisiva inf luencia que tuvo el auge de la minería en la aparición de los grandes parques privados del siglo pasado. Se trata de Las Majadas, cuya existencia se debe a Francisco Subercaseaux, poderoso empresario del salitre que decidió construir en su hacienda un château estilo Francisco I y encargar la creación de un parque. Durante gran parte de la Colonia el terreno donde está emplazado el parque fue zona semidesértica, hasta que en 1829 la apertura del canal San Carlos intervino las aguas del río Maipo para regar la ciudad de Santiago. Así se inició la construcción de numerosos canales de regadío, que transformaron la fisonomía de Pirque y de todo el Valle Central. Hacia fines del siglo XVIII se abrió un canal en la hacienda El Principal de Pirque, perteneciente al mayorazgo García Huidobro. Pero el gran impulso agrícola no llegó hasta finales del siglo XIX, cuando Subercaseaux aplicó tecnología empleada en la minería para trazar y abrir un canal de riego que permitió la

aparición de numerosos parques, entre ellos, el de Las Majadas. El diseño original es obra del paisajista francés Guillermo Renner, a quien se deben las primeras plantaciones de árboles exóticos y el aprovechamiento de la vegetación nativa existente. Sin embargo, el creciente refinamiento de las costumbres que acompañó el cambio de siglo generó la necesidad de entregar a la hacienda elementos acordes con las inf luencias dominantes, que inducían al sector acomodado de la sociedad a reemplazar la sencillez de la vida agrícola por estándares de vida europeos. En un intento por adecuarse en mejor forma a los nuevos tiempos, Julio Subercaseaux inició en 1906 la construcción de una residencia sofisticada y opulenta. La fortuna que Subercaseaux había obtenido en la minería también le permitió traer desde Europa al paisajista francés Jules Gachelin, para que renovara la obra de Renner y dotara así al castillo de Las Majadas de un elegante marco vegetal. Sin embargo la crisis que significó para el mercado del salitre el inicio de la I Guerra Mundial determinó el paso de la propiedad a manos de un nuevo dueño, Julio Nieto. Encinas, hayas y castaños de la India aportan asombrosas tonalidades a los atardeceres de otoño.

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El diseño del parque se estructura en atenta subordinación a la vivienda, un castillo francés fidedigno en su forma y origen, y que es una lúcida reinterpretación del notable arquitecto Alberto Cruz Montt de un château galo. Visible desde casi todos los rincones del parque, el castillo es un poderoso punto focal, que condiciona la distribución vegetal y los recorridos con supremacía. Lo contrario sucede en la mayoría de los grandes parques privados del siglo XIX, donde la tónica es una mesurada importancia de la vivienda dentro del diseño. La ausencia de masas arbustivas y el intenso verdor del césped otorgan al parque gran pulcritud. La asociación de césped y jardín es relativamente nueva y proviene, fundamentalmente, de la tradición del paisaje inglés; los grandes parques del siglo XVIII, con sus extensiones verdes y ondulantes, han sido desde su nacimiento una constante fuente de inspiración.

Centenarios árboles se complementan con la impronta del castillo Las Majadas.

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El diseño del parque se estructura en atenta subordinación a la vivienda, un castillo francés fidedigno en su forma y origen, y que es una lúcida reinterpretación del notable arquitecto Alberto Cruz Montt de un château galo. Visible desde casi todos los rincones del parque, el castillo es un poderoso punto focal, que condiciona la distribución vegetal y los recorridos con supremacía. Lo contrario sucede en la mayoría de los grandes parques privados del siglo XIX, donde la tónica es una mesurada importancia de la vivienda dentro del diseño. La ausencia de masas arbustivas y el intenso verdor del césped otorgan al parque gran pulcritud. La asociación de césped y jardín es relativamente nueva y proviene, fundamentalmente, de la tradición del paisaje inglés; los grandes parques del siglo XVIII, con sus extensiones verdes y ondulantes, han sido desde su nacimiento una constante fuente de inspiración.

Centenarios árboles se complementan con la impronta del castillo Las Majadas.

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Parterres de rosas y abundante ornamentaciĂłn otorgan al ĂĄrea cercana a la vivienda un acercamiento al estilo francĂŠs.

OtoĂąales tonalidades naturalizan la escala de acceso de la residencia.


Parterres de rosas y abundante ornamentaciĂłn otorgan al ĂĄrea cercana a la vivienda un acercamiento al estilo francĂŠs.

OtoĂąales tonalidades naturalizan la escala de acceso de la residencia.


Durante la primavera las encinas renuevan sus hojas y filtran la luz con acentuada frescura. Los árboles que Renner incorporó al diseño llegaron a través del estrecho de Magallanes en barcos procedentes de Asia, Europa y Oceanía. Las arduas travesías destinadas a proveer de flora exótica a los incipientes parques demuestran el inusitado interés que estas especies comenzaron a despertar en la sociedad chilena de fines del siglo XIX. En la etapa de Gachelin el país ya contaba con una cultura botánica más desarrollada, y los árboles de esa época provienen en su mayoría del Jardín de Aclimatación de la Quinta Normal, inaugurado en 1846 para reproducir especies forestales y ornamentales extranjeras. En el parque

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es posible observar palmeras Trachycarpus y fénix, cedros del Líbano y africanos, magnolios, castaños de la India, araucarias brasileras, liquidámbares, hayas, cipreses y palmas de Washington, entre otras variedades extranjeras. La zona anterior al castillo refleja influencias del estilo francés en la gran fuente rodeada de estatuas y en los proporcionados parterres de rosas, que producen un espectacular efecto primaveral. Lejos de opacar el estilo más suelto e informal del resto del parque, los parterres contribuyen a enmarcar arquitectónicamente la vivienda e incorporarla al paisaje.

Una escalera conduce al cerro poblado de especies nativas, panorámico mirador para apreciar la riqueza botánica del lugar.


Durante la primavera las encinas renuevan sus hojas y filtran la luz con acentuada frescura. Los árboles que Renner incorporó al diseño llegaron a través del estrecho de Magallanes en barcos procedentes de Asia, Europa y Oceanía. Las arduas travesías destinadas a proveer de flora exótica a los incipientes parques demuestran el inusitado interés que estas especies comenzaron a despertar en la sociedad chilena de fines del siglo XIX. En la etapa de Gachelin el país ya contaba con una cultura botánica más desarrollada, y los árboles de esa época provienen en su mayoría del Jardín de Aclimatación de la Quinta Normal, inaugurado en 1846 para reproducir especies forestales y ornamentales extranjeras. En el parque

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es posible observar palmeras Trachycarpus y fénix, cedros del Líbano y africanos, magnolios, castaños de la India, araucarias brasileras, liquidámbares, hayas, cipreses y palmas de Washington, entre otras variedades extranjeras. La zona anterior al castillo refleja influencias del estilo francés en la gran fuente rodeada de estatuas y en los proporcionados parterres de rosas, que producen un espectacular efecto primaveral. Lejos de opacar el estilo más suelto e informal del resto del parque, los parterres contribuyen a enmarcar arquitectónicamente la vivienda e incorporarla al paisaje.

Una escalera conduce al cerro poblado de especies nativas, panorámico mirador para apreciar la riqueza botánica del lugar.


El parque cautiva con la sensible distribuciรณn de sus especies.

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El parque cautiva con la sensible distribuciรณn de sus especies.

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Sinuosos senderos de boj y amplias explanadas de césped producen sofisticados contrastes en la verde trama.

El parque cuenta además con un cerro densamente poblado de especies nativas, el cual, más que un paseo de agrado, constituye una ruta obligada para apreciar cabalmente la vigencia del planteamiento de Gachelin. Terminado el verano una mágica transformación convierte a Las Majadas en un reducto otoñal de indescriptible belleza. El crecimiento de los meses anteriores se vuelve más lento y una luz suave y sutil acompaña al parque en su descanso anual con apacible belleza. La melancolía inunda las rojas y doradas hojas de los

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grandes árboles. Encinas, plátanos orientales y castaños de la India abandonan su verdor y cálidas tonalidades transforman el parque en un reino silencioso. En ningún otro momento del año la luz es un factor tan decisivo en el logro de un efecto. Tal vez por el notable tratamiento de la fachada, o porque su sola contemplación nos traslada a otras latitudes, el castillo está firmemente asociado al parque en la memoria de quienes lo conocen, convirtiendo a Las Majadas de Pirque en una férrea alianza entre paisaje y arquitectura.

El acabado tratamiento de la mansarda caracteriza al castillo de Las Majadas.


Sinuosos senderos de boj y amplias explanadas de césped producen sofisticados contrastes en la verde trama.

El parque cuenta además con un cerro densamente poblado de especies nativas, el cual, más que un paseo de agrado, constituye una ruta obligada para apreciar cabalmente la vigencia del planteamiento de Gachelin. Terminado el verano una mágica transformación convierte a Las Majadas en un reducto otoñal de indescriptible belleza. El crecimiento de los meses anteriores se vuelve más lento y una luz suave y sutil acompaña al parque en su descanso anual con apacible belleza. La melancolía inunda las rojas y doradas hojas de los

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grandes árboles. Encinas, plátanos orientales y castaños de la India abandonan su verdor y cálidas tonalidades transforman el parque en un reino silencioso. En ningún otro momento del año la luz es un factor tan decisivo en el logro de un efecto. Tal vez por el notable tratamiento de la fachada, o porque su sola contemplación nos traslada a otras latitudes, el castillo está firmemente asociado al parque en la memoria de quienes lo conocen, convirtiendo a Las Majadas de Pirque en una férrea alianza entre paisaje y arquitectura.

El acabado tratamiento de la mansarda caracteriza al castillo de Las Majadas.


lota


lota


pa rque lota

W

a

pocos kilómetros al sur de Concepción, junto a la caleta Chambeque y en pleno golfo de Arauco, un parque emblemático intriga desde la distancia con su exuberante vegetación: es el parque Lota. Su emplazamiento en una fértil península que se interna en el mar, unido a un cuidado diseño y generosa ornamentación, hablan del refinamiento y la opulencia que alcanzaron los parques privados durante el siglo XIX. Lota toma su nombre del lugar donde se ubica, que en lengua mapuche significa “pequeño caserío”. El origen del parque se funde con la historia de la explotación carbonífera iniciada en 1852 por Matías Cousiño. Su descendiente, Luis Cousiño Squella, se plegó con entusiasmo a la incipiente tendencia de materializar prósperas fortunas en lujosas residencias y espléndidos jardines. La creación de los parques Cousiño y Macul, por parte del talentoso paisajista francés Renner, se debe a su magnificencia; pero para este, su primer encargo, Luis Cousiño contrató al inglés Bartlet, quien entre 1862 y 1873 diseñó y construyó el parque Lota aprovechando magistralmente las posibilidades naturales del terreno. Familiarizado con la jardinería

paisajista de mediados del siglo XIX, Bartlet fusionó el antiguo jardín formal francés con el más reciente o natural inglés, en una ecléctica mezcla que hoy, a más de un siglo de su fundación, constituye su sello inconfundible. Con la muerte de Luis Cousiño su viuda, Isidora Goyenechea, se permitió modificar algunos sectores, contratando para este fin al irlandés Guillermo O’Reilly. Paisajista de inspiración más informal que su antecesor y fiel al mandato de respetar y aprovechar la f lora nativa, enriqueció sabiamente el conjunto. De esta ventajosa colaboración surgió un parque espectacular, de lograda distribución y acertado diseño, que en su larga trayectoria ha inspirado elogios de escritores y poetas. La nueva dueña, mujer de refinamiento y gusto por el jardín, no escatimó esfuerzos en acrecentar la belleza y diversidad del lugar. Durante su fecundo período los jardines se poblaron de exóticas f lores, rincones sugerentes y esculturas que representan la música, la poesía, la escultura y la arquitectura clásica, ganando notablemente en encanto y seducción. En su honor Lota es conocido también como Parque Isidora Cousiño. El Otoño, de Durenne Sommevoire, es una muestra de la generosa ornamentación legada por Isidora Cousiño.

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pocos kilómetros al sur de Concepción, junto a la caleta Chambeque y en pleno golfo de Arauco, un parque emblemático intriga desde la distancia con su exuberante vegetación: es el parque Lota. Su emplazamiento en una fértil península que se interna en el mar, unido a un cuidado diseño y generosa ornamentación, hablan del refinamiento y la opulencia que alcanzaron los parques privados durante el siglo XIX. Lota toma su nombre del lugar donde se ubica, que en lengua mapuche significa “pequeño caserío”. El origen del parque se funde con la historia de la explotación carbonífera iniciada en 1852 por Matías Cousiño. Su descendiente, Luis Cousiño Squella, se plegó con entusiasmo a la incipiente tendencia de materializar prósperas fortunas en lujosas residencias y espléndidos jardines. La creación de los parques Cousiño y Macul, por parte del talentoso paisajista francés Renner, se debe a su magnificencia; pero para este, su primer encargo, Luis Cousiño contrató al inglés Bartlet, quien entre 1862 y 1873 diseñó y construyó el parque Lota aprovechando magistralmente las posibilidades naturales del terreno. Familiarizado con la jardinería

paisajista de mediados del siglo XIX, Bartlet fusionó el antiguo jardín formal francés con el más reciente o natural inglés, en una ecléctica mezcla que hoy, a más de un siglo de su fundación, constituye su sello inconfundible. Con la muerte de Luis Cousiño su viuda, Isidora Goyenechea, se permitió modificar algunos sectores, contratando para este fin al irlandés Guillermo O’Reilly. Paisajista de inspiración más informal que su antecesor y fiel al mandato de respetar y aprovechar la f lora nativa, enriqueció sabiamente el conjunto. De esta ventajosa colaboración surgió un parque espectacular, de lograda distribución y acertado diseño, que en su larga trayectoria ha inspirado elogios de escritores y poetas. La nueva dueña, mujer de refinamiento y gusto por el jardín, no escatimó esfuerzos en acrecentar la belleza y diversidad del lugar. Durante su fecundo período los jardines se poblaron de exóticas f lores, rincones sugerentes y esculturas que representan la música, la poesía, la escultura y la arquitectura clásica, ganando notablemente en encanto y seducción. En su honor Lota es conocido también como Parque Isidora Cousiño. El Otoño, de Durenne Sommevoire, es una muestra de la generosa ornamentación legada por Isidora Cousiño.

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En fierro forjado y con monograma de la familia CousiĂąo, el kiosco sintetiza la influencia de jardines ingleses en el diseĂąo, donde el gusto por todo lo proveniente de China durĂł hasta entrado el siglo XIX.

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En fierro forjado y con monograma de la familia CousiĂąo, el kiosco sintetiza la influencia de jardines ingleses en el diseĂąo, donde el gusto por todo lo proveniente de China durĂł hasta entrado el siglo XIX.

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Laderas densamente pobladas de vegetación nativa y exótica que llegan hasta el mar, muestran el aprovechamiento de las posibilidades naturales del terreno.

En 1898 Carlos Cousiño heredó la propiedad y, leal al legado de su madre, la mantuvo con notable dedicación durante 30 años. En 1929 el parque fue adquirido por la Compañía Carbonífera de Lota y abierto a los visitantes como tangible testimonio de la riqueza de una época. Lo que define el estilo del parque Lota es la sucesión de diferentes espacios de marcado carácter, que emergen de improviso cautivando al visitante: lagunas, fuentes, piletas, jarrones, alamedas de esta-

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tuas, conservatorio de plantas, pajarera, gruta, kiosco chino, kiosco árabe y otros hitos que buscan cautivar la mirada. Inspirado en los jardines manieristas, donde lo que prima es sorprender con recursos de variada índole, el recorrido ofrece sugestivos hallazgos y oníricas sensaciones. Sin la rigidez de las perspectivas lineales, Lota invita a explorar sombríos senderos que descienden hasta fuentes, grutas y caminos serpenteantes que conducen a miradores panorámicos.

Vista de la ninfa Amaltea desde el kiosco chino.


Laderas densamente pobladas de vegetación nativa y exótica que llegan hasta el mar, muestran el aprovechamiento de las posibilidades naturales del terreno.

En 1898 Carlos Cousiño heredó la propiedad y, leal al legado de su madre, la mantuvo con notable dedicación durante 30 años. En 1929 el parque fue adquirido por la Compañía Carbonífera de Lota y abierto a los visitantes como tangible testimonio de la riqueza de una época. Lo que define el estilo del parque Lota es la sucesión de diferentes espacios de marcado carácter, que emergen de improviso cautivando al visitante: lagunas, fuentes, piletas, jarrones, alamedas de esta-

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tuas, conservatorio de plantas, pajarera, gruta, kiosco chino, kiosco árabe y otros hitos que buscan cautivar la mirada. Inspirado en los jardines manieristas, donde lo que prima es sorprender con recursos de variada índole, el recorrido ofrece sugestivos hallazgos y oníricas sensaciones. Sin la rigidez de las perspectivas lineales, Lota invita a explorar sombríos senderos que descienden hasta fuentes, grutas y caminos serpenteantes que conducen a miradores panorámicos.

Vista de la ninfa Amaltea desde el kiosco chino.


Pág. izquierda: El niño del cordero permanece inmutable al viento que recorre los senderos.

Árboles nativos y exóticos forestan las escarpadas laderas que miran hacia el mar.


Pág. izquierda: El niño del cordero permanece inmutable al viento que recorre los senderos.

Árboles nativos y exóticos forestan las escarpadas laderas que miran hacia el mar.


El valle de las camelias resume en sus ejemplares, traídos desde Japón a petición de la familia Cousiño, una sofisticada influencia inglesa. Ya desde la entrada, aromos, peumos, coigües y olivillos anticipan la grandiosidad del parque, que exige una atenta observación para captar el encanto de su vegetación centenaria. El esmero botánico de los paisajistas se manifiesta en la coherencia entre la elección y la distribución de las distintas especies y en los frecuentes contrastes de color y textura de los follajes, evidencias de un diseño detallista y refinado. A metros de iniciado el recorrido, un estanque rectangular obliga a una primera detención; paulonias,

Magnolias soulangeanas, araucarias piñoneras y crespones en simétrica ubicación contribuyen a generar un importante punto focal. Más adelante, custodiado por cuatro estatuas que representan las estaciones del año, el conservatorio de plantas tropicales ofrece su colección de begonias, helechos y orquídeas. A poca distancia, un observatorio meteorológico realza el carácter naturalista del sector. La deliberada incorporación de estos elementos en el diseño revela la influencia, canalizada a través de Bartlet y O’Reilly, de tendencias imperantes en jardines ingleses del siglo XVIII. Frente a la pileta se ubica la estatua que representa a la arquitectura clásica.

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El valle de las camelias resume en sus ejemplares, traídos desde Japón a petición de la familia Cousiño, una sofisticada influencia inglesa. Ya desde la entrada, aromos, peumos, coigües y olivillos anticipan la grandiosidad del parque, que exige una atenta observación para captar el encanto de su vegetación centenaria. El esmero botánico de los paisajistas se manifiesta en la coherencia entre la elección y la distribución de las distintas especies y en los frecuentes contrastes de color y textura de los follajes, evidencias de un diseño detallista y refinado. A metros de iniciado el recorrido, un estanque rectangular obliga a una primera detención; paulonias,

Magnolias soulangeanas, araucarias piñoneras y crespones en simétrica ubicación contribuyen a generar un importante punto focal. Más adelante, custodiado por cuatro estatuas que representan las estaciones del año, el conservatorio de plantas tropicales ofrece su colección de begonias, helechos y orquídeas. A poca distancia, un observatorio meteorológico realza el carácter naturalista del sector. La deliberada incorporación de estos elementos en el diseño revela la influencia, canalizada a través de Bartlet y O’Reilly, de tendencias imperantes en jardines ingleses del siglo XVIII. Frente a la pileta se ubica la estatua que representa a la arquitectura clásica.

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En primavera coloridas especies florecen alrededor de la pileta.

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En primavera coloridas especies florecen alrededor de la pileta.

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Las flores de los bulbos emergen delicadas entre el denso follaje del boj. En ellos, a la apropiación estética de la naturaleza asociada al jardín paisajista, se sumó un creciente interés por las ciencias naturales y la botánica. Sutiles inf luencias inglesas tiene también el valle de las camelias, avenida de robustos ejemplares que ref leja la creciente valoración de las f lores exóticas. A partir de 1760, con el regreso a Inglaterra de magnates del comercio provenientes de India, China y otras colonias, surge el gusto por la vegetación del lejano Oriente. Con el arribo de ingleses para la explotación

carbonífera estas tendencias llegan a Chile a partir de 1825, y se traducen en la difusión de especies hasta el momento desconocidas en el país, desencadenando un auge en la importación de árboles, arbustos y f lores de remotos lugares. Como una muestra de la anhelada flora de Oriente llegan a Lota a petición de los Cousiño gingkos, ligustros, palmeras chinas, acer japónicos, rododendros, gomeros y camelias. Complementan la riqueza botánica del parque fresnos, castaños, Chamaecyparis, ciruelos de f lor

Cuadrados de boj enmarcan rosales en un claro del parque. 101


Las flores de los bulbos emergen delicadas entre el denso follaje del boj. En ellos, a la apropiación estética de la naturaleza asociada al jardín paisajista, se sumó un creciente interés por las ciencias naturales y la botánica. Sutiles inf luencias inglesas tiene también el valle de las camelias, avenida de robustos ejemplares que ref leja la creciente valoración de las f lores exóticas. A partir de 1760, con el regreso a Inglaterra de magnates del comercio provenientes de India, China y otras colonias, surge el gusto por la vegetación del lejano Oriente. Con el arribo de ingleses para la explotación

carbonífera estas tendencias llegan a Chile a partir de 1825, y se traducen en la difusión de especies hasta el momento desconocidas en el país, desencadenando un auge en la importación de árboles, arbustos y f lores de remotos lugares. Como una muestra de la anhelada flora de Oriente llegan a Lota a petición de los Cousiño gingkos, ligustros, palmeras chinas, acer japónicos, rododendros, gomeros y camelias. Complementan la riqueza botánica del parque fresnos, castaños, Chamaecyparis, ciruelos de f lor

Cuadrados de boj enmarcan rosales en un claro del parque. 101


Vestigios de una rotonda y la presencia de bancos victorianos en madera natural y fierro evidencian la intención de los paisajistas de generar un área de descanso.

Los perros de Lota, actualmente desaparecidos, generaban bajo encinas y castaños de la India un espacio de sobrecogedora belleza.

y hayas procedentes de distintas regiones de Europa, junto a ceibos, araucarias y f loripondios de América del Sur. Entre el esplendor vegetal del parque, el follaje de una encina ofrece un espectáculo a medida que avanza el invierno. Bajo su abrigo se ubicaban las soberbias esculturas de los perros de Lota, atentos guardianes de un cruce relevante en el diseño. En esta intersección se conectan el nivel del conservatorio de plantas y una avenida monumental que desemboca en la Venus en el baño de Allégrain, fuente que constituía la antesala

Construido en 1883 según los planos del arquitecto Eduardo Tekermann, posteriormente modificados por el francés Guérineau, el palacio fue demolido en 1963. La singularidad del recorrido del parque está en que abarca totalmente las laderas de la península donde se emplaza. De esa forma, es posible observar cómo en los sectores interiores los diferentes planos de vegetación generan un juego visual, donde se aprecian pendientes densamente pobladas con vegetación nativa y exótica. A cada paso surgen boldos, aromillos, peumos, pataguas,

del palacio edificado a petición de Isidora Cousiño.

peralillos, araucarias y mañíos contiguos a cedros, encinas, 103


Vestigios de una rotonda y la presencia de bancos victorianos en madera natural y fierro evidencian la intención de los paisajistas de generar un área de descanso.

Los perros de Lota, actualmente desaparecidos, generaban bajo encinas y castaños de la India un espacio de sobrecogedora belleza.

y hayas procedentes de distintas regiones de Europa, junto a ceibos, araucarias y f loripondios de América del Sur. Entre el esplendor vegetal del parque, el follaje de una encina ofrece un espectáculo a medida que avanza el invierno. Bajo su abrigo se ubicaban las soberbias esculturas de los perros de Lota, atentos guardianes de un cruce relevante en el diseño. En esta intersección se conectan el nivel del conservatorio de plantas y una avenida monumental que desemboca en la Venus en el baño de Allégrain, fuente que constituía la antesala

Construido en 1883 según los planos del arquitecto Eduardo Tekermann, posteriormente modificados por el francés Guérineau, el palacio fue demolido en 1963. La singularidad del recorrido del parque está en que abarca totalmente las laderas de la península donde se emplaza. De esa forma, es posible observar cómo en los sectores interiores los diferentes planos de vegetación generan un juego visual, donde se aprecian pendientes densamente pobladas con vegetación nativa y exótica. A cada paso surgen boldos, aromillos, peumos, pataguas,

del palacio edificado a petición de Isidora Cousiño.

peralillos, araucarias y mañíos contiguos a cedros, encinas, 103


La pequeña entrada al conservatorio de plantas no alcanza a revelar la amplia gama de especies exóticas que éste contiene en su interior.

cipreses, tuliperos, pitosporos, aromos, pinos marítimos y radiata, tilos, eucaliptus y otras especies exóticas, en armónica convivencia y deslumbrante colorido. El sonido del viento genera una atmósfera inquietante, acentuada por la gran cantidad de estatuas de la mitología clásica que, teatralmente ubicadas, surgen entre la vegetación. Tanto las figuras de divinidades como la gruta y estanques de mediano tamaño tienen en las laderas un ordenamiento escénico, que invita a la permanente búsqueda de nuevos y más insinuantes espacios. Al final del viaje aparece una de las sorpresas más gratas del recorrido: el kiosco chino. 104

Ubicado al amparo de imponentes palmeras fénix, en este nostálgico rincón se evidencia con fuerza la cercana presencia del mar. La creación del parque Lota responde a la intención de Luis Cousiño de transformar una inhóspita península en un reducto de insolente verdor, como firme prueba del pujante crecimiento de la ciudad minera de Lota. De igual forma, el parque simboliza el tributo de una mujer a la naturaleza, que supo imprimir en hijos y nietos un entrañable amor por su legado.

El interior del conservatorio sorprende con su colección de begonias y helechos, albergando además un solitario ejemplar del árbol del pan, especie proveniente de la isla de Java.


La pequeña entrada al conservatorio de plantas no alcanza a revelar la amplia gama de especies exóticas que éste contiene en su interior.

cipreses, tuliperos, pitosporos, aromos, pinos marítimos y radiata, tilos, eucaliptus y otras especies exóticas, en armónica convivencia y deslumbrante colorido. El sonido del viento genera una atmósfera inquietante, acentuada por la gran cantidad de estatuas de la mitología clásica que, teatralmente ubicadas, surgen entre la vegetación. Tanto las figuras de divinidades como la gruta y estanques de mediano tamaño tienen en las laderas un ordenamiento escénico, que invita a la permanente búsqueda de nuevos y más insinuantes espacios. Al final del viaje aparece una de las sorpresas más gratas del recorrido: el kiosco chino. 104

Ubicado al amparo de imponentes palmeras fénix, en este nostálgico rincón se evidencia con fuerza la cercana presencia del mar. La creación del parque Lota responde a la intención de Luis Cousiño de transformar una inhóspita península en un reducto de insolente verdor, como firme prueba del pujante crecimiento de la ciudad minera de Lota. De igual forma, el parque simboliza el tributo de una mujer a la naturaleza, que supo imprimir en hijos y nietos un entrañable amor por su legado.

El interior del conservatorio sorprende con su colección de begonias y helechos, albergando además un solitario ejemplar del árbol del pan, especie proveniente de la isla de Java.


cousiĂąo macul


cousiĂąo macul


pa rque cousiño m acul

W

A

l amparo de la cordillera de los Andes, entre grandes árboles y explanadas, el parque Cousiño Macul deja sentir con fuerza su grandiosidad. Considerado en su época como uno de los parques privados más sobresalientes del continente es, indiscutiblemente, la obra maestra de Luis Cousiño. Su extraordinaria riqueza botánica, la autenticidad de su trazado y su excelente estado de conservación lo convierten en un eximio exponente de la magnificencia de los Cousiño, generosos constructores de suntuosos jardines. Emplazado hacia el oriente de Santiago, en los terrenos donde durante la Colonia se extendía el extenso predio de los Gandarillas, fue diseñado en 1872 por el paisajista francés Guillermo Renner, quien desplegó en esta oportunidad su talento con prodigiosa habilidad. Al tiempo que Luis Cousiño vigilaba atento la ejecución de este encargo, hacía realidad sus planes de dotar a Santiago de un parque de similar nivel, contando igualmente para esta tarea con la colaboración profesional de Renner. Esta simultaneidad ref leja el

febril entusiasmo con que Luis Cousiño se abocaba a la realización de sus jardines, dejando al descubierto su evidente afinidad con el tema. Tal vez porque la extensión del terreno demandaba soluciones a gran escala o, simplemente, porque su maestría había alcanzado un nivel de excelencia en el que no tienen cabida extravagancias ni ambigüedades, Renner optó por dotar al parque Cousiño Macul de un estilo netamente inglés. Inspirado en la idea del jardín como imitación de la naturaleza, su inf luencia se hace notoria en las amplias superf icies de césped, los caminos serpenteantes, la incorporación de una loma, las agrupaciones de árboles o clumps y, fundamentalmente, en la presencia del agua en la única forma que el estilo inglés permitía: una laguna de vasta superficie y orillas irregulares. Una pequeña isla, presidida por las figuras del dios del Vino y la diosa de la Fortuna, es una concesión de Renner al gusto por la ornamentación, desterrada de los grandes parques ingleses por las corrientes naturalistas.

Los leones, emblemas heráldicos que simbolizan fuerza y nobleza, enmarcan el eje de acceso a la antigua residencia, actualmente demolida. 108


pa rque cousiño m acul

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l amparo de la cordillera de los Andes, entre grandes árboles y explanadas, el parque Cousiño Macul deja sentir con fuerza su grandiosidad. Considerado en su época como uno de los parques privados más sobresalientes del continente es, indiscutiblemente, la obra maestra de Luis Cousiño. Su extraordinaria riqueza botánica, la autenticidad de su trazado y su excelente estado de conservación lo convierten en un eximio exponente de la magnificencia de los Cousiño, generosos constructores de suntuosos jardines. Emplazado hacia el oriente de Santiago, en los terrenos donde durante la Colonia se extendía el extenso predio de los Gandarillas, fue diseñado en 1872 por el paisajista francés Guillermo Renner, quien desplegó en esta oportunidad su talento con prodigiosa habilidad. Al tiempo que Luis Cousiño vigilaba atento la ejecución de este encargo, hacía realidad sus planes de dotar a Santiago de un parque de similar nivel, contando igualmente para esta tarea con la colaboración profesional de Renner. Esta simultaneidad ref leja el

febril entusiasmo con que Luis Cousiño se abocaba a la realización de sus jardines, dejando al descubierto su evidente afinidad con el tema. Tal vez porque la extensión del terreno demandaba soluciones a gran escala o, simplemente, porque su maestría había alcanzado un nivel de excelencia en el que no tienen cabida extravagancias ni ambigüedades, Renner optó por dotar al parque Cousiño Macul de un estilo netamente inglés. Inspirado en la idea del jardín como imitación de la naturaleza, su inf luencia se hace notoria en las amplias superf icies de césped, los caminos serpenteantes, la incorporación de una loma, las agrupaciones de árboles o clumps y, fundamentalmente, en la presencia del agua en la única forma que el estilo inglés permitía: una laguna de vasta superficie y orillas irregulares. Una pequeña isla, presidida por las figuras del dios del Vino y la diosa de la Fortuna, es una concesión de Renner al gusto por la ornamentación, desterrada de los grandes parques ingleses por las corrientes naturalistas.

Los leones, emblemas heráldicos que simbolizan fuerza y nobleza, enmarcan el eje de acceso a la antigua residencia, actualmente demolida. 108


Una pileta circular rodeada de rosas recibe a quienes visitan el parque.

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Una pileta circular rodeada de rosas recibe a quienes visitan el parque.

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Un grupo de palmeras fénix, los árboles de la vida en la Grecia clásica, contrasta con la solitaria silueta de un cedro africano, especie llevada a Europa en la época de las cruzadas. Numerosos bancos estratégicamente situados confirman que el lugar fue creado para la contemplación de una suprema obra de arte natural. La existencia de una gruta representa una innovación propia del romanticismo que, con la incorporación de zonas melancólicas dentro del jardín, dio inicio a un verdadero culto a las emociones en la Inglaterra de finales del siglo XVIII.

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El puente hacia la isla permite apreciar en sus caprichosas formas una interesante corriente estética que alcanzó su apogeo en ciertos parques ingleses de comienzos del siglo XIX. Surge lo “pintoresco”, definido como reglas de composición ajenas al esquema de lo bello y lo sublime, donde estímulos como la irregularidad y la aspereza son válidos para perturbar al espectador y hacerlo recordar el carácter salvaje y desolado de parajes alejados de la Inglaterra central.

Una Magnolia soulangeana anuncia con su profusa floración el fin del invierno.


Un grupo de palmeras fénix, los árboles de la vida en la Grecia clásica, contrasta con la solitaria silueta de un cedro africano, especie llevada a Europa en la época de las cruzadas. Numerosos bancos estratégicamente situados confirman que el lugar fue creado para la contemplación de una suprema obra de arte natural. La existencia de una gruta representa una innovación propia del romanticismo que, con la incorporación de zonas melancólicas dentro del jardín, dio inicio a un verdadero culto a las emociones en la Inglaterra de finales del siglo XVIII.

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El puente hacia la isla permite apreciar en sus caprichosas formas una interesante corriente estética que alcanzó su apogeo en ciertos parques ingleses de comienzos del siglo XIX. Surge lo “pintoresco”, definido como reglas de composición ajenas al esquema de lo bello y lo sublime, donde estímulos como la irregularidad y la aspereza son válidos para perturbar al espectador y hacerlo recordar el carácter salvaje y desolado de parajes alejados de la Inglaterra central.

Una Magnolia soulangeana anuncia con su profusa floración el fin del invierno.


La nueva casa es obra del arquitecto suizo Maurice Fatio.

En apego a la sentencia “la naturaleza detesta la línea recta”, el paisajista contempló caminos que se acercan tangencialmente a la vivienda, importante punto focal del diseño. Planeada por el propietario tan cuidadosamente como el parque, la casa fue posteriormente demolida, cumpliendo el aparente destino de la mayoría de las señoriales residencias de los Cousiño.

114

El cuidadoso trabajo desarrollado en el parque se mantuvo igual hasta comienzos de siglo XX bajo la tutela de Luis Cousiño, Isidora Goyenechea de Cousiño y sus descendientes. Sin embargo, su evolución aún no había culminado.

Un estratégico banco gótico con respaldo inclinado invita a contemplar los grandes árboles.


La nueva casa es obra del arquitecto suizo Maurice Fatio.

En apego a la sentencia “la naturaleza detesta la línea recta”, el paisajista contempló caminos que se acercan tangencialmente a la vivienda, importante punto focal del diseño. Planeada por el propietario tan cuidadosamente como el parque, la casa fue posteriormente demolida, cumpliendo el aparente destino de la mayoría de las señoriales residencias de los Cousiño.

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El cuidadoso trabajo desarrollado en el parque se mantuvo igual hasta comienzos de siglo XX bajo la tutela de Luis Cousiño, Isidora Goyenechea de Cousiño y sus descendientes. Sin embargo, su evolución aún no había culminado.

Un estratégico banco gótico con respaldo inclinado invita a contemplar los grandes árboles.


Contundentes grupos arbรณreos enmarcan visualmente la cercana cordillera de los Andes.

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Contundentes grupos arbรณreos enmarcan visualmente la cercana cordillera de los Andes.

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Una cascada aporta el refrescante sonido del agua en movimiento en el sector de la laguna.

Numerosos bancos ubicados en medio de la centenaria vegetación resumen el carácter naturalista del parque, como lugar destinado a la apreciación de la naturaleza.

En 1928, bajo la mirada experta de quien posee una ancestral inclinación por el jardín, Arturo Cousiño Lyon consideró necesario renovar el legado de su abuelo. Con este fin contrató en Londres al paisajista inglés Brydon, de la firma Kent and Brydon, quien se encargó de remodelar el parque existente. Poseedor de una auténtica formación profesional en el estilo inglés, Brydon se centró en la tarea de destacar árboles

y eliminar la vegetación accesoria, a fin de destacar las suaves praderas. Basado en elementos vegetales relevantes generó con gran acierto perspectivas claves, depurando notablemente el estilo del lugar. Cousiño Macul ha mantenido hasta el presente gran parte del carácter que Brydon le otorgó: densos grupos de árboles que enmarcan la cordillera cercana y hacen posible la contemplación de cada cual, de su

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Una cascada aporta el refrescante sonido del agua en movimiento en el sector de la laguna.

Numerosos bancos ubicados en medio de la centenaria vegetación resumen el carácter naturalista del parque, como lugar destinado a la apreciación de la naturaleza.

En 1928, bajo la mirada experta de quien posee una ancestral inclinación por el jardín, Arturo Cousiño Lyon consideró necesario renovar el legado de su abuelo. Con este fin contrató en Londres al paisajista inglés Brydon, de la firma Kent and Brydon, quien se encargó de remodelar el parque existente. Poseedor de una auténtica formación profesional en el estilo inglés, Brydon se centró en la tarea de destacar árboles

y eliminar la vegetación accesoria, a fin de destacar las suaves praderas. Basado en elementos vegetales relevantes generó con gran acierto perspectivas claves, depurando notablemente el estilo del lugar. Cousiño Macul ha mantenido hasta el presente gran parte del carácter que Brydon le otorgó: densos grupos de árboles que enmarcan la cordillera cercana y hacen posible la contemplación de cada cual, de su

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El puente hacia la isla busca perturbar con la irregularidad de sus formas y texturas.

estructura y de la sutil belleza de forma y color. A través de ondulantes senderos se alzan grandes castaños, encinas, sauces, olmos, robles, tilos, cedros deodar y del Líbano, magnolios grandiflora, stellata, soulangeana y fusscata, Taxus, Thuyas, Cryptomerias y abetos, entre otras muchas especies. En una hermosa amplitud de tonalidades el parque da cuenta de verdes opacos, satinados, mate o grisáceos, verdes tenues o intensos.

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En la isla de la laguna, la diosa de la fortuna acompaña a Baco, dios de las viñas, el vino, el delirio y el éxtasis.


El puente hacia la isla busca perturbar con la irregularidad de sus formas y texturas.

estructura y de la sutil belleza de forma y color. A través de ondulantes senderos se alzan grandes castaños, encinas, sauces, olmos, robles, tilos, cedros deodar y del Líbano, magnolios grandiflora, stellata, soulangeana y fusscata, Taxus, Thuyas, Cryptomerias y abetos, entre otras muchas especies. En una hermosa amplitud de tonalidades el parque da cuenta de verdes opacos, satinados, mate o grisáceos, verdes tenues o intensos.

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En la isla de la laguna, la diosa de la fortuna acompaña a Baco, dios de las viñas, el vino, el delirio y el éxtasis.


El otoño matiza los profusos verdes de los prados y árboles con tonalidades ocres y amarillas.

En Cousiño Macul la interpretación del estilo inglés en suelo chileno alcanza su punto cumbre. La impresión general que aún provoca el parque sigue siendo imponente y de incomparable majestad; al contemplar sus limpias explanadas y sus árboles que surgen como señores solitarios se confirma de inmediato su merecida fama.

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El otoño matiza los profusos verdes de los prados y árboles con tonalidades ocres y amarillas.

En Cousiño Macul la interpretación del estilo inglés en suelo chileno alcanza su punto cumbre. La impresión general que aún provoca el parque sigue siendo imponente y de incomparable majestad; al contemplar sus limpias explanadas y sus árboles que surgen como señores solitarios se confirma de inmediato su merecida fama.

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huilquilemu


huilquilemu


PA rque huilquilemu

W

A

pocos kilómetros de Talca, por el camino a San Clemente, espigadas palmeras y una densa capa vegetal sugieren que, tras los muros de adobe, tejas y gruesas maderas, se extiende un parque que merece ser visitado. Como en muchos otros ejemplos, su

con los acaudalados terratenientes que desde la Colonia habían manejado el poder agrícola, exhibiendo como una muestra de su abolengo el vínculo ancestral con el campo. Al vincular la tradición de la casa patronal chilena con las incipientes tendencias foráneas en el

origen se entrecruza con la historia minera. El creador de Huilquilemu fue el próspero Bruno González, empresario que, enriquecido repentinamente en los yacimientos del norte del país, decidió materializar su nueva posición económica en una vivienda. Con ese fin adquirió en 1850 un gran predio donde construyó una inmensa casona y un parque que hoy, a más de 150 años de su nacimiento, conforman un lugar abierto a visitantes, de evidente relevancia histórica. Cuidadosamente mantenido por la Universidad Católica del Maule mediante un programa de extensión, Huilquilemu permite a quienes recorren sus corredores tomar contacto con nuestra identidad. Poseer un nexo tangible con la tierra permitió a Bruno González legitimar su emergente posición social, accediendo a la ambicionada categoría de hidalgo campesino. Esta situación lo equiparaba en buena medida

diseño de jardines, Huilquilemu simboliza un momento de singular relevancia en la evolución del paisajismo en nuestro país, en una combinación que anticipa la tendencia a incorporar estilos europeos en el paisajismo y en la arquitectura que se extendería durante las décadas siguientes. Construida en adobe tendido y madera de lingue, la casa impresiona con su imponente fachada de más de 100 metros, que deja entrever el rango de su propietario. En su interior se desenvuelve, generosa, la clásica planta de la casa chilena de campo, con recintos organizados en torno a patios destinados tanto a labores agrícolas como a actividades sociales. La actual entrada al recinto no corresponde al acceso contemplado por Bruno González, donde se privilegiaba el papel del parque como fastuosa antesala de la casona. Ahora, en cambio, los visitantes ingresan directamente a la casa a través del patio de España. Laberínticas sendas de boj recorren la zona cercana a la casona de Huilquilemu.

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PA rque huilquilemu

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pocos kilómetros de Talca, por el camino a San Clemente, espigadas palmeras y una densa capa vegetal sugieren que, tras los muros de adobe, tejas y gruesas maderas, se extiende un parque que merece ser visitado. Como en muchos otros ejemplos, su

con los acaudalados terratenientes que desde la Colonia habían manejado el poder agrícola, exhibiendo como una muestra de su abolengo el vínculo ancestral con el campo. Al vincular la tradición de la casa patronal chilena con las incipientes tendencias foráneas en el

origen se entrecruza con la historia minera. El creador de Huilquilemu fue el próspero Bruno González, empresario que, enriquecido repentinamente en los yacimientos del norte del país, decidió materializar su nueva posición económica en una vivienda. Con ese fin adquirió en 1850 un gran predio donde construyó una inmensa casona y un parque que hoy, a más de 150 años de su nacimiento, conforman un lugar abierto a visitantes, de evidente relevancia histórica. Cuidadosamente mantenido por la Universidad Católica del Maule mediante un programa de extensión, Huilquilemu permite a quienes recorren sus corredores tomar contacto con nuestra identidad. Poseer un nexo tangible con la tierra permitió a Bruno González legitimar su emergente posición social, accediendo a la ambicionada categoría de hidalgo campesino. Esta situación lo equiparaba en buena medida

diseño de jardines, Huilquilemu simboliza un momento de singular relevancia en la evolución del paisajismo en nuestro país, en una combinación que anticipa la tendencia a incorporar estilos europeos en el paisajismo y en la arquitectura que se extendería durante las décadas siguientes. Construida en adobe tendido y madera de lingue, la casa impresiona con su imponente fachada de más de 100 metros, que deja entrever el rango de su propietario. En su interior se desenvuelve, generosa, la clásica planta de la casa chilena de campo, con recintos organizados en torno a patios destinados tanto a labores agrícolas como a actividades sociales. La actual entrada al recinto no corresponde al acceso contemplado por Bruno González, donde se privilegiaba el papel del parque como fastuosa antesala de la casona. Ahora, en cambio, los visitantes ingresan directamente a la casa a través del patio de España. Laberínticas sendas de boj recorren la zona cercana a la casona de Huilquilemu.

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El patio de EspaĂąa, en perfecta coherencia con la austeridad de la casa chilena de campo, recibe a los visitantes.

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El patio de EspaĂąa, en perfecta coherencia con la austeridad de la casa chilena de campo, recibe a los visitantes.

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Los perfumes de la flor de la pluma y los azahares se funden en los patios de Huilquilemu.

En él, fornidos naranjos regados a canal abierto, una pila de agua con surtidor de agua y la rica textura del pavimento de huevillo expresan la fuerza de un diseño simple, mientras que bajo los corredores sobrias tinajas resaltan el carácter tradicional del lugar. Pese a que en sus viajes de conquista los romanos llevaron el naranjo desde Asia a ciertos rincones de Europa, fue necesario esperar hasta la llegada de los árabes a España para disfrutar de sus frutos y su aroma.

132

El jardín, a su vez, emplazado en privados espacios dentro de la intimidad de la vivienda, constituye un legado estético de la colonización hispana, que hasta el presente encuentra exponentes en el continente americano y que tiene sus orígenes en el jardín islámico, donde dominaba el perfume de azahar.

Los corredores, con techos de coligüe y pilares de lingue, guían y protegen el desplazamiento por toda la casa, albergando una colección de tinajas coloniales.


Los perfumes de la flor de la pluma y los azahares se funden en los patios de Huilquilemu.

En él, fornidos naranjos regados a canal abierto, una pila de agua con surtidor de agua y la rica textura del pavimento de huevillo expresan la fuerza de un diseño simple, mientras que bajo los corredores sobrias tinajas resaltan el carácter tradicional del lugar. Pese a que en sus viajes de conquista los romanos llevaron el naranjo desde Asia a ciertos rincones de Europa, fue necesario esperar hasta la llegada de los árabes a España para disfrutar de sus frutos y su aroma.

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El jardín, a su vez, emplazado en privados espacios dentro de la intimidad de la vivienda, constituye un legado estético de la colonización hispana, que hasta el presente encuentra exponentes en el continente americano y que tiene sus orígenes en el jardín islámico, donde dominaba el perfume de azahar.

Los corredores, con techos de coligüe y pilares de lingue, guían y protegen el desplazamiento por toda la casa, albergando una colección de tinajas coloniales.


Distintas variedades de palmeras y otros árboles exóticos permiten entrever el gusto por las especies foráneas imperante a fines del siglo XIX.

Vegetación enmarañada y un antiguo pozo cubierto de musgo contrastan con la ordenada disposición de las columnas del corredor.

El trayecto continúa en un patio de gran sencillez, en el que sobresale, casi como único elemento, una araucaria excelsa. Desde este lugar, antes destinado a reunir a la familia, se accede al parque de Huilquilemu, creado por el propio Bruno González en estricta obediencia a los dictámenes estéticos vigentes. Es factible intuir que el parque contó en un momento con un diseño coherente y totalitario; hoy, sin embargo, el visitante se enfrenta a un verdor desenfrenado, no exento de encanto.

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Distintas variedades de palmeras y otros árboles exóticos permiten entrever el gusto por las especies foráneas imperante a fines del siglo XIX.

Vegetación enmarañada y un antiguo pozo cubierto de musgo contrastan con la ordenada disposición de las columnas del corredor.

El trayecto continúa en un patio de gran sencillez, en el que sobresale, casi como único elemento, una araucaria excelsa. Desde este lugar, antes destinado a reunir a la familia, se accede al parque de Huilquilemu, creado por el propio Bruno González en estricta obediencia a los dictámenes estéticos vigentes. Es factible intuir que el parque contó en un momento con un diseño coherente y totalitario; hoy, sin embargo, el visitante se enfrenta a un verdor desenfrenado, no exento de encanto.

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Desde el extenso corredor de la fachada se aprecia el hermoso colorido de las camelias.

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Desde el extenso corredor de la fachada se aprecia el hermoso colorido de las camelias.

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El encanto de las calas anuncia el final del invierno bajo un grupo de grandes coníferas.

El sector del parque cercano a la casa cuenta con sistema de regadío para enfrentar las temporadas secas.

Laberínticos senderos de boj intentan contener una vegetación que se escapa, configurando un espacio de gran presencia y que habla de la grandiosidad del pasado. En las cercanías de la casa una tupida maraña de magnolios, camelias, crespones, dracenas, palmas de Washington, Chamaerops humilis y fénix aportan exuberancia; mientras que los sectores más alejados se desarrollan libremente y con menor profusión, en una mezcla en la que resaltan eucaliptos, araucarias brasileras, Acer negundos, sequoias, cipreses, abetos, casuarinas, pinos

En la fértil humedad irrumpen de improviso bulbos silvestres, violetas y calas, aportando frescura y color en medio de la vegetación invernal. Huilquilemu, que en lengua mapuche significa “lugar de zorzales”, combina generosamente entre sus muros de adobe tradición y naturaleza. El parque despliega su misterio entre el canto de infinidad de pájaros, mientras casa y patios, con su legendario pasado a cuestas, se brindan al visitante en la plenitud de su madurez.

insignes y otras coníferas. 141


El encanto de las calas anuncia el final del invierno bajo un grupo de grandes coníferas.

El sector del parque cercano a la casa cuenta con sistema de regadío para enfrentar las temporadas secas.

Laberínticos senderos de boj intentan contener una vegetación que se escapa, configurando un espacio de gran presencia y que habla de la grandiosidad del pasado. En las cercanías de la casa una tupida maraña de magnolios, camelias, crespones, dracenas, palmas de Washington, Chamaerops humilis y fénix aportan exuberancia; mientras que los sectores más alejados se desarrollan libremente y con menor profusión, en una mezcla en la que resaltan eucaliptos, araucarias brasileras, Acer negundos, sequoias, cipreses, abetos, casuarinas, pinos

En la fértil humedad irrumpen de improviso bulbos silvestres, violetas y calas, aportando frescura y color en medio de la vegetación invernal. Huilquilemu, que en lengua mapuche significa “lugar de zorzales”, combina generosamente entre sus muros de adobe tradición y naturaleza. El parque despliega su misterio entre el canto de infinidad de pájaros, mientras casa y patios, con su legendario pasado a cuestas, se brindan al visitante en la plenitud de su madurez.

insignes y otras coníferas. 141


la punta


la punta


PA RQUE l a punta

W

E

n La Punta el espíritu de la naturaleza se manifiesta en los húmedos y sombríos senderos del parque. El agua, que brota espontánea y vital de las entrañas de la tierra, se combina con la indómita vegetación para generar un reino de mágico verdor. Ubicado hacia el norte de Rancagua, toma su nombre del cercano pueblo de La Punta, bautizado de esa forma en honor a una de las primeras haciendas de la Compañía de Jesús en Chile y cuyo origen se remonta a comienzos del siglo XVII. Los jesuitas, verdaderos terratenientes de la zona central, llegaron a poseer, a finales del siglo XVIII, las mayores extensiones de tierra del país. En 1750 la orden religiosa era dueña, entre otras propiedades, de la gran hacienda de Graneros, con 14 mil hectáreas planas y 120 mil de serranías. Estas haciendas se convirtieron en el núcleo social más grande, dando paulatinamente origen a las grandes casas patronales, de las cuales La Punta es un hermoso testimonio. El parque data de fines del siglo XIX, época en que los propietarios de entonces, Amelia Lynch y Roberto Lyon, contrataron al francés Jorge Dubois para su diseño y posterior construcción. En sus más de 40

hectáreas conviven en equilibrio dos sectores distintos, de marcados rasgos, que convierten el lugar en un espacio fascinante. La vegetación del parque propiamente tal, con su impronta acentuadamente silvestre, evoca una naturaleza originaria que se contrapone al estilo más organizado que rodea la casa. En pocas ocasiones un lugar representa tan consecuentemente el carácter de su propietario. En espacios que ref lejan intenciones más formales y lugares en los que la vegetación crece por doquier, el dueño actual ha creado un mundo privado, marcado por la atemporalidad, en el que abandonarse a los sentidos es un requerimiento esencial para lograr desentrañar su encanto. Construida por Alberto Cruz Montt y Ricardo Larraín Bravo, su socio, la casa alza su volumen con énfasis frente a los cerros circundantes, en una hermosa conjunción de entorno y arquitectura. Además de las Bougainvilleas y Cistus, que naturalizan su fuerte fachada, destaca el contraste entre el anárquico verdor de la zona posterior del predio y la simplicidad de la vasta explanada anterior, donde la naturaleza se muestra más contenida. Observar la cuidada informalidad de los jardines de La Punta invita a imaginar épocas pasadas.

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PA RQUE l a punta

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n La Punta el espíritu de la naturaleza se manifiesta en los húmedos y sombríos senderos del parque. El agua, que brota espontánea y vital de las entrañas de la tierra, se combina con la indómita vegetación para generar un reino de mágico verdor. Ubicado hacia el norte de Rancagua, toma su nombre del cercano pueblo de La Punta, bautizado de esa forma en honor a una de las primeras haciendas de la Compañía de Jesús en Chile y cuyo origen se remonta a comienzos del siglo XVII. Los jesuitas, verdaderos terratenientes de la zona central, llegaron a poseer, a finales del siglo XVIII, las mayores extensiones de tierra del país. En 1750 la orden religiosa era dueña, entre otras propiedades, de la gran hacienda de Graneros, con 14 mil hectáreas planas y 120 mil de serranías. Estas haciendas se convirtieron en el núcleo social más grande, dando paulatinamente origen a las grandes casas patronales, de las cuales La Punta es un hermoso testimonio. El parque data de fines del siglo XIX, época en que los propietarios de entonces, Amelia Lynch y Roberto Lyon, contrataron al francés Jorge Dubois para su diseño y posterior construcción. En sus más de 40

hectáreas conviven en equilibrio dos sectores distintos, de marcados rasgos, que convierten el lugar en un espacio fascinante. La vegetación del parque propiamente tal, con su impronta acentuadamente silvestre, evoca una naturaleza originaria que se contrapone al estilo más organizado que rodea la casa. En pocas ocasiones un lugar representa tan consecuentemente el carácter de su propietario. En espacios que ref lejan intenciones más formales y lugares en los que la vegetación crece por doquier, el dueño actual ha creado un mundo privado, marcado por la atemporalidad, en el que abandonarse a los sentidos es un requerimiento esencial para lograr desentrañar su encanto. Construida por Alberto Cruz Montt y Ricardo Larraín Bravo, su socio, la casa alza su volumen con énfasis frente a los cerros circundantes, en una hermosa conjunción de entorno y arquitectura. Además de las Bougainvilleas y Cistus, que naturalizan su fuerte fachada, destaca el contraste entre el anárquico verdor de la zona posterior del predio y la simplicidad de la vasta explanada anterior, donde la naturaleza se muestra más contenida. Observar la cuidada informalidad de los jardines de La Punta invita a imaginar épocas pasadas.

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Un parterre estrellado constituye el espacio de transiciรณn a la zona del parque; jarrones clรกsicos y estatuas constrastan con el รกrea boscosa.

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Un parterre estrellado constituye el espacio de transiciรณn a la zona del parque; jarrones clรกsicos y estatuas constrastan con el รกrea boscosa.

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Pรกg. izquierda: Las aves de La Punta circulan libremente entre las balaustradas, escaleras y esculturas de los jardines.

Una estatua que simboliza el verano custodia la escalera que lleva al sector de rebelde vegetaciรณn.


Pรกg. izquierda: Las aves de La Punta circulan libremente entre las balaustradas, escaleras y esculturas de los jardines.

Una estatua que simboliza el verano custodia la escalera que lleva al sector de rebelde vegetaciรณn.


Presidida por Ceres y Neptuno, y al abrigo de grandes mantos de Eva, la pileta de natación es un mágico hallazgo. La escala de la vivienda es igualmente importante para el concepto global. Sus terrazas panorámicas permiten apreciar los contornos de la distante cordillera de la Costa y disfrutar de las puestas de sol. La ausencia de elementos naturales que interrumpan el horizonte demuestra el acertado sometimiento del diseño a la espectacularidad del paisaje. Ningún obstáculo limita la amplitud y el balance alcanzados en función de la monumental vista. Solo gráciles palmeras y delimitadas lagunas ordenan la llegada, privilegiando la atmósfera diáfana de La Punta.

A través de todo el parque deambula una profusión de grullas bailarinas, cisnes de cuello negro, gallinetas, pavos reales y f lamencos. En las inmediaciones de la casa se desarrollan los jardines ejecutados por Dubois, en una personal adaptación de las corrientes europeas dominantes. Aunque el paisaje rescata del estilo francés el parterre como expresión del espacio natural subordinado a la monumentalidad del jardín, lo aplica en la concepción arquitectónica del estilo italiano, que busca resaltar la vivienda e incorporarla

Ceres, diosa de la agricultura y los frutos de la tierra, refleja su figura en las aguas de la pileta de natación. 151


Presidida por Ceres y Neptuno, y al abrigo de grandes mantos de Eva, la pileta de natación es un mágico hallazgo. La escala de la vivienda es igualmente importante para el concepto global. Sus terrazas panorámicas permiten apreciar los contornos de la distante cordillera de la Costa y disfrutar de las puestas de sol. La ausencia de elementos naturales que interrumpan el horizonte demuestra el acertado sometimiento del diseño a la espectacularidad del paisaje. Ningún obstáculo limita la amplitud y el balance alcanzados en función de la monumental vista. Solo gráciles palmeras y delimitadas lagunas ordenan la llegada, privilegiando la atmósfera diáfana de La Punta.

A través de todo el parque deambula una profusión de grullas bailarinas, cisnes de cuello negro, gallinetas, pavos reales y f lamencos. En las inmediaciones de la casa se desarrollan los jardines ejecutados por Dubois, en una personal adaptación de las corrientes europeas dominantes. Aunque el paisaje rescata del estilo francés el parterre como expresión del espacio natural subordinado a la monumentalidad del jardín, lo aplica en la concepción arquitectónica del estilo italiano, que busca resaltar la vivienda e incorporarla

Ceres, diosa de la agricultura y los frutos de la tierra, refleja su figura en las aguas de la pileta de natación. 151


gradualmente al resto del paisaje. La respuesta de Dubois a la imponente arquitectura de la vivienda consiste en acentuarla mediante un diseño formal y delicado, que la enmarca con notorio protagonismo. La altura de la casa proporciona un punto de visión ideal para disfrutar del diseño de los numerosos parterres cercanos, que albergan f lores de dulce aroma. Jazmines, dafnes, f loripondios, diamelos, ylang-ylang, rosas antiguas y damas de la noche traídas desde Europa por el dueño, difunden sus embriagadoras esencias. Numerosas estatuas en fierro fundido de putinos, gárgolas, ángeles y faunos, procedentes en su mayoría de la fundición Val D’Osne del siglo XIX, contribuyen a hacer del parque un espacio inusual y sorprendente. Triunfal, el Ángel de la Victoria parece celebrar en La Punta la superioridad de la naturaleza. Tras la casa, un parterre estrellado, desde donde el agua surge traviesa e inesperada, representa quizás el homenaje de Dubois a la precisión y al ritmo de los diseños del Barroco. Pedestales de piedra con hojas de acanto, a la usanza de los capiteles clásicos, soportan solemnes vasos de mármol y una estatua alegórica que simboliza la plenitud del verano. La huella que deja el tiempo cubre ruinas y escaños, generando una materialidad que enriquece el conjunto. Este sector precede el territorio en el que dominan árboles nativos en gran desorden, y simboliza una progresiva transición hacia una naturaleza privilegiada, con boldos, peumos, quillayes, maitenes, arrayanes y araucarias que se entrelazan en grata confusión. Obra de Cruz Montt y Larraín Bravo, la casa representa una magistral combinación de arquitectura y entorno. 153


gradualmente al resto del paisaje. La respuesta de Dubois a la imponente arquitectura de la vivienda consiste en acentuarla mediante un diseño formal y delicado, que la enmarca con notorio protagonismo. La altura de la casa proporciona un punto de visión ideal para disfrutar del diseño de los numerosos parterres cercanos, que albergan f lores de dulce aroma. Jazmines, dafnes, f loripondios, diamelos, ylang-ylang, rosas antiguas y damas de la noche traídas desde Europa por el dueño, difunden sus embriagadoras esencias. Numerosas estatuas en fierro fundido de putinos, gárgolas, ángeles y faunos, procedentes en su mayoría de la fundición Val D’Osne del siglo XIX, contribuyen a hacer del parque un espacio inusual y sorprendente. Triunfal, el Ángel de la Victoria parece celebrar en La Punta la superioridad de la naturaleza. Tras la casa, un parterre estrellado, desde donde el agua surge traviesa e inesperada, representa quizás el homenaje de Dubois a la precisión y al ritmo de los diseños del Barroco. Pedestales de piedra con hojas de acanto, a la usanza de los capiteles clásicos, soportan solemnes vasos de mármol y una estatua alegórica que simboliza la plenitud del verano. La huella que deja el tiempo cubre ruinas y escaños, generando una materialidad que enriquece el conjunto. Este sector precede el territorio en el que dominan árboles nativos en gran desorden, y simboliza una progresiva transición hacia una naturaleza privilegiada, con boldos, peumos, quillayes, maitenes, arrayanes y araucarias que se entrelazan en grata confusión. Obra de Cruz Montt y Larraín Bravo, la casa representa una magistral combinación de arquitectura y entorno. 153


Estatuas procedentes del parque Lota enmarcan una de las escaleras de acceso a la casa.

Las terrazas de la casa cuentan con numerosos asientos para acoger a quienes buscan disfrutar de las esplĂŠndidas vistas de los jardines y del parque.


Estatuas procedentes del parque Lota enmarcan una de las escaleras de acceso a la casa.

Las terrazas de la casa cuentan con numerosos asientos para acoger a quienes buscan disfrutar de las esplĂŠndidas vistas de los jardines y del parque.


Los abundantes cursos de agua mineral que f luyen insistentemente en diferentes sectores garantizan la lozanía de la vegetación. Desde la Antigüedad el culto a los árboles ha estado unido al del agua y es esta atávica unión la que otorga un especial significado al parque. Los bosques fueron los primeros templos de adoración a los dioses y representaron en el jardín renacentista las fuerzas irracionales y sensuales que habitan en cada individuo, mientras que el agua ha sido considerada desde siempre un elemento sagrado, fuente de vida, de purificación y símbolo de resurrección. En La Punta prevalece la noción de una naturaleza libre, sometida apenas a los ciclos estacionales. Con sabiduría, el dueño ha evitado mantener sendas y caminos pulcramente despejados y, en justa medida, ha permitido al parque vagar libremente, sublimando su naturalidad. Al abrigo de mantos de Eva, la pileta de natación es el grato final de uno de los tantos senderos. Surtida por cristalinas aguas subterráneas y presidida por Ceres, la deidad que protege la agricultura, y Neptuno, el dios de las aguas, ofrece sombra y justa privacidad. Tanto en sus pasamanos, que imitan la corteza de árbol, como en otros detalles presentes a lo largo del parque, es posible apreciar un refinado trabajo de albañilería del siglo XIX, inspirado en el romanticismo inglés, que apuntaba a la imitación de la naturaleza hasta en los más ínfimos detalles del jardín.

Ubicado junto a la casa entre geométricos parterres, el Ángel de la Victoria domina una panorámica vista de las lagunas creadas por el propietario y la silueta de la cordillera de la Costa. 156


Los abundantes cursos de agua mineral que f luyen insistentemente en diferentes sectores garantizan la lozanía de la vegetación. Desde la Antigüedad el culto a los árboles ha estado unido al del agua y es esta atávica unión la que otorga un especial significado al parque. Los bosques fueron los primeros templos de adoración a los dioses y representaron en el jardín renacentista las fuerzas irracionales y sensuales que habitan en cada individuo, mientras que el agua ha sido considerada desde siempre un elemento sagrado, fuente de vida, de purificación y símbolo de resurrección. En La Punta prevalece la noción de una naturaleza libre, sometida apenas a los ciclos estacionales. Con sabiduría, el dueño ha evitado mantener sendas y caminos pulcramente despejados y, en justa medida, ha permitido al parque vagar libremente, sublimando su naturalidad. Al abrigo de mantos de Eva, la pileta de natación es el grato final de uno de los tantos senderos. Surtida por cristalinas aguas subterráneas y presidida por Ceres, la deidad que protege la agricultura, y Neptuno, el dios de las aguas, ofrece sombra y justa privacidad. Tanto en sus pasamanos, que imitan la corteza de árbol, como en otros detalles presentes a lo largo del parque, es posible apreciar un refinado trabajo de albañilería del siglo XIX, inspirado en el romanticismo inglés, que apuntaba a la imitación de la naturaleza hasta en los más ínfimos detalles del jardín.

Ubicado junto a la casa entre geométricos parterres, el Ángel de la Victoria domina una panorámica vista de las lagunas creadas por el propietario y la silueta de la cordillera de la Costa. 156


El Ángel de la Victoria destaca en el macizo de flores rojas.

En medio de la vigorosa vegetación, el Jardín Secreto, como tributo al agua, otorga trascendencia a un diseño que incorpora una importante dosis de espiritualidad. Una colección de copihues de variado colorido y viejos canelos constituyen una muestra de f lora nativa, propia de regiones más australes, que gracias a la fértil presencia del agua prospera en esta zona cercana a Santiago.

158

Con un imaginativo uso de los clásicos parterres, La Punta es la esencia del jardín como mágico escenario de múltiples sensaciones. Y tal vez es en el justo equilibrio entre el orden y el caos de la naturaleza donde radica su mayor encanto y su salvaje misterio. Entre lirios y nenúfares, esta pileta es un aporte del actual dueño.


El Ángel de la Victoria destaca en el macizo de flores rojas.

En medio de la vigorosa vegetación, el Jardín Secreto, como tributo al agua, otorga trascendencia a un diseño que incorpora una importante dosis de espiritualidad. Una colección de copihues de variado colorido y viejos canelos constituyen una muestra de f lora nativa, propia de regiones más australes, que gracias a la fértil presencia del agua prospera en esta zona cercana a Santiago.

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Con un imaginativo uso de los clásicos parterres, La Punta es la esencia del jardín como mágico escenario de múltiples sensaciones. Y tal vez es en el justo equilibrio entre el orden y el caos de la naturaleza donde radica su mayor encanto y su salvaje misterio. Entre lirios y nenúfares, esta pileta es un aporte del actual dueño.


cunaco


cunaco


pa rque cunaco

W

U

bicado en las cercanías de San Fernando, en la localidad de donde toma su nombre, Cunaco es un sobreviviente de un señorial pasado, en el que numerosos parques desperdigados a lo largo del camino conferían a la zona una particular distinción. El magistral protagonismo que aquí alcanza la palma chilena, como testimonio de lo que puede hacer por el paisaje la vegetación autóctona cuando es sabiamente utilizada, es lo que caracteriza a este hermoso parque preservado por sus sucesivos propietarios. Con la idea de dotar a su hacienda de un parque con prestancia, Carlos Valdés Izquierdo trajo en 1873, desde la corte de Napoleón III, al emergente paisajista italiano Canova, quien murió precozmente en Chile mientras realizaba su encargo. Por la escasez de su obra, no resulta fácil evaluar el estilo de este joven paisajista, sin embargo, las singulares combinaciones vegetales del parque, que incorporan árboles nativos y vegetación caduca, hablan de una notoria audacia en su planteamiento. Entre senderos curvilíneos y especies estratégicamente ubicadas, la mayor virtud del diseño radica en la imposibilidad que genera en el observador definir distancias y profundidades.

El respetuoso esmero con que ha sido cuidado el lugar por los descendientes de su fundador permite apreciar con claridad la propuesta original, basada en asociaciones destinadas a ampliar el tamaño del parque, en un imperceptible pero eficaz juego de follaje y colorido. Pese a que la palma chilena aparece en parques anteriores o contemporáneos a Cunaco, su incorporación es siempre tímida y circunstancial y no alcanza nunca la fuerza expresiva que logra en este parque en particular. Entre el claro perfil de los cerros que lo rodean, la primera visión que Cunaco ofrece es la imagen de una casa veneciana, antecedida por una grandiosa avenida de palmas chilenas. El vigor de la perspectiva, reforzada por los olmos y tilos que bordean los muros de adobe, revela una evidente intención por monumentalizar la casa, aspecto típico del estilo renacentista, donde la villa posee un rol preponderante. La incorporación de este importante eje es levemente posterior al diseño de Canova, y responde a una necesidad de independizar en mejor forma el parque de la ruta adyacente, conocida en otro tiempo como el antiguo Camino Real. En el patio principal de la casa, una escultura de mármol fechada en 1868 y encargada a Francia por el fundador del parque, constituye un importante punto focal.

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pa rque cunaco

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bicado en las cercanías de San Fernando, en la localidad de donde toma su nombre, Cunaco es un sobreviviente de un señorial pasado, en el que numerosos parques desperdigados a lo largo del camino conferían a la zona una particular distinción. El magistral protagonismo que aquí alcanza la palma chilena, como testimonio de lo que puede hacer por el paisaje la vegetación autóctona cuando es sabiamente utilizada, es lo que caracteriza a este hermoso parque preservado por sus sucesivos propietarios. Con la idea de dotar a su hacienda de un parque con prestancia, Carlos Valdés Izquierdo trajo en 1873, desde la corte de Napoleón III, al emergente paisajista italiano Canova, quien murió precozmente en Chile mientras realizaba su encargo. Por la escasez de su obra, no resulta fácil evaluar el estilo de este joven paisajista, sin embargo, las singulares combinaciones vegetales del parque, que incorporan árboles nativos y vegetación caduca, hablan de una notoria audacia en su planteamiento. Entre senderos curvilíneos y especies estratégicamente ubicadas, la mayor virtud del diseño radica en la imposibilidad que genera en el observador definir distancias y profundidades.

El respetuoso esmero con que ha sido cuidado el lugar por los descendientes de su fundador permite apreciar con claridad la propuesta original, basada en asociaciones destinadas a ampliar el tamaño del parque, en un imperceptible pero eficaz juego de follaje y colorido. Pese a que la palma chilena aparece en parques anteriores o contemporáneos a Cunaco, su incorporación es siempre tímida y circunstancial y no alcanza nunca la fuerza expresiva que logra en este parque en particular. Entre el claro perfil de los cerros que lo rodean, la primera visión que Cunaco ofrece es la imagen de una casa veneciana, antecedida por una grandiosa avenida de palmas chilenas. El vigor de la perspectiva, reforzada por los olmos y tilos que bordean los muros de adobe, revela una evidente intención por monumentalizar la casa, aspecto típico del estilo renacentista, donde la villa posee un rol preponderante. La incorporación de este importante eje es levemente posterior al diseño de Canova, y responde a una necesidad de independizar en mejor forma el parque de la ruta adyacente, conocida en otro tiempo como el antiguo Camino Real. En el patio principal de la casa, una escultura de mármol fechada en 1868 y encargada a Francia por el fundador del parque, constituye un importante punto focal.

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Rosas antiguas y jazmines de diferentes variedades invaden los corredores de la casa, fundiendo sus aromas con el perfume del mandarino y los diamelos.

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Rosas antiguas y jazmines de diferentes variedades invaden los corredores de la casa, fundiendo sus aromas con el perfume del mandarino y los diamelos.

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Buscando interpretar la intención original del paisajista, el actual dueño ha repuesto los bancos victorianos.

Salvo esta puntual alusión al estilo italiano, el parque se desarrolla muy cercano al estilo naturalista inglés, con densos grupos de árboles que filtran la luz hacia áreas más despejadas. Una gran laguna victoriana con “puente chino”, destinada a ref lejar en ella la casa, es tal vez el guiño

del paisajista italiano al estilo anglo-chinois, presente en algunos jardines ingleses y franceses. Esta fuerte intervención en el paisaje da cuenta del papel asignado a la vivienda como importante elemento decorativo dentro del conjunto, dada la total ausencia de otros ornamentos a lo largo del parque.

El pavimento de huevillo y pastelón de ladrillo, trabajado con gran sentido estético, mezcla sus texturas con distintos ritmos.

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Buscando interpretar la intención original del paisajista, el actual dueño ha repuesto los bancos victorianos.

Salvo esta puntual alusión al estilo italiano, el parque se desarrolla muy cercano al estilo naturalista inglés, con densos grupos de árboles que filtran la luz hacia áreas más despejadas. Una gran laguna victoriana con “puente chino”, destinada a ref lejar en ella la casa, es tal vez el guiño

del paisajista italiano al estilo anglo-chinois, presente en algunos jardines ingleses y franceses. Esta fuerte intervención en el paisaje da cuenta del papel asignado a la vivienda como importante elemento decorativo dentro del conjunto, dada la total ausencia de otros ornamentos a lo largo del parque.

El pavimento de huevillo y pastelón de ladrillo, trabajado con gran sentido estético, mezcla sus texturas con distintos ritmos.

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168


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Un grupo de larix, coníferas caducas provenientes de los pantanos de Norteamérica, prosperan en la humedad de los suelos de Cunaco.

Sequoias gigantes, Thuyas y crespones conforman, entre otras especies, el intrincado juego de texturas y tonalidades de Canova.

Las condiciones climáticas de la zona producen hermosos atardeceres, en los que el tenue colorido de la vivienda se funde con las cálidas tonalidades de las abundantes especies caducas. Crespones, larix, acer japónicos, encinas, gingkos y tilos generan un otoño magnífico, cubriendo de texturas y tonalidades

los estrechos senderos de boj que conducen hasta los distintos sectores. La piscina, conocida también como baño de natación, surge de improviso entre abundante vegetación nativa, bajo el refugio de enormes castaños de la India.

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Un grupo de larix, coníferas caducas provenientes de los pantanos de Norteamérica, prosperan en la humedad de los suelos de Cunaco.

Sequoias gigantes, Thuyas y crespones conforman, entre otras especies, el intrincado juego de texturas y tonalidades de Canova.

Las condiciones climáticas de la zona producen hermosos atardeceres, en los que el tenue colorido de la vivienda se funde con las cálidas tonalidades de las abundantes especies caducas. Crespones, larix, acer japónicos, encinas, gingkos y tilos generan un otoño magnífico, cubriendo de texturas y tonalidades

los estrechos senderos de boj que conducen hasta los distintos sectores. La piscina, conocida también como baño de natación, surge de improviso entre abundante vegetación nativa, bajo el refugio de enormes castaños de la India.

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Al abrigo de árboles que filtran sutilmente la luz, el camino de los bueyes se abre paso entre coronas del poeta hacia el patio de matanza. La ubicación escenográfica de los árboles se visualiza en diferentes lugares, con composiciones destinadas a provocar una sensación de vegetación ilimitada. Crespón, ligustro, castaño, ciprés, sequoia y eucalipto son una muestra del talento de Canova para generar la ilusión de infinita exuberancia que identifica a Cunaco.

172

Entre otoñales castaños de la India, los nostálgicos vestidores del baño de natación rememoran tiempos pasados.

La costumbre de asociar fechas conmemorativas a la plantación de especies encuentra eco en la poderosa tradición familiar del parque. Muestra de ello es la hilera de seis palmeras plantadas por Ana Luisa Ortúzar Montt como tributo a cada una de sus hijas y la rotonda de encinas cercana a la casa, en memoria de Ignacio Valdés Larrea, padre del fundador.

Al margen de la imponente solemnidad del parque, la casa, construida por el arquitecto milanés Eduardo Provasoli, cobija espacios llenos de encanto y seducción. Los patios que en otro tiempo albergaron labores propias de una casa patronal, han dado paso a maravillosos jardines de plantas ornamentales, donde aroma y colorido hablan del profundo conocimiento

botánico de su dueño, quien ha sabido proporcionar a estos sectores de la casa una sugestiva vitalidad. Rodeado de amplios corredores para el secado de los cueros, el antiguo patio de matanza es en la actualidad, entre hortensias, lilas y azaleas, el lugar para inmensos tilos y plátanos orientales.

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Al abrigo de árboles que filtran sutilmente la luz, el camino de los bueyes se abre paso entre coronas del poeta hacia el patio de matanza. La ubicación escenográfica de los árboles se visualiza en diferentes lugares, con composiciones destinadas a provocar una sensación de vegetación ilimitada. Crespón, ligustro, castaño, ciprés, sequoia y eucalipto son una muestra del talento de Canova para generar la ilusión de infinita exuberancia que identifica a Cunaco.

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Entre otoñales castaños de la India, los nostálgicos vestidores del baño de natación rememoran tiempos pasados.

La costumbre de asociar fechas conmemorativas a la plantación de especies encuentra eco en la poderosa tradición familiar del parque. Muestra de ello es la hilera de seis palmeras plantadas por Ana Luisa Ortúzar Montt como tributo a cada una de sus hijas y la rotonda de encinas cercana a la casa, en memoria de Ignacio Valdés Larrea, padre del fundador.

Al margen de la imponente solemnidad del parque, la casa, construida por el arquitecto milanés Eduardo Provasoli, cobija espacios llenos de encanto y seducción. Los patios que en otro tiempo albergaron labores propias de una casa patronal, han dado paso a maravillosos jardines de plantas ornamentales, donde aroma y colorido hablan del profundo conocimiento

botánico de su dueño, quien ha sabido proporcionar a estos sectores de la casa una sugestiva vitalidad. Rodeado de amplios corredores para el secado de los cueros, el antiguo patio de matanza es en la actualidad, entre hortensias, lilas y azaleas, el lugar para inmensos tilos y plátanos orientales.

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Las bancas ubicadas en los corredores del antiguo patio de matanzas permiten descansar y apreciar la tranquila belleza de los jardines.

175


Las bancas ubicadas en los corredores del antiguo patio de matanzas permiten descansar y apreciar la tranquila belleza de los jardines.

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El patio de matanza es el actual asentamiento de colosales tilos y plátanos orientales.

El patio contiguo es un cautivante vergel, con gran cantidad de especies aromáticas. Una pileta central enfatiza la presencia al interior del patio de una palma chilena. Los pavimentos, trabajados por el propietario con gran sentido estético y detalle, retienen durante el invierno la tibieza del sol y en primavera acentúan la fragancia de las variedades de jazmines de los corredores.

176

A escasos metros se extiende un vasto naranjal que, inundando de azahar las habitaciones de la casa, recuerda el pasado productivo de la hacienda. Entre el vanguardista diseño de su creador, la vehemente dedicación de su primer propietario y la saga de su descendencia, este memorable parque familiar ha formado su espectacular presente.

Encinas y robles americanos estructuran el antiguo camino de los bueyes, sendero interior del parque destinado a conectar el Camino Real y la casa; la elección de las especies destinadas a la reposición de los barriles de vinos evidencia el pasado vinícola de la hacienda Cunaco.


El patio de matanza es el actual asentamiento de colosales tilos y plátanos orientales.

El patio contiguo es un cautivante vergel, con gran cantidad de especies aromáticas. Una pileta central enfatiza la presencia al interior del patio de una palma chilena. Los pavimentos, trabajados por el propietario con gran sentido estético y detalle, retienen durante el invierno la tibieza del sol y en primavera acentúan la fragancia de las variedades de jazmines de los corredores.

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A escasos metros se extiende un vasto naranjal que, inundando de azahar las habitaciones de la casa, recuerda el pasado productivo de la hacienda. Entre el vanguardista diseño de su creador, la vehemente dedicación de su primer propietario y la saga de su descendencia, este memorable parque familiar ha formado su espectacular presente.

Encinas y robles americanos estructuran el antiguo camino de los bueyes, sendero interior del parque destinado a conectar el Camino Real y la casa; la elección de las especies destinadas a la reposición de los barriles de vinos evidencia el pasado vinícola de la hacienda Cunaco.


flor del lago


flor del lago


pa rque flor del l ago

W

C

on su panorámico emplazamiento a orillas del lago Villarrica y la espectacular floración de sus rododendros, Flor del Lago consigue doblegar en justa medida a una naturaleza indómita, dando lugar a un parque frondoso y vital. Difícil resulta imaginar un nombre que resuma en mejor forma la esencia de este paisaje abundante y fecundo, a los pies de un volcán con formas perfectas y nieves eternas. Su origen se remonta a comienzos de la década de 1930, cuando el alemán Ernesto Wagner Liwich adquiere una considerable extensión de tierras al norte del lago, decidido a pasar el final de su vida en esta zona del sur de Chile. Para tal efecto construye una importante casa e inicia las plantaciones de los árboles que año tras año irán configurando el parque. La ausencia de caminos significó el titánico esfuerzo de trasladar a través del lago los materiales para la obra. Por esta razón aún es posible observar vestigios de la antigua entrada f luvial a Flor del Lago en la disposición de ciertos árboles, que ordenan el acceso desde el embarcadero hasta la vivienda.

Destruida por un incendio en 1938, la casa original fue reconstruida idénticamente según los planos del arquitecto Fernando P. Fonck, quien interpretó en ella elementos de un castillo europeo. A pesar de que el fundador no alcanzó a cumplir su deseo de residir en el lugar, su hijo Ernesto Wagner Schilling concretó su sueño de transformar el predio en un extenso campo, a la vez estético y productivo. En sus manos el parque evolucionó, afianzando su encanto y, aunque actualmente tiene menos de un siglo, en la generosidad del clima sureño parece el ilustre sobreviviente de una época anterior. Flor del Lago salda una cuenta pendiente con la vegetación nativa. Su más ferviente promotor, el paisajista vienés Oscar Prager, durante sus reiteradas estadías en el lugar aconsejó a Ernesto Wagner padre la elección y ubicación de determinadas especies, logrando magistrales combinaciones entre árboles autóctonos y exóticos que hoy, asentada su carrera en Chile, constituyen su inconfundible sello.

Variedades de azaleas prosperan en un sector situado detrás de la vivienda. 180


pa rque flor del l ago

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on su panorámico emplazamiento a orillas del lago Villarrica y la espectacular floración de sus rododendros, Flor del Lago consigue doblegar en justa medida a una naturaleza indómita, dando lugar a un parque frondoso y vital. Difícil resulta imaginar un nombre que resuma en mejor forma la esencia de este paisaje abundante y fecundo, a los pies de un volcán con formas perfectas y nieves eternas. Su origen se remonta a comienzos de la década de 1930, cuando el alemán Ernesto Wagner Liwich adquiere una considerable extensión de tierras al norte del lago, decidido a pasar el final de su vida en esta zona del sur de Chile. Para tal efecto construye una importante casa e inicia las plantaciones de los árboles que año tras año irán configurando el parque. La ausencia de caminos significó el titánico esfuerzo de trasladar a través del lago los materiales para la obra. Por esta razón aún es posible observar vestigios de la antigua entrada f luvial a Flor del Lago en la disposición de ciertos árboles, que ordenan el acceso desde el embarcadero hasta la vivienda.

Destruida por un incendio en 1938, la casa original fue reconstruida idénticamente según los planos del arquitecto Fernando P. Fonck, quien interpretó en ella elementos de un castillo europeo. A pesar de que el fundador no alcanzó a cumplir su deseo de residir en el lugar, su hijo Ernesto Wagner Schilling concretó su sueño de transformar el predio en un extenso campo, a la vez estético y productivo. En sus manos el parque evolucionó, afianzando su encanto y, aunque actualmente tiene menos de un siglo, en la generosidad del clima sureño parece el ilustre sobreviviente de una época anterior. Flor del Lago salda una cuenta pendiente con la vegetación nativa. Su más ferviente promotor, el paisajista vienés Oscar Prager, durante sus reiteradas estadías en el lugar aconsejó a Ernesto Wagner padre la elección y ubicación de determinadas especies, logrando magistrales combinaciones entre árboles autóctonos y exóticos que hoy, asentada su carrera en Chile, constituyen su inconfundible sello.

Variedades de azaleas prosperan en un sector situado detrás de la vivienda. 180


Los arrayanes son una muestra de la vegetaciรณn nativa que domina en Flor del Lago.

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Los arrayanes son una muestra de la vegetaciรณn nativa que domina en Flor del Lago.

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En un arrebato primaveral, la natural acidez del suelo permite el estallido de los rododendros a fines de noviembre.

Una escalera comunica el patio de acceso a la casa con la zona destinada al cultivo de las azaleas.

El clima es uno de los principales aliados de la vegetación; boldos, raulíes, peumos, notros, arrayanes, coigües, mañíos, maitenes, nalcas y canelos dominan los vastos lomajes, y helechos, setas, líquenes, musgos y copihues otorgan un carácter inconfundiblemente sureño al paisaje.

El siempre cambiante color de las estaciones del año proporciona al parque una extraordinaria vitalidad, que se ref leja en las abundantes especies caducas combinadas con árboles nativos de hoja perenne, en una clásica alianza del maestro Prager. Abedules junto a boldos o tilos en compañía de arrayanes y maitenes, son muestras del efecto visual buscado por el reconocido paisajista.

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En un arrebato primaveral, la natural acidez del suelo permite el estallido de los rododendros a fines de noviembre.

Una escalera comunica el patio de acceso a la casa con la zona destinada al cultivo de las azaleas.

El clima es uno de los principales aliados de la vegetación; boldos, raulíes, peumos, notros, arrayanes, coigües, mañíos, maitenes, nalcas y canelos dominan los vastos lomajes, y helechos, setas, líquenes, musgos y copihues otorgan un carácter inconfundiblemente sureño al paisaje.

El siempre cambiante color de las estaciones del año proporciona al parque una extraordinaria vitalidad, que se ref leja en las abundantes especies caducas combinadas con árboles nativos de hoja perenne, en una clásica alianza del maestro Prager. Abedules junto a boldos o tilos en compañía de arrayanes y maitenes, son muestras del efecto visual buscado por el reconocido paisajista.

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Grupos de frutales otorgan estacionalidad al parque.

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Grupos de frutales otorgan estacionalidad al parque.

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Una gran azalea amarilla y otra de intenso rojo funcionan como telón de fondo para un grupo de violas, tulipanes y otras flores de bulbo.

Nogales, castaños, hayas y cerezos de f lor, cuidadosamente desperdigados entre la f lora chilena, enfatizan aun más la estacionalidad. Fiel al espíritu innovador de su suegro, la actual dueña ha acrecentado el encanto del lugar, perpetuando su renombre. Bajo su tutela prosperan, con inigualable fuerza, las f lores que han tejido la leyenda de Flor del Lago.

188

A lo largo de todo el año exhibiciones estacionales de intenso colorido se muestran sobre un permanente verdor, pero nada supera el esplendor de los rododendros a finales de primavera. Pocos lugares tienen un escenario para los rododendros tan apropiado como este parque: dispersos en la inmutable belleza del lago, disfrutan de un estatus que difícilmente alcanzarían en otra zona del país.

Aquilegias y muscaris aportan colorido al sector de la escalera de piedra.


Una gran azalea amarilla y otra de intenso rojo funcionan como telón de fondo para un grupo de violas, tulipanes y otras flores de bulbo.

Nogales, castaños, hayas y cerezos de f lor, cuidadosamente desperdigados entre la f lora chilena, enfatizan aun más la estacionalidad. Fiel al espíritu innovador de su suegro, la actual dueña ha acrecentado el encanto del lugar, perpetuando su renombre. Bajo su tutela prosperan, con inigualable fuerza, las f lores que han tejido la leyenda de Flor del Lago.

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A lo largo de todo el año exhibiciones estacionales de intenso colorido se muestran sobre un permanente verdor, pero nada supera el esplendor de los rododendros a finales de primavera. Pocos lugares tienen un escenario para los rododendros tan apropiado como este parque: dispersos en la inmutable belleza del lago, disfrutan de un estatus que difícilmente alcanzarían en otra zona del país.

Aquilegias y muscaris aportan colorido al sector de la escalera de piedra.


Ubicado detrรกs de la casa, el huerto es una hermosa composiciรณn de hortalizas anuales, flores y hierbas.

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Ubicado detrรกs de la casa, el huerto es una hermosa composiciรณn de hortalizas anuales, flores y hierbas.

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La casa proporciona una visión panorámica del parque y el lago Villarrica, magistral telón de fondo del enclave.

Un lugar tan vivible como este se reconoce inmediatamente por su fuerte sentido de identidad. Cada especie tiene un propósito, tanto práctico como estético, y juntos representan la síntesis del parque como sustento de una diaria existencia. Tras la casa se ubica uno de los lugares más significativos: el huerto, una de las más intrigantes y desafiantes formas de la jardinería. En Europa, durante el siglo XVI, los huertos se trazaban en macizos decorativos deleitando la vista.

192

Solitario esplendor invernal de un castaño de la época del afamado paisajista Oscar Prager.

Esta tradición murió entrado el siglo XVII, cuando las plantas comestibles fueron mayoritariamente confinadas a espacios cerrados segregados del resto del jardín, reapareciendo tímidamente a fines del siglo XIX. En su poderosa raigambre europea, Flor del Lago revive a la perfección el potencial estético del huerto; bajo los atentos cuidados de su dueña, un precioso tapiz de hortalizas, hierbas y f lores cambia primorosamente a lo largo del año.

El espacio natural es el gran protagonista de este enclave; zonas de espeso bosque nativo, intacto en su vigor, se suman con naturalidad al paisaje, generando un conjunto de generosa riqueza. La paulatina incorporación de nuevas especies que acrecientan su diversidad botánica forma un parque en constante evolución. En medio de la fértil humedad del clima sureño, Flor del Lago no es solamente la expresión de su dedicada propietaria,

sino la respuesta a una forma de vida que requiere gran atención durante todo el año. La recompensa a tan formidable esfuerzo es, no obstante, el poder vivir y gozar sin límites de este parque de ensueño.

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La casa proporciona una visión panorámica del parque y el lago Villarrica, magistral telón de fondo del enclave.

Un lugar tan vivible como este se reconoce inmediatamente por su fuerte sentido de identidad. Cada especie tiene un propósito, tanto práctico como estético, y juntos representan la síntesis del parque como sustento de una diaria existencia. Tras la casa se ubica uno de los lugares más significativos: el huerto, una de las más intrigantes y desafiantes formas de la jardinería. En Europa, durante el siglo XVI, los huertos se trazaban en macizos decorativos deleitando la vista.

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Solitario esplendor invernal de un castaño de la época del afamado paisajista Oscar Prager.

Esta tradición murió entrado el siglo XVII, cuando las plantas comestibles fueron mayoritariamente confinadas a espacios cerrados segregados del resto del jardín, reapareciendo tímidamente a fines del siglo XIX. En su poderosa raigambre europea, Flor del Lago revive a la perfección el potencial estético del huerto; bajo los atentos cuidados de su dueña, un precioso tapiz de hortalizas, hierbas y f lores cambia primorosamente a lo largo del año.

El espacio natural es el gran protagonista de este enclave; zonas de espeso bosque nativo, intacto en su vigor, se suman con naturalidad al paisaje, generando un conjunto de generosa riqueza. La paulatina incorporación de nuevas especies que acrecientan su diversidad botánica forma un parque en constante evolución. En medio de la fértil humedad del clima sureño, Flor del Lago no es solamente la expresión de su dedicada propietaria,

sino la respuesta a una forma de vida que requiere gran atención durante todo el año. La recompensa a tan formidable esfuerzo es, no obstante, el poder vivir y gozar sin límites de este parque de ensueño.

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From the garden of the gods to the park of men

SANTA RITA

by romolo trebbi del trevigiano

E

W

den was the first garden and eden meant pleasure, delight. If to this word we add another, in Arabic, yanna, garden or hidden place, we have the essence of the garden as a place of pleasure, mysterious and sheltered. From here come the terms used since the Middle Ages: viridariam, verziere or vergel. This hortus was divided into four sections, with an emblematic tree in the middle surrounded by fruit-bearing plants. The archetype, which, it appears, originated in ancient Mesopotamia, gradually passed into Greece, into Rome, into the Arab world, into medieval Europe, finally to reach the creations of the Renaissance. In the Baroque a new conception arose: the open, unbound garden, with extensive lawns. The park was born. These vast spaces, which have enjoyed so much success from the 17th century to the present day, also had venerable antecedents, namely the drynementum or sacred forest of the Druids, priests of the oak tree, and the nemos and lucus, the sacred woods of Latium with their magic powers, like the one that bordered Lake Nemi, close to Rome, where Danaë or Diana of the forests often took shelter, or the nymph Egeria, custodian of springs. These were vast natural gardens, but they were gardens of the gods. Plato himself had spoken of charmed woods acknowledging that in this mutable world something remained immutable: the sacred nature of some tree-filled spaces. Then the garden of man was invented. Following the inward-looking course of medieval life, based on material, as well as conceptual, defence, enclosed spaces were preferred and gardens were restricted to the courtyards of palaces, monasteries, and abbeys. In the 13th century, Albert the Great describes the archetype of the hortus divided into four sections, like the Earth and the ideal outline of the Heavenly Jerusalem. In the first section we find laurels (Laurus nobilis), cypresses, and fruit trees, especially apples. The second section contains herbs and aromatic plants, including, among others, basil, sage, and along the borders such f lowers as roses, violets, irises, etc. The third section was given over to medicinal plants, and the fourth and last was a green lawn with a fountain, the ideal place for dialogue and repose. The rose reigned in the secret gardens, the hortus secreti, for it represented the transit from visible beauty, visibilis pulchritudo, to the gradual discovery of non-visible beauty, invisibilis pulchritudo, that is, the beauty that unveils only for the perceptive, constant initiate. The garden was thus conceived as a sum of parts, as a board composed of the medicinal garden, the garden of words, the garden of scents, the garden of delights, and the garden of love; its expressive beauty, both formally and symbolically, 196

reached its peak in Italy during the Renaissance. The two Medici queens took the concept with them to France, where it swiftly acquired another design and another idea, the borders opened, the symbolisms changed, proportions became vast and took the form of majestic parks, basically to honour the power of the King. Whereas in England the step is from the enclosed regular gardens of the Italian style to landscaped parks with rolling slopes and small groves. By the 19th century, European parks were invaded by the Romantic taste, displaying patches of trees or f lowers on extensive lawns, with the addition of faked ancient ruins. The latter is the model that reached America. In Chile, where the first gardens were orchards, the history of the park is simple: no secret or symbolic designs. Notwithstanding, in the late 19th century a park was planted at Calera de Tango, with thick wooded areas, where the design included regular gardens with hedges and f lowerbeds. Barbarously destroyed shortly before 1970, we are left with a partial memory in a watercolour painting dated in 1835, attributed to the English artist Charles Wood. At this time some of the courtyards of the old country houses, previously used for working, were being turned into enclosed gardens. However, the taste for large romantic parks did not take root until the third and fourth decades of the 19th century, beginning with the one that Mariano Egaña planned at Peñalolén. Foreign landscape gardeners came over in succession, including the outstanding Guillermo Renner, creator of such great and famous parks as Macul (1872), Bucalemu (1875), Santa Rita (1882-1885), Lo Aguila and Callejones, in Graneros, both of 1890. So we come in the 20th century to the gardens by Prager, who always included native plants and also designed public parks. Finally, from 1930 on, sectors of Santiago began to be designed as garden-cities. With this photographic text, Max Donoso takes us with the magic of his camera into corners of ten parks scattered across Chile from Zapallar to Lota, including some that are traditional and well known, and touching two rural examples of long standing: Cunaco in Colchagua, and Huilquilemu in Talca. Elements of architecture, statues, large pots or craters, sometimes peacocks, all add to this verdant promenade a special spirit, which Andrea Díaz describes in her landscape notes aptly supplementing the pictures. We trust that this handsome book will not be seen only as a work of art but rather that it will encourage a rediscovery of Nature, viewed as a setting but especially as the display of a half-forgotten tradition that we must revive, together with the ideal archetype of that garden of Eden, which, consciously or unconsciously, lives on forever in our memory.

L

ocated close to Buin, near the foothills of the Andes, this romantic park has preserved its refined personality intact. The successive modifications it has undergone in the course of its history have always adhered to the tenets of the original conception. To seek the origins of Santa Rita necessarily implies delving into unordinary historic circumstances, the financial boom that Chile underwent in the 19th century, which allowed prosperous businessmen familiar with the European way of life to copy on Chilean soil what they had seen and enjoyed in their extensive travels. The 39 hectares that the park covers today were formerly part of the country estate known as Alto Jahuel, a major milestone on the old road from Puente Alto to the south. The land was used for farming since Colonial times and, being entailed, remained very close to its original extension, while new activities were gradually added as the need arose. In 1880, Domingo Fernández Concha, with visionary wisdom, planted on his land a vineyard known as Viña Santa Rita, taking advantage of the benefits of location and climate, and starting a fruitful winemaking tradition that endures to this day. Next to the vineyard, the park was laid out between 1882 and 1883 by Guillermo Renner, a prolific French landscape designer who reinterpreted the landscaping trends then current in Europe and adapted them to the features of Chilean territory. Renner displayed his talent in numerous parks of the central area of Chile; here, in particular, he brought together his natural skill and vast experience, broke away from prevailing French tradition and drew on Italian and English inf luences to create an eclectic, unique park, attractive for its discreet elegance in conjunction with jealous privacy. The expert hand of the designer also received the inf luence of Fernández Concha, a fervently religious man of vast culture and a retiring way of life, who left in the park a trace of introspection and refined abstraction perceptible to this day. The house and chapel, built in 1883, form a distinguished group of particular significance in their environment, noteworthy for their excellent condition. At Santa Rita, the classic lawn where the house is located is especially noteworthy, its scenic situation

recalling the privileged sites of Renaissance villas. The chapel beside it is a faithful ref lection of the religious mysticism that Fernández Concha, a major benefactor of the Roman Catholic Church in Chile in the late 19th century, sought to imprint on the grounds, which he viewed from the first as a spiritual refuge away from the noisy world. Today, the mountains and the vineyard-covered valley come together harmoniously at Santa Rita, giving rise to a serene and majestic enclave wisely kept up by the thoughtful restoration work undertaken by the present owner, who has successfully preserved the splendour that once singled it out as one of the most beautiful places in Chile. The unusual architectural distribution enables visitors to walk through the house before entering the park, enhancing the anticipation of monumental scenery sparked by the imposing entrance gate. A newly renovated courtyard greets visitors and gives them an inkling of the leitmotiv of the scene: excellent preservation of the house and its environs. A large pool shaded by plane trees cools the atmosphere with sober and tranquil effect. Suddenly, amid the fragrance of orange-f lowers surrounding the chapel, the splendid park comes into view in all its magnificence. Several paths invite immediate exploration; however, the hydrangeas, roses, and peonies that cluster around the house and the intense colouring of the jacaranda capture and hold the attention. Clear similarity with the French style of garden is apparent in the geometrically designed box hedge in front of the chapel, surrounding a bed of tiny roses and harmoniously setting off a sunken pool; the ensemble subtly underlines the importance attached to the place designed for prayer. Other f lowerbeds surrounded by box hedges lead off in other directions and help to enhance the formality of a style that clearly points to Renner, more inclined to the freedom of English Naturalism than to the rigidities of other particular styles. An extensive lake in front of the house serenely emphasizes this distinctive trend. Irises and calla lilies border the water with a frame of varied colours and textures. Reminiscences of English gardens arise as one walks along the winding avenues, where unexpected prospects appear at every step, and the numerous minor paths that take you to the heart of the grounds. The taste in decoration is distinctly Italian: amphorae, statues, and fountains in the Classic style are carefully scattered through the grounds, while a remarkable succession of shady and sunny areas so characteristic of the Italian style leaves an unmistakable, unforgettable impression in the visitor who sees them for the first time. Special feelings are aroused by the suggestive Pompeian bath sheltered by palm trees of various heights, which let in a faint light. The water running gently but uninterruptedly along the way provides moist shady nooks that invite repose under the great trees.

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From the garden of the gods to the park of men

SANTA RITA

by romolo trebbi del trevigiano

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den was the first garden and eden meant pleasure, delight. If to this word we add another, in Arabic, yanna, garden or hidden place, we have the essence of the garden as a place of pleasure, mysterious and sheltered. From here come the terms used since the Middle Ages: viridariam, verziere or vergel. This hortus was divided into four sections, with an emblematic tree in the middle surrounded by fruit-bearing plants. The archetype, which, it appears, originated in ancient Mesopotamia, gradually passed into Greece, into Rome, into the Arab world, into medieval Europe, finally to reach the creations of the Renaissance. In the Baroque a new conception arose: the open, unbound garden, with extensive lawns. The park was born. These vast spaces, which have enjoyed so much success from the 17th century to the present day, also had venerable antecedents, namely the drynementum or sacred forest of the Druids, priests of the oak tree, and the nemos and lucus, the sacred woods of Latium with their magic powers, like the one that bordered Lake Nemi, close to Rome, where Danaë or Diana of the forests often took shelter, or the nymph Egeria, custodian of springs. These were vast natural gardens, but they were gardens of the gods. Plato himself had spoken of charmed woods acknowledging that in this mutable world something remained immutable: the sacred nature of some tree-filled spaces. Then the garden of man was invented. Following the inward-looking course of medieval life, based on material, as well as conceptual, defence, enclosed spaces were preferred and gardens were restricted to the courtyards of palaces, monasteries, and abbeys. In the 13th century, Albert the Great describes the archetype of the hortus divided into four sections, like the Earth and the ideal outline of the Heavenly Jerusalem. In the first section we find laurels (Laurus nobilis), cypresses, and fruit trees, especially apples. The second section contains herbs and aromatic plants, including, among others, basil, sage, and along the borders such f lowers as roses, violets, irises, etc. The third section was given over to medicinal plants, and the fourth and last was a green lawn with a fountain, the ideal place for dialogue and repose. The rose reigned in the secret gardens, the hortus secreti, for it represented the transit from visible beauty, visibilis pulchritudo, to the gradual discovery of non-visible beauty, invisibilis pulchritudo, that is, the beauty that unveils only for the perceptive, constant initiate. The garden was thus conceived as a sum of parts, as a board composed of the medicinal garden, the garden of words, the garden of scents, the garden of delights, and the garden of love; its expressive beauty, both formally and symbolically, 196

reached its peak in Italy during the Renaissance. The two Medici queens took the concept with them to France, where it swiftly acquired another design and another idea, the borders opened, the symbolisms changed, proportions became vast and took the form of majestic parks, basically to honour the power of the King. Whereas in England the step is from the enclosed regular gardens of the Italian style to landscaped parks with rolling slopes and small groves. By the 19th century, European parks were invaded by the Romantic taste, displaying patches of trees or f lowers on extensive lawns, with the addition of faked ancient ruins. The latter is the model that reached America. In Chile, where the first gardens were orchards, the history of the park is simple: no secret or symbolic designs. Notwithstanding, in the late 19th century a park was planted at Calera de Tango, with thick wooded areas, where the design included regular gardens with hedges and f lowerbeds. Barbarously destroyed shortly before 1970, we are left with a partial memory in a watercolour painting dated in 1835, attributed to the English artist Charles Wood. At this time some of the courtyards of the old country houses, previously used for working, were being turned into enclosed gardens. However, the taste for large romantic parks did not take root until the third and fourth decades of the 19th century, beginning with the one that Mariano Egaña planned at Peñalolén. Foreign landscape gardeners came over in succession, including the outstanding Guillermo Renner, creator of such great and famous parks as Macul (1872), Bucalemu (1875), Santa Rita (1882-1885), Lo Aguila and Callejones, in Graneros, both of 1890. So we come in the 20th century to the gardens by Prager, who always included native plants and also designed public parks. Finally, from 1930 on, sectors of Santiago began to be designed as garden-cities. With this photographic text, Max Donoso takes us with the magic of his camera into corners of ten parks scattered across Chile from Zapallar to Lota, including some that are traditional and well known, and touching two rural examples of long standing: Cunaco in Colchagua, and Huilquilemu in Talca. Elements of architecture, statues, large pots or craters, sometimes peacocks, all add to this verdant promenade a special spirit, which Andrea Díaz describes in her landscape notes aptly supplementing the pictures. We trust that this handsome book will not be seen only as a work of art but rather that it will encourage a rediscovery of Nature, viewed as a setting but especially as the display of a half-forgotten tradition that we must revive, together with the ideal archetype of that garden of Eden, which, consciously or unconsciously, lives on forever in our memory.

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ocated close to Buin, near the foothills of the Andes, this romantic park has preserved its refined personality intact. The successive modifications it has undergone in the course of its history have always adhered to the tenets of the original conception. To seek the origins of Santa Rita necessarily implies delving into unordinary historic circumstances, the financial boom that Chile underwent in the 19th century, which allowed prosperous businessmen familiar with the European way of life to copy on Chilean soil what they had seen and enjoyed in their extensive travels. The 39 hectares that the park covers today were formerly part of the country estate known as Alto Jahuel, a major milestone on the old road from Puente Alto to the south. The land was used for farming since Colonial times and, being entailed, remained very close to its original extension, while new activities were gradually added as the need arose. In 1880, Domingo Fernández Concha, with visionary wisdom, planted on his land a vineyard known as Viña Santa Rita, taking advantage of the benefits of location and climate, and starting a fruitful winemaking tradition that endures to this day. Next to the vineyard, the park was laid out between 1882 and 1883 by Guillermo Renner, a prolific French landscape designer who reinterpreted the landscaping trends then current in Europe and adapted them to the features of Chilean territory. Renner displayed his talent in numerous parks of the central area of Chile; here, in particular, he brought together his natural skill and vast experience, broke away from prevailing French tradition and drew on Italian and English inf luences to create an eclectic, unique park, attractive for its discreet elegance in conjunction with jealous privacy. The expert hand of the designer also received the inf luence of Fernández Concha, a fervently religious man of vast culture and a retiring way of life, who left in the park a trace of introspection and refined abstraction perceptible to this day. The house and chapel, built in 1883, form a distinguished group of particular significance in their environment, noteworthy for their excellent condition. At Santa Rita, the classic lawn where the house is located is especially noteworthy, its scenic situation

recalling the privileged sites of Renaissance villas. The chapel beside it is a faithful ref lection of the religious mysticism that Fernández Concha, a major benefactor of the Roman Catholic Church in Chile in the late 19th century, sought to imprint on the grounds, which he viewed from the first as a spiritual refuge away from the noisy world. Today, the mountains and the vineyard-covered valley come together harmoniously at Santa Rita, giving rise to a serene and majestic enclave wisely kept up by the thoughtful restoration work undertaken by the present owner, who has successfully preserved the splendour that once singled it out as one of the most beautiful places in Chile. The unusual architectural distribution enables visitors to walk through the house before entering the park, enhancing the anticipation of monumental scenery sparked by the imposing entrance gate. A newly renovated courtyard greets visitors and gives them an inkling of the leitmotiv of the scene: excellent preservation of the house and its environs. A large pool shaded by plane trees cools the atmosphere with sober and tranquil effect. Suddenly, amid the fragrance of orange-f lowers surrounding the chapel, the splendid park comes into view in all its magnificence. Several paths invite immediate exploration; however, the hydrangeas, roses, and peonies that cluster around the house and the intense colouring of the jacaranda capture and hold the attention. Clear similarity with the French style of garden is apparent in the geometrically designed box hedge in front of the chapel, surrounding a bed of tiny roses and harmoniously setting off a sunken pool; the ensemble subtly underlines the importance attached to the place designed for prayer. Other f lowerbeds surrounded by box hedges lead off in other directions and help to enhance the formality of a style that clearly points to Renner, more inclined to the freedom of English Naturalism than to the rigidities of other particular styles. An extensive lake in front of the house serenely emphasizes this distinctive trend. Irises and calla lilies border the water with a frame of varied colours and textures. Reminiscences of English gardens arise as one walks along the winding avenues, where unexpected prospects appear at every step, and the numerous minor paths that take you to the heart of the grounds. The taste in decoration is distinctly Italian: amphorae, statues, and fountains in the Classic style are carefully scattered through the grounds, while a remarkable succession of shady and sunny areas so characteristic of the Italian style leaves an unmistakable, unforgettable impression in the visitor who sees them for the first time. Special feelings are aroused by the suggestive Pompeian bath sheltered by palm trees of various heights, which let in a faint light. The water running gently but uninterruptedly along the way provides moist shady nooks that invite repose under the great trees.

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The botanical wealth of Santa Rita deserves special mention. As a result of British immigration in the early 19th century, the taste for Eastern plants and f lowers spread quickly and led to speedy import of exotic species hitherto unknown in Chile. In this context it is easy to understand Renner’s bent for planting the park with varied and exotic f lora, including Brazilian monkeypuzzles, cedars of Lebanon, tulip trees, horse chestnuts, southern magnolias, ginkgos, Japanese pear trees, sequoias, cypresses, firs, umbra trees, beeches, Japan cedars, silk oaks, and black walnut trees, solemnly guarding a valuable natural heritage. Against this backdrop of foreign species, the Chilean palm trees ( Jubaea chilensis) chosen to frame the main building stand out as a well-deserved tribute to the native vegetation. In more than one hundred years of existence, the park has gathered about it a balanced proportion and harmonious life, an atmosphere of tranquil refinement that brings repose to the spirit while the splendid natural surroundings delight the senses. The mystic quality that its name implies finds an echo in the serenity of its paths and makes of Santa Rita a natural sanctuary of quiet and ref lection.

ossandón

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ituated in the heart of Zapallar, surrounded by steep hills that create a prodigious microclimate, the Ossandón gardens are striking for their clear design and spectacular location. Built on three successive levels with a total area of more than 6,000 sq. m., it is a delightful spot that dominates its surroundings with architectural pride. The history of this small Paradise, which has been owned by the same family since its inception, begins together with that of Zapallar, when the owner of one of the largest estates in the area, in the early years of the 20th century, decided to present to his closest friends pieces of land fronting the bay, on condition that the beneficiaries engaged to build the first summer residences within not more than two years. Carlos Ossandón Barros, creator of the gardens, began to build his house,

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full of enthusiasm for the similarity between the natural landscape and certain corners of the Mediterranean coastline. Today, distinguished mansions, colourful gardens, and a gentle, windless environment form the framework of this enchanted spot, whose charm lies mainly in the intelligent distribution of space, easily comprehensible dimensions, and a unique sense of privacy. With an inborn aesthetic sense and taste for f lowers, Carlos Ossandón emphasized clear shapes and simple relations relying on his own sensitivity, and so created a harmonious natural sanctuary that, despite being removed from the landscape gardening canons prevailing in the great Chilean private parks of the 19th century, conveys a clear sense of proportion and balance. It is difficult to pigeonhole this garden according to the rigid rules of any particular style: the natural utilization of the slope, the significance of the house in the design, the theatrical decoration and constant presence of water remind us of the dictates of the Italian Renaissance style; notwithstanding, the immensely exotic vegetation gives the gardens a pleasing ambiguity, where harmony emerges from the geometry of the design. Many of the species in the garden were brought from remote places at the request of Carlos Ossandón himself, who in addition personally trained expert gardeners to care for them. To his efforts to endow his gardens with hitherto unknown f lowers we owe the importation and successful acclimatization of Bougainvillea in the area. Faithful to the innovative spirit of his father, the present owner has performed subtle modifications that enhance the unique charm of the gardens. The house, impetuous and significant, rises forcefully on the first major level. Designed by architect González Cortés, the broad veranda around it has an Italianate air, marking a resolute opening of the architecture towards the garden, a basic principle of early Renaissance villas. The space around the house follows a careful geometry that culminates on the following level, where a scenic avenue enhances an inviting linear prospect. This avenue was originally a massive Colonial grape arbour made of wood; however, unsuccessful efforts at restoration gave way to the present monumental promenade while letting in more light and enhancing the palm-bordered walk. To walk along this path is to become intoxicated with the exuberance of giant Strelitzias, extravagant red-f lowered eucalyptus, and splendid coconut trees, cocos plumosa, in a vast display that leads the eye to the diaphanous sky of the central area of Chile. Ivy abounds on the ground and twining around statues and amphorae, with a suggestive texture. Surrounded by the bright yellow of broom, a baptismal font in the centre of an octagonal pool breaks the perspective and marks the intersection leading to the third level, where the magnificent green hills of Zapallar come into view. A statue

of Ruth in a small Greek shrine built by the present owner is a significant focal point; cypresses, the Chilean palm tree, Jubaea chilensis, and a single Araucaria excelsa complete the setting. Clear forms and simple relations dominate the plan of these gardens, which are interesting all year round thanks to the fertile generosity of a favourable climate. The balanced proportion of light and shadow at the various levels, the simple design and its important central axis along which the spaces are distributed, make this corner of the coast a veritable jewel, where gardens, house, and scenery combine to make up an indissoluble unit. In one hundred years of existence, the Ossandón gardens retain the old-world charm of places long lived-in, beloved for their tradition, impervious to the passing of time.

Lo fontecilla

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o Fontecilla is exceptional in that it is one of the few remains of the Colonial period in perfect condition still extant in Santiago. A sea of f lowers blooming from spring to fall makes this hidden corner of uptown Santiago into a veritable Eden. The 18th-century country house and 17th-century chapel share roots with our identity in a communion where appreciation for our history and a love of gardening happily converge. The origin of Lo Fontecilla goes as far back as 1541, when Santiago was founded, at which time grants of the best land irrigated and worked by the Indians were distributed to the closest collaborators of Pedro de Valdivia, the founder. To the native crops the Spanish conquistador added wheat and European fruit trees, which gave rise to more intensive production and originated a large-scale farming estate: the hacienda. The house and grounds were part of the extensive lands granted to the first alarife, or master builder, of Santiago and subsequently owned by Francisco de Borja Fontecilla, who gave his name to the place. The small size of the town at the time, thirty-five blocks around the main square, placed Lo Fontecilla outside the city limits and it remained a rural farming area until the end of the 19th century.

Early in the 20th century Santiago began to expand towards the mountains and the property –now in urban surroundings– was purchased by historian-farmer Carlos Peña Otaegui, who set about restoring and decorating Lo Fontecilla in the rigorous austerity of the Colonial period, consistent with its ancestral past, although the prevailing fashion tended to seek in Europe the references for daily life. With botanical zeal and an indisputable aesthetic sense, Carlos Peña gave the gardens the definitive appearance they have retained to this day. Since then, four generations of his descendants have lived in Lo Fontecilla, caring for his legacy and enhancing its charm. Following many substantial divisions of the original estate, the grounds today form a garden that surrounds the house and continues through it in a well-conceived series of inner courtyards. The current owner keeps up the property with reverent care; by manifold and timely action he has enriched the legacy of his grandfather with new species that together with the existing ones make Lo Fontecilla into the pleasant refuge that it is today. The main line of influence stems from the Spanish-Moorish garden, an Arab heritage that filtered into Europe in the late Middle Ages through Sicily and southern Spain, and provided a source of inspiration for many of the garden courtyards designed in Chile during the second half of the 19th century. The Arabs inherited from Persia and Syria their taste for the colour and perfume of f lowers, while keeping the regular courtyard of geometric design, a concept that dates back to the time of the Roman hortus. Having settled in the hot dry climate of Andalucía, they needed to make no radical changes to their inherited way of life and they applied in the conquered land their notion of the garden as an enclosure devoted to exquisite sensations. The constant wars waged to expel the invaders required placing most of the gardens in courtyards partly or totally surrounded by the dwelling, accessible only to the dwellers and so protected from the upheavals of the outside world. Similarly, at Lo Fontecilla a paved patio welcomes the visitor after crossing the entry gate. Large olive trees in pots symmetrically arranged among clay jars and the scent of lavender give an inkling of the pleasures to be enjoyed during the remainder of the visit. An entrance hall gives access to the inner courtyard of the house: a medium-sized space of geometric design traversed by short paths. The rectangular f lowerbeds hedged with box, the shrub that from ancient times forms the green skeleton of gardens, contain informal cascades of f lowers: anemones, irises, hydrangeas, valerian, fuchsias, azaleas, hostas, calla lilies, clivias, lupin, and poppies, among other species that evoke nostalgic memories, f lood the place with a riot of colour. Well into spring, the rose months give Lo Fontecilla a masterly design of different shades of colour, while the shrub peonies deserve special mention:

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The botanical wealth of Santa Rita deserves special mention. As a result of British immigration in the early 19th century, the taste for Eastern plants and f lowers spread quickly and led to speedy import of exotic species hitherto unknown in Chile. In this context it is easy to understand Renner’s bent for planting the park with varied and exotic f lora, including Brazilian monkeypuzzles, cedars of Lebanon, tulip trees, horse chestnuts, southern magnolias, ginkgos, Japanese pear trees, sequoias, cypresses, firs, umbra trees, beeches, Japan cedars, silk oaks, and black walnut trees, solemnly guarding a valuable natural heritage. Against this backdrop of foreign species, the Chilean palm trees ( Jubaea chilensis) chosen to frame the main building stand out as a well-deserved tribute to the native vegetation. In more than one hundred years of existence, the park has gathered about it a balanced proportion and harmonious life, an atmosphere of tranquil refinement that brings repose to the spirit while the splendid natural surroundings delight the senses. The mystic quality that its name implies finds an echo in the serenity of its paths and makes of Santa Rita a natural sanctuary of quiet and ref lection.

ossandón

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ituated in the heart of Zapallar, surrounded by steep hills that create a prodigious microclimate, the Ossandón gardens are striking for their clear design and spectacular location. Built on three successive levels with a total area of more than 6,000 sq. m., it is a delightful spot that dominates its surroundings with architectural pride. The history of this small Paradise, which has been owned by the same family since its inception, begins together with that of Zapallar, when the owner of one of the largest estates in the area, in the early years of the 20th century, decided to present to his closest friends pieces of land fronting the bay, on condition that the beneficiaries engaged to build the first summer residences within not more than two years. Carlos Ossandón Barros, creator of the gardens, began to build his house,

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full of enthusiasm for the similarity between the natural landscape and certain corners of the Mediterranean coastline. Today, distinguished mansions, colourful gardens, and a gentle, windless environment form the framework of this enchanted spot, whose charm lies mainly in the intelligent distribution of space, easily comprehensible dimensions, and a unique sense of privacy. With an inborn aesthetic sense and taste for f lowers, Carlos Ossandón emphasized clear shapes and simple relations relying on his own sensitivity, and so created a harmonious natural sanctuary that, despite being removed from the landscape gardening canons prevailing in the great Chilean private parks of the 19th century, conveys a clear sense of proportion and balance. It is difficult to pigeonhole this garden according to the rigid rules of any particular style: the natural utilization of the slope, the significance of the house in the design, the theatrical decoration and constant presence of water remind us of the dictates of the Italian Renaissance style; notwithstanding, the immensely exotic vegetation gives the gardens a pleasing ambiguity, where harmony emerges from the geometry of the design. Many of the species in the garden were brought from remote places at the request of Carlos Ossandón himself, who in addition personally trained expert gardeners to care for them. To his efforts to endow his gardens with hitherto unknown f lowers we owe the importation and successful acclimatization of Bougainvillea in the area. Faithful to the innovative spirit of his father, the present owner has performed subtle modifications that enhance the unique charm of the gardens. The house, impetuous and significant, rises forcefully on the first major level. Designed by architect González Cortés, the broad veranda around it has an Italianate air, marking a resolute opening of the architecture towards the garden, a basic principle of early Renaissance villas. The space around the house follows a careful geometry that culminates on the following level, where a scenic avenue enhances an inviting linear prospect. This avenue was originally a massive Colonial grape arbour made of wood; however, unsuccessful efforts at restoration gave way to the present monumental promenade while letting in more light and enhancing the palm-bordered walk. To walk along this path is to become intoxicated with the exuberance of giant Strelitzias, extravagant red-f lowered eucalyptus, and splendid coconut trees, cocos plumosa, in a vast display that leads the eye to the diaphanous sky of the central area of Chile. Ivy abounds on the ground and twining around statues and amphorae, with a suggestive texture. Surrounded by the bright yellow of broom, a baptismal font in the centre of an octagonal pool breaks the perspective and marks the intersection leading to the third level, where the magnificent green hills of Zapallar come into view. A statue

of Ruth in a small Greek shrine built by the present owner is a significant focal point; cypresses, the Chilean palm tree, Jubaea chilensis, and a single Araucaria excelsa complete the setting. Clear forms and simple relations dominate the plan of these gardens, which are interesting all year round thanks to the fertile generosity of a favourable climate. The balanced proportion of light and shadow at the various levels, the simple design and its important central axis along which the spaces are distributed, make this corner of the coast a veritable jewel, where gardens, house, and scenery combine to make up an indissoluble unit. In one hundred years of existence, the Ossandón gardens retain the old-world charm of places long lived-in, beloved for their tradition, impervious to the passing of time.

Lo fontecilla

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o Fontecilla is exceptional in that it is one of the few remains of the Colonial period in perfect condition still extant in Santiago. A sea of f lowers blooming from spring to fall makes this hidden corner of uptown Santiago into a veritable Eden. The 18th-century country house and 17th-century chapel share roots with our identity in a communion where appreciation for our history and a love of gardening happily converge. The origin of Lo Fontecilla goes as far back as 1541, when Santiago was founded, at which time grants of the best land irrigated and worked by the Indians were distributed to the closest collaborators of Pedro de Valdivia, the founder. To the native crops the Spanish conquistador added wheat and European fruit trees, which gave rise to more intensive production and originated a large-scale farming estate: the hacienda. The house and grounds were part of the extensive lands granted to the first alarife, or master builder, of Santiago and subsequently owned by Francisco de Borja Fontecilla, who gave his name to the place. The small size of the town at the time, thirty-five blocks around the main square, placed Lo Fontecilla outside the city limits and it remained a rural farming area until the end of the 19th century.

Early in the 20th century Santiago began to expand towards the mountains and the property –now in urban surroundings– was purchased by historian-farmer Carlos Peña Otaegui, who set about restoring and decorating Lo Fontecilla in the rigorous austerity of the Colonial period, consistent with its ancestral past, although the prevailing fashion tended to seek in Europe the references for daily life. With botanical zeal and an indisputable aesthetic sense, Carlos Peña gave the gardens the definitive appearance they have retained to this day. Since then, four generations of his descendants have lived in Lo Fontecilla, caring for his legacy and enhancing its charm. Following many substantial divisions of the original estate, the grounds today form a garden that surrounds the house and continues through it in a well-conceived series of inner courtyards. The current owner keeps up the property with reverent care; by manifold and timely action he has enriched the legacy of his grandfather with new species that together with the existing ones make Lo Fontecilla into the pleasant refuge that it is today. The main line of influence stems from the Spanish-Moorish garden, an Arab heritage that filtered into Europe in the late Middle Ages through Sicily and southern Spain, and provided a source of inspiration for many of the garden courtyards designed in Chile during the second half of the 19th century. The Arabs inherited from Persia and Syria their taste for the colour and perfume of f lowers, while keeping the regular courtyard of geometric design, a concept that dates back to the time of the Roman hortus. Having settled in the hot dry climate of Andalucía, they needed to make no radical changes to their inherited way of life and they applied in the conquered land their notion of the garden as an enclosure devoted to exquisite sensations. The constant wars waged to expel the invaders required placing most of the gardens in courtyards partly or totally surrounded by the dwelling, accessible only to the dwellers and so protected from the upheavals of the outside world. Similarly, at Lo Fontecilla a paved patio welcomes the visitor after crossing the entry gate. Large olive trees in pots symmetrically arranged among clay jars and the scent of lavender give an inkling of the pleasures to be enjoyed during the remainder of the visit. An entrance hall gives access to the inner courtyard of the house: a medium-sized space of geometric design traversed by short paths. The rectangular f lowerbeds hedged with box, the shrub that from ancient times forms the green skeleton of gardens, contain informal cascades of f lowers: anemones, irises, hydrangeas, valerian, fuchsias, azaleas, hostas, calla lilies, clivias, lupin, and poppies, among other species that evoke nostalgic memories, f lood the place with a riot of colour. Well into spring, the rose months give Lo Fontecilla a masterly design of different shades of colour, while the shrub peonies deserve special mention:

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in mid-September they thrive in a moment of ephemeral glory. Large clay jars provide handsome focal points to balance the spontaneous planting. The garden at Lo Fontecilla was designed to delight the senses with fragrances as well as colour. Four sturdy orange trees disposed symmetrically contribute to the classic configuration of a perfume garden, while the intoxicating sweetness of ilangilang brings nostalgic memories of old farmhouses, unforgivingly eradicated by modernity. Surrounded by delphiniums, peonies and aquilegia, an ancient f lowering plum tree growing at the centre of the court is a vital element of the design, emphasized by the presence of a stone mask, which adds a magic impression of atemporality. The addition of potted plants, which are moved from place to place following the seasons, give versatility to the whole. Discovery continues through a passage intended in earlier times for use by carriages, which leads to the veranda at the front of the house. Honeysuckle, jasmine and climbing roses twine around the pillars in orderly sequence and mingle their perfumes with those of f loripondio, lavender, rosemary, and jasmine, f looding the evening with fragrance. In this new, more extensive, sector a lawn displays to advantage several great trees, including a row of noble lindens marking the old access road to the house. The deliberate addition of apple trees, cherry trees, and pear trees in this area is an innovation proper to the functional orchards of the Colonial period, which originated in the Renaissance, when fruit trees were often planted in the f lower gardens not only for their merits as suppliers of food but as decorative items in their own right. A short distance from the veranda, among sweet pease and heliotrope, the diminutive camellia courtyard with its fountain recalls the cool atmosphere of Islamic gardens. As a magnificent backdrop, fragrant magnolia trees, Japan pear trees, and a venerable horse chestnut frame the clear outline of Cerro Manquehue. The seduction of this small Paradise lies in the charm that rises unexpectedly behind the adobe walls. It is the fragrance courtyard that is used, touched, and lived in every day, filling the interior of the house with sensual scents that invite one in peace and quiet to enjoy the proximity of the garden and making of spring a true miracle at Lo Fontecilla.

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Las majadas

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mong the hills of Cajón de Pirque, a short distance from Santiago, a truly French château looks out among centenarian oaks and plane trees. Its history ref lects the crucial inf luence that the mining boom had on the emergence of the great private parks of last century. This is Las Majadas, a park that owes its existence to Francisco Subercaseaux, a wealthy businessman in Chilean nitrate, who decided to build on his land a château in the style of Francis I and to commission the creation of a park. For a substantial part of the Colonial period the land where the park lies today was a semi-arid area until 1829, when the San Carlos Canal was built to irrigate Santiago with water from the River Maipo. This was the first of many irrigation canals, which transformed the physiognomy of Pirque and the entire central valley area. Towards the end of the 18th century a canal was opened at the hacienda known as El Principal de Pirque, which belonged to the García Huidobro family. The great agricultural boom, however, did not come until the late 19th century, when Subercaseaux applied mining technology to build an irrigation canal and numerous parks could be planted, including the one at Las Majadas. The original design belongs to the French landscape designer Guillermo Renner, who was responsible for the first plantations of exotic trees and the utilization of the existing native forest. The increasingly sophisticated way of life that came with the new century, however, originated a need to surround the house with a spirit more in harmony with the prevailing trends that led the landed aristocracy to give up the simple habits of traditional rural life in favour of more European standards. In an attempt to adapt more closely to the new times, in 1906 Julio Subercaseaux began to build the rich and refined residence of his father’s dreams and hired in Europe a French landscape gardener, Jules Gachelin, to renovate Renner’s work and surround the château at Las Majadas with suitable grounds. As a result of the crisis caused in the nitrate market by World War I, the property was acquired by Julio Nieto. The design is carefully subordinated to the dwelling: a faithful reproduction of a French château in shape and origin, lucidly

reinterpreting the work of the brilliant architect Alberto Cruz Montt. Visible from practically every corner of the grounds, the house is a powerful and unavoidable focal point that conditions with authority the distribution of the vegetation and walks, the reverse of what happens in most 19th-century private parks, where the house is generally emphasized with restraint in the overall design. The absence of massive shrubbery and the intense green of the lawn give the garden a remarkably neat appearance. The combination of lawn and gardens is relatively new and basically stems from the English park tradition; since their inception, the great parks of the 18th century with their rolling green acres have been a constant source of inspiration. The trees that Renner included in his design came to Chile through the Straits of Magellan in ships from Asia, Europe, and Oceania. The long and difficult voyages required to provide exotic f lora for the incipient parks are proof of the intense interest that such species had begun to arouse in Chilean society at the end of the 19th century. By the time of Gachelin, Chile had acquired a more perceptive botanical culture and the trees of that period mostly came from the Quinta Normal acclimatization garden in Santiago, opened in 1846 to reproduce foreign forest and ornamental species. There are palm trees, cedars of Lebanon and African cedars, magnolia trees, plane trees, Brazilian monkey puzzles, liquidambars, beeches, cypresses, and thread plants, and many other exotic species. The inf luence of the French style is evident in the area in front of the château, where there is a large circular fountain surrounded by statues, and especially in the beds of roses, which originate a spectacular effect in the spring-time. Far from obscuring the looser and more informal style of the rest of the park, the rose beds provide an architectural framework for the house and give it its place in the landscape. The grounds further contain a hill densely wooded with native species; in addition to a pleasant walk, it offers the best overall prospect of the Gachelin design. When summer is over, a magic transmutation turns Las Majadas into an autumn shrine of indescribable beauty. The growth of the preceding months slows down and a gentler, more subdued light cradles the park for its yearly rest, combining quiet beauty and intense colouring. Melancholy invades the russet and golden leaves of the great trees. Oak, plane tree, and horse chestnut give up their greenery and a bewitching seasonal spell overcomes the park, which becomes a silent kingdom of blazing colour. At no other time of the year is the light such a major element in the overall effect. Perhaps owing to the remarkable treatment of the façade or because just to look at it is to feel transported to other latitudes, the château is unforgettably bound to the park in the memory of those who have seen it, confirming in Las Majadas de Pirque an unwavering alliance between landscape and architecture.

lota

A

few kilometres south of Concepción, next to Caleta Chambeque and facing the Gulf of Arauco, an emblematic park shows up intriguingly from a distance with its exuberant vegetation: it is Parque Lota. With its location on a fertile peninsula that stretches far into the sea, its careful design and generous ornamentation, it is a fit sample of the refinement and opulence common to private parks in the 19th century. Lota is so named for the town where it stands, which in Mapuche means “small hamlet.” The origin of Parque Lota is rooted in the history of coal mining, started in 1862 by Matías Cousiño. His descendant Luis Cousiño Squella subscribed enthusiastically to the incipient vogue for materializing prosperous fortunes in lordly mansions and splendid gardens. Cousiño and Macul, the parks created by the family, owe their magnificence to the talented French landscape gardener Renner. For his first commission, however, Luis Cousiño retained an Englishman, Bartlet, who laid out and planted the park between 1863 and 1872, taking full advantage of the natural features of the terrain. Familiar with the landscape gardening of the mid-19th century, Bartlet attached equal importance to the older formal French garden and the more recent natural English garden. This advanced trend is forcefully evident in the eclectic mix of the park, which affords it today – more than one hundred years from its foundation– its unmistakable stamp of distinction. At the death of Luis Cousiño, his widow, Isidora Goyenechea, took the liberty of modifying part of the grounds, to which end she retained an Irishman, Guillermo O’Reilly, a designer less formally inspired than his predecessor, who heeding the command to respect and utilize the native f lora wisely enriched the whole. This advantageous collaboration resulted in a spectacular park, of handsome design and harmonious distribution, well deserving the praise that writers and poets have showered upon it in the course of its protracted existence. The new owner, a woman of great refinement and fondness for the garden, spared no efforts to enhance the beauty and diversity of the park. Under her care, the gardens became populated with exotic f lowers, attractive nooks, and allegorical statues representing Music, Poetry, Sculpture, 201


in mid-September they thrive in a moment of ephemeral glory. Large clay jars provide handsome focal points to balance the spontaneous planting. The garden at Lo Fontecilla was designed to delight the senses with fragrances as well as colour. Four sturdy orange trees disposed symmetrically contribute to the classic configuration of a perfume garden, while the intoxicating sweetness of ilangilang brings nostalgic memories of old farmhouses, unforgivingly eradicated by modernity. Surrounded by delphiniums, peonies and aquilegia, an ancient f lowering plum tree growing at the centre of the court is a vital element of the design, emphasized by the presence of a stone mask, which adds a magic impression of atemporality. The addition of potted plants, which are moved from place to place following the seasons, give versatility to the whole. Discovery continues through a passage intended in earlier times for use by carriages, which leads to the veranda at the front of the house. Honeysuckle, jasmine and climbing roses twine around the pillars in orderly sequence and mingle their perfumes with those of f loripondio, lavender, rosemary, and jasmine, f looding the evening with fragrance. In this new, more extensive, sector a lawn displays to advantage several great trees, including a row of noble lindens marking the old access road to the house. The deliberate addition of apple trees, cherry trees, and pear trees in this area is an innovation proper to the functional orchards of the Colonial period, which originated in the Renaissance, when fruit trees were often planted in the f lower gardens not only for their merits as suppliers of food but as decorative items in their own right. A short distance from the veranda, among sweet pease and heliotrope, the diminutive camellia courtyard with its fountain recalls the cool atmosphere of Islamic gardens. As a magnificent backdrop, fragrant magnolia trees, Japan pear trees, and a venerable horse chestnut frame the clear outline of Cerro Manquehue. The seduction of this small Paradise lies in the charm that rises unexpectedly behind the adobe walls. It is the fragrance courtyard that is used, touched, and lived in every day, filling the interior of the house with sensual scents that invite one in peace and quiet to enjoy the proximity of the garden and making of spring a true miracle at Lo Fontecilla.

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Las majadas

A

mong the hills of Cajón de Pirque, a short distance from Santiago, a truly French château looks out among centenarian oaks and plane trees. Its history ref lects the crucial inf luence that the mining boom had on the emergence of the great private parks of last century. This is Las Majadas, a park that owes its existence to Francisco Subercaseaux, a wealthy businessman in Chilean nitrate, who decided to build on his land a château in the style of Francis I and to commission the creation of a park. For a substantial part of the Colonial period the land where the park lies today was a semi-arid area until 1829, when the San Carlos Canal was built to irrigate Santiago with water from the River Maipo. This was the first of many irrigation canals, which transformed the physiognomy of Pirque and the entire central valley area. Towards the end of the 18th century a canal was opened at the hacienda known as El Principal de Pirque, which belonged to the García Huidobro family. The great agricultural boom, however, did not come until the late 19th century, when Subercaseaux applied mining technology to build an irrigation canal and numerous parks could be planted, including the one at Las Majadas. The original design belongs to the French landscape designer Guillermo Renner, who was responsible for the first plantations of exotic trees and the utilization of the existing native forest. The increasingly sophisticated way of life that came with the new century, however, originated a need to surround the house with a spirit more in harmony with the prevailing trends that led the landed aristocracy to give up the simple habits of traditional rural life in favour of more European standards. In an attempt to adapt more closely to the new times, in 1906 Julio Subercaseaux began to build the rich and refined residence of his father’s dreams and hired in Europe a French landscape gardener, Jules Gachelin, to renovate Renner’s work and surround the château at Las Majadas with suitable grounds. As a result of the crisis caused in the nitrate market by World War I, the property was acquired by Julio Nieto. The design is carefully subordinated to the dwelling: a faithful reproduction of a French château in shape and origin, lucidly

reinterpreting the work of the brilliant architect Alberto Cruz Montt. Visible from practically every corner of the grounds, the house is a powerful and unavoidable focal point that conditions with authority the distribution of the vegetation and walks, the reverse of what happens in most 19th-century private parks, where the house is generally emphasized with restraint in the overall design. The absence of massive shrubbery and the intense green of the lawn give the garden a remarkably neat appearance. The combination of lawn and gardens is relatively new and basically stems from the English park tradition; since their inception, the great parks of the 18th century with their rolling green acres have been a constant source of inspiration. The trees that Renner included in his design came to Chile through the Straits of Magellan in ships from Asia, Europe, and Oceania. The long and difficult voyages required to provide exotic f lora for the incipient parks are proof of the intense interest that such species had begun to arouse in Chilean society at the end of the 19th century. By the time of Gachelin, Chile had acquired a more perceptive botanical culture and the trees of that period mostly came from the Quinta Normal acclimatization garden in Santiago, opened in 1846 to reproduce foreign forest and ornamental species. There are palm trees, cedars of Lebanon and African cedars, magnolia trees, plane trees, Brazilian monkey puzzles, liquidambars, beeches, cypresses, and thread plants, and many other exotic species. The inf luence of the French style is evident in the area in front of the château, where there is a large circular fountain surrounded by statues, and especially in the beds of roses, which originate a spectacular effect in the spring-time. Far from obscuring the looser and more informal style of the rest of the park, the rose beds provide an architectural framework for the house and give it its place in the landscape. The grounds further contain a hill densely wooded with native species; in addition to a pleasant walk, it offers the best overall prospect of the Gachelin design. When summer is over, a magic transmutation turns Las Majadas into an autumn shrine of indescribable beauty. The growth of the preceding months slows down and a gentler, more subdued light cradles the park for its yearly rest, combining quiet beauty and intense colouring. Melancholy invades the russet and golden leaves of the great trees. Oak, plane tree, and horse chestnut give up their greenery and a bewitching seasonal spell overcomes the park, which becomes a silent kingdom of blazing colour. At no other time of the year is the light such a major element in the overall effect. Perhaps owing to the remarkable treatment of the façade or because just to look at it is to feel transported to other latitudes, the château is unforgettably bound to the park in the memory of those who have seen it, confirming in Las Majadas de Pirque an unwavering alliance between landscape and architecture.

lota

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few kilometres south of Concepción, next to Caleta Chambeque and facing the Gulf of Arauco, an emblematic park shows up intriguingly from a distance with its exuberant vegetation: it is Parque Lota. With its location on a fertile peninsula that stretches far into the sea, its careful design and generous ornamentation, it is a fit sample of the refinement and opulence common to private parks in the 19th century. Lota is so named for the town where it stands, which in Mapuche means “small hamlet.” The origin of Parque Lota is rooted in the history of coal mining, started in 1862 by Matías Cousiño. His descendant Luis Cousiño Squella subscribed enthusiastically to the incipient vogue for materializing prosperous fortunes in lordly mansions and splendid gardens. Cousiño and Macul, the parks created by the family, owe their magnificence to the talented French landscape gardener Renner. For his first commission, however, Luis Cousiño retained an Englishman, Bartlet, who laid out and planted the park between 1863 and 1872, taking full advantage of the natural features of the terrain. Familiar with the landscape gardening of the mid-19th century, Bartlet attached equal importance to the older formal French garden and the more recent natural English garden. This advanced trend is forcefully evident in the eclectic mix of the park, which affords it today – more than one hundred years from its foundation– its unmistakable stamp of distinction. At the death of Luis Cousiño, his widow, Isidora Goyenechea, took the liberty of modifying part of the grounds, to which end she retained an Irishman, Guillermo O’Reilly, a designer less formally inspired than his predecessor, who heeding the command to respect and utilize the native f lora wisely enriched the whole. This advantageous collaboration resulted in a spectacular park, of handsome design and harmonious distribution, well deserving the praise that writers and poets have showered upon it in the course of its protracted existence. The new owner, a woman of great refinement and fondness for the garden, spared no efforts to enhance the beauty and diversity of the park. Under her care, the gardens became populated with exotic f lowers, attractive nooks, and allegorical statues representing Music, Poetry, Sculpture, 201


and Architecture in the Classic style, adding notable charm and seduction to the ensemble. In her honour, Parque Lota is also known as Parque Isidora Cousiño. Carlos Cousiño inherited the property in 1898 and, faithful to his mother’s legacy, kept it up with remarkable dedication for thirty years. The park was acquired in 1929 by Compañía Carbonífera de Lota and its fate was sealed: it was opened to the public as tangible testimony to the wealth of a bygone era. Its style is characterized by a succession of dissimilar spaces, each with a strong individuality, that come upon the visitor unawares: pools, jars, statues, an aviary, a Chinese pavilion, an Arab pavilion, a greenhouse, and other features stubbornly vie with one another to catch the eye. Inspired by the mannerist gardens, a style that seeks to surprise the viewer in a variety of ways, suggestive corners and dreamlike impressions overtake one at every step. Far from the rigidity of linear prospects, Lota imposes the exploration of paths winding down to fountains and grottoes or leading to scenic lookout points. The botanical care of the landscape gardeners is apparent in the consistency between the selection and distribution of the various species, and in the frequently contrasting foliage, in both colour and texture, resulting from a careful and detailed design. Shortly after entering the park, a rectangular pool requires a first stop where paulownias, magnolia trees, monkey puzzles, and crape myrtles are distributed geometrically and create a major focal point. Farther along, its melancholic greenery guarded by four sculptures by Durenne Sommevoire representing the four seasons, the tropical greenhouse still holds emotional appeal with its collection of begonias, ferns and orchids. A short distance away, a meteorological observatory underscores the naturalistic character that suffuses the area. The deliberate inclusion of such items in the design reveals the inf luence of trends prevailing in English gardens of the 18th century, channelled through Bartlet and O’Reilly, where a growing interest in botany and the natural sciences was added to the aesthetic appropriation of nature associated with the landscape garden. Subtle English inf luences are perceptible also in the area known as Valle de las Camelias, or camellia valley, where an avenue bordered by robust camellia trees foretells a growing appreciation of exotic species. As from 1760, when the magnates of trade began to return to England from India, China, and other colonies, a taste for the vegetation of the Far East took hold and spread. With the coming of Englishmen to operate the coal mines, such trends began to arrive in Chile in 1825, leading to the dissemination of species so far unknown in this country and importation of trees, shrubs, and f lowers from remote places boomed as a result. At the request of the Cousiño family, and as a sample of the desired f lora from the East, ginkgos, privets, hemp palms, maples,

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rhododendrons, rubber plants, and camellias arrived in Chile. The incomparable botanical wealth is further enhanced by ash trees, chestnuts, white cedars, f lowering plum trees, and beeches from various parts of Europe, together with ceibas, monkey-puzzle trees, and f loripondios from South America. Amid the green splendour of the trees, the path leads to a majestic old oak of spectacular foliage as fall draws near; it is f lanked by two dogs of impressive stature faithfully guarding an important crossroads. The sound of the wind creates a disquieting atmosphere emphasized by the numerous statues depicting classical mythology scattered about with theatrical effect and rising like spectres among the thick vegetation. The statues of divinities together with the pools and the grotto are dramatically disposed about the slopes, inducing the visitor to seek and find other mysterious corners. One of the most pleasing surprises comes at the end of the walk: the exquisite Chinese pavilion. Situated in the silent shelter of majestic date palms, this nostalgic spot is underscored by the close presence of the sea. The creation of Parque Lota grew out of the desire of Luis Cousiño to transform the sullen peninsula into a display of insolent foliage, as undeniable proof of the drive and vigour of the mining town of Lota. Similarly, the park symbolizes the homage paid to Nature by a woman who succeeded in imbuing her children and grandchildren with a deeply rooted love for her legacy. Its survival in time will depend on recognition of its tradition and value as testimony to past glories.

cousiño macul

S

heltered by the Andes, among great trees and lawns, the park at Cousiño Macul proudly displays its grandeur. Considered one of the most outstanding private parks of its time in South America, it is the undisputed masterpiece of Luis Cousiño. Its extraordinary botanical wealth, the authenticity of its design, and its excellent condition make it a worthy example of the magnificence of the Cousiño family, munificent creators of sumptuous gardens.

Situated east of Santiago on land that during the Colonial period was part of the extensive property of the Gandarillas family, the park was laid out in 1872 by a French landscape gardener, Guillermo Renner, who displayed his prodigious talent on this occasion in a masterly way. While watching closely as his assignment was carried out, Luis Cousiño was busy materializing his plan – also with Renner’s professional support – to provide Santiago with an equally handsome park. This two-fold activity ref lects the feverish enthusiasm that Luis Cousiño put into his garden creations with an evident affinity for the subject. Perhaps because the extension of the grounds required large-scale solutions or perhaps simply because his talent had reached a height that left no room for extravagance or ambiguity, Renner chose to give the park at Cousiño Macul a wholly English design. Inspired by the notion that a garden faithfully imitates Nature, his inf luence can be seen in the rolling expanses of grass, the winding paths, the addition of a small promontory, the significant clumps of trees, and fundamentally the presence of water in the only form admitted by the English style: a vast still lake of irregular shape. A small island presided over by the figures of the god of wine and the goddess of fortune is Renner’s concession to the prevailing taste for ornament, banished at the time from the landscape of the great parks of England owing to the incipient inf luence of Naturalism. Numerous garden seats strategically placed support the rationale of the park as a place for contemplation of a masterpiece of natural art, while the presence of a grotto is an unusual innovation in the romantic style that, by adding melancholic areas to the gardens, had begun a veritable cult of the emotions in late 18th-century England. The bridge leading to the island shows in its wayward outline an interesting esthetic inf luence that reached its peak in certain English parks of the early 19th century. The rise of the “picturesque”, defined as rules of composition distant from the beautiful and the sublime, where such stimuli as irregularity and roughness are valid for disturbing spectators and reminding them of the savage and desolate nature of places removed from central England. Faithful to the principle that Nature detests a straight line, the designer laid down wandering paths that approach the house at a tangent. The house itself is the focal point of the design and was planned by the owner as carefully as the park; it was later demolished, true to the sad fate that seems to overtake most of the lordly Cousiño residences. The park grew unchanged into the new century under the care of Luis Cousiño, his wife, Isidora Goyenechea de Cousiño, and their descendants. Its evolution, however, was not over. In 1928, with the expert eye of a man possessed of an

ancestral passion for gardening, Arturo Cousiño Lyon found it advisable to renovate the legacy of his grandfather. To this end, he hired an English landscape designer, Brydon, of Kent and Brydon, who took over the task of remodelling the grounds. Professionally well-versed in the English style, Brydon focused on the adventurous task of isolating trees and removing accessory vegetation to emphasize the grassy lawns. Using important elements of greenery he wisely created crucial prospects and purified the style of the park. To date, Cousiño Macul preserves most of the character that Brydon gave it. Impressive clumps of trees make a frame for the nearby mountains while allowing the structure of individual trees to stand out with the subtle beauty of form and colour. The paths wander among noble chestnuts, oaks, weeping willows, elms, evergreen oaks, linden trees, deodars, and cedars of Lebanon, magnolia trees, yews, thujas, cryptomerias, and firs, among many other species. Stripped of other vegetation, the beauty of shape and colour of each species is subtly revealed. In a highly suggestive range of colours, many shades of green – opaque, glossy, dull, greyish– peep cautiously out among the vegetation. Reinterpretation of the English style on Chilean soil reaches its peak at Cousiño Macul. The general impression that the park still provokes is one of imposing and incomparable majesty. The trees, which rise in the landscape like solitary lords, catch and hold the eye of the beholder, and the wealth of impressions aroused by the serene lawns definitely confirm the well-deserved fame of the park.

huilquilemu

A

short distance from Talca, along the road to San Clemente, slender palm trees rising here and there out of an imposing roof of vegetation, suggest that behind the thick mud walls, crowned with red tiles and framed in sturdy wooden posts, there is a park that deserves to be visited. As with many of its peers, its history is interwoven with the history of mining; its creator was a prosperous businessman, Bruno González,

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and Architecture in the Classic style, adding notable charm and seduction to the ensemble. In her honour, Parque Lota is also known as Parque Isidora Cousiño. Carlos Cousiño inherited the property in 1898 and, faithful to his mother’s legacy, kept it up with remarkable dedication for thirty years. The park was acquired in 1929 by Compañía Carbonífera de Lota and its fate was sealed: it was opened to the public as tangible testimony to the wealth of a bygone era. Its style is characterized by a succession of dissimilar spaces, each with a strong individuality, that come upon the visitor unawares: pools, jars, statues, an aviary, a Chinese pavilion, an Arab pavilion, a greenhouse, and other features stubbornly vie with one another to catch the eye. Inspired by the mannerist gardens, a style that seeks to surprise the viewer in a variety of ways, suggestive corners and dreamlike impressions overtake one at every step. Far from the rigidity of linear prospects, Lota imposes the exploration of paths winding down to fountains and grottoes or leading to scenic lookout points. The botanical care of the landscape gardeners is apparent in the consistency between the selection and distribution of the various species, and in the frequently contrasting foliage, in both colour and texture, resulting from a careful and detailed design. Shortly after entering the park, a rectangular pool requires a first stop where paulownias, magnolia trees, monkey puzzles, and crape myrtles are distributed geometrically and create a major focal point. Farther along, its melancholic greenery guarded by four sculptures by Durenne Sommevoire representing the four seasons, the tropical greenhouse still holds emotional appeal with its collection of begonias, ferns and orchids. A short distance away, a meteorological observatory underscores the naturalistic character that suffuses the area. The deliberate inclusion of such items in the design reveals the inf luence of trends prevailing in English gardens of the 18th century, channelled through Bartlet and O’Reilly, where a growing interest in botany and the natural sciences was added to the aesthetic appropriation of nature associated with the landscape garden. Subtle English inf luences are perceptible also in the area known as Valle de las Camelias, or camellia valley, where an avenue bordered by robust camellia trees foretells a growing appreciation of exotic species. As from 1760, when the magnates of trade began to return to England from India, China, and other colonies, a taste for the vegetation of the Far East took hold and spread. With the coming of Englishmen to operate the coal mines, such trends began to arrive in Chile in 1825, leading to the dissemination of species so far unknown in this country and importation of trees, shrubs, and f lowers from remote places boomed as a result. At the request of the Cousiño family, and as a sample of the desired f lora from the East, ginkgos, privets, hemp palms, maples,

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rhododendrons, rubber plants, and camellias arrived in Chile. The incomparable botanical wealth is further enhanced by ash trees, chestnuts, white cedars, f lowering plum trees, and beeches from various parts of Europe, together with ceibas, monkey-puzzle trees, and f loripondios from South America. Amid the green splendour of the trees, the path leads to a majestic old oak of spectacular foliage as fall draws near; it is f lanked by two dogs of impressive stature faithfully guarding an important crossroads. The sound of the wind creates a disquieting atmosphere emphasized by the numerous statues depicting classical mythology scattered about with theatrical effect and rising like spectres among the thick vegetation. The statues of divinities together with the pools and the grotto are dramatically disposed about the slopes, inducing the visitor to seek and find other mysterious corners. One of the most pleasing surprises comes at the end of the walk: the exquisite Chinese pavilion. Situated in the silent shelter of majestic date palms, this nostalgic spot is underscored by the close presence of the sea. The creation of Parque Lota grew out of the desire of Luis Cousiño to transform the sullen peninsula into a display of insolent foliage, as undeniable proof of the drive and vigour of the mining town of Lota. Similarly, the park symbolizes the homage paid to Nature by a woman who succeeded in imbuing her children and grandchildren with a deeply rooted love for her legacy. Its survival in time will depend on recognition of its tradition and value as testimony to past glories.

cousiño macul

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heltered by the Andes, among great trees and lawns, the park at Cousiño Macul proudly displays its grandeur. Considered one of the most outstanding private parks of its time in South America, it is the undisputed masterpiece of Luis Cousiño. Its extraordinary botanical wealth, the authenticity of its design, and its excellent condition make it a worthy example of the magnificence of the Cousiño family, munificent creators of sumptuous gardens.

Situated east of Santiago on land that during the Colonial period was part of the extensive property of the Gandarillas family, the park was laid out in 1872 by a French landscape gardener, Guillermo Renner, who displayed his prodigious talent on this occasion in a masterly way. While watching closely as his assignment was carried out, Luis Cousiño was busy materializing his plan – also with Renner’s professional support – to provide Santiago with an equally handsome park. This two-fold activity ref lects the feverish enthusiasm that Luis Cousiño put into his garden creations with an evident affinity for the subject. Perhaps because the extension of the grounds required large-scale solutions or perhaps simply because his talent had reached a height that left no room for extravagance or ambiguity, Renner chose to give the park at Cousiño Macul a wholly English design. Inspired by the notion that a garden faithfully imitates Nature, his inf luence can be seen in the rolling expanses of grass, the winding paths, the addition of a small promontory, the significant clumps of trees, and fundamentally the presence of water in the only form admitted by the English style: a vast still lake of irregular shape. A small island presided over by the figures of the god of wine and the goddess of fortune is Renner’s concession to the prevailing taste for ornament, banished at the time from the landscape of the great parks of England owing to the incipient inf luence of Naturalism. Numerous garden seats strategically placed support the rationale of the park as a place for contemplation of a masterpiece of natural art, while the presence of a grotto is an unusual innovation in the romantic style that, by adding melancholic areas to the gardens, had begun a veritable cult of the emotions in late 18th-century England. The bridge leading to the island shows in its wayward outline an interesting esthetic inf luence that reached its peak in certain English parks of the early 19th century. The rise of the “picturesque”, defined as rules of composition distant from the beautiful and the sublime, where such stimuli as irregularity and roughness are valid for disturbing spectators and reminding them of the savage and desolate nature of places removed from central England. Faithful to the principle that Nature detests a straight line, the designer laid down wandering paths that approach the house at a tangent. The house itself is the focal point of the design and was planned by the owner as carefully as the park; it was later demolished, true to the sad fate that seems to overtake most of the lordly Cousiño residences. The park grew unchanged into the new century under the care of Luis Cousiño, his wife, Isidora Goyenechea de Cousiño, and their descendants. Its evolution, however, was not over. In 1928, with the expert eye of a man possessed of an

ancestral passion for gardening, Arturo Cousiño Lyon found it advisable to renovate the legacy of his grandfather. To this end, he hired an English landscape designer, Brydon, of Kent and Brydon, who took over the task of remodelling the grounds. Professionally well-versed in the English style, Brydon focused on the adventurous task of isolating trees and removing accessory vegetation to emphasize the grassy lawns. Using important elements of greenery he wisely created crucial prospects and purified the style of the park. To date, Cousiño Macul preserves most of the character that Brydon gave it. Impressive clumps of trees make a frame for the nearby mountains while allowing the structure of individual trees to stand out with the subtle beauty of form and colour. The paths wander among noble chestnuts, oaks, weeping willows, elms, evergreen oaks, linden trees, deodars, and cedars of Lebanon, magnolia trees, yews, thujas, cryptomerias, and firs, among many other species. Stripped of other vegetation, the beauty of shape and colour of each species is subtly revealed. In a highly suggestive range of colours, many shades of green – opaque, glossy, dull, greyish– peep cautiously out among the vegetation. Reinterpretation of the English style on Chilean soil reaches its peak at Cousiño Macul. The general impression that the park still provokes is one of imposing and incomparable majesty. The trees, which rise in the landscape like solitary lords, catch and hold the eye of the beholder, and the wealth of impressions aroused by the serene lawns definitely confirm the well-deserved fame of the park.

huilquilemu

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short distance from Talca, along the road to San Clemente, slender palm trees rising here and there out of an imposing roof of vegetation, suggest that behind the thick mud walls, crowned with red tiles and framed in sturdy wooden posts, there is a park that deserves to be visited. As with many of its peers, its history is interwoven with the history of mining; its creator was a prosperous businessman, Bruno González,

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who, suddenly enriched by successful mining ventures in the north of Chile, decided to embody his financial splendour in a house worthy of his fortune. To this end he purchased land in 1850 and built a house and grounds that today, more than one hundred and fifty years later, are open to the public, clearly showing their historic significance. Carefully kept up by Universidad Católica del Maule under a strict extension program, Huilquilemu gives a close glimpse of our identity to anyone who wanders there. By owning a tangible link to the soil Bruno González legitimated his rising social position; he became one of the landed gentry, to some extent on a par with the wealthy landowners who had held the power of the land unwaveringly in their hands since Colonial times as proof of their ancient lineage. By linking the traditional Chilean country house with the newborn foreign trends in garden design, Huilquilemu symbolizes a time of singular significance in the evolution of landscape gardening in this country, in a unique symbiosis foretelling the growing adoption of European styles, which were to leave their imprint very forcefully, in both landscape design and architecture, during the following decades. Built of adobe and lingue wood, the imposing front of the house is more than one hundred meters long, an indication of the standing of the owner. Inside, the generous f loorplan of the classical Chilean country house with its spacious rooms is unerringly organized around courtyards designed for farm work in addition to social occasions. The present access to the premises differs greatly from the entrance planned by Bruno González, which emphasized the role of the park as a splendid anteroom to the vast residence. Today visitors enter the house after crossing the Spanish Courtyard. Sturdy orange trees irrigated by running water, a central fountain and water jet, together with the rich texture of the pebble pavement, add immense conceptual force to the simple design, while large sober clay vessels along the verandas emphasize the traditional style of the place. Although the conquering Romans had taken the orange tree from Asia to certain corners of Europe, its fragrance and fruit were not enjoyed until the Moors came to Spain. The garden enclosed in private spaces within the dwelling is the aesthetic legacy of the Spanish settlers, which is still fairly widespread across the American continent and which originated in the Moorish garden, where the perfume of orange f lowers predominated. The next courtyard is of striking simplicity, with a single araucaria excelsa as practically the sole element of composition. From this place, originally intended for the family to gather, there is access to the park created by Bruno González himself, faithfully adhering to the prevailing aesthetic notions. It is safe to assume that the grounds at one time showed consistent and total design;

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at present, however, the visitor is faced with untrammelled, not unattractive, greenery. Labyrinthine box-bordered paths attempt to contain the copious, ancient vegetation and picture a very forceful space that gives an inkling of past grandeur. Close to the house, a dense tangle of magnolias, camellia trees, crape myrtles, dracenas, thread plants, fan palms, and date palms contribute indolent exuberance, while farther off an anarchical mixture featuring eucalyptus, Brazilian monkey-puzzles, maples, sequoias, cypresses, firs, casuarinas, Monterrey pine, and other conifers grow freely though less profusely. In the fertile moisture of the park wild bulbs, violets, and calla lilies rise unexpectedly and give fresh charm to the otherwise sombre vegetation, laying down a delicate winter tapestry. Huilquilemu, which in Mapuche means “place of thrushes”, generously shelters tradition and nature behind its adobe walls. The grounds are shrouded in mystery, lulled by the song of a myriad birds, while house and courtyards, bearers of a legendary past, greet the visitor in full and splendid maturity.

la punta

A

t La Punta, the spirit of Nature is visible in the moist and shady pathways of the park. Spontaneously and vitally, water springs from the depths of the earth, combining with the untamed vegetation in a realm of magic greenery. Located north of Rancagua, its name is taken from the neighbouring town of La Punta, which in turn was so named in honour of one of the first farms owned by the Society of Jesus in Chile, in the early 17th century. By the end of the 18th century, the Jesuits had become large landowners and possessed some of the most extensive estates in Chile. In 1750, the religious order owned, among others, the vast Hacienda Graneros, with 14,000 hectares of arable land and 120,000 hectares of hilly country. In time, such haciendas formed larger communities and gradually originated the great country houses, of which La Punta is a handsome example.

The park was laid out at the end of the 19th century, when the owners at the time, Amelia Lynch and Roberto Lyon, retained the French landscape gardener Georges Dubois to design and plant it. Two sections of marked personality share a singular balance on the more than forty hectares of La Punta, giving the place a unique and fascinating character. The vegetation of the park proper, with its wild look, recalls nature in its original state contrasting with the tidier style surrounding the house. Seldom does a place so consistently convey the character of its owner: formal intentions alternating with spots where the vegetation grows untrammelled, the present owner has created a private, suggestively timeless, world, where surrendering to the senses is an essential requirement to unveil its charm. The house was built by architect Alberto Cruz Montt and his partner, Ricardo Larraín; it rises emphatically against the green hills around it, in a privileged conjunction of scenery and architecture. Hung with Bougainvillea and rockroses giving a natural accent to the proud front, it marks an unquestionable boundary between the tangled greenery prevailing in the back area and the simple dignity of the vast terrace in front, where nature is more restrained. The scale of the dwelling is equally significant in the overall design. The scenic terraces afford views of the distant coastal range and of the sunset. The absence of natural elements to break the skyline proves the wisdom of having the architectural design submit to the spectacular landscape. No obstacle disturbs the perfect sense of amplitude and total balance resulting from the monumental view. Only graceful palm trees and neat ponds border the access road, where the diaphanous atmosphere of La Punta reigns. A profusion of cranes, black-necked swans, peacocks, sandpipers, and f lamingos roam freely throughout the grounds. The gardens designed by Dubois grow close to the house in a personal version of the trends prevailing in Europe. Though the designer takes the French parterre as the expression of natural space bowing to the monumental garden, he applies it in the architectural conception of the Italian style, seeking to emphasize the house and gradually incorporate it into the general landscape. Deliberately, the landscape gardener responds to the imposing architecture of the house by accenting it with an exquisitely delicate, formal, design framing it with remarkable personality. The top of the house affords an ideal lookout point for enjoying the design of the numerous neighbouring f lowerbeds that enclose sweetly perfumed blossoms. Jasmine, daphne, floripondio, ladiesof-the-night, ilang-ilang, and old-fashioned roses brought over from Europe by the owner perfume the air. Many cast iron statues, putti, gargoyles, angels, and fauns, for the most part made at the Val D’Osne foundry in the 19th century, contribute to make the park an unusual and astonishing

place. Triumphantly, the Angel of Victory seems to celebrate the superiority of Nature. Behind the house, a star-shaped f lower bed, where water rises playfully and spontaneously, is perhaps a tribute from Dubois to the precision and rhythm of Baroque design. Stone pedestals with acanthus leaves in the style of the classic capitals, support solemn marble vases and an allegorical statue symbolizing the height of summer, to unify the decoration. Traces of the passing of time cover ruins and seats, the resulting materiality substantially enriching the whole. This sector precedes the territory where native trees prevail and symbolizes a gradual transition to a privileged natural scene, where boldos, peumos, soapbark trees, maitenes, wax myrtles, and monkey-puzzles grow wild in pleasing confusion. Streams of underground water well up insistently at every turn and ensure that the vegetation thrives. From antiquity the cult of trees has gone together with the cult of water, this ancestral union is what gives the park its special meaning. Forests were the first temples to the gods; in the Renaissance gardens they represented the irrational and sensual forces alive in every individual, while water has always been seen as a sacred element, the source of life, of purification, and a symbol of resurrection. The notion prevailing at La Punta is that of nature unbound, subject only to the cycles of the seasons. Wisely, the owner of the park has refrained from having paths and walks swept and cleared, and to a limited extent has allowed the park to wander where it will in a sublime natural way. Shaded by taro leaves, the swimming-pool is the pleasant end of one of the many walks. Fed by crystal-clear underground springs and watched over by Ceres, goddess of agriculture, and Neptune, god of water, it affords shade and privacy. The railings imitating tree bark and other details present throughout the park are the fruit of refined masonry work of the 19th century and inspired in the English Romantic style, which aimed to imitate Nature down to the smallest details of the garden. In the midst of vigorous vegetation, a secret garden pays homage to water in a design of considerable spirituality. A collection of Chile-bells of many hues, and a group of rugged cinnamon trees, compose an unusual sample of native f lora more appropriate to southern areas, which, thanks to the presence of water f lourishes in this spot close to Santiago. With the imaginative use of classic parterres, La Punta is the essence of the garden as a magic setting for manifold sensations. Perhaps the fair balance between order and the chaos of nature is where its greatest charm and wild mystery lie.

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who, suddenly enriched by successful mining ventures in the north of Chile, decided to embody his financial splendour in a house worthy of his fortune. To this end he purchased land in 1850 and built a house and grounds that today, more than one hundred and fifty years later, are open to the public, clearly showing their historic significance. Carefully kept up by Universidad Católica del Maule under a strict extension program, Huilquilemu gives a close glimpse of our identity to anyone who wanders there. By owning a tangible link to the soil Bruno González legitimated his rising social position; he became one of the landed gentry, to some extent on a par with the wealthy landowners who had held the power of the land unwaveringly in their hands since Colonial times as proof of their ancient lineage. By linking the traditional Chilean country house with the newborn foreign trends in garden design, Huilquilemu symbolizes a time of singular significance in the evolution of landscape gardening in this country, in a unique symbiosis foretelling the growing adoption of European styles, which were to leave their imprint very forcefully, in both landscape design and architecture, during the following decades. Built of adobe and lingue wood, the imposing front of the house is more than one hundred meters long, an indication of the standing of the owner. Inside, the generous f loorplan of the classical Chilean country house with its spacious rooms is unerringly organized around courtyards designed for farm work in addition to social occasions. The present access to the premises differs greatly from the entrance planned by Bruno González, which emphasized the role of the park as a splendid anteroom to the vast residence. Today visitors enter the house after crossing the Spanish Courtyard. Sturdy orange trees irrigated by running water, a central fountain and water jet, together with the rich texture of the pebble pavement, add immense conceptual force to the simple design, while large sober clay vessels along the verandas emphasize the traditional style of the place. Although the conquering Romans had taken the orange tree from Asia to certain corners of Europe, its fragrance and fruit were not enjoyed until the Moors came to Spain. The garden enclosed in private spaces within the dwelling is the aesthetic legacy of the Spanish settlers, which is still fairly widespread across the American continent and which originated in the Moorish garden, where the perfume of orange f lowers predominated. The next courtyard is of striking simplicity, with a single araucaria excelsa as practically the sole element of composition. From this place, originally intended for the family to gather, there is access to the park created by Bruno González himself, faithfully adhering to the prevailing aesthetic notions. It is safe to assume that the grounds at one time showed consistent and total design;

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at present, however, the visitor is faced with untrammelled, not unattractive, greenery. Labyrinthine box-bordered paths attempt to contain the copious, ancient vegetation and picture a very forceful space that gives an inkling of past grandeur. Close to the house, a dense tangle of magnolias, camellia trees, crape myrtles, dracenas, thread plants, fan palms, and date palms contribute indolent exuberance, while farther off an anarchical mixture featuring eucalyptus, Brazilian monkey-puzzles, maples, sequoias, cypresses, firs, casuarinas, Monterrey pine, and other conifers grow freely though less profusely. In the fertile moisture of the park wild bulbs, violets, and calla lilies rise unexpectedly and give fresh charm to the otherwise sombre vegetation, laying down a delicate winter tapestry. Huilquilemu, which in Mapuche means “place of thrushes”, generously shelters tradition and nature behind its adobe walls. The grounds are shrouded in mystery, lulled by the song of a myriad birds, while house and courtyards, bearers of a legendary past, greet the visitor in full and splendid maturity.

la punta

A

t La Punta, the spirit of Nature is visible in the moist and shady pathways of the park. Spontaneously and vitally, water springs from the depths of the earth, combining with the untamed vegetation in a realm of magic greenery. Located north of Rancagua, its name is taken from the neighbouring town of La Punta, which in turn was so named in honour of one of the first farms owned by the Society of Jesus in Chile, in the early 17th century. By the end of the 18th century, the Jesuits had become large landowners and possessed some of the most extensive estates in Chile. In 1750, the religious order owned, among others, the vast Hacienda Graneros, with 14,000 hectares of arable land and 120,000 hectares of hilly country. In time, such haciendas formed larger communities and gradually originated the great country houses, of which La Punta is a handsome example.

The park was laid out at the end of the 19th century, when the owners at the time, Amelia Lynch and Roberto Lyon, retained the French landscape gardener Georges Dubois to design and plant it. Two sections of marked personality share a singular balance on the more than forty hectares of La Punta, giving the place a unique and fascinating character. The vegetation of the park proper, with its wild look, recalls nature in its original state contrasting with the tidier style surrounding the house. Seldom does a place so consistently convey the character of its owner: formal intentions alternating with spots where the vegetation grows untrammelled, the present owner has created a private, suggestively timeless, world, where surrendering to the senses is an essential requirement to unveil its charm. The house was built by architect Alberto Cruz Montt and his partner, Ricardo Larraín; it rises emphatically against the green hills around it, in a privileged conjunction of scenery and architecture. Hung with Bougainvillea and rockroses giving a natural accent to the proud front, it marks an unquestionable boundary between the tangled greenery prevailing in the back area and the simple dignity of the vast terrace in front, where nature is more restrained. The scale of the dwelling is equally significant in the overall design. The scenic terraces afford views of the distant coastal range and of the sunset. The absence of natural elements to break the skyline proves the wisdom of having the architectural design submit to the spectacular landscape. No obstacle disturbs the perfect sense of amplitude and total balance resulting from the monumental view. Only graceful palm trees and neat ponds border the access road, where the diaphanous atmosphere of La Punta reigns. A profusion of cranes, black-necked swans, peacocks, sandpipers, and f lamingos roam freely throughout the grounds. The gardens designed by Dubois grow close to the house in a personal version of the trends prevailing in Europe. Though the designer takes the French parterre as the expression of natural space bowing to the monumental garden, he applies it in the architectural conception of the Italian style, seeking to emphasize the house and gradually incorporate it into the general landscape. Deliberately, the landscape gardener responds to the imposing architecture of the house by accenting it with an exquisitely delicate, formal, design framing it with remarkable personality. The top of the house affords an ideal lookout point for enjoying the design of the numerous neighbouring f lowerbeds that enclose sweetly perfumed blossoms. Jasmine, daphne, floripondio, ladiesof-the-night, ilang-ilang, and old-fashioned roses brought over from Europe by the owner perfume the air. Many cast iron statues, putti, gargoyles, angels, and fauns, for the most part made at the Val D’Osne foundry in the 19th century, contribute to make the park an unusual and astonishing

place. Triumphantly, the Angel of Victory seems to celebrate the superiority of Nature. Behind the house, a star-shaped f lower bed, where water rises playfully and spontaneously, is perhaps a tribute from Dubois to the precision and rhythm of Baroque design. Stone pedestals with acanthus leaves in the style of the classic capitals, support solemn marble vases and an allegorical statue symbolizing the height of summer, to unify the decoration. Traces of the passing of time cover ruins and seats, the resulting materiality substantially enriching the whole. This sector precedes the territory where native trees prevail and symbolizes a gradual transition to a privileged natural scene, where boldos, peumos, soapbark trees, maitenes, wax myrtles, and monkey-puzzles grow wild in pleasing confusion. Streams of underground water well up insistently at every turn and ensure that the vegetation thrives. From antiquity the cult of trees has gone together with the cult of water, this ancestral union is what gives the park its special meaning. Forests were the first temples to the gods; in the Renaissance gardens they represented the irrational and sensual forces alive in every individual, while water has always been seen as a sacred element, the source of life, of purification, and a symbol of resurrection. The notion prevailing at La Punta is that of nature unbound, subject only to the cycles of the seasons. Wisely, the owner of the park has refrained from having paths and walks swept and cleared, and to a limited extent has allowed the park to wander where it will in a sublime natural way. Shaded by taro leaves, the swimming-pool is the pleasant end of one of the many walks. Fed by crystal-clear underground springs and watched over by Ceres, goddess of agriculture, and Neptune, god of water, it affords shade and privacy. The railings imitating tree bark and other details present throughout the park are the fruit of refined masonry work of the 19th century and inspired in the English Romantic style, which aimed to imitate Nature down to the smallest details of the garden. In the midst of vigorous vegetation, a secret garden pays homage to water in a design of considerable spirituality. A collection of Chile-bells of many hues, and a group of rugged cinnamon trees, compose an unusual sample of native f lora more appropriate to southern areas, which, thanks to the presence of water f lourishes in this spot close to Santiago. With the imaginative use of classic parterres, La Punta is the essence of the garden as a magic setting for manifold sensations. Perhaps the fair balance between order and the chaos of nature is where its greatest charm and wild mystery lie.

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cunaco

C

lose to San Fernando, in the area of its name, Cunaco is a survivor of a splendid past, when numerous parks scattered along the road once filled the area with an air of distinction. The masterly leading role played here by the Chilean palm tree, Jubaea chilensis, as unquestionable proof of what native vegetation, if wisely directed, can do for a landscape, is what characterizes this handsome park as preserved by its successive owners. With the idea of planting a stately park on his land, in 1873 Carlos Valdés Izquierdo retained from the court of Napoleon III an emerging Italian landscape designer, Canova, who came out only to meet an untimely death in Chile while executing his commission. The paucity of his work makes it difficult to judge the merits of this young designer, though the singular plant arrangements in the park, combining native trees and deciduous species, speak of a remarkably daring proposal. With winding paths and strategically placed species, the greatest merit of the design is in making it impossible for the observer to judge distances and depths. The respectful care with which the descendants of the founder have preserved the place enhances the original design, which is based on subtle associations designed to extend the park in an imperceptible but effective play of foliage and colour. Although the Chilean palm tree had appeared in earlier or contemporary parks, its presence there is always hesitant and circumscribed, never reaching the expressive force of this particular park. Against the clear profile of the surrounding hills, the first sight of Cunaco is the image of a Venetian mansion preceded by a magnificent avenue of Chilean palm trees. The vigorous perspective emphasized by the elms and linden trees standing along the adobe walls is clearly intended to monumentalize the house, a typical feature of the Renaissance style, where the villa plays such a major leading role. This significant addition was made shortly after the Canova design, the better to isolate the park from the adjacent highway, known in the past as the old Camino Real. Except for this specific concession to the Italian taste, the park

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closely follows the English naturalistic style, with dense clumps of trees subtly filtering the light towards less cluttered areas. An extensive lake of irregular shape with a “Chinese bridge”, evidently intended to ref lect the house with spectacular effect, is perhaps a nod by the designer to the Anglo-Chinese style then current in English and French gardens. This substantial interference with the landscape underlines the significant role assigned to the dwelling as a major decorative element, given the absence of all other ornamental features throughout the park. Climate conditions in the area originate beautiful sunsets, when the subtle colouring of the house fuses with the warm tones of the deciduous trees profusely scattered about. Crape myrtles, larix, maples, oaks, ginkgos, and linden trees afford a glorious autumn, covering the narrow box-bordered paths with a canopy of textures and colours. The pool, also known locally as the Swimming Bath, comes up unexpectedly among abundant native vegetation, shaded by tall horse chestnuts. The scenic location of the trees is perceptible in various places in daring combinations designed to awaken a virtual impression of unlimited greenery. Crape myrtles, privet, chestnut, cypress, sequoia, and eucalyptus in succession illustrate the talent of Canova for creating the illusion of infinite exuberance distinctive of Cunaco. The custom of associating commemoration of family events to the planting of trees is echoed in the powerful family tradition of the park. Six palm trees in a row were planted by Ana Luisa Ortúzar Montt, one for each of her daughters, and a circle of oaks close to the house is sacred to the memory of Ignacio Valdés Larrea, father of the founder. Apart from the imposing solemnity of the park, the house, which was built by architect Eduardo Provasoli, of Milan, contains many spaces full of charm and seduction. The courtyards, once devoted to work required in a large country house, have become delightful gardens filled with ornamental plants, where colour and fragrance speak of the extensive botanical expertise of the owner of the estate, who has succeeded in endowing these parts of the house with suggestive vitality. Surrounded by wide verandas designed for the drying of hides, today the old slaughter court is a placid haven for gigantic linden and plane trees in a thicket of hydrangeas, lilacs, and azaleas, while the court next door is a f lowering orchard, mainly featuring fragrant species. The pavements, worked by the owner with a profound sense of aesthetics and detail, retain in winter the warmth of the sun and enhance in spring the scent of the perfumed varieties of jasmine growing along the neighbouring verandas. A few metres away, an extensive orange grove, while filling the rooms of the house with the scent of orange blossom, recalls the productive past of the estate.

From the advanced design of its creator to the energetic dedication of its first owner and the saga of his descendants, this memorable family park has attained its spectacular present.

flor del lago

F

lor del Lago (Flower of the Lake), with its scenic site on the borders of Lake Villarrica and the legendary flowering of its rhododendrons, succeeds in harnessing a rebellious nature enough to give way to a leafy, vital park. It is hard to imagine a name that would summarize better the essence of this abundant, fecund landscape at the foot of a volcano of perfect shape crowned by eternal snow. It originated in the early thirties, when German-born Ernesto Wagner Liwich purchased a considerable extension of land on the north side of the lake, resolved to spend the rest of his life in this area of southern Chile. To this end he built a magnificent home and began to plant the trees that from year to year were to give shape to the grounds. Lack of roads in the area required a titanic effort to transport building materials across the lake. That is why it is still possible to visualize the old river access to Flor del Lago by the position of certain trees, which formerly bordered the path leading from the landing-stage to the house. The original building was destroyed by fire in 1938 and rebuilt identically from drawings by architect Fernando Fonck, who had interpreted for it parts of a European castle. Though the founder did not live to see his wish to inhabit the house fulfilled, his son, Ernesto Wagner Schilling, materialized his father’s dream of organizing the site into an extensive estate, both handsome and productive. Under his care the park developed, its charm enhanced, and though not yet one hundred years old, in the generous southern climate it resembles a survivor from an earlier time. Flor del Lago redresses a pending debt to native vegetation. Its most ardent promoter, the Viennese landscape designer Oscar Prager, on his frequent visits to the park, advised Ernesto Wagner, senior, on the selection and position of specific species to achieve masterly combinations of autochtonous and exotic trees. The latter,

now settled in Chile, give the scenery the unmistakable stamp of the designer. The climate is a major ally of the vegetation: boldos, beeches, peumos, myrtles, coigues, maitenes, and cinnamon trees rise proudly on the vast slopes, while ferns, mushrooms, lichens, mosses, and Chile-bells give the landscape an unmistakably southern air. The ever-changing colours of the seasons provide remarkable vitality ref lected in the numerous deciduous species placed next to native evergreens, in a classic Prager combination. Birches next to boldos, lindens next to myrtles and maitenes display the visual effect sought by the master. Walnut trees, chestnuts, copper beeches, and f lowering cherry-trees, carefully scattered among the native f lora, enhance the seasonal splendour. Faithful to the innovative spirit of her father-in-law, the present owner has increased the charm of the place and perpetuated its fame. Under her care, the f lowers that originated the legend of Flor del Lago f lourish in unrivalled magnificence. Seasonal displays of intense colouring show up all year round against a verdant backdrop, but nothing can equal the splendour of the rhododendrons in late spring. Few places can provide such a splendid natural setting for rhododendrons. Bordering the immutable beauty of the lake, their status could hardly be matched elsewhere in Chile. A park as livable as this one is immediately recognizable by its intense sense of identity. Each spot has a purpose, both practical and aesthetic, representing a synthesis of the grounds as support for daily life. Behind the house is one of the most significant places: the orchard and vegetable garden, one of the most intriguing and challenging forms of gardening. In 16th-century Europe, orchards were organized in decorative clumps to please the eye; this tradition died out in mid-17th century, when edible plants began to be mostly confined to walled spaces isolated from the rest of the gardens, to reappear hesitantly at the end of the 19th century. With its sturdy European roots, Flor del Lago perfectly revives the aesthetic potential of the orchard. Under the loving care of its owner, a precious tapestry of vegetables, herbs, and f lowers changes continually as the year goes by. Natural space plays the leading role in this enclave; areas of thick native forest, their vigour untouched, mingle naturally with the landscape of the park, resulting in a rich copious whole. The gradual addition of new species to extend botanical diversity furnishes a park under constant evolution. In the fertile moisture of the southern climate, Flor del Lago is not only the expression of its devoted owner but the response to a way of life demanding reverent care throughout the year. The reward for such unf lagging effort, however, is the boundless enjoyment of this dream park.

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cunaco

C

lose to San Fernando, in the area of its name, Cunaco is a survivor of a splendid past, when numerous parks scattered along the road once filled the area with an air of distinction. The masterly leading role played here by the Chilean palm tree, Jubaea chilensis, as unquestionable proof of what native vegetation, if wisely directed, can do for a landscape, is what characterizes this handsome park as preserved by its successive owners. With the idea of planting a stately park on his land, in 1873 Carlos Valdés Izquierdo retained from the court of Napoleon III an emerging Italian landscape designer, Canova, who came out only to meet an untimely death in Chile while executing his commission. The paucity of his work makes it difficult to judge the merits of this young designer, though the singular plant arrangements in the park, combining native trees and deciduous species, speak of a remarkably daring proposal. With winding paths and strategically placed species, the greatest merit of the design is in making it impossible for the observer to judge distances and depths. The respectful care with which the descendants of the founder have preserved the place enhances the original design, which is based on subtle associations designed to extend the park in an imperceptible but effective play of foliage and colour. Although the Chilean palm tree had appeared in earlier or contemporary parks, its presence there is always hesitant and circumscribed, never reaching the expressive force of this particular park. Against the clear profile of the surrounding hills, the first sight of Cunaco is the image of a Venetian mansion preceded by a magnificent avenue of Chilean palm trees. The vigorous perspective emphasized by the elms and linden trees standing along the adobe walls is clearly intended to monumentalize the house, a typical feature of the Renaissance style, where the villa plays such a major leading role. This significant addition was made shortly after the Canova design, the better to isolate the park from the adjacent highway, known in the past as the old Camino Real. Except for this specific concession to the Italian taste, the park

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closely follows the English naturalistic style, with dense clumps of trees subtly filtering the light towards less cluttered areas. An extensive lake of irregular shape with a “Chinese bridge”, evidently intended to ref lect the house with spectacular effect, is perhaps a nod by the designer to the Anglo-Chinese style then current in English and French gardens. This substantial interference with the landscape underlines the significant role assigned to the dwelling as a major decorative element, given the absence of all other ornamental features throughout the park. Climate conditions in the area originate beautiful sunsets, when the subtle colouring of the house fuses with the warm tones of the deciduous trees profusely scattered about. Crape myrtles, larix, maples, oaks, ginkgos, and linden trees afford a glorious autumn, covering the narrow box-bordered paths with a canopy of textures and colours. The pool, also known locally as the Swimming Bath, comes up unexpectedly among abundant native vegetation, shaded by tall horse chestnuts. The scenic location of the trees is perceptible in various places in daring combinations designed to awaken a virtual impression of unlimited greenery. Crape myrtles, privet, chestnut, cypress, sequoia, and eucalyptus in succession illustrate the talent of Canova for creating the illusion of infinite exuberance distinctive of Cunaco. The custom of associating commemoration of family events to the planting of trees is echoed in the powerful family tradition of the park. Six palm trees in a row were planted by Ana Luisa Ortúzar Montt, one for each of her daughters, and a circle of oaks close to the house is sacred to the memory of Ignacio Valdés Larrea, father of the founder. Apart from the imposing solemnity of the park, the house, which was built by architect Eduardo Provasoli, of Milan, contains many spaces full of charm and seduction. The courtyards, once devoted to work required in a large country house, have become delightful gardens filled with ornamental plants, where colour and fragrance speak of the extensive botanical expertise of the owner of the estate, who has succeeded in endowing these parts of the house with suggestive vitality. Surrounded by wide verandas designed for the drying of hides, today the old slaughter court is a placid haven for gigantic linden and plane trees in a thicket of hydrangeas, lilacs, and azaleas, while the court next door is a f lowering orchard, mainly featuring fragrant species. The pavements, worked by the owner with a profound sense of aesthetics and detail, retain in winter the warmth of the sun and enhance in spring the scent of the perfumed varieties of jasmine growing along the neighbouring verandas. A few metres away, an extensive orange grove, while filling the rooms of the house with the scent of orange blossom, recalls the productive past of the estate.

From the advanced design of its creator to the energetic dedication of its first owner and the saga of his descendants, this memorable family park has attained its spectacular present.

flor del lago

F

lor del Lago (Flower of the Lake), with its scenic site on the borders of Lake Villarrica and the legendary flowering of its rhododendrons, succeeds in harnessing a rebellious nature enough to give way to a leafy, vital park. It is hard to imagine a name that would summarize better the essence of this abundant, fecund landscape at the foot of a volcano of perfect shape crowned by eternal snow. It originated in the early thirties, when German-born Ernesto Wagner Liwich purchased a considerable extension of land on the north side of the lake, resolved to spend the rest of his life in this area of southern Chile. To this end he built a magnificent home and began to plant the trees that from year to year were to give shape to the grounds. Lack of roads in the area required a titanic effort to transport building materials across the lake. That is why it is still possible to visualize the old river access to Flor del Lago by the position of certain trees, which formerly bordered the path leading from the landing-stage to the house. The original building was destroyed by fire in 1938 and rebuilt identically from drawings by architect Fernando Fonck, who had interpreted for it parts of a European castle. Though the founder did not live to see his wish to inhabit the house fulfilled, his son, Ernesto Wagner Schilling, materialized his father’s dream of organizing the site into an extensive estate, both handsome and productive. Under his care the park developed, its charm enhanced, and though not yet one hundred years old, in the generous southern climate it resembles a survivor from an earlier time. Flor del Lago redresses a pending debt to native vegetation. Its most ardent promoter, the Viennese landscape designer Oscar Prager, on his frequent visits to the park, advised Ernesto Wagner, senior, on the selection and position of specific species to achieve masterly combinations of autochtonous and exotic trees. The latter,

now settled in Chile, give the scenery the unmistakable stamp of the designer. The climate is a major ally of the vegetation: boldos, beeches, peumos, myrtles, coigues, maitenes, and cinnamon trees rise proudly on the vast slopes, while ferns, mushrooms, lichens, mosses, and Chile-bells give the landscape an unmistakably southern air. The ever-changing colours of the seasons provide remarkable vitality ref lected in the numerous deciduous species placed next to native evergreens, in a classic Prager combination. Birches next to boldos, lindens next to myrtles and maitenes display the visual effect sought by the master. Walnut trees, chestnuts, copper beeches, and f lowering cherry-trees, carefully scattered among the native f lora, enhance the seasonal splendour. Faithful to the innovative spirit of her father-in-law, the present owner has increased the charm of the place and perpetuated its fame. Under her care, the f lowers that originated the legend of Flor del Lago f lourish in unrivalled magnificence. Seasonal displays of intense colouring show up all year round against a verdant backdrop, but nothing can equal the splendour of the rhododendrons in late spring. Few places can provide such a splendid natural setting for rhododendrons. Bordering the immutable beauty of the lake, their status could hardly be matched elsewhere in Chile. A park as livable as this one is immediately recognizable by its intense sense of identity. Each spot has a purpose, both practical and aesthetic, representing a synthesis of the grounds as support for daily life. Behind the house is one of the most significant places: the orchard and vegetable garden, one of the most intriguing and challenging forms of gardening. In 16th-century Europe, orchards were organized in decorative clumps to please the eye; this tradition died out in mid-17th century, when edible plants began to be mostly confined to walled spaces isolated from the rest of the gardens, to reappear hesitantly at the end of the 19th century. With its sturdy European roots, Flor del Lago perfectly revives the aesthetic potential of the orchard. Under the loving care of its owner, a precious tapestry of vegetables, herbs, and f lowers changes continually as the year goes by. Natural space plays the leading role in this enclave; areas of thick native forest, their vigour untouched, mingle naturally with the landscape of the park, resulting in a rich copious whole. The gradual addition of new species to extend botanical diversity furnishes a park under constant evolution. In the fertile moisture of the southern climate, Flor del Lago is not only the expression of its devoted owner but the response to a way of life demanding reverent care throughout the year. The reward for such unf lagging effort, however, is the boundless enjoyment of this dream park.

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AGR ADECIMIENTOS

W Muchas personas colaboraron generosamente para lograr materializar este libro. Agradezco especialmente a don Ricardo Claro, del parque Santa Rita; a la señora Gabriela Wagner, de Flor del Lago; a don Carlos Cousiño, del parque Cousiño Macul; a don Carlos Larraín, de Lo Fontecilla; a don Raúl Schuler, de La Punta; a don Manuel Valdés, del parque Cunaco; a don Roberto Ossandón, del jardín Ossandón de Zapallar; a la familia Nieto, de Las Majadas; a don Gregorio Mena y don Roberto Montecinos, de la Universidad Católica del Maule y Huilquilemu, y al personal del parque Lota. Este libro está dedicado a la memoria de mi madre, la paisajista Gracia Saint.


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