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"HORIZONTES" Mauricio Concha | 2018

El horizonte, aquella línea que aparentemente separa el cielo y la tierra, ha sido tema recurrente en las artes visuales, particularmente desde la época escolar, cada vez que sometemos a algún estudiante a los arbitrios del paisaje acudimos inmediatamente a lo abstracto de su representación haciendo tangible su presencia en la visualidad, sin embargo creo que el horizonte es más que eso. Del griego “Hóros”, esta línea aparece a la altura de los ojos del espectador, sube y baja conforme el angulo y altura en que está ubicado el sujeto para que se modifiquen todos los elementos que en el paisaje residen. Según varios diccionarios existen varios tipos de horizontes, pero el que a mi me hace más sentido es el “horizonte sensible” o como algunos artistas visuales lo llaman: “el horizonte real”, aquel que depende del paisaje local, montañas, edificios, desiertos, etc. Me interesa, porque desde ese manifiesto visual es que nace la mímesis a la cual nos hemos aferrado tanto tiempo, mímesis que ha sido denostada durante las últimas décadas por varios cultores de las ideas por sobre los lenguajes tradicionales. Sin embargo, la historia nos ha demostrado que más que cerrar las opciones de unos sobre otros, lo cierto es que todos los lenguajes, antiguos y nuevos, coexisten formando una trama compleja de insinuaciones sobre la realidad, realidad siempre expresada de manera inconclusa, con guiños a mentiras estandarizadas en diccionarios y manuales de estética y filosofía, de ahí la multiplicidad de opciones. Una de las opciones que se me ocurre más allá de la sola línea que separa el cielo de la tierra, o mejor dicho del “límite” entre el cielo y la tierra, si lo viesemos desde esa perspectiva, no estaríamos todos los seres humanos sobre la línea del horizonte?, no sería acaso la linea del horizonte el limite entre lo celestial y lo terrenal, entre la realidad y la imaginación, entre las eternas dualidades dialécticas, entre lo apolineo y dionisiaco del que hablaba Hauser y Niethche, entre lo corporeo y lo etéreo. Dicho de esa manera, este límite no es más que un convencionalismo del paisaje, por cuanto todo es en su mismidad paisaje, dado los limites que las cosas suponen en su expresión como sujeto frente a lo que no es sujeto y de este con el objeto. En consecuencia, el ejercicio mimésico no es otra cosa que un encuentro con un estado subjetivo de la visualidad compartida y por tanto la noticia de una supuesta mirada objetiva, aunque el objeto no sea real, pues es su sola representación mediada por la luz, la perspectiva, el color y la textura y sus elementos connotativos y denotativos de su existencia, es así entonces que estos elementos pueden ser “expresados” de la manera que cada uno quiera ver dado que todo es ilusorio en los “limites” de la imagen pintada.


Esto me lleva a pensar también en el valor intrinseco de lo que entendemos por “expresión”. La “expresión”, sacar desde la prisión!, sacar presión!. Cada vez que escucho el termino “expresar” tengo la sensación de que estoy liberando algo que ha sido apresado, por tanto “ex – presar” es sacar de su prisión, y donde radica entonces la prisión? En el observador que completa o decodifica la obra?, en el autor de lo místico o lo concreto? En el ensimismamiento de los conceptos e ideas siempre cambiantes de lo que es arte?, o en todos, en una especie de hermeneútica que todo lo caracteriza para comprensión de los participantes?, creo que en nosotros, es lo que creo, por tanto decir o hacer no es otra cosa que liberar lo inefable, un verbo, una acción, aquello que ha sido aprisionado en nuestra memoria. Tal como el espiritu apresado en el papel fotográfico al que apelaban los indigenas de fines del siglo pasado, sin tiempo pero con profundidad y jerarquía, los recuerdos se van haciendo prisioneros de nuestras memorias y son el conocimiento primario de nuestras desiciones, en consecuencia nuestra expresión, no es otra cosa que un tratar incesante de registrar de manera tangible nuestra particular manera de ver en profundidad la realidad vivida. Un encuentro, mi encuentro con la pintura es como una procesión más poética de los sucesos, una revelación del “límite” de las cosas, sobretodo de las memorias y de los recuerdos. Mi obra por tanto no es otra cosa que un ejercicio de recuperación constante del presente manifiesto en ese límite que se desplaza a una velocidad vertiginosa al pasado y que por estar plasmado en un ícono con sus propios limites y horizontes, vuelve una y otra vez a nuestra memoria causándonos sueños y pesadillas que van mutando sobre el constructo del vacío, del sustrato del dibujo y de la pintura. Una constante recuperación de la sensación de pasado. Pensemos por un instante que la obra que un espectador ve, es el fruto presente de un ejercicio realizado hace mucho tiempo atrás y más aún, antes de ser ejecutado como obra, fue proyecto, fue boceto, fueron grafismos, fue una idea, fue una imagen en la memoria, fue un recuerdo, fue la suma, mezcla y superposición de situaciones visuales. Han hecho este recorrido hasta el presente dando cuenta de lo perecedero del recuerdo. Aquí, parado en este Horizonte.

Mauricio Concha Cárdenas. Profesor de Artes Plásticas Licenciado en Artes Plásticas (Pintor y Grabador) Magister en Ciencias de la Educación Gestor Cultural y Curador.

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