Page 9

apariencia de ser profundo en el verdor lechoso de sus remansos y de discurrir con mucha fuerza en los rápidos de sus zonas pedregosas. Entre las especies que han crecido a su lado no solamente se encuentran los ahuehuetes, pero éstos son los más constantes y majestuosos. Uno tras otro, los árboles de tronco sinuoso y copa amplia ofrecen sombra por centenares de metros, al lado de la frescura y el sonido sereno del río.

tremidades de árboles delgados y espigados como los cipreses, ni las de las copas enormes pero contenidas como puños de los mangos: el ahuehuete se derrama hacia abajo y hacia arriba, tanto en sus troncos como en sus raíces. Las raíces crecen por encima del suelo y las ramas descienden hacia él, como si ambas tuvieran el impulso para juntarse. En la caída del ramaje se semeja el corvo cuerpo de un anciano, sus miembros débiles, su espalda agotada, mientras el espesor de su silueta evoca el vasto y denso espíritu de la vejez.

Nuestros árboles son de fronda espesa y antigüedad centenaria. Sus hojas menudas y delgadas, muy angostas, prendidas de un eje no muy largo, contrastan con la abundancia de su copa y el tamaño de su tronco. Cuando es muy tupida la enramada de los árboles produce una sombra lisa, que casi no deja paso a la luz del sol. Bajo ella se esparce la frescura de las aguas del río. Con el paso del día, el verde seco de sus hojas, de aroma resinoso, pasa de la intensidad del mediodía al tono cálido y dorado del atardecer. Su tronco está cubierto por una corteza arrugada y estriada, de un café canela, de color muy distinto al de la tierra en que se arraiga. Hacia arriba el tallo se tuerce con ligereza en sus ramas, y hacia abajo se enrosca en una maraña de raíces nudosas y robustas, que crecen con mucho cuerpo por encima del nivel del suelo y se extienden lejos del tronco. Como se ubican junto al río, las raíces se sumergen en el agua. Por ello la base de los ahuehuetes está siempre húmeda o salpicada por la corriente. En los ejemplares más seniles el tronco elefántico es tan grueso que termina por crecer hacia los costados. La copa de los árboles se eleva, pero sus ramas terminan por descender a la tierra y a las aguas. No son las ex-

Ha corrido más de un siglo desde que en 1910, durante las festividades del centenario de la Independencia, se plantó un árbol frente al Paseo de la Reforma de la ciudad de México para conmemorar el momento fundacional de nuestro país. Once años después, en 1921, por la celebración del aniversario de la consumación de la Independencia, se llamaría a concurso para elegir el árbol que mejor simbolizara los valores de la patria. En ambas ocasiones, entre la diversa flora mexicana, el ahuehuete fue elegido como la especie adecuada para la representación de nuestra cultura. James George Frazer, en La rama de oro, indica que los árboles fueron los primeros templos del hombre primigenio. La idea ya aparecía en la Historia natural de Plinio, aquella enciclopedia de la naturaleza escrita en el imperio romano, en el siglo I. Signo del cosmos y de la regeneración, el árbol simbolizaba en varios pueblos antiguos la tendencia a la ascensión vertical, hacia los cielos, y la raigambre en las entrañas de la madre tierra. Algunas culturas conciben el árbol como su ancestro. Para los mayas, la ceiba era el árbol primordial. Los zapotecas, según cuenta Andrés Henestrosa acerca de 8

Proyecto Ahuehuete  
Proyecto Ahuehuete  

La publicación del proyecto pretende constituirse como un instrumento que motive en muchos sentidos las ideas de participación, conocimiento...

Advertisement