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Memento Mori Maureen H. Goecke Enos

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Indice: Decreto 1439................................................................5 “...“ ...........................................................................11 Avecilla........................................................................15 Desencajarse...............................................................19 Nombres......................................................................21 La Regla del Tres.........................................................25 Partir............................................................................33

Agradecimientos.........................................................43

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Decreto 1439 Lo escuché una y otra vez. “Decreto 1439, Fecha de Publicación: 02-06-1965, Fecha de Promulgación: 18-05-1965…” El resto de las cosas no pude oírlas… sabía lo que significaba. Desde ese momento en adelante mi vida como el prisionero 137, sería reemplazada por la del condenado 137. De acuerdo al decreto 1439 estaba condenado a morir. Según el Artículo 2, era uno el establecimiento penal correspondiente al Tribunal sentenciador de primera instancia. Ahí me llevaron. Tres días después de que escuché esa frase, “decreto 1439,” esperaba la realización del proceso. Pero la fecha cayó en fiesta religiosa. Agregaron un día más para incrementar mi angustia. Una era la celda que me separaba del resto del mundo. Un par de grilletes unía mis manos, otro par, mis pies. Uno era quien me custodiaba con dos ojos inquisitivos. Quizás se preguntaba qué pasaba por mi mente, mientras lo único en lo que yo podía pensar era en seguir sacando cuentas… “1439…” Uno fue el sacerdote que me vino a visitar. Era el único culto del que había participado. Cinco fueron los pecados que confesé. Tres Padre Nuestro, siete Ave María, ningún Rosario. Para mis adentros recité un Ángel de mi Guarda. Pero entre verso y verso un número asomaba… “1439…”

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Ningún Director ni subdirector me vino a ver. Sí un abogado del Servicio de Prisiones. Me recordó todo lo que ya sabía y que no me importaba ya, sobre el decreto 1439. También se apareció un Jefe del Departamento de Criminología y un Inspector Zonal de la jurisdicción. Pero no decían nada nuevo, venían a corroborar lo que cada uno ya sabía. Se cumpliría el decreto 1439. Desde entonces seguí contando de a uno: un Jefe del Penal, un Jefe de la Guardia, un médico y un practicante del establecimiento. Divisé a cuatro del personal de vigilancia, encargados de mi custodia. Si hubo más, no lo sé. Me preguntaron si tenía algo que testar. “No tengo nada que legar.” Contesté. “Cinco Libros viejos, perdón, cuatro. Uno es de la biblioteca y no lo devolví. Tres camisas usadas. Un pantalón roto.” Así que no vino ni el notario ni el oficial del Registro Civil. Un día antes vino mi hijo. No dijimos mucho. Fueron 3 tres oraciones, creo. Lloró una lágrima. Más de lo que hizo mi mujer. Fue una hora, solamente, pero se hizo lenta. El fusilamiento se haría de día. Era una madrugada fría, el Jefe de Prisión determinó la hora exacta: las 5:30 am. Según el decreto 1439, artículos 10.0 y 12.0 el médico asistiría y no más de diez eran las otras personas que podrían acudir también. Sólo por motivo de sus actividades o por su autoridad, según pudiese

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resultar de interés científica su presencia en el acto. Fuera de ello, los funcionarios del Servicio de Prisiones podrían asistir de todos modos, con autorización del Director General. Los Ministros y el Fiscal de la Corte Suprema, de las Cortes de Apelaciones los Jueces del Crimen de todo el país y el Secretario del Tribunal sentenciador… Eran todos libres de asistir también. Me hubiese sentido como una estrella de rock, de no haber sido porque ese número aún zumbaba en mi cabeza: “1439”. El mismo sacerdote estaba ahí otra vez. Esta vez sí hubo un rosario. Por el rabillo del ojo, noté que había un periodista colegiado designado por cada radioemisora que funcionaba en la localidad. Y así, uno por cada diario, periódico o revista. Incluso había un representante de la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia de la República. Realmente era importante acudir a la ejecución de una condena, del tipo “decreto 1439.” Nadie tomaba fotografías ni filmaba. El banquillo estaba a quince metros de todos ellos. Sólo el médico se encontraba más próximo a mí. Ocho componían el pelotón de fusilamiento. Todos mayores de treinta y menores de cincuenta años. Quien los comandaba y

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quien, finalmente daría las órdenes, era un Oficial de Vigilancia con grado de Capitán. Sólo sé que tendría más de veinticinco años. Él era quien había cargado las armas ese mismo día. En una de ellas había colocado un tiro de fogueo. Sólo uno. No tenía nada que ver con darme esperanzas de vida. Sino más bien con aliviar la consciencia de aquellos ocho hombres. Cada cual pensaría que había disparado ese único tiro de fogueo, pues las armas eran elegidas al azar. Ninguno sería el autor material de mi muerte. Me condujeron al banquillo vendado. Sólo el médico y el sacerdote se mantuvieron cerca (pero ni tanto). Las armas llevaban silenciadores. Las órdenes serían impartidas en silencio y sin que yo me diera cuenta. Sé que pasaría el menor tiempo posible entre que me aseguraran convenientemente al banquillo y el momento de la descarga. Si las heridas no fueran mortales, el Oficial ordenaría que disparasen otra vez. Así lo estipulaba el decreto 1439.

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Contuve la respiración. Sólo quedaban un par de segundos más. En cualquier instante se cumpliría la condena. ¿En qué pensarían esos ocho fusileros? ¿Se darían cuenta de que acababan con la existencia de otro ser humano? ¿O sólo verían el hecho de deshacerse de otro criminal? ¿Qué pensaría el Capitán? Quizás en su mente, en estos momentos el también estuviera contando. Cada segundo que él cuenta, es uno que yo me resto. Él debe de estarse diciendo: “Ya, ahora sí. Daré la orden. A la una, a las dos y a las…”

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“…” Todos sabemos que llega y sin embargo callamos, siempre silencio, mutis. A nadie le es indiferente y sin embargo, mutis. Es un tabú. La palabra omitida, pero que no niega el hecho. Nos rodea, siempre presente. Se disfraza de motivo, de consciencia, de meta, de Carpe Diem. Pero la expulsamos, allá lejos. Distante de ciudades, de la superficie, de nuestra salud, de nuestros miedos. Contemplarla es aceptarla, es discutir con ella, reconocerla. Por eso, es mejor mutis. Ella siempre gana. Nos agarra por el cuello y nos obliga a callar, pues en el minuto menos pensado nos falta el aliento. Somos incapaces de hablar desde el dolor. El shock nos nubla y nos confunde. Enreda nuestra lengua y nos enmudece. No nos gusta recordarla, mencionarla es traerla de vuelta, duele. Por eso, mutis.

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La vestimos de negro, porque así es como se ve el silencio. Es la oscuridad que absorbe toda luz. Es lo caótico e indistinguible. El velo opaco que obstruye la mirada. El más allá cubierto. Por eso tachamos su nombre. Cuando en realidad es un espacio en blanco. La tabula rasa que permite ser llenada con lo que usted quiera. Pero no queremos, así que es mejor mutis. De pronto el silencio se rompe. En medio del tabú alguien pide la palabra. “¡Debemos enfrentarla!” Algunos gritan al viento. “Hay que mencionarla” susurran otros. “Esto debe discutirse.” –Señalan los más sabios. “Sólo así perderá su poder. ¿Dejará de ser tan terrible y comenzará a ser más amable? No lo sé, pero debemos intentarlo.” Todos están de acuerdo, pero nadie sabe cómo. Y en esa discusión vacía, resulta mucho mejor, mutis.

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Avecilla Ella estaba de pie junto a la ventana. Su mirada intentaba alcanzar algo más que la transparencia del cristal. Cuando de pronto su vista se posó en el suelo del jardín. Ahí, recostado sobre la húmeda tierra, yacían los restos de algún ave. Quizás hubiera caído del cielo, en algún momento ciego del día, cual Ícaro en un cuadro del Bosco. O tal vez fuera llevado hasta allí por las fauces de alguna bestia, que gozó más con el sádico juego que con el sabor de la presa. Lo cierto es que el cuerpecillo de la criatura se encontraba todo desarmado, apenas reconocible. Lo más seguro es que la legión de comensales blancos ya se hubiera sentado a la mesa, esperando saborear el material orgánico. Sin saber por qué, ella se sintió inmensamente atraída por esta imagen. Contrario a la mayoría, quienes voltean la cabeza para evitar enfrentar el tabú de la muerte y la descomposición del cuerpo, ella permaneció atenta. ¿Atenta a qué? Si, aparentemente nada sucedía. Pero de algún modo ella supo que ese instante congelaba una lección sumamente importante.

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Decidió preguntarle: -“Avecilla, ¿quién te desplumó?” – Sin esperanzas de que el pájaro en cuestión, le respondiera. Entonces comenzó a caer una dulce llovizna. Y así fue que de una forma indescifrable, ella entendió que aquel pájaro había sido ella, y a su vez, ella era ahora aquella ave. Se sintió pájaro. Se sintió muerta. Se sintió putrefacta. Se sintió bien. Acercó su rostro lo más que pudo al suelo hasta poder olfatear ese aroma a tierra, a humedad, a hojas caídas en el otoño… Y que aguardan toda la temporada para rebrotar en la copa de los árboles. Esas mismas copas que se ven, ahora, tan lejanas, desde el fondo del jardín. Cerró sus ojos para poder percibir el paso de las horas, de los días, de las semanas… Nadie ofrece mejor entierro que el tiempo. Se dejó empapar por la nostalgia del verano. Comprendió que no volvería a elevar el vuelo en compañía de las golondrinas… Las nubes le dedicaban un llanto como despedida. El que fuera una vez su bello plumaje, se encontraba ahora cubierto de barro. Sus huesos, expuestos, sentían frío. Sus garritas aún se empeñaban en alcanzar el cielo. Un escarabajo se encaramaba por su barriga. En otra situación le habría causado cosquillas.

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Cuando los gusanos empezaron a llevarse su cuerpo de a poco, sintió una ligereza que nunca antes había sentido. Esta liviandad no tenía nada que ver con la capacidad de elevarse. Si bien se sentía dispersa, no se sentía perdida. Sabía exactamente donde estaba: estaba en todas partes a la vez. Se encontraba en ese capullo de rosa, que aguardaba la primavera para deleitar con su color. Se hallaba en ese pez que al saltar del agua emitía ese seco “Glup!” Y en la mancha más oscura de esa hebra de pasto verde. No se había ido a ningún lugar… Poco a poco fue recobrando los cabellos y los dedos. Y cuando volvió a fijar la vista se encontró con su reflejo que le miraba desde la ventana. No había rastro del cadáver. Pero no era necesario. Ella sabía que de algún modo u otro, en todo lo que hacía, ella llevaba al avecilla dentro.

Nadie escucha a la muerte llegar….

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Desencajarse

El ser humano es un ser de cajas. Siempre intenta res-guardarse. Vive toda su vida en cajas y a ciertas horas se mueve para salir de ellas y entrar en otras. Luego, realiza el procedimiento inverso. Dentro de esas cajas, guarda y ordena todo en cajitas. Duerme en una “box-spring” y trabaja en “tarros” u “ordenadores.” Para movilizarse cuenta con cajas con ruedas. Y al morir es guardado finalmente en un cajón. Éste puede guardarse en cajas más grandes, bajo tierra o apilados hacia arriba. Y cada cierto tiempo se hacen reducciones a cajitas más pequeñas. O también puede escoger ornamentados jarrones diseñados para sus cenizas, que en el fondo, cumplen con la misma función. Sin importar los materiales o el estilo imperante de la época, no podemos negar la realidad de tales “cajas.” Cajas que no son “cosas” ni “lugares.” Puede que éstas tengan distintas formas, inclusive redondeadas; puede que les crezcan pasto encima o que carezcan de tapa alguna. Pero si salimos a dar una vuelta por la ciudad, nos daremos cuenta de como todo se encuentra “encajado.”

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Nombres Se supone que cada nombre debiera ser único, pues pretende señalar la individualidad de una persona. El tener como llamar a alguien, reconocer su existencia, nombrándolo… Diferenciándolo del resto, de todo aquello que no-es. De igual modo que cuando Dios fue nombrando las cosas para crearlas cuando hizo el universo. Antiguamente se creía que el nombre de una persona podía incidir en su destino. Es por eso que los padres lo elegían con mucho cuidado. Así se encargaban de que su hijo de crecido fuera “grande” “bello” “luminoso” “piadoso” o “virtuoso…” Los apellidos surgieron de este afán por individualizar. Así pues, “Tal” era el hijo de “Tal,” o de tal lugar, o tenía tal característica única.

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Pero si alguien se dedica a caminar por un cementerio, notará la gran cantidad de nombres que hay. Es una masa casi ilegible. Paredes enteras construidas a partir de puros nombres. Caminas por ahí y hasta la piedra esa, sobre el pasto, lleva escrito uno. Porque he ahí otro aspecto: en un 99% de las veces, están escritos, grabados, en piedra. Es el intento de permanecer. El deseo de recordar y ser recordado. Prevalecer más allá de las inclemencias del clima, del paso del tiempo. Los muertos duermen, pero cuando los llaman, despiertan. Cada vez que alguien lee esas palabras es como si ellos volvieran a la vida, aunque fuera por unos breves segundos. Se vuelven personas, con una historia, con un pasado. Para quien vea esas calles repletas de enormes mausoleos, que se aguante las ganas de pasar corriendo, tocando a las puertas, para ver si alguien contesta. Y ahora, incluso, comienza una nueva moda: colocar fotografías. Aquellos nombres ahora tienen rostro. Pero esos padres que tan cuidadosamente eligieron tal nombre, pensando en un dichoso futuro… ¿Habrían imaginado que en algún momento ese nombre terminaría escrito en una lápida? ¿Quién elige un nombre pensando en cómo se verá en la tumba?

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Y sin embargo existen cosas más sórdidas aún.Como que de las fachadas de mármol caídas de los nichos, abandonadas por alguien, se hagan los basureros del cementerio. En el fondo, todo es un acto de presencia (y es lo que vuelve tan atroz el abandono).La piedra erguida es un menhir, todo para decir “yo pasé por aquí.” Pero, ¿qué sucedería si se perdiera ese código? ¿Y si quienes transitan por ahí se olvidan de cómo interpretar esas señales? Más allá de las tumbas perdidas, tragadas por el desierto o la selva… Somos una raza que ha evolucionado hacia un sistema que mira hacia el futuro, no hacia el pasado. Los árboles genealógicos no son importantes. Los nombres y las fechas de la Historia se olvidan. No hay tiempo, no hay espacio… Recordar es doloroso para aquél que no tiene nada más que asociar a un nombre, más que la pérdida. El nombre es un mito y la utopía se ha roto.

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La Ley del Tres Toda la vida ella había escuchado la misma frase:“naces sola y mueres sola.” Pero en el fondo de su ser, ella quería creer que no era así. Si bien el mundo podía verse como una competencia darwiniana, donde el león captura a la gacela y el débil de la manada queda atrás… Ella sabía muy bien que todo dependía, también, del lente. Así, incluso la naturaleza era capaz de sorprendernos, de vez en cuando. Por ejemplo, con un perro que, a punto de sacrificar su propia vida, logra rescatar el cuerpo de su amigo canino de la carretera. O una madre morsa gozando con el enseñarle a su bebito a nadar. Porque, en el fondo, los animales no eran menos humanos. Y los humanos tampoco seran menos animales. Y es que en ese nivel de horizontalidad, todos buscan pertenecer. Todos buscan sobrevivir y, ojalá, perpetuar la especie. Tal vez, no necesariamente, por una cosa de mera reproductividad. Quizás, y esto era lo que a ella más le gustaba pensar, porque esa es la forma que tiene cada uno de trascender. Cómo decían los romanos: “Morsc certa, hora incerta,��� (La muerte es segura, la hora desconocida). Lo natural es morir. Vivir para siempre sería lo extraño. Y como cultura, pareciera ser que tenemos ciertos problemas para adecuarnos a esta verdad. Según como ella lo veía, concebimos este paradigma como quien sabe

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que fumar podría dar cáncer, o que comer golosinas puede dañar nuestra salud. Pero de ahí a que alguien te diga:“Tienes un cáncer al estómago y te queda un mes de vida,” hay una distancia kilométrica. Morirse, como ella lo entendía, no tenía por qué ser nada malo. ¿Cómo puede ser que lo desconocido deba ser, por obligación, peor que lo conocido? Para muchos era más bien un alivio. El fin de un ciclo. Y, ¿por qué no, el inicio de uno nuevo? El dolor es para los que quedan y deben aprender a vivir con la pérdida. Pero, nuevamente, esa era una especie de opción. Eran ellos quienes tenían asuntos pendientes. O veían que el susodicho aún tenía “tanto por vivir…” Pero, ¿qué saben ellos? La hora llega cuando debe llegar. No está en las manos de nadie. Llámese coincidencia o plan maestro o sumatoria de libres albedríos que se conjugan en un solo y único resultado. Para ella, ese era un tema con el que las personas aún debían lidiar. En otras culturas, por ejemplo, la muerte hasta se celebra. Por lo mismo, porque se asume que es un paso hacia otra etapa, una mejor. Claro que todo esto tiene estrecha relación con las creencias, la religión, la fe… Pero ese ámbito termina por teñir, quiéralo o no, las concepciones culturales profanas. Quizás, pensaba, aún más terrible que hundirse en ese ciclo de dolor, donde todo se ve como un gran sinsentido; sea salir de él. El tener que enfrentarse a que haya una razón. Porque desde ahí

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nacería el deseo irreprimible de increpar tal razón. ¿Cómo encontrar razonable tal motivación que conlleve el separarse de algo que valoras tanto como la vida? Hay quienes pueden lidiar con ello. Les da cierta paz. Pero a veces es más fácil encontrar razones para uno mismo, que para los demás. Ella siguió su recorrido. Luchaba con todo su ser por no dejarse empapar de ese sentimiento de soledad. Se negaba a creer que de la cuna a la tumba el viaje se haría en solitario y todos aquellos con quienes había compartido y todo lo que le hubiesen legado, pasarían como sombras difuminadas a sus costados. No, no se trataba del “sentido.” Se trataba más bien de ese trascender. La experiencia de otros, lo aprendido, lo gozado… Incluso lo inconsciente. Todo se traspasa. La verdad es que no nacemos solos. Aún si es un parto no asistido, aún si nuestra madre no está “ahí” en el momento exacto en el que nos extraen de su cuerpo… Lo que sucede es que las barreras del tiempo y el espacio son curiosas. Para nacer es necesario que haya vida y esa vida se da gracias a un padre y una madre que donan sus cromosomas. Así lo explica la ciencia. Más allá de los conceptos de familia que cualquiera pudiese tener. Entonces, sí hay tres. Un donante A, un donante B y un resultado C. Y en cierto modo ellos te acompañarán siempre, pues marcan quien eres. Ese cromosoma guarda toda tu información genética. Y si quisiéramos ponernos místicos, ¿por qué no toda la experiencia vivida también? Así, somos

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el resultado de nuestros padres, pero llevamos con nosotros la herencia cultural. El traspaso de lo vivido. Y esta carga se acentúa más si, en efecto, hay un acompañamiento a lo largo de la vida. Una crianza. Ella se detuvo, pero no por eso contuvo el desborde de sus pensamientos. Podía ver el cartel lleno de polvo de la entrada. Pero no lo leyó, ya sabía lo que decía. Recordó unos brazos de piel suave, pero algo flácida. Una mano que le hacía cariño en el pelo. Un cabello grueso que caía sobre su rostro… Era lo que en su memoria permanecía, una imagen sensitiva de lo que recordaba como su madre. Estaba cansada de las idealizaciones que constantemente hacían sobre la maternidad. La de ella no tenía medidas de modelo, ni vestía ropa cara, ni iba al gimnasio. Tampoco luchaba por mantener la casa limpia y no salían flores cuando oprimía el dispensador de “airwick fresh matic.” Pero su madre era buena. La había querido, le había dado todo. Una cama cómoda que se hacía una vez por semana, el olor a legumbres en la cocina, y el delantal desteñido, pero que había hecho la abuela. Sí, siempre uno podía recordar a la madre. Esa figura idealizada en torno a lo que es ser maternal. Pero eso es cuando uno nace. Ella se preguntaba, ¿Y al morir? Porque, cuando uno nace es el inicio de una vida.

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Es todo lo que uno podría llegar a ser. Las proyecciones de un futuro infinito. Pero, ¿y al llegar la vejez? Claramente nuestros antecesores, lo más probable, es que ya no estén. Uno puede añorarlos con la esperanza del reencuentro. Pero sucede que, muchas veces, nuestros descendientes no son capaces de devolver el mismo cariño. ¿Cuántos serán los abuelitos que yacen en hospitales, en hogares, incluso en las calles…? Olvidados, apartados, simplemente porque son un estorbo. Porque ya nadie sabe cómo atenderlos. Porque nos da asco. Nos da miedo mirarlos a los ojos y ver que alguna vez ellos fueron como nosotros y algún día podríamos ser como ellos. Conocer el deterioro. Enfrentarnos a la caducidad. Ver que es real nuestra propia mortandad. Pero aún no. Ellos no están muertos. Simplemente no encajan dentro de nuestro veloz y acelerado sistema de producción. ¿Qué puede decirnos alguien senil? No abarca nada de cordura, y todo el posible conocimiento puede adquirirse más fácilmente en internet. ¿Qué puede tener que decir? Ella pensaba: Más bien, ¿qué derecho tenemos nosotros de enmudecer tan arbitraria y ciegamente, esa voz? Y entonces recordó a esos paramédicos, técnicos y enfermeras… A esas “damas de compañía” e incluso a los hijos y nietos cariñosos. Pero es distinto, se dijo. Si bien cuesta, incluso para los miembros de una familia, sacrificar el pudor y la comodidad, por sus seres queridos (que no

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cualquiera hace),imagínate hacerlo por un total desconocido. Recoger sus excrementos es más que un trabajo que algunos hacen porque no tienen opción. Sino que para muchos es una vocación. Lavar sus heridas, limpiar sus cuerpos, sostener su mano y escuchar… Es más que algo médico. Es un verdadero gesto de amor. No es caridad, es cariño. Y en ese sentido, eran trabajos sumamente ingratos. Incluso para el médico de anatomía patológica o el encargado de las pompas fúnebres. Ahí no hay un paciente. Ahí no hay una vida que preservar. Es más, muchas veces hay una familia que no entiende, una sociedad que desconoce. Pero no es sólo un trabajo que alguien tiene que hacer. ¿Cómo explicar que lo que a algunos estremece a otros los apasiona? Y es que la muerte también puede dar paso a las manifestaciones de amor. Todos ellos, son como madres. Cada uno encargado de que la persona que acaba de fallecer siga siendo persona, a pesar de lo que diga la ley. Que reciba todos los honores que merece, según las creencias que profesara. Que la familia pueda despedirse como corresponde. Que en torno a cualquiera que haya sido la situación que rodeó la muerte del familiar, todos se queden con la tranquilidad de que se ha hecho todo lo correcto, todo lo posible. Irse en paz, cuesta, porque hay que dejar ir. Y en ese sentido ellos eran los facilitadores de aquella acción.

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Ella ya sabía todo eso. Lo que no sabía, de lo que se enteró más tarde, era que entre todas estas profesiones circulaba una creencia:“Las muertes vienen siempre de a tres.” (Y los nacimientos también). Fue una sorpresa encontrarse con ese dicho en varias situaciones diferentes. Pero esto hizo que, finalmente, se le confirmase en su interior que el paso por este mundo no era un paso alienado, solitario, individual. Sino que de algún modo, nos conectábamos con los otros. Nos las arreglábamos para estar siempre acompañados. Si bien fuéramos sólo nosotros, la muerte y nuestro legado. Llegando a esta conclusión, ella se sintió mucho más tranquila. Sabía que, de ahora en adelante, sin importar lo que le deparaba el destino, se cumpliría la ley del tres. Eso era, el número divino. Las tres edades del hombre: la infancia, la adultez y la vejez. El pasado, el presente y el futuro.

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Partir Él murió en su ley. Eso es lo que decían todos. Pero nadie lograba comprenderlo. Él había sido joven y nadie entendía como a su corta edad podía haber muerto. Era sano. Era feliz. ¿Por qué tenía que morir? Ya era suficiente con el hecho de tener que lidiar con la muerte de un hombre joven, pero además: ¿por qué tenía que ser de ese modo? “Accidente” le llamaban. No era ningún accidente. Claro que no era planeado, pero el andar recurrentemente en motocicleta, a sólo Dios sabe cuántos kilómetros por hora, era atraer la desgracia. O al menos, eso era lo que todos decían. No, nadie lo entendía. La llamada telefónica fue sorpresiva. ¿Quién espera que el celular suene para anunciar una desgracia? Normalmente uno esperaría que fuera la compañía telefónica o algún banco anunciando un crédito pre-aprobado. No la muerte de tu hermano, quien chocó en moto contra un árbol. No, eso nunca se espera. Uno pensaría que tras tantos años tras el volante, recorriendo el mismo camino, él sabría. Pero no, él no sabía. No tenía cómo saber.

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Hacerse cargo de los trámites fue difícil. Mamá estaba destruida. Papá no hablaba, ni era capaz de levantar la mirada. Así que me tocó hacer todo el papeleo. Era mucho. Era confuso. Era agotador. ¡Tanto que no sabía! Tanto que jamás me había preguntado. Ni siquiera tuve la oportunidad de averiguar qué hubiese preferido. No habíamos hablado del tema, ni aún para ponernos en el caso de que a papá o a mamá… No, uno no se pone en el caso. Y de repente hay tanto para elegir. ¿Cremación o entierro? ¿Cuál era su fe? ¿En qué creía mi hermano? ¡¿Cómo no lo sé?! Me sentí la peor persona del mundo, sentí no conocerlo… Los días para armar todo eran muy pocos. Fue como si planeara un matrimonio en apenas dos días. Debía llamar a amigos, contener familiares, firmar papeles, ir a oficinas y sobre todo elegir. Porque tal cual una boda, había sólo un momento y lugar para hacer las cosas bien. No podía equivocarme. Se lo debía: hacer que su despedida fuera tal y como se la merecía. La señora que me atendió fue muy comprensiva. Poco a poco me fue guiando por este mundo desconocido. Por un lado, el tener que enfrentarme con el asunto y por otro, ir conociendo de qué se trataba, conocer las posibilidades.

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“Nuestro trabajo consta de eso.” – Me dijo. – “Debemos ser quienes dispongan de todo para que se cumpla la última voluntad del fallecido. Sus especificaciones son la ley para nosotros. Sólo somos los facilitadores de que todo ello se cumpla.” Me sorprendió lo fácil que me fue comunicarme con ella y lo bien que entendió mis ideas. Por un instante creí que era sólo una empresa más, que vendría a venderme un servicio, como muchas otras instituciones suelen hacerlo. Ella no era ninguna psicóloga o terapeuta. Me pareció que más allá de la experticia que pudiese haber desarrollado a lo largo de su pega, había algo más. ¿Empatía? ¿Vocación? ¡Qué sé yo! Al menos se sintió reconfortante poder trabajar codo a codo con ella, para despedir a mi hermano como debía ser. Como debía ser… Poco a poco se fue formando en mí una idea. Era extraña y alocada. Pero cuando me di cuenta de ello, comprendí que era justo lo que mi hermano hubiera querido. Era él.

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“Disculpe… ¿Realmente se puede hacer… de todo?” –Pregunté, con miedo, no sólo a que me dijeran que no; sino más bien, a que creyeran que había perdido la cabeza. Había una alta probabilidad de que no entendieran realmente lo que quería lograr. “Sí, o sea… Depende. Pero en su gran mayoría sí. Como dije, nos han pedido de todo, las cosas más insólitas, y nuestro trabajo es la realización de ello. Velar porque se cumplan esos deseos.” Sonaba muy lindo. Como una especie de hadas… Cumple… Deseos… No lo sé. Quizás, un funeral no era solamente el momento para los deudos de vivir el duelo y despedirse, sino que también cumplir las últimas voluntades de quienes pasaban a mejor vida. Era el momento pic de su historia. Cuando dejaban de formarse para, sencillamente, ser. Y aquí se les daba la oportunidad de ser recordados como siempre hubiesen querido. Para algunos es alterar la memoria, para otros, simplemente, demostrar quienes realmente habían sido.

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El día llegó y, debo admitir, estaba increíblemente nervioso. Producto de los hechos, todos se habían concentrado en su propia pena y habían aguardado el momento de la ceremonia para poder liberar esas tensiones en un acto solemne. Nadie tenía idea de lo que yo había preparado. Comenzó la misa y todo salió conforme a lo planeado. En general la gente apreció mis elecciones: el libro de condolencias estaba lleno de firmas, el equipo de velación aguantó bien y hacía una bella combinación con el féretro elegido. Se llenó de flores, de todos los colores. Debo admitir que se veía bello. El coro cantó una canción tranquila, nada muy dramático, que resultó una agradable compañía a la voz del diácono; que ofreció una ceremonia breve, pero concisa. Hubo gente que lloró, sí. Era un momento muy emocional. Creo que se adquirió una atmósfera conciliadora. Cuando el acto hubo terminado, debo admitir que empecé a temblar. Durante toda la misa me concentré en el dolor que tenía por la pérdida de mi hermano y había olvidado lo que ocurriría a continuación. No estaba seguro de cómo resultaría todo, sólo sabía que ya era demasiado tarde para cambiar de idea.

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El grupo salió del templo lentamente. La procesión avanzó por un largo trayecto del parque hasta el sitio donde se produciría el entierro. Ahí esperaba el toldo, con el ataúd ya colocado en posición, listo para ser bajado. Las flores alrededor. Un par de sillas para las señoras de mayor edad. Y… Un par de parlantes gigantes con subwoofer. En cuanto se congregó suficiente gente comenzó a sonar a todo volumen “Pump it” de los Black Eyed Peas y un par de modelos vestidas con los trajes de fórmula uno comenzaron a repartir en bandejas unas copas de champaña. La gente estaba atónita. Se veía en sus rostros cómo no lograban procesar la situación. Algunos incluso se mostraban reticentes de recibir la copa. Como pude, me las arreglé para tomar un micrófono. La música disminuyó un poco. Debí soltarme algo el nudo de la corbata, pues el nudo en mi garganta era más grande. Podía sentir en la nuca cómo se clavaban los ojos atónitos de mi padre. Sólo deseaba que no estuviese queriendo matarme en esos instantes.

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“Gente, estamos aquí reunidos para despedir a mi buen hermano…”- Comencé. Nunca fui un buen orador. Y aunque lo hubiese intentado, sé que mi hermano no estaba ni ahí con empezar a citar poesía. Intenté ser lo más honesto que pudiera. Hablar del hombre que conocí. Tratar de compartir la experiencia de lo que fue vivir con él, de lo que él me había dejado. Y sobre todo, tratar de explicar qué significaba todo esto. –“Es lo que mi hermano hubiera querido,” –dije finalmente. Y así, brindamos con un champañazo en su honor y volvimos a subir el volumen. Fue notable como en el transcurso del tiempo los rostros de quienes estaban ahí se fueron transformando. La pena y el sufrimiento, la incomprensión y hasta, por qué no, la cólera; dieron paso a la alegría, la serenidad, la emoción, la aceptación… Pude observar con mis propios ojos la catarsis. Ya no era el dolor de cada uno de ellos lo que podía verse, era la esencia misma de mi hermano. Era el paso siguiente. Caminando entre ellos podía escuchar los fragmentos de historias, cómo mi hermano había tocado, de algún modo, la vida de cada uno de ellos y cómo, así, él seguiría viviendo a través de todos quienes estuvieron ahí aquel día.

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A veces le tememos más al dolor que a la muerte, y ambos aspectos no deben confundirse. En ese instante el dolor se fue. Y lo único que dejó fue ese rastro aromático del recuerdo amoroso del ser querido.

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Agradecimientos: A la dra. Poggi, al dr. Zamora y a Paola Fernández, del SML de Valparaíso, que me permitieron conocer su trabajo, con tan buena disposición. A Ninoska, Edith, Gonzalo, Sandra, y todos quienes me ayudaron, compartiendo conmigo sus experiencias; y a Carla y al Director, Patricio Vera, que me permitieron realizar las entrevistas en el Hospital de Quilpué. A Marcela Cisternas, quien trabajó en el Cementerio Parque del Mar y me reveló algunas de sus historias y sentimientos. E incluyo a la señora de la pérgola de flores del Cementerio Santa Inés. A Wences, quien compartió conmigo el decreto 1439. A mi madre, que no sólo se interesó en mi trabajo, sino que me dio muchas ideas en las que reflexionar. A Jota, quien me enseñó a editar (y quien es todo para mí). A toda mi familia y amigos, quienes me apoyaron y aportaron con todo tipo de ideas. En especial a mis compañeros del Taller de Escritura, quienes son mi grupo de editores y me permiten ir cada día mejorando. Le dedico este libro a mi hijo, Rafael. Para que viva su vida apreciando cada momento y sin miedos que le impidan disfrutar del día a día. Con cariño para todos uds. y en especial a los que han partido. M.G.

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