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AUTORA: María Blasco Jiménez 2ºA


Desfilaban los últimos destellos del día cuando me adentré en la parada del metro que habría de llevarme de regreso a casa. Aquella jornada de lunes había sido muy ajetreada y estaba deseosa de poder llegar a casa y relajarme. Apenas había nadie en aquella estación y, como siempre, me senté en una de las sillas del andén a esperar al metro, que en unos minutos debería aparecer por la boca oscura del túnel. No soportaba aquel silencio en la estación, así que saqué mi móvil y me puse los auriculares para escuchar algo de música. Entonces, entre un viento arrollador que se llevó algunos papeles del suelo, un tren emergió de la oscuridad del túnel, negro como la boca del lobo. El tren frenó con un ruido ensordecedor y chirriante, acto seguido, las puertas se abrieron de par en par, dándome la bienvenida a un vagón desvencijado: la tela de los asientos estaba raída y las paredes presentaban varios arañazos profundos. Sin darle demasiada importancia subí, pensando que aquel metro me llevaría a casa. Entre gemidos y chirridos las puertas se cerraron y el tren se desperezó y avanzó de nuevo hacia la tiniebla del túnel. Iba sola en el vagón, cosa que me agradó, muchas veces la cabina iba llena de gente que, como yo, regresaba a casa con mirada vacía y cansada. Las ruedas chillaban sobre los raíles y las luces del vagón parpadeaban sin cesar, hasta que se apagaron, dejándome sumida en la oscuridad. El tren se bamboleaba a un lado y a otro, como si grandes ráfagas de viento lo empujaran sin miramientos. De pronto, el tren frenó bruscamente. “Otra avería del metro”- pensé. Entonces, las puertas se abrieron, desvelando lo que parecía ser una estación sumida en la tiniebla. -Atención pasajeros, última parada, deben abandonar el metro.-anunció una voz seca y fría por el altavoz. Extrañada y, algo asustada apagué la música y bajé. El metro se alejó de nuevo por los raíles dejándome tirada en aquella oscuridad fría y cavernosa. Nadie más bajó del metro y no se veía ni oía ni una alma en aquella extraña estación, sólo yo. Lejos de mí se adivinaba una luz trémula. Me dirigí hacia allí, aliviada. Avanzaba a tientas por lo que parecía ser un angosto corredor y, casi sin darme cuenta, llegué al foco de luz. Estaba en una sala excavada en la roca, iluminada únicamente por una antorcha sujeta a la pared. Precisamente entonces reparé, horrorizada, en los cuerpos esqueléticos de humanos por el suelo de piedra, a su alrededor estaban desperdigados todo tipo de palas, picos y cascos de obrero. En ese instante, tras de mí, escuché unos chirridos metálicos. El metro. Se acercaba por mi espalda, como si tuviera vida propia y quisiera arrollarme... Me desperté. Estaba sentada en una de las sillas del andén, continuaba con los cascos puestos y la música seguía sonando. Me estaba preguntando si todo había sido un sueño, cuando un tren asomó por la boca del túnel, tímido. Estaba en perfecto estado. Las puertas se abrieron y observé que el vagón estaba ordenado y limpio. Aliviada, pensé que todo había sido un sueño, y subí. El viaje transcurría con normalidad, hasta que reparé en un periódico de esos que dan gratis en el metro cada mañana. No pude evitar leer el titular y la pequeña reseña de la portada:


“EL PAÍS” 24-10-11

“continúan desaparecidos los seis obreros del metro” Los seis obreros desaparecidos el pasado día 20 de Octubre continúan perdidos en las galerías del metro. Se cree que mientras construían la nueva estación, fueron arrollados por un tren que llevaba años fuera de servicio debido a sus continuas averías..........

Estaba lívida, yo ya sabía lo que había ocurrido.


Las huellas de mis chinelas quedaban impregnadas sobre el encharcado y embarrado camino, mientras recorría avivadamente el tétrico y escalofriante bosque helado. Mi aliento escarchado se fundía junto al impávido aire glacial. Las ramas puntiagudas y afiladas arañaban cariñosamente mis brazos acogiéndome en su suntuoso hogar. Mientras mi pecho subía y bajaba al compás del caer de las estrellas heladas, la pura luna empezaba a fulgurar sobre el cielo purpúreo adornado con un sinnúmero de nubes grisáceas. Atravesada la ardua y deslizante vereda vislumbré un antiguo baluarte, uno de los flancos estaba derruido y cubierto de espesa nieve. La línea de gola era transitable hacia el interior aunque la densa niebla no lo hiciese visible. Poco a poco caminando apresuradamente y arrastrando la sucia y corroída falda color Gneis me dirigí hacia aquellas cinco paredes que me resguardarían de la difuminada y amarga realidad, aunque solo fuera por unos breves instantes. Me sentía tan desdichada, tan ruin, tan insignificante que solamente deseaba echarme a llorar. Ellos habían hecho de mi vida un eterno sufrimiento, ellos habían imbuido en mí fantasías y sueños inalcanzables haciéndome volar sobre el cielo más azul y puro inimaginable, pero luego me habían dejado precipitarme hacia el más oscuro abismo tomando de mí lo que ansiaban cuando me permitieron iniciar el vuelo hacia el edén. Y ahora yacía yo bajo las estrellas en un llanto incontenible llorando lágrimas de sangre que teñían la nieve del color de las amapolas que meses más tarde adornarían los campos. Me levanté del frío escalón agrietado y me sacudí la nieve que se había acumulado en mi regazo, de repente noté un ardiente soplo correr tras de mí, giré la cabeza en su búsqueda, solamente pude atisbar unas colosales y pronunciadas huellas marcadas sobre la terrosa nevada. Asustada ante tal indicio eché a correr lo más lejos de allí, ante mi asombro y perplejidad una magnánima sombra se acercaba cada vez más y más. Mi respiración agitada e incontrolable frente a la aprensión de la muerte no me permitía pensar con claridad hacia donde me dirigían mis pasos trémulos. Aquella criatura atenebraba la naturaleza convirtiéndola en una mácula de viso. Sus largas y fornidas extremidades galopaban sin perturbación alguna. Sus garras afiladas alzaban la tierra por la que grababa su senda rápida y ávida de sangre. Súbitamente un disparo retumbó en el aire haciendo a los lóbregos y sagaces cuervos alzar el vuelo de sus tilos hacia las estrellas. La bestia asustada ante tal sobrecogedor y recóndito sonido aligero su paso y retornó al baluarte. Aliviada y agradecida me dispuse a volver a la villa. De repente y sin previo aviso una áspera y callosa mano enmudeció mis palabras y agarrándome por la cintura me derribó sobre la nieve. Asustada intente escapar de su agarre pero todas mis tentativas eran infructuosas. Mi falda junto a mi casaca de seda había sido despojada de mi cuerpo y esparcida por el terreno. Me besó ferozmente, su aliento hediondo apestaba a licor barato y su lengua se introducía en mi boca produciéndome arcadas. Una de sus manos recorría todo mi cuerpo impetuosamente y la otra se encontraba en su pantalón. Antes


de que pudiese reaccionar aquel hombre de tez oscura sacó una vieja navaja marinera. Lenta y dolorosamente fue recorriendo mi cuerpo con el filo oxidado y carcomido dejando tras de sí finos hilos de sangre adornándome como un cuadro que va ser admirado. Cuando se hubo cansado de jugar conmigo decidió que era hora de cumplir su encargo, sus ojos se posaron sobre los míos pidiéndome perdón en cambio mis ojos le susurraron clemencia y en un momento de benevolencia el robusto hombre me perdonó la vida, aunque no sin antes asegurarse de que no podría volver a casa. Su navaja se ensartó sobre mi abdomen haciéndome emanar gran cantidad de sangre. Si bien sabía que en mi estado no alcanzaría muy lejos intenté llegar a algún camino principal en busca de un alma noble que me socorriese. Busqué una rama robusta para ayudarme a emprender la búsqueda. Una vez hube conseguido mantenerme en pie lenta y dolorosamente fui dando pequeños pasos vacilantes. Andados unos pocos metros volví a sentir ese ardiente soplo tras de mí, así que eché a correr lo más lejos que pude de allí en mi estado, el cual no me beneficiaba en absoluto. Aquella ciclópea monstruosidad iba tras de mí anhelante de sangre. Poco a poco se fue acercando cada vez más y más hasta llegar a la gélida laguna. Era medianoche cuando la bestia se abalanzó sobre mí, la oscuridad teñía la escena y ocultaba el rostro de mi fratricida, solamente se avistaban unos rasgados, pequeños y centelleantes ojos rojos ávidos de sustento. Sus garras afiladas e inmundas desgarraban mi interior. La sangre pintaba su pelaje áspero y cuantioso de un color bermejo. Sus largos y puntiagudos colmillos se hincaban sobre mi piel levantándola en grandes jiras que viajarían a su estómago. Grité y grité pero mis alaridos eran inútiles, así que me dejé hacer. Simplemente observé las infinitas estrellas sabiendo que hoy me reuniría junto a ellas, que en breves instantes tan solo quedaría de mí mis frágiles y nácares huesos sobre la helada superficie. Cerré los ojos y sentí el agua inundar mis fosas nasales. Abrí los ojos sobresaltada e intenté regresar hacia la vida. Pero fue inútil, lo último que vislumbre fueron mis chinelas color chocolate abandonarme antes de poder iniciar mi viaje hacia al edén, otra vez, y esta vez no caería en un oscuro abismo, esta vez sería por fin para siempre. Asunción Mateos Gámez 4ºD


Cuentos de terror