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El
 último
 recuerdo
 que
 conservo
 de
 mi
 abuelo
 es
 una
 carta
 casi
 ilegible.
 Mis
 lagrimas
 habían
 desdibujado
 gran
 parte
 de
 sus
 letras
 de
 tinta
 azul.
 Entonces
 se
 escribía
con
pluma,
o
por
lo
menos,
mi
abuelo
era
una
de
esas
personas
que
aún
se
 negaba
a
usar
bolígrafo.

 La
carta
decía
que
él,
abuelo
por
parte
de
madre
por
cierto,
al
otro
nunca
le
conocí,
 me
 deseaba
 todo
 lo
 mejor
 en
 mi
 viaje
 por
 América
 del
 Sur,
 donde
 estaba
 en
 ese
 momento,
 con
 dieciocho
 años
 yo,
 él
 en
 sus
 ochenta.
 En
 esas
 letras,
 yo;
 que
 había
 heredado
 su
 nombre
 ente
 los
 míos,
 nombre
 que
 nunca
 me
 gustó
 la
 verdad,
 supe
 que
él,
un
urólogo
de
prestigio,
fundador
de
congresos
y
patriarca
incuestionable
 de
nuestra
familia,
me
aceptaba
tal
y
como
era,
sentía
orgullo
por
mí,
a
pesar
de
no
 interesarme
por
la
medicina,
como
mi
hermano.

 Al
menos
esto
es
lo
que
recuerdo
de
aquella
carta,
que
no
he
vuelto
a
ver
durante
 veinte
 años,
 pero
 que
 seguramente
 esté
 bien
 guardada,
 en
 su
 sobre,
 con
 las
 iniciales
del
abuelo,
o
con
sus
varios
títulos
oficiales
de
oficio
y
cátedra.

 La
 impresión
 que
 deja
 un
 ser
 querido,
 y
 al
 mismo
 tiempo
 tan
 lejano,
 tan
 inaccesible,
tan
avanzado
en
su
viaje
hacia
la
eternidad,
que
puede
ser
un
abuelo,
 es
 mucho
 mas
 profunda
 que
 la
 impresión
 fotográfica,
 más
 que
 la
 luz
 dibujada
 sobre
un
papel,
o
la
impresión
que
ha
dejado
su
cuerpo
a
lo
largo
de
los
años
en
su
 sillón,
en
el
que
un
buen
día
decide
no
sentarse.

 Moritz
Neumüller


Imagen
de
Matteo
Rebuffa


Text DOS VIAJES by Moritz Neumüller