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(lyrics) Y ya no espero que el párpado se llene, viendo que con la fe nada a mis manos viene. Ya no busco la verdad porque dime quién la tiene. Será mercadotecnia subliminal lo que nos mantiene. Hay un déficit entre Amor y Dinero, no hace falta nada contigo porque por ti me muero. Será una carta de amor, un beso un rezo, un dime cuánto realmente puta madre te intereso. Soy como mantis religiosa: puedo amarte y odiarte, en esta vida y otra no podré olvidarte. Vida corta, Como burbujas de jabón, que explotan saturadas de alegría, corazón. Hoy te amo ayer también mañana tal vez, pregúntale, augúrale a la estrella que robé y te regalé. No sé cómo un abrazo en la angustia puede calmarme, no sé cómo puedes lastimarme, odiarme y amarme. Y drénate, que fluya el río, dime te amo en un suspiro y espera mientras sonrío. Y escúpelo, que salga todo, que salgan lágrimas exactas, rectas a modo de coro. Y grítalo, que emerja el viento, dímelo, arráncalo del alma y dime todos tus lamentos. Y ódiame, como a cualquiera y piensa si la pena que es cada noche mi alma quien te espera. Ámame como lo haces, no más que a mi sangre como el poeta ama sus frases. Mírame como a la luna, a veces soy lo oscuro, a veces soy el sol que cura la bruma. Y exhala las migajas de alegría que algún día tuvieran las sonrisas de cuando niña, y róbame un beso de vez en cuando, abrázame fuerte cuando en tu corazón cabalgo. Apriétame, el alma sin ardor, sosténmela muy fuerte para empaparte de amor; y lucha si mi alma no te escucha, no te escondas como niño guarda miedos bajo capucha. Y reza por la vida de nuestra vida, y escupe un suerte al viento si nuestro amor se te olvida. Y ámame por siempre si así lo quieres, pero nunca me digas, que por mí te mueres.


La cabecera se durmió con mis sueños y tus labios abrieron los míos para decir un tal vez. Cuando cerré mis ojos para abrirlos contigo se deslizaron dudas como un por qué. Entonces empecé a caminar al sur, a escuchar risas de lunas con cremalleras que se alejan cuando te despides. Te subiste a mis manos para cubrir suspiros, y regalarme una madrugada sin futuro. Tu sombra me concedió un jergón, tu sí desempolvó mi alma y derrumbaste las estatuas y fantasmas de mi corazón. Me cambias besos por besos, y dejé al llegar un recuerdo por una mentira. Me levanté para ser un gusano de seda y dejé que me vieras perdido para que me encontraras en cuadro de alcatraces. Un reloj, una pulsera, un cigarro, un poema, dos pañuelos y siete gatos en una vida, volvieron a sonreírme para volar en tus pestañas. Me libré de los anzuelos que rasgaban mi paladar para escuchar tu verdad. A medias esperanzas. Me arrepentí en tus dientes para no naufragar atando cabos que susurran desvelos. Un ciego vidente acertó cuando dijo que comprarías los derechos de mis ojos. Tu falda me aventó por una escalera con más de cien caídas.


Escribí hojas con intenciones para agradecer tu tiempo, cuando los besos habían quedado vedados para mi boca. Pero el carmín de tus labios comenzó a despertarme. Sin hacer ruido, de puntillas sin hacer ruido, pinto sonetos de recuerdo. Donde muere el ruido empieza mi desconcierto. Castigado a contra luz, sin lámparas de repuesto, antes de saber si estoy despierto languidece mi pluma en blanco desierto. Desnudo, sin prisas, queriendo más de lo que puedo, como pretendiendo un verso, se escurre la tinta por el lienzo, escuálida, sin brisa veraniega, frígida de sentir lo que yo siento.


PABLO AVILÉS

De ahí donde yacen tus cimientos, surgen como el fuego tus fauces indómitas, lenguas de potencia estrafalaria e inmanencia animal. Ya son corrientes bestiales de carne y hueso. De ahí donde yacen tus cimientos, Son nuestra barca, surgen emanación como el de fuego tus fauces indómitas, putrefacta sentido fáctico, lenguasmanifestación de potencia estrafalaria fantástica del espíritu. e inmanencia animal. Nosotros, los arrojados al fango alYa limo de corrientes centurias acumuladas en elde pecho son bestiales carne y hueso. somos únicos así como somos perversos. Son nuestra barca, De ese fango dimana nuestra fuerza, putrefacta emanación de sentido fáctico, luz fraguada en cavernas sin sentido, fantástica manifestación del espíritu. mas aún pureza, Nosotros, los arrojados al fango aquella fétida inmaculada al limo pureza de de centurias acumuladas en el pecho un perro. únicos y perversos. somos

De ese fango dimana nuestra fuerza, luz fraguada en cavernas sin sentido, mas aún pureza, aquella fétida inmaculada pureza de un perro.


Estuve dentro de tus sueños sumergida en otros sueños que soñaban con los míos, entonces no necesitaba oídos ni nariz para respirar, no sé si respiraba… Estaba perdida en tus sueños soñando con lobos. Lobos en sueños, ¡absurdo! Lobos soñando. ¡Lobos! Lobos que sueñan con que ante el espejo son humanos. ¿Deseos? Qué sueños tan amargos. El laberinto empieza desde algún rincón de mis entrañas, me sale por el ombligo y abraza mi torso cual culebrilla; reptando sobre mis isquiones va y se inyecta en mi columna vertebral, sube; en un momento me cubro de lluvia de luz y el enigma vestido me susurra al oído. El ruido danza y aumenta... me grita palabras que chillan, un chillido repugnante se introduce en mis pensamientos y no hay espacio vacío para el miedo. Ahora sé, ¡ahora lo veo! no eres tú... no eres tú a quien veo; es la sombra del chiquillo que me ve desde su espejo. Ayer un espacio blanco estalló mi torso en sollozos, sollozos ajenos, chillidos repugnantes envueltos de un papel extraño de muy rara consistencia. Como una cápsula de viento subió el ruido por mi tráquea con un insoportable vapor que hinchaba mis ojos, mi piel se desprendió casi por completo y mis huesos torcidos, enredados, maltrechos, me llevaron a un recuerdo. Tuve entonces la sensación de muerte que tanto me toca, dolores no tan fríos, casi bellos, al ver a esa serpiente reptar por mi lengua.

YOLANNI GETSEMANÍ


Regla de monja, semen de gato, ojo de buitre, nariz de payaso… — Eskorbuto. Si es verdad que me sublimas hazme vomitar un infierno, conviérteme en tu arcángel bastardo para cagar al anticristo en una diarrea de amor y cocaína. He nacido en el callejón donde tiran la basura de la clínica de abortos clandestinos, soy la mosca que revolotea en los ojos de un niño muerto, la sonrisa del piloto que bombardeó un hospital. Sé que con tu belleza puedes elevar a los hombres a la altura de cualquier dios, pero yo no quiero volar alto, quiero estar más abajo (en escala traumática) que el soldado que mató a una mujer embarazada en Sarajevo, quiero ser el nido de gusanos que trae en la conciencia el culpable de los niños quemados en la guardería ABC. No te pido la inmortalidad, esa le corresponde a las estatuas de las vacas sagradas que cagarán las palomas. Yo soy el fraude de la muerte en el suicida más atroz, el paracaídas que no abrió. Soy el semen en el rostro de la niña en un video porno infantil, soy el Fobaproa que pagarán mis nietos, la rata sarnosa que le escarba el culo a Carlos Salinas todas las noches en sus sueños. Soy la bala de Cuerno de chivo en el cráneo del mejor estudiante en el Tec de Monterrey. Soy la frontera de Cd. Juárez con cinco mil mujeres muertas, soy la franja de Gaza que le produce indigestión a la muerte. Soy Bin Laden jugando Black Jack en Las Vegas, soy Hussein en su última puñeta, soy Atila llorando por su madre muerta, Henhis Kan triste por su caballo herido, yo soy Hitler apagando las velas del pastel, Felipe Calderón anunciando el progreso del país mientras desentierran a trescientos muertos de una narcofosa. Soy el SIDA en el rostro de un bebé nacido en África, la erección de 15 cm. del Papa. Soy el narcovideo donde decapitan a un Z, el niño violado por el párroco dentro de la iglesia, la botarga de Mickey Mouse que tubo sexo


sexo oral con una niña de siete años en un baño de Disneylandia. Soy Wallstreet lavando el dinero de las FARC. Soy un derrame de petróleo en algún golfo, la ballena arponeada respirando sangre. Soy un hijo de Martha Sahagún, el botox más caro en el rostro de Elba Ester. Soy la esperanza de vida de los niños nacidos en Chernobil.

Nota: para este texto fue la imagen más ofensiva que pudimos encontrar.


IVÁN GAXIOLA Desgajaban el momento divino del esplendor lento y copioso que existe en el sexo sin amor. Llegaron a las últimas consecuencias, a los prados de la lujuria sádica, a la zona de fetiches vivos. Su comienzo fue tan común como cualquiera. Hablar de cine, criticar el sonido que está en boga, una línea de Ginsberg, tomar whisky en aquel bar, ¿tu casa o la mía? Vamos a ver qué tan bueno eres. Si esa boquita carnosa se mueve tan bien allá abajo como lo hace aquí, hablando. Y él besó sus labios como si su vida dependiera de ello. Los felinos gritos y las uñas en las espalda lo motivan, cada vez más, a succionar dulcemente el clítoris entre sus labios, para acariciarlo con la lengua, dentro de su boca. Eyaculó tres veces. Me vine como cerdo, dijo ella en un jadeo. Esa mañana el sol menguó para dejarlos dormir hasta tarde. Amaneció un día frío, una atmósfera idónea que aprovecharon hasta rendirse de hambre. Siguieron divirtiéndose el uno con el otro, metiéndose por todas partes, explorando toda cavidad y escupiendo dentro. Se volvían sucios y violentos. Oríname en la boca. Méteme la lengua en el culo. Termina en mi cara. Sus rituales cada vez exigían más sacrificio, nuevas drogas y complicados movimientos. Filosos juguetes, profundas mordidas. Un hilo de sangre. Restáñalo de un beso. Golpéame hasta salir corriendo. Iban juntos, siempre al mismo bar, y ligaban chicos, chicas y quien estuviese dispuesto a disfrutar de un sexo que humillaría a cualquiera. En ocasiones, eran una maraña de seis brazos u ocho piernas, pero ellos jamás dejaban de verse a los ojos, de usar a los otros como marionetas vivas. Al cabo de unos meses lo hacían en las calles, en mesas de restaurantes, baños públicos, taxis, escuelas de noche. Pasaban tardes enteras en los jardines de la ciudad, rodaban por el césped y terminaban verdes y húmedos como dos perezosos. Al llegar la noche, veían las estrellas e inventaban constelaciones: El gato serpiente, La cara de Dios. Un racimo de luciérnagas. Algunas veces ella se acomodaba bocabajo, con los codos descansando sobre la hierba y levantando la cabeza sobre el cuerpo tendido de él.


Entonces le habló de las ciudades que conocía, de Praga y sus fruteras pintoras, del puente Carlos IV y el río Moldava, la ciudad vieja y el barrio Mala Strana; de Münich, del EnglischerGarten, las personas desnudas en el Isar, la Odeonsplatz; siempre Gerona, la ciudad de los cuatro ríos, los tonos del marrón que conoció contemplando el Onyar en el casco antiguo y sus casas con sonrisas de ropa tendida; le hablaba de sus amigos, de antiguas borracheras. Le gustaban esas noches, le gustaba ella. El decline vino con el amor. A él se le fue un te amo en el baladro de un orgasmo y ella se detuvo. -¿Qué dijiste? -Lo siento, fue sin pensarlo. -Y, ¿es verdad? -No, fue sólo el momento, el éxtasis, ¿sabes? Seguro creyeron que el pleonasmo de conocerse profundo jamás llegaría. De repente él se quedaba dormido de ebriedad o ella despedía besos desinteresados, como encendiendo otro Marlboro, cayendo su amor contemporáneo en lo inevitable. Dejaron de frecuentarse poco a poco. Una llamada a la semana, una al mes. Sólo para repetir aquel ritual conocido y desagradablemente reconfortante en el mismo hotel. La última noche ella despidió una lágrima. Él la bebió de un beso. Cuando despertó se hallaba sola. El sol brillaba. ¿Acaso no era aquél un día nuevo? -Buenos días, señorita- dijo el recepcionista. Ella no contestó, pensaba en el futuro. Al regresar con un six-pack y una caja de cigarrillos, encontró la cama vacía. Se apresuró a bajar las escaleras con la cabeza llena de la primera vez. A la joven que me acompaña ¿la ha visto? Se fue hace un minuto, señor. Salió del hotel con la boca seca, vio su reloj, las nubes, se soltó llorando. No comprendía aquel repentino ataque de llanto idiota, aunque sabía que algo se rompía dentro de él y que jamás dudó que ocurriría de esta manera. Esa misma noche fue al bar y allí estaba ella. La vio, lo vio, y al oído, Elena dijo algo a su acompañante. Daniel los observó desde una esquina. Ella bajó la mirada y se apresuró a salir tomada por alguien más del brazo. Él encendió un cigarrillo de cacería. Por un momento sintió el aroma de las mañanas con ella.


Es fama que a sus ochenta y cinco años don Ramón metía sus manos en una caja de zapatos y te llenaba un papel para tortillas con mierdosas colas de mota, encorvado sobre sí mismo como un envejecido signo de interrogación. Alguna vez me advirtió, a través de sus ojos a punto de la ceguera, que a la raza brava de su calle no había cosa que le picara más el culo que los pinches soplones culeros. El viejo entraba y salía del Cereso en intervalos de seis meses o un año, con una cansada indiferencia, permitiéndole su retrato al ocioso periódico del gobierno que nos podría tomar una foto a ti y a mí por una ridícula chora o un veinte. Cuando don Ramón estaba encerrado, su hijo, apenas veinte años menor que él, nos vendía los gallos de su padre con mucha menor generosidad, pero no por eso dejábamos de visitar los tambaleantes cartones de su casa. Don Ramón es una de esas cosas que La Paz apenas y se da cuenta que ha ido perdiendo; es como el aguaje de mi nana en el Santuario, en el que recogía hasta la última corcholata antes de que llegaran los judiciales; es como el muelle abandonado del Hotel Baja, que justificaba las pinteadas de la secundaria y reunía a los chemos del Manglito. Tal vez yo sea joven todavía y me sea imposible hablar con naturalidad sobre lo que ha perdido La Paz anteriormente, pero mi nostalgia aun alcanza a ver un Parque Cuauhtémoc lleno de patinadores, perfilado por un atardecer sin ruinas para ricos en el Mogote; o un cine Versalles que me parecía una caja de música, lleno de los malandros del Panteón que siempre estaban ahí y nunca veían películas. Espero que siga quedando espacio en mi ciudad para otros don Ramones y para los minotauros con cabeza de mujer y cuerpo de mujer que rondan el corredor de 16 de septiembre, mientras los Teseos salen hasta el culo del bar Rodeo o de la Luna Bruja, asqueados de sus Ariadnas que los enredaron con engañosas ternuras.


Veo detenerse el auto del dealer frente a la Clínica 34, después de 40 minutos de espera, para que me venda una mota cacique y fea por doscientos pesos, y extraño la ceguera dadivosa de don Ramón, y la artesanía de doña Marta, que a veces envolvía los gallos en revistas porno y nos hacía sentir un poco menos clientes que estos Jettas y estos números telefónicos que ya me tienen hasta la madre. __________ Sé que en una de las calles espantosas de la colonia Revolución, que colindan con el pulcro Hospital Salvatierra, existe una casa a medio hacer cuya ventana principal es una lámina con un signo de peso, pintado a lo bruto, junto a una astillosa puerta de madera. Sé que ahí vive una vieja muy gorda y muy alta, que ha durado muchos años con un cabestrillo atado al brazo, envuelto en vendas sucias. Cuando los Oxxo detienen su venta de alcohol y los Modelorama apagan sus luces, esa monstruosidad femenina que arrastra su pierna derecha con un ritmo que da pena y risa, vende ballenas a cualquier hora de la noche, incondicionalmente, en la humedad de los huracanes o en la resequedad insensata de la ley seca. Siempre se acerca a la lámina, donde hay un orificio, y sin dejar de maldecir su vida te pregunta cuántas pinches ballenas quieres, y se emputa mucho más si le dices que son menos de cinco míseros mamíferos. Pero a fin de cuentas, saca la obesidad de su mano sin rostro por ese agujero, recoge su pan de cada madrugada, luego tus envases, y te regala unas horas más de peda con las ballenas más heladas que puedas encontrar en este calor paceño. __________ No encuentro mis lugares predilectos en la guía de turistas. No encuentro la calle Garambullo, donde policías pescan peces flacos hasta el tuétano y negocian con ladrones tratos justos. Donde la gente se conoce desde el nacimiento y conocen el pasado de los hermanos mayores y de los padres y de sus mujeres, y brotan los niños con destinos que parecen recuerdos. No veo en este manual de vacacionista una esquina donde el insomnio deja de


sentirse solo, ni el cuarto de ese hotel donde no nos volvimos a ver. Debieron incluir la capilla del cerro frente a la UABCS, donde tres buscadores se comieron un Trinity y se sintieron sabios durante ocho horas, hasta que descendieron y las casas volvieron a crecer junto a ellos. En el Valle Verde una mujer te hace pensar que son el uno para el otro y que el amor existe, hasta que se acaban los minutos del privado y regresas a tu asiento más caliente que antes. Cuando vas al baño en el bar La Misión una pared gigante imita al alba, y una vagabunda sin dientes juega billar contigo. Habría que incluir a un viejo bailando con una doña en minifalda, mientras los excesos de maquillaje te coquetean gratis en La Voladora, y llegan los del centro de rehabilitación a tomarse unas medias con lo que juntaron de monedas ese día. Falta el corredor de clásicos grecolatinos en la biblioteca de la uni, donde tus besos opacan las palabras; y los arbustos donde quedé dormido después de escapar de los chotas por haberles grafiteado un casino. Faltan las camas mitológicas que imagino en casa de doña Vicky, el recuerdo casi invisible del Tabaris hace nueve años, y la azotea de la mercería Armenta, desde donde se puede ver al mismo tiempo el kiosco del Jardín Velasco, la catedral, y los vómitos inagotables de Las Varitas. Falta el final de Vista Choral, donde fumas viendo el mar de pangas en la noche y el hornazo llega hasta los restaurantes más finos que te cobran por echarte un pedo. Faltan muchas cosas que no deseo ni podré enumerar, y que me alegra que no quepan en un tríptico para gringos; falta el Ánima del basurero, que es un fantasma que hemos construido con plegarias y cartas; o el Zacatal, donde uno encuentra más almas que gente y una tranquilidad hostil nos inquieta.


Pirata#8  

Con algunas incursiones nativas en las calles y bares de la ciudad, rolas de rap, amores contemporáneos y poemas, el #8 te comparte su puert...

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