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Cuentos Solidarios - Líneas sin Sombra Águeda Ruiz de la Fuente Rodríguez Carlos Javier Eguren Hernández Cesar Rodríguez Valencia Diego Jurado Lara Estefanía Santana Juan Carlos Boíza

Óscar Álvarez

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Diseño y maquetación: Juan Carlos Boíza López Imagen de portada: Óscar Álvarez Textos: Varios autores.

Esta obra está bajo una licencia de Reconocimiento – No comercial - Sin obras derivadas 2.5 España de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite: http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/ O envíe una carta a: Creative Commons, 171 Second Street, Suite 300, San Francisco, California 94105, USA.


ÍNDICE Introducción

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Águeda Ruiz de la Fuente Rodríguez Como una flor del árbol sakura

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Hikikomori

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Todo lo que sé

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Carlos Javier Eguren Hernández Adiós, amiga... (O cómo supe que los días de perro vagabundo se habían terminado)

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Cesar Rodríguez Valencia Glinnila

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Diego Jurado Lara La encrucijada japonesa

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Estefanía Santana El Sueño del Dragón

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Juan Carlos Boíza La torre Ojos verdes

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Óscar Álvarez De espinas y rosas

141

Micaela

167

Vuelo de alas rotas

179

Vuestros ojos serán abiertos

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INTRODUCCIÓN

Un año más os traemos una nueva edición de Cuentos Solidarios, en la que nos reunimos un grupo de escritores independientes para ofreceros algunas de nuestras obras de forma totalmente desinteresada, movidos sólo por el convencimiento de que un mundo mejor es posible y que la literatura debe servir como herramienta privilegiada para lograr ese fin. Desde la crisis económica, que está llevando la tragedia del paro y la desesperanza a muchas familias, hasta los desastres naturales, que parecen cebarse siempre en los más desfavorecidos, pasando por los múltiples puntos del mapa, donde el hambre y la violación de derechos humanos es el pan de cada día, parace como si el mundo se empeñase en mostrarnos su cara más amarga. Por eso, este año se nos antoja más necesario que nunca iniciativas como Cuentos Solidarios, que ayuden a movilizar las conciencias en busca de la ayuda que tan desesperadamente se necesita en muchos puntos de nuestro planeta. Si te gusta nuestro trabajo y quieres ayudar a mejorar el mundo en que vivimos, no dudes en colaborar en alguna de las propuestas que encontrarás en nuestra página web: http://www.cuentossolidarios.blogspot.com

Juan Carlos Boíza

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Como una flor del árbol sakura Águeda Ruiz de la Fuente Rodríguez

Shinta se encontraba encendiendo el fuego de su campamento cuando aquella mujercita entró en el claro sangrando por el estómago y cayó al suelo inconsciente. Habían pasado tres días desde aquel momento, y el chico apenas se movía de su lado. La había recogido y metido en su tienda, lavado y curado sus heridas con agua que había recogido de un río cercano. También había vendado su estómago maltrecho sin conocer su nombre, igual que le había regalado un kimono porque el de la chica estaba ya demasiado roto, desgarrado y manchado de sangre. Su pelo era largo y negro, recogido en una gruesa coleta que a su vez estaba enrollada sobre si misma para no molestar. Su piel era blanca y pura, casi como la nieve, y aunque debería de rondar los 20 años apenas tenía las curvas propias de una mujer de su edad. A pesar de eso, poseía una belleza diferente y pura. Aunque la había contemplado muchísimo, no la había tocado lo más mínimo, igual que tampoco había recogido la katana que la acompañaba y que se había quedado en el claro. Esa no era la única arma que la acompañaba: dentro de su kimono Shinta había 7


encontrado una wakizashi. Gracias a ello, el chico había podido afirmarse mentalmente que la chica a la que había sanado se trataba de una de las pocas mujeres samuráis de su tiempo, pues sólo los samuráis llevaban el wakizashi, la espada corta, dentro del kimono como última defensa o para el suicidio si llegaba el momento en el que no había otra alternativa para morir con dignidad. Cuando lo había descubierto había sido demasiado tarde: ya la había atendido y ya había desgarrado su kimono a la altura del estómago para curar la herida. De todas formas, aquel kimono no tenía pinta de ser demasiado caro. La herida estaba demasiado arriba para tratarse de un seppuku, sino que parecía que estaba hecha con un arma ardiendo, probablemente una katana por su profundidad, y esa no era la manera del suicidio en busca de honra de los samuráis. Al estar quemada, aquel que la había hecho se había asegurado de que nunca más pudiera cerrarse por completo. Era una herida mortal donde las hubiera. Tarde o temprano aquella joven acabaría muriendo, y ni todos los años de estudio en la medicina de Shinta conseguirían salvarla, como mucho retrasar un poco el momento. Y, si no moría por algún milagro y conseguía recuperarse, lo más seguro es que se sintiera tan deshonrada por haber sido salvada y sanada sin su consentimiento, que acabaría cumpliendo con el rito


del seppuku, el suicidio. También era muy probable que le asesinara a él antes de suicidarse ella, por haberle faltado al respeto. Lentamente para no irrumpir el silencio que llevaba reinando tres días en la tienda, Shinta fue en busca de más vendas para limpiarle de nuevo la herida. Cuando volvió, los ojos de la samurái se movían de un lado a otro bajo sus parpados cerrados. El joven se arrodillo a su lado y esperó con paciencia a que la muchacha acaba de despertarse, intentando contener la sorpresa de que hubiera tardado tan poco en volver a la consciencia. El Sol anduvo un rato por el cielo cuando ella, por fin, abrió los ojos. Tardó unos momentos en ubicarse, y cuando se dio cuenta de que estaba acostada en un lugar desconocido, su cuerpo se tensó y sus instintos se pusieron alerta. Shinta le tendió una jarra con agua, y fue sólo entonces cuando ella se dio cuenta de que había un chico arrodillado a su lado. Movió la mano derecha hacia su vientre con claras intenciones de buscar su wakizashi, y cuando no lo encontró y se dio cuenta que no era su kimono el que llevaba puesto, miró alrededor con pavor e ira. -Por favor, bella samurái; no os asustéis –le pidió el chico dejando a un lado la jarra y mostrando sus manos desnudas -. No tengo intenciones de perturbar vuestra alma o vuestro honor. Tan solo os he recogido y sanado vuestras heridas, tal y como hubierais 9


hecho vos por mi –concluyó con firmeza. La samurái acarició y examinó el vendaje ligeramente. Shinta descubrió que sus manos eran demasiado ásperas y grandes para lo que solían ser las de las mujeres de pueblo. -Vos… ¿sois el que me ha salvado? –preguntó ella con un tono de voz dulce y calmado. En aquel momento, Shinta apreció que sus ojos rasgados eran negros como el carbón. -Un samurái no debe perecer sin motivo, y ningún alma debería iniciar el camino siendo tan joven –añadió él. La mujer miró con curiosidad a su salvador. Era un japonés que rondaría los treinta años, y a primera vista la chica supuso que sería un campesino. Ancho de espaldas y de rasgos duros y salvajes, parecía más un guerrero analfabeto que alguien capaz de vendar una herida con tanto cuidado como había demostrado. -¿Dónde está mi katana? –preguntó al darse cuenta de que no la llevaba consigo. Shinta señaló hacia fuera de la tienda con la cabeza y la mujer trató de incorporarse, cerrando la mandíbula con fuerza a causa del dolor. La primera reacción de cualquier médico al ver dicho acto casi de suicidio, sería de intentar impedirlo. Alargó la mano para detenerla, pero la chica se quedó quieta, mirándole con tanta fiereza


y de una manera que no admitía réplica alguna. Shinta estaba a la mitad del movimiento para pararla cuando la mirada le recordó que la chica a la que había salvado no era una persona cualquiera: era una samurái que iba en busca de su katana, aquello que le daba el honor necesario para vivir. Sería mucho mejor para un samurái morir del dolor en ese momento a que alguien le impidiera ir en busca de su arma. La dejó ir. La mujer se levantó y Shinta con ella. Anduvo unos cuantos pasos y estuvo a punto de caer al suelo un par de veces, pero se resistió al dolor que, supo Shinta, le estaba recorriendo todo el cuerpo y que empezaba en el estómago. Siguió caminando sin pararse. Salió de la tienda y se dirigió hacia los árboles en donde había caído. En el suelo, un fino rastro de sangre marcaba el camino que el hombre había tenido que recorrer con ella en brazos tres días antes, pero la mujer no se amedrentó lo más mínimo. Al fin, llegó a donde estaba su katana sobre la hierba, se arrodilló, e hizo una reverencia a su arma. Sabía, antes de hacerlo, que le iba a doler. Grito de dolor cuando lo hizo, pero no modificó ni un centímetro su postura, pues eso sería una de las mayores ofensas que podría llegar a hacer: demostrar que el dolor escapaba a su control. 11


Tras unos segundos, ella dejó de gritar y se levantó posteriormente, llevando su espada en la mano con el mimo propio de una madre cargando a su recién nacido. Pasó al lado de Shinta, que se encontraba a la entrada de la tienda sin apenas mirarle, y entró en la caseta. Y Shinta, al cabo de unos segundos, con ella. La samurái se había recostado de nuevo y se encargaba de eliminar los restos de vendaje manchado de rojo para poder examinar su herida. Cuando lo hizo, una mueca de tristeza apareció en su rostro. Miró a Shinta cuando éste entró. -Esto no va a curarse nunca, ¿verdad? –preguntó. Shinta guardó silencio -. Sé poco de medicina y de heridas graves, e incluso con mis pocos conocimientos, sé que un arma de fuego corrompe de tal manera el cuerpo que éste es incapaz de volver a la normalidad. Sólo necesito que me lo afirméis, pues mi señor está en peligro y debo ir tras él. Si voy a recuperarme, esperaré, porque en mi estado no seré de mucha ayuda, aunque si no voy a hacerlo, debo ir de inmediato, pues hasta la última gota de mi sangre y por tanto, de mi vida, le pertenece –explicó aunque Shinta ya sabía que era eso lo que iba a pasar en cuanto se despertara-. Decidme, noble hombre… -Decidme primero vuestro nombre, samurái, para así poder contestaros como es debido. -Mi nombre no tiene importancia –replicó ella mirándole. Shinta aguantó la mirada sin acobardarse lo más mínimo, aunque


sabía que esa mujer, incluso en su estado, era mortal. A final, bajó la vista, avergonzado. -Siento habéroslo pedido, pues mi curiosidad como médico es insaciable. Decidme, al menos, el nombre de vuestro señor para poder cantar alabanzas al samurái que lucho hasta su último aliento por la vida de su maestro. -El nombre de mi señor es Taira, y yo tan solo cumplo con la promesa que hice de guardar su vida hasta mi último pálpito. Y, por eso y porque mi señor está en peligro, debo irme. Contestad a mi pregunta de una vez. Shinta suspiró y miró al techo de la pequeña tienda con tristeza. -Vuestra herida es mortal: mientras tengáis una venda para frenar la hemorragia podréis alargar vuestra vida un poco más, pero pronto comenzaréis a cruzar la línea que la separa la muerte – sentenció. La mujer no varió su expresión en mucho tiempo, y cuando lo hizo, fue para sonreír con pesar. -Si es así, amable hombre, traedme vuestro mejor kimono y agua para lavar mi cuerpo, pues quiero estar lo más bella posible para cuando la Muerte me alcance y así permanecer limpia y aseada el resto de la eternidad –pidió con amabilidad-. Además, mi señor debe verme como a una flor del árbol sakura cuando llegue hasta él 13


-¿Vais a ir aún así en su ayuda? –preguntó Shinta. Aquella mujer escapaba de su entendimiento, pues apenas parecía afectada por la noticia de que su inminente muerte y tan solo pensaba en su señor. Nunca había conocido a ningún samurái, y tal vez por esto no comprendía su punto de vista. -Sin duda alguna. En cuanto me asee iré en su busca, tanto para salvarle si llego a tiempo como si tengo que vengar su muerte – contestó. Con la jarra de agua que Shinta le había traído, lavo su herida y la vendó con fuerza para frenar la sangre. El hombre, mientras tanto, sacó su kimono más bello y lo dejó a su alcance para que ella pudiera cogerlo. Luego, salió a por agua para la samurái. Cuando volvió, ella ya se encontraba de pie al lado de la tienda, atando la katana a su cintura y metiendo el wakizashi entre los pliegues del nuevo kimono que llevaba. Levantó la vista cuando le oyó venir e hizo una reverencia con la cabeza. -La herida os debe de estar doliendo muchísimo –comentó Shinta cuando llegó a su altura y dejó el cuenco con el agua en el suelo. Ella se arrodilló para lavar sus manos, su cara y ligeramente su torso. -Pero este dolor no es nada en comparación con el que sentiría mi alma si mi existencia dejara de ser útil –explicó. Cuando hubo acabado, utilizó el reflejo en el agua que quedaba para peinar su larga trenza de nuevo.


-Que una llama de apague con la rapidez con la que estáis obligándola a hacerlo es monstruoso. Si descansáis, y con mis cuidados, tal vez haya posibilidades de salvaros –dijo él. Cuando acabó de hablar, se dio cuenta de que casi había sonado como una súplica para que se quedara. Odiaba ver a la gente perecer cuando había alternativa. Aunque sabía que para esa herida no había otro final, quería creer que sí que lo había. -Mi cuerpo se salvaría, pero no mi alma, ni mi honor. Entendedlo: uní mi alma con el señor Taira cuando cumplí los 15 años, y desde entonces nuestros finales van de la mano. Si el alma del señor Taira debe cruzar el río hacia la muerte, la mía debe acompañarlo –dijo mientras se levantaba. Le miró a los ojos y luego se arrodillo para hacerle una reverencia con toda la formalidad con la que el dolor le permitió. Luego, se levantó de nuevo y miró la tienda de campaña con curiosidad -. ¿Puedo preguntaros algo? -Sólo si sois capaces después de darme vuestro nombre como samurái

–contestó él. La chica suspiró y asintió.

-Que así sea. Mi pregunta es… ¿qué hacéis aquí, tan solo y acampado en medio de un bosque? -Intento encontrar mi lugar en el mundo –explicó él. La miró con descaro -. Ahora contestadme vos a mí –exigió él. La chica le sonrió por última vez antes de comenzar a alejarse.

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-Contad la historia de Aka Kage, una de las pocas samurái mujeres de todo el país, y contad también como encaró a la muerte para salvar la vida de su señor –dijo sin darse la vuelta. Siguió andando -. Esa historia merece ser recitada por todo Japón.


Hikikomori – Sola en la multitud Águeda Ruiz de la Fuente Rodríguez

Sin fuerzas ya, sin llanto. Sin ojos llorosos ni miradas tristes a través de la ventana. He tapado los cristales de mi ventana con tela negra para no ver el exterior por miedo a que el exterior me pueda ver a mí. No puedo más, no sé dónde esconderme. Lo único que me acompaña todas las largas horas son las paredes, éstas paredes tan blancas que siempre han estado allí. Estas paredes ahora desnudas que antes habían estado plagadas de fotos, de posters. Posters asesinos que me miraban con reproche, que me exigían cosas de las que no me siento capaz. Miradas de hombres y de mujeres que habían sido mis ídolos, aquellos a los que me había querido parecer y que, sin embargo, hasta la más dulce mirada suya me lo reprochaba todo. Ahora, sin embargo, con las frías y dulces blanquecinas paredes me he sentido un poco más fuerte. Sólo lo suficientemente fuerte para salir de mi habitación por primera vez en varios meses y caminar descalza por mi casa cuando mis padres duermen. 17


Salgo a la terraza y contemplo la ciudad de Tokio con temor. La noche me cobija, ella es mi aliada. Las luces parpadeantes de las farolas me hacen daño a los ojos, pero mi piel agradece el contacto con el tibio viento fresco. No sé si algún día volveré a salir. Mi corazón derrama sangre mientras una tristeza intensa se cobija en él. No sirvo para nada, me han dicho tantas veces. Tantas veces que he terminado por creérmelo. A mis padres les da igual que no salga de mi cuarto, mi madre se limita a dejarme una bandeja con la cena en la puerta y a recogerla al día siguiente para repetir el mismo proceso por la noche. Hace mucho tiempo que no veo a nadie, ninguna silueta humana se cruza conmigo. Pero hace aún más tiempo que no me atrevo a levantar la mirada del suelo para enfrentarme a los ojos de otra gente. Estoy sola, sola entre una multitud que me aplasta y me empuja. Y me han empujado tanto que mis piernas no quieren responder. Vuelvo a mi cuarto y abro el armario. Sin saber por qué, cojo una chaqueta oscura, la más oscura que encuentro y me la pongo, con miedo. Hace meses que no me pongo una chaqueta porque no la necesito dentro de mis paredes blancas. De mi protección de paredes


blancas. Ahora, ni la más pura blancura podrá protegerme. Cojo las llaves de mi casa y dinero. Mucho dinero, de hecho. Todos mis ahorros para ser exactos. Y, tras un suspiro, salgo de mi casa. Despacio y muy lentamente. Es de noche y no quiero encender ninguna luz. No quiero que nada descubra mi lugar, mi paradero. No quiero encontrarme a nadie, porque nadie quiere encontrarse

conmigo.

Salgo de mi edificio y un frío intenso se apodera de mí. A pesar de todo, a pesar de la noche cerrada, de las luces parpadeantes de las farolas y de mi corazón sangrante que grita por volver a entrar, sigo mi camino. Poco a poco mis piernas vuelven a tener fuerza. Poco a poco recupero de mi memoria perdida las rutas oportunas para recorrer la ciudad sin toparme con nadie, por callejones oscuros y muchas veces siniestros. Acabo delante de un edificio de una planta, ambientado en el estilo oriental de principios del siglo pasado. Los farolillos de papel iluminan un cartel que reza ―karaoke‖, mi destino. Entro en él y sin que la dependienta me mire mucho me alquila por unas pocas monedas una habitación para mí sola.

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Tampoco a ella me atrevo a mirarla a la cara a pesar de ser amable. Cordial, amable y sumisa, como exigen todos. En toda nuestra conversación no levanto la vista del suelo, y para cuando entro en la sala que he alquilado mi corazón vuelve a llorar sangre. Cierro la puerta corredera y me apoyo en ella sin hacer ruido. Nunca hago ruido, debo ser silenciosa como un conejito, nunca debo incordiar, molestar, ni siquiera respirar. Como la soledad que me rodea, debo ser invisible. Camino por entre las mesas vacías e imagino que están llenas. Las saludo con la cabeza, hago reverencias a los señores más importantes que me han acompañado hasta aquí y por primera vez en mucho tiempo me siento bien. Ésta gente no me señala con el dedo, no me exige nada. Parece que ésta gente no me reprocha ni me piden que sea perfecta. En mis sueños, todo aquel que me rodea me quiere por como soy. En mis sueños, yo dejo de ser un número más en una lista cualquiera y paso a ser alguien importante para la gente que para mí es importante. Llego hasta el pequeño escenario de madera que se levanta apenas unos palmos en el que hay una televisión, un equipo de música y un micrófono. Lo enciendo y preparo todo como había hecho hacía años en los que venía a este mismo sitio con mis compañeros de clase. Con mis antiguos compañeros de clase,


pienso, aquellos mismos que luego me destrozaron la vida entre otras muchas personas. Finalmente y tras muchos suspiros indecisos, decido ponerla. La canción, mi canción, aquella que no he tenido aún el valor de volver a escuchar en todo este tiempo pero que me sé de memoria y canto mentalmente a todas horas. Aunque sé que no debo hacerlo, no puedo evitarlo. Aunque sé que es un tormento hacerlo, no puedo evitarlo; y no puedo evitarlo porque en el fondo sé que ese es mi problema. Cojo el micrófono, indecisa, mientras suenan los primeros acordes de la canción Endless Rain, del grupo X-Japan. Me duele, me duele esa melodía. Me taladran esos suaves acordes, bellos como ninguno, que me atrapan en una espiral de la que no puedo salir. El cantante comienza a cantar antes de que yo haya cogido fuerza para acompañarle. Me agarro el pecho sintiendo que voy a estallar, sintiendo como todos estos meses de soledad intensa hacen mella y me destrozan LLUVIA SIN FIN

*

Caminando en la lluvia mi cuerpo queda empapado por el dolor. Allí me encuentro en la soledad. 21


Sólo mátame o déjame vagar hasta que pueda olvidar este odio. Para mí dormir es una confusión donde mi corazón se desploma suavemente. El amor fluye sacudiendo mi cuerpo. Como las rosas de mis recuerdos guardo tu amor dentro de mí. Lluvia sin fin... cae en mi corazón, en éste corazón herido. Déjame olvidar todo el odio, toda la tristeza. Mis piernas vuelven a fallar, mis tobillos pierden fuerza y mi alma me desquebraja a cada sílaba. Pronto me encuentro sentada en el suelo, agarrándome las rodillas con fuerza mientras sollozo con más intensidad. El micrófono resbala desde mi regazo hasta el suelo y se queda allí, sin fuerzas como yo, desamparado y triste sin nadie que lo recoja. Días de alegría y días de tristeza pasan lentamente, mientras intento retenerte te desvaneces ante mí. Eres como una ilusión. Cuando despierto mis lagrimas se han secado en las arenas de los sueños; soy una rosa floreciendo en el desierto.


En un sueño estoy junto a ti; sujétame cálidamente en tus brazos Lluvia sin fin...cae en mi corazón, en este corazón herido. Déjame olvidar todo el odio, toda la tristeza. Despierto de mi sueño: no puedo encontrar mi camino sin ti. El sueño ha terminado. No puedo oír más tus palabras gentiles. Cuando despierto por la mañana mis recuerdos reproducen mis sueños. Hasta que pueda olvidar éste odio Lluvia sin fin... cae en mi corazón, en este corazón herido. Déjame olvidar todo el odio, toda la tristeza. Lluvia sin fin… déjame estar una vez más en tu corazón, deja a mi corazón meterse en tus lagrimas, meterse en tus recuerdos... -Por favor… por favor… -susurro.

*Traducido del japonés y el ingles 23


Todo lo que sé Águeda Ruiz de la Fuente Rodríguez

Con admiración, Fran pasó la mano a apenas unos milímetros de la piel de la chica, contemplando como el débil vello se levantaba al paso de su piel. Tumbada a su lado estaba la mujer más hermosa que había contemplado en mucho tiempo. Piel suave y pálida, ojos grises ahora cerrados en busca de las caricias más deliciosas del mundo, y una sonrisa en la boca que él deseaba arrebatar a besos. Los labios carnosos respondieron al suave contacto de los del chico, con dulzura, acariciando su alma con ese beso. Algo dentro de Fran cambió de repente, como si una pequeña llama hubiera iluminado una habitación que hasta hacía poco había encontrado en la oscuridad. El primer beso de toda una noche que resultaría deliciosamente larga, pensó. Las ropas desaparecieron en muy poco tiempo, y cuando el chico se dio cuenta descubrió a un ángel reencarnado en el bello ser que tenía delante. Una silueta blanca, perfecta, se hallaba boca arriba encima de la cama, mirándole. Acarició los muslos, maravillado, y subió por el vientre mientras la seguía contemplando. Vanessa se dejaba acariciar, respondiendo con belleza y sonrisas a la mirada fascinada de él. Le cogió la mano y la besó, haciendo que el mundo se parara durante unos segundos. La silueta perfecta se levantó de la cama y se puso en pie. El pelo negro de ella calló a ambos lados de su cabeza, formando una cascada que llegaba a tapar sus pechos, recordándole a Fran a una 25


sirena de cuento. Ella, una vez más, se dejó contemplar a apenas un metro de él. -Ahora eres incluso más hermosa que antes… -susurró el chico. Ella sonrió con más dulzura aún y Fran se sintió derretir de placer. La chica bajó la vista y el flequillo calló graciosamente delante de sus ojos. Fran levantó la mano y se lo apartó delicadamente hasta detrás de las orejas, como en las películas de amor. Ante una princesa, era lo menos que podía hacer. Sus ojos se encontraron y fue ella la que rompió el contacto visual al acercarse y darle un beso. Un beso suave, lento y húmedo, lleno de sentimientos que gritaban por dejarse oír. El chico se sintió atontado de pronto ante tantas sensaciones juntas, pero decidió olvidarlas todas para que una sola palabra resonara en su mente: Vanessa. -Y tú… -susurró a su oído con picardía -¿vas a estar toda la noche con miradas o me vas a enseñar todo lo que sabes? Todo lo que sé, pensó Fran. Todo lo que sé es que nunca había contemplado a un ser más perfecto que este. Nunca pensé que pudiera sentirme tan pequeño al lado de otra persona… Todo lo que sé es que, probablemente, la acabe amando de alguna forma u otra. Todo lo que sé, o lo que puedo suponer, es que esta noche será inolvidable.


Adiós, amiga… (O cómo supe que los días de perro vagabundo se habían terminado). Carlos Javier Eguren Hernández ¿Es malo tener una vida de perro? Jugar, comer, dormir, ladrar…Para los perros es una vida mejor que cualquier otra, aunque sean vagabundos. Siempre y cuando se aleje de la crueldad. Las calles de Moscú eran frías y difíciles; siempre lo han sido. En los ´50, lo eran para las personas, mucho más aún para los perros callejeros. Los animales, cuyo dueño era nadie, vagaban por un lugar devorado no sólo por el aire gélido, sino también por los miedos. Acorde con el invierno, aquellas sospechas era lo que llamaban Guerra Fría, una lucha nunca declarada que amenazaba con destruirlo todo. Pero eso era algo que a los perros no les importaba, porque no lo entendían. Sin embargo, estaban condenados a participar en ella, porque como dijo un sabio cuyo nombre el tiempo ha perdido: ―Cuando la humanidad no puede ser peor bestia consigo, lo es con los animales‖. Este cuento comienza en esos grandes y serpenteantes callejones de Moscú, temblorosa ante un posible fin, donde tres 27


pequeños perros no buscaban ya comida, pese a estar hambrientos, sino simplemente un refugio. Ninguno de ellos miraba al cielo; las estrellas no daban calor desde tan lejos. No podían imaginarse que su destino chocase con ellas. Sus ojos sólo intentaban encontrar un lugar para escapar de la terrible tormenta de nieve. No lo encontraron. No había humanos a los que intentar convencer para que los ayudasen. Por no haber, no había ni siquiera de aquellos que les daban una patada. No había nadie, porque no era sensato estar en las calles con ese tiempo si posees un sitio donde protegerte. Aquellos perros no lo tenían. Los tres, sin poder ni dar un paso más, se detuvieron, se enroscaron y se colocaron juntos, intentando mantener la vida, queriendo que sus corazones latieran y su sangre no se helase… Pero, con aquel frío abrazo, sólo era cuestión de tiempo que murieran. Pero, a veces, en raras ocasiones, ocurren hechos inesperados como el que pasó entonces. Un coche apareció y se detuvo. En su interior, había dos hombres. Llevaban grandes abrigos y bufandas. Exhalaban vaho. Sus miradas firmes se habían detenido en los tres perros, tristes y helados. ¿Se apiadarían los humanos de los perros?


— ¡Siguen vivos, señor Oleg!– exclamó el copiloto–. ¡Deben ser fuertes! Pueden servirnos. En las gafas de Oleg, el conductor, se reflejaron a los animales. El hombre mayor hizo un gesto con sus manos envueltas en guantes y dijo: —Ve a por ellos, Dimitri. El muchacho obedeció la orden: uno por uno metió a los animales en el coche. Los perros se quejaron al ser separados durante unos momentos, pero Dimitri les recitaba: —Perros, alegraos. ¡Vais a ser reclutados para servir a la madre patria! Uno de los perros dio un pequeño aullido por la brusquedad con la que fue cogido por Dimitri. El muchacho pensaba que ser un hombre duro significaba no mostrar demasiada cortesía, pero rápidamente, el señor Oleg se lo desmintió, diciéndole: —No hay por qué no ser delicados con ellos, Dimitri. Ten más cuidado. — ¡Sí, señor Oleg! ¡Perdón!– exclamó, dejando al último perro en el asiento de atrás del vehículo. A continuación, acarició uno por uno a los tres y los cubrió con una manta.

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—Sube ya, Dimitri, o se van a congelar ellos y nosotros. De tal manera, los tres perros callejeros pasaron de la noche a la mañana a tener una casa. Aunque era un hogar un poco diferente: estaba alejado de la ciudad, no muy grande, subterráneo y de aspecto metálico, plagado de artilugios extraños, muchas pantallas y mapas, infinitas páginas en blanco… Daba igual, lo más importante para los canes es que no hacía ni mucho frío ni calor. Tenían espacio donde jugar y un buen cuenco de comida. De vez en cuando, Dimitri se pasaba las horas con los tres, lanzándoles un lápiz, hasta que Oleg los encontraba y su severidad los hacía detenerse. Era un hombre serio, que siempre estaba preparando complejos mecanismos y decía: —Dimitri, vas a volverlos tontos de estar jugado con ellos todo el rato. —Eh… ¿Es eso cierto, biológicamente hablando? ¿Si juegas con ellos todo el rato se vuelven tontos? —No. —Ah.


—Biológicamente hablando, no. Pero hay, no obstante, un dicho que dice: ―Dime con quién andas y te diré quién eres‖. — ¿Me acaba de llamar tonto? —Dimitri, tráeme esos telegramas, por favor. Haz algo útil. Los perros siguieron corriendo uno tras otro hasta cansarse. Los juegos eran desconcertantes: tenían que danzar por una larga pasarela, les ponían cachivaches cerca del corazón o los hacían permanecer en sitios donde apenas podían moverse. No eran juegos muy divertidos. —Señor Oleg, ¿nunca ha considerado que todo esto sea una perrería? —En la guerra hay sacrificios… Hasta en las guerras no declaradas. —Oh…– musitó Dimitri, mirando a los perros–. Señor, ¿cree que lo saben? —Ellos piensan que es un juego. Simplemente eso. Para ellos lo es. Para nosotros no puede serlo– y su mirada se perdió en unas fotos del firmamento. 31


Ninguno de los tres perros sabía por qué Oleg estaba obsesionado con las estrellas. No lo supieron hasta que fue demasiado tarde, aunque posiblemente, ni aún así, lo supieron. —Es una carrera que debemos ganar– susurraba Oleg, triste. Mientras, alejados de la congoja del científico, los animales no podían hacer otra cosa que ladrar y ―golpearse‖ para pasarlo bien. Excepto uno de ellos, la hembra que se acercaba a Oleg para consolarlo. Ella se había ganado el cariño de una base que le dio varios nombres, pero ninguno el que pasaría a ser una estrella mundial. —Kudryavka, ¿cómo estás?– le decía Dimitri, mientras le separaba los bucles de pelo de la cabeza. También estaban los otros científicos que, de vez en cuando, abandonaban los fríos números, miraban a los perros y se acercaban: — Tomad… Tú no pongas esa mirada. Toma una galletita, Zhuchka. Significaba: ―bichito‖. La verdad es que no era un perro hermoso, de alto pedigrí, y había tenido muchas batallas en la calle, pero sí era enternecedor.


— Limonchik, ven aquí, pequeña– pedía Oleg, cuando estaba bien, cosa que no ocurría con frecuencia. Aquel nombre era algo parecido a ―limoncito‖. Se lo decían por su pelaje, entre el dorado sucio y el castaño brillante. Todos la querían. Hasta el gobierno. Mientras, los tres perros seguían con su nueva vida, ajenos a lo que iba a ocurrirles poco tiempo después. Pronto, no quedaría lugar para los primeros días de felicidad. Empezaron a disiparse cuando Oleg recibió una importante llamada: — ¡A sus órdenes, camarada!– exclamó Oleg por el teléfono–. Lo que usted ordene… Pero… ¿En el aniversario? ¿No cree que es un poco arriesgado?... ¿El 7 de noviembre? Sé que celebramos el aniversario de la revolución, pero… Pero… Señor… Pero… Sólo un mes desde que pusimos el primer satélite… Pero… Fue un éxito, sí… ¿No el suficiente? Vaya… Sí, la carrera espacial, sí… Claro. Lo que usted diga… ¿Tripulada?... Eh… Sí, claro. Sí. Gracias. Buen día. Noviembre de 1957 estaba acercándose. — Señor Oleg, ¿no cree que es imposible?– preguntó Dimitri, con los planos. 33


—Intentemos hacer lo que podamos con lo que tenemos, Dimitri. —Pero señor… — ¡Son las órdenes!– exclamó Oleg. De pronto, perdió la calma. Se llevó las manos al rostro e intentó respirar. Una vez lo hizo, se quitó las gafas, cerró los ojos y pasó una de sus manos por ellos. Cuando terminó, se colocó de nuevo las lentes y dijo, recuperando su usual solemnidad–: Son las órdenes, camarada. Los tres perros no comprendían nada de eso. Menos aún que ellos estuvieran involucrados en aquellas discusiones. No obstante, las diversiones continuaron para ellos. Lo que pasaba es que ahora, más que nunca, no eran diversiones: estar encerrados cada vez más tiempo en lugares más pequeños, en cajas que se movían perturbando sus mentes, escuchando ruidos que les hacía sollozar… No era divertido. Luego, llegó el terrible artilugio en el que los atrapaban, el que giraba sin parar, una y otra vez, haciendo que su piel y su pelaje se estirasen. Una horrible carga que su cuerpo inmóvil a penas aguantaba. Así, hasta que algo se rompía en su mente y, de pronto, ya no pensaban en nada, absolutamente en nada. Simplemente seguían respirando, pero ya, nunca más, volvían a ser los mismos.


Perdieron peso y pelaje, sus patas a penas los mantenían, pero su mirada… Sí, sus ojos. Estaban colmados de brillantez, esperanza, para que su dueño comprendiese que aquello no era gracioso y volviesen a jugar a tirar y recoger un lápiz. No obstante, esta vez el que no entendió nada (o eso parecía) fue el señor Oleg. —Es

por

vuestro

bien…–

les

murmuraba,

acariciándolos–. Es por nuestro bien… Y ellos se lo creyeron, sin entenderlo. Fue poco antes de que los tres empezasen a desvanecerse. Uno tras uno. El primero fue Albina. Nunca se recuperó de lo que le hicieron. Dejó de comer y no volvió a corretear detrás de sus amigos. Murió antes de finales de aquel año. Sus ojos se quedaron abiertos, ahogados en el horror. Después, fue Mushka. Cuando acabaron las pruebas, el perro se tendía a un lado y no hacía absolutamente nada. Sólo esperaba una mano que la acariciase. La de la muerte. El perro que quedaba, la hembra, no sabía qué podía haberles pasado a Albina y Mushka. La pena de ambos fue contagiándosele poco a poco. ¿Por qué perdieron la esperanza de volver a ser lo que fueron un día? Antes de tener una respuesta, fue 35


elegida, porque mantuvo la calma más que los otros. Nadie entendió que ella creía que si se portaba bien, aquello terminaría. Iba a concluir de todas maneras. — ¿Cree, señor Oleg, que servirá para lo que nos proponemos? —Diseñar un sistema de oxígeno adecuado, extirpar el dióxido de carbono, evitar el envenenamiento por… — ¿Lo cree, señor?– insistió Dimitri. —Lo cree la madre patria, Dimitri. Ante eso, no tenemos nada que decir. La perra pensó que hacía falta comunicárselo con más fuerza: aquello no le gustaba, era doloroso, la estaba matando. Lo demostró mientras la bañaban con un líquido apestoso. Aulló hasta que se ahogó y empezó a toser. Lo dejó claro al mismo tiempo en que le pintaban en su pelaje. Los temblores hacían que se cayese. Pero, sobre todo, ella se lamentó a más no poder cuando se la llevaron de la base. Supo, de pronto, que no volvería, que era una despedida.


El último día de octubre, al último perro la metieron en un cubículo. La perra conoció a dos guardianes, uno siempre la acariciaba y sonreía, el otro golpeaba al otro tipo para que no lo hiciera. —Idiota, ¿no ves que le vas a coger cariño? —Lo siento, camarada. Y entonces, el animal lloraba, ladraba y aullaba hasta la desesperación, mientras el mundo se le caía y se le hacía pedazos. Nadie le hizo caso. No dejó de intentarlo. Esperaba, en algún momento, conseguir que el guardián que golpeaba al otro dejase de amenazarla a ella con lo mismo: — ¡Como sigas armando escándalo, te mando de una patada a la luna! La amenaza no servía, porque era casi un hecho. La perra sería lanzada al firmamento en un artefacto. Encerrada, junto a frías teclas, con arneses y comida asquerosa. Ya había sido probado antes por dos perros. 37


Uno, fue Albina. Golpeado cuando mordió al ser metido dentro de un cohete, que fue disparado hacia el cielo. El pobre regresó, pero tan aterrorizado… Fallaron algunas cosas. Hubo que repetirlo. Dos veces. Los científicos contrastaban información, salían de dudas, machacaban una mente. El otro, fue Mushka. No lo lanzaron a los cielos como a Albina. A él le hicieron pruebas horribles. Lo dejaban encerrado todo el día en un círculo de hierros, delante de botones, de los que no podía despegarse. No le daban de comer nada sólido, sólo una espesa gelatina que acababa vomitando. Cada momento allí fue un horror para Mushka. El día antes de aquellas pruebas terroríficas Oleg, que antaño les pareciera generoso y bueno, los acarició y dijo a cada uno: —Vas a ayudar mucho. Vas a ser nuestra estrella. Vas a ser parte de nuestra Historia. Ahora era el turno de Laika, el último perro vagabundo. Oleg nunca supo si se lo decía realmente al animal que salvaron de la ventisca o si se lo decía a sí mismo, para acallar su conciencia. Días después, Laika fue encerrada en el artefacto preparado a contrarreloj. El can vio a Oleg y Dimitri, rodeado de


personas con batas blancas y trajes verdes. El perro los miró con tristeza, la mayor posible, pero ellos no la vieron y, si la vieron, la ignoraron. Supo por qué Albina y Mushka perdieron la fe: no la había, nunca la hubo. Nada volvería a ser como era antes. ¿No hubiera sido mejor morir bajo la tormenta invernal? Quizás… Entonces, cuando unas luces la cegaban, dejando su imagen grabada para siempre en fotografías, comenzó todo. No sería lo único que la Historia pediría de ella, también exigiría hasta la última gota de su sangre y el último segundo de su vida. —Hay una meta a la que llegar, Dimitri. —Valdrá la pena, señor Oleg. —Eso espero, Dimitri. La nave, llamada Sputnik 2, estaba a punto de irse con el animal dentro. —Es hora de que zarpe, jefe. —Dimitri, da la orden ya, da la orden… Y estuvo a punto de añadir: ―Antes de que me arrepienta‖. Pero ¿qué ganaría? ¿Ser acusado de traición? Maldijo a los estadounidenses, quienes habían enviado otros animales al

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espacio antes que ellos. Por eso, Moscú tenía que estar haciendo aquellos sacrificios. La perra, plagada de cables y cachivaches, agachó la cabeza, sus ojos se clavaron en la nada. Fue su manera de decir ―adiós‖. Momentos después, tras el estruendo y el caos, desapareció. La nave se fue de la Tierra a principios de noviembre de 1957. Estaría en el espacio para ver el aniversario de una revolución. Un paso más para vencer una guerra, porque, en esos instantes, parecía que los beneficios podían superar cualquiera de los perjuicios. El despegue fue un éxito. Todos lo celebraron, excepto el científico que entrenó a Laika, el hombre de las gafas que la vio en aquellas callejuelas moscovitas. Oleg estaba fuera, lejos de los festejos. Su ayudante, Dimitri, lo siguió sonriente, lo miró y le dijo: — ¿Qué ocurre? Ahora es un perro, ¡lo próximo podría ser un humano! ¡Hemos llegado a la meta! —Aún no.


—Pero jefe, ¿qué pasa? ¡Es el primer ser vivo enviado al espacio! —Dimitri, estaba pensando si realmente aprenderemos algo más de esto. —Eran las órdenes, celebrar el aniversario de… —Lo sé, Dimitri. Pero ¿aprenderemos algo más de lo que hay ahí fuera o sólo hemos aprendido algo sobre lo que hay realmente dentro de nosotros? El ayudante tomó un sorbo de champán y se quedó mirando al cielo. Entonces, él preguntó algo que rondaba desde hacía tiempo su mente: — ¿Y cómo volverá? No hubo respuesta. Oleg se marchó. Dimitri se quedó solo, con las estrellas. Cuando lo entendió todo, sus ojos se rayaron y murmuró: —Adiós, Laika. Laika significa en ruso algo similar a: ―que ladra‖. Laika realmente se marchó aullando y llorando. 41


Algunos en la Tierra dijeron que Laika fue una heroína, que se mantuvo con calma y que, siguiendo el entrenamiento, regresaría del vuelo espacial y caería en la Tierra con la cápsula, liberándose en un paracaídas. Eran los mismos que decían que comería y que estaría estable. Otros fardaban diciendo que se habían encontrado un perro con paracaídas. Sólo una perra vagabunda fue enviada al espacio, pero rápidamente habían aparecido cientos de perros con trozos de tela que simulaban paracaídas. Era una broma sin gracia. Los bohemios pensaban que Laika ahora correría persiguiendo los asteroides como en vida pudo ir tras algún coche. De esa manera, volvería a ser feliz, lejos de la humanidad. Ella sería una estrella más en el firmamento. Unos cuantos dijeron que la perra Laika sería rescatada por alienígenas, como aquellos de los seriales, y que, algún día, se vengaría. El ser humano confiaba en cualquier cosa imaginaria, antes que en su capacidad para la crueldad. Según Moscú, Laika pasó siete días dando una vuelta interminable a la Tierra a bordo del Sputnik 2. La verdad es que Laika no volvió. El Sputnik 2 se creó en poco tiempo, demasiado poco para pensar en regresos, sólo se pensaba en festejos y ganar la carrera espacial. La nave dio más de


dos mil vueltas al planeta en algo más de ciento sesenta días hasta que se desintegró por el contacto con la atmósfera. Laika murió en su viaje. Tal vez por la falta de oxígeno, quizás por el calentamiento de la nave, a lo mejor porque ya no quería volver. Lo único seguro es que su tumba fue aquel cachivache infernal, en medio de unas estrellas que nunca le dijeron nada. Muchos años después, un científico llamado Dimitri dijo que Laika murió poco después del lanzamiento, apenas unas horas. Parte de los que lo oyeron pensaron que fue por el terrible estrés que sufrió el animal, sus latidos se aceleraron demasiado en un lugar que no comprendía, pero Laika ¿comprendió algún lugar? Menos, pero algunos también, pensaron lo mismo que Oleg: la comida estaba envenenada, siendo una eutanasia para que nos sufriese… Más. Cuando Oleg ya era mayor, una vez, dijo: —Cuanto más tiempo pasa, más lamento lo sucedido. No debimos haberlo hecho... Ni siquiera aprendimos lo suficiente de esta misión como para justificar la pérdida del animal. Y pasó tanto tiempo como para haberse lamentado muchísimo.

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Sea como sea, Laika nunca entendió por qué mirar al cielo y maravillarse con débiles luces. Prefería comer o jugar. Los humanos pensaban distinto. Se enviaron más animales al espacio (también humanos), pero todos tenían un sistema de regreso asegurado en su búsqueda de la conquista espacial. No siempre ese sistema funcionó, pero los humanos tenían un refrán: ―Lo que cuenta es la intención‖. Hoy, Laika tiene una plaza en la Tierra y un lugar de Marte con su nombre. Ha recibido muchos homenajes, pero ¿le sirven de algo? ¿Es malo tener una vida de perro? Jugar, comer, dormir, ladrar…Para los perros es una vida mejor que cualquier otra, aunque fuesen vagabundos. Siempre y cuando se aleje de la crueldad.


Glinnila César Rodríguez Valencia

Cada vez que leo algún párrafo de la novela ―Alma Mística‖, (http://www.lulu.com/content/1431634 http://cesarrodriguez.bubok.com/)

siento

una

especie

de

estremecimiento portentoso como cuando vi a Glinnila por primera vez. Avanzaba ella en las tonalidades amatistas y violetas del paisaje, con su belleza de madona, cual si se desprendiese de un cuadro de devoción. En la beatitud languidecente de la hora y la semicalma augusta de la escena virgiliana, ella era como una gran flor de nieve, un lirio de ópalo, abriendo sus pétalos eucarísticos en la brisa densa de la bahía rumorosa. En la atmósfera lánguida, pesada con el calor de la hora, el viento susurraba como un arpa mágica en el silencio profundo y, ella, avanzaba descuidada, soñadores los grandes ojos visionarios, con un gesto sonambúlico por el sendero arenoso. Absorta en no sé qué ensueño como de cosas lejanas, no había visto a los dos que la observaban, y al hallarse así frente a nosotros, en la playa solitaria, tuvo un movimiento de sorpresa, cuasi de miedo y se 45


detuvo. Quedó un momento abrazando un canasto lleno de conchas marinas, que abarcaba con sus brazos como para protegerlo y protegerse de aquel peligro imaginario. Contestó apenas nuestro saludo con una leve inclinación de su cabeza, llena de una vergüenza algo infantil, y desapareció presurosa bordeando la ribera. Y, quedamos solos, a orillas del mar, viendo perderse allá, lejos, la negra cabellera que el crepúsculo incendiaba sobre la espalda como una púrpura real, y la forma ondulante y morena que desaparecía como un fantasma de ilusiones. Y, temblé como ante algo misterioso, alzado cerca de mí en el fondo oscuro de una selva. ¿Quién era ella? ¿De dónde surgía esa flor radiante de belleza, encarnando en la euritmia de sus líneas, todo el ideal, toda la poesía y todo el deseo de la vida, centellando en el fondo de la noche divina que se desprendía de sus pupilas de abismo? -¡Qué mujer tan linda!- exclamé yo- ¿Cómo se llama?, le pregunté a mi colega. -Glinnila- respondió Evangelista. -¿De dónde es? -De Nuquí, y estudia en el Colegio.


-Muchas gracias estimado colega por la información -le respondí, mañana nos vemos muy temprano en el colegio. -Está bien -Hasta mañana-le dije -Hasta mañana-me respondió. Y allí nos despedimos. Mientras Glinnila escuchaba distraída la clase de literatura con el profesor Evangelista en un aula del Colegio, miradas extrañas la espiaban, un corazón amante suspiraba cerca de ella. Mi culto silencioso fue como el de Vespertino por la Lámpara Sagrada: siempre girando en torno a ella y siempre lejos…Y, cuando transitó cerca de mí, me provocó casi postrarme, como si hubiera pasado en sus andas doradas la Virgen del Carmen que era la patrona de aquel pueblo. Vinieron desde entonces, las noches de insomnios, las nostalgias asfixiantes, las ilusiones y anhelos de esa fiebre encantadora que se llama amor. Amor de veinte años, fresco y puro como una mañana primaveral, amplio y despejado como un horizonte, casto y primitivo que se desbordó en mí. No era ese amor superficial de los jóvenes de la ciudad, mancillados con besos de meretrices y abrazos de sirvientas: amor de deseos torpes; amor marchito, nacido en corazones gastados y sin fuerzas, para esas grandes pasiones que llenan, embellecen y acaban con la vida. Así no era mi amor... 47


Culto no confesado, crecía en el silencio de mi corazón y se alimentaba en el aislamiento de mi alma. ¿Cómo atreverme a confesarle ese martirio? De pensarlo no más me estremecía. ¿Cómo arrancar entonces ese amor? ¡Oh, no lo quería tampoco! Consumirme en llamas era mi ideal. ¡No hay necesidad de despertar los recuerdos, ellos llegan a su hora, mendigos habituales que vienen a pedirnos una pequeña contribución de nuestras lágrimas, y hemos de dárselas! Ya en mi lecho solitario, llevé a la mente aquella figura señorial que llamé Glinnila. Me parecía verla en ese andar cuando se esfumó como un espanto en la salida del colegio y, en esas tantas noches de desvelos, era el recuerdo, el deseo de mi alma, los que torturaban lentamente mi corazón y, en mis visiones, era ella, la adorada, la que se me abrazaba al cuello, me quemaba con sus ojos, me devoraba con sus besos, y se extendía a mi lado, bella como una Venus con su rostro de madona. Pálido, jadeante, me levantaba entonces, como para expulsar de allí aquella extraña visión… Y, apoyando mi frente contra el cristal de la ventana, con aire extraviado de un presidiario en la puerta de su reja, permanecía


absorto horas enteras, mirando en la sombra, ¿qué? La cara de Glinnila; y la gran tentación, la rosa de carne con pétalos de deseos que creía haber dejado sobre el lecho, se me aparecía, entonces allá, a lo lejos, con blancuras diáfanas, en transparencias de ópalo, bajo la arcada misteriosa de los árboles, ofreciéndome sus labios, en el esplendor de su belleza desnuda, allí, sobre la grama húmeda, sobre el campo florecido, bajo aquel cielo estrellado, en el ideal del refinamiento y del misterio. Y, luego, la visión se alejaba lenta, pausadamente, con la cabellera cuasi negra, coronada de orquídeas, destrenzada bajo la caricia de los dedos de la noche violadora, destacándose como una flor de nieve sobre la campiña verde, llamándome para lejos, más lejos, a la profundidad de los bosques, entre los matorrales impenetrables, hacia blandos lechos de musgos, a la gran cópula carnal y al beso irredimible; y como Silvano Loco, íbame en pos de la ninfa de mis anhelos. De repente, un fulgor blanco despuntaba del cielo, cual si el ala de un pájaro de nácar hubiese roto la cortina umbría. Y aquella irídea claridad naciente, anunciaba a la tierra el despuntar el día. Despertaba el valle somnoliento, bajo un manto verde de esmeraldas; y en infinita variedad, los lirios levantaban su lánguida corola; y, yo, con la cabeza entre las manos, perseguido por mis pensamientos, me veía a esa hora todo aletargado estallar en sollozos, y, quedaba absorto… ¿Soñaba o meditaba? 49


¿En

qué

comarca

del

país

azul

volaba

mi

alma?

¿Estaría en las regiones apacibles, donde bajo un cielo puro, nacen las pálidas flores o los geranios enfermos de la fe? ¿Vagaría en esos valles encantadores, donde bajo un cielo ardiente, abren sus cálices de púrpura, las rosas del deseo y se extiende exuberante la floración divina del amor? ¿Escucharía la música de un lejano país, que tenía mucho de ensueño y donde el coro de los poetas cantaba a sus oídos el himno suave de la eterna dicha? Así, torturado por la visión, permanecí horas enteras, hasta que en una de esas tantas noches de desvelo, que no pude conciliar el sueño, invité a unos amigos, y bajo la ventana por donde dormía Glinnila, entonamos una de esas serenatas apasionadas y melancólicas, producto de corazones enamorados. Cantamos con el alma esos paseos y vallenatos hechos para hacer soñar y hacer sufrir a las almas sensibles. Y cuando callábamos, el eco de nuestras voces varoniles, esparcidas en cadencia, iba a perderse en el aire calmado, bajo el cielo brumoso, en aquellas inmensidades vagas del mar. Allí nos sorprendió el crepúsculo; momento en que, como una diosa que abandona con la primera luz del alba el lecho tibio de plumas y musgos en que dormía, Glinnila arrojó a sus pies la manta y ligera saltó del lecho suyo. En pie sobre la alfombra dejó caer la túnica importuna, que rodó a sus plantas cubriéndolas por completo. Y así,


parecía como emergiendo de las espumas inmaculadas del mar, cual si apoyase sus pies en una ostra nacarada en perlas y corales. Y quedó allí, desnuda, casta, impotente. La estancia toda parecía iluminada al resplandor radiante de su cuerpo. ―¡Deidad terrible la mujer desnuda. Terrible porque así es omnipotente!‖ Glinnila en su desnudez de diosa, sola en ese templo sin creyentes, sobre la piedra consagrada del altar, se entregó a la inocente contemplación de su belleza inigualable. Y, en la atmósfera calmada, tibia con los perfumes de su cuerpo, se sentía en el aire algo así como la vibración del himno triunfal de su hermosura. Venus saliendo de las espumas inmaculadas del mar, no fue más bella que aquella virgen, surgiendo así de su lecho, blanco como la nieve, donde quedaban intactas, tibias todavía, las huellas de su cuerpo perfumado. Arrojando a un lado y a otro la mirada ingenua de sus ojos, aun somnolientos, avanzó unos pasos y se halló frente al espejo, que parecía temblar ante el encanto y el huracán de esa belleza desnuda. Sus pechos pequeños, erectos, duros, con delicadas venas azules que terminaban en un botón vivo, color de sangre joven; por su perfección, podrían como los de Elena, haber servido de modelo para las copas del altar. Su cuello largo y redondo como la columna de un sagrario. Sus piernas duras y torneadas remataban en pie 51


diminuto, de talones rojos como claveles de valle, y dedos que semejaban botones de rosas aun sin abrir en el crepúsculo. Frente al espejo se contemplaba serena, aquella contemplación era inocente, se veía y se admiraba, tenía el casto impudor de la infancia, era descuidada porque así era pura, y sin embargo, en aquella hermosa esmeralda humana se ocultaba el fantasma del dolor. ―Toda mujer es Salomón en el amor: el don de sabiduría le es innato‖. Glinnila comprendió bien que la tarea de la conquista de este ingenuo, de esa seducción al revés, le estaba encomendada y perfumó el camino. Una de aquellas tardes en que hacían deporte en el Colegio Instituto Litoral Pacífico de Nuquí, manifestó deseo de pasear a orillas del mar. ¡Oh, mar tan lindo, romántico y sublime! ¡Oh, playas en declives tan hermosas! Embargados de una tranquilidad insospechable. Era una tarde serena, turbadora como una decoración de sueño, una calma profunda, como adormecida, una quietud protectora y cómplice, en la atmósfera saturada de perfumes extraños.


Ella, apoyada suavemente en mi brazo, hablaba con una voz dulce, confidencial y acariciadora, que me producía como un éxtasis en el corazón, como la desfloración misteriosa de un beso, y me envolvía en largas miradas hipnotizadoras, que me erizaban la piel y despertaba en mí todo el fuego de un deseo ardiente y apasionado, estremecido al contacto de algo intenso que fluía de aquel cuerpo de mujer. La calma de la tarde que se aproximaba nos cubría, y ella continuaba envolviéndome en la llama salvaje de sus ojos, en las lenguas de fuego de sus frases incensadas. Yo temblaba perplejo y asustado por encontrarme al lado de esa estatua escultural, símbolo de la belleza y del amor. Y el hecho inexorable se cumplió: jugamos a la comedia del amor. Los paseos eran melancólicos entre la música del agua y de las olas, que parecían unirse para cantar un himno de amor a la extraña joven que llegaba. El brillante verde mar de los arbustos se hacía reverente a nuestro paso, adornando su cabeza pensativa. Ella era feliz en aquella sensación que parecía disolver su alma en el alma de la naturaleza. En la inexpresable delicia, una tarde en que nos alejamos sin pensarlo, nos internamos por un laberinto de arbustos, en donde una fuente de agua cristalina se deslizaba lentamente bordeando unas 53


matas de azucena. Rendida se sentó al borde de la fuente, apoyando la espalda en un guayacán florido y, yo, me senté a su lado; las sardinas de la fuente acudieron presurosas, como esperando un alimento de las manos de Glinnila, que se introducían en el agua cristalina, mientras nos cubría una lluvia de hojas amarillas que caían de los árboles desnudados por el viento otoñal, que barría también las nubes en ese poniente tierno de llamas moribundas. Mirándola dolorosamente al rostro, lleno de una mortal quietud, le pregunté: -¿Se siente bien? -Sí, dijo ella con una voz de infinita dulzura. Entonces, como si sintiese la necesidad de expresarle todo mi amor, y de aprovechar los momentos que huían, me apresuré a decir: -¡Cuánto he sufrido con su indiferencia! No me atreví a hablarle por temor a ser rechazado, con el profesor Evangelista le envié una nota, ¿la recibió? -Sí, me sentí feliz, lloré mucho, porque su carta es tan sincera y triste... -Hoy le digo lo mismo que en ella. No se imagina usted lo torturado que me siento, ya no duermo sino pensando en usted y, a la aparición de sus recuerdos lloro. -¡Glinnila! ¿Siente algo su corazón por mí?


Ella calló, con el rostro empurpurado como si todo el esplendor de la hora taciturna hubiese caído sobre las azucenas de sus mejillas, incendiándolas. Y, en esa onda silenciosa, había vibraciones extrañas, como las de las olas subterráneas que baten las entrañas de un peñón; era la mano de un sueño y una nobleza de sentimiento que degollaba a otro sueño en el propio corazón. Con voz trémula, como surgida del más remoto seno de mis entrañas, insistí, y tomando una de sus manos, e inclinándome sobre ella, le dije: ¿Por qué me tortura tanto? Mi alma es débil pero bella y mi corazón es puro como una mañana primaveral... Sobre mi cabeza inclinada cayó una lágrima, tan ardiente que la alcé sorprendido, y mirándola fijamente en los ojos enturbiecidos, le dije temblando de alegría: ¿llora usted? ¡Ah! Entonces... ¿me ama usted? -Sí, dijo ella con una voz profunda y grave, en la cual vibraba la ofrenda de su alma. Permanecimos así, mudos y absortos, como si en esos momentos hubiésemos vivido muchos años... Las sombras crepusculares descendían; la sesgada luz del sol deslizándose por entre los tupidos ramajes que nos cubría cegaba mis ojos. Acá y allá, en torno de ella, en las hojas por el suelo, estremecíanse luminosas manchas, como si una turba de colibríes, al volar, hubiese esparcido plumas relucientes de sus alas membranosas.

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El silencio lo dominaba todo, y de los árboles se desprendía un aliento suave y vagabundo, esparcido por la brisa marina de aquella tarde llena de amor y de poesía. Luego, ella, poniendo ligeramente la mano sobre mi hombro, se incorporó por medio de un salto, dando ocasión por un momento que asomase por entre las anchas faldas de su vestido un pequeño pie, preso en un botín color violeta. Los rizos de sus cabellos brillantes como el oro, deslizándose por las alas de un sombrero de paja chocoana, caían sobre su rostro que parecía haber robado la lozanía y el colorido de las más frescas rosas. Frente espaciosa e inteligente, ojos límpidos como el cielo azul que nos cubría, coronados por unas cejas finas, arqueadas y más oscuras que el cabello; una nariz perfilada, casi transparente, que es el mejor distintivo de la imaginación y del ingenio; y por último una boca pequeña y rosada como el carmín, cuyo labio inferior la hacía parecerse a las princesas de la casa de Austria, por el bello defecto de sobresalir algunas líneas al labio superior, completaban lo que puede describirse de aquella fisonomía distinguida y bella, y en que cada facción revelaba la delicadeza de su alma, de organización y de raza, y para cuyo retrato la pluma descriptiva de los artistas es siempre ingrata. Por fin, Glinnila rompió el silencio: se nos hace tarde- dijo-, y tomamos el camino de regreso.


Cuando llegamos a la casa de mis padres, que nos esperaban preocupados, había en nuestros rostros tan notorio cambio, que los viejos sonrieron. Nos sentamos cerca de mi madre. Ella tomándonos de las manos, nos las unió, mirándolos con los ojos húmedos de llanto y diciendo con voz trémula de emoción: En nombre de Dios y de la virgen, y selló nuestras manos unidas con el beso de sus labios venerables. Yo he sido siempre un sentimental, y una pureza nativa aureola todos sus sueños de amor; y frente a una mujer como Glinnila, sentí más que una pasión profunda y delicada que se alzaba en lo más hondo de mi alma por sobre todas las cosas viles de la tierra, hacia regiones remotas de las más graves purezas. Fantástico en los asuntos pasionales, me di a cultivar con delirio esa vaga sensación que llenaba todo su ser, y que no quería analizar por temor a destruir. Estar junto a Glinnila, verla, oírla hablar, fue ya toda mi aspiración; ya no había para mí bellos paisajes de los cielos, de los mares y de la tierra, sino mirada en los ojos de Glinnila; y no había armonía, ni música en los aires, ni en las palabras, sino brotaban de esa fuente de melodía que eran los labios de Glinnila; y, ¿ella? Trataba de permanecer extraña a esa pasión naciente que crecía y se alzaba blanca y pura como una aurora primaveral. En las tardes expirantes, a orillas de la gran bahía, llena de luces estelares, las miserias de nuestras almas se juntaban y se recalentaban, como dos niños friolentos sobre el seno de una misma madre, 57


tocados de una sensibilidad misteriosa, ante ese amor que veíamos nacer como una flor de gloria en nuestros corazones, coronados de aureola; y, sobre las playas luminosas, en los palmares claros, cerca al ímpetu doloroso de las olas arrulladoras, nuestras almas se buscaban, se confundían, se saturaban de amor, de un amor triste, que en nosotros tenía el infinito de todas las insatisfacciones; y, continuábamos así, ante la queja cercana del mar, que parecía hablarnos del eterno olvido, en la terrible esterilidad de nuestras vidas sin venturas. Amándonos así, con emociones tenebrosas, en las tardes entibiecidas, prendimos sobre el cielo borroso de nuestras vidas un nuevo sol. Hipnotizados y encadenados por aquella pasión fatal decidimos tomar el mismo avión de Nuquí para Quibdó. Inmenso y calmado el mar se extendía, y desde el firmamento se observaba, allá lejos, majestuoso y brillante en ese horizonte despejado. Las nubes blancas como copos de nieve pasaban lentamente como una bandada de aves en derrota. Abajo se divisaba el terciopelo misterioso del valle del Atrato; y, mientras el avión surcaba el inmenso espacio taciturno, mi mente meditaba,... ―¡Cómo agobia al hombre llevar sobre sí mismo el peso de su propio corazón! Cuando más felices aquellos que la muerte ha inmovilizado en las riberas de la eternidad. Es por el camino del corazón que vamos al vencimiento; es por él que somos sufrimiento vivo; es por él que somos felices; es por él que permanecemos adheridos a la


Tierra y al amor... todo el dolor viene de él... él contiene toda la debilidad de la idolatría; él, es una adoración. La mirada de amor, la palabra de amor, el sueño de amor ¿quién los dicta?; esas cosas vagas y terribles que entenebrecen nuestra alma ¿quién las forja?, el corazón... ¡el corazón! ¿De dónde esa fiebre de amor que nos hace agonizar bajo un firmamento de sueño, en un jardín de esperanzas suplicantes?, del corazón, de la dulce claridad del corazón... ―La mendicidad del corazón es un desencadenamiento de miseria, no se sacia jamás; por eso nuestra vida es un gesto de abatimiento, un vacío incolmable de tranquila inmensidad‖. Y, era por el corazón que agonizábamos los dos peregrinos del amor... Los ojos somnolientos y radiosos de Glinnila se abrían en ese instante, el avión llegaba a su destino. Nos despedimos y quedamos de encontrarnos a las siete de la noche en el Estadero El Malecón, a orillas del río Atrato Perfumes escondidos subían de las aguas del Atrato, de los arbustos florecidos, de los meandros pensativos y los rosales lejanos, que la sombra poetizaba en largas simbolizaciones de blancura. Al ver a Glinnila un poco mareada por el efecto del champaña, la invité a salir al jardín, donde los aires puros le quitaran aquel principio de mareo. Le di el brazo y nos pusimos en camino; llegando al jardín donde estaba mi auto ella desvaneció en mis 59


brazos. Cuando lo puse en marcha, ella abrió los ojos y me sonrió dulcemente. La besé en la frente, sobre los ojos, en los labios... El beso embriaga. Y, loco ya por la trágica locura de los besos, me dirigí a mi casa de soltero y, Glinnila, entró a ella, seria, serena, erguida, alta la frente, inmutable y fatal, como la más pura de las esposas al más puro de los hogares; y pasamos por el iluminado gran salón familiar, hacia el dormitorio, cubierto de mármol el piso y sus paredes tapizadas en lila; y el gran lecho de caoba, con sábanas de terciopelo, adornado por un acuario, donde voloteaban decenas de palomas blancas y cantaban varios ruiseñores, apareció ante sus ojos. ¡Salve virgen! Dijeron las brisas y las flores. ¡Salve virgen! Cantaron los turpiales encerrados en jaulas de marfil. ¡Salve virgen! Repitieron los ecos de la noche cuando como una paloma que entra al nido, la doncella intocada hundió sus carnes en las bellezas nítidas del lecho. La acaricié con mis labios en los lóbulos de las orejas para excitarla, prolongué esa caricia por el cuello de marfil y el pecho adorable, que descubrí bruscamente, haciendo saltar fuera del vestido los senos duros y delicados como dos pétalos de rosa. Los mimé largamente, apasionadamente, devorando a besos las corolas rojas de aquellas flores de nácar, teñidos de un suave color canela. Allí descubrí la belleza de ese cuerpo de diosa, y tuve orgullo de ver las divinas


carnes reposando sobre mi lecho, cálido y sensible, hecho de plumas de colibrí; y ya desnuda, quedó bocarriba, casta, pura y radiante, como una Venus emergiendo de las espumas inmaculadas del mar. Me entregué totalmente a la contemplación de esa Venus en su desnudez de diosa; y en la atmósfera calmada, tibia con los perfumes de su cuerpo, se sentía en el aire algo así como las vibraciones del himno

triunfal

de

su

hermosura.

La

poseí,

suavemente,

cuidadosamente, ardientemente, con una pasión tierna, sintiéndola gemir y sollozar bajo mis besos, en el encanto y el dolor de aquella desfloración. ¿Cuánto tiempo estuvimos allí en brazos uno del otro? No habría podido decirlo. -Mi amor, a propósito ¿cómo te llamas verdaderamente?- le pregunté -, cuando ya satisfecha mi pasión la miré desnuda sobre el lecho como una margarita desolada. -¿Yo?- balbuceó ella- como esquivando una respuesta inmediata y cubriéndose con los abrigos de la cama en un gesto noble bajo las claridades lunares... -Sí, tú. -Yo, me llamo una mujer. La repuesta evasiva y extraña, me irritó hasta la cólera. 61


-La respuesta es idiota- le dije-, ése no es un nombre sino un sexo. Temerosa de haberme disgustado, y como un poco miedosa, la joven dijo: -Perdóname mi amor, no quise ofenderte, pero, ¿te das cuenta cómo me encontraste? Creo que ya cumpliste tus deseos y, además, ¿qué os puede importar mi verdadero nombre? Es que las mujeres que somos de malas, tenemos uno: nos llamamos placer, algunas más felices se llaman: amor y, calló, como angustiada y, quedó muda, como en un abandono inmenso, aspirando un perfume de recuerdos removidos por el verbo profanador. El amor- murmuré yo con un sordo rencor- como en una resurrección súbita de visiones, donde gritara el gran duelo de mi corazón debido a tantas desilusiones... ¡El amor! ¿Sabéis vosotras las mujeres lo que es esa palabra? -No sabemos de ella sino lo que los hombres nos enseñan, lo que ponen en nosotras para llenar el gran vacío de nuestro corazón; él, es verdad o es mentira según lo dijeron los labios que nos iniciaron en sus secretos; ellos nos enseñan la sinceridad o la falsía; nuestra alma está hecha por la modelación de sus besos; fue la presión de sus labios la que la hizo alma de lealtad o de perfidia; todo iniciador de amor es un modelador de almas; la nuestra está siempre llena de su presencia. Absorto, inquieto, ante la oscuridad reminiscente de esta respuesta, y a la vista de ese corazón misterioso, del cual el secreto pugnaba por escaparse como un perfume, dije:


-Y, la tuya, ¿quién la modeló para el amor? -¿La mía? Por las formas del mármol se conoce el escultor; no podéis conocer sino mi cuerpo; me siento orgullosa que me hayáis encontrado virgen; mi alma, mi pobre alma, esa no la ha visto sino aquel que la despertó de su sueño de arcilla y, que acaso no verá jamás... Hundida en la bruma débil, su cabeza perfumada, parecía soñar bajo el vapor cálido del lecho y la penumbra. En la calma oceánica de esa hospitalidad tan amable y discreta, ambos dejábamos dilatar nuestros sueños por el jardín tentador de los

recuerdos,

viendo resucitar

las horas

anonadadas del

amontonamiento fúnebre y clamoroso de las inexorables cosas del pasado. Una inagotable onda de pesar brotaba de nuestros corazones, que parecían tenderse con un largo estremecimiento portentoso hacia el pasado. Algo inquieto y analista, interrumpí el silencio, y con la calma gris de un psicólogo profesional, interrogué a la joven, que parecía dormida en un dulce poniente de cosas profundas y calladas. -¿Qué edad tienes? Ella abrió los ojos, y en sus pupilas color café intenso, pareció brillar un horizonte de devastaciones. 63


-Diecisiete- respondió débilmente- pero los años de mi corazón son infinitos. -¿Quién te enseñó a hablar así? -Aquel que me enseñó a pensar. -Y, ¿quién fue él? -El mismo que me enseño a amar. -Y, ¿dónde está? -Él, me enseñó también el abandono. -¿Su nombre? -¿El nombre suyo? Ahora, llama: dolor, ¿después? Llamará: olvido... -Ese no es un nombre. -El, encierra y devora todos los nombres. Y, como si hubiese tropezado con algo la desnudez de su herida, la joven clamó, más que dijo: ¡No me interroguéis, no me interroguéis! ¿Qué os importa mi pasado? Menos aun si es doloroso y triste, mi cuerpo ha sido vuestro, ¿qué más queréis? ¡Haz lo que quieras con mi cuerpo pero no toquéis mi alma! y, como si temiese que por debilidad le arrancase su corazón para mirarlo, la joven trató de incorporarse bruscamente del


lecho, pero la detuve, diciéndole: perdóname vida mía, no lo volveré a hacer, y la cubrí con las ropas de la cama, con un gesto de verdadera y tierna delicadeza. Un gran sentimiento de piedad me vino al corazón, ante aquella mujer silenciosa, llena de poesía, tan misteriosa y tan inconsolablemente triste, y el poeta que dormía en mí se despertó, y mi musa abandonada vino a besarme en esa hora de felicidad sublime y, escribí en mi diario prosas asonantadas, lapidarias y sonoras, como queriendo decir: Yo también sé el camino de la inspiración. Y, en esa prosa rítmica, esculpí y canté el cuadro de mi ventura: ―Un silencio rumoroso, idólatra y religioso, un silencio de santuario, había en torno a ese sagrario, donde inerte y descuidada ¡Oh, mi diosa! ¡Oh, mi adorada! ―Y, en la atmósfera vagaban, mil perfumes que embriagaban; y en los ruidos vagorosos, habían besos amorosos, que vibraban y cantaban en el rayo de la luz. ―De rodillas ante el lecho, con las manos en el pecho, conteniendo los latidos de mi pobre corazón, yo en silencio te adoraba y en silencio recordaba, que esa noche ya pasada ¡Oh, mi negra desposada! Te dormiste entre mis brazos, y al reclamo de mis besos y al calor de mis abrazos, se abrió tu alma a mis caricias, de tu amor con las primicias, como al rayo del sol fulgido la rosa abre su botón.

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―Y, al mirarte así rendida, recordándote vencida, busqué un sitio y a tu lado, yo el león domesticado la cabeza recliné... ―Y, pensando en el hastío y en el olvido hosco y sombrío, y pensando en que pudieras olvidarme o yo perderte, tuve miedo de la vida, sentí anhelos de la muerte, lloré mucho y en silencio, en silencio te imploré‖. Después me acerqué al lecho, y haciendo como había escrito, coloqué mi cabeza en la almohada y puse mis labios en los de mi idolatrada. Glinnila, abrió los ojos, sus grandes ojos de zafiro, somnolientos, echó atrás su cabellera, río de espigas luminosas, puso los brazos en cruz, y se desperezó indolente con un gesto de ninfa acuática, mientras la luz jugueteaba en los bellos jazmines de su cutis, centellando en el polvo de oro de sus encantos desnudos. ¡Eva! ¡Eterna Eva! ¡Tentadora de amor! ¡Bendita seas! Desde aquel día nos vimos tres veces por semana, en el mismo sitio, y repetimos los mismos ritos de amor. La misericordia de la vida, nos da el amor como el más suave elixir del olvido que puede apurar el alma angustiada de un hombre, frente a los dolores irremediables. De ese licor habíamos bebido Glinnila y


yo y nos embriagábamos de él; devorábamos nuestra felicidad como a un fruto lleno de dulzura, y la envolvíamos en los cendales del silencio. Y, nuestros cuerpos se unían como nuestras almas, en un fervor olvidadizo de las cosas que nos rodeaban. Bien pronto, no fueron bastante esas horas para vernos y amarnos, y buscábamos para eso hasta el seno más oscuro de la noche. Vivíamos siglos en la sensación deliciosa de aquellos besos que parecían hacernos inmortales. Sólo la luz inoportuna de la aurora venía a llamarnos a la vida real, a separar nuestros corazones cada vez más ilusionadosporque la ilusión vive en todo: hasta en el corazón turbado de dolor y en el seno agotado de la muerte. En ese olvido vivimos, hasta aquella tarde que en el jardín, Glinnila, más adorable que nunca, me reveló la dulce verdad: estaba encinta, y se quedó viviendo definitivamente en mi dulce hogar. Y, la vi embellecer, como en una maravillosa transfiguración. Al mismo tiempo, ella, consolada, apasionada y conmovida por aquel afecto que la rodeaba de cuidados y de atenciones cuasi paternales, se enorgullecía ante aquella cosa inmensa que se llama amor; y en la gloriosa aceptación de su destino, ponía tan candorosa pasión, se hacía tan filialmente tierna para con migo, que sentía engrandecer mi corazón. Mis libros de Física y Matemática, inconclusos, aquellos en que vivía gloriosamente mi alma viril, volvieron a sentir la fuerza opresora de mi pensamiento y mi didáctica. La fiebre del trabajo, la radiosa alegría de producir volvió a apoderarse de mí; y la maravilla de las leyes físicas, y la belleza de los números, llenaron las páginas vírgenes, como un gran 67


río crecido que inunda una llanura. Glinnila, añadía a sus otros cuidados, amor hacia mí. Ella misma pasaba a limpio los borradores, me ayudaba a corregir las pruebas, recogía y catalogaba los originales. Salíamos muy poco y rara vez recibíamos visitas; apenas sí frecuentábamos cines y teatros. No se nos veía jamás en cafés, y vivíamos abrazados a nuestra tranquilidad como a un escudo. Mi corazón conquistado por el amor, tenía la dulce y aterradora mansedumbre de un león dormido, se diría que había amado siempre. Glinnila, cuya salud florecía como un rosal en primavera, bajo las dulces ternuras que rodeaban su existencia, empezó a sentir síntomas de parto, y fue hospitalizada ese mismo día. Esperé con el corazón lleno de incógnita y de tristeza. Al largo rato, salió el médico que la atendía, y con semblante tranquilo, me informó que Glinnila había dado a luz dos varones. Cuando llegué donde estaba ella, la vi inmóvil, pálida y feliz, y a su lado los dos infantes que dormían. La abracé y la besé en la frente, y mirando a los niños dije: Tú, que eres el mayor te llamarás Idin II, y tú, que eres el menor, serás Adrián II. Ella, contagiada de aquella alegría, me sonrió débilmente, me tomó las manos y me atrajo contra su pecho con gesto maternal, y con lágrimas de emoción dijo: Mi amor, estoy plenamente convencida que esos nombres encierran algún misterio en tu corazón o tienes un ―alma mística‖.


Aquella mujer enferma me parecía más bella que antes, y comprendí que no podía separarse de ella... Todas mis ternuras, todos mis deseos antiguos me subían al corazón en un flujo desbordante, y me estremecía nerviosamente al recuerdo de mis ingratitudes, que hoy se me hacían odiosas y monstruosas... ¿Cómo había podido hacer llorar tanto aquellos ojos prismáticos que eran como el espejo de su alma?... Una sed infinita de hacerse perdonar me subió al corazón. Nuevos informes médicos me hicieron conocer que Glinnila retrocedía en su curación, una hemorragia imprevista se había presentado y su debilidad agónica no podía casi resistirla... Yo, en el hospital no se separaba de ella, y preocupado ya no hallaba como consolarla y, la miré vencida por la fiebre, calmada bajo la influencia de las drogas, extenuada, apenas visible bajo las grandes sábanas que la cubrían y, en el denso silencio donde el ojo humano apenas veía la constante presencia de las cosas, la tomé de las manos, y casi de rodillas la miré dormir. Aquellas manos ardían como una brasa y el pulso apenas se sentía palpitar bajo la piel. ¡Cómo crecía mi amor hacia aquel ser frágil e idolatrado por mí que apenas se dibujaba allí como un sueño de luna!...

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Un gran deseo me vino de morir también al lado de aquella rosa que se marchitaba bajo el tétrico esplendor de la nada, ídolo de mi corazón, que guardaba aun el recuerdo de las caricias pasadas, y sufría el castigo de mi idolatría a la cual había dado mi esperanza cándidamente... Mi dolor crecía siempre inmensamente, desnudo, inconmensurable como un cielo y, sentí cómo la mendicidad de mi corazón era vasta, vasta como el espacio y, vi que no había limosna terrestre para mi soledad espantosa que era como un principio eterno de la muerte... La luz matinal hizo abrir los ojos a Glinnila, pesados de fiebre y llenos de un sueño malo, como una aglomeración de visiones. Se incorporó penosamente; fui en su auxilio, la tomé en mis brazos y arreglé en torno suyo las almohadas dispersas, la acaricié como a un niño, la besé en la frente sudorosa y la abracé tiernamente contra mi corazón. -¿Has dormido bien amor mío?- le pregunté-, mirándola fijamente a los ojos. -Sí. -¿Sufres? -No.


Su voz era débil como un gorjeo de pájaro, y de sus ojos febricitantes se escapaba la gratitud como un himno. -Y, tú, ¿has dormido amado mío? -Sí, toda la noche; y la mentira corrió de mis labios como una miel de misericordia, y se extendió como un bálsamo sobre los bordes de aquella herida incurable; y mi corazón cargado de verdades, se miró en los posos grises de aquellos ojos sumidos en la penumbra, ojos que esa mentira hacía luminosos como lagos de asfaltos heridos por el sol. La fiebre y la hemorragia agotaron tal mente las fuerzas de Glinnila que en aquel momento daba la impresión de muerte. Asustado, la llamé a grandes gritos desesperados: ¡Glinnila, Glinnila!... Ella abrió los ojos brumosos, llenos de penumbra, y me miró vagamente, como si volviese de limbos muy remotos... Glinnila, Glinnila- sollocé-... No es nada, no es nada, dijo ella, débilmente intentando sonreír. La abracé con desesperación, ante esa visión de la muerte en los ojos adorados; y ambos temblamos en conjunto, en ese silencio lleno de amenazas... Ella, al verse tan consentida, lloró dulcemente, un reparador llanto de felicidad; yo la miré llorar, hundida en esa 71


embriaguez de ventura, llena de una extraña sensibilidad, ante aquella felicidad de muerte que parecía un crepúsculo, y calló largo tiempo. -Perdóname- dijo ella-, volviéndose hacia mí, y reclinó sobre mi pecho varonil la cabeza triste y casi inerte, como para sentir por última vez cerca, aquel corazón misterioso lleno de tumultos... y, un gran soplo de melancolía pasó por nuestras almas, como bajo un cielo incoloro, sobre un río de silencio... Glinnila, ya no se levantó del lecho. Los médicos, desesperados, hicieron hasta lo imposible por salvar aquella vida, todo fue inútil, su corazón misterioso al fin dejó de latir. Quedé como aterrado a causa del dolor. Y en mi desesperación, tomé los niños, salí con pasos lentos y me perdí en las sombras negras de la noche, envuelto en el eco de mi voz que decía: mi alma triste, profundamente triste, abrumada por el peso de tantos recuerdos dolorosos y tantas desdichas presentes, no tiene ni aliento ni voluntad para seguir resistiendo este infortunio monstruoso engendro de un destino desgraciado.


La encrucijada japonesa Diego Jurado Lara

Cuando el tiempo se hace eterno, por la soledad impuesta, crea un vacío en el alma que convierte cualquier instante, hecho o deseo por salir de él, en apostasía. Te aprisiona y te deja gélido. Y ese frío y ese vacío se trasladan al cuerpo que, inerte, no siente nada, salvo una sensación de falta, de oquedad. El dolor del alma, entonces, se transforma en dolor físico, real. Todos los movimientos de Miyori tenían un ritmo que parecía acompasarse a algo que llevaba en su interior y que no era, yo, capaz de saber, ni tan siquiera intuir, su razón. Le pregunté acerca de esa carencia absoluta de sonrisa desde que la conocí y si había estado siempre en ella. Me miró de una forma que la acentuó aún más, si cabe, y el escaso brillo de sus ojos desapareció como por ensalmo. Verás, me contestó, con aquel sonido tan peculiar con que derramaba las palabras en español, desgranado las sílabas y acentuando los vocablos al principio y al final; verás, volvió a repetir, tras un instante de silencio, es algo que va más allá de cualquier sentimiento, del tiempo y el espacio. Viví en Lisboa cuando me fui de Japón. Fue mi primer destino, y lo fue porque siempre me gustó esa lengua, tan profunda, tan suave, con esa cadencia que hace que te 73


introduzcas en ti mismo de una manera como no he vuelto a encontrar en otra. Quizá el español, dijo, -como si sólo lo pensara pero no lo dijese-, pero es más duro a pesar de su musicalidad, o quizá por eso es más una lengua para el alma, no para el interior sino para el más allá, o tal vez no, no lo sé, pero me lo parece; en cambio el portugués es para los sentimientos irredentos. La escuchaba como hipnotizado. Nunca la había oído hablar así. Nunca había escuchado hablar así. Ellos tienen una palabra deliciosa, siguió diciéndome, para definir un determinado estado del alma, saudade, que no tiene traducción en ninguna otra lengua, y que no sólo es bella en sí misma, en su expresión, sino también en su significado. Es difícil de expresar. Tan sólo se puede sentir, y acaso expresar a través del alma, de los ojos, de los gestos, del estar. Pero no de la palabra. Eso es lo que me pasa. Tengo saudade, y de ahí todo lo demás. Se levantó lentamente, como todo lo que hacía, y esbozó algo parecido a una sonrisa. Prepararé el té, me dijo. Nunca había hablado tanto, y desde luego nunca tan seguido. Desde que nos conocimos siempre fui yo el que habló y, ante su casi total ausencia de palabras, era yo el que mantenía la conversación, la dirigía, la terminaba, salvo cuando, en contadas ocasiones, me pedía que le hablase de mis cosas, de lo que había hecho, de lo que pensaba, de lo que amaba, de cómo entendía la vida. Pero no era lo usual. Una vez me dijo que le fascinaba mi capacidad para mantener la mente abierta a todo el vendaval de ideas que había en ella y que


venían del mundo exterior, de mi alrededor, de las locas y de las consistentes; que estuviese con ella y pendiente, a la vez, de todas las personas que cruzaban o estaban en mi radio visual, de sus movimientos, de sus pensamientos, de sus vidas, y que, sin embargo, fuese capaz de centrar mi atención en una persona, en ella, en un solo tema, permitiendo que la mente, la mirada y la palabra divagasen de una forma tan curiosa y atractiva. Decía que eso sólo lo podían hacer las mentes creativas, las mentes de los artistas.

La primera vez que la vi me pareció fascinante. Estaba bailando. No me había dado cuenta de su entrada al pub. Estaba con una amiga que bailaba también, pero con una ausencia de gracia total. El pub, La Banca, estaba lleno de japoneses. Por eso y porque era allí donde hacían los mejores mojitos de la ciudad, iba yo a aquel lugar. Aunque sólo el camarero ecuatoriano los hacía bien. La camarera, que también servía copas, no. Él me dijo que los hacía bien porque había aprendido de un cubano que regentaba otro bar en el que había trabajado; que había que machacar bien el azúcar con la hierbabuena y poner las medidas justas. Fue durante esa conversación cuando debió entrar. Al girarme la vi. Siempre me extrañó el hecho de que tantos japoneses fuesen a aquel pequeño pub, fuera de los de moda, sin decoración apenas. Quizá fuera el mojito. Quizá la música, casi en su totalidad en español, con 75


ritmos caribeños y algo de española. Ambas cosas fueron las que me llevaban siempre a él, desde que lo conocí por casualidad. Me gustaba observarlos mientras me bebía un mojito. Pero aquel sábado apareció ella, y como siempre me suele suceder, una mirada, un momento, me cambia la vida. Era absolutamente distinta al resto. De una belleza que te acercaba a Dios. Se movía con una cadencia, con una suavidad casi etérea. Poseía una elegancia innata en todo lo que hacía, en el mirar, en la forma de coger el vaso, en el beber, en el andar, al bailar… Esperé hasta que se marchase. Pronto se dio cuenta de que la miraba, aunque en verdad apenas lo hacía hacia otro lado. Entramos en el juego de la mirada. Miradas que entran muy dentro, deslizando, sabiendo. Ese tipo de miradas que, con suerte, encuentras tres o cuatro veces en la vida. Miradas que te llevan al éxtasis con el solo hecho de mirar y ser mirado. Porque eres, porque te permiten ser, porque te reconoces en el otro. Cuando se iba, mientras se ponía el pañuelo alrededor de un cuello casi níveo, grácil, que contrastaba vívidamente con el azabache de su cabello, me acerqué a ella. Se giró, como sabiendo, o esperando que lo haría. Como si supiera que estaba allí, a su lado. Le dije algo sin mucho sentido, algo trivial, y me contestó: el amor pertenece al lado rugoso y fragmentario de la vida, y se parece, perteneciendo al mundo del sueño, más a una pesadilla que a los sueños. Me quedé anonadado, sin capacidad de reacción. Estaba allí, de pie, como un


completo idiota, en medio del local, mientras la veía como se marchaba hacia la puerta. Al llegar a ésta se giró y le dijo algo, al oído, a su amiga. Metió la mano en el enorme bolso blanco que llevaba. Sacó una pequeña libreta, que me pareció roja dentro del juego de luces del local, y lo que parecía un bolígrafo. Escribió en ella y vino hacia mí. Toma. No sé cómo acerté a decirle, acercándome a su oído -con lo que casi rocé su cuello, carente de aromas artificiales, que olía a piel excelsa, exquisita, que me sedujo y recordó a otra-, que si los sueños eran un delirio debían ser sanos, o eso esperaba, aunque…, y si lo eran, el amor tenía que ver más con los sueños que con la realidad. Me besó en la mejilla con los labios, no con la cara, y, poniendo el papel en mi mano, se giró y se marchó.

Me dijo que fuese temprano porque quería hablar conmigo. Cuando llegué me recibió con una bata de seda parecida a un kimono, pero que no lo era. De un azul marino intenso con tonos en degradación, y algunos otros dorados; decorada con unas letras en negro y rojo, verticales, en la parte delantera, en su lado derecho, y unas gotas como perlas, blancas, a modo de collar, que caían en cascada desde el cuello hasta casi la cintura, creando un bellísimo efecto. Me pidió disculpas por no estar preparada, tras hacer una breve y apenas imperceptible inclinación de cabeza y, sin apenas variar el gesto, me solicitó que me acercase a la sala que había al lado de la entrada, para que la esperase allí mientras terminaba de vestirse. 77


En la cocina se dispuso a preparar la comida. Me di cuenta de que ponía mucha atención en que los colores y los distintos elementos que iba a disponer tuvieran armonía, de ahí que pusiese pocas cosas en los brillantes cuencos, azulados, negros y blancos, porque, me dijo sin dejar de arreglarlo todo, al tiempo que hacía una especie de sonrisa con los ojos al mirarme, había que empezar a saborear con ellos. Aaikon se llama esto, me señaló. Quería rallar rábanos grandes y guindilla roja seca, para lo que hizo un orificio en el centro del rábano con un palillo y lo rellenó de guindilla. Los limó ambos al tiempo, creando un efecto precioso a la vista con el rojo y el blanco juntos. Me dijo que en Japón lo llamaban ―hojas de otoño cambiando de color‖. Era puro éxtasis el nombre. Me sentí como si flotase. Sólo podía mirar como actuaba con los elementos de la cocina, como se movía, como cuidaba, con extrema delicadeza, los detalles, poniendo el alma y los sentidos en todo lo que hacía. Comenzó a cortar el pescado, fresco. Parecía que tuviese una batuta en la mano en vez de un cuchillo, que previamente había afilado. Cortaba con arte, elegantemente, delicadamente. Parecía magia verla con aquella maestría. Parecía un ballet. Las lonchas eran exactamente iguales unas a otras. Dijo, señalando el pescado con un leve gesto de la cabeza, que era sashimi, pescado crudo que comeríamos con sake, que sirvió en unas pequeñas tazas a las que llamó sahezumi. Pruébalo. Las he servido para que lo hagas antes de comer. Después cortó una anguila que había en una fuente ovalada, mientras yo probaba el sake. Le quitó previamente la cabeza y la tiró al cubo de la basura con una


levedad que pensé que sus manos tenían la capacidad de producir encantamientos. Ningún acto, ni tan siquiera el más insignificante, lo realizaba con estridencia. Todo tenía un sentido, preciso, precioso, armónico. La cortó en trozos más bien largos. Los pinceló con una salsa de soja azucarada y los colocó sobre un lecho de arroz hervido. Unagi, dijo, pronunciando las sílabas. El sonido era tan hermoso como el plato que había preparado. Vista y oído unidos. Cogió, de un plato cuadrado, un alga llamada wakame, de color verde oscuro, con la que envolvió el sashimi. Cogí un trozo del alga y la mastiqué. Tenía una textura suave y delicada. Presentó toda la comida de una vez. La mesa estaba llena de plato pero no había agobio visual ni espacial. Nos sentamos sobre las esteras que había encima del tatami, ante la baja mesa. Me dijo que, tras inclinar levemente la cabeza en lo que parecía una invitación, comiera. Tal vez vio mi sorpresa o adivinó mi pregunta no expresada. No hay orden, empieza por donde tus ojos te indiquen, casi tuve que adivinar ante el delicado y bajo tono con que susurró las palabras. Cogió los palillos. Cogí yo el cuenco con sake y bebí un sorbo, esperando ver como se los colocaba en la mano. Era como una obra de teatro, como un ritual. Cogió los palillos, rojos, que estaban apoyados en un pequeño soporte de porcelana, rectangular y ligeramente ondulado, cóncavo, delante de nosotros. Tomó uno con la extrema sutileza con que hacía todo y lo puso en la palma de la mano, fijándolo en la parte intermedia del dedo anular al presionar 79


levemente el dedo pulgar contra la palma, sosteniendo entremedias el palillo y sujetando la parte redonda en su mitad. El otro palillo lo cogió con la parte redondeada hacia delante, sujetándolo entre el pulgar y el índice, como si fuera a escribir con él. Con un ligero gesto golpeó las puntas de ambos contra la mesa, igualando uno y otro. Hice lo mismo intentando no parecer burdo ni brusco. Me miró desde sus ojos bajos y sonrió, o me lo pareció. Agradecí que no me indicase cómo hacerlo. Me hizo sentir bien. Hablamos, porque le preguntaba, sobre la comida, del por qué de los hechos, de los tiempos, de las razones. Decía que, según la filosofía zen, los alimentos de la cocina movilizan la energía corporal por los diversos órganos del cuerpo y la equilibran. Debía ser verdad, le contesté yo, si se ponía tanta alma en el hecho de la preparación. Fíjate que, me dijo en determinado momento, no hay un tiempo determinado para la cocción, por ejemplo, del arroz, tienes que sentirlo, oírlo; has de respetar escrupulosamente el tiempo hasta que el sonido es crujiente, entonces está en su punto. Tú eres arroz en ese momento y lo sabes, sabes que está. Al final sirvió té. La comida fue elegantemente sencilla. Era la vida representada en aquel acto aparentemente carente de trascendencia, y sin embargo había algo que lo trascendía, que hacía de todo aquel ritual, de todo aquel acto, un hecho supremo, absoluto, que unía a los comensales entre ellos y con los elementos que habían consumido. Era un todo.


Se quedó parada cuando abrí la puerta, como si esperase que le dijese algo o como si temiese que estuviera con alguien o como temiendo que me desagradase su presencia. Me quedé sorprendido. Tal vez fuese ese gesto de sorpresa lo que provocó su reacción o tal vez traía el temor consigo. Se acercó y me besó con delicadeza en los labios. ¿Quieres algo?, le pregunté. Negó con la cabeza. Me volvió a besar y me dijo que fuésemos a mi habitación. Comencé a andar mientras ella me seguía. Al llegar a la puerta me volví y la vi allí, parada, seria, mientras dos lágrimas le caían por las mejillas. No supe qué hacer o qué decir. Sólo mirarla. Debió notar mi desconcierto. No te preocupes, me dijo, ha sido la sorpresa del olor. Mi habitación siempre tenía un pebetero en la esquina

donde se quemaban

esencias de sándalo y mirra junto a una cantidad pequeña de azahar. Fue esa mezcla de olores lo que le produjo esa especie de vuelta hacia atrás, al recuerdo, al pasado, al rincón de las cosas que se creen olvidadas y que siempre, por alguna razón, por algún detalle, surgen, demostrando la imposibilidad de acabar con ellos. Cuando terminamos me dijo que fue aquella mezcla de olores lo que le produjo esa especie de vuelta hacia atrás, al recuerdo, al pasado, al rincón de las cosas que se creen olvidadas y que siempre, por alguna razón, por algún detalle, surgen, demostrando la imposibilidad de acabar con ellos. El olor, ese sentido tan olvidado, le había llevado atrás, a la primavera que pasó en casa de sus abuelos, en la montaña, junto al templo, que le había recordado el color y el olor de los 81


almendros en flor, y la mirada aquella con la que había compartido, con la que había aprendido, con la que había vivido todo de una forma tan absoluta que ahora… Se calló. No sé si temiendo que aquel relato pudiese dañarme o, quizá, pensé yo, temiendo que aquel relato le dañase, a ella, aún más de lo que ya lo hacía. Parecía vivir una vida extremadamente atormentada, con ligeros puntos de aparente alegría. Parecía ser una persona que había encontrado, vivido y perdido, y que la pérdida era tan total que ya no podía salir de ella. Como si no quisiese o no pudiese. Aunque parecía más bien que no podía porque no quería, porque se sentía bien ahí, como si se sintiese bien en esa especie de infierno lleno de desesperanza y falto de alma. Parecía como si el mero hecho de vivir le produjese un daño horrible. Y eso a pesar de todo lo que ponía en cualquier cosa que hacía. Pero todo era mera apariencia, quizá pura mecánica. Tal vez el efecto de una educación y una filosofía incrustada en los huesos de una manera indeleble y a la que es imposible sustraerse. Tal vez. Tal vez no la conocía en absoluto. Tal vez era un pozo oscuro en el que miraba y sólo veía sus hermosas paredes circulares y las plantas que colgaban, mostrando su verdor y sus sinuosas formas cayendo elegantemente hacia abajo, hacia la oscuridad del fondo, un fondo que no veía, que ni siquiera podía aspirar a ver, dada su profundidad, su lejanía y su negrura. Podría, pensaba, tirar una piedra e intuir, de tan profundo, que hacía círculos al golpear contra el agua, y que se irían desdibujando hacia las paredes, pero que no veía; y también podría oír el sonido que haría al chocar contra el agua. Pero todo se


quedaba en eso. Detalles pequeños en un mar inmenso de desconocimiento. Tal era la mujer ante la que me encontraba. Todo un mundo inmaculado. Todo un mundo que se me velaba. Precioso por lo presentido. Lejano por lo inasible, por lo desconocido. Yo, que venía de una cultura infantil, donde lo lúdico, la curiosidad y el deseo de juego eran primordiales, que encontraba placer en perder el tiempo, en la búsqueda, en el conocimiento de todos y de todo a través de la diversión que me producía el propio hecho de vivir, me encontraba enfrente con una mujer proveniente de una cultura antigua, donde no hay tiempo, donde la eternidad es sólo un momento y lo suficientemente extenso como para no tomárselo a broma. De ahí, acaso, esa imposibilidad de entrar en su mente y en su alma de una forma total. De ahí, posiblemente, que ella sólo me mostrase el exterior y, en contadas ocasiones, pinceladas de su interior. Pero había algo más, algo o alguien que la había marcado para siempre, que había dejado algo en ella que hacía que todo lo demás, de una manera profunda, quedase en mera circunstancia. O eso pensaba yo. Me levanté ligeramente y apoyé el brazo izquierdo en la cama. La miré a los ojos, perdidos en algún punto del techo, o tal vez más allá de él. La luz era tenue por las velas que había encendidas en el cabezal. El claroscuro daba un color muy agradable a su cuerpo, desnudo, sobre la sábana de color granate oscuro. Bajé la vista hasta los delicados pies y fui ascendiendo, recorriendo el cuerpo que 83


momentos antes había besado y acariciado, que había amado, recreándome en todos y cada uno de los detalles. Era bellísima hasta el dolor. Me quedé mirando el pelo, negro, desparramado sobre la almohada. De un negro sublime, como sus ojos, negros también. La miré profundamente. Acerqué mi boca a la suya y la besé con suavidad, con dulzura. De nuevo las lágrimas afloraron a sus ojos. Le acaricié la cara mientras se las besaba sintiendo su salinidad. Retiré un poco mi cara y le rogué que no llorase. Me estaba destrozando. Aquella lejanía me estaba taladrando el alma. Le pedí que me contara lo que le pasaba. Hubo silencio. Un silencio que se me hizo eterno, que laceraba. Me miró y vi la profundidad de sus ojos y de su alma en ellos. Vi el dolor, por el recuerdo, por la pasión, por la vida vivida, y sentí su dolor. Te puedo contar todo lo que quieras, cualquier cosa que me pidas, menos eso que quieres saber y que parece que intuyes. Eso, dijo, tras un breve silencio, es sólo mío, sólo para mí, por lo que fue, por lo que es y por lo que será. Siempre mío y sólo mío. Discúlpame. Y lloró con más fuerza, sin sentido ni mesura, como si nunca antes lo hubiera hecho.

Nunca entendí por qué lo hizo. La verdad es que nunca entendí casi nada de ella, ni de cualquier cosa concerniente a ella. Siempre estaba lejos de mí. Me era imposible acercarme a su interior, por más que lo intentara con todas las fuerzas que mi inteligencia y mi pasión por ella permitían. Me era esquiva, es cierto, en sus pensamientos y en su


vida pasada, incluso presente. Sólo sabía de ella y sólo la veía cuando ella quería, cuando me llamaba o aparecía, de repente, en mi casa. La admiraba por todo lo que la envolvía y por lo que era; por lo que hacía y por cómo lo hacía; por su soberbia inteligencia y su belleza. Me fascinaba. Era alguien que estaba por encima de todo y de todos, y sin embargo tenía una melancolía abrumadora, desasosegante, intranquilizadora. Quizá fue todo ese conjunto lo que me atrajo de ella. Sin duda esa dualidad, si se le podía denominar así. Y ello a pesar de ser incapaz, absolutamente incapaz, de entrar en su misterio. Era extraña para el mundo en que vivía, para el mundo en que vivimos. Apegada a costumbres y tradiciones antiguas; desilusionada con el mundo que le había tocado vivir, a pesar de poseer un ansia terrible por vivir la vida en toda su intensidad. Hastiada. Me había hablado algo, poco, muy poco, de su vida privada. Sabía muy poco de las razones que la habían impulsado a venir hasta aquí, en lo que parecía una huida de algo o más bien de alguien. Sólo sabía o intuía que necesitaba salir de la opresión del mundo en que estaba, que era, por una parte disciplinado, constante, encorsetado, o eso me parecía, y por otra, abierto, libre, colorido. Un mundo y una vida que la obligaban a una lucha constante por ser ella sin traicionar o traicionarse a sí misma, pero sin dejar de buscar, de indagar y de conocer. Pero también había otra cosa que me era inasible. Creía en un alguien que, de alguna manera, le había dado o quitado tanto que no podía ahora seguir, por las razones que fuesen. Alguien que fue y 85


que probablemente era, en algún lugar recóndito de su mente, o en ella de una forma absoluta, en todos los espacios de su alma, el elemento que movía sus sueños, sus movimientos, la totalidad de su ser. Pero todo no eran sino meras especulaciones mías. Pensamientos que ni tan siquiera me atrevía a expresar en voz alta por el miedo atroz a apartarla de mí, a que huyese por perturbar su interior, por remover lo quieto, por sacar lo oculto, por entrar en los espacios vedados, en el jardín prohibido de su alma, lleno de rosas y, al parecer, de espinas. Me movía entre el deseo de saber y el de permanencia, sabiendo que si conocía probablemente la perdería, y si no sabía, tal vez también. Quizá más tarde, pero también. En tanto que ella lo hacía entre el deseo de volver y el de estar. Estar como estaba, sabiendo que aquello que tuvo fue y que no habría nada más igual, o volver, redimir y redimirse, aprehender y caminar por una senda con discontinuidades, de altos y bajos, de felicidad absoluta y sufrimientos intensos. Contentarse con un prado infinito, verde y estático, o un jardín pleno de rosas. Pero no dejaban de ser meras especulaciones. Esa era mi encrucijada y la suya. La encrucijada japonesa. Una lucha de almas por otro, con otro, y con uno mismo, con una mujer japonesa en el centro de todo y a cuyo alrededor todo giraba. Miyori era la vida. Se había convertido en mi vida, pero ella se movía en otro ámbito, en el suyo, dentro del cual yo no era sino un simple espectador, privilegiado porque ella me permitía estar a su lado, porque me permitía aprender de ella y con ella, vivir la vida con ella. Pero sólo eso, un simple espectador sin la capacidad para ser en


ella. Me recordaba, de alguna forma, el mito de Izanami e Izagani, en el que yo era ese simple concurrente, en el inframundo, que había tenido la oportunidad de estar con Izanami un breve momento de su existencia, y que la perdería en cualquier instante, pues ella pertenecía a Izanagi. Pero seguían siendo meras elucubraciones, y tal vez una tergiversación del mito que, una vez, ella me contara.

Al despertar encontré, en la almohada, una hoja cuidadosamente doblada. La abrí con reverencia, de la forma como lo habría hecho Miyori, con cuidado y, también, con un profundo miedo. Temía una despedida, un adiós con silencio de palabras, una huida apagada, cuyo resto sólo sería el papel blanco y sus negras letras encima. Sólo tres líneas. Un haiku. Decía: A la intemperie, se va infiltrando el viento hasta mi alma. Lloré. Lloré porque no lo entendía. Quise pensar, pero no podía. Arrugué el papel y lo tiré al suelo. Fuera llovía. El cielo gris derramaba su húmedo aliento. La imaginé caminando bajo el agua, con su característico andar y el pelo negro, calado, más azabache, aún más negro por lo mojado, y las gotas resbalándole por el rostro, 87


iluminándoselo, la mirada gacha y su permanente ausencia de sonrisa. La vi bellísima en mi pensamiento. Y me di cuenta de cuánto la quería, de lo que me esperaba si no volvía, pero sobre todo de lo que nunca sería. Me volví y oculté la cara en la almohada como si quisiera no ser visto. Lloré hasta quedar nuevamente dormido, fiel reflejo de lo que sería, en adelante, mi vida, llanto y sueño. El tiempo es inclemente cuando esperas y no hay respuesta, cuando no tienes tras haber tenido. El desasosiego interior es atroz. El tiempo pasaba y no tenía noticia alguna de ella. Semanas que me parecían milenios, océanos de tiempo que me engullían en sus fauces con un canibalismo espantoso, deformando el pensamiento y envolviendo mi espíritu en un mar de dudas que lo herían, arrastrándolo hacia el negro abismo de la desesperación. Le di tiempo al tiempo, en una acción que no quería porque temía, envuelto en la esperanza aunque sabía, pero que me negaba, esperando que ese tiempo hiciese que ella me echase de menos y volviese a llamar. Dejé que el espacio quedase vacío, ocupado tan sólo por mis pensamientos hacia ella y con la esperanza de que, en algún momento, ella los tuviese hacia mí, y que alguno de ellos la hiciese venir. ¡Pero qué tristes somos en los pensamientos y en la forma de actuar cuando nos negamos a lo evidente! Abandonamos cualquier atisbo de razón, ocultamos la certeza, aun la más clara, cerramos la puerta a la verdad y nos mentimos buscando la esperanza, incluso la más vana. ¡Cuán estúpidos somos entonces!


Niños pequeños envueltos con piel de seres adultos y crédulos. Ciegos. Ahondé en su interior. Traté de atisbar en su mundo, en su alma, a través de todo -poco, bien es cierto, o tanto- lo que me había hablado. Pensé, cómo no, en la muerte, en el suicidio. Una vez me dijo que la muerte tiene el brillo infrecuente, claro y fresco del cielo azul entre las nubes. Nunca había oído nada más precioso referido al tránsito de la vida hacia la nada. Era una imagen extremadamente perturbadora, al menos para mí, que la veía como algo repugnante y terrible, no tanto por el hecho en sí mismo, cuanto por la pérdida de la vida a la que estaba tan apegado en ese sentido tan necio de los occidentales y que, ahora, tras el conocimiento de Miyori y su mundo, encontraba degradante y estúpido. Ella tenía una severa consciencia de la muerte bajo la superficie de la vida cotidiana. Pero nunca supe si tenía un concepto claro y puro de ella. La verdad es que nunca la entendí bien. Creo, más bien, que no la entendí en absoluto. Era tan especial, tan profunda, tan elevada, tan sensible y lejana que se me escapaba de las manos como la arena de la playa, cuando en mi niñez jugaba con ella; como la arena del reloj que, lenta pero inexorablemente, deja pasar los granos por su mitad hasta desaparecer, dejando una transparencia que indicaba la ausencia de todo, la ausencia de nada, el vacío. Era, pensé, hora de salir del cromatismo del desierto en que me encontraba y de las sensaciones introspectivas para descubrir la verdad velada. 89


Pasó el tiempo. Excesivo. Tal vez seis meses. Decidí buscarla, pero no la encontré. No estaba. La casa cerrada. En la empresa la habían esperado desde aquel día pero nunca recibieron respuesta a sus llamadas ni a sus correos. En la Universidad, donde estudiaba Arte y cultura española, tampoco sabían nada. Era como si en el mundo continuase la vida y ella nunca hubiera existido. Tal vez no lo hizo y todo no fue sino un sueño. Imaginé que habría vuelto a Japón, a la fragancia de los almendros en flor, a la paz de las montañas, a reunirse con eso que echaba de menos y que le tenía el alma herida. Pensé en el suicidio, que con tanto detalle me contaba y que yo veía, siempre, en sus pupilas cuando de él me hablaba. Pensé en el jigai. La vi, con los muslos, las rodillas y los tobillos atados, para evitar la deshonra de caer con las piernas abiertas, vestida de blanco como signo de pureza, hundiendo el cuchillo en el cuello para cortar la carótida, cayendo sobre el suelo, con un papel en la otra mano, en el que habría escrito un haiku, para él, si es que existía, pues el mío ya lo dejó en su despedida. Aquella idea me rondó por la cabeza hasta hacerse casi real, hasta destrozarme por dentro, taladrando mi alma, royéndome las entrañas. Lo que si sabía es que su alma sufrió las heridas de todos los exilios, sobre todo de los impuestos a sí misma, en un afán por huir de algo y de ella, y a pesar de ella. Un exilio que no producía sino dolor y amargura, y de ahí tal vez la necesidad de la vuelta, de reconciliarse


consigo misma, de la aceptación de lo inevitable, de la necesidad de la redención a través de la comprensión, porque la muerte nunca es peor que el exilio, como bien sabían los griegos. La vuelta en busca de la alegría perdida, a pesar de todo y de tanto, o quizás por eso y a pesar de eso. La vuelta para salvar su alma de tanta desolación y huida, para encontrar el camino, el verdadero camino, por difícil que fuese, para ser quien se es, hosquedad incluida. Lo que si sabía es que no estaba y que probablemente nunca estaría. Y yo quedé malherido. Seguí escribiendo historias, como hasta entonces había hecho, pensando poesías. Seguí buscando caminos, como el del haiku, su tan querida vía. Pero lo hice para concentrarme en sus negros ojos, en su vida, en su alma; para contestarle a ella, allá donde estuviera; en él, si es que así era, si es que lo encontró; y en mí, en lo profundo de mi alma, herida, muerta. Su marcha dejó un hueco que es muerte, pero no física aunque vital, sino emocional, absoluta y eterna, símbolo de todas las muertes anteriormente padecidas por mí, pero sobre todo por ella, de la que tanto bebí. Su marcha dejó un silencio mustio que nunca pude ni podré llenar con sonidos ni con palabras escritas, y que sólo los recuerdos pueden, en contadas ocasiones, aliviar, al ver sus ojos azabache mirar el blanco puro de los almendros en flor; al ver los movimientos suaves de las hojas mecidas al son de un viento delicado, como los suyos; al oír esa cadencia de las palabras que tenía al nombrarme. Pero todo eso sólo lo que es. Miyori fue, es y será, 91


siempre, mi encrucijada japonesa, mi vía crucis, el poema que me regaló la vida, mi primavera, mi luz y mi sombra, mi alegría y mi pena, mi alma, pues sólo soy y puedo ser en ella. En tu ausencia Mastico los recuerdos. Gélidos besos.


El sueño del dragón Estefanía Santana

Oigo ruidos al otro lado de la pared de piedra, pasos que atraviesan las entrañas de la montaña y me despiertan de mi sueño milenario. Abro uno de mis ojos, pero solo me encuentro con la roca desnuda, que me rodea por completo, así que vuelvo a cerrarlo. De nuevo, ruidos, esta vez escucho más claramente el sonido de las ruedas destructoras y la caminata militar que ya tan bien conozco... Están cerca, pero pasan de largo, sin siquiera sospechar que me encuentro escondido tras una fina lámina de rocas, aún adormilado y sin fuerzas para salir a alejarlos con mis lenguas de fuego. Me incorporo un poco y estiro mis extremidades, a mi alrededor suenan las monedas y las joyas, hoy sin brillo ni valor, al caer a ambos lados de mi cuerpo. Hace tiempo, ya no recuerdo cuanto, los hombres habían llegado a morir aunque solamente fuera por ver el tesoro que me envuelve, un tesoro ya olvidado. El tesoro que los hombres de hoy buscan está custodiado por la tierra que, impotente, observa como la vacían y la convierten en terrenos yermos, donde no volverá a tener la compañía de la vida, donde permanecerá sola y olvidada, igual que yo.

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Los hombres de hoy caminan destruyendo la vida, incluida la suya propia, sin ser capaces de parar de cometer errores aún sabiendo que son estos errores los que acabarán con ellos. Los hombres de hoy conducen bestias de hierro y acaban con las ciudades que ellos mismos se esforzaron por crear y de las que supuestamente estaban orgullosos. Los hombres de hoy emponzoñan ríos y mares, lagos y montañas, flora y fauna, sin que realmente les importen las consecuencias de sus actos. Los hombres de hoy ya no se preocupan por el honor, la valentía o el afecto, los hombres de hoy se esconden tras armas de fuego y sesgan las vidas a su alrededor; ya no visten de metal brillante, ahora sólo visten de odio, miedo y sangre. El mundo muere, los animales desaparecen, los seres como yo se esconden, y los hombres toman el control de todo. A mi alrededor sólo hay oscuridad, y echo de menos el sol que me iluminaba el rostro cuando surcaba libre los cielos, sin miedo a nada ni a nadie. Ahora, si pudiera ver mis alas, recluidas contra mi cuerpo, sé que las lágrimas llenarían mis ojos, aunque sé que las tengo en mi espalda, siento como si me las hubieran arrancado cruelmente, porque ya no se me permite volar, ya no se me permite salir a la vista de todos y, tal vez por debilidad, tal vez por miedo, no se me ocurre infligir esa ley invisible que me mantiene aquí encerrado en mí mismo. Por eso procuro no mirar atrás y dormir siempre.


Me gusta pensar que aún hay esperanza, sé que existen hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, que sienten como yo, que, de alguna manera, también se sienten encerrados en un mundo que no consideran el suyo, que miran hacia el futuro y quieren algo mejor que lo que se les ofrece; que, igual que yo, desean reunir el suficiente valor para gritarle al mundo: ―No voy a dejarme dirigir por nadie, no voy a inclinarme ante nadie, porque yo soy dueño de mi destino‖. Ellos miran a sus líderes sin ver realmente un gobernante sabio, miran a sus semejantes y se preguntan si realmente son iguales a ellos, se miran a un espejo y temen que no van a encajar porque piensan diferente, miran al mundo y saben que está muriendo. Estas personas serán las únicas capaces de cambiar el futuro. Sin embargo, hasta que ese día llegue, yo seguiré soñando con la libertad, y mis deseos de dejar esta lúgubre cueva, de extender mis alas y de descubrir de nuevo el mundo desde las alturas, me acompañarán en mis días de cautiverio y me ayudarán a seguir viviendo. Por eso procuro no mirar atrás y dormir siempre.

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La Torre Juan Carlos Boíza

El viento acariciaba su rostro con suavidad. El pelo se arremolinaba obstinado frente a sus ojos, como si estuviese empeñado en ocultarle el frondoso bosque que le rodeaba. Todo a su alrededor era una fiesta de vida; enormes enredaderas trepaban por los troncos asilvestrados de árboles, cuyo nombre no era capaz de recordar, pero que se le antojaban hermosos monumentos cincelados por la mano del demiurgo. A penas era capaz de distinguir el azul del cielo entre las hojas y ramas entrelazadas en las alturas, donde las copas se perdían en una lejanía casi imposible. A sus pies, la tierra era blanda y esponjosa, como una alfombra mullida de vegetación, en cuyo interior la vida más humilde se afanaba en ocupar su lugar en el cuadro de la creación. Fue entonces cuando se dio cuenta; estaba descalza. Al caminar, sus pies se hundían entre la hierba húmeda transmitiéndole su frescor y lozanía. No recordaba qué estaba haciendo allí. No sabía cómo había llegado ni a dónde se dirigía. Observó sus manos con atención. No llevaba reloj, ni ningún anillo o pulsera. Iba vestida con una camisa blanca de algodón y un pantalón vaquero, que no recordaba ni

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reconocía como propios. Registró sus bolsillos con curiosidad. No había nada. Estaban completamente vacios. Sin embargo, nada de esto la incomodó. Aunque se daba cuenta de que aquella situación no era del todo normal, tenía la íntima sensación de que todo era como debía ser. Todo lo demás no importaba, era simplemente algo peculiar pero meramente anecdótico. Contempló el bosque, intentando decidir qué hacer a continuación. No había caminos ni senderos reconocibles, tan sólo vegetación enmarañada y vigorosa cubriendo el terreno. Frente a ella pudo distinguir una zona donde los árboles eran menos abundantes y una pequeña loma se elevaba ligeramente sobre el terreno circundante. Se dirigió hacia allí con precaución, pues no quería herir sus pies descalzos andando sobre un terreno demasiado abrupto. Al llegar a la elevación pudo observar mejor el terreno que le rodeaba. Se encontraba en medio de un mar de árboles increíblemente tupido. Todas las direcciones parecían iguales. Su mente comprendía que aquello podría tornarse una situación peligrosa, ya que la arboleda parecía extenderse hacia los cuatro puntos cardinales hasta alcanzar el infinito, pero aún así siguió sin sentirse preocupada. El sol estaba alto en el firmamento por lo que, con pasmosa indiferencia, eligió al azar una dirección y comenzó a


andar, confiando en encontrar un lugar para dormir antes de que la noche la alcanzase en aquel lugar. 1 La noche se cerraba sobre ellos con increíble rapidez. Sólo unos minutos antes habían estado parados en el arcén, consultando un mapa de carreteras extendido sobre el capó del coche. La luz de la tarde les había servido para leer sin dificultad la diminuta letra del mapa y localizar la vía comarcal que les conduciría hasta el pequeño pueblo, donde habían alquilado una casa rural para pasar el fin de semana. - Teníamos que haber salido mañana con la fresca – le reprochó él, preocupado al ver como las sombras invadían la calzada -. Sabes que no me gusta conducir de noche. - Ya te he dicho que había que pagar dos noches y que el lunes trabajo – respondió ella elevando los brazos al cielo en señal de impotencia. - ¡Podías haber pedido el día libre! - ¡Ojalá!, pero sabes de sobra que no me lo hubieran dado. Llevo cinco años trabajando en las oficinas del almacén y todavía no han concedido un solo puente a nadie.

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- A eso le llamo yo conciliar la vida laboral y familiar – respondió él con sarcasmo -. Cuando nos casemos le pediré un aumento de categoría a mi jefe. Por antigüedad ya me corresponde. Con el nuevo sueldo podrás dejar de trabajar en ese antro. Ella se acercó a él y le besó con ternura en la mejilla, intentando no distraerle demasiado mientras seguía atento a la carretera. En la lejanía se distinguía la silueta de la torre solitaria de una ermita que les daba la bienvenida. 2 Al principio no supo muy bien de que se trataba. Pensó que podía ser una roca situada de forma caprichosa entre los árboles pero, al ir acercándose, fue reparando en la perfección de su silueta y comprendió que era algún tipo de construcción artificial. Cuando llegó a los pies de la extraña edificación, el sol empezaba a descender por el horizonte y los primeros tintes anaranjados teñían el cielo anunciando el atardecer. Se encontraba ante una torre perfectamente circular, que se elevaba una altura considerable sobre su cabeza. Al contemplarla, una ráfaga de aire rozó sus brazos desnudos, haciendo que un escalofrío recorriese su cuerpo. Por primera vez comenzó a sentirse incómoda. Aquella estructura parecía fuera de lugar y le provocaba una inquietud difícil de explicar.


La torre era de un color metálico muy oscuro, casi negro.

Al

acercarse, no pudo apreciar junta alguna en su superficie. Parecía completamente lisa, como si hubiese sido realizada de una sola pieza. Con precaución, acercó la mano para tocar el material. Sorprendentemente, en lugar de la suavidad y frialdad habitual de cualquier aleación metálica, la textura era ligeramente rugosa y desprendía una calidez reconfortante, casi como si algo vivo palpitase en su interior. Sin separar su mano de la pared curvada del edificio, comenzó a recorrer su perímetro lentamente.

La torre era completamente

circular y carecía de ventanas o apertura alguna en todo su perímetro. Una nueva ráfaga de aire le acarició el cuerpo suavemente, provocándole un nuevo estremecimiento. La luz empezaba a declinar, mientras las sombras del bosque se alargaban, afanándose en conquistar el terreno metro a metro. Una extraña urgencia se apoderó de ella al ver como las tinieblas se acercaban a su encuentro. Se aproximó con impaciencia a la torre, palpando de nuevo con insistencia su superficie. La oscuridad empezó a adueñarse de todo y la angustia se apoderó definitivamente de ella. Tenía la irracional sensación de que, cuando el sol desapareciese por completo, nunca volvería a salir por el horizonte y ella se perdería en la negritud de la noche como una lágrima en el mar. 101


Estaba a punto de gritar, cuando percibió que un costado de la construcción parecía extrañamente resplandeciente, como si una suave luz fluyese desde el interior. Corrió hacia el resplandor, consciente de que aquella podía ser su última oportunidad. Al llegar a la zona, se dio cuenta con alivio de que la luz se filtraba por una abertura casi inapreciable en la superficie de metal. Por su forma, podría tratarse de una puerta, pero a pesar de buscar con ahínco, no pudo encontrar pomo ni cerradura alguna. Maldiciendo su suerte, se dispuso a aporrear con fuerza la supuesta entrada, en un intento desesperado de que alguien en su interior pudiese oírla. En el mismo momento en que ponía sus puños sobre el metal rugoso para golpearle, la puerta giró sobre goznes invisibles, dejándola entrever su brillante interior. Al fin podría refugiarse en la torre. 3 Oyó las llaves, mientras él abría la puerta, y supo de inmediato que algo iba mal. En vez de la suavidad con la que giraba la llave y empujaba la puerta habitualmente, la apertura fue tan brusca que la madera de la puerta crujió con un chasquido violento. - ¿Qué ha pasado? – preguntó preocupada. El hombre no contestó, se limitó a dejar su abrigo sobre la percha de la entrada y a dirigirse a la cocina directamente.


- ¿Qué has hecho de comida? – preguntó, mirando hacia la cazuela humeante situada en la encimera. - Quedaba algo de paella de ayer y he hecho sopa de pescado y una ensalada. - ¡Joder! Odio la sopa de pescado. Antes me atormentaba mi madre y ahora me quieres amargar tú. - No lo sabía – respondió ella consternada – Haré otra cosa si quieres. -No, no hace falta – la interrumpió, acercándose hacia ella y acariciándole el rostro con ternura -. He tenido un día horrible y estoy un poco nervioso. El cerdo de mi jefe se ha negado a subirme la categoría. - Pero dijiste que te correspondía por antigüedad – repuso sorprendida, apartándose de él sin poder disimular su decepción. - Y así es, pero dicen que ahora no puede ser porque la empresa pasa por una mala racha. Sólo son excusas, pero no queda más remedio que aguantarse. - ¿Y ahora qué vamos a hacer? – se lamentó ella - Te dije que no debía dejar mi trabajo, ahora tendré que buscar algo. Sólo con tu sueldo no podemos pagar la hipoteca.

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- ¡No quiero que vuelvas a trabajar! – exclamó con rotundidad, acercándola de nuevo hacia él y mirándola con dureza – Me han prometido que me harán la subida el año que viene y tenemos suficiente ahorrado para aguantar este año. El la abrazó con fuerza, empezando a besarle el cuello lentamente. Sus manos recorrieron ansiosos su espalda, introduciéndose con suavidad bajo su blusa. A ella no le apetecía. La noche anterior apenas había dormido y había pasado toda la mañana limpiando su nueva casa.

Se encontraba cansada pero, haciendo un esfuerzo,

comenzó a responder a las caricias excitadas de su marido. Después de todo él había pasado un mal día en el trabajo y ahora la necesitaba. No podía negarse. 4 Durante unos segundos estuvo tentada de negarse a entrar en la estancia iluminada que se abría frente a ella, pero luego comprendió que si no lo hacía tendría que enfrentarse a la creciente oscuridad del exterior y eso era algo que sentía incapaz de afrontar. Nerviosa y atemorizada penetró en la torre, esperanzada en escapar a la noche. Paso tras paso se introdujo en la luz cegadora, que parecía inundarlo todo, pero que a la vez la arropaba con una suave calidez. Nada más entrar, la puerta se cerró tras ella, dejándola atrapada. No sintió temor, de alguna forma volvía a tener la sensación de estar en un lugar donde nada podría dañarla. Arropada y acunada por el brillo


cegador, que le impedía ver todo a su alrededor, soñó con quedarse en su interior, perderse en sus llamas y fundirse son su esencia, como si ella misma no fuese más que un rayo de luz. Sin embargo, apenas tuvo tiempo de soñar durante un instante antes de que todo cambiase de forma brutal. La luz, frugal, se extinguió y la oscuridad se adueño de todo. La impresión fue tan fuerte para ella que cayó al suelo asustada y conmocionada, comenzando a llorar. Se sintió tan desvalida y aterrorizada como si la hubiesen arrancado del mismo seno materno. Lo tenía todo y lo había perdido. Había acariciado la plenitud y se le había escapado por entre los dedos como un reguero de agua clara. 5 Aún tenía las manos húmedas tras sacar los platos del lavavajillas, lo que, unido a su falta de concentración por su persistente insomnio, hizo que la jarra de porcelana se le escurriese entre los dedos. Cayó al suelo provocando un estruendo ensordecedor mientras se rompía en cientos de fragmentos. - ¿Qué coño has roto ahora? – preguntó él, entrando en la cocina como una exhalación al oír el estruendo de la loza al romperse. - Se me ha escurrido – se excusó ella con voz temblorosa, mientras se arrodillaba y comenzaba a recoger los fragmentos más grandes y cortantes. 105


- ¡La jarra de porcelana! – exclamó él, al reconocer el dibujo floreado de la pieza que sostenía ella entre las manos. Con indignación, se acercó a la mujer levantándola por los hombros hasta hacerla incorporarse de nuevo y empezando a zarandearla con fuerza. - ¡No te das cuenta de que no podemos permitirnos más gastos! – le gritó enfadado - ¿Crees que el dinero me lo regalan o qué? - Lo siento – intentó excusarse ella –. Llevo tiempo sin dormir bien y estoy un poco alterada. - Lo que ocurre es que no vales para nada – le dijo, despectivamente, mientras la apartaba con un fuerte empujón. La mujer, al verse repentinamente impulsada hacia atrás, perdió el equilibrio, cayendo de espaldas. Lamentablemente, el suelo estaba húmedo y repleto de puntiagudos trozos de porcelana, por lo que fue incapaz de frenar su caída. Al intentar apoyarse en el suelo para amortiguar el golpe, algunos de los fragmentos más pequeños y cortantes se clavaron inmisericordes en sus manos. No pudo evitar chillar de dolor, al sentir como su piel se desgarraba y la sangre comenzaba a manar. Al oír su gritó el hombre, que estaba a punto de abandonar la cocina, se volvió sorprendido acudiendo con rapidez para ayudarla a


incorporarse. Inmediatamente la condujo hasta la pila de la cocina, para que pusiese sus manos bajo el grifo y el agua lavase las heridas, llevándose consigo los restos de porcelana adheridos a la piel. - Lo siento – se disculpó él, arrepentido al ver como la mujer sollozaba y se estremecía por el dolor – No quise empujarte tan fuerte. - La culpa ha sido mía – respondió ella, intentando controlar las lágrimas – Últimamente estoy siempre cansada y me siento muy torpe. La sangre se mezclaba con el agua clara formando espirales, que morían una tras otra al alcanzar el desagüe. 6 Se giró, aún tendida en el suelo, poniéndose boca arriba mientras intentaba tranquilizarse. Su respiración empezó a calmarse, a medida que el pánico que sentía iba desapareciendo. Sobre su cabeza la oscuridad parecía querer alcanzar el infinito. Al principio creyó estar viendo una extraña espiral que se extendía hacia el cielo. Su vista fue adaptándose a la oscuridad, hasta que pudo distinguir las primeras formas. Los contornos y las sombras fueron perfilándose, hasta que comprendió que lo que estaba contemplando era una escalera de caracol, que ascendía pegada a las paredes circulares del edificio hasta lo alto de la torre. 107


Fue entonces cuando percibió un extraño resplandor que envolvía lo que parecía el final de la escalera. Allí, aunque sólo duró un instante, creyó ver un brillo fugaz, como si un pequeño rayo de luz hubiese logrado alcanzar el interior del edificio para desaparecer después absorbido por la sofocante oscuridad. Aquello le hizo recuperar la esperanza, al comprender que en lo alto, más allá de aquel difuso fulgor, podía encontrarse la luz, y en ella el confort, la seguridad y la plenitud perdida. Se incorporó, animada de nuevo, dispuesta a buscar el comienzo de la escalera cuyas formas intuía en la oscuridad. Al tocar la pared, volvió al notar su extraña textura y su peculiar calidez palpitante le hizo sentirse como si el edifico la acunase y abrazase a través suyo. Avanzando centímetro a centímetro, sin separar sus manos de la reconfortante pared, fue recorriendo el perímetro interior de la torre, tal y como había hecho antes con el exterior. Tras unos pocos pasos inseguros, el tacto de algo frío le sorprendió. Se trataba del extremo romo de una barandilla metálica que anunciaba la presencia de la escalera de caracol. 7 - ¿Te caíste por las escaleras? – preguntó la mujer alarmada.


- Sí… Fue un simple traspié cuando venía de hacer la compra – respondió, esquivando la mirada severa de su madre –. Pero no te preocupes, no tiene importancia, sólo me he hecho unos rasguños. - ¡Hace dos meses fue la caída en la cocina y tus manos destrozadas, después vino la cojera y ahora me dices que te has caído! - la mujer parecía muy preocupada, apretaba los labios con fuerza al hablar y miraba de soslayo a su hija - ¿Qué está pasando? - Que estoy teniendo una racha de mala suerte, supongo – repuso la joven, esquivando la mirada incisiva de su madre y esbozando una tímida sonrisa -. Creo que alguien ha debido echarme mal de ojo. - ¿No me estarás ocultando algo verdad? – la madre no parecía dispuesta a admitir las explicaciones de su hija con facilidad – Sabes por lo que yo he pasado con tu padre y no voy a consentir que tú pases por lo mismo. ¿Seguro que va todo bien en casa? - No digas tonterías mamá – exclamó, acercándose a su madre y besándola tiernamente en la mejilla – Todo va muy bien…, de veras. 8 Todo iba bien. Avanzaba lentamente pero con gran seguridad por la extraña escalera de caracol. Los escalones metálicos eran extraordinariamente fríos y le resultaba molesto e incómodo andar sobre ellos con sus pies descalzos, pero, a pesar de todo, se 109


encontraba bien. Aunque no había recuperado completamente la calma, sentía cierto confort interior, como si supiese que hacía lo correcto y que, al final de aquel camino de hierro retorcido, se encontraba el mayor de los premios. Tras subir durante un rato por aquel camino helado, empezó a sentir como el cansancio se apoderaba de ella. Su respiración se aceleraba cada vez más en busca del oxígeno perdido y los músculos de sus piernas empezaban a acusar el peso del esfuerzo. Su aliento agitado generaba pequeñas nubes blanquecinas, ligeramente visibles en la oscuridad, que denunciaban la baja temperatura que le rodeaba. Decidió pararse durante unos pocos minutos para recuperar fuerzas, lo que hizo que notase con más fuerza el frío y comenzase a tiritar sin remedio. Miró hacia abajo intentando escrudiñar la oscuridad, pero ésta seguía siendo demasiado impenetrable para poder distinguir con claridad donde se encontraba. No sabía si había avanzado mucho o poco. Ni siquiera podía estar segura de cuanto le quedaba para llegar al final de la escalera. El edificio no le había parecido tan grande desde el exterior, de unos dos o tres pisos a lo sumo. Sin embargo, aunque sus sentido no podían confirmárselo, tenía la impresión de haber subido mucho más y de que aún le quedaba un trecho mayor para alcanzar la cúspide de la torre.


Respiró hondamente, saboreando el frescor que le rodeaba. Su respiración se fue normalizando poco a poco. El aire frío tuvo un efecto vivificador sobre ella, ayudándola a recuperarse lo suficiente como para estar dispuesta a continuar la subida. Era el momento de darse una segunda oportunidad, estaba segura de que esta vez lo lograría. 9 Nada más cruzar la puerta, él la abrazó con fuerza, sosteniendo su mejilla junto a la de ella en silencio durante unos segundos. - ¡Lo siento tanto! – le dijo, acariciando su rostro y mirando a sus ojos con pesar – Gracias por darme una segunda oportunidad. ¡No sabes cuánto te quiero! - Yo también te quiero - repuso ella emocionada, besándole con ternura en los labios. - He hablado con un amigo que trabaja en una empresa en el polígono – empezó a comentar el hombre, mientras arrastraba su maleta, metiéndola en la casa y cerrando la puerta tras él -. Me ha contado que buscan un contable y le he hablado de ti. Si te interesa puedes ir el lunes a hablar con el jefe.

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- ¿De veras quieres que vuelva a trabajar? – preguntó la mujer sorprendida, como si no pudiese terminar de creer lo que el hombre le estaba diciendo. - ¡Claro¡ – contestó él sonriendo – He sido un idiota. Si me he negado a que trabajases, siempre ha sido porque temía que pensases de mí que no era capaz de mantenerte. Pero eso se ha acabado. Sé que quieres hacerlo y que te hará feliz y con eso me basta. - Es lo mejor, así podremos pagar el piso y devolverle a mi madre el dinero que nos ha prestado - repuso ella feliz, al ver cómo, después de un tiempo separados, él parecía haber cambiado profundamente. - De verdad que no sé cómo he podido ser tan estúpido y hacértelo pasar tan mal. Espero conseguir que me perdones – exclamó él cogiéndola por la cintura y besándola con pasión. – Te juro que esta vez lo vamos a conseguir, seremos una auténtica familia. 10 Tuvo la impresión de que esta vez lo iba a lograr. Un resplandor lechoso comenzaba a envolver tímidamente los perfiles de la escalera. Aquello sólo podía significar que la luz estaba cerca y que se acercaba al final de la torre. Apresuró el paso fortalecida por aquella certeza, sin sentir ya el frío o el duro roce del metal en sus pies desnudos. En ese mismo instante,


un extraño sonido surgió de la nada, como un susurro ahogado, la sorpresa le hizo detenerse bruscamente. Por primera vez fue consciente del silencio que le había acompañado durante toda su ascensión. Un silencio tan denso y absoluto que incluso le había hecho olvidar que el mismo sonido existiese. Ahora, sin embargo, ese silencio había sido violado por algo, que al principio parecía un murmullo informe de difícil identificación, pero que paulatinamente fue volviéndose más claro y definido. Se trataban de palabras, palabras susurradas que parecían superponerse unas a otras en una cacofonía imposible de entender. El terror se apoderó de ella. Intentó taparse los oídos con las manos para impedir que aquellas voces la alcanzasen, pero no lo consiguió. Era como si surgiesen de todos lados y nada pudiese pararlas. Acurrucada sobre los escalones en posición fetal, gritó con todas la fuerza de su desesperación y miedo. Su grito, largo y agudo, fue respondió de inmediato por un eco ahogado, que se prolongó durante algunos minutos, hasta desaparecer. Como si las voces hubiesen atendido a su grito desesperado, cesaron de murmurar de inmediato. Ella respiró hondamente, aliviada. Lentamente comenzó a separar las manos de sus oídos, temerosa de que aquellas voces del inframundo volviesen. Pero no volvieron y ella fue reuniendo, poco a poco, el valor para ponerse de pie e intentar afrontar su camino de nuevo. 113


―No podrás alcanzar la luz, vuelve atrás‖ Las palabras llegaron hasta ella claras y fuertes, como si se hubiesen afianzado, allá de donde provinieran, ahogando las demás voces. La sorpresa fue tan grande que cayó hacia atrás, tropezando y rodando por la escalera durante varios metros antes de poder parar su caída. El dolor que sintió fue tan grande y repentino que empezó a chillar sin poderlo remediar. Sus gemidos se vieron repetidos una y otra vez por el eco, como si la misma torre se burlase de su dolor. El metal se había clavado en sus muslos y piernas profundamente, provocando rasguños y heridas que ni siquiera podía ver debido a la terrible oscuridad. Pero lo peor de todo era que uno de sus tobillos parecía haberse fracturado, porque el dolor que le provocaba el mero hecho de intentar moverlo le resultaba absolutamente insoportable. 11 El dolor había sido insoportable, pero, aunque hubiese sido mucho mayor, ella lo hubiese tolerado con gusto igualmente, con tal de tener con ella aquella carita pequeña y arrugada que la contemplaba, con sus ojos casi cerrados, desde la pequeña cuna del hospital. - ¡Dios!… ¡Es preciosa! – exclamó su madre, acercando una mano a la cuna y empezando a acariciar el pequeño rostro del bebé, mientras éste sacaba su lengua y empezaba a restregar sus labios con ella, como si intentara aprender para que podía servir aquel extraño y novedoso apéndice – Creo que tiene hambre.


- Acércamela y le daré el biberón – repuso ella, incorporándose en la cama con dificultad – Me da mucha rabia no poder darle el pecho, pero según el médico mi leche en escasa y de poco valor nutritivo. ¡No valgo ni para darle el pecho a mi hija! - ¡No digas eso! – le reprochó su madre, mientras depositaba el bebé en sus brazos – Tampoco yo puede amamantar a tu hermano y ya ves como ha salido, mide más de dos metros. - Lo sé, es sólo que las cosas no están saliendo como deberían. Tengo la sensación de que todo me sale mal. - ¿Por qué dices eso? – preguntó su madre preocupada, al ver a su hija triste cuando aquel debería ser uno de los días más felices de su vida. – Ahora no era el mejor momento para quedarme embarazada ¿sabes? – confesó ella, con el rostro lleno de preocupación – No llevo ni un año en la empresa y, ahora, lo más probable es que tras el permiso de maternidad me despidan. - Si hacen eso no se merecen que trabajes allí. - Todas las empresas son iguales mamá, sólo van a lo suyo. No tienen en cuenta las hipotecas o los hijos que tengas – repuso con amargura -. Si me quedo sin este trabajo, no sé cómo vamos a hacer frente a todos los gastos que se nos vienen encima. 115


- Por eso no te preocupes, hija – intentó reconfortarla su madre -. Aunque no somos ricos, sabes que puedes contar conmigo y con tu hermano para lo que necesites. 12 Necesitaba ayuda. Su tobillo estaba probablemente roto y notaba como desde múltiples puntos de sus piernas manaba sangre sin cesar. No podría aguantar demasiado y retomar su camino le parecía simplemente imposible. ―Puedes conseguirlo, sigue subiendo‖. Las

palabras

surgieron

desde

la

profunda

oscuridad

tan

repentinamente como la primera vez, pero en esta ocasión la voz era completamente distinta. Tenía un tono grave y una calidez aterciopelada, mientras que la que la sorprendiese anteriormente le había parecido tan aguda y agresiva como un cristal al romperse. Aquellas palabras susurradas a su oído parecían haber notado su desesperado deseo de ayuda y querer animarla a afrontar lo que quedaba de camino, pero no sabía cómo hacerlo. No era capaz de levantarse y, aunque lentamente, la sangre continuaba manando de sus heridas. Se quitó la camisa con cuidado. No le importó que sus pechos quedaran desnudos, o que el frio comenzase a penetrar en su interior


destemplándola completamente. Lo primordial era parar la hemorragia. Empezó a rasgar la tela de algodón con determinación, haciendo tiras lo más largas y delgadas que era capaz, lo que le resultó mucho más complicado de lo esperado, debido a la obstinada oscuridad que lo envolvía todo y le impedía incluso ver con claridad sus propias manos. Cuando las vendas improvisadas estuvieron preparadas, fue vendando con cuidado sus piernas por las zonas en las que notaba la sangre caliente manar. Finalmente, utilizando para ello una de las mangas de la camisa, vendó fuertemente su tobillo, esperando que eso contribuyese a aminorar el dolor pulsante que sentía. 13 - ¡Le haré pagar esto! – exclamó indignado, paseando de un lugar a otro de la habitación, sin poder apartar los ojos del brazo vendado de su hermana. - No ha sido culpa suya. Fui yo la que me caí y me rompí el brazo – repuso ella asustada ante la rabia que demostraba su hermano -. Si sé que te ibas a poner así no te hubiese contado nada. - ¿Es que te has vuelto loca o qué? – gritó el hombre, sin terminar de creerse lo que estaba oyendo - ¿Cuántas veces hace falta que te ―caigas‖ para que reacciones?

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- Pero es la verdad – repuso ella obstinada -. Ha estado muy presionado. Está haciendo más horas extraordinarias que nunca para que podamos pagar el piso y la guardería. No tenía que haberle reprochado que llegase tan tarde de la forma en que lo hice. Venía agotado y encima empecé a gritarle. Tan sólo tuvo un mal pronto y me empujó. Fue mala suerte que me rompiese el brazo, nada más. El no quería hacerme daño. El hombre se apartó de su hermana sin saber muy bien cómo hacer que su entendiese realmente lo que la estaba pasando. Su indignación fue dando paso a la impotencia, al ver como una vez más su hermana buscaba excusa tras excusa, incapaz de afrontar su situación. - Si esto sólo hubiese ocurrido una vez, ya sería lo suficientemente malo como para que le dejases. Pero es que ya he perdido la cuenta de tus ―accidentes‖ y de tu mala suerte. Déjale de una vez y ven a mi casa con la niña. Puedes quedarte con nosotros todo el tiempo que sea necesario – le imploró – Si no lo haces por ti, hazlo por tu hija. - No digas eso – respondió la mujer sollozando, ocultando el rostro entre sus manos, incapaz de mirar a su hermano por la vergüenza que sentía – Le quiero y no puedo hacerle eso. Sólo es una mala racha. Cuando me salga un nuevo trabajo y le pueda ayudar con los gastos, estoy segura de que todo se arreglará. - ¿No lo entiendes verdad? – su hermano se acercó hasta ella y la besó en la mejilla. Su voz comenzó a temblar por la emoción – Te


quiero. Eres mi hermana, pero no puedo soportarlo más. Ya viví esto con mamá y no puedo volver a pasar por ello de nuevo. Si no le dejas y vuelo a verte herida otra vez, te juro que le mataré. - Pero le quiero y es el padre de mi hija. - Está bien – concedió el hombre, rindiéndose con impotencia ante su incapacidad para hacer razonar a su hermana – Es tu vida y has de ser tú quien ponga fin a esto. Si alguna vez reúnes el valor necesario para afrontar la realidad, yo y mi familia estaremos ahí para ayudarte, pero si te obstinas en seguir con él, casi prefiero que me dejes fuera de todo esto. 14 El mero hecho de pensar en levantarse suponía hacer acopio de un valor que le faltaba. Se sentía desnuda, vulnerable, herida y cansada. La oscuridad empezaba a parecerle cada vez más acogedora. ¿Por qué luchar por la luz, cuando la oscuridad estaba allí y la abrazaba con su manto? ¿Por qué no acurrucarse en sus entrañas y rendirse al olvido? Miró a su alrededor nuevamente buscando algo a lo que aferrarse, algún atisbo de esperanza capaz de hacerla escapar de aquella prisión de sombras. En la parte superior de la escalera aún podía distinguir el suave resplandor luminoso que parecía anunciar el final de su

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camino. Estaba solamente unos metros sobre ella, pero aquella distancia parecía algo imposible de recorrer en su actual estado. El resplandor empezó a agitarse y en su interior una forma similar a las que su aliento helado creaba en la oscuridad, empezó a formarse paulatinamente. Miró con curiosidad a aquel nuevo fenómeno, esperando averiguar, temerosa pero con expectación, qué podría significar. Constituida por una especie de vapor blanquecino, la extraña forma comenzó a concretarse. Primero se volvió redondeada y de su interior surgieron hilos que conformaron una larga cabellera. Rasgos

indeterminados

empezaron

a

dibujarse

lentamente,

componiendo de forma insegura un rostro suave y pacífico. Un rostro lleno de paz y esperanza, pero sobre todo, un rostro expectante de ingenuidad e inocencia. El rostro de una niña. 15 - Teníamos que haber traído a la niña con nosotros y no dejarla con mi madre. Ya va siendo demasiado mayor y es mucho trabajo para ella tenerla un fin de semana completo. - ¿Y no es trabajo para nosotros? – preguntó retóricamente el hombre, sin apartar los ojos de la carretera – No se va a morir por estar un par de días con su nieta. Para eso están las abuelas ¿no? - No es sólo por eso. La pobre podía haber venido con nosotros. Se lo hubiese pasado bien en el campo – insistió ella.


- Llevo planeando este fin de semana desde hace meses con mis compañeros – repuso él, alzando el tono de voz – Se trata de un fin de semana sólo para matrimonios. Nada de niños dando la murga. - La verdad es que hubiese preferido que fuese un fin de semana familiar; tú, yo y nuestra hija – contestó ella con sinceridad. - ¿Tampoco te gustan mis amigos? – exclamó el hombre, mirándola con desprecio. - No he dicho eso. Es sólo que cuando os juntáis, siempre termináis bebiendo demasiado – confesó ella, bajando la voz consciente de que su marido empezaba a irritarse. - En definitiva, que, según tú, somos un atajo de borrachos ¿no? – el hombre, visiblemente enfadado, levantó los brazos del volante ostensiblemente durante un instante para volver a ponerlos de nuevo sobre él, acelerando simultáneamente la marcha del vehículo - ¡Un hombre tiene que tener derecho a relajarse un poco después de pasar la puta semana trabajando como un burro! Además, ¿quién demonios eres tú para criticarme? Te pasas la semana sin dar un palo al agua y encima me quieres amargar el fin de semana. Lo que tenía que haber hecho es dejarte a ti también con tu madre. - ¡Ten cuidado! – exclamó ella alarmada, al ver como el coche aceleraba mientras él parecía más pendiente de la discusión que de la carretera. 121


-

¿Qué pasa? Crees que no soy lo suficientemente bueno para

discutir contigo y conducir a la vez. La única que no vale para nada eres tú. Tanto querer trabajar y llevas seis meses sin encontrar nada desde que te despidieron. A eso le llamo yo ser una inútil. – el hombre empezó a levantar las dos manos del volante una y otra vez, riéndose al ver como ella se estremecía atemorizada. - Por favor, deja de hacer eso – imploró ella asustada – ¡Estás loco, vas a hacer que nos matemos! El la miró con un odio feroz dibujado en la mirada y ella supo que no debía haber pronunciado aquella palabra. Soltando una mano del volante, su marido la cogió del pelo, empujando a continuación su cara contra la guantera. El golpe fue tan fuerte que su nariz empezó a manar sangre de inmediato. - Ves lo que me has hecho hacer – exclamó preocupado al ver como la mujer sangraba abundantemente –. Parece que te gusta sacarme de mis casillas. No quería golpearte tan fuerte, sólo quería asustarte un poco. Sabes cómo me pongo cuando me insultas. La mujer empezó a llorar, no por el dolor físico del golpe, sino por el dolor que le había producido en el alma. El dolor, de ver una vez más el verdadero yo de su marido, y de convencerse de que nunca lograría cambiarle.


- No llores más. Ha sido sólo un accidente. Inclina la cabeza hacia atrás o pondrás todo perdido. Creo que tengo unos pañuelos de papel. El hombre se agachó, nervioso y alterado por lo que acababa de hacer, para abrir la guantera del vehículo, perdiendo de vista la carretera por un instante. Aquello fue suficiente para que el vehículo se desviase, lo que sumado a la velocidad acelerada que había impuesto a la marcha, provocó que el vehículo abandonase de inmediato la carretera principal. Ella lo vio venir de inmediato. El coche se internó por la tierra sin asfaltar, repleta de irregularidades del lateral de la vía, haciendo que el vehículo comenzase a rebotar, amenazando con volcarse. El hombre intentó hacerse con el control y frenar el coche, pero una torre de la luz se interpuso en su camino. Dio un fuerte volantazo, que giró el coche bruscamente apartando al conductor de la torre, pero a la vez el lateral del copiloto, donde iba la mujer, se precipitó irremisiblemente al encuentro de la estructura metálica. Lo último que ella pudo ver fue como las vigas de metal soldado de la torre se aproximaban a su encuentro. En ese instante fugaz, no sintió miedo, sino esperanza. La esperanza de que allí acabase todo, de que no hubiese más gritos ni lamentaciones, más disculpas y perdones. La esperanza de desaparecer en la calma infinita del olvido. 123


16 Aquel rostro, formado en la oscuridad con sus ojos entrecerrados y su leve sonrisa sólo insinuada, le trajo la esperanza que intentaba buscar con todas sus fuerzas. En sus rasgos de inocencia y su aspecto desvalido, encontró el valor que le hacía falta para intentar incorporarse. Al principio, el dolor lacerante de su tobillo amenazó con hacerla caer pero, con sólo mirar al rostro vaporoso suspendido frente a ella, supo que no dejaría que la detuviese. Aunque no consiguió ponerse de pie, si logró girarse y apoyar sus brazos y piernas en el duro metal de los escalones. Paso a paso, comenzó a avanzar por la escalera gateando, sin importarle que sus manos y brazos se llenases de rasguños o que las heridas de sus piernas se reabriesen y la sangre volviese a empapar las vendas. La oscuridad empezó a dar paso paulatinamente a la luz, al principio tímidamente pero, paulatinamente, las sombras comenzaron a retroceder y la luz empezó a inundarlo todo con fuerza arrolladora. Cuando por fin llegó al final de la escalera, frente a ella se encontró una puerta completamente abierta e inundada de luz. Aunque el dolor persistía, supo que podría levantarse. Reuniendo toda su fuerza de voluntad, logró hacer frente al dolor y ponerse de pie encarando la luz. Mirando hacia su espalda, obsrevó como el rostro que la había llevado hasta allí empezaba disolverse lentamente, pero no antes de que su sonrisa de ampliase y sus ojos se abriesen, envolviéndola con su ternura y amor.


Volviendo hacia la luz dio un paso y penetró en ella, dejando atrás la oscuridad. 17 Lo primero que vio fue una fuerte luz fluorescente pendiendo sobre su cabeza. Le resultaba difícil abrir los ojos, pero a medida que estos se fueron acostumbrando a la luz artificial de la habitación, pudo percibir más detalles de dónde se encontraba. Estaba tendida en una cama de hospital. A penas podía moverse. A su derecha un aparato de gota a gota colgaba sobre su cabeza, conectado a ella por una goma que se perdía en su muñeca vendada. Una enfermera, vestida de verde impoluto, se acercó hasta su cama, sonriendo. Tras contemplarla un instante, abandonó la habitación para volver a los pocos minutos acompañada de un médico. - Por fin ha despertado – le dijo el doctor – Es posible que no lo recuerde, pero ha tenido un accidente de coche y lleva varios días inconsciente. Su marido está bien, sólo tiene unos rasguños. ¿Me está entendiendo? - Sí – consiguió responder ella, notando su boca seca y pegajosa El doctor la examinó cuidadosamente durante más de media hora, haciéndole toda clase de preguntas hasta que se aseguró de que estaba bien y de que su mente no había sufrido daño alguno. 125


- Está usted muy bien – le dijo tras el examen – Ha sido un accidente muy importante. Salió usted despedida, rompiéndose un tobillo y haciéndose múltiples rasguños por brazos y piernas, aunque lo que más nos preocupaba era la conmoción cerebral que la ha tenido inconsciente. Pero ha conseguido superarlo muy bien. Se recuperará completamente y todo esto quedará como un mal sueño. - Gracias doctor – repuso ella ya mas repuesta y tranquila, empezando a recordar con mayor claridad todo lo que le había ocurrido – Sé que ahora todo irá bien. - Su marido está impaciente por verla – le dijo la enfermera, ayudándola a incorporarse ligeramente en la cama – También están ahí fuera su hermano y su madre. Desde que les he dicho que ha despertado, están impacientes por entrar a verla. Si quiere puedo dejarles entrar, pero sólo unos minutos. Tiene que descansar para recuperarse de la lucha que su mente ha librado. No es fácil despertar después de que se ha estado tanto tiempo inconsciente. - Lo sé – contestó ella -. Deje pasar a mi familia, pero no deje entrar a mi marido. No le deje entrar otra vez nunca. La enfermera la miró confusa por su extraña petición pero, tras observar la mirada clara y segura dibujada en su rostro magullado, sonrió. - Por supuesto.


Ojos verdes Juan Carlos Boíza

A pesar de que no debía tener más de seis o siete años de edad, aún recuerdo con claridad el día que llegamos al pueblo. Era verano y un calor infernal nos dio la bienvenida a las desiertas calles de la villa. Mi padre detuvo nuestra carreta junto a un edificio que parecía ser una especie de ayuntamiento. Ya le había visto repetir la misma operación en más de una docena de lugares y siempre volvía triste y malhumorado. Mi madre se limitaba, entonces, a darle una palmada cariñosa en el hombro, mientras retomábamos el camino. Sin embargo, en esta ocasión mi padre volvió sonriendo. - ¡Hay una granja disponible a cuatro millas del pueblo! – gritó, sin poder disimular su entusiasmo. Mi madre me abrazó con fuerza, mientras sus ojos verdes se llenaban de lágrimas. Mis padres habían perdido una concesión de tierras en su pueblo natal, por lo que habían tenido que abandonarlo en busca de algún terreno que poder arrendar, con el poco dinero que habían logrado reunir. Aquella oportunidad llegaba justo cuando se estaban acabando sus esperanzas.

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Cuando llegamos a nuestra nueva casa, nos encontramos con un terreno pedregoso, que parecía abandonado desde hacía años, y una pequeña vivienda de madera en un estado de conservación deplorable. Sin embargo, después de más de un mes viviendo en nuestra carreta, con los bosques como única compañía, aquella modesta vivienda nos pareció un auténtico paraíso. Por fin teníamos un techo sobre nuestras cabezas y no nos importaba que fuese viejo y desvencijado. Lo que más me llamó la atención de aquel paraje, que iba ser mi nuevo hogar, fue una pequeña loma situada a poca distancia de la casa, que se encontraba coronada por una enorme y solitaria roca granítica. Para mi imaginación infantil, aquel solitario monolito natural se convirtió de inmediato en un lugar ideal en el que dar rienda suelta a mis juegos y fantasías. Durante las primeras semanas, mis padres se dedicaron a acondicionar la casa y roturar los campos, limpiando piedras y malas hierbas. A pesar de que trabajaban duramente, en sus caras se dibujaba la satisfacción de que, cada esfuerzo derrochado y sudor derramado, lo era para forjar su propio futuro. Para mí fue una época muy feliz. Recuerdo con nostalgia como, al atardecer, cuando las tareas del día llegaban a su fin, íbamos a la loma y, mientras mi madre me leía un cuento y mi padre me volteaba sobre sus piernas una y otra vez, contemplábamos la puesta de sol.


Cuando terminó el verano y las luces del otoño empezaron a teñir de un tono anaranjado los campos, llegó la época de la siembra. Fue entonces cuando tuve que afrontar que mi nueva vida no iba a consistir en unas eternas vacaciones en nuestra nueva granja. Empecé a ir a la escuela, lo que me obligaba a levantarme muy temprano cada día para que mi madre me llevase al pueblo. Lloré durante días, hasta conseguir acostumbrarme a mi nueva y molesta rutina. El mejor momento del día era cuando mi madre aparecía sonriente, a la salida del colegio, para llevarme de vuelta a casa. Al llegar, mi padre nos saludaba mientras empujaba inagotable el viejo arado de la familia. Aún era demasiado pequeña para comprender el enorme esfuerzo que estaba suponiendo para mis padres levantar una granja como aquella. No me daba cuenta del cansancio dibujado en el rostro de mi madre o del sudor que empapaba el cuerpo de mi padre al llegar el final de cada jornada, ni era consciente de, hasta qué punto, nuestro futuro dependía de que, aquellos granos de trigo y cebada que mis padres se afanaban en repartir por las zanjas, arraigaran con fuerza en la tierra. En una ocasión oí a algunos niños del colegio decir que yo era de la familia de ―tontos‖ que habían arrendado los viejos terrenos de la colina de piedra. Les pregunté por qué nos llamaban tontos y me dijeron que todo el mundo sabía que nuestras tierras estaban muertas y malditas y que nunca darían una sola cosecha. Cuando mi madre

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vino a recogerme, me encontró llorando desconsolada. Me limpió las lágrimas con su pañuelo, mientras le contaba lo sucedido. - ¿Es que no sabes que papá es el mejor agricultor del mundo? Dentro de unos meses te daré un ramo de las mejores espigas del trigal y podrás llevárselas a tus compañeros para que vean que los tontos son ellos – me dijo, besándome en la frente con cariño y haciéndome sonreír. Cuando llegaron las primeras lluvias del otoño, terminamos la siembra y afrontamos el duro periodo del regado y cuidado de los campos. - Si el tiempo acompaña, el año que viene, cuando obtengamos nuestra primera cosecha, podré comprarte una muñeca de verdad me dijo mi padre, levantándome en brazos, el día que dio por terminada la siembra, sin que yo le entendiese en aquel momento, ya que pensaba que mi muñeca de trapo era tan auténtica como cualquier otra. Con el invierno llegaron los primeros problemas. La caza empezaba a escasear y el dinero de los ahorros de mis padres disminuía rápidamente, al tener que hacer frente al arrendamiento y a la compra de víveres. Mi padre confiaba en que las tiendas del pueblo le fiasen, a cuenta de la cosecha de la primavera, pero a penas consiguió que en los almacenes generales le prestaran algo de pan y leche cada semana. Al parecer, en el pueblo era unánime la opinión


de que nuestra granja estaba sobre un terreno yermo que nunca daría buenas cosechas. Tuvimos que sobrevivir con la escasa caza que mi padre traía del monte, mientras aguardábamos a que la cosecha germinase. Hacia final de año, el invierno se recrudeció y el frío se hizo insoportable. Los caminos se llenaron de hielo y nieve, haciéndolos intransitables. Tuve que quedarme en casa y dejar de ir a la escuela durante algunas semanas, en espera de que el temporal cediese. A pesar de que mis padres procuraron en todo momento que para mí todo siguiese con normalidad, me di cuenta muy pronto de que algo iba mal; mi padre estaba más silencioso que de costumbre y mi madre parecía distraída y ausente cuando jugaba conmigo o me contaba algún cuento. Con el tiempo comprendí que lo que les preocupaba, no sin razón, era que las bajas temperaturas de aquella región pudieran helar las tiernas raíces del trigo y la cebada, destruyendo las plantas antes de que pudiesen germinar y poniendo en peligro toda la cosecha. Una mañana, mi padre partió a cazar temprano como hacía cada día. Sin embargo, en esta ocasión tardó más de lo acostumbrado en volver, por lo que empezamos a preocuparnos. Cuando a punto estaba mi madre de salir a buscarle, convencida de que el estado deplorable de los caminos le había jugado una mala pasada, la puerta se abrió y apareció llevando una bolsa de tela blanca con él. Mi

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madre empezó a reprocharle indignada su tardanza, pero él la interrumpió. - ¿Creían las dos mujeres más guapas del mundo que me olvidaría de celebrar el año nuevo? - nos dijo, abriendo el pequeño saco que traía con él. De su interior extrajo una lata de galletas que me regaló, haciéndome la niña más feliz del mundo, después sacó una pequeña cesta repleta de manzanas verdes. Las manzanas siempre habían sido el fruto preferido de mi madre y, aunque su precio era prohibitivo para nosotros, mi padre siempre se las arreglaba para conseguir algunas y regalárselas cuando menos lo esperaba. Aquel día el rostro de mi madre volvió a teñirse de luz y mi padre recuperó su sonrisa habitual, mientras celebrábamos juntos el comienzo del nuevo año. Cuando los rigores invernales empezaron a ceder y pude retomar mis clases en el pueblo, los tallos de nuestros cultivos empezaban a crecer con fuerza, tiñendo los campos de verde, lo que me hizo pensar que al final todo iba a salir bien, pero me equivocaba. Un día, al volver de jugar en la loma, encontré a mis padres reunidos en la cocina. Sobre la mesa había varios tallos de trigo y pensé que, por fin, iba a poder cerrar la boca de mis tontos compañeros de clase. Sin embargo, la seriedad de los rostros de mis padres y su repentino silencio, me hizo comprender que la realidad era muy distinta. Al preguntarles qué pasaba, me dijeron que no me preocupase y


volviese a jugar, pero yo no les hice caso y, antes de que pudiesen impedírmelo, cogí una de las espigas de la mesa. A pesar de mi corta edad, no era la primera vez que cosechábamos trigo y supe, nada más coger la planta, que su aspecto no era el habitual; pesaba demasiado poco y era frágil y blanquecino. Cuando intenté sacar los granos de trigo de la espiga, me di cuenta de que las vainas estaban vacías. Mi padre me contó que el frío había helado algunos de los trigales, pero me tranquilizó, asegurándome que no teníamos de qué preocuparnos, porque utilizaríamos aquellas espigas sin grano como forraje. Además, la cebada había aguantado perfectamente las bajas temperaturas y prometía una abundante cosecha. Lo cierto es que casi todo el trigo se había perdido y que, si la cebada sufría cualquier percance, tendríamos serios problemas para hacer frente al arrendamiento y las deudas que habíamos acumulado en el pueblo. Mi padre se dedicó desde ese día con más ahínco al cuidado de los campos de cebada. A penas pasaba tiempo en la casa con nosotras, ya que dedicaba todo el día al limpiado, regado y eliminación de las malas hierbas. Estaba tan ocupado que, ni siquiera se dio cuenta cuando, a principios de marzo, mi madre empezó a toser con insistencia. A finales de la primavera, descubrimos que algunas de las plantas de la cebada tenían las hojas repletas de manchas alargadas, que iban convirtiéndose paulatinamente en estrías, dejando las hojas 133


completamente deshilachadas. Mi padre maldijo su suerte y, no atreviéndose a poner en riesgo toda la cosecha, decidió eliminar las plantas afectadas antes de que la plaga se extendiese. Trabajó sin descanso y, aunque sacrificó una parte importante del cultivo, consiguió salvar el resto. Cuando llegó el momento de la recolección, el trabajo en la granja se multiplicó. Mi madre no tuvo más remedio que sumarse a las labores del campo de la mañana a la noche. El esfuerzo que realizaron fue titánico, pero consiguieron salvar lo suficiente de la cosecha para pagar el arrendamiento de la granja un año más. El precio fue, sin embargo, demasiado grande. Lo que no había sido más que una tos insistente, empezó a convertirse el algo mucho más serio cuando, a principios del verano, mi madre empezó a sufrir ataques de fiebre, cada vez más frecuentes y duraderos. Una tarde, en que mi madre estaba postrada en cama sufriendo uno de sus ataques febriles, mi padre trajo al médico del pueblo. Tras examinarla, el doctor salió de la habitación taciturno acompañado de mi padre. En sus miradas puede leer que sucedía algo grave. - ¿Qué le pasa a mamá? – pregunté. - No te preocupes cariño – me dijo mi padre, cogiéndome en brazos -. Mamá está muy enferma pero se va a poner bien.


Mi padre me apretó entre sus brazos con tanta fuerza que a punto estuvo de hacerme daño. Aquella noche la pasé en mi cama llorando, sin comprender por qué mi madre tenía que estar enferma y no jugando conmigo o contándome uno de sus cuentos. Pasaron los días y no mejoraba. La fiebre no cedía y, aunque mi padre compró todos los medicamentos que el doctor le había indicado, se debilitaba más cada día. Una tarde mi padre me entregó una manzana, que había conseguido en el pueblo, para que se la llevase a mi madre como regalo. Desde que había empeorado, no me habían dejado estar junto a ella, pero en esta ocasión mi padre me dijo que podíamos quedarnos un rato a su lado. Desde la última vez que la había visto, su aspecto se había deteriorado; había perdido mucho peso y su piel parecía amarillenta y apergaminada. Lo que no había perdido ni un ápice de su fuerza era el brillo cegador de sus hermosos ojos verdes. Le entregué la manzana y ella me abrazó, intentando incorporarse en la cama aunque consiguiéndolo sólo a medias. Me besó con ternura y empezó a acariciarme el pelo como solía hacer cada noche. - Confía siempre en tu padre, cariño – me dijo, con una voz que me pareció débil y apagada -. Y recuerda que nunca debes perder la esperanza porque yo siempre estaré a tu lado, pase lo que pase. La tos de mi madre reapareció con violencia, por lo que mi padre me pidió que saliese de la habitación. Lo último que vi fue como mi 135


madre me sonreía, a pesar del dolor que sentía, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Al día siguiente, mi padre no me despertó para ir a la escuela como de costumbre, sino que me dejó dormir hasta bien entrada la mañana. Cuando desperté, estaba sentado a los pies de mi cama. Nunca olvidaré la profunda tristeza de su rostro y la voz rota con que me contó que mamá había muerto durante la noche. Aún era demasiado pequeña para entender realmente lo que significa la muerte, pero lo que sí comprendí, es que nada volvería a ser igual y que mi madre no volvería contarme cuentos al atardecer o a peinar mi pelo por las noches antes de acostarme. Lloré desconsoladamente y, por primera vez, vi a mi padre llorar conmigo. Las horas siguientes transcurrieron para mí como sumidas en una bruma de irrealidad. Vinieron gentes del pueblo, a los que había visto en contadas ocasiones, que me abrazaron y besaron con tristeza. No comprendía casi nada de lo que sucedía, por lo que me mantuve siempre al lado de mi padre, que se había convertido en mi único asidero a la realidad. Enterramos a mi madre en la loma, justo al lado de la vieja roca granítica, el lugar donde más felices habíamos sido durante el corto tiempo en que estuvimos juntos en la nueva granja. No sabría explicar por qué lo hice pero, esa misma tarde, cuando el sol comenzaba a ponerse y todos los invitados a la ceremonia habían vuelto a sus casas, subí a la loma. Con cuidado, hice un agujero en la


tierra blanda, al lado de la tumba de mi madre, y enterré la manzana que le había regalado. En mi mente infantil esperaba que, de alguna manera, ella pudiese recibir aún mi regalo. En los días siguientes, mi padre abandonó el cuidado de los campos y se recluyó en casa como si ya no le importase la granja. Procuraba llevarme al colegio y seguir con nuestra rutina diaria, pero su interior estaba roto y no sabía cómo recomponerlo. Muchas noches le oía llorar en su habitación y, más de una vez, salía en plena madrugada y se quedaba durante horas mirando las estrellas. Una semana después de la muerte de mi madre, me cogió en brazos y me dijo que íbamos a dejar la granja. Yo no lo sabía, pero con la muerte de mi madre se habían ido también gran parte de los beneficios obtenidos con la escasa cosecha de aquel año. Mi padre no tenía dinero suficiente para prorrogar el arrendamiento más allá de unos pocos meses. En el banco se negaba a darle un crédito y le habían aconsejado volver a su pueblo natal, donde podían acogernos mis abuelos, antes de que terminase por perderlo todo. - ¿Dejaremos a mamá aquí sola? – le pregunté, incapaz de entender que mi padre quisiese abandonarla allí. - Tu madre no está en esa loma – me contestó, con un nudo en la garganta -. Estará siempre con nosotros, vayamos donde vayamos. - ¡Pero ella me dijo que todo se arreglaría! 137


Salí de la casa con el pecho lleno de angustia y, sin querer mirar a mi padre, corrí hacia la loma en busca de un consuelo que mi madre ya no podía darme. Cuando llegué al pequeño montículo, seguida de mi padre, nos encontramos con algo inesperado. Al lado de la tumba de mi madre una rama verde había crecido y se elevaba vigorosa hacia el cielo. Le conté a mi padre que había enterrado allí la manzana de mamá. Se quedó mudo de asombro ya que parecía imposible que hubiese crecido tanto en tan poco tiempo. Me miró y, por primera vez en semanas, vi asomar una sonrisa en su rostro. Como si aquella rama hubiese removido algo es su interior, desechó de inmediato la idea de abandonar la granja y volvió, con renovadas fuerzas, a trabajar los campos, dispuesto a agotar el arrendamiento hasta el último instante. El extraordinario crecimiento del pequeño manzano continuó imparable y pronto se extendió la noticia por todo el pueblo. Las gentes acudieron a verlo sin poder dar crédito a lo que estaba sucediendo. De día en día la planta aumentaba su altura y ganaba en fortaleza, hasta que no tardó en convertirse en un imponente manzano. Mientras esto sucedía, las nuevas plantaciones de trigo y cebada de mi padre crecían también de forma desusada, provocando el asombro de toda la región. A finales del verano, mi padre recogió la cosecha más rica del condado, mientras en la loma el manzano se llenaba de hermosos


frutos. Desde entonces, nuestra granja es la mĂĄs fĂŠrtil de los alrededores y la historia de nuestro manzano milagroso se ha extendido por toda la regiĂłn. Sin embargo, aunque todos se maravillan de su crecimiento asombroso, lo que no pueden apreciar es que, cuando llega al atardecer y el sol se pone en el horizonte, las manzanas del ĂĄrbol adquieren un verde especial, un color que mi padre y yo conocemos muy bien: el verde cristalino de los hermosos ojos de mi madre.

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De espinas y rosas Óscar Álvarez

I -

Ven, vente para acá ¡Hombre, menuda alegría me das! – la mano que guía a Mauricio a través de una precaria senda entre la maraña de mesas se aprieta cordial y fuerte- ¡Amor, amor! Al fin te voy a presentar a mi mejor amigo, de quien te hablado taaantas veces… Virginia, éste es el famoso Mauricio. Mauricio, mi futura mujer, Virginia. El ruido del restaurante – camareros yendo y viniendo,

vocerío de sí bemol en cada orden a la cocina, el trajín de la barra, alboroto de risas y conversaciones altisonantes, los niños escapándose de los padres para zascandilear por los pasillos con gritos apaches- cesa en la cabeza de Mauricio al ver a la mujer. Luis, que contempla a su amigo, no puede descubrir en el rostro de Virginia un rictus descompuesto, el cigarrillo aplastado sobre el cenicero, con una rabia que quisiera aplastar otra cosa. -

Jo, macho, cómo te has quedado. Natural, no es que lo diga yo, pero mi chica es una preciosidad ¿eh? Pero bueno, no os quedéis ahí como pasmarotes. Un par de besos ¿no? 141


Bajo la complacencia bobalicona de Luis, rubio, atildado, Mauricio se acerca a Virginia. Ella hace un amago de levantarse, los labios apenas rozan las mejillas. Evaden la mirada. -

Princesa ¿te podrás creer que solamente por la invitación a nuestra boda hemos conseguido, ¡oh, maravilla! que Mauricio regresase de su destierro en Uruguay?

-

Paraguay- corrige Mauricio.

-

Uruguay, Paraguay ¿no es lo mismo?

-

No, no es lo mismo. Paraguay…

-

En fin, Sudamérica – ríe Luis salvando la trivial cuestión para proseguir- Diez años desaparecido por esas tierras de Dios sin venir a visitar a la familia ni a los amigos. ¡No tienes perdón!

-

Podíais haber venido vosotros, siempre ha habido una puerta abierta.

-

¡Hombre! pero no compares. ¿Qué íbamos a ir hacer en, ehm, Asunción? Bueno – Luis modera su entusiasmo y se calibra por un momento- no sabes lo feliz que me hace tenerte aquí, te he echado de menos cantidad. Y te agradezco infinito que hayas hecho el viaje por nosotros…


Mauricio, a su pesar, es incapaz de sostener la mirada cariñosa de Luis y resbala hacia Virginia. Ella también sonríe pero sus ojos se han empequeñecido, son puro cálculo, un taladro, un mensaje. -

Si es que no hay otro lugar como Madrid, que te lo digo yo, copón. A lo mejor te lo piensas bien durante esta temporada y ya te quedas aquí ¿eh? Del trabajo ni te preocupes, los amigos nos encargamos. ¡Brindemos por eso! Vaya, se acabó el vino. ¡Camarero, camare-rooo!

-

No te oyen, Luis, es increíble el escándalo de estos bares. No sé cómo la gente lo soporta.

-

Es la alegría, española, que ya te has olvidado, chaval. Lo que sucede es que estos tíos disfrutan pasando de ti. Me voy a la barra y os traigo un Ribera que no se lo salta ni un gitano señorón. Ahora os vais a enterar – Luis toma la mano de Virginia y la besa, avanza con pericia sorteando obstáculos, se vuelve y grita- ¡A ver si charláis algo y os caéis bien, que vais a ser buenos amigos! ―Buenos amigos‖ repite Mauricio y acaricia la copa vacía.

Quiere ignorar la presencia de ella. Pero al fin le vence la irritación, confronta esa cara de póquer sentada digna al otro lado de la mesa.

143


-¿Así pues Virginia y no Samantha? Un nombre mucho más casto, desde luego. Ideal para una novia, el órgano de la iglesia y los vestidos blancos. Si Mauricio llegó a creer –si la confusión le había permitido- que hallaría un resquicio de debilidad, se equivocaba de medio a medio. -

Mira: soy Virginia y punto. Olvida aquéllo, ni existe ni existió. ¿Realmente le tienes cariño a Luis? Entonces lo mejor es que te quedes calladito y más guapo. Además – cae la piel de cordero para mostrar el pelaje de loba- te conviene. Cargarías tú con la desgracia y ya veremos cómo lo llevas luego, majo.

Las palabras le arañan la garganta, son un nudo de alacranes que no suben como le sube la sangre a las sienes y ese deseo de abofetearla, de vengar la ofensa. Mauricio está quieto masticando la ira. Virginia fuma con mohín de suficiencia. Y la mano se levanta del mantel hacia ella pero otra mano la detiene a un segundo del quiebre. -

¡Ostias! ¡Mira tú quién está aquí!

Mauricio se vuelve. A sus espaldas, festivos, entregados a una sorpresa no por sabida menos sorpresa, chanceros en resabio de morisquetas, Rubén y el Chivo. -

¡Cuánto tiempo Mau, venga un abrazo! – se adelanta el Chivo.


Palmadas en la espalda, cómo va el vagabundo, uy, pero si ya estás medio calvo, anda que tú, esas entraditas, cuándo te quitarás la barba de Rasputín, qué ha sido de vuestra vida, menudos bandarras, cuántos años, vuelan ciertamente, dónde andan los demás, tan calaveras como siempre, sigues montando en moto o ya la vendiste, de verdad bailas tango, yo ni el chotis en la verbena, como siempre ya sabes, sigo viviendo con los viejos en cambio éste se compró un apartamento fetén, uf, aunque me tienen puteao en el curro, el reconocimiento, el puente blando que borra el largo paréntesis y los sitúa en el ahora con mucho para contar y poco que decirse. -

¡Morenaza, ya voy a darte un besote!

Y Rubén anexo al Chivo son yunta siamesa presentando sus respetos a Virginia, cordial pero moderada de aspavientos, elegancia de niña bien a la que no se le mueve un pelo. Mauricio sufre otra vez el vértigo en el vientre. -

¿Has visto qué belleza se ha pescado Luis? – guiño vacilón del Chivo. Rubén corea teatral:

-

¡Quién lo iba a decir! Si antes no se comía un colín…

-

Con vosotros ya no necesito enemigos- Luis reaparece botella en mano, perfecto icono de la dicha, los amigos reunidos y la mujer, Mauricio de regreso, pero ante todo la mujer.

145


-

Ésta, trae aquí que la abra, nos la ventilamos en un plis plas y nos vamos de marcha ¡Cómo en los viejos tiempos!

-

Tranqui, Chivi, que antes debo dejar a Virgo en su casa.

Con una voz insólita para Mauricio, inflexiones cristalinas y musicales, inocente sofisticación, rectifica la novia: -

No, sino hay problema, os acompaño encantada.

-

¡Vayaaaaaaaa! Al fin te sueltas, salerosa- estira su barba el Chivo.

Luis se desconcierta, pero si a ella no le gusta salir de noche, los estudios, amor, de verdad quieres acompañarnos, ya habrá ocasión, no te sientas obligada. - Que no. Por trasnochar una vez… Y así no os portáis mal. Además, ha venido Mauricio y hay que celebrar. Sobra el choque de miradas.

Calleja estrecha, por la esquina una torre puntiaguda se afila contra el telón de noche ya desteñido, a punto del alba. Un bar cierra descaradamente sus puertas cuando el Chivo, que lidera la romería, ejecuta maniobra exploratoria. Masculla una blasfemia bíblica, Luis le quita importancia y señala las luces de otro garito.


-

¡Al abordaje mis muchachos! Ahí han de servirnos priva, ¡por Baco! Un par de noctámbulos sobre la barra, dos parejas al fondo, la

camarera es un capitán en el puente de mando, entreviendo los arrecifes. Janis Joplin canta desde los altavoces. Nuestro grupo sienta plaza cerca de la puerta por donde se cuela el bris de la madrugada. -

Esta ronda la pago yo –anuncia rumboso Rubén. Se guinda en la barra como periquito mojado.

-

Guapa, ponme dos ronescola, dos güisquiscola y para la niña un vodkatonic, poco vodka. Y clava la mirada turbia en el escote de la camarera.

-Oye, pero qué bonitos ojos tienes ¿Cómo te llamas?- Estoica a la lírica, la chica ya mezcla bebidas con movimientos de autómata. Coloca los vasos en arquitectura de barrera, bosteza una cifra. Rubén vuelve, pasos cortos y juegos malabares, a la mesa. La conversación lucha por no decaer. Han sido horas en zarabanda de ¿te acuerdas de aquélla vez? y alguna noticia nueva para conciliar el pasado glorioso con las metamorfosis del presente. Mauricio se encuentra sin cartas; su vida en Paraguay, las cosas que le hacen vibrar, su realidad cotidiana y sus afectos, son una tierra de nadie, un tema abstruso, un tiempo ilusorio para los amigos. 147


Mauricio sólo existe en el recuerdo, casi como si estuviera muerto. El ron ayuda, desde luego, pero le cuesta mantener el tipo y el fandango carnavalero, le cuesta ceñirse a la imagen idealizada, manoseada por tantos años, tanto hueco relleno con lo que fue, tanta distancia. Y además está lo otro. Para soportarlo ha preferido dejar la mente a la deriva. Con puntería inverosímil, el Chivo mata dos pájaros de un tiro. Le gana la curiosidad sociológica: - Mauricio, cuéntanos, ¿es verdad que a las sudamericanas se les caen las bragas? - No menos ni más que en otro lugar, supongo- Suena agrio. Luis, el brazo izquierdo sobre la cintura de Virginia, la mano estirando el cubata con el índice ademán atribuido a Colón, abunda en el tema, pero pone una venda. - ¿Y qué? No te has echado una noviecita formal. Mira que ya va siendo hora… - Este año he decidido declararlo sabático. Mejor sólo que mal acompañado. Ha roto la tregua. Con disimulo la última frase se funde en parábola ocular que barre a Virginia un breve instante para refugiarse en el fondo del vaso, tapando ya la boca.


―Me he pasado –piensa- Pero nadie notó nada. Ella sí, obvio. Ellos no, Luis no‖. Igual está nervioso y cuando el Chivo interrumpe el hilo para preguntar por el tigre, Mauricio se aplica a escurrir el bulto: -

¿Pero no sabes?, los baños siempre están al fondo a la derecha. Te acompaño, voy a echar una firma.

Cruzan el local frente a la camarera quien se afana en ordenar bultos, inminente aviso de cierre. Los otros parroquianos ya hicieron mutis. Al Chivo le cuesta mantener la vertical y Mauricio le sigue, la mano sobre su hombro para favorecer el equilibrio. Instalados frente al meódromo, Mauricio escurre preguntas: -

Chivi… ¿Tiene mucho tiempo que Luis conoce a su novia? ¿Cómo la conoció?

-

Se la presentó una prima de Luis, iban juntas a una academia de francés. Eso fue… ¿hace cinco meses?

-

¿Y tanta prisa por casarse? Si apenas sabe de ella…

-

Ahhhh, el amor. La verdad es que se puede entender. Guapérrima, formal, cariñosa… ¡Así también me casaba yo! Mmmm- el Chivo excava en el pasado- ¿Recuerdas cuando éramos unos imberbes? Las mujeres se dividían en dos grupos. 149


-

Sí, las niñas bien y las putas. Ridículo y machista.

-

Conforme, pero también técnico. Con las niñas bien no hacías nada porque no te dejaban, eran las ideales para exhibir. Y luego, claro, teníamos a las otras y entrábamos a saco.

-

Pero si al final es igual, pura fantasía.

-

Bueno ¿qué quieres? Luis debe pensar todavía así. Y Virgo da todo el perfil.

-

Vamos, de las que no ha roto un plato en su vida.

El Chivo, atento en el ejercicio de sacudir la última gota, asevera: -

No consta en acta.

-

Ya.

De vuelta a la mesa descubren a Rubén con la cara colgada de la barra. Virginia, candonga, está convenciendo a Luis para cerrar la noche. Luis propone rematar con unos chocolates con churros, sin embargo acaba por ceder terreno. -

Vosotros mismos. Éste y yo nos najamos al ―Maracaibo‖ a tomar la penúltima. ¿Te apuntas Mau? –anima Rubén encandilado con las posibilidades de la madrugada.


-

Señores, yo me retiro. Suficientes emociones por hoy. Buena caza.

-

Entonces te vienes con nosotros, yo te dejo donde digas.

-

Gracias Luis, mejor tomo un taxi.

-

¿Tomo? Se toman los cubatas y ya tuviste de sobra, aprende a hablar, copón. Cojo, cojo. Cojo un taxi. ¡Pero que no, que te llevo yo!

-

Me cojo el taxi, gracias. Nos vemos pronto. Buenos días.

Saludo torero –ni besos ni abrazos- Mauricio aprovecha los entorpecidos reflejos ajenos, cruza la puerta y se pierde calleja abajo. II -

Te quiero como a un hijo, lo sabes de sobra – Adela desatiende la besamel y confronta al hombre (pero no ve un hombre, ve un niño grande sentado en la mesa), con un cariño velado en leve reprimenda- ¿Cómo has podido esperar una semana para visitarme? Después de esta eternidad sin estar juntos… Mauricio se remueve. Hubo en esa semana demasiadas cosas. Y

por otro lado Adela tiene razón.

151


- Perdona, creí que me hacían falta unos días para reencontrarme a solas con el pasado. Así que alquilé un pisito fuera del barrio, paseé horas y horas, hice recuento de los años. Acaso fue peor… ¡me sentí tan sólo esas noches! - Pues claro, tonto. Debías haber venido directo a casa, a ver a tu familia… (Seguro fue peor… maldita jugarreta del destino. Virginia) -

… porque nosotros somos tu familia. Desde lo de tus padres, pobres, me acuerdo a cada rato de ellos –a Adela la roza un principio de llanto. Mauricio la abraza para contenerla. Ella se reprime, sonríe – Medías apenas la mitad cuando viniste a casa. ¿Por qué te fuiste, Mauricio? ¡Luis y yo te hemos echado tanto de menos!

No hay explicaciones, sólo sabe que estuvo bien. De todos modos enumera disculpas, es lo mínimo que merece Adela. Da gracias porque ella siga pendiente de la comida, hablando de cómo la traían loca las travesuras que ingeniaba con Luis –¡menudos dos diablos!de lo aplicado que era en la escuela, esto y aquello. Mauricio, mientras, la ha encontrado por primera vez vieja y se estremece. Era justo lo que había temido, era en parte el motivo de no terminar de llegar, el abismo sin asideros de lo ido para siempre. Entonces algo reintegra su atención al discurso de Adela.


-

… y la boda con Virginia. Si supieras cuánto ha cambiado Luis. Encima con lo que se esforzó durante los últimos años en el trabajo. Tiene un puesto buenísimo ¡Estoy orgullosa de mi hijo! Por cierto, ya viste a Virginia. Es el delirio de Luis, donde ella pisa, él besa ¿Qué te ha parecido?

La oportunidad en bandeja. -

¿Qué te parece a ti?

-

¿Una pregunta responde a otra pregunta? ¡Niñooo!

-

No sé, Adela. Me parece perfecta –lo considera y arriesgaQuizás excesiva cara-de-yo-no-fui. ¿Es trigo limpio?

-

¡Mauricio! ¡Eso me dices! Venga ya, si es una muchacha fenomenal.

-

Perdona, la precaución no está de más. Luis siempre fue muy confiado. Quiero decir: ¿en qué trabaja? ¿Qué sabes de su familia?

Adela lo aplaude como una gracia. -

¡Pero si se creería que la suegra eres tú! Anda, prueba la besamel y dime ¿Está como te gustaba?

153


Apura la cucharada y pide más, hay en ese sabor tanta infancia contenida, tanto amor regalado, tanta gratitud, que apenas dice ―deliciosa como de costumbre‖ y luego permanece mudo. Adela, ufana, disimula el instinto maternal. Pica el relleno de los canelones y le recompensa con alguna noticia, sólo ha hablado con sus padres por teléfono, son de un pueblo de Murcia, pero se los nota buena gente. Tengo ganas de conocerlos, aunque hasta la boda… ¿La niña? Un primor, estudiosa, sacrificada, todas las noches empollando para sacarse la carrera de dentista. Todas las noches, las noches, las noches, Mauricio traga saliva. No puede ser más providencial la aparición de Luis. -

¿Así que hoy cocinas el plato favorito de Mau? Mmm, canelones ¡Las veces que te los he pedido yo y pasas de mí!

-

¿Todavía con pelusa? Anda hijo, dame un beso y no seas así de celoso.

-

Ya, ya. ¿Cuánto le falta a la comida?

-

Media hora, Luis ¿Por?

-

Porque a éste me lo llevo yo. Enseguida venimos.

-

No me lleguéis tarde ¿eh?- y se dirige a Mauricio- Estate atento de la hora, tú eres el más responsable.


El sí se apaga con el portazo y las zancadas de dos críos corriendo escaleras abajo. Adela entorna los párpados.

Sobre el solar de la vieja fábrica abandonada donde jugaban a los Caballeros de la Mesa Redonda han levantado un centro comercial. Del terraplén que subía a las casitas de los gitanos - ¡qué batallas campales! A ti por poco te sacan un ojo, me libraste cuando los tenía encima, ese tino tuyo con las pedradas, joder- no quedan ni las trazas y todo lo ocupa un aparcamiento. Las contrahechas moreras del cementerio se secaron - ¿y el loco guardián que salía con un palo cuando robábamos las hojas para los gusanos de seda? Estará dentro, a dos metros, jajjaja- y sólo resta el muro abatido que guarda el ―jardín de la alegría‖ en el que desde hace mucho no cabe una tumba más. Suma y sigue. Cada lugar reaparece diminuto, gastado. Se precisa un portento de la imaginación para rescatar el barrio que fue o ajustar las ruines escalas reales a las grandezas de la memoria. - Enséñame la mano derecha. Mauricio entiende. - Aquí está la cicatriz ¿y la tuya? - Fíjate, chaval, si se nota más. - A vacilar a la Cibeles, chato, mira bien. 155


Comparan ambas cicatrices, rescatan el distante día de la botella rota, la idea de Luis de sellar la amistad convirtiéndose en hermanos de sangre, como hacían los piratas, los indios pies negros, los cosacos o vaya uno a saber quién. En todo caso dos niños de pantalones cortos, animándose el uno al otro a herirse la palma con un vidrio, pasarlo una y otra vez con mayor decisión y menos miedo, hasta que brotara suficiente líquido rojo y fuera meritorio el apretón de manos, pegajoso y decisivo. - Ja, eras un cagueta, costó un Potosí convencerte. - Anda ¿y tú? Media hora y eso que la ocurrencia fue tuya. Menos mal que no nos dio tétano. - En cambio nació la ―Hermandad del Mutuo Socorro‖, orden digna del temple de la que, no me negarás, te beneficiaste mogollón de veces. - Sí – Mauricio sonríe- siempre me protegiste de quienes me querían pegar. Como eras el más fuerte y grandullón… - Bueno yo no me quejo tampoco: me ayudaste mucho. Mutuo socorro, sinceridad, lealtad, unión, todo eso es todavía el alma de nuestra amistad, hermano. ¡Qué contento me pone tu regreso! – Luis mira sin pestañear, deja correr una devoción de ancho cauce, que fluye desde lejos.


A Mauricio se le seca la boca. - Oye Luis, y hablando de lealtad, hay algo… Un grito transita el barrio rebotando entre los bloques de pisos: -

¡Mauricioo, Luiiiiiiiiiiis! ¡A comer!

-

¿Oyes? ¡Hey! La vieja nos llama, la zampa está en la mesa. Tus canelones. ¡No te quedes como alelado! III

-

Venga, hombre, considéralo como la despedida de los VIPMauricio le llena de vino la copa, hasta el borde.

-

¡Ey! Si ya lo tenía organizado para la semana que viene. Ahí vamos a estar todos- Luis toma la copa con una mano y con la otra deja la chaqueta en el sofá. Se afloja la corbata.

-

Claro, claro y será una farra esdrújula -concede Rubén- pero ésa será la oficial. Aquí y ahora, en mi recién estrenado apartamento, con tan buenos aires- y despliega la mano desde el salón a la terraza y las vistas al Manzanares- tus colegas de ley te vamos a hacer una despedida de soltero como Dios manda.

157


Luis bebe, se ríe. Mira a sus amigos de pie frente a él: Rubén, el Chivo, Adrián y Mauricio. Por fin Mauricio sin esa geta de gravedad, de contento a medias, más animado que toda la banda junta. -

¿Qué estáis tramando, malandrines? Esto no huele bien. Me sacáis del trabajo a esta reunión clandestina…

-

Como cuando hacíamos pellas en el colegio para ventilarnos unas litronas–apunta el Chivo junto al equipo de música.

-

¿Habías quedado hoy con Virginia? – se interesa Mauricio.

-

No, ella está más liada que la pata de un romano. Casi no la veo, entre los preparativos de la boda (aunque mamá es la que se encarga) y los estudios, la pobre no da a basto.

-

¡Rey de bastos, rey de bastos! Así le llamábamos antes al Rubén– vitorea Adrián, ya un poco borracho, mientras Mauricio asiente complacido, la mente en otra cosa.

-

Señores, dura es la vida, siempre pintan bastos. Yo, como monarca sin corona, os invito a hacer lo honores a estos pastelitos de hash que nos ha cocinado Adrián. Espero no haya perdido su toque mágico.

-

¡Joo- der! Ya veo la que me espera. Hoy se va a hacer mañana y mañana a ver quién se levanta a trabajar…


-

Exacto, Luis – retuerce su barba el Chivo- Acá se ha reunido a tutiplén lo más selecto de cada destilería ¿Ron, güisqui, ginebra, vodka, anís, pacharán, sake? Y si el espíritu decae llamo por el móvil a mi camello para que traiga farlopa.

-

¡Buff! ¡Qué pasote! ¿No hablarás en serio? Si no estamos ya para esos trotes…

-

¡Ay, los años, los años! ¡Pero qué viejos estamos ya!- canturrea melodramático Rubén.

-

Venga chaval, que a partir del catorce te van a sobrar días de paz familiar. Esto es una despedida de muchas cosas, como pasar una página en la historia – el Chivo toca una guitarra imaginaria mientras suena AC/DC- un adiós a todo eso, tíos, que ya van a llegar los críos, los bautizos y seremos unos abueletes en menos de lo que se santigua un cura loco.

Está dicho. Se llenan y se vacían las copas, hay repaso de música ochentera, de las anécdotas de adolescencia que ya se sienten fosilizadas, ahora sí ni cómo engañarse. Cambio de piel, pero entre tanto Luis ha arrojado la corbata a un rincón y se lía unos porros con la habilidad que le dio fama. En la terraza Rubén y Mauricio comparten uno. Ruido más distancia de por medio, confabulan. -

Oye ¿Cuándo vamos con el regalito?

159


-

Aguarda un poco, Rubén. Yo sé cómo es él. Si se lo decimos ya, nos aúpa el grito en el cielo y no le va a encontrar gracia. Más priva, los pastelitos, y una vez manso como un cordero no pondrá resistencia.

-

Pero hombre ¿A quién le amarga un dulce? ¿Tú te crees que se va a escandalizar?

-

Seguro, nunca ha formado parte de nuestros rituales. Es algo excepcional, por la ocasión. De todos modos no es el estilo de Luis, y encima como le tiene esa…

-

Voy a hacerle probar otro pastelito, acábate el mai. Y déjame Luis a mí que yo le pongo fino.

-

… esa haka guazú – concluye Mauricio apagando la voz.

Definitivamente Adrián está grogui. El Chivo es de tiros largos y ni ha necesitado probar la cocaína. Luis y Rubén sí, porque a Rubén se le pasó la mano. Mauricio supo disimular algunas caladas falsas y los vasos volcados en la maceta para conservar un resto de control. Pica la coca con el D.N.I. y hace otras líneas largas, generosas. Es el momento y ahora los quiere a todos espabilados. Los nervios le retuercen pero ha decidido que sí, que es imposible vivir con eso, que no le faltará el valor.


-

¡A ver, señores! ¡Ha nevado!

-

Ostias tú, qué pasote… se va acabar el mundo.

-

¿Y la turuta? ¿Dónde está la turuta? – El Chivo busca el billete hecho rollo para esnifar.

-

Un poco más de música ¿no?

Rubén frena la iniciativa, solemne. -

¡Chin, chan! ¡Chan chan! Nada de músicas. Vamos a darle a Luis su regalito.

Ralentizada, la atención se materializa en un silencio eléctrico. Los ojos miran detrás de la sonrisa idiota de Rubén como esperando aparecerse un elefante blanco o algo así. - No veo nada – dice Adrián y dice la verdad. - Toma la turuta, Adri. ¿Qué más hay reservado? –pregunta el Chivo. - ¡Ey! ¿Algo para mí?- y los ojos de Luis brillan igual a los de un niño. Mauricio se coloca de pie, al lado de Rubén frente a los otros desparramados en el sofá. Vistos desde la terraza, por ejemplo, se pensaría en dos actores representando ante el público. 161


- Vamos a traerle al buen Luis una hembra de bandera. La mejor y más puta de todo Madrid. Una que os va a dejar a-le-la-dos. - Bueno, hasta más de lo que estáis, jajajaja. - Un auténtico bombón. - Experta en bailes y habilidades de Oriente. - ¡Eso! Una musmé robada del serrallo del sultán. - El último tiro al aire de Luis. Suficiente para ganar el entusiasmo general. O casi. - Venga, no jodas. Estáis hablando en broma ¿no? - Totalmente en serio, Luis- silabea Mauricio. - ¡Ey¡ En diez días me caso. Amo a Virginia. Ni borracho le voy a hacer algo semejante ¿Queda claro?- los fusila a todos con la dureza del gesto. Silencio. -

Bueno, bueno. Tranqui. Imaginamos que te gustaría.

-

¡Mal imaginado! Pésimo gusto.

Mauricio apacigua:


-

Vale. Pero no te avinagres así. Deja la fiesta continuar – le pega una calada al porro- Supongamos que es la despedida de Adrián, del Chivo, la mía…

-

¿Y la mía por qué no? –protesta Rubén y pone los ojos en blanco.

-

…deja que la chica venga, que baile un poco. Un rollo simbólico. Ni la toques, sólo mira. Por eso no te vas a ir al infierno, San Luis. Hay un rifi-rafe de opiniones. Amoscado, Luis cede por los amigos

quienes le ovacionan con aplausos. - Muy bien, pero esta faena no es mía, ya me corté la coleta – advierte circunspecto. Y justo suena el telefonillo. Mauricio oprime el botón sin preguntar. Anuncia: - Aquí viene la niña. Rubén se precipita en griterío desaforado, un punto de indignación. -

¡Serás capullo! ¡Ya la llamaste! ¡Sin consultarme! ¿Y qué idea tienes tú de la movida Madrid la nuit si vienes de Paraguay? ¿Vas a saber más que el Rey de Bastos, el gran putero? 163


Coro de aprobación. Mauricio aclara: - ¡Eh, eh! Sé lo que me hago. A ver si creéis que me paso las noches viendo el telediario. Tranquis, no os va defraudar. ¡Un poco de confianza! El ruido del ascensor, el repiqueteo de tacones acercándose, producen un mutismo expectante tras las últimas palabras. Se diría que las respiraciones quedan en suspenso y que cierto rictus depredador se apodera del grupo de hombres. Tocan a la puerta unos nudillos delicados. Ante la parálisis de lo demás, Mauricio abre de par en par, la mano temblorosa. En el quicio aparecen unas botas negras, una minifalda de cuero y un escote abierto, imán de la atención general que luego descubre la cabellera negra, la boca pintada y unos ojos donde cabe todo el espanto del mundo. -

¡Virginia! – Luis da un brinco que le eleva un metro sobre el sofá.

Y eso es todo por un dilatado instante. Sorpresa, desconcierto, el tartamudeo de Luis, la copa que se le escapa al Chivo, la mujer petrificada, Adrián se levanta, Rubén se sienta y Mauricio, abotargado

y

satisfecho

–misión

cumplida-

aguarda

acontecimientos. Ronda de miradas hacia Virginia y hacia Mauricio, cuyos ojos se buscan a su vez como se buscan dos navajas. Una carcajada rompe el clímax.


-

¡Amor mío! ¡Nunca te había visto tan guapa y tan sexy! – corre Luis a abrazarla.

La llena de besos, la cubre protector, besa de nuevo la boca rígida, le susurra al oído, la acaricia con ternura. Se vuelve a Mauricio y ríe, ríe con ganas. -

¡Ay, este Mauricio! Jamás cambiarás. ¡Tú y tus bromas!

Y para la galería: - ¡Claro que sí! ¡Éste es el mejor regalo de despedida de soltero! ¡Cómo pude dudar de vosotros! ¡La mejor mujer, sí señor! ¡Excelente elección Mau! Seré gil, cómo pude dejarme tomar el pelo… Ríe Luis, ríe Virginia con habilidad de lagartona y dominio de la situación. Ríen la ocurrencia de Mauricio los amigos en una catarsis con algo de humor y mucho de alivio. Pero Mauricio no ríe. Está plantado ante la pareja, animal bicéfalo, fortaleza inexpugnable. Firme ante la falsa complicidad, al beso en la mejilla de ella –Judas besando a Judas- y las palmadas de Luis, su artificial invitación a celebrar, a hacer verosímil la broma. A Mauricio le pica la palma derecha donde una vieja cicatriz se borra mientras mantiene la mirada del amigo, al desesperanzado encuentro de una zona remota que fue terreno compartido de niños. 165


Y lee, por encima de la pátina de euforia, que aquella antigua hermandad ha muerto aquí y ahora. Y, sobre todo, que en la boda, su presencia ya no será requerida.


Micaela Óscar Álvarez

El olor a primavera venía de lejos, más allá de los parques, del límite de la ciudad con los campos. Eso era lo que posiblemente despertó a Micaela temprano y la tuvo inquieta. Recorría la sala un par de veces para seguir luego hacia las alcobas cerradas. Arrimaba entonces la oreja a las puertas. Sólo respiraciones regulares y un ronquido en la habitación de los padres. Regresaba a la sala con sus cortos pasos, se tumbaba unos minutos, bajaba la cabeza y la volvía a levantar, alerta a los sonidos familiares. Nada y se impacientaba. Hacía la ronda de nuevo con igual resultado. Desde el balcón vio inaugurarse la mañana en un estremecimiento de trinar de pájaros y el viento tibio que cimbreaba los árboles alineados calle abajo. Abejorros zumbando sobre los tiestos de gardenias y mariposas que no se podían atrapar. Bailaban también esas otras señales inasibles de vida. Como la misma vida que crecía en su vientre, ya intuida. Pero por lo pronto ningún movimiento en la casa y esto le dio a entender que iba a ser uno de los días buenos. Días largos llenos de voces, de atenciones efímeras y doble ración de una compañía que ahora buscaba tanto. Aún, contra la soledad de su alfombrilla, esperaba. 167


Los primeros en levantarse fueron los niños y Micaela casi pegó un brinco al compás de su corazón. Pasaron corriendo frente a la sala donde los daba zalamera los buenos días. La mano del más pequeño la rozó en caricia rauda, de su cabeza al comienzo de la espalda. -

¡Hola Micaela!

Y alcanzó al hermano en la cocina. Micaela fue detrás para verlos pelear por el cereal favorito de la semana. Quiso unirse al juego de forcejeos y gritos, ya se apoyaba en el taburete, curioseando encima de la mesa. - ¡Mama! ¡Mamaaaaaaaaaá! ¡Jorge no me deja desayunar! Apareció la madre. Una bata azul, el pelo en desorden, arrugas prematuras que la empujaban edad adentro. Micaela la recibió mimosa. Ella la apartó levemente y se concentró en lo inmediato: encender el primer cigarrillo de la mañana y poner orden. Colocó los platos, sacó la leche y el yogur, sirvió a los niños, disputando su cuidado con maniobras sutiles. También estaba Micaela, pero nadie parecía verla. Se alzó a duras penas hasta la mesa. Sus ojos brillaban como dos luceros. -

Ven Micaela, no estorbes- dijo la madre al sentir su contacto.

La llevó a la terraza y cerró la puerta corredera. Micaela se quedó observando tras el cristal lo que sucedía en el interior de la casa. Y lo


que sucedió es que al cabo se hizo presente el padre y la familia entera se dispuso a desayunar, un ritual del que sólo podía ser espectadora. Avanzó la mañana. Unos iban y otros venían. Cambiaron las ropas bajo el pelo mojado. La madre y el padre guardaban cosas en unas bolsas. Todo pretendía anunciar una excursión y de imaginarlo sintió el escalofrío de dicha transitar por su cuerpo. Una duda la mantuvo tensa: ¿la incluirían a ella? ¿La llevaban o la dejaban? No era consciente de la situación, cómo podía serlo y cómo podía ser de otro modo, pero su existencia entera se centraba en ellos. Ellos a veces la hacían caso y a veces no. Últimamente muy poco o quizás estaba más sensible. ¿Tendría suerte esa mañana de tanta luz y promesas en el aire? Reconocía el cajón donde estaban sus cosas y en esos instantes sólo respiraba pendiente de la señal, de una mano sobre el cajón. La de los niños o, generalmente, la del padre. El padre había salido por la puerta lo cual no daba demasiadas esperanzas. Quizás los niños… Se esforzó por llamar la atención, un buen alboroto. Finalmente la madre sacó sus cosas del cajón, abrió el balcón y le buscó el cuello. Exasperada por su nerviosismo la regañó: - ¡Basta, Mica! Quieta. Y la condujo a la puerta del ascensor junto a los niños, quienes cargaban con las bolsas y el balón. Aquéllo era felicidad.

169


El auto dejó atrás la ciudad áspera de ruido y humo que le provocaba náuseas. Con el perfil en lontananza de las montañas le vino más puro el olor de la primavera. Para impregnarse de él y recibir a pleno el aire de libertad, Micaela asomaba media cabeza por la ventanilla. Constantemente acudían cosas extrañas a excitarle la atención, pero sabía que era preferible mantenerse calma y no alborotar. A ratos se agitaba por algo, si bien se diría que trataba de disimularlo. A su lado los niños jugaban abstraídos con una pequeña computadora, cuyas luces y pitidos cautivaron la mirada volátil de Micaela. Los padres estaban adelante sin cruzar palabra. El chico mayor rompió el silencio. -

¿Nos quedaremos a dormir en casa del tío Roberto, papá?

Fue la madre quien respondió, girándose para tenerlos cerca. -

Sólo vamos a comer y regresamos en la noche. Mañana os quiero ver estudiar los exámenes finales.

Hubo un conato de rebelión en la parte de atrás del auto al que Micaela se sumó festiva. Conato reprimido más efectivamente por la mirada admonitoria de la madre que por un breve discurso del padre, recuerdo de las vacaciones en la playa como premio a las buenas notas y la cantaleta habitual. La charla no daba para mucho y en todo caso ya llegaban al chalet del tío Roberto. Bienvenida de abrazos, cordialidad, risas, un bálsamo afectivo en el cual Micaela exigía su


parte, metiéndose entre las piernas, trepándose a las cinturas, solícita del cariño de ocasión. La pradera contigua a la casa la asociaba a tardes de carreras con los niños y el balón, a pedazos de carne que le caían desde la mesa, a la presencia de seres que le tenían ganada la confianza, aceptándolos de algún modo indefinido como extensión de la familia. Conocía, pues, las costumbres y aguardó tumbada en su rincón, a unos metros de la mesa donde todos comían. En su rincón y muy pendiente. Los niños, los suyos y los otros, le arrojaban sobras por verla atraparlas al vuelo hasta que alguno de los padres le ponía fin al asunto. Después los niños, los suyos y los otros, comenzaban con el balón. Micaela no pudo evitar las ganas de unirse, aunque malamente aguantó tres carreras. Se sentía pesada y su instinto le aconsejaba reposo. Con la lengua se lamió las ubres. Las sentía hincharse y en el vientre un burbujear, la provocación de otro temblor de alegría. Miró a su familia, era bueno estar unidos ahora que pronto serían más. Sobre la mesa las dos parejas de adultos jugaban a las cartas. En una pausa entre partidas la mujer del tío Roberto trajo un álbum de fotos. Deseaba ilustrar cómo había progresado el jardín, colmándose de árboles y macizos florales. Brillaron testimonios de antiguas reuniones, el tío Roberto sin bigote entonces, el césped ralo, cortes de pelo irrepetibles, el porche a medio terminar, los primeros brotes del manzano, y todos los niños más chicos.

171


-

Mira ésta –le dijo la mujer a la madre- Fue la primera vez que trajisteis a la Mica. Era sólo un cachorro. Me acuerdo que aquél día el Tim no sabía dónde meterse. Ella era muy traviesa y no paraba de morderle. Pobre Tim, estaba muy viejo ya.

-

Y aquí – señaló la madre- Pilarcita con su traje de primera comunión. Qué guapa. Ese día fue memorable, lástima la lluvia.

-

Y aquí…

-

Y aquí…

Una sensiblera combinación de imágenes y evocaciones atrapó a las mujeres. Los maridos fueron por más cervezas al frigo. Al pasar al lado de la perra dormida, el padre aprovechó para preguntarle a tío Roberto: -

¿Qué decide Pilar al fin?

-

Inconmovible. Tu cuñada no quiere tener otro perro en la casa. He tratado con los vecinos, nada.

El padre se encogió de hombros. ―Está bien‖, dijo, y retomó la apasionante charla de fútbol. Después, al término de una última partida de cartas hizo señas a la madre. Ella asintió.


-

Vamos a dar esa vuelta. Regresamos en un santiamén – explicó el padre.

Un silencio cómplice les despidió. Se acercaron al coche, llamaron a Micaela. La perra despertaba de su siesta agitando el cuerpo en un gracioso torbellino de cola y orejas largas, celebrando de antemano con dos ladridos cualquier propuesta. Los niños, absortos en su final de penaltis, no prestaron atención; sabían que no era la hora de irse. Sólo el pequeño se les acercó. -

Papá ¿Adónde vais?

-

A pasear a Micaela. Enseguida venimos.

-

¿Puedo ir con vosotros?

Oportuna, tía Pilar acudió en apoyo: - Tú te quedas ayudándome en el jardín, hombrecito. -

Tened cuidado que no se os haga tarde. Esas carreteras del

monte son malas en la oscuridad. Muy retorcidas- les previno el tío Roberto.

Subir, bajar, da igual la hora, es siempre bueno. Moverse en el coche de un lado a otro, nuevas sorpresas. O regresar a casa. Siempre es bueno. A Micaela le preocupa únicamente la ausencia de los niños, 173


los suyos, no los otros. Comienza a ladrar para advertir a los padres de su descuido: si se marchaban, debían estar los cinco dentro. -

Calla, Mica, calla.

Micaela hunde el hocico en el asiento, pero la ansiedad no calla. -

Qué ganas de acabar con esto. Me tiene enferma desde el miércoles- se queja amarga la madre.

-

Tranquila. Estuvo un tiempo con nosotros. Estuvo bien cuidada dos años, comió cada día, jugó con los chicos... Le pusimos sus vacunas. Ahora se buscará la vida sola, eso es todo.

-

Sí, es verdad. La hemos tratado muy bien. Le pusimos todas las vacunas y el dineral que ha costado tu caprichito.

-

Lo hice por los niños, mujer ¿Y la ilusión que les dio tener una mascota? Recuerda cómo envidiaban el bóxer de los del sexto.

-

Para lo que les duró- ella vuelve la cabeza agraviada- Ya te digo, hay que andar encima de ellos. Siempre les falta tiempo para sacarla a la calle o bañarla. Y quien acaba haciendo todo el trabajo soy yo. ¡Ni que me faltara!


El padre echa un vistazo al espejo retrovisor. Le trae la imagen de Micaela, ovillada, las orejas tiesas, los ojitos atentos como si entendiese. Pero no, no es capaz de entender. Vaya tontería. -

No podemos tenerla ni un día más, menos con las vacaciones en puerta. Es que es un estorbo en un piso, de verdad. Y encima preñada ¿Qué íbamos a hacer con los cachorros, eh? Nadie los querría. Si al menos fueran de raza. Pero ni eso.

-

Que sí, cielo, que tienes razón. Ya lo discutimos y llegamos a un acuerdo – el padre le pasa la mano por el brazo a la madre en lo que intenta ser una conciliación definitiva- ¿Ves?, estamos aquí. Ya vamos a solucionar el problema.

-

No, si lo que me preocupa es qué le contaremos a los niños.

-

Pues lo que pensamos: Micaela se escapó, la estuvimos llamando pero no hizo caso, no quiso venir. La llamada de la naturaleza fue más fuerte, los animales salvajes, esas cosas que aprenden en la escuela – el padre suena categórico y limpio- No te preocupes, lo entenderán a la perfección. Verás que el disgusto no supera la semana, yo los conozco bien.

-

Y con las vacaciones en la playa…

175


-

Eso es – el padre reduce velocidad – dos semanas en la playa. Van a estar fabulosas.

El auto se detiene sobre la cuneta. El padre le da un beso en la frente a la madre. No te preocupes- le dice- quédate aquí, yo me encargo. Un resorte levanta a Micaela del asiento cuando nota la puerta trasera abrirse. Su vago barrunto de inquietud se esfuma al ver al padre con una sonrisa en el rostro y la pequeña pelota en la mano. Escucha su nombre como una música. -

Micaela, ven bonita.

Y la perra baja. No tiene ganas de jugar, pero si el padre quiere... El padre tira la pelota a unos metros. Micaela la sigue con sus pasos cortos y obediente la devuelve. - Buena chica ¡Ve! La pelota vuela a mayor distancia esta vez y tarda en descubrirla entre los cardos. Mientras la apresa oye el ruido del motor. Corre hacia el auto que se aleja, absurdamente se aleja de ella. Sigue corriendo hasta que no es sino un destello metálico en el horizonte, inalcanzable. El desajuste la paraliza. Hay en el desajuste miedo y pasmo. Jamás la habían dejado sola en un lugar desconocido. Regresarán, eso lo sabe, porque su pequeño


cerebro no concibe el abandono. Al poco ve aproximarse el auto y su corazón canta. Le sale al paso, ¡aquí estoy!, avisa con el agitar de su cola, y suena un chirrido horrible. Y luego una voz amenazante y extraña: -¡Estúpido animal! ¡Quítate de en medio! El auto la esquiva y continúa camino sin ella. Le hiere en el vientre- donde crece la vida- la punzada de la angustia. Sentada sobre el asfalto, temblorosa, con la vista fija en el punto en el que vio desaparecer su mundo, espera las horas. Y cae la noche como cae la pelota de la boca de Micaela para dejar espacio a un gañido inconsolable.

177


Vuelo de alas rotas Óscar Álvarez

Je est un autre. Si le cuivre s’éveille clairon, il n’y a rien de sa faute. A. Rimbaud No hay nada como verla a ella, por supuesto. Pero el otro momento del día que más disfruto es cuando me harto de los paseos y entro en mi pieza a escuchar la vitrola. Una Polidor, fabricada allá por los fines de la década del 20, en aquella Alemania donde todavía vibraban los años locos mientras Hitler ya iba preparando los suyos. Quién sabe si alguna vez sonó en Berlín, probablemente la embarcaron directo hacia América, una valija más del equipaje de cualquier emigrante, o como mercancía apilada junto a idénticas compañeras. Para mí es especial e irrepetible. Yo la descubrí en un mercadillo bajo la sombra de la catedral de Montevideo. El vendedor alababa su buen estado mientras debió calcular un precio a tono con mi cara de ignorante. Su única propietaria, dijo, fue una anciana que se la había vendido recién. Observé maravillado el girar de la manivela, la colocación de la púa, la calidad del sonido levemente gangoso, preguntándome por qué. Por qué después de una vida de compañía, los bailes de 179


juventud, los atardeceres en un salón encantado con las viejas músicas y las memorias sin cuento. ¿Habría tenido urgencia de dinero? ¿O la separación no fue dolorosa como mi romanticismo me sugería, sólo un trasto lleno de polvo y arrinconado, útil al cabo de tanto tiempo por unos pesos? Soy un poco raro, lo sé. Para mí los objetos se cargan de los sentimientos que inspiran hasta casi empezar a sentirlos de puro almacenarlos. Y quise rescatarla de su abandono. Lo cierto es que nunca supe que necesitaba una vitrola hasta tenerla enfrente. Así es el amor, a primera vista. O no es. Guardo apenas una docena de discos de pasta. Escaso repertorio, pero no me cansa escuchar las canciones de esas épocas, Summertime, de Billie Holiday o Chloé de Ellington. Especialmente los Demonios da Garoa con su Iracema, pues siento debilidad por los amores funestos. Ahí estoy yo y ahí está ella, es otra forma de verla, como las citas en el centro de jardín. Ahora me la imagino asomada a la ventana, ajena, en la habitación de su ala, a lo mejor le llega la música, aunque no me hago ilusiones, ni siquiera intuirá que suena en su honor. Sólo me consuela el retrato junto a la mesita y lo miro y la miro y escucho la música. No habrá magia, no vendrá hasta aquí. Infalible, en cambio, el amontonamiento de cabezas ante el quicio de mi puerta cada atardecer cuando le doy manija a la vitrola. Pobres, saben de ternura a su manera, a pesar de tantas reacciones impertinentes. Su presencia resulta un fastidio, cómo negarlo.


Arruinan mis fantasías pero los dejo estar. Ya me habitué a la paradoja; aquí estamos todos solos y la soledad no existe.

Las noches insomnes me dan un algo de claridad y miro dentro de mí. Por desgracia el silencio se llena de agujeros. Hay vorágine de gritos, llantos o risas, ululares fúnebres y las previsibles carreras de los celadores fustigando los pasillos. No puedo quejarme, yo lo elegí, soy el único que libremente eligió esto. Aunque vaya uno a saber. No lo digo por ellos, lo digo por mí. O viceversa, de un tiempo a esta parte la confusión gana terreno. La primera vez… la primera vez fue siniestra: un portón metálico descorrió sus cerrojos para darme paso. El portón se condenó a mi espalda y la vuelta de los cerrojos sonó como a lamento, ―abandonad toda esperanza....‖. Por delante un pasillo y otro portón con mirilla y más cerrojos. Entré con la bata blanca, estudiante de enfermería y, por tanto, con boleto de salida. No hubiera elegido para las prácticas yo el pabellón de enfermos psiquiátricos, desde luego y de haber podido elegir. Aquellos días se me hicieron duros hasta el límite del sufrimiento. Traspasas la segunda puerta y te caen esas caras tan de golpe, caras perdidas, ojos que se posan en ti y ven otra cosa, gestos que expresan lo que jamás debería expresarse. El mundo de los locos. Y no es fácil sobrellevarlo si eres un poco sensible. Cómete tus sentimientos, aquí no ayudan, me aconsejaron los veteranos.

181


En algún momento, debió ser una tarde a mediados del primer mes, la vi. Me pareció un ensueño al vértice de la pesadilla. En realidad yo la había visto toda la vida, antes de nacer incluso, pero no sospeché que existiera. Paseaba lenta, los labios ensayando una sonrisa, el pelo claro en trenzas, la palma derecha abierta, apoyada junto al vientre, simulaba una canasta de la que la otra mano recogía algo y lo dejaba caer dulcemente, como alfombrando las baldosas con flores invisibles. Se me ocurrió eso porque tenía el aspecto justo de una alegoría de la Primavera. Pasó frente a mi, boquiabierto a un metro escaso del ideal imposible, y creí que avanzaría sin verme pero me ofreció ¿una flor? y amplió su sonrisa antes de perderse en el cruce de pasillos. Mis pies habían echado raíces. No pude seguirla. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo dar crédito a un loco? De un modo u otro lo soy, debo hacerme a la idea. No por tanto tiempo interno ya, o por el historial médico que lo certifica, sino por mi decisión. Me arrepiento de a ratos. No, no me arrepiento, no quise decir eso. No quise decir eso. Si esta vida es un martirio peor hubiera sido estar afuera después de verla. Digamos, ¿me creerán?, que hay mujeres, simples mujeres, y hay ciertas mujeres cuya hermosura conmueve. Pero hay una sola mujer para un solo hombre (y no siempre), quien la buscará sin éxito hasta claudicar ante otra que se le cruzó en el camino, cuando el valor, las fuerzas o la esperanza se le gastaron. Es el gran espejismo del amor. Por eso me siento afortunado. Yo la encontré y la reconocí en el acto, estaba escrito en mi sangre y en mi


piel. Yo la encontré y sólo fue un poco triste hallarla dentro de un manicomio.

Esta mañana plomiza le quita a cualquiera las fuerzas de salir de la cama. Paciencia, inevitable el rito del desayuno, ir al comedor cuando toca la campana, sin ganas, porque estará todo el carnaval de desvaríos, las escenas delirantes de siempre, pero no estará ella. Ella regalando sus orquídeas sobre el café y los tristes tostados en la mañana anodina y fría cuya extensión son las paredes del hospital, regalando cariño a sus compañeros del pabellón de al lado, otra colección de idiotas incapaces de apreciar la suerte de tener un ángel entre ellos. ¡Cuánto daría yo por que me trasladaran allí! ¡Cuánto lo he rogado! Y al doctor le parece una gracia, se ahoga en carcajadas jura que no hay tal pabellón. El recurso cómodo: tratarnos invariablemente como locos, da igual si tenemos razón. Luciano se pone la taza sobre la cabeza y muge y el café nos salpica, mientras Fabio cumple la obligación matutina de regar la planta de plástico con su orín y Bertita canta ópera a voz en cuello. La pobre no tiene oído ni para el arroz pero Simón le aplaude entusiasta. Los celadores acechan desde las esquinas. No harán nada si seguimos desayunando como de costumbre. Yo no puedo con la forma de comer de Mariana, me dan arcadas y me viene de nuevo esta tos que no se va sino se vuelve más fuerte y me parte por dentro. Al acabar 183


el celador gordo se acerca con la silla de ruedas, yo me enojo, él insiste en tratarme como si fuera una abuelita, igual que el resto, tarados o no. Bien soy capaz de andar sólo aunque no voy a discutir, me dejo hacer, cuanto menos hable mejor, qué se puede esperar de nadie si los mismos encargados de cuidarnos disfrutan con estas bromas crueles.

Espero a ver si calienta un poco el sol y nos dan permiso hoy para salir al patio. O me dan permiso a mí, pues últimamente con la excusa de la salud pretenden dejarme dentro. Yo me pongo ropa hasta sudar y entonces sí porfío a gritos. La única motivación de esta mezquina existencia es contemplarla a ella, quietita en el centro del jardín, como una diosa que se sabe adorada y me sonríe coqueta. Entretanto a ver la televisión que no les emboba a todos, esos berrinches, santa paciencia. ¿Por qué no aplican sedantes más a menudo? A los doctores les entretiene el espectáculo, no hay duda. Yo a veces hablo con Ariel, le gusta tanto oír cómo supe fingir, cómo engañé a las batas blancas y conseguí quedarme en el pabellón por amor. Le hablo de su belleza, de nuestra pasión secreta, de sacrificios acres y recompensas sutiles. O le cuento del mundo de afuera, de cada cosa que vi cuando era estudiante y viajaba. No sé si me entienda, eso sí, escucha atento lo mismo. Solo que hoy no abro la boca. Me siento muy deprimido, me prohibieron de vuelta pasear por el jardín. Al menos aún me quedan mi vitrola e Iracema.


-

Ni pensarlo. No puedo permitirle ir al patio, un mal aire y sus pulmones colapsan. Su estado es crítico, compréndalo.

El mismísimo director se digna a visitarme después de tres días sin probar bocado para escándalo general del pabellón. Sus argumentos no me van a convencer, estoy seguro de que lo sabe. Como yo sé que acabará cediendo. Tiene que ceder. -

Coma un poco, por favor. Deje esa terquedad y coma. Está muy débil. ¡Por el amor de Dios!

Yo sólo tengo un amor y por él lucho. ¿Qué me importa el resto? No se lo voy a explicar, no rompo mi silencio, me hace más fuerte. - ¿Quiere obligarme a administrarle suero…? Con las muñecas atadas a la cama, muy bien, y bueno, el suero no será suficiente para mantenerme vivo por mucho. Así que espero se de cuenta de que no tiene otra alternativa que pactar. El director pasea por la pieza y rezonga, ganando tiempo, haciendo cálculos. Días más, días menos se dirá, busca la fórmula ideal para tranquilizar su conciencia, su juramento hipocrático, claro, claro, se sube las gafas a la cabeza pelada, se frota los ojos, respira como oliendo la muerte y el camino por donde avanza. A mí el pecho me tiembla, sube el picor a la garganta y la tos está por desbocarse como un caballo en la tormenta. También soy más fuerte y me la aguantaré hasta que se

185


marche, no vaya a venir con más flemas de sangre y entonces no, entonces seguro no. Ariel se acerca a la cama extendiéndome con sus bracitos cortos el tazón de su propia sopa, pobrecillo, por los ojos se escapa la preocupación, como si intuyera la gravedad del asunto. ¿Qué le rondará por la cabeza? Nunca lo sabré, azaroso caminar por tales laberintos. Me mira muy fijo, como un gatito, suplicando, casi del mismo modo que cuando pide por infinita vez que gire la manija y ponga otro disco en la vitrola. Me emociona, lo confieso. Y me duele tanto por él negarme a esa cuchara junto a mi boca. -

Está bien, usted gana –gruñe el director- sólo le pido que se abrigue lo suficiente y nunca más de media hora de recreo.

Sale por la puerta con alborotos de bata y estetoscopio, no sin antes desprenderse de la culpa en un fruncir de semblante y un puño que se agita: - ¡Usted lo ha querido! Invierno y cielo gris, césped moribundo y un circo de árboles desnudos justo al centro del patio. Es aún nuestro Jardín de las Hespérides, no importa el abandono amargo. En la rotonda los adoquines frenan con sus cantos las ruedas y Ariel resopla esforzándose por empujar.


-

Gracias, compadrito, aquí estoy bien, puedes dejarme.

Intenta acercar la silla más a la fuente, sin embargo tiene la batalla perdida. Le hago señas, todo bien Ariel, aquí nomás, ve a pasear con Mariana o Simón, yo me quedo con ella, como siempre. Da unos pasos atrás, no quiere irse y permanece a mis espaldas, estatua silenciosa, lo mismo que ella, congelada en su gesto predilecto y mirándome, mirándome con cariño. Le tiendo entero mi ser en ese puente de flores imaginarias, de nenúfares, gardenias y azahares, de cuerpos que no se tocan y almas fundiéndose y me dejo llevar por nuestro modo de sentirnos. También pienso con rabia en la traición del destino, este encuentro entre cuatro muros y un mundo enfermo. ¡Qué felices habríamos sido juntos afuera, libres de puertas y cerrojos y horarios y muros! Es tan hermosa… y tan injusto que no hubiera tenido a nadie para admirarla, para amarla, a ella solita, marchitándose en esta prisión de los sueños, donde todo es ajeno y nadie ve. Siquiera estoy yo, princesa mía, ven, escapa de tu inmovilidad, acércate que no puedo yo, regálame tus flores, no te asustes de la tos que me quiebra, súbete conmigo a esas golondrinas danzando en la brisa y volemos lejos, aún nos queda la vida, mi vida…

- ¿Cómo era? La traté poco. 187


- Mmmmm, no daba mucho la lata, de a ratos no podía con su genio, pero siguiéndole la corriente ni la sentías, tira de la otra esquina de la sábana, se trabó, así, del tipo autista ya sabes. Ariel, vete al salón, no estorbes, se ha ido, no está más. Vete, pídele a Pedro un caramelo de menta. Vete, uff. - ¿Y este retrato? - Ella de joven. Sí, sí, una mujer realmente linda. Aunque se pasó interna casi desde la adolescencia, yo la conocí mayor. Llévate también la almohada. Ya ni recibía visitas de los parientes y eso y la edad le agudizaron las manías. La pasaba obsesionada por bajar al patio y estar frente a la virgen hablándole las horas, una santa beata. Y bueno, nos toca soportar aquí cosas peores ¿verdad? Oye, ¿hay fiesta o no en casa de Silvana? Mira que el viernes libro. - Confirmadísimo. Otra buena noticia: vienen Mara y su amiga. Listo, ya acabamos ¿Éstas eran todas sus pertenencias? - A ver, la ropa, la margarita de papel, la foto, los discos rallados y la vitrola. Sí, es todo cuanto tenía la vieja. -¿Qué hago con ello? -¿Y qué vas a hacer? Tíralo a la basura.


Vuestros ojos serán abiertos Óscar Álvarez

De tanto en tanto me pica la curiosidad y vuelvo a espiarlos. Venteo con la lengua y ágilmente me deslizo hacia las ramas más altas, donde asomo la cabeza entre la hojarasca. Los descubro en su lugar favorito, criaturas sin maldad tumbadas en el playón del río, emborrachándose

de

sol

y

de

una

sensualidad

inocente,

desperdiciada. Me figuro que el Dictador también los vigila satisfecho. Satisfecho por el momento, vamos a ver si le dura esta vez, al fin y al cabo él no es sino un niño grande, malcriado y antojadizo. Y lo peor, con poder. Sabe que lo sé, desde luego, presume no sin razón de saberlo todo. Pero su soberbia le ciega y ni adivina cuánta lástima me da. Reflexiono. ¿Qué esperará de mí? Ha creado un nuevo escenario para un nuevo juego. Eso creo. Aunque me he tomado la molestia de adoptar el aspecto de la más humilde de las comparsas de este reparto, ya estará al corriente. Pretende ignorarme, desliza una provocación. Calma, también yo fingiré no ver a sus guardianes, antiguos colegas, torpemente escondidos en el bosque, ávidos de sorprender la mínima trasgresión y entonces volar a su lado con un escalofrío voluptuoso a contárselo todo. Seres serviles sin cerebro, 189


así le gustan. Y recordar que yo... Pero yo no podía consentir aquel orden rígido que, si te detenías a analizarlo un poco, si osabas pensar (¿estaba prohibido pensar?), carecía de sentido. Oír al Dictador tanto tiempo – y era una eternidad- la enumeración de leyes, la manera oportuna de hacer y experimentar cada cosa, ordenar su mundo privado conformando una utopía enervante, empalagosa, hueca ¿quién lo soporta? Una comunidad de seres castrados, con libertad absoluta e infinitas posibilidades para la nada. ¿Acaso no me nombró –no soy- el portador del Conocimiento? En verdad quise aconsejarle, sugerirle, ingenuo de mí hablarle a la pared, al muro hierático que sonríe benignamente con la boca, nunca con los ojos. Y de pronto todo fue drama y traición, revuelta más imaginaria que real, castigo y expulsión. El Dictador te lo da, el Dictador te lo quita. ¡Bah! Nos hubiéramos ido solos. El estigma no es un mérito nuestro, sino una proyección suya.

Bajo del árbol, me arrastro sigilosamente entre las hierbas altas – cuestión de seguir el juego- despacito hacia a la pareja. Quiero estudiarlos de cerca. Al pasar junto a una planta de flores admirables y perfumadas pero llena de espinas –qué metáfora magistral ha imaginado para mirarse en ella- me asalta la vieja duda. Uno tiene su dignidad, uno tiene su vanidad. Sin embargo sospecho con frecuencia que ni siquiera mi acto libre de protesta, mi autoafirmación como ser, realmente fue libre. El episodio era


también juego. Crear y destruir y crear de nuevo para volver a destruir, bonita forma de entretenerse. El Dictador había calculado el asunto: hacerme su mano derecha, subirme tan alto, concederme el Conocimiento y aguardar, saborear la espera, aquello que no podía suceder de otra forma. Luego la ofensa, las grandes palabras, la tragedia –ama la tragedia- y desbaratarlo todo en un clímax de gozo, alivio de tanta rutina y manso aburrimiento. De paso señalar al enemigo, un ejemplo de lo que el Dictador no es ni deben ser los que le sigan, el blanco es más blanco frente al negro. No hay otros colores, para él su mundo -sus mundos- se dividen invariablemente en buenos y malos. Lo lleva dentro, son sus dos caras. Pero ahora me tiene a mí de coartada, el ejecutor de los trabajos sucios. Me desprecia y me necesita. Porque yo sé que sigo siendo su preferido, el mejor adversario en los juegos. Lo admito, de a ratos incluso yo me divierto, aunque tengamos ese mal perder.

Están juntos y no se tocan, ni siquiera con el pensamiento. Pasan las nubes por el cielo. La mujer se levanta, estira perezosa su cuerpo desnudo. Es agradable a la vista, de caderas redondas y cabellos dorados como el sol poniente. El hombre la mira con una sonrisa que no significa nada particular, de modo semejante mira las plantas del jardín, los frutales, los animales, el cielo azul. Desconocen la pasión, leche y miel corren por sus venas, sólo los guía el abandono a una complacencia estéril, sin ambiciones ni horizontes. Conozco el 191


esquema. ¡Qué falta de originalidad! La mujer toma en brazos un animal blando y el hombre lo nombra. La mujer señala algo que mi punto de vista no alcanza y el hombre dice otra cosa. Pasan las nubes por el cielo. La mujer recoge flores y se adorna los cabellos, canta como las aves cantan, el hombre trae frutos. Comen. Beben de los cuatro ríos. Y luego nada. Pasan las nubes por el cielo. Hermoso escenario, hermosa pantomima de la vida sin vida. Todo hermoso, precario e inútil. Pero ¡atención! Siento su voz acercándose desde el huerto. Mejor será esconderse, una discreta retirada en zig-zag, por si acaso aún no me descubrieron (me gusta engañarme). El Dictador entra en escena. Imponente, tan paternal, tan sonrisa y barba blanca. ¡Clap, clap, clap! Llega dispuesto a estrangularlos con el cordón umbilical. No puedo escucharle porque justo ahora los guardianes caminan en torno mío recitando puerilidades con su voz aflautada. Poco importa, adivino su parlamento en los gestos histriónicos. El abrazo: ¿os encontráis dichosos aquí, queridos míos, no gozáis de este fabuloso lugar? El dedo admonitorio: esto se hace, esto no se hace. Y después el mismo dedo señala mi escondrijo: no os juntéis con las malas compañías, o algo por el estilo. Pronto recibiré visitas, fácil intuirlo. O quizás me equivoque. A saber de qué pasta están hechos estos dos. Pero de seguro los querrá poner a prueba; la prohibición carga implícita la invitación.


Pasan las nubes por el cielo, la monotonía plagiándose a sí misma hasta la náusea. Estamos en un compás de espera y no seré yo quien mueva la ficha. No. Me irrita la encerrona que ha preparado. Es astuto. Es atroz. Sólo me deja dos opciones: traicionar mis principios o provocar un daño. Y yo sí conozco la piedad. Cómo desearía no haber venido, cuántas ganas de esfumarme, abandonar la partida aunque igual se apunte el tanto. Tarde, ya mi natural me juega en contra. El hombre, ser amaestrado, holgazanea junto al rumor de las aguas. Ella, sin embargo, huele las flores, examina plantas y animales con un interés donde se esconde otra cosa. Presiento en el artificio de la mujer una esencia distinta, un prometedor indicio de sabiduría. Bien puedo ver que se mueve en círculos pero piensa en línea recta. No hablo por metáforas: sus paseos al azar dibujan una órbita, cada día más cerrada, cuyo centro soy yo. Finalmente me habla y el acento es dulce y halaga. Oídos sordos, mientras gano tiempo para resolver el conflicto moral. La mujer pregunta, pide consejo con los ojos, sonríe. Domina el arte de la seducción tanto como yo. Resulta imposible no tenerle simpatía. Acaba por convencerme. Le entrego el don, sí. Pese a todo merecen la oportunidad de no ser simples marionetas. Entonces ella salta y hace gestos al hombre para que se acerque. Viene sin ganas, parapetado tras su recelo. -¿No es un fruto venenoso? ¿Estás segura Eva? – cuestiona el hombre a la mujer con eco de reproche.

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Ella me clava su mirada azul esperando le anime en lo que ya es su determinación. Y repito: -Ciertamente no moriréis. Es que Dios sabe que cuando comáis de él vuestros ojos serán abiertos y seréis como Dios, conociendo el Bien y el Mal. Y no puedo evitar emocionarme un poco. Sentir alegría y también tristeza por estas dos criaturas que ahora empiezan a vivir con voluntad propia. Sobre quienes el castigo se cierne, pues en breve se verán expulsados del sueño de otro, bajo lluvia de maldiciones concebidas de antemano y amenazas, seguro así les duele más la pérdida. Pobres huérfanos, que recordarán generación tras generación hasta el fin de su raza los preceptos de un padre ausente, con la esperanza de recibir el perdón, el retorno a su paraíso quimérico y circunstancial. Vana esperanza, porque el Dictador se habrá olvidado para siempre de ellos y estará muy lejos, en otros mundos y otros juegos.


Cuentos Solidarios 2010 - Líneas sin sombra  

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