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Maqueta para el proyecto final del Máster en Álbum Infantil Ilustrado Mentora: Ana Garralón ©Mary Anne Ellis ellis.maryanne@gmail.com www.maryanneellis.com


¡Farafarachín! ...Viene la mascarada Por Mary Anne Ellis


A la salida de la escuela, Santiago y Valeria se quedaron en la plaza para la mejenga. Alejandro pasó a visitar a su abuelito. Elena fue por pan a la pulpe. Pero Ana tenía pinta de que se traía algo entre manos y sus amigos no tenían ni idea.


Iba ilusionada para donde Chucho. AsĂ­ le dice todo el mundo a don Pablo, el mascarero. Ana lo visita en su taller siempre que puede. Le encanta verlo trabajar, explorar por los rincones donde hay miles de tiliches y curiosidades, y escuchar sus historias de la gente de antes y las leyendas que inspiran sus personajes.


- ¡Hola, ya llegué! - anunció Ana - Estoy lista para comenzar. - Eso chiquilla, venite por acá entonces y te acomodamos una mesa. - ¡Voy a hacer un diablillo… y le pondré cachos de toro, para que dé miedo!- agregó Ana. - El Cuijen, le decían los abuelos… Ese es un infaltable en las mascaradas. - ¡Qué emoción, falta solo un mes para las fiestas! - ¿Vas a llevar vejiga? Por allá tengo secando unas de chancho. - Uy sí, me daré gusto correteando a mis amigos… ¡Ya le veo la cara a Elena, que fijo no se lo espera!- dijo Ana con una risilla traviesa.


Ana trabajó al menos por un ratito casi todos los días, luego de ir a la escuela. La primera semana disfrutó la sensación de la arcilla fría al moldearla y poco a poco iba descubriendo al personaje que ella misma formaba. Durante toda la semana siguiente tuvo que armarse de paciencia al empapelarlo capa tras capa y esperar a que secara.


La tercera semana, la máscara estaba lista para pintar. Fue más trabajo de lo que pensaba, pero Ana disfrutó mucho cada paso de lo que había hecho. - Ahora sólo falta ponerle el armazón - indicó Ana satisfecha. - Podés usar esta banquita plástica… y con espuma donde van los hombros, para que no te lastime - sugirió Chucho. - Usualmente se hace con varillas, pero esto va a ser más sencillo. - Qué buena idea, me gusta mucho como está quedando. - Ya sos toda una mascarera, Ana. Así comencé yo, hace ¡uuuuuu… cuarenta y resto de años! - ¡Desde antes de que naciera mi papá! - comentó Ana, asombrada. - Sí, he hecho un buen poco de máscaras desde ese tiempo.


El jueves antes de las fiestas su máscara estaba casi lista. De camino a casa, pasó con su mamá a comprar unas telas bien coloridas y las llevaron donde doña Bernardita, la costurera, para encargarle el vestido. - Pueden venir por él mañana - indicó.


Al día siguiente, luego de recoger el vestido, Ana fue a pasar la tarde donde la tía Mari porque había tamaleada para las ventas del turno. Medio mundo estaba ahí ayudando. Por supuesto, Ana no se aguantaba las ganas de estrenar su máscara. Su primito Maikol salió espantado: - ¡Aaaaaaaaaaaa!… ¡Mamáaaa!… - gritaba. - ¡La Santísima! - exclamó la abuela - ¡Si anda suelto el diablo! El tío Fofo dijo riendo: - ¡Estos tamales huelen tan bien, que hasta el pisuicas se vino a husmear! - ¡Ja, ja! Sí… Mmmmm… - dijo Ana asomándose bajo el traje.


Al fin llegó el sábado y a mediodía salía la mascarada. Los de la comisión de fiestas habían llevado las máscaras desde temprano al Salón Comunal. Todos los que iban de payaso tenían que estar como a media mañana para escoger sus máscaras y alistarse. Su vecino Max llegó, y eligió ir de Calaca. Intercambiaron un zapato para que nadie los reconociera. - ¡Esto va a estar bueno! - comentó Ana.


- ¡Puuuum, pum! - estallaron las bombetas anunciando el inicio de las fiestas. Siguió el redoble de un tambor, mientras los payasos salían como en manada. La gente se asomaba a la calle a ver. - ¡Vienen los mantudos! -gritaban los chiquillos, escapando calle abajo a toda velocidad. Entre la gente, Ana espió a Santiago. Le pegó una carrera con ganas, hasta darle un buen vejigazo. - ¡Eso, dele, dele! - se oía decir - ¡Tome, bien pegao! - gritaba alguien más Intentó hacer lo mismo cuando vio a Valeria, pero la muy ágil se le escapó por un pelo.


Bajando la cuesta, los redoblantes aumentaron el ritmo, sonaron los platilos y arrancó la cimarrona:

- ¡Farafarachín, farafarachín, farafarachín!…

Los payasos bailaban dando vueltas hacia un lado y el otro y pronto se había unido a la fiesta una pelota de gente. Era la primera vez que Ana salía en una mascarada y a pesar de que sentía un bochorno bajo la máscara, ella gozaba bastante.


Cuando terminó la pieza, continuaron todos en procesión a la siguiente calle, mientras los payasos de la mascarada seguían asustando a los que se encontraran por el camino. Ana dio la vuelta a la esquina corriendo hasta donde vive Elena. Tal como Ana sospechaba, la encontró viendo su programa favorito de las tardes. De una vez entró, vejiga en mano, a perseguir a su amiga por toda la casa. - ¡Ahora sí, ya te agarraron Elena! - dijo su abuela con una carcajada, mientras la otra escapaba pegando gritos. - ¡Esperanos en la esquina, ahorita llegamos! - indicó su mamá, al verla salir hacia la calle.


Ana paró por un momento a descansar, y en eso vio a Alejandro, que observaba el pasacalles desde la otra acera. Cruzó hacia donde él estaba y, ante la sorpresa de Ana, Alejandro fue el que la comenzó a perseguir. - ¡Este pisuicas no se sale con las suyas! - decía, sin saber que era Ana la que huía. Elena los vio de lejos y para desquitarse se sumó a la persecución. Lo mismo Santiago y Valeria, que estaban más adelante.


Al rato comenz贸 de nuevo la m煤sica. Ana pas贸 corriendo entre los payasos y los otros la siguieron justo en medio de la cimarrona. - 隆Oaaa, agarren a ese pisuicas! - gritaba la gente, entre chiflidos.


Continuó la persecución hasta que, llegando al parque, Alejandro la atrapó. Todos en molote le cayeron encima. - ¡Soy yo, ingratos! - reclamó Ana, asomándose bajo su traje. - ¡Qué bandida, ni me había imaginado que eras vos! - contestó Alejandro. ¡Vení que te ayudo a levantarte! - ¡Vale que no se golpeó mi máscara, porque me costó mucho hacerla! - advirtió Ana. - ¿Cómo? ¿Vos la hiciste?- cuestionó Elena con asombro. - ¡Qué gata Ana, qué breteada! - comentó Alejandro - ¡Ahhh, con razón… sospechábamos que te traías algo! - dijo Valeria - Bueno, no pensé que me descubrirían - contestó Ana riendo. - Pero estuvo divertido. - Vas a tener que enseñarnos, Ana - agregó Elena - ¡Y venimos juntos el año entrante!


También se les llaman turnos o fiestas cívicas. Estas se celebran en diferentes fechas y ocasiones alrededor del país. Antiguamente se les llamaron turnos, porque cada pueblo se turnaba para realizar las fiestas y así recoger fondos para gastos de la iglesia, escuela o la comunidad. En áreas destinadas al turno se instalan toldos con mesas, a las que se les llaman chinamos. Allí se venden refrescos, tamales, arroz con pollo, empanadas, picadillos y otras comidas típicas propias de la región. Se realizan juegos como bingos, rifas y subastas. Las actividades se anuncian con bombetas y finalizan con fuegos artificiales. Según la región hay desfiles de mascaradas, topes, comidas de toros, juegos mecánicos y otros. Muchas personas trabajan para que las fiestas sean un éxito. Las mascaradas las organiza una comisión que tradicionalmente trabaja de manera gratuita. Ellos determinan: recorrido, hora de salida y “dedicados”, que son personas que ofrecen en sus casas, bebida y comida para los payasos.


Remonta a la Europa Medieval, con la tradición de los Gigantes y Cabezudos, difundida en América a través de la conquista española. Esta tradición se transformó a través del tiempo, enriquecida por las culturas indígena y africana. Los “Parlampanes” y “Mantudos” formaban parte de los turnos, pero el primer desfile de mascaradas como se conocen actualmente, se atribuyen a don Rafael Valerín. Fue realizado en el año 1821 en Cartago, para las celebraciones en honor a la Virgen de los Ángeles. Con el tiempo esta tradición llegó a extenderse a muchos otros lugares alrededor del país.


El grupo de payasos o máscaras es indefinido, y usualmente las llevan jóvenes de la comunidad. Algunas veces pueden llegar a ser alrededor de doscientas personas las que portan máscaras. Entre los personajes tradicionales en las mascaradas costarricenses están el Gigante y la Giganta, el Diablo, la Calavera y el Policía. Están el Parado de Manos, la Copetona, la Minifalda, ancianos y enanos. También animales como el lagarto, el mono, el jaguar, el conejo, el toro, el gallo; y seres legendarios como la Llorona, la Segua, el Cadejos, el Padre sin Cabeza. Además se representan figuras de origen precolombino, europeo o afrocaribeño. Personajes del pueblo, como el borracho y el diplomático, o de imaginación del mascarero. Recientemente se han incorporado personajes de cine y televisión, de farándula y de vida nacional.


La conforma un grupo de músicos, que de manera improvisada acompaña a la mascarada y los asistentes durante todo el recorrido. Los ritmos tradicionales son las jotas, pasillos, cumbias, merengues, “parranderas” y “típicos”. Los instrumentos usuales son el bombo, el redoblante, platillos, trompeta y algunas veces el clarinete, trombón y saxofón.

Gracias a ellos se mantiene viva la tradición de la mascarada. Algunos crean máscaras como ocupación principal, otros en su tiempo libre. La técnica tradicional más usada es el papel maché, pero actualmente se utiliza más la fibra de vidrio. Actualmente los mascareros venden o alquilan las máscaras, otros fabrican las propias. Algunas veces se les paga por la presentación y estos deben pagar a su vez a la gente que baila las máscaras. Antiguamente era más común que se les prestaran a niños y jóvenes para que las bailaran. Las máscaras también se alquilan para fiestas especiales como matrimonios, aniversarios, inauguración de edificios, actividades cívicas, etc. Mascareros de varios pueblos indígenas de Costa Rica también se dedican a la creación de máscaras según sus tradiciones, para festividades como el “Baile de los diablitos: de los Borucas.


(Faltan)


Contraportada

Farafarachín - Viene la mascarada  

Por Mary Anne Ellis

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