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el corredor saludaron al fiscal coordinador Héctor Vargas y al jefe Fernando Negro, quienes conversaban amigablemente. En ese momento se presentó Ricardo Bonilla con Marcela López. Él extendió la mano a Julián y cuando fue correspondido el saludo se acercó a su jefe y le susurró al oído: −Marcela no sabe a qué viene. No escuchó los teléfonos porque tomó unas pastillas de benzodiazepina para dormir. Para que despertara activé la alarma de la casa obstruyendo un «ojo» que tiene en el garaje. Ella cree haber sido convocada para un operativo de emergencia. «¡Qué torta!», se dijo Julián. Marcela era expareja, amiga y confidente de Manolo, y fue su madrina cuando éste contrajo matrimonio con María Fernanda. Se adivinaba una escena complicada por las emociones cuando se enterara de la denuncia. Todos entraron a la oficina del jefe de homicidios del OIJ y se estrujaron en los asientos para visitas. −Lo que voy a decirles debe ser atendido con extremada reserva −dijo Julián, asumiendo la condición de presidente de la improvisada junta −. Recibí una llamada anónima a las diez de la noche en la que me dijeron lo siguiente −leyó el apunte hecho al dorso de la colilla de caja−: «Manolo Araya mató a su esposa, María Fernanda Zamora. La ahorcó. Contactó a un amigo y le pidió ayuda para deshacerse del cuerpo y como éste se negó, Manolo lo amenazó». Levantó la vista y observó a la oficial Marcela López esperando una reacción emotiva, pero ella no movió un músculo. Esa inexpresividad, pensó Julián, se debía a la benzodiazepina.

Tras la huella de los zopilotes  

Intro de novela negra costarricense.

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