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mir a medianoche, ese jueves se acostó temprano. Llevaba meses de trabajo duro. Su mente y su cuerpo manifestaban agotamiento, de modo que esa noche tomó una cena liviana con su esposa y, sin pensarlo, se dirigió con ella a la habitación y se acostaron. No conversaron como hacían habitualmente, sólo la abrazó por la espalda, puso la mano sobre su pecho y cerraron los ojos. Apenas atravesaban el umbral del sueño cuando el timbre del teléfono lo devolvió bruscamente al mundo real. Con apuro se separó de su esposa. Tomó el auricular y escuchó una voz conocida, pero no pudo identificar a la persona que le dio una noticia extraña. La llamada se cortó tan abruptamente como se recibió. Julián no tenía identificador de números entrantes en su aparato telefónico casero, de modo que no supo el origen de la llamada. Temeroso de olvidar la información recibida cuando superara el paso a la conciencia, tomó una colilla de caja del supermercado que tenía en la mesa de noche y con su bolígrafo resumió la información: «22:00 hrs. Llamada anónima (voz de mujer): Manolo Araya mató a su esposa, María Fernanda Zamora. La ahorcó. Contactó a un amigo y le pidió ayuda para deshacerse del cuerpo y como éste se negó, Manolo lo amenazó. El amigo me dio el aviso.» Cuando recobró el control de su mente, leyó lo escrito en la colilla únicamente para comprobar que lo recordaba. Observó a su esposa que todavía le daba la espalda y continuaba soñando. Julián no podía dar crédito a la noticia. Manolo Araya era un abogado reconocido en el foro y

Tras la huella de los zopilotes  

Intro de novela negra costarricense.

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