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Dado que el hombre no está adaptado a ningún medio natural, ha de adaptar la naturaleza a sí mismo, transformándola. “La esencia de la naturaleza transformada por él en algo útil para la vida se llama cultura, y el mundo cultural es el mundo humano. Para los seres humanos, no hay posibilidad de existencia en una naturaleza no transformada. No hay humanidad sin armas, sin fuego, sin alimentos preparados y artificiales, sin techo y sin formas de cooperación elaborada. La cultura es entonces la segunda naturaleza humana, elaborada por él mismo y la única en la que puede vivir.


La Antropología filosófica considera la cultura como todo aquello que resulta de la acción humana, en cuanto diferente e irreductible a lo que resulta de los procesos embriológicos. La cultura es pues el resultado de la acción libre. Se subraya de esta manera su carácter adquirido, en oposición a lo congénito, a aquello con lo que se nace (Mosterín, 1993:18-21). Así entendida, la cultura está formada por el mundo de lo que podemos llamar, artefactos, instrumentos, lenguaje, instituciones, etc.


Dentro del contexto de la Antropología de la Educación se establece la dimensión objetiva de la cultura y su dimensión subjetiva. Siendo la cultura objetiva el mundo de los productos naturales, es decir, a la materialización u objetivación de la actividad humana que incluye instrumentos, enseres, utensilios, símbolos, códigos de valores, creencias, costumbres, instituciones, modos de comportamiento, etc. Por otra parte, se entiende por cultura subjetiva, la asimilación o interiorización vital por parte del individuo de los objetos culturales propios del ámbito social en el que vive. En este sentido, la cultura es el cultivo del hombre, aquellos gracias a lo cual se va haciendo cada vez más humano y adquiere una mayor perfección. Es el resultado del ejercicio de las facultades humanas en orden al propio perfeccionamiento. La cultura subjetiva engloba así los conocimientos, destrezas, hábitos, etc. adquiridos por la persona.


La transmisión de la cultura se lleva a cabo por la enseñanza -entendida en sentido amplio y no sólo la institucionalizada- y su adquisición se corresponde con el aprendizaje, con la incorporación de la cultura a las facultades de la primera naturaleza en forma de hábitos, tanto intelectuales como volitivos, motores, alimenticios, etc. Por tanto, se puede considerar que la educabilidad (en cuanto necesidad de ser educado y capacidad para ello) es el correlato necesario de la condición cultural de la naturaleza humana. Y por ello, de la misma manera que la cultura es un rasgo específicamente humano, se puede considerar también la educabilidad como la categoría antropológica que describe una de las diferencias específicas que caracterizan al hombre (Castillejo, 1981:29-36). Se concluye entonces que de la misma manera que se puede definir al hombre como el animal cultural, también es posible caracterizarlo como el animal que debe ser educado.


La cultura dentro de los procesos de transformaci,on