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conciencia. No se concebía a la dominación como precondición de la explotación, lo que inhibió todo proceso de autotransformación. Los cambios en el plano de la conciencia se veían como el corolario de las transformaciones materiales que impulsaba y dirigía la vanguardia. El énfasis puesto en la alteración de las relaciones de propiedad, la determinación causal base-superestructura, llevó a pensar que la ideología sólo se transformaba cambiando la base material. El hombre y la mujer nuevos fueron concebidos como un efecto-resultado de un proceso en el cual ellos no intervenían. O sea: no eran “nuevos”, más allá de algunos adornos y proliferaciones. La vanguardia, con sus lógicas mecanicistas, seguía la estrategia del Dr. Frankenstein. La institución se reservaba las funciones significantes y relegaba a los sujetos a la función de significado. Sartre recordaba un slogan que cubrió algunas paredes de Varsovia en 1949: “La tuberculosis frena la producción”. ¿Qué atroz antropología se deduce de esta frase? ¿Qué lugar se les asignaba al hombre y a la mujer en la construcción del socialismo? Ni siquiera decía los tuberculosos. El hombre y la mujer aparecen como algo menos que un medio, como instrumentos de un instrumento. ¿Dónde estaba entonces la alternativa a la sociedad burguesa? Al mirar el mundo como un armonioso sistema de cuerpos en movimiento, el partido reflotaba las concepciones del atomismo antiguo. Desde el riguroso determinismo materialista, y desde las leyes simples de la mecánica, las masas aparecían como fuerza de “inercia” y el partido como fuerza “dinámica”. El partido se convirtió en agente de la detención del marxismo (de la teoría revolucionaria en general) y de la subordinación de la ideología a la unidad y la previsibilidad que se consideraban necesarias para la construcción del “socialismo”. Al decir de Sartre: “Los dirigentes del partido, empeñados en elevar la integración del grupo hasta el límite, temieron que el devenir libre de la verdad, con todas las discusiones y conflictos que supone, llegase a romper la unidad de combate; se reservaron el derecho de definir la línea y de interpretar los hechos” (ibíd.:28, t.I) En fin, el partido fue agente de la escisión de la teoría y la práctica. Hizo de la primera un saber rígido y de la segunda un empirismo seco. Toda esta esquematización mecanicista, abonó las visiones maniqueas (o binarias), en lo político, en lo ideológico y en lo ético, y creó el clima adecuado para confundir el espíritu de partido (o peor: el microclima de aparato) con la conciencia de clase y la dialéctica, con una infecunda silogística o con la concepción burguesa de progreso. Antonio Gramsci decía que las órdenes aparecidas después de la Reforma protestante (piensa específicamente en la Compañía de Jesús) tenían escaso significado religioso y un gran significado disciplinario sobre la masa de los fieles (Gramsci, 1999:13). Con el partido de izquierda, en su formato tradicional, pasó algo similar. En un momento fueron expresión de las luchas obreraspopulares y se sostuvieron en los principios, el fervor militante, la mística y la confianza histórica (significado “religioso”), con el tiempo el control se convirtió en prioridad (significado disciplinario). El partido comenzó a nutrirse de intimidación, impuso el dominio de un freudiano "principio de la realidad": aplazó la satisfacción, limitó el placer, apuntaló la productividad y el control. Se convirtió en obligación y coerción, en una institución paralizante y anti-utópica (concibiendo a la utopía positivamente, en los términos de Ernst Bloch). Paradójicamente, Lenin, en un pasaje de ¿Qué hacer?, que suele pasar inadvertido, decía: “¡Hay que soñar! He escrito estas palabras y me he asustado. Me he imaginado sentado en el ‘Congreso de unificación, teniendo en frente a los redactores y colaboradores de Rabócheie Dielo. Y he aquí que se levanta el camarada Martínov y se dirige a mí con tono amenazador: ‘Permita que le pregunte: ¿tiene la redacción autónoma derecho a soñar sin previo referéndum de los comités del partido?’. Tras él se levanta el camarada Krichevski y [...] en tono aún más amenazador, continúa: ‘Yo voy más lejos y pregunto si en general un marxista tiene derecho a soñar, si no olvida que, según Marx, la humanidad siempre se plantea tareas realizables, y que la táctica es un proceso de crecimiento de las tareas, que crecen con el partido’. Sólo de pensar en estas preguntas 52

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