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¿Estamos en un mundo en el que sólo queda la confrontación abierta entre las fuerzas del capital y las fuerzas anticapitalistas a escala global? ¿Qué posibilidades tienen las fuerzas anticapitalistas, fragmentadas, desarticuladas, frente al capital cada vez más centralizado, homogéneo e implacable? ¿No existe un espacio que nos brinda la posibilidad de oponer proyectos estatales alternativos, de disputar el sentido de la identidad de la nación y de su proyecto histórico? Además, ¿no se mantienen los mecanismos imperialistas de exportación a la periferia (desde los Estados centrales) de la lucha de clases y la guerra civil "a fin de preservar el orden y la soberanía en casa"?. 31 Creemos que es posible y necesario restituir un espacio de negociación estratégica entre el Estadonación y la dinámica excluyente de la globalización. ¿Hasta qué punto las posiciones del antipoder y de cierto antiestatalismo están irremediablemente teñidas por la derrota, por la falta de osadía para pensar más allá de los "teoremas de la resistencia"? Algunas versiones del antiestatalismo, muchas veces, parten del reconocimiento de la imposibilidad de alterar la asimetría del sistema interestatal. Sin perspectivas y proyectos globales superadores del capitalismo, sin una totalización real y activa que pretenda cambiar el mundo, las propuestas, por más radicales y novedosas que parezcan, nos condenarán a la convivencia promiscua con el sistema dominante. Eso es lo que nos falta: una perspectiva de transformación social amplia. Aún no estamos en un mundo en el cual la única confrontación posible sea la abierta y global entre las fuerzas del capital y las fuerzas anticapitalistas. Hay otros espacios intermedios para la oposición de proyectos alternativos. El espacio nacional-estatal, reformulado por una nueva hegemonía, articulado con un nuevo sistema hegemónico, sigue siendo la única vinculación defensiva concreta para los sectores populares frente al carácter opresivo (o inaccesible) de los espacios transnacionales. En la periferia la escisión entre capitalismo y soberanía tiene larga data. Claro que la brecha se ha incrementado considerablemente en las últimas décadas. Por lo tanto, la lucha por la soberanía es cada vez más un componente anticapitalista. Así como el concepto de soberanía, reformulado por Juan Jacobo Rousseau, cobró fuerza en los siglos XVIII y XIX frente a una legitimidad jerárquica y divina, hoy, frente a una legitimidad de signo similar y poderes inconmensurablemente mayores, es susceptible de resignificarse. En un contexto en el cual el poder imperialista avanza sobre el control de los recursos naturales, la defensa de la soberanía es un eje potencialmente unificador del campo popular a la vez que delimitador (de los intereses de los grupos dominantes locales), no sólo en el marco nacional, sino también latinoamericano. Soberanía sí, ALCA no, es la consigna del MST del Brasil. Tierra y trabajo, ALCA al carajo, fue la consigna del MTD Aníbal Verón y el MOCASE, en el “escrache” a la empresa multinacional Monsanto. La defensa de la soberanía nacional es un componente de la lucha por la emancipación del capital en el marco del sistema mundial de relaciones interestatales asimétrico. En Cuba, por ejemplo, la conservación de la soberanía nacional es el pilar que sostiene las conquistas sociales y lo que contiene la institución del capitalismo. Sin revolución política “nacional”, una revolución social (o la generalización mundial del movimiento del poder–hacer) es imposible. De hecho, las limitaciones más severas parecen afectar a los procesos de creación de condiciones políticas (transicionales) en la periferia.32 István Mészáros ha planteado que: "dado el sistema de combinación y subordinación existente intensificado por la presión del capital transnacional para hacer valer sus intereses por sobre todas las aspiraciones a la autonomía nacional y a la autodeterminación, la lucha de los oprimidos por su 31

Negri y Hardt consideran que éste fue un mecanismo característico de la era del imperialismo pero que no se mantiene en la era del "imperio". Ver: Negri, Toni y Hardt, Michael, op. cit., p. 237. 32 George Caffentzis sostiene que: “[...] la globalización no sólo afecta la capacidad de los Estados–nación de ser controlados por sus propios integrantes, sino también que afecta a la imposición de nuevas agendas políticas que podrían llegar a iniciar una revolución social. Incluso se podría decir que esta es, en primer lugar, la función oculta de la globalización: hacer políticamente imposibles o socialmente infructuosas las revoluciones nacionales”. En: Bonefeld, Werner y Tischler, Sergio (comp.), op. cit., p. 227. 40

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