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el marco de los propios países periféricos, a partir de este diagnóstico ha fundamentado estrategias que le asignan un rol preponderante al Estado-nacional. Creemos que no tiene demasiado sentido oponer, aunque sí se pueden comparar, las distintas formas de lucha contra la forma de globalización impulsada por el capital financiero y los organismos transnacionales. Lo cierto es que parece improbable que el capital global (y las fuerzas populares) pueda prescindir del Estado-nacional. Las empresas capitalistas se vinculan con el sistema mundial a través de la mediación del Estado-nación. El Estado le asegura al capital global la transferencia del excedente, determina quién gana y quién pierde y modifica los marcos institucionales. La dominación sigue organizándose sobre la base de los Estados nacionales y por eso siguen siendo un espacio de disputa de proyectos, de significados. En este contexto, cabe reactualizar el debate sobre la capacidad emancipadora de significantes como “nación” y “patria” (es decir, sobre la “cuestión nacional”) y no propiciar su negación abstracta. Vale tener presente que en nuestro país, a partir de la década del treinta, el nacionalismo se constituyó en un elemento de disputa ideológica.28 Nosotros consideramos que la nación puede ser (en realidad puede volver a ser) un espacio proyectado de emancipación, el locus de una dialéctica de la emancipación.29 Y aunque la Nación sea cada vez más chica para la inconmensurable dialéctica emancipatoria, ¿no es un punto de partida o una instancia insoslayable por la pervivencia de ciertos elementos homogéneos, por historia, porque en los sectores populares, a diferencia de lo que sucede en los sectores dominantes, no se puede disociar el interés personal del destino nacional, etc.? ¿No es perfectamente lícito considerar a los escenarios nacionales como un asiento localizado de la lucha a partir de la valorización de la experiencia concreta del pueblo? Además ¿no se reeditan las formas del viejo internacionalismo abstracto bajo un nuevo antiglobalismo abstracto? Hoy, desde algunos sectores de la izquierda, se plantea que la “globalización” (o la “mundialización”) esfuma la cuestión nacional, lo que encamina al reestablecimiento de una relación simplista y unilateral entre burguesía y Nación. La misma relación causal e instrumental de la que partieron Marx y Engels y que sirvió de fundamento a la teoría marxista de la Nación y que remitía, en última instancia, a la dinámica determinista entre infraestructura y superestructura.30

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En el poema Jactancia de quietud, Borges define la patria como “un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada”. No es necesario explicar por qué las imágenes de este tenor han sido y son plenamente funcionales a los intereses de las clases dominantes. 29 Incluso Negri y Hardt reconocen que la función del concepto de nación se invierte cuando es desplegada entre grupos dominados en lugar de entre grupos dominantes. Ver: Negri, Toni, y Hardt, Michael, op. cit. p. 133.

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Según Leopoldo Mármora, la teoría marxista de la Nación (y cabe agregar que en el marxismo la nación ocupó por lo general un lugar subordinado) centró su interés en la desaparición de las naciones, clausurando el espacio teórico para pensar la Nación. Nunca superó el momento negativo. A partir de la relación burguesía-nación se instaló el horizonte de la superación de las naciones por la eliminación de la sociedad capitalista. Por otra parte, Marx consideraba que el desenvolvimiento del capitalismo simplificaba y universalizaba la lucha de clases mientras hacía a las naciones cada vez más interdependientes. El internacionalismo se redujo así a la lucha de clases. Aunque, debemos destacar las aproximaciones de Marx a la noción de desarrollo desigual que proponían un emplazamiento distinto para pensar la nación. Este primer paradigma marxista de la cuestión nacional basado en el internacionalismo proletario, a partir de Lenin, fue reemplazado por el nacionalismo antiimperialista. Lenin reivindicó el derecho de las naciones oprimidas a la separación estatal, idea que logró articularse con el movimiento de descolonización, sobre todo después de la segunda guerra mundial. Propuso, de este modo, un campo que asociaba las luchas de los trabajadores de los países centrales con las luchas anticoloniales. La propuesta leninista era la de construir el socialismo mundial, paso a paso. Pero, desde este punto de vista, América Latina no tenía objetivos nacionales por los que luchar. Ver: Mármora, Leopoldo, op. cit.

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