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que haya grupos que decidan asumir en sus acciones presentes tales principios e ideales. Pero la cuestión subsistente sigue siendo su extensión, replicabilidad y, por ende, viabilidad, como opción política y no como elección individual o colectiva en pequeña escala o aislada” (2004:18). El “socialismo en un solo barrio” termina naufragando al apoyarse en una concepción atomizada e ingenua del poder. Concibe su propia construcción mientras se desarrolla en forma aislada y autocontenida, ignorante de los contextos más generales (la hegemonía burguesa nacional o el orden mundial capitalista, por ejemplo) y de las otras construcciones populares. Separa las experiencias de base, creativas, potencialmente desalienantes, de sus condiciones objetivas, generalizando una parcialidad y extrapolando lo cotidiano a la totalidad social. Este socialismo de laboratorio, experimento y vitrina, alimenta la autocomplacencia y cierto narcisismo abonado por los observadores externos. Nutre un conjunto de idealizaciones. Al respecto, resulta esclarecedor el contrapunto entre Francisco Ferrara, autor del libro (interesante y valioso, por cierto) Más allá del corte de rutas. La lucha por una nueva subjetividad y Mariano Pacheco, militante del MTD Aníbal Verón en Frente Popular Darío Santillán, abocado recientemente a la tarea de escribir la historia de la propia organización. Ferrara, analizando la experiencia desarrollada en un barrio del Gran Buenos Aires por un sector de la corriente autónoma del movimiento piquetero afirma que: “en el espacio donde transcurre su vida se hallan todos los aspectos de su interés. Su trabajo está allí, su familia, sus compañeros, su asamblea, sus asambleas, sus ruedas de mate, sus talleres de reflexión, su comedor colectivo, todo se integra a lo largo del día proporcionando ocasiones para múltiples entrecruzamientos y despliegues. Podría decirse que este piquetero no está meramente allí, sino que se halla habitando su espacio cotidiano” (Ferrara, 2003:119-120). Pacheco, en torno a esta realidad, o a otra que puede ser idéntica, propone una mirada distinta: “Excluidos de un trabajo, del colegio, de la Universidad, de los espacios geográficos centrales (donde, por ejemplo, se desarrollan las principales actividades sociales, políticas y culturales), los piqueteros se ven ‘obligados’ a desarrollar sus actividades en un determinado medio (periférico) territorial: el barrio; o más precisamente, la pequeña parcela de barrio en donde el Movimiento ha desplegado sus centros de reunión, de trabajo... Así, cada vez más, el piquetero se repliega social y territorialmente, encerrándose en una especie de gheto. Sólo va a la metrópoli a manifestarse, transitando por ciertos lugares siempre como un negado, un excluido, como alguien que no debería estar allí. Cuando viaja en subte, lo hace en una ‘formación especial’ (denominación dada por la empresa Metropolitano a los coches que transportan desocupados manifestantes), evitando de este modo que comparta un espacio común con el resto de los pasajeros, con los ‘ciudadanos’. Cuando entra a un bar, lo hace únicamente para ir al baño (y siempre en caso de toparse con un comerciante o un mozo solidario, que no se espante del ‘aluvión zoológico’). Cuando pasa por un cine o un teatro, observa desde afuera. En fin, ni siquiera cobra su plan en un banco como el resto de las personas que reciben subsidios del Estado. Desde el verano de 2002, los planes Jefas y Jefes de Hogar se pagan en la canchas de fútbol de cada distrito [...]” (Pacheco, 2005). Esta lectura puede parecer aguafiestas. Al provenir de un protagonista directo, perturba. En realidad, es profunda y es certera porque atiende a los condicionamientos y no hace de la necesidad, virtud. Se aleja de las contradicciones, la casuística y el coyunturalismo típico de algunos militantes autonomistas. Sin dejar de destacar la importancia innegable de la construcción de subjetividades y territorialidades alternativas a las del capital y de formas basadas en la solidaridad frente a un capitalismo que, como decía Máximo Gorki, induce al individualismo zoológico, recuerda que por sí solas no alteran las condiciones de opresión ni la caricaturización de la ciudadanía (reforzando el carácter abstracto de la ciudadanía impuesto por el sistema). Asimismo, el “socialismo en un solo barrio”, puede verse como una forma de falsa conciencia. Una forma que sirve para que las clases subalternas no logren discernir su exacta condición y para que acepten pasivamente la dominación, su exclusión de la vida pública y su incompletud. Se favorece de esta manera un proceso de autoinhibición de las capacidades populares que sólo pueden desarrollarse con la actividad pública. 31

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