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El bloque de poder impone su propia dinámica, una dinámica micro-racional empresarial. Un proyecto popular debe contraponer una dinámica macro-racional social que subordine a la primera y garantice la implementación de una democracia genuina, sin aspectos formales fetichizados. Muchas de las propuestas presentadas en los últimos años como elixires mágicos, eluden todo tipo de planteo en torno a los horizontes estratégicos y sólo ofrecen lineamientos generales para la constitución de grupos de presión. De este modo, podemos llegar a obtener miles de victorias de detalle a las que, empero, les corresponderán derrotas a gran escala. La particularización nos parece la apuesta a una forma de despolitización en un momento en el que necesitamos metas colectivas. La apuesta por la constitución de microsujetos en una coyuntura en que se requieren proyectos transmediatos. Además, notamos que la particularización es la estrategia de algunos grupos ultrasectarios, "antiapostólicos" y doctrinariamente intransigentes a los que no les importa ganar la batalla de la opinión pública, y hasta parecen disfrutar horrorizándola con sus acciones y sus declaraciones, porque en realidad no piensan ni construyen en perspectiva contrahegemónica. La cuestión de la opinión pública en el marco de la construcción de un nuevo sistema hegemónico, popular y democrático no nos parece un tema menor en el actual contexto. Por supuesto, no estamos utilizando este concepto en el sentido liberal tradicional, nos remitimos a aquello que puede ser compartido por un conjunto amplio y expresado-comunicado a través del lenguaje, pero que está expuesto tanto a la tergiversación a través de la exageración de aspectos irrelevantes como al silencio y la mentira. Relacionamos el concepto de opinión pública con la necesidad de evitar el aislamiento de las experiencias organizativas y las acciones colectivas del campo popular. Los sectores dominantes han sido históricamente eficaces en su estrategia de aislamiento y fragmentación de este campo; y hay que reconocer que muchas veces el propio campo popular les facilitó la tarea. ¿Si las prácticas que el campo popular desarrolla parten de reivindicaciones legítimas y de valores universalmente aceptados, por qué negarnos a favorecer la interpretación de nuestras acciones como una oportunidad para que amplios sectores sociales presionen por demandas propias? Otra de las limitaciones políticas y hasta epistemológicas de los discursos a los que hacemos referencia es que, por lo general, terminan en elaboraciones carentes de cierre que reivindican la incertidumbre. La normatividad se diluye. Los cuestionamientos a la concepción estatalista y burocrática de la revolución han llevado, en algunos casos, a la exaltación de los procesos incompletos, sin fines claros. Es decir, partiendo de una crítica a las "desviaciones objetivistas" se cae en algo que, en última instancia, es muy similar. No hay revoluciones impulsadas por una conciencia de clase previa o por reivindicaciones con significado social estrictamente revolucionario. Un sistema, un orden determinado de cosas, puede caer y ser reemplazado por otro superador por las presiones de las acciones sociales específicas (que pueden ser parciales, reivindicativas, "reformistas") a las que un contexto particular puede dar implicancias revolucionarias. Pero para que esto sea factible, para que exista ese contexto, resulta imprescindible la unidad de las fuerzas populares, de sus organizaciones y una voluntad de universalizar las luchas "locales". Esta "estrategia de la particularización" está en consonancia con la actitud asumida por Perry Anderson, quien ante la certeza de la "derrota histórica" del marxismo por un lado, y la vocación de no ser comparsa del neoliberalismo por el otro, encuentra una salida elegante (e inoperante) en apoyar cualquier reforma local o parcial, pero negando de antemano cualquier proyección basada en la confianza, en una potencialidad con capacidad de alterar el sistema en su conjunto y que cuestiona su misma naturaleza. Como afirma Mabel Thwaites Rey: “aun si se intentan construir, de manera consciente, los ideales anticapitalistas en las prácticas cotidianas, existen problemas muy básicos que condicionan desde el origen la posibilidad misma de materializarlos. Hay muchas experiencias concretas alimentadas por los ideales libertarios de autonomía, horizontalidad y democracia directa. Es plausible y alentador 30

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