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Estado7 y del principio de la no institucionalización de las prácticas8 que hace que éstas se queden sin referencia y sin espacio identificable. Por otra parte, en los términos propuestos por Göran Therborn, muchas veces se considera al enemigo como un cuerpo extraño más que como el ocupante de una posición de dominio en el marco de un sistema determinado y se concibe a la revolución como la eliminación de agentes extraños y corruptores de un orden primigenio inmaculado más que como transformación de una sociedad surcada por contradicciones e "imperfecciones"9. Estamos de acuerdo en que "el poder de la clase trabajadora no reside tanto en sus instituciones representativas como en el antagonismo y autonomía de los propios trabajadores" (Negri y Hardt, 2001:268), pero esta constatación no debería llevarnos a negar la importancia de estas instituciones. Por otro lado, las críticas a las que hacemos referencia parecen no tener en cuenta las implicancias del concepto de hegemonía, ya que parten de las premisas que establecen la posibilidad de la "actividad libre" de las masas y consideran que la hegemonía de la clase dominante se puede contrarrestar "espontáneamente". En el mismo sentido, estas críticas no reconocen como problema la incoherencia política de las clases subalternas (y la coherencia relativa de la clase dominante), y tampoco los mecanismos de dominación ideológica como la adaptación, la inevitabilidad, la deferencia, la resignación y el miedo. 10 Ahora bien, nuestro planteo no debería entenderse como el reclamo de un "agente externo" que imponga la "conciencia revolucionaria". Por el contrario, consideramos que la actividad autónoma del pueblo (que no excluye ni se contradice con los roles militantes o con el “activismo” cuando asumen un lugar dialéctico y “biodegradable”) es lo que hace posible esa conciencia y la que favorece la constitución de fuerza contrahegemónica. No creemos, como Marx, que la práctica genere conocimiento directamente, nuestra posición está más cerca del constructivismo: la acción genera los instrumentos que permiten asimilar el conocimiento y "construirlo". Esta actitud autónoma deviene imprescindible de cara al cambio social, porque el sistema del capital no prepara a los hombres y a las mujeres para una forma de vida solidaria y cooperativa. Pero esta actividad autónoma, aunque objetivamente contrahegemónica, no logrará trascender su posición integrada en la totalidad de la sociedad capitalista (donde las instituciones están hechas para perpetuar la hegemonía de la clase dominante) si no apuesta a construir identidades masivas, herramientas de articulación y estrategias de poder. Claro que en el marco de este proceso de construcción tendrá que exponerse a fusiones orgánicas que incluirán "externalidades" teóricas y prácticas. Son las propias organizaciones populares, y no 7

Para el anarquismo el Estado es un poder “autónomo” que se sostiene en la violencia y se mantiene gracias a la ignorancia y la superstición de las masas. Al igual que los liberales, conciben al Estado sin sociedad y sin ataduras terrestres.

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La cerrada oposición a la institucionalización de las prácticas y a cualquier forma de intermediación

estatal precipitó el alejamiento de los anarquistas de la Primera Internacional hacia el año 1872. Los anarquistas no esbozaron hipótesis convincentes a nivel general en relación con los movimientos de cambio social. Por otra parte, el anarquismo comparte con el liberalismo la tajante escisión entre Estado y sociedad. 9 En esta línea se han desarrollado planteos tendientes a concebir la política como el desarrollo distorsionado de la capacidad asociativa de los seres humanos. 10 El Estado integra un sistema ideológico, va más allá de sus funciones represivas. Este sistema apunta a consolidar los mecanismos de sometimiento social y las relaciones de dominación a través de las cuales se produce la apropiación de la voluntad del otro. Siguiendo a Göran Therborn, podemos identificar distintas formas de dominación ideológica: adaptación (conformidad de los dominados, obediencia a los dominadores), inevitabilidad (obediencia por ignorancia de alternativas), deferencia (los dominadores son concebidos por los dominados como una casta aparte), resignación (que lleva a pensar que las alternativas son inviables) el miedo, etc. Estas formas generan resistencias que también se expresan en formas ideológicas, o sea que la lucha de clases también se expresa en formas ideológicas. Ver: Therborn, Göran, La ideología del poder y el poder de la ideología, México, Siglo XXI, 1989. 20

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