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Mariona Guiu Aguilera 3 GSD | G 22 TipografĂ­a Curso 2010 - 2011


Lingerie La ropa interior, también llamada ropa íntima o, lencería, es la que no suele estar a la vista (al menos en su totalidad) cuando una persona está vestida. El principal motivo del uso de ropa interior es la higiene, aunque también se utiliza por comodidad o para estar más abrigado. La ropa interior puede tener una carga erótica asociada con la coquetería o con la sexualidad en general. Hay prendas que se utilizan específicamente como ropa interior y otras que pueden tener un uso alternativo, como las camisetas. En cualquier caso, la diferencia entre ropa interior y exterior depende de cuestiones culturales, sociales, climáticas e incluso legales. El taparrabos es el tipo más simple de prenda íntima y, probablemente, fue la primera ropa interior utilizada por los seres humanos. Un taparrabos puede tener dos formas principales. La primera consiste en una larga pieza triangular de tejido, con cuerdas o cintas cosidas a las esquinas. Las cintas se atan alrededor de la cintura y el trapo o cuero se pasa entre las piernas entremetiéndolo en la banda resultante para sujetarlo. La forma alternativa es más similar a una falda: un trapo enrollado varias veces alrededor de las caderas y después sujeto con un ceñidor o cinturón. En la mayoría de las civilizaciones antiguas ésta era la única ropa interior disponible y, aun en la actualidad, los taparrabos siguen siendo utilizados como única vestimenta por tribus que habitan regiones tropicales, incluso es la prenda interior tradicional en muchas sociedades asiáticas. Se tiene noticia a través de las descripciones de los escritores griegos y romanos que éstos utilizaban una prenda equivalente a lo que conocemos como bragas. La utilizaban en distintas actividades de su vida: cubrirse púdicamente en los baños públicos. En las luchas en que los hombres que participaban iban desnudos. En los ejercicios de natación llevados a cabo como entrenamiento de los soldados para las batallas. Los pregoneros llevaban esta prenda bien ajustada para proteger la tripa del esfuerzo que hacían con la expulsión de la voz, que podía llegar a herniarles. La usaban también los comediantes, cantantes y trompeteros.

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La moda íntima femenina actual toma prestadas las características estéticas bádicas de la ropa interior de principios de siglo.

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Haciendo historia Pero la palabra bracca o el plural galolatino bracae sería en lo sucesivo utilizada para todas las variantes, incluso es la palabra que ha llegado hasta nuestros días para referirse a una prenda femenina cuyo diseño está ya muy lejos de aquel que utilizaban los guerreros galos. Al norte de Portugal, cerca de Galicia, existe una ciudad que se llama Braga. Este topónimo viene del que le dieron los romanos en tiempos de Augusto. Llamaron a la ciudad Augusta Braccarum, porque estaba poblada por galli braccate (o lo que es lo mismo, ‘galos bragados’).

Los griegos habían tomado contacto con esta prenda de vestir a través de los pueblos orientales y sobre todo de Asia Menor. Distinguían cada forma particular dándole nombres distintos, que más tarde los romanos nombraron de nuevo haciendo uso de la palabra que ellos conocían y que les era más familiar: bracca o bracae.

Más tarde, cuando los romanos copiaron y adoptaron la bracca de los galos, empezaron a usar estas prendas de dos formas bien diferenciadas: Bracatus totum corpus, es decir ‘bragado todo el cuerpo’. Era una traje especial que cubría a la persona de la cabeza a los pies.

Los griegos llamaron a una especie de pantalón ajustado que llevaban los persas y las amazonas, como en sus representaciones.

Bracatus miles (‘militar bragado’). Antes de adoptar la prenda, los romanos llamaban así a los soldados extranjeros que la portaban. Pero a partir del emperador romano Alejandro Severo (222-235 d. C.), esta prenda fue copiada y confeccionada para el ejército romano, a imitación de los galos. Puede verse en las figuras que están esculpidas en el arco de Constantino en Roma. A partir de la Edad Media la lencería se hizo más holgada, fabricándose con materiales más suaves, como el algodón o el lino. El taparrabos fue reemplazado por una prenda suelta parecida a los pantalones o como los ahora llamados pololos o culotes, que se ataban a la cintura y a las piernas (a la altura de la pantorrilla). Los culotes han persistido hasta el siglo XX. Parece que durante este periodo aparecieron también los cinturones de castidad, inventados por los cruzados, muy preocupados por la fidelidad de sus esposas en sus largas ausencias (al menos esa es la leyenda). Los investigadores modernos dudan que estos artilugios se utilizaran con frecuencia.

Eran pantalones amplios que llevaban los frigios y los asiáticos. Según la leyenda, era la prenda habitual de Paris. Se pueden ver ejemplos en los mosaicos de la ciudad romana de Pompeya. Los romanos llamaron a esta ropa brácae laxae. Los griegos conocían también lo que los romanos llamaron brácae virgatae o brácae pictatae, unos pantalones con rayas, muy abigarrados y con bordados. Así llamaron los romanos a la región comprendida en la Galia y que más tarde tomaría el nombre de Galia Narbonense. Llamaron así a esta región porque los galos que habitaban en ella llevaban una vestimenta especial que llamaban bracca. Eran pantalones ajustados al cuerpo, hechos de piel de animal. Cuando los romanos tomaron contacto con estas gentes no habían visto el material de la piel por otro de lana.

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En los años veinte se empezó a ver el cuerpo de la mujer de mano de modelos pin-up. Hecho que enalzó el uso de ropa interior como algo que mostrar al público.

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Aquellos maravillosos A mediados del siglo XVIII se oye hablar por vez primera de ropa interior femenina de calidad en el sentido actual. Corsé, crinolina y alboroto eran términos de uso corriente para la mujer entre 1810 y 1870. Las damas a la moda lucían ‘cintura de avispa’ que, en aquel entonces, se conseguía utilizando ‘corpiños de cordones’ y ‘corsés mecánicos’. Hacia 1870 esta silueta exagerada artificialmente incluye también la parte posterior del cuerpo: el ‘alboroto’ en forma de cesto se utiliza para crear un ‘falso trasero’ considerado especialmente erótico. El último tercio del siglo pasado trajo consigo un lujo cada vez mayor por lo que respecta a la ropa interior. Batista y finísimo lino holandés, bordados y encajes, escotes en forma de corazón y labores de ganchillo. La fantasía no conoce límites. El corsé, que hasta la fecha había servido únicamente para modelar la figura, cobró rápidamente el carácter de prenda a la moda gracias a las denominadas ‘ligas de goma’ que hoy en día conocemos como ‘ligueros’. La invención de las máquinas de hilar y las desmotadoras, hacia la segunda mitad del siglo XVIII, facilitaron la elaboración de tejidos de algodón. Las fábricas producían ropa interior de manera masiva y, por primera vez, la gente empezaba a comprarla en lugar de hacerla en casa. El modelo corriente del siglo XIX, tanto para hombres, mujeres y niños, eran unos trajes de este algodón tejido, que cubrían desde las muñecas hasta los tobillos. Esta “segunda piel” incluía en la parte trasera una faldilla que se desabrochaba, para facilitar la visita al aseo. Hacia finales de la primera década del siglo XX, el traje entero se dividió y las mujeres comenzaron a elaborar este básico dos piezas en encaje. La típica silueta del año 1900 nos muestra a la mujer sin rastro de “tripa” – a ser posible incluso con el vientre arqueado hacia dentro combinado con un pecho muy marcado y un trasero que sobresale hacia fuera. A partir de 1910 la parte inferior del cuerpo se verá constreñida en una línea recta. Un paseo por la historia de la industrialización nos revela que hasta los años 40 del siglo XIX los corsés eran creaciones de los sastres corseteros que cosían a mano piezas de tela cortadas. Más adelante llegará la fabricación en serie acoplada al proceso de tejido del corsé en un telar manual. En 1850 se dio a conocer la máquina de coser en Alemania. Los franceses fueron los pioneros de la fabricación de corsés en serie. Poco después, hacia mediados del siglo XIX, surgirán en Alemania los primeros talleres de confección de corsés. El primer precursor del sujetador fue el modelo francés ‘Callimaste’ – moldeado a base de cintas elásticas – pensado para llevar debajo del corsé. La primera guerra mundial trajo consigo una imagen femenina enteramente nueva – fruto de la necesaria independencia y actividad laboral de la mujer. De repente las mujeres cobraron el aspecto de muchachos. La ‘ropa interior de una sola pieza’ es la prenda típica del momento. El pecho desaparece bajo el primer ‘sujetador’. El corsé será sustituido en parte por la ‘faja’.

Se sujeta a la cintura de donde suelen partir dos elásticos por delante y otros dos por detrás para sujetar las medias por la parte de la liga. Lo entendidos aseguran que más tirantes aseguran una sujeción perfecta, siempre con broches metálicos, no de plástico y se inventó en los años 20

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años veinte En América los años 20 nos muestran a la mujer caracterizada como vampiresa – bien proporcionada pero con pocas caderas. Las prendas básicas del ajuar lencero son los sujetadores de formas redondeadas que realzan el busto, el liguero elástico y el corsé que moldea la figura. Imprescindible la faja que, hasta la invención de los pantis, hará también las veces de liguero. La segunda guerra mundial trajo consigo escasez e inventiva. Las fibras procedentes del extranjero, como el nylon o el perlón, irrumpen en el mercado alemán. El ajuar básico se compondria de la ‘faja’ y el clásico ‘sujetador’.

Esto se debe, al espíritu abierto de nuestra época y a una mayor conciencia del cuerpo. Qué duda cabe que la evolución de la moda hacia hechuras que realzan el cuerpo y escotes profundos también ha contribuido en gran medida a cambiar el estatus de la lencería. A esto hay que añadir que son muchas las mujeres jóvenes con pecho grande que no se avergüenzan de realzar su escote. Además de los aspectos vinculados con la moda – desde modelos deportivos hasta otros lujosamente decorados – las clientas cada vez dan mayor importancia al hecho de que un sujetador siente bien.

A comienzos de los años 60 la industria lencera de Alemania occidental experimenta un enorme auge. Da empleo a 25.000 personas – de las cuales 2.000 trabajan en FELINA. A partir de ese momento el sector de la moda será impensable sin novedades como la lycra, la fibra milagrosa, los primeros pantis y la minifalda. Afortunadamente ya han quedado atrás los tiempos en que las mujeres preferían comprar ropa interior, sobre todo fajas, intentando pasar desapercibidas y con un cierto sentimiento de vergüenza. En los últimos diez años las fajas y la lencería han ido cobrando cada vez más el rango de artículos de moda.

Aunque, como es natural, por relevante que sea la funcionalidad el conjunto no debe resultar pacato o recordar a la ropa interior que usaba nuestra abuela. Precisamente las mujeres con tallas de copa grandes están muy al tanto de las modas y dan muchísima importancia a la comodidad, pero esto no implica ni mucho menos que los sujetadores no deban seguir las últimas tendencias y ofrecer una calidad optima. La lencería no debe constreñir sino que debe ser agradable de llevar y debe producir una cierta sensación de bienestar.

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Patrones de antes y ahora 2000 El tanga es un traje de baño o una prenda de ropa interior que por delante cubre los genitales y cuya parte trasera va de una delgada cuerda hasta una tira de uno a dos centímetros, que se une a la cintura a través de un triángulo o de una T, dejando al descubierto ambos glúteos. El origen de su nombre es incierto y despierta cierta controversia, la versión más extendida es que procede del nombre de la prenda triangular, elaborada con fibras vegetales, que las indígenas tupí brasileñas se colocaban para taparse la zona genital, aunque hay otras versiones más dudosas que apuntan a un origen africano y una abreviatura de Tanganica, pues allí las mujeres utilizabanuna prenda similar.

El tanga brasileño es otro tipo intermedio que cubre un poco más que el tanga y menos que la braguita. Estos son los dos tipos principales de tangas de los cuales existen multitud de variantes y estilos. En muchas culturas se llevan usando desde antiguo prendas similares como el taparrabos o el fundoshi.Fue reinventada en Brasil por el genovés Carlos Ficcardi en 1974, y comenzada a comercializar por el diseñador Rudi Gerneich que la puso de moda escandalizando a algunos países.

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En algunos países de Sudamérica la prenda se denomina colaless y en inglés se denomina thong (cuando la parte de atrás va de uno a dos centímetros) o G-string (si es una simple cuerda). Este último tipo de tanga es conocido en algunas regiones como “tanga hilo dental” o simplemente “hilo dental”. 1980

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Un taparrabos se usa: en las sociedades en las que no se usa otra ropa; en lugar de unas bragas o para sólo expresar solemnidad La toga era hecha de lana y la túnica bajo esta era por lo general de lino. Los ricos la llevaban de lana muy fina y blanca salvo en casos de luto, y los pobres de lana burda y de color oscuro.

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Las fábricas producían ropa interior de manera masiva y, por primera vez, la gente empezaba a comprarla en lugar de hacerla en casa.

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A medida que las décadas pasaban la ropa interior femenina se acortaba para seguir el ritmo de las faldas, que menguaban y menguaban. Y ya en el presente, la comodidad y durabilidad de la ropa interior ha dado paso a la moda y la sofisticación, más encaminada al lucimiento que al abrigo o protección de esa parte de la anatomía femenina.

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Objeto de deseo Antes de la unificación litúrgica decretada en el siglo VII por el papa Gregorio I, también conocido como san Gregorio Magno, que promovió el empleo exclusivo del rito latino o romano en toda la Iglesia Católica, las distintas comunidades de fieles tenían sus propias formas para celebrar la misa. Una de ellas, precisamente, se conoce como rito bragano, propio de la localidad lusa de Braga (v. supra). El rito bragano es de los pocos que sobrevivieron a la magna disposición, al igual que el rito mozárabe en Andalucía, y en el siglo XVI obtuvo formalmente la licencia de Pío V para celebrarlo en ocasiones muy especiales y sólo en la diócesis de Braga, como se hace hasta la actualidad. El pintor italiano Miguel Ángel pintó los frescos de la cúpula de la Capilla Sixtina en el año 1508 (el trabajo terminó en 1512). Años más tarde, el Papa Pío V (1504–1572), el mismo que excomulgó a Isabel I de Inglaterra, encargó al pintor Daniele da Volterra que cubriera los desnudos del Juicio Final, cosa que hizo pintando velos y túnicas sobre los cuerpos. Por este hecho, el pintor fue apodado Il Braghettone. En la localidad de La Granja de San Ildefonso, en Segovia (España), existió en la segunda mitad del siglo XX un campamento de Milicias Universitarias. En la misma localidad y no muy lejos de este campamento existió también una casa de campo (mal llamada chalet) de tres pisos rodeada de jardín donde hacían el mes de prácticas las universitarias de Madrid que cumplían con el Servicio Social de la Sección Femenina. La ropa se ponía a secar en los tendederos de dicho jardín que estaba rodeado por una verja y que se dejaba ver desde la carretera. Los jóvenes universitarios del IPS bautizaron la casa como Villa Bragas y con ese mote se quedó, al menos entre los sucesivos habitantes del campamento militar. Las prendas íntimas femeninas han sido, al mismo tiempo, enigma y fantasía. Nunca el hombre se había preocupado tanto de lo que se escondía bajo los trajes de las damas hasta que éstas comenzaron a cubrir sus partes pudendas. Después vinieron los corsés, los miriñaques, los polizones y, mucho más tarde, los sostenes, todos elementos que no hicieron más que alimentar el valor erótico de la lencería. Hasta que las mujeres comenzaron a preocuparse de la ropa interior, nadie le había otorgado demasiada importancia a esas prendas que iban debajo de los trajes y cumplían la única función de servir de abrigo. Pero, hacia mediados del siglo XIX, cuando la lencería comenzó a recibir atención por sí misma, se inició una polémica que se arrastra hasta ahora.

Centenario La prenda íntima más preciada por hombres y mujeres es ya centenaria. Desde su invención en 1907 por Pierre Poiret todas las féminas del planeta han caído rendidas ante ésta, dejando relegado el incomodo corsé. Arma de seducción a veces, o símbolo de la liberación femenina otras, la prenda no deja indiferente. Sujetadores con copa o sin ella, con tiras o “strapples”, “balconet”, deportivo, wonderbra o reductores, cada mujer elige el que más le favorece. Hasta la invención del sujetador las mujeres debían sufrir embutidas en corsés metálicos incómodos y poco sensuales. Lo cierto es que el corsé o sostén, como lo conocemos en esta parte del planeta, es uno de los aditamentos femeninos más sensuales de su vestimenta y que ha servido para alimentar la imaginación de los caballeros y mucho más. la lingerie

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Si bien desde sus orígenes la ropa interior adquirió un valor erótico, su masificación responde a fines higiénicos. Sucedía que, bajo los trajes, las damas no llevaban más que una camisola confeccionada en lino o algodón, de corte recto y amplio hasta las rodillas. Sobre ella, a partir de la cintura, iban las enaguas, las que servían esencialmente de abrigo. Sin embargo, a principio del 1800, se introducen al vestuario femenino los calzones. Como todas las prendas de ropa interior que irían apareciendo, los calzones fueron inicialmente usados por las damas bien. Para mantener el recato, su largo no debía extenderse por debajo del vestido. Esto se debía a que, revelar partes de la ropa interior es un gesto erótico femenino que simbolizaba el acto de desnudarse. Quienes los usaban y no los escondían, eran calificadas de atrevidas, tal como –en adelante– serían catalogadas todas las mujeres que osaran acercarse a lo “masculino”. No obstante, es aquí donde se inicia la valorización erótica de la lencería. Si no, cómo explicar que a los varones les resultara más atractivo el cuerpo cubierto al semidesnudo y accesible. La historiadora Isabel Cruz de Amenábar sostiene que “se puede plantear que el verdadero lenguaje del erotismo no es el del cuerpo completamente desnudo, sino el del cuerpo vestido y desvestido”. Aún cuando los calzones causaron revuelo, la prenda femenina con la historia erótica más larga es, en realidad, el corsé. El principal objetivo de este adminículo era disminuir el contorno de la cintura y enfatizar el tamaño del busto, aumentando su atractivo sexual. Su incorporación al vestuario femenino data de fines del siglo XVIII.

Se extendían desde el busto a la cadera, aunque también los había cortos hasta la cintura, y –hasta que aparecieron los botones– se amarraban con lazos por la espalda. La postura del corsé era una tarea que requería -al menos- de dos personas: la primera, la que lo usaba, y la segunda, la que tiraba fuertemente de los lazos hasta alcanzar la cintura de avispa deseada. Ahora, cuando la mujer en cuestión tenía unos cuantos kilos de más, hacía falta otro par de manos que tirara de uno de los lazos por un lado, mientras que otra doncella acometía la misma tarea desde el otro extremo. El corsé fue una prenda que rápidamente se masificó y diversificó. Aparecieron los “divorciados”, cuyo nombre se debía a que contaban con una pieza triangular que se ubicaba en el medio del busto y que tenía como función separar un pecho del otro, como en un sostén moderno. También los hubo especiales para embarazadas, que cubrían el cuerpo desde los hombros hasta debajo de la cadera y permitían poder dar al cuerpo la silueta que estaba “de moda”. Los varones tampoco quedaron ajenos al boom del corsé. Aunque no tan masivos como los femeninos, los corsés masculinos tenían la función de moldear la figura y otorgar “apariencia”. Y eran exclusivamente usados por la aristocracia, era una prenda que –a diferencia de lo que sucedía entre las mujeres, en donde su uso se “democratizó”– enfatizaba las diferencias sociales. También se llegaron a fabricar corsés para niños, pero los daños que su estrechez causaba a la forma de los huesos desincentivó su uso. El corsé era al mundo occidental lo que el vendaje de pies fue a la cultura oriental. Pero, a pesar de las incomodidades, recién en 1916 aparecerá el brassiere o sostén, prenda que desterrará por siempre al corsé a la categoría de lencería fetiche.

Siempre se ha visto y tratado la lencería des de un punto de vista seductor. Lo que muestra y lo que no, lo que se esconde debajo de un trozo de tela puede llegar a provocar al espectador.

En la imagen, el liguero y tacones crean un tàndem perfecto. Helmut Newton.

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Cuestión de clase Entre los tipos de ropa interior que se incorporarían progresivamente al vestuario femenino estaban los que daban abrigo, como las enaguas; los que cumplían un rol higiénico, como los calzones; los modeladores de cuerpo, como el corsé, y las prendas o adminículos que tenían la función de sostener la forma del vestido. Y en esta última clasificación, la ropa íntima femenina tuvo múltiples ejemplos. Anterior a la aparición del corsé, ya se habían incorporado al vestuario otras prendas igual o mayormente incómodas. Los “culs postiches” (culos postizos), cuya única función era sostener la forma del vestido, habían causado sensación entre las cortes del siglo XVIII. En una primera etapa, estos armazones que colgaban de los hombros eran amplios hacia los costados, a la altura de las caderas, tan amplios como para generar la molestia de los varones, quienes frecuentemente resultaban golpeados o aplastados por su forma. Más tarde serían redondos, como campanas, formados por aros y amarrados a la cintura, de manera de darle volumen a la falda. A éstos se les conocería como “pettitcoat” o miriñaques –“zagalejo interior de tela rígida o muy almidonada y a veces con aros, que usaron las mujeres” o “armadura de hierro que llevan las locomotoras en la parte delantera para apartar a un lado a los objetos que impiden la marcha”– fueron patentados en 1856 y causaban tal disgusto en los hombres que en Inglaterra, hacia 1860, las fábricas textiles se negaron a seguir fabricándolos. Un posible precedente de lo que llamamos miriñaque, el “guardainfantes”, generaría una ácida polémica en Chile, entre la aristocracia y la Iglesia, a mediados del siglo XVII. Su nombre se atribuía a su utilidad al momento de querer ocultar un embarazo y su uso era motivo de pasiones ya que, según Isabel Cruz, cumplían una función de “ocultamiento, pero también realce de una parte de la anatomía femenina que encerrada se hacía más atractiva por su misma invisibilidad”.

Posterior al miriñaque, en Chile se impuso el uso de las crinolinas, que debían su nombre al crin, principal material en su confección. Hacia 1880, el volumen de las faldas se acentuó en la parte posterior y ya no en el ruedo, simulando una cola de avispa. Y para lograr tal silueta, las mujeres utilizaron polizones o almohadillas los que, ubicados sobre las nalgas, levantaban su forma y rellenaban el traje, además de crinolinas con medio aro, para realzar la parte posterior del cuerpo. Hacia abajo, el ruedo de la falda se reducía y estrechaba, a tal punto que difícilmente se podía caminar con rapidez. Tras revisar la historia de la ropa interior femenina, queda claro que cada prenda que se incorporaba, reemplazando a una anterior (como el sostén) o complementando a las ya existentes (como los calzones), marcaba hitos en la emancipación del vestuario femenino. No por nada los calzones causaron tanta polémica, ya que dotaban a la mujer de una libertad de movimiento que anteriormente no tenía. Paralelamente, según consignan los investigadores del tema, coincide que la lencería comienza a recibir atención a mediados del siglo XIX, justamente en la época de mayor represión sexual en el Viejo Continente y de mayor fetichismo. Los doctores Cecil Willet y Phillis Cunnington afirman, además, que “el hecho de que las mujeres comenzaron a usar ropa de dormir atractiva sólo después de la introducción, a comienzos de 1880, del control de la natalidad, tiene una implicación obvia”. En la actualidad, la lencería ha dejado la intimidad para lucirse en el exterior. Las adolescentes no se avergüenzan al dejar ver, por encima de las pretinas de sus pantalones, partes de sus colaless. Ninguna mujer temería recibir una sanción social por dejar translucir su sostén bajo una blusa liviana. Pero, para llegar a este punto, debieron pasar cerca de tres siglos de discusiones y polémicas. Tres siglos en los cuales la ropa interior femenina se ha consagrado como objeto del deseo masculino.

Aparte de por moda y salud, también se han usado por el fetichismo sexual, se una manera notable por la cultura BDSM. Un sumiso puede ser obligado a llevar un corsé que puede ser atado muy fuerte y que le incomode. Un dominante también puede llevar pero por motivos más estéticos

Imagen de Horst P. Horst: The Mainbocher Corset

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