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Lunes 15 de Octubre de 2012

w w w. p e r i o d i c o c i u d a d a n o. m x

Anecdotario Javier Rosales Ortíz

Chalchicuautla

10 Editorial

V

iajar es un placer y conocer y estrechar la mano de nuestros hermanos mexicanos en sus pueblos, en sus comunidades, gratifica y provoca que se inquieten las neuronas y que se multipliquen los conocimientos sobre cultura, tradiciones y la variedad que ofrece nuestro país en el arte culinario. Como estudiante universitario mis correrías por la república mexicana ocuparon demasiado espacio en el bello estado vecino de San Luis Potosí, tierra verde, lluviosa y generosa que yace capturada en fotografías que llenan un amplio lugar en mi álbum, De un pueblo que se llama San Martín Chalchicuautla, nombre que tiene raíces aztecas y que significa “Esmeralda sin pulir”, eran tres de mis mejores amigos- Pedro, Rodrigo y Bernardo-, quienes en mis tiempos de universitario compartieron las duras y las maduras en ese tremendo monstruo que es el Distrito Federal. Y es cierto, San Martín en los ochenta era un pueblo sin pulir, un pueblito pintoresco de la provincia mexicana con sus casas de techo de paja o de teja asentadas en la montaña a las que se llegaba por veredas flanqueadas por enormes árboles y donde todas ellas conducían a ríos cristalinos que invitaba a un chapuzón. Abajo, en la cabecera del pueblo, era delicioso recorrer sus calles empedradas, limpias y bien ordenadas, donde el viernes se instalaba el tradicional tianguis, un lugar donde por primera vez me deleité con el exquisito zacahuil, un enorme tamal elaborado a base de varias carnes que curaba hasta la resaca consecuencia de los excesos del día anterior. Y es que en ese lugar era tradicional acompañar los alimentos con aguardiente mezclado con frutas y, a mí, el de Jobito me hacia alucinar, ver estrellitas. Pero lo mejor de todo San Martín eran sus pobladores, sus bellas mujeres de ojo azul y los jóvenes alegres, saludadores que reciben al fuereño entre bromas y aventones como para establecer química para cosechar nuevos amigos. Mis visitas a ese lugar eran frecuentes y aun extraño los trozos de carne

seca colgados en los tendederos, los huevitos que recién puso la gallina con chilito colorado que devoré con ricas tortillas que pasan del comal de mano en mano, el café y los frijolitos de olla de barro y los pequeños piloncillos de chocolate con leche bronca que poco hacen envidiar a los platillos más sofisticados. Y es que como dicen, en el racho un huevo y unos frijolitos con queso saben a gloria. Esto viene a colación porque nada hay

mejor que conocer a palmo primero a nuestro país, por eso es positivo que Tamaulipas se hermane con SLP en un intento para que se incluya a la Huasteca Mágica en el Catálogo de Rutas de México y que compartan sus lugares turísticos, sus tradiciones y su gastronomía y que de esa manera nos despojemos un poco de la venda que nos impide ver lo que México posee y ofrece. Nada mejor en estos tiempos de

convulsión que los dos estados estrechen lazos y que pasos como éste que se dio mediante la firma de un convenio, nos hagan olvidar un poco la pena y es que como describe Chava Flores, “El Pintor Urbano”, en su melodía “Mi México de ayer”: “Cuando era niño, tenía mi México un no se qué”. Entre paisanos, nos entendemos mejor. Correo electrónico: javierrosales58@gmail.com


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