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Siempre las muertes Luego de unos años de progreso llegó la hora de la partida de Augusto. El pueblo se lamentaba, no salía de su asombro, pero su sucesor fue su hijastro, Tiberio. Fue un príncipe honesto y laborioso, poseía una capacidad intelectual y era un gran administrador, pero un día su comportamiento empezó a hacerse algo extraño. Por las noches salía a cazar anímales, luego los descuartizaba dejando los pedazos en las puertas de los senadores. Era como si una fuerza del mal se apoderara de su cuerpo. Nuevamente el maligno espíritu de Lucrecia hacía de las suyas. Durante el día se ensañaba con las personas, las torturaba, su crueldad y sadismo eran infinitos. Todos estaban aterrados. Nadie salía de su hogar, no podían comprender lo sucedido. Paralelamente, en Jerusalem, una nueva historia nacía. El mundo de las discusiones, tras el misterio de la vida, los milagros, las pasiones y la muerte sucede por esos tiempos. Es crucificado Jesucristo.

El alma de Lucrecia (Final)  
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