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Culto extraño A orillas del río Tiber… La vida de la ciudad continuaba, pero Lucrecia y Tarquino, aquellos jóvenes con ansias de conquistar, con espíritu de grandes ya envejecidos no podían arrancar el dolor de sus vidas. Tarquino, ya abuelo, veía pasar las diferentes etapas por la que atravesaba su tan amada patria: guerras que se sucedían todo el tiempo a su paso, gobiernos que debían sostenerse tras viento y marea, más allá de las luchas internas y externas. Tarquino en la serenidad de sus años evaluaba y compartía sus pareceres con las personas de confianza. Mientras tanto, el alma de Lucrecia sólo alimentaba rencor, recorría las calles de Roma comprando los alimentos y otros menesteres, pero su mirada y su mente solamente masticaban odio, su sed de venganza crecía día a día. La opresión del poder seguía sobre el pueblo… Lucrecia todas las tardes se vestía de color oscuro y trabajaba silenciosamente junto a otros en algunas extrañas prácticas religiosas. El objetivo era traer la diosa oriental en forma de una piedra negra. El ritual consistía en que una sacerdotisa, Lucrecia, conduciría la embarcación aguas arriba y sería venerada por las generaciones posteriores durante mucho tiempo. Junto a la piedra sagrada llegaron los adoradores, y por cuestiones del destino o por la voluntad de los dioses, increíblemente también arribaron jóvenes con las características físicas similares a las del abusador. Estos participaban de innumerables orgias. Algo extraño sucedía, como si el deseo de Lucrecia los poseía, al verla, inesperadamente se arrancaban los ojos y se cortaban las venas y perdían la vida sobre sus pies. Ella deseaba ver al ser que la había destruido como mujer, como persona ella soñaba con ese encuentro.

El alma de Lucrecia (Final)  
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