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EL ALMA DE LUCRECIA


Fundación “_ ¡Menuda tarea la que me han encomendado! Soy etrusco mi nombre es Tarquino, dicen que soy un caudillo. Lo que puedo asegurar es que mi pensamiento difiere ampliamente al de estos simples y rústicos agricultores. ¡Y con ello debo fundar una cuidad! Deberé organizarla política y socialmente, pero primero consagraré la acrópolis. El cielo nos dará el legado de la mano de Júpiter, Tonante, Juno y Minerva. Determinaré su perímetro y dejaré establecidas las puertas de la cuidad.” Y así pensando se lanzó a esta aventura, la de crear nada más y nada menos que Roma. La vida por aquellos tiempos y en aquellos lugares no distaba demasiado de la de hoy. Tarquino, estaba felizmente casado con Lucrecia, vivía en una bellísima casa sobre la Vía Apia y tenía acceso, dada su condición a todos los entretenimientos y diversiones que brindaba la vida mundana: el juego de los gladiadores, el teatro. . . Lucrecia, como toda mujer romana, era una importante figura dentro de la familia. Era extremadamente bella, despertaba la admiración de cualquier hombre de la aristocracia, todos caían rendidos a sus pies. Casada con tarquino fue madre de dos hijos varones que viajaron a Etruria a completar sus estudios. La vida fue haciéndose cada vez más difícil. Atrás quedarían los tiempos de reinar en paz y la armonía. La dinastía ambicionaba el poder, un grupo de personas apasionada se reunía todos lo días en el más profundo secreto con un fin macabro. En la vida privada una trama perversa tomaba forma día a día y Lucrecia que que era extremadamente bella, despertaba la admiración de cualquier hombre de la aristocracia, todos caían rendidos a sus pies. Sexto Tarquino, familiar directo del rey, obsesionado y deslumbrado con el poder y la hermosura de Lucrecia, aprovechó una cena de políticos, y mientras la discusión se enardecía, tras las rebeliones de campo tomó a Lucrecia y llevándola a un sitio apartado logró su cometido. La violó y golpeó salvajemente, hecho que no sólo enardeció a Tarquino el antiguo, sino que al ser dado a conocer desató la rebelión de los patricios acabándose así el reinado de los etruscos sobre Roma.


Culto extraño A orillas del río Tiber… La vida de la ciudad continuaba, pero Lucrecia y Tarquino, aquellos jóvenes con ansias de conquistar, con espíritu de grandes ya envejecidos no podían arrancar el dolor de sus vidas. Tarquino, ya abuelo, veía pasar las diferentes etapas por la que atravesaba su tan amada patria: guerras que se sucedían todo el tiempo a su paso, gobiernos que debían sostenerse tras viento y marea, más allá de las luchas internas y externas. Tarquino en la serenidad de sus años evaluaba y compartía sus pareceres con las personas de confianza. Mientras tanto, el alma de Lucrecia sólo alimentaba rencor, recorría las calles de Roma comprando los alimentos y otros menesteres, pero su mirada y su mente solamente masticaban odio, su sed de venganza crecía día a día. La opresión del poder seguía sobre el pueblo… Lucrecia todas las tardes se vestía de color oscuro y trabajaba silenciosamente junto a otros en algunas extrañas prácticas religiosas. El objetivo era traer la diosa oriental en forma de una piedra negra. El ritual consistía en que una sacerdotisa, Lucrecia, conduciría la embarcación aguas arriba y sería venerada por las generaciones posteriores durante mucho tiempo. Junto a la piedra sagrada llegaron los adoradores, y por cuestiones del destino o por la voluntad de los dioses, increíblemente también arribaron jóvenes con las características físicas similares a las del abusador. Estos participaban de innumerables orgias. Algo extraño sucedía, como si el deseo de Lucrecia los poseía, al verla, inesperadamente se arrancaban los ojos y se cortaban las venas y perdían la vida sobre sus pies. Ella deseaba ver al ser que la había destruido como mujer, como persona ella soñaba con ese encuentro.


Un aparente fin Una noche llena de estrellas, cual manto luminoso cubriendo la ciudad, y mientras reinaba la calma sobre Roma. . . Tarquino dormía en su lecho, de pronto se escuchó un grito de desesperación. Lucrecia había acabado con el dolor. Le había puesto fin a su vida. Se suicidó. Dejando en el aire una frase: “tanto dolor no me permite partir” Durante el cortejo fúnebre le colocaron las representaciones, monumentos funerarios, el retrato de una vida llena de felicidad. Pocas personas asistieron a su despedida, podría decirse que fue una ignorada por su pueblo, el mismo que años atrás la había adorado, amado y alagado. Después de ese día nada volvió a ser como antes. En Roma todos los ciudadanos se vieron sumergidos en el fondo del infierno, los dioses los habían abandonado.


El espíritu El paso de los años y su larga tristeza han quitado la vida a Tarquino. Roma liberada de algunos peligros, como las invasiones y la extrema pobreza se lanza a la conquista del mundo mediterráneo en busca de nuevos recursos. Ya no hay más pequeños campesinos, sólo grandes latifundios. la confusión de intereses es extrema y solamente algunos se enriquecen a costa de la pobreza de otros. Y aparecen otras dinastías, y con ellas nuevas ideas. Todas con ansias de poder, deseo de mucho poder. El nombre de Cneo Pompeyo no es poco, su familia senatorial; su padre, Cneo Pompeyo Estrabón fue cónsul a los diecisiete años; Pompeyo luchó junto a su padre, del lado de Lucio Cornelio Sila, contra la facción de Cayo Mario y Lucio Cornelio Cinna enalteció tres legiones y derrotó a los partidarios de Mario, destruyendo más tarde al resto de la facción en África y Sicilia. A su regreso a Roma, fue honrado con el título de Magno (el Grande). . Se convirtió en el ídolo de la plebe y fue elegido cónsul. Por reiteradas traiciones Pompeyo se volvió entonces contra el partido aristocrático y formó una alianza con Julio César. La hija de César, Julia una bella joven, se enamoró perdidamente de Pompeyo y contrajeron matrimonio. El gran Julio César, general y político, creó los cimientos del futuro sistema imperial al final de la República. Él fue quien le dio a Roma la estabilidad y la confianza. No hubo en toda la historia de Roma un hombre más apuesto que él, irresistible ante los ojos de cualquier mujer. Y Lucrecia espíritu ya, deambulaba en la cúpula del poder, reflejando en los poderosos la disolución de una sociedad que buscaba hallar en exquisitos males, la evasión a la vida cotidiana con la muerte de julio cesar. Nadie podía solucionar la sangrienta e insoportable realidad ni el mismísimo Julio César.


Su casa, el palacio. Ultima arcada a la derecha, segunda planta. Ese es el lugar elegido. El alma de Lucrecia desde allí vigila. Su espíritu no encuentra la calma, se pasea entre las personas, es una brisa para los niños y los ancianos. Su esposo sólo quería el bien. El fue educado, formado para gobernar. Sus raíces etruscas eran buenas, la familia era perseguidora del bien. Él no dejaba de preguntarse antes de partir-¿Por qué a mí? ¿Por qué las miserias humanas habían llegado a esto?. ¡Un espíritu sin paz!, y que tampoco quería paz. Día a día se observaba cómo las guerras no cesaban, la crueldad era incontable e inexplicable. Sin lugar a dudas ese espíritu enfermo, sin piedad, fue uno de los instigadores en la conjura para matar a julio cesar. El asesinato del máximo dirigente de la República de Roma, Cayo Julio César, tuvo lugar en el interior del edificio del Senado romano, el 15 de marzo del 44 a.C., a manos de un grupo encabezado por Cayo Casio Longino y Marco Junio Bruto. El asesinato de Julio Cesar fue tan impactante que más de un escritor, años después, la tomaron para realizar obras literarias: Plutarco, en Vidas paralelas, obra en la que con una serie de cuatro biografías individuales y otros veintitrés pares. Muchas de estas últimas, como las de los legisladores Licurgo de Esparta y Numa Pompilio, los generales Alejandro Magno y Julio César, y los oradores Demóstenes y Marco Tulio Cicerón, van seguidas de una breve comparación. Todas ellas fueron escritas con un gran conocimiento resultando ser frutos de una esmerada investigación, las Vidas Paralelas no son sólo obras históricas de gran valor, sino también estudios psicológicos que recurren a la anécdota y la cita para develar la moralidad de las personas.


El espíritu no descansa Luego de la muerte de Julio Cesar llega al poder en medio de la crisis de la República otro hombre muy honrado. Augusto, el vengador de César. Augusto fue amigo de los poetas Ovidio, Horacio y Virgilio, el gran creador, entre sus obras, no se puede dejar de mencionar la Eneida. Además tenía muy buena relación con el historiador Tito Livio. Su amor por el esplendor arquitectónico fue eclipsado por su jactancia de que él “había encontrado Roma enladrillada y la había dejado cubierta de mármol”. Como adepto riguroso a las virtudes romanas en tiempos en que crecía la tolerancia, intentó regular la moral pública mediante la aprobación de la ley suntuaria y la de casamiento, ya que por razones insólitas, inexplicables las personas no formaban familias. En el ámbito económico, fomentó el desarrollo de la agricultura en Italia. Un amigo de Virgilio le contó la historia de Tarquino y su amada, pero Augusto no lo escuchó. El no creía en los espíritus ni en los fantasmas, decía que esas eran cosas de niños y además negaba que el origen de Roma pudíera ser de un etrusco con un espectro. Tampoco creía en la historia de Rómulo y Remo, dos pequeños niños que fueron abandonados para que se ahogasen en las orillas del Tíber y que fueron encontrados por una loba, que se los llevó, amamantó y crió. Ya adultos, los hermanos regresaron al lugar donde habían sido abandonados y allí fundaron la ciudad de Roma. Parecía que Roma tomaba un buen camino. Con Augusto todo mejoraba, el senado y los habitantes lo colmaban de honores, lo proclamaron “divino”y colega de los dioses. Fue el primer ciudadano romano a quien se adoro en vida. La pregunta sería : ¿ hasta cuándo este clima?. ¿ Qué depararán el destino y los dioses?. . .


Siempre las muertes Luego de unos años de progreso llegó la hora de la partida de Augusto. El pueblo se lamentaba, no salía de su asombro, pero su sucesor fue su hijastro, Tiberio. Fue un príncipe honesto y laborioso, poseía una capacidad intelectual y era un gran administrador, pero un día su comportamiento empezó a hacerse algo extraño. Por las noches salía a cazar anímales, luego los descuartizaba dejando los pedazos en las puertas de los senadores. Era como si una fuerza del mal se apoderara de su cuerpo. Nuevamente el maligno espíritu de Lucrecia hacía de las suyas. Durante el día se ensañaba con las personas, las torturaba, su crueldad y sadismo eran infinitos. Todos estaban aterrados. Nadie salía de su hogar, no podían comprender lo sucedido. Paralelamente, en Jerusalem, una nueva historia nacía. El mundo de las discusiones, tras el misterio de la vida, los milagros, las pasiones y la muerte sucede por esos tiempos. Es crucificado Jesucristo.


La locura no cesaba Un sobrino de Tiberio quería acceder al poder para esto realizaba duros trabajos con una hechicera, la magia y los buenos vientos lo favorecían. Los senadores estaban alucinados ante tantas buenas cualidades y extravagancias. Nadie sospechaba que en él anidaba un alma oscura. Su juventud en los campamentos militares le hizo merecedor del sobrenombre de Calígula, debido a los pequeños zapatos militares que usaba. Calígula creyendo que ya no necesitaba la ayuda de la hechicera dejo de visitarla y de obsequiarle piedras preciosas. Ella se enfureció tanto que tomó a Lucrecia para vengarse. Al invocar el espíritu que deambulaba por la calle, comenzó él su pedido. Desde ese momento el pobre Calígula enloqueció, perdió la noción del tiempo. . . Se proclamó hermano gemelo de Júpiter, y gastó todo el tesoro del estado en cuanta locura cruzaba por su mente. Estaba tan perdido que para conseguir dinero, acusaba de traidores y condenaba a muerte a los hombres más ricos de Roma. Los oficiales de guardia, cansados de tanta demencia y sin sospechar nada del hechizo, lo asesinaron. Los días transcurrían en su curso natural. Los mismos que le quitaron la vida a Calígula, proclamaron emperador a su tío Claudio. Claudio era muy tímido, bueno por naturaleza, gracias a esas virtudes todo se sucedía en armonía.


Otro trágico final Durante el reinado de Claudio, Roma conquistó, entre otras regiones, Mauritania y Britania y se produjeron importantes reformas en la administración del Imperio. La prosperidad había llegado, las personas disfrutaban de las carreras de caballos, esos días eran de gloria ya que había que apostar al mejor corredor, se compraba comida.¡ Eran días de fiesta! Además eran infinitas las bodas. Se festejaban en los atrios o en los templos ofreciéndoles sacrificios a los dioses. Entre tanta boda y desparpajo se casó el emperador Claudio con Agripina la Menor hija del general romano Julio César Germánico y de Agripina la Mayor. Un camino sin retorno, como no podía ser de otra manera. Las malas energías, para no mencionar a Lucrecia, se hacían presente nuevamente, pero esta vez personificadas en Agripina, una persona desquiciada, totalmente psicótica y fuera de razón. Agripina envenenó a Claudio. La historia de este asesinato fue modelo de inspiración para muchos autores, entres ellos Pierre Grimal con “Memorias de Agripina”.


Y nunca nada llega a su fin Las generaciones pasaron, . . . los emperadores algunos mejores que otros, las guerras. . . pero Lucrecia siguió presente, como el primer día . . . con su odio, su sed de venganza,. . . Ella fue la gran culpable, quien se hizo escuchar a través del espíritu, de las malas energías. Fue quien destruyó Roma y cuando sintió que su historia fue profesada y transmitida encontró su calma. Fue entonces que se elevó a lo más alto del firmamento y desde allí sigue observando. Qué nada la enerve, que no vuelva a desatar su ira!


El alma de Lucrecia (Final)