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Compañía de Filipinas, dedicada al tráfico de esclavos, se había asentado en el predio. Luego de ser adquirido, en 1802, por Manuel Gallego y Valcárcel, fue rematado a su muerte y quedó en manos de Daniel Mackinlay, quien encaró la forestación del sitio, alrededor de 1812. En 1846 pasó a ser propiedad de Charles Ridgley Horne, quien compró tierras vecinas y construyó una mansión sobre la actual calle Defensa –Cuesta de Horne-, hasta que, en 1852, con la caída de Rosas, Ridgley Horne se exilió en Montevideo. Dado que durante años flameó, en la casona, el pabellón británico, el predio figuró como Quinta de los Ingleses, nombre que se consigna en los planos urbanos de principios del siglo XIX, y en “El matadero” de Esteban Echeverría. En 1857 el salteño José Gregorio Lezama compró la propiedad y le anexó terrenos que extendieron la propiedad hasta la calle Brasil. Lezama remodeló la casona y la rodeó de un imponente parque, cuyo diseño encargó al paisajista belga Charles Vereecke. En 1858 durante la epidemia de cólera que azotó a Buenos Aires, Lezama permitió que se estableciera allí un lazareto y, en 1886, donó terrenos para la apertura de la calle Paseo Colón. A la muerte de Lezama, en 1889, su viuda Ángela de Álzaga vendió la propiedad a la Municipalidad de Buenos Aires por un valor simbólico, con la condición de convertirlo en un parque público que se llamaría Paseo Lezama, lo que se efectiviza en 1894. Entre 1896 y 1897 se demolieron edificios para adecuar el solar a un paseo público, y, en la lujosa mansión de la calle Defensa, se instaló el Museo Histórico Nacional y se construyeron tres accesos: Brasil y Paseo Colón, frente a Casa Amarilla, y Defensa y Martín García. Se incorporó alumbrado con lámparas de arco voltaico. En 1900 en el Parque comenzaron a desarrollarse actividades recreativas: teatro al aire libre, circo, boxeo, un tren para niños, y se efectivizó el proyecto de Carlos Thays, que entre 1903 y 1910, incorporó la parte baja del parque mediante un jardín francés, y plantó la Avenida de las Tipas. En 1914 Benito Carrasco construyó el “Gran Auditorium”, anfiteatro a cielo abierto, con capacidad para 2.000 personas, con una plazoleta central y un kiosco para música que reemplazó al lago artificial emplazado sobre el costado de la calle Brasil. Sus gradas, en un principio de madera, luego se construyeron en cemento. En 1921 se inauguró el monumento “La loba romana”, donado por el rey de Italia con motivo del Centenario de la Revolución de Mayo. En 1931 la reja que rodeaba al predio y era herencia de los tiempos de José Lezama, fue demolida por orden del intendente José Guerrico, con lo que el parque quedó abierto al público de forma permanente. A partir de entonces y hasta 1936, se incorporaron varios monumentos: el que conmemora el IV Centenario de la Primera Fundación de Buenos Aires –Defensa y Brasil-, y el Monumento a Pedro de Mendoza. Se anunció la pavimentación de los caminos, se perfiló la barranca, se construyeron los miradores y la fuente del Auditorio en el sitio donde estaba el kiosco para música, se colocaron bancos de granito y se instaló la luminaria eléctrica.

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PARQUE LEZAMA: LA HISTORIA EN PELIGRO.  

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