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La flor más bel la por Sol Noviembre de 2013

Cerca del Oeste, en un pueblo muy pequeño llamado Claus en honor a la Navidad, vivía una niña de ocho años, Ysabel. Todos hacían sus quehaceres, Micaela, la mamá, regaba el polvoroso piso de tierra y luego lo barría con su escoba casera fabricada con un palo de cerco, paja del campo vecino y un atadito de alambre. Todo servía a la hora de mantener aseada la precaria casita. Ysidoro, el padre, trabajaba la tierra sembrando verduras y cuidaba una vaca que había obtenido de pago por un campo arado; Ysabel tenía la labor de cuidar a Martita, la bataraza, darle alimento y agua todos los días y rastrillar el gallinero, “para que no se les pegue el sarampion”, decía su padre. Cosas del campo. Ysabel, por cosas de la vida, no tenía hermanitos, pero sí tenía a su abuela a la que extrañaba, y mucho. Solía repetir su nombre en voz alta en el campo. Ella se llamaba Elsa; Pocha, para los más cercanos. La niña le mandaba cartas con el lechero que venía del pueblo, y aunque la familia tenía su propia vaca, éste paraba a diario para compartir pan casero calentito y un té con Ysidoro. Esa mañana, Ysabel le dijo al lechero: –¿Usted podría llevarle una carta a mi abuela? Y este, que la apreciaba, no pudo negarse, ya que la conocía desde gurrumina . Entonces Ysabel se inspiró: “Querida abuela: Hoy desperté pensando en vos. ¿Sabés? Me porto súper bien, me levanto a la mañana, me lavo la cara mientras desayuno una rica leche con pan casero y manteca. Mamá me hace unas trenzas muy pomposas, y ya cambiada, con la camisa que me hizo y el enterito que me regalaste y un pañuelo para no pescar una gripe, me voy sin chistar a la escuela, al galope con mi mulita. ¿Sabés? Está alta la condenada y papá me hizo un banquito para que suba. ¡Ah! Y también ¿viste a Martita la bataraza? Tiene cinco huevitos, y espero que los pollitos nazcan pronto, con la luna que se aproxima, según mamá. Ella


sabe mucho de eso, y a pesar de que Martita no tiene marido, yo he visto que la visita un gallo muy paquete del vecino. Yo creo que le deben arder las patas cuando llega a visitarla. Bueno, te dejo, voy con papá a ordeñar a Clara, la vaca, ella también tuvo un hijito, se llama Tito y es un ternero panzón, dicen que holando... vaya a saber qué es eso. Besos. Te extraño, Ysabel. A la mañana siguiente la niña salió temprano en su mula; entre galope y galope –era lenta la condenada– llegó al pueblo exhausta y, aunque iba en mula, respiraba agitada por el viento que azotaba su cara sin dejarle sudor alguno. Entró al almacén muy sigilosamente y con voz muy fuerte dijo: –¡Hola! –asustando a Pedro, el señor del almacén de ramos generales donde se podía encontrar desde un alfiler hasta una herradura. Pedrito todo lo tenía. –¡Hola, Ysabelita! –respondió Pedrito– ¿qué buscás? –Busco maíz del mas chiquito, porque Martita, ¿vio?, la bataraza, va a tener 5 pollitos, y como no tiene ubre la pobre, a los pollitos no le queda otra que comer maíz. Pedro, con una gran sonrisa... –¡Jajaja! ¡Qué muchachita tan graciosa, una bataraza con ubre! Entonces le regaló el maíz para sus pollitos y la niña volvió muy contenta. Ysabel llegó al trotecito a su casa cuando, de repente, escuchó un gran alboroto en el gallinero. Ahí estaba Martita con sus 5 pollitos; ¡Qué gran emoción sintió Ysabel: –A ver, Martita –dijo la niña– ya tengo sus cinco nombres, el viento, el sol y las flores me ayudaron a elegirlos. Se van a llamar Piti, Peti, Pico, Pepa y Flor, ¿Sabés por qué Flor? Porque cada día, cuando voy a la escuela miro los grandes girasoles con su hermoso color amarillo, no sabés lo bello que son. Martita y los pollitos escuchaban atentamente a la niña. Ella salió corriendo a contarle a su mamá la novedad: –¡ma, mamá! –dijo muy contenta– Los cinco nacieron todos iguales a Martita, son gorditos como un copo de nieve –su madre reía sin parar. –¿Sabés, ma? El campo me dijo sus nombres –y así quedaron charlando hasta largas horas de la noche y después, a dormir. A la mañana siguiente, la despierta el aroma del pan casero calentito con manteca y leche que le preparaba su madre. Después del desayuno, corrió hasta el gallinero y descubrió que faltaba un pollito. –¡Martita, Martita! ¡Te falta un hijito! –dijo la niña... Con lágrimas en los ojos, Martita respondió:


–Anoche mientras dormíamos algo pasó. Ysabel, desesperada, salió al trote con su mula. Recorrió cada rincón del campo sin encontrar novedades. Al volver, sin esperanzas, pasó a cortar un girasol como señal de dolor y pena. De repente ahí, a la sombra de la flor mas bella que Ysabel había visto, estaba el condenado pollito que con tanta atención la había escuchado hablar de aquellas flores tan bellas. Por eso, entre sombras, ruidos y peligros de la noche, fue en busca de aquella hermosa flor para su madre.


Fábula sol