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Villa Ballester solía ser de una manera diferente. Sus luces eran más largas, los sonidos se escuchaban en alta resolución, las manzanas estaban repletas de poca gente y la cantidad de cosas no abundaba. El mes Diciembre siempre tuvo un sabor especial. Por aquellos tiempos las personas del barrio se saludaban mucho, compartían una cerveza en el patio de su casa, los chicos saltaban la medianera para colarse (sin pasar por la puerta principal) a la pileta del vecino y los kioskos ya empezaban a asomar sus mesitas improvisadas de madera en las que ofrecían petardos y cañitas. Otras veces podía verse por las calles a un Papá Noel transpirado regalando caramelos con algún volante de un comercio de la zona. Fue una tarde del 1 de Enero de 1993 cuando toda una familia, de diferentes barrios, estuvo reunida en una residencia de Chaco entre Pueyrredón y Witcomb. Todos los integrantes estaban felices y sonrietes, contando a través de comentarios graciosos sus felicidades de aquellos días. En ese parque de mesas diferentes y vasos llenos de sidra, las señoras y señores se gritaban alocadamente de una mesa a la otra. Había conversaciones grupales y chismes de a dos, niños corriendo y otros molestando con algún chasqui boom. Fueron muchas personas las que estaban dentro de la casa, tantas que parecía un aeropuerto en temporada alta. El asado estaba llegando a su fin. Las señoras que no habían parado de fumar y criticar, se mostraron felices al ver la llegada del cafecito y el strudel de manzana.

Mientras la felicidad acompañaba la delicia de los sabores, sucedió un estruendo que a todos los detuvo. La puerta, compuesta por una muralla de chapa amarilla, se abrió dando contacto a los invitados con el exterior. Grandes y chicos corrieron hacia la salida con tanta exasperación que los adultos iban aún más rápido que los niños. Algo malo había pasado, pero la energía que había generado esos gratos momentos, se transformó en un elemento esencial de ayuda. Padres, madres, tíos, tías, primos grandes y familiares curiosos ayudaban a la escena de la catástrofe. Los hombres se abalanzaron sobre los autos, pudiendo con su fuerza separarlos y abrir las puertas para las personas que estaban adentro pudieran salir. Las mujeres se organizaban para alertar a los vecinos, que por suerte muchos de ellos eran médicos. Otros simplemente observaban. Hubo un momento que el sonido de una sirena hizo calmar a las personas. Todos dieron por sentado que había llegado la ayuda oficial. Dos o tres bomberos bien organizados, bajaron de la auto bomba con herramientas para resolver la situación. Italianos, alemanes, españoles, japoneses, árabes y aborígenes de otros mundos habían salvado a la familia del accidente y en ese instante, bajo la mirada atónita de bomberos y vecinos, la familia cayó en la cuenta que estaban en una fiesta de disfraces.

Un choque cultural  

Mariano Zárate - 2012

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