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Fragmentos Mariano Lopata

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I (fragmentos de inacabado texto) Lector: Detente, no te conduzcas con hocico embalsamado de gloria por las ciénagas de la fatalidad. Aún la lógica de los hombres tiñe de melancolías rojas, aún su gloria se cierne sobre los frutos de nuestro amor como los ángeles de la furia amarga. Los esperaré, los esperaré como espera el pez ser devorado por la dentellada implacable del tiburón, la sangre que espera es la sangre que espera.

II Cuando la belleza se halla ido ya del esplendor en la carne, la sed, los aromas que te invaden, se hayan saciado de días, de miradas, habré muerto a tu dolor. Mariano Lopatka

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Non Serviam No cantes la lluvia poeta, haz llover, sacúdete de la vista a los hombres y préndete en un incendio de astros. Igual que la garganta del ahogado que destella relámpagos y no voces, truenos y no palabras, el fogonazo prístino del dulcísimo corazón. No cantes la lluvia poeta, haz llover, porque sino llovieras de mares, y de todo lo que sufre, serías igual que aquellos pobres diablos; aquellos perros vagos que nada crean que mueren sin haber visto tras el eclipse que es mundo los rayos fulmíneos del ser. Poeta, ¿Que es tu fuerza sino conjuro? ¿Cuál es tu don si no eres cordero? ¿Con que escribes sino con tu sangre? Cuando miro mis manos buscando una palabra, cuando le ruego aquella palabra al viento; no como inspiración; sino como el aire que queman mis pulmones con cada latido, cuando miro mi pecho, buscando una palabra como la flor de estío, como la flor que no fue como la flor maldita, como la flor que acompaña al muerto hasta el sepulcro así acompañan las palabras a los hombres, pero a ti no, pero a ti no, poeta. Tú velas el fuego sagrado, de una orden extinta; Tu perteneces al linaje de los que sobreviven a la devastación, porque sobreviven las palabras, crecen como estas flores, alumbran como el fuego, arden como todo lo que es noble, como arden las maderas, como el árbol, como la tierra, de pie, igual a nosotros que en el abrazo de las llamas coronamos un nombre y un destino.

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El hombre desenmascarado Un hombre suplica, un nombre nuevo que suena de feroces guturales, las distancias entre los labios Un nombre que rechina de sombras y se complace en el vértigo del día, sobre el tallo que es renglón de cada palabra Cada palabra en un renglón de estrofas que tiemblan sordas el estrépito de los mundos que colisionan dentro.

II Los dioses que antaño se regodeaban con las miserias de los hombres hoy yacen desnudos de mármol frío, las miradas vacías de sus hijos huérfanos incendiando las retinas en una guerra de ojos; Una guerra de labios, una guerra de lenguas de humo negro. Y aquí aparece en escena el lúbrico, el loco, aquí aparece como un rayo y habla suave pero con el filo de mil hojas de diamante hechas daga; que aman al corazón Aquí aparece el loco: Devuélvele el velo blanco que cubre los ojos de todos los nombres que no he sabido pronunciar. Así grita el loco: -Hablo bien para tanto dolor que ni una lágrima se escurre hacia el infierno de mi boca; Mi voz quiere ser la sombra de la vida, y mi palabra tiembla. Yazgo perdido entre los gritos arteros, la turba llega y caigo hacia el súbito corazón, viajo tan profundo y dentro que ya no recuerdo mi nombre, que ya no recuerdo el tuyo

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¿Cómo podré redimirme? ¿Quién soy ahora sin mis gritos? Quiero edificar los soles en el ojo como el arquitecto de cada pensamiento y no puedo despegar de esta tierra que me abraza. ¿Haz visto tú cuánto de loco? ¿Qué lugar es el mío demente de tus pesadillas tan consabidas? Es que te has propuesto las perfidias que osa el exegeta, cuando la magnánima razón resplandece en tus días-prisión. Aquí la ninfa, la musa huye horrorizada, abandona al loco, que corre hacia la noche escapando también, del sol y del sueño. Haz tu también el mal donde roen los huesos de aquellas victimas del amor. Corre tú, huye tú, vete tú. Decídeme en un instante y de una vez todo lo que cruza Conjúrame para que renazca; y renaceré hecho de estrellas a tu lado; Renaceré de la fiebre que padecen los dioses, pariré cada palabra, me comprometo pero eso si, que halla una luz. Que la haya al final; te lo suplico. Que haya una luz al final del desencanto. Austero es mi pecho que no refulge de galardones pueriles, la mano que no porta látigos ni espadas, Yo sólo llevo un nombre y mí triple lengua de platino, mi doble dedo entintado, mis ojos de hielo y mí boca de fuego, y sobre todo el corazón que se desangra. ¡Oh canta conmigo en medio de

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la fragua que es batalla! Y ahora ausente de destinos heroicos, del rebuzno oficial, vuelve a sumergirse en su mar de ópalo con los ojos palpitando como la bestia liberada cuando se estremece ante el rayo.

Noche de bestias El aire y los sueños El agua y los ríos La poética del espacio Y el derecho de soñar Dirige tu paso atrás, Me llevaban las lagrimas de la Juventud y los Perros dominados por la locura Las bestias antes de morir lanzan una última mirada al cielo, con patas sangrientas de insaciable sed de infinito Como una danza que hubiera extendido susurros de mármol entre la carne fría: ¿Para qué miento? Si ya no sé que cosa escribir; ¿Para qué miento?, Si no sé que más para la pluma, una vida lenta; un reposo ciego, un dolor apagado pero que igual duela; una calma quieta y angustiosa; el destino de la flor que se arranca, que se arroja al sol de los días por-venir. Así, así, son los días, que restan uno más entre los mil.

II Hay mil nombres que aúllan ciegos. Hay mil días para mi soledad.

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Vivo en la herrumbre imperfecta del tiempo que oscila presencias. ¿Qué me susurran? Los pastos que crecen intrépidos entre las baldosas rajadas, las hormigas que vivorean compactas sobre la mesa y el pan que se deja comer; La hiedra que se aferra celosa a los cables que sostienen el viento; tazas de té rotas, de porcelana y piedra. La regadera seca sobre charcos de barro. Los ladrillos que escapan de sus paredes entre el escombro rebelde. La madreselva que esconde aquella revolución de muros y cemento. Cada maceta que cuelga de las ramas secas, cada girasol que se alza como se alza el ahogado en busca de luz. Anarquía de un patio verde. Pude ser todos los poetas en este instante de luz y cantar como el grillo. Pero ahora soy ineludible, como la sombra y el destino.

La hermosura de una estirpe que regresa al hogar I Fatal como un diluvio de estrellas: sin pensar que pueda rescatarme de los abismos que templan silencios como el afán de las bestias Invoco: “La hermosura de una estirpe que regresa al hogar”

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Enceguecidos; Luchamos entre los vivos signados por nuestros muertos, mientras las hordas fantasmagóricas se debaten en el infierno el poder sobre el hombre, brilla una luz lejana pero profunda, una luz nocturna como el faro negro de la locura. Allí, los cuervos de la razón y sus graznidos, musitando blasfemias tan afables, y tan comedidas que la sangre se hiela y como un río glaciar, se quiebra de a pedazos, transformándose en astillas del mismo pavor que tu demencia, así caen implacables con el filo brillante apuntando al corazón; Y lo destrozan, y tu también te desangras por la misma herida que fluye del agua que es vida; de nuestra corona que es martirio, y el calvario infame que es dolor. ¡Qué ello nos temple! ¡Qué ello nos salve! ¡Qué ello nos redima! Que la última gota: el sudor, la sangre, la lágrima y el barro. Que la última gota parta como el rayo fulmíneo el báculo dorado de la razón.

II Tu caudal sombrío Tus himnos de coraza partida. Mi saliva Nuestras horas mudas de Ángel, corona y regazo. Alumbrada, sola en el medio del mar Con el bronce vacío. Mientras aquí los muertos que se arrojan coronas, Te llamo en el silencio Y recuerdo: “El hombre esta hecho de la obediencia a los poderosos pastores”

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Pláticas “La palabra es aquella herida por la cual sangra el mundo; y el poeta”. (Palabra latente debajo de la palabra que la designa, su precisión consiste en no alejarse del alba.) I La memoria no es más que una suposición improbable. Hay que prohibir todas las palabras, son peligrosas. Ellas significan. Dejar vivos los cuerpos que agradan a la muerte: la vida no es más que el miedo frente a ella, la antesala. Abjurante del don aéreo: lo leve; Anclado a la parca imagen. Pero morirás; Y te volverás invisible.

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El carácter hechicero de la imagen como presencia o; El lenguaje inaudito del mundo. El hombre moderno se nutre de imágenes débiles que lo eclipsan. Difícilmente podremos sustraernos de ellas y el embrujo que se cierne sobre el verbo. El pensamiento y la libertad creadora de la significación artística son reemplazados por preconceptos mecánicos al servicio de la eficiencia, procesos absurdos y estériles, maquinaciones no menos aberrantes que la de suponer una cultura muerta y desarraigada de su propio suelo, hipnotizada por fascinaciones y el destello de sus pantallas anunciando lo real. Dios ha muerto. Gritaron. Y hoy el olvido nos ha arrojado a un terreno mucho más yermo que aquel donde el hombre presentía su orfandad. El aplastante ritmo de un sistema devorador de todo cuanto pueda consumirse coloca a la imagen al servicio de los acontecimientos en su actualidad temporal. Asediados por fotografías, periódicos, la televisión, publicidad y redes virtuales de información. que intentan volver simultáneo y sincrónico su “mundo global”. Acaso no sea quimérico suponer que las generaciones futuras, deseosas de información cada vez mas rápida y verosímil, tiendan a reemplazar la expresión verbal por la imagen. Se trata de una elección que el hombre haría entre las imágenes y el verbo, ello nos habla de un peligro y una amenaza: precisamente la supremacía del mundo imaginario sobre la conciencia, el espíritu y el pensamiento ahora sitiados por esta horda insana se hallan a merced de las sombras. En rigor no es posible la elección: las imágenes se nos imponen; y los espíritus mejor prevenidos difícilmente puedan conjurar su hechizo. Una maldición de la técnica, donde las fuerzas creadas por el hombre amenazan contra él mismo anunciando la profética rebelión del hijo; Un engendro bastardo intentando vengar el trágico destino que lo arrojó sobre el mundo: el maquinismo y la técnica; Y un padre bestial que ha perdido su vínculo sagrado con lo divino: el hombre. II La mediación de lo humano sobre el cosmos es una herida que se abre en él al nombrar, se entregan a las cosas el nombre que ellas son. La palabra es aquella herida por la cual sangra el mundo; Los primeros en morir serán los poetas, y de su carne abierta brotará un rayo hacia el lugar que elijan las aves al partir. ( Parto universal. Acentos del mundo en su creación. El poeta encarna un drama solitario entre el mundo y su representación.)

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Ceremonial de Conjuro Ajena al vestuario convencional. La poesía tiende al último horizonte. Ni contradicción ni duda. Las tierras del poeta reposan más allá de la razón y la fantasía, del espíritu y la materia. I Como un poderoso conjuro aquella inscripción hecha sobre el cuenco de una caracola vuelve arrojada sobre mí. Hoy desde el abismo de los días, y con las manos gastadas, Recupero de algún hueco tibio el tesoro enterrado en el fondo de mi corazón; Hoy veo con calma la inquietud que gobierna a los hombres, y que en aquellas jornadas de la euforia hace arder las pueriles vanidades del día a día donde se nos escapan las claves de esta misteriosa existencia: los labios, las palabras, la tibieza de las manos, el sol, la candidez de la mirada, la noche serena, y el camino de estrellas que guía a los amantes hacia su morada celeste; Las cenizas que arden, la luz en que la vida escapa y es liturgia de dos. II Aquí me hallo contemplante del misterio de eternidades. Ante el enigma del ser; observando desde lo alto y el frío aquellos muertos que caminan desprevenidos. He oído que llegan hasta sus lechos atroces soñando en la desesperación del día para aniquilar el ardor de sus anhelos con la fragua del olvido; Ya no recuerdo si me he visto también entre ellos ó construyendo sus tumbas. Dicen que demuelen las guaridas de quienes aún viven, destrozan la piedra; inventan un canto y vuelven entre sollozos hacia sus hoyos; perdidos en el tumulto de huesos, entre harapos y mortajas que cubren la máscara que era cuerpo para seducir a la muerte. Pero ella no llega; y deben dormir otra noche más al desamparo del amor, que no sabe que es dicha,

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que es la única dicha y que no hay otro sueño que persista mientras tanto prevalezca ígnea la estirpe que arde en los brazos del amante, para ser consumido hasta las cenizas y el polvo, para que su fuego inflame la carne, derrita los huesos, hasta agotarnos y ser estrellas, pero no, otro cadáver del buitre metal.

Ciudadano del olvido ¡Oh tribu de cadáveres ! que se mecen solícitos entre las grutas y los rincones, de galerías insondables. Peregrinos del extravío, que vagan entre sollozos a la espera del salvador. Que se acurrucan en los días cálidos, y los días helados salen a pastar, a balar entre la turba, a balar ante el magnificente siervo coronado que como un párvulo soez escupe y gime entre destellos guturales de toda su vanidad. ¡Peregrinos, Peregrinos, náufragos del desacierto! Yo también soy uno de vosotros, Yo también me aferro al madero salvador en medio de la tempestad. ¡Yo también sufro desasosiego de lo vasto, vértigo de infinito, estupor de lo eterno! Tantas veces te he visto con ojos ciegos de mi, que no se si son todos el mismo, el único. Este dolor de pájaro: ¡Si al menos fuera digno de su austeridad! que mueren silenciosos sin reclamar estrellas al cielo, coronas al mar ni collares de flores, ni el fuego patibulario, ni el martirio de los santos, ni la bala heroica o

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la espada de tierra, la espada de rayo, la espada, la espada, ¡La gloria de los hombres es horror de espadas! ¡Que era de espadas! Y de hienas incendiarias ¡Hurra por todo tu fuego!, Hurra por tus cañones libertarios, Hurra, por tus verdades de panfleto ¡Hurra, Hurra de botas y de barro! Yo sigo entre los pájaros, que mueren bajo sus alas en un rincón desconocido con mis ojos de lluvia, mis ojos de lluvia Vicente. Este día de soledad inaccesible que me inunda de algo mas bello que aun no aprendo a pronunciar. Si, la sangre que corre a la muerte tiene sus afluentes, La insinuación de tal semilla y la selvas, y los ríos, y los manantiales brotando del centro del pecho hacia el gran corazón, el que sacude como temblor el día de los días, y los días que estallan como soles, que estallan como estrellas, que estallan como esquirlas, esquirlas veloces que escapan incandescentes como el relámpago y el misterio. Como la noche imperecedera, como las costas negras bañadas por el río del olvido, como este amor de fragmentos de pájaro, del pájaro de ojos de lluvia que resplandece en el alba del día más negro, de la noche que más brilla que resplandece de corazones en la frase última y la atmósfera más distante. Como un rasguido de fuego que irrumpe desde antaño caigo igual que el rayo, que todo en él es, y fulmíneo con el se deshace.

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Fragmentos  

fragmentos de poesía

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