__MAIN_TEXT__

Page 1

María Neder

R E A D I N G

E D G E

LECTORA A DOMICILIO


© María Neder Todos los derechos reservados ©Alción Editora Córdoba-Argentina Julio 2006 ISBN 10: 987-646-055-2 ISBN 13: 978-987-646-055-2 Cámara Argentina del Libro, catalogación: Novela

Ilustración de tapa: Virginia Patrone El oscuro deseo de parir un hijo (Acrílico/tela) 130 x 97 cm.

2


Un paĂ­s que asoma su cabeza deforme en una carta, y va a darse a destiempo, nada es lo que esperabas. Y lo que llega envuelto en papel de regalo se irĂĄ sucio de odio. Bailamos entre los escombros de una cita.

Jorge Boccanera

3


a RaĂşl Cuence

a Azul Violeta Romano

4


Agradecimientos

a Ricardo Monti, que guió la escritura inicial para la imagen recurrente de Teny; a Tununa Mercado y a Juan José Manauta quienes, con aquellas primeras –atentas- lecturas, alentaron el trabajo para este libro; a Roberto Juan, que desde otro camino me incita a seguir el mío.

5


Mi padre me llevó por primera vez al café antiguo el día que cumplí veinte años. No sacralicé mi entrada. Dejé que él eligiese la mesa. Parecía sereno, me ofreció un chop de sidra y señaló un cuadro detrás de mí. Habló de un barrio que quedó bajo las aguas, un barrio de músicos, genoveses y bailarines de tango. Señaló una foto de Juan de Dios Filiberto, terminó su sidra y se detuvo con los ojos bajos. Luego me miró y dijo con una especie de urgencia o exaltación: -El sábado vamos a Chile, nos quedamos una semana en Santiago y después paseamos. ¿Te gusta? -¿Es regalo de cumpleaños? -No solamente. ¿Te gusta? -¡Obvio! Pero... hay algo más papá ¿no es cierto? -Hay algo más, sí, ya te vas a enterar. -¡Qué suerte que no tengo gato, ni novio! -Qué suerte que te va bien en tus estudios, podés faltar, y qué suerte que no tenés alumnos ahora, y qué suerte que puedo invitarte a comer esta noche. En Santiago supe que pronto me quedaría sola. Conocí a su novia. Anunció otros planes. No me abandonó. Hizo la suya.

6


Tan previsor mi padre. Después de dos años se animó a concretar, él se fue al otro país y yo me entregué a una película. Igual que con el aviso: fui la primera, hasta que aparecieron las demás, empecé una rueda oscura que sigue marchando y me sacude barro. Porque cuando nació mi hermano no me importó, pero cuando conocí a ella, la otra hija. Supe que mi padre era sólo capaz de hablar frente al hecho consumado. Aquella "novia" era madre de mi hermana desde el primer día, desde mi viaje ingenuo, a los veinte años. Qué espantoso suena "mi hermana". Ella es la otra. Tan parecida a mí, tan parecida a mi padre. Aún él me enviaba una suculenta mensualidad, no como ahora. Me invitaron (no puedo precisar la fecha, era verano) y viajé. Todo está bien, me dije, todo está en su lugar. Y a mi regreso de Santiago puse en venta el departamento. Me gustaba la avenida pero no pude sostener aquel placer lechoso, casi pueril. Ni la sonrisa. Ni la costumbre de sentarme en el mismo sillón donde había sido la primera, junto a mi padre, oyendo aquella música que nunca entendí y sin embargo tenía el mismo timbre que su voz. Dejé pasar un tiempo. No. El tiempo me pasó sin darme opciones. Cuando le escribí fue porque estaba a punto de concretar la venta. Mi padre me llamó furioso. -Tan orientado a los monosílabos -le dije. Estoy segura de que también llamó al martillero para frustrar mi anhelo. A los dos meses envió una tarjeta -adora las tarjetas de papel artesanal- felicitándome por "la nueva etapa", como suele llamar

7


él a mis cambios abruptos, nacidos por la noche, pidió disculpas y me alentó a una mudanza. No hizo más que repetirse, era cuestión de sentarme a esperar. También me envió dinero, cartones de cigarrillos y el gran libro de edición numerada: Poesía y Dibujos de Pablo Neruda. Se los grabé en un compacto con la voz más alcohólica y sensual que pude, sabía que no estaría solo cuando lo oyera. Mi premio fue Ignacia. Ella y su familia estaban de visita en la casa de mi padre. Todos se enamoraron de mí. Además, la foto que acompañó el regalo era toda una obra de arte. Me costó tres horas posar para Lu Manix, un homosexual que me acariciaba la cara y el pelo cada vez que nos encontrábamos en el ascensor. -Querida, nadie te ha fotografiado hasta ahora. Vas a ver lo que hago con esta carita. -Con una condición. -¿Una sola? -Una sola. Que después no las uses, ¡para nada! -¿Para nada? Asentí, lo miré fijo y le sonreí. Al día siguiente lo llamé, estaba deprimido pero me invitó a subir. Ocupaba un departamento idéntico al mío, tres pisos arriba. Llevé una botella de champagne. Hizo una omelette de queso, abrió una caja de papas fritas y brindamos por las caras más lindas que le enviaría a mi padre. Le brillaban los ojos, dijo a trabajar y mi premio fue Ignacia. La llamada de mi padre, Azul e Ignacia. Hasta que a mi padre ya no le importó ni su propio recuerdo.

Será

por

eso

que

finalmente

pude

vender

aquel

departamento.

8


Bibliografía propia. Solicitar entrevista. El aviso salía en el rubro VARIOS, entre vendedores de revistas de colección y muñecas restauradas, buscadores de libros, herreros, carpinteros y señoras serias y cultas que prometían atender llamados y mantener reserva. Ese mismo día comenzó a llamar gente. Era mayo. Para mi breve familia, mayo ha sido algo más que el quinto mes de estos calendarios. Mayo me devuelve a algún sitio que aún no reconozco, y ni quiero pensar. Es una sensación que no puedo describir, algo como un estado o la percepción o el recuerdo que no termina de esclarecerse. Tal vez una casa, donde parece que crecí. Mayo guarda una medida, ese número escondido, cabalístico, pero medida como final, principio, esas cosas que a veces pesan, importan o se cuentan diciendo hasta aquí.

Otra vez el terrible sonido, multiplicado, se repitió en distintos puntos cercanos. Como

serpentinas

cruzaban

la

altura

las

clamantes

llamadas de los vigilantes.

Andaba inquieta o indignada. Abría y cerraba los libros queriendo encontrar, sin saber qué. Ya no soportaba aquella edición de

9


hojas amarillas, ásperas, enfurecidas. No soportaba la tensión seductora del juguete rabioso: mi placer por repetir distorsiones, el tácito acuerdo con esa prosa: Lo arrastré hasta mi tugurio. Le castañeteaban los dientes... Es probable que al cerrar aquel libro intentara romper el mismo sometimiento que me mantiene en esta ciudad sorda, saqueada. Entonces es claro que haya surgido lo del aviso. Fue así: abandoné aquel libro para adueñarme de un conocimiento anterior. Ya dije que era mayo, necesito escribirlo de nuevo para rehacer el escenario. Mayo tuvo malvones hace más de siete años, cuando yo no sabía. Jamás pregunté detalles a mi padre. ¿Cómo nombrar ese conocimiento anterior que también es desconocimiento, imposibilidad de comprender? ¿Cómo admitir que yo no supe nunca? ¿Qué quiero decir con la palabra “detalles”? Y ahora que lo escribo siento la repulsión de una delicadeza siniestra, como si fueran detalles las circunstancias básicas del orden cotidiano. Soy hija del silencio ¿cómo se agrupan esos fantasmas innombrables que nunca se convierten en preguntas cara a cara? En mayo y hace mucho fue un viaje a Santiago de Chile. En mayo, dos años después, publiqué el primer aviso. Decir "el primer aviso" me suena no sólo absurdo sino engañoso. Muchos avisos había publicado ya en periódicos o alguna web ofrecida en forma gratuita. Varios con éxito real y al contado. Tratándose de éste, debería decir "el primer sueño" o la primera expulsión de la otra realidad. ¿Leería en voz alta, a solas? No. Lo que tenía para mí era mío.

10


Y ellos estaban mudos y mirándose, a través del tiempo que no puede ser medido ni separado, del que sentimos correr junto con nuestra sangre. Estaban inmóviles y permanentes. A veces ella alzaba el labio sin saber qué hacía; tal vez fuera una sonrisa, o la nueva forma del recuerdo que iba a darle el triunfo, o la confesión total, instantánea de quién era ella...

Mi recuerdo o el recuerdo de mi voz, para mi padre, para una ciega. Y (hasta ese mes de mayo) nunca me había sentido disfrutar algo más allá (o más acá) del momento puro en que sonaban las palabras escritas. Las libres, absolutas, limpias palabras de algún libro amado. Me aterra pensar que, tal vez, antes amado por mi padre. ¿Cuál fue mi infancia real? ¿Qué viví? ¿La realidad leída o el andar aparentemente real de la mano de un padre, un varón cariñoso y escondedor de realidades? ¿Por qué tan desmembrado mi cuerpo de mi voz?

También tuve ocasión de comprobar que era usted temerario, arrebatado, serio, y que había sentido, sentido ya mucho, todo lo cual me constaba ya de mucho antes. A mí todas esas sensaciones me eran conocidas, y su artículo lo leí como algo familiar. En noches de insomnio y de exasperación había sido concebido, con palpitaciones y vuelcos del corazón, con reprimido entusiasmo... Yo, entonces, me burlaba; pero ahora le digo...

Por la noche saldría a buscar la respuesta. Será que la realidad es menos definida, turbia, obesa o inflada. Grasosa tal vez. Será

11


que las cosas son más chiquitas, tal como las veo sin anteojos. Como ya está dicho, no fue el primer aviso de mi vida sino el primer aviso en un semanario, revista cultural que se ponía de moda aunque la moda fuera el cholulismo. Había que existir: reconocerse por la calle con la revista en la mano. A veces, la ciudad te pone una pizza delante de los ojos y vos te la creés, entonces comienza a segregar un líquido inmanejable, mitad orgasmo mitad saliva, casi sangre y dolor aunque tal vez placer. Aún vivía cerca de la gran avenida, donde ahora duermen viejos hambrientos y extranjeros borrachos. No ha pasado mucho tiempo (de acuerdo a este calendario) y sin embargo las veredas vomitan estupor o gritos o basura. La gran avenida me llevaría sin sentido hasta terminar cayendo en el pegajoso sillón de un pub, como depositándome entre siluetas. Le pediría a la moza bamboleante algo para escribir. Garabatos. Otras palabras, torpes, que serían publicadas a los pocos días, que servirían para sustentar mis lecturas, acaso el pasado. Así vino la idea. La mesa no existe y el final lo desconozco. En Mayo. Tenía que ser de noche. En una servilleta de papel que se rompía con la birome terminé vociferando letras: la redacción del aviso. Por la mañana llamé al semanario (en aquel tiempo se hacía por teléfono, una pasaba el texto, el telefonista tomaba nota, era gratuito y ¡a esperar!). Dicté lo que ya había escrito y rescrito:

Lectora a domicilio. Bibliografía propia. Solicitar entrevista.

12


Me convenía mudarme a la ciudad de Azul. Los gastos de pasaje no estaban incluidos en el contrato. Llegaron a ofrecerme la garantía para alquilar una casita antigua y en buen estado. Ellos mismos se ocuparon de hablar con la dueña. Acaso hubiera sido el inicio de una etapa nueva para mí. Pero Azul significa en parte el pasado de mi padre, la infancia de mi padre, los cuentos que mi padre repetía en mi infancia, las representaciones de mi padre en una cocina pintada de azul y en la sobremesa del sábado al mediodía. En cuanto se aparecía todo eso, la carga de ancestros y apellidos se quintuplicaba y yo caía en el inodoro a vaciar el estómago y las tripas. No acepté aquel trabajo full-time que ofrecieron después de cuatro meses. Ya me había habituado a viajar semanalmente y estaba empecinada con la venta del departamento. Aunque ahora siento repulsión, confieso que cada regreso a la ciudad, cada viernes, me paralizaba. Yo quería que el viernes estuviera seguido del lunes, que la noche en la ciudad no llegara nunca, aunque en la noche dormía y llegaba a un sitio limpio, casi bucólico. Los domingos despertaba a las tres o cuatro de la tarde y, cuando me levantaba, comenzaba a contar las horas que me faltaban para volver a tomar el ómnibus, llegar a la casa de Ignacia: el pasillo descubierto, el pasillo angosto de paredes amarillas, descascaradas; el

13


pasillo de baldosas opacas y en el final la puerta, desproporcionada, importante, esbelta, lustrada, con su herrería de bronce y su timbre musical. Yo quería que no hubiese noche de basura y alcohol en las calles. Esta repulsión que me infla la boca era, en aquel momento, la repulsión por la ciudad y por la gente y por los pobres árboles que no se quieren morir sobre los chicos sin casa. Deseaba que lunes siguiera a viernes y que se pudrieran los que esperan el fin de semana para respirar. Sin embargo no acepté la pequeña ciudad de casas chatas y caras sonrientes. Fui víctima. Accedí a la herencia y fui cobarde igual que mi padre, no me animé; tampoco lo supe. Ignacia era bellísima, ciega de nacimiento, caprichosa, paradójicamente superficial. Estaba terminando el college gracias a su pasión, a sus padres que me pagaban, pero gracias a mí que viajé durante poco más de seis meses. Todos los lunes, para leer y releer tantas veces, bajo su lámpara, las lecciones de literatura americana, de historia argentina, de geografía económica, de filosofía, especialmente de filosofía. A veces mi voz transmutaba en una voz superior que le llegaba desde un planeta de luz, hacia sus manos transpiradas, siempre transpiradas,

hacia

sus

ojos

escondidos

detrás

de

esos

vidrios

espantosos. A veces le pedía que dejara los anteojos sobre la mesa o los tuviera entre las manos, entonces los veía mojarse entre los pequeños dedos blancos y emocionados cuando le leía por ejemplo:

-Este "retorno hacia atrás" vuélvese posible por el recuerdo del enfermo mismo. Es ante él y para él por quien se recita el mito cosmogónico: es el enfermo que, rememorando uno tras otro los

14


episodios del mito, los vuelve a vivir y, por lo tanto, vuélvese el contemporáneo de ellos. La función de la memoria no es la de -y aquí sus ojos parpadeaban, se abrían apenas un poco para volver a entornarse- conservar el recuerdo del acontecimiento primordial, sino de proyectar al enfermo -ahora me interrumpe con aquella tos breve, desvanecida- al lugar en que ese acontecimiento se está efectuando, es decir, en el alba de los Tiempos, en el "comienzo".

Mircea Eliade. Aquella pulsión nerviosa de Ignacia. Entonces me interrumpo en la lectura y pregunto si quiere un café porque tengo la boca seca y no soporto lo que intuyo le está pasando. Ella dice que está bien, que si yo quiero pero que ella está bien. Claro, ella estaba bien, la de la puerta vedada era la lectora. Y en el trayecto hacia la cocina encendía un Rothmans que fumaba mientras esperaba a llenar una taza grande y a veces un sorbo clandestino acompañaba una pitada, antes de regresar al cuarto sin cigarrillo porque Ignacia, porque la madre de Ignacia decía mejor no fumar en la habitación. Mientras tanto, ella habría encendido la radio para que el silencio no le trajera ladridos de perros nocturnos y lejanos, luego explicaba que no podía quedarse sola en silencio. Recuerdo que no soportaba la música clásica, me duerme, decía. Después del café retomábamos y la radio disminuía de a poco, a medida que ella se internaba nuevamente en el tema. Podíamos

quedarnos

hasta

cualquier

hora

de

la

madrugada y, entre lectura y lectura, oíamos el murmullo de las hojas de los árboles rozando el vidrio de la ventana. Aunque no estoy segura de que yo lo escuchara, más bien alzaba la cabeza y veía las hojas

15


pegadas al vidrio sin cortinas, las hojas balanceándose y rozándose entre ellas. Cuando amanecía, recibíamos los primeros rayos que iluminaban el gran jardín del fondo. Allí comprendí que siempre me había gustado despertarme con el amanecer y avisar a Ignacia que la mañana llegaba, aunque los pájaros se adelantaran. ¿Percibiría ella los aleteos y trinos en tono mayor? Dormía como una nenita de pocos años pero no le gustaba que le acomodaran las sábanas ni que le dieran un beso. Decía me duermo. ¿Qué más? Por eso esta repulsión de hoy, este recuerdo de emoción tonta y creída de haber estado con un ser misterioso o capaz de captar sensiblemente algo más que yo, o algo más profundo, nada más que por el hecho de vivir en la oscuridad y sin ninguna seguridad de que así fuera.

16


Me regalan calendarios. Me los regalan para que no sepa cuándo comienzan estos últimos años. Para marearme de cara a las fechas borrosas. Estos fragmentos imprecisos. Este quiebre de camino que no encuentra explicación. Si es que voy a contar no lo sé. Quiero establecer la memoria de lo ocurrido y sé que deberé recorrer este cuerpo sin cicatrices a la vista. Acaso estoy detenida en el quiebre desde hace equis calendarios enviados en sobres de colores. Me invade la imprecisión frente a los papeles dibujados como rejas. Casilleros o líneas con números adentro, mapas del tiempo irreal. Calendarios made in Chile con cariño para vos.

- Todo el

mundo sabe las fechas menos yo –rezonga

Johnny, tapándose hasta las orejas con la frazada-. Hubiera jurado que era esta noche, y que esta tarde había que ir a ensayar. - Lo mismo da –ha dicho Dédée-. La cuestión es que no tienes saxo. -¿Cómo lo mismo da? No es lo mismo. Pasado mañana es después de mañana, y mañana es mucho después de hoy...

17


Acaso "aquellos días" signifiquen hoy la dosis gastada y somnífera del tiempo perdidolejano de los que aún tenemos memoria. Todo puede ser engañosamente melancólico, ¿nostálgico?, nostalgia es un tango y bien podría agruparse entre los tangos de copas, borracheras, de noche y a solas, noches pasadas por alcohol y el agua salada seca, en las mejillas. Pero no quiero hacer una historia lineal porque yo no vivo en forma lineal. Ciertas mañanas amanezco en aquella ruta, entre Talapampa y Cafayate, aunque mi cuerpo se desentumece en un departamento de esta ciudad despojo. Sería mentiroso contarme lineal y para mentirosos bastan los nombres de las cosas. El orden cronológico será alterado o corregido mejor dicho por ese otro orden, lo sé, algo me conozco, un orden de intensidad. Pertenezco a una generación, no, a una raza indefinible, fronteriza, a la que le borraron los nombres. No vivo por relojes, menos por calendarios (los detesto, nada significan). Vivo por sensaciones. A veces es mi voz leyendo Los Adioses:

Tal vez no haya estado eligiendo un recuerdo sino una culpa, vergonzosa, pública, soportable, un daño del que se reconocía responsable, que a nadie lastimaba ahora y que él podía revivir, atribuirse, exagerar hasta convertirlo en catástrofe, hasta hacerlo capaz de cubrir todo otro remordimiento...

Algún reloj marcará un límite, después: un par de billetes, con los que puedo sacudir los próximos relojes.

18


En un sitio indefinido de Sudamérica hay pocas opciones, especialmente después de los treinta, cuando el tiempo ya no se revela sino en lo perdido y el dinero es padre santo. Soy Teny a secas. Collage de calendarios.

Teny. Recortes de otros nombres y de otras historias. Porque si formo parte de alguna historia, ésta recomienza siempre con la vaguedad del years ago y de su tarjeta de papel reciclado: escueta, puntual, cada año más escalofriante. El día del aniversario de la muerte de mi madre. No soy cruel. Para mi padre mis años se cuentan en cumplemuertes, cumplecalendarios fieles liberadores del silencio. No conocí a mi madre, su retrato se esfumaba junto al de mi abuela paterna. Les importó la nacida y la muerta murió. ¿Habrá pensado mi padre que yo quise alguna vez tener un vestido, un pañuelo, de ella?

Está envejeciendo. Él. Y también yo, aunque mi cuerpo no sufre mayores modificaciones, ni una operación, ni un aborto. Está envejeciendo, sería capaz de viajar -después de ¿siete, seis años?- para corroborar la irremisible pérdida de vista, pelo, oído, y la piadosa presencia de la memoria, tardía para mi gusto, cargada también de todos los olvidos. Los olvidos son agujeros, espacios que se alargan y se achican, fugas de uno mismo. La memoria entonces se aparece como un monstruo imposible de mirar. Y la espera es un estado de detención, como si pudiera llegar un marciano a la mesa servida y no llega, no llegará. También se convive con las cuevas que nos sostienen, contienen, inventan el cuerpo y el universo viviente en cada cuerpo.

19


Estos recintos necesarios, tan habitables como yo, tan inhabitables como el crรกter de un volcรกn.

20


Desde la ventana que da al río Teny lee con leve voz y, alternativamente, observa un velero. El viejo ha ido inclinando la cabeza hacia la izquierda pero mantiene los ojos alzados como detenido en el techo, en una mosca en el techo o en una mancha de humedad, casi imperceptible. Es la tercera vez que Teny lee ese libro de Oscar Wilde. Se desconoce cuántas veces ha leído el viejo (aún cuando no lo era) el mismo libro. En el velero hay dos personas de pelo largo, una de ellas pareciera llevar un pañuelo al estilo flamenco, tiene un camperón de color ambiguo, fucsia, casi violáceo. Se acercan a la costa. El viejo ha llevado (no se sabe cuándo) la mano derecha a la entrepierna, una mano que reposa casual. Teny sigue leyendo mecánicamente, casi sabe el texto de memoria y los tonos que se merece este párrafo especialmente, así que puede mirar a los del velero sin interrumpir el relato. Los del velero se están hablando, es evidente, hay una brisa que parece deliciosa, parece porque la vela se infla y sostiene el hueco, su vientre, hacia el este. El árbol grande del jardín también mece algunas ramas, y las hojas del árbol se rozan. El viejo tose. Ha desviado los ojos de mancha de humedad o de mosca, o bien alguno de ellos han cambiado su ubicación en el techo. Teny oye

21


sonar un teléfono, el viejo ni se inmuta, no se sabe si está oyendo o no el relato. Los del velero están más cerca de la costa, el que estaba sentado se ha parado y se saca algo del pelo, es rubio, muy rubio.

- ... Bien sabía él que el retrato no podría decirles nada. Verdad es que conservaba bajo la monstruosidad de sus facciones una marcada semejanza con él; pero, aunque así fuera, ¿qué iba a revelar a quienes le viesen? Él se reiría en las barbas de quien tratase de vilipendiarle...

El viejo, aún con los ojos fijos en aquello (mosca o mancha de humedad imperceptible en el techo), abre la boca como si riera. Teny no lo mira pero ha intuido un cambio en la respiración, sigue leyendo como si nada: -¿Acaso lo había él pintado? ¿Qué podía, pues, importarle aquella apariencia de degradación y de vicio? Ahora Teny oye la carcajada del viejo. Los del velero se han sentado, de espaldas a ella, de cara al horizonte.

-…Y aunque les dijese la verdad, ¿Podrían, acaso, creerla? / No obstante, tenía miedo. -… Más de una vez... -el viejo se anticipó con esa voz ronca, pastosa, y la mano derecha apretando el bulto pequeño y evidente entre sus piernas flacas. -Más de una vez -continúa Teny-, en su quinta de Nottinghamshire, rodeado de sus invitados siempre jóvenes a la moda, que le reconocían por jefe, asombrando la comarca con su lujo

22


extravagante y la suntuosidad de su tren de vida, había abandonado, súbitamente, a sus huéspedes y corrido a la ciudad a asegurarse con sus propios ojos de que la puerta no había sido forzada y el retrato continuaba en su sitio.

Teny oye el carillón y algún teléfono sonando al mismo tiempo. El viejo tose sin taparse la boca, tose atragantado con aire o saliva. Teny ha detenido un segundo la lectura, dos segundos, mira su reloj de pulsera, las cinco y treinta y cinco. Ahora el viejo ha enderezado la cabeza, hace una mueca y tose levemente. -El solo pensamiento de que podían robarlo le horrorizaba dice el viejo a la vez que gira la cabeza pecosa y casi sin pelo hacia la ventana. Teny mira hacia el río, ya no el velero. Siente la boca amarga, invadida. El viejo sonríe, mueve la cabeza afirmando, una cabeza breve, pesada, que afirma, los movimientos cortos, rápidos, casi un temblor que afirma, como si regresara del letargo de la lectura, un letargo consciente que activa la memoria o las sensaciones. La puerta se abre sin sonido alguno y una enfermera asoma con mirada interrogante. Tal vez Teny tenga las axilas mojadas, o no sólo las axilas. La enfermera la acompaña, descienden en silencio la escalera de madera, ancha, oscura. El taxi está esperando. Teny mira un rincón del jardín donde las florcitas silvestres se confunden con el pasto mojado. El jardinero saluda: levanta la mano derecha. La mucama abre el portón. -Hasta mañana.

23


(Dieron las tres, y las cuatro, y la media hizo sonar su doble juego de campanas, sin que Dorian Gray se moviera. Estaba tratando de reunir los hilos escarlata de la vida y tejerlos en un patr贸n; tratando de encontrar su camino en medio del ardiente laberinto de pasiones por el que vagaba.)

24


Siento voces. Ruegos debajo de mi cama. Cuando no se estรก demasiado seguro de nada, lo mejor es crearse deberes a manera de flotadores.

25


Nos habíamos citado en aquel mismo pub oscuro y de paredes coloradas donde generé la idea. Donde voy a tirarme en esos sillones de pana pegajosa para fumar sin que nadie me mire. La música electrónica y la gran pantalla provocan la disolución de las voces, jamás pude oír un cuchicheo, todos se hablan despacio o se miran en silencio. Los teléfonos celulares están prohibidos. Se los entregan a la africana que siempre sonríe sin decir palabra, vestida de rojo, escotada, con una margarita auténtica entre los pechos. Hermosas tetas. Y siendo tan grandota parece tan grácil.

Sentada en un taburete alto, una

mesita lo suficientemente alta para depositar los celulares, etiquetarlos ordenadamente sin mayores movimientos, y donde la acompaña un copón de margaritas frescas para cambiarse la flor cuando ella quiera. Aquella noche en que redacté mi aviso, la escena de la africana me sedujo, varias veces, dentro de mi vorágine interna la observaba moverse y sonreír en su perímetro de uno por uno a la entrada. Habíamos acordado a las cuatro de la tarde, propuse ese escenario que me permitiera entrar en un estado vago, mi ámbito propio interno. Fui una hora antes. Tarde gris y lluviosa. La ciudad hedía a basura, a humedad, a pis de gato, a mierda de perros y humanos.

26


Estaba inquieta, hay quienes dicen “nerviosa” pero no. Una inquietud de adrenalina, excitación con temor que luego podrían transformarse en autosuficiencia, como sucedió. El periodista me había llamado después de averiguar sobre el tema en la revista que publicaba el aviso. Prefiero no recordar su nombre, ascendió de golpe, así como sucede en los medios periodísticos. Me produce una náusea conocida. Mi nombre se lo había dado el telefonista. Porque en aquel tiempo el telefonista era el mismo a toda hora, cada vez que reiteraba mi aviso conversábamos vaguedades. Luego comenzó a hacerme preguntas concretas acerca de cómo encaraba el trabajo, hasta me llamó dos o tres veces, no llegué a conocerlo, pero sé que ahora lo nombraron jefe de redacción. El telefonista entonces le dio todos los datos al periodista para que éste hiciera una candorosa nota sobre Lectores. Me llamaban los curiosos, sólo ellos, ávidos de los pormenores de mi vida

que me moví, que me quedé, me consideran ya no sé qué

Ahora es el presente, Una espera. Un cansancio en esperas. La fatiga me relaja. Ni siquiera intento abrir la única ventana que da a la calle. Es las siete de la mañana. La Revista llega, segura y terca, semana a semana, los martes. La pasan debajo de la puerta, antes de que amanezca. Hay cinco avisos, aunque sólo dos fieles al rubro. Habrá gente que confunde acompañar con leer. O todos somos náufragos en ésta y otras tantas ciudades.

27


Saber que por hambre, orfandad, acidez y hasta por el enano de Sam, surgió la necesidad de leer para otros, para mí. Estoy más calma, creo que seguiré durmiendo. Ni ganas de hojear la revista. Este titular de tapa no me provoca, esto de las cuestiones del gobierno me han hartado, y la acidez de estómago, demasiado alcohol. Anoche me pasé. Se me parte la cabeza. Y además, si fuera creíble podría decir se me cae, digo, la cabeza. Pueda ser que entonces no piense durante el tiempo que dure esta sensación. Son las palabras las que consumen, no sólo el alcohol, las palabras que suenan adentro, las que se repiten con distinto tono pero siempre ensangrentadas. Siempre sin melancolía. Tristes de gastadas, cansadas, rotundamente absurdas. Son las palabras porque el vino no puede ser, ni siquiera el whisky de la otra noche. No es para tanto. Hay chicos que toman cerveza en las plazas o en cualquier esquina. Hacen mezclas con ácidos y cocaína. Eso no es para mí.

No me provoca. Ni

pertenezco a los light. Tabaco y alcohol, como los pobres. Digo el alcohol y sé también que últimamente me alimento de basura, como mierda saborizada, light, es lo único que se puede comprar. Apenas si me relamo de soledad hace unos meses pero cuando me llamen de la agencia (presenté mi currículum hace un mes) todo volverá a su lugar. Las medias limpias, el sabroso perfume del jamón que vende el extranjero de enfrente, las medialunas del desayuno, el cepillo de dientes. En cualquier momento puede volver todo a su lugar. Hay cinco, pero sólo dos son los que me importan. Cuando esos dos se borren porque nadie los llama, en cuanto esos dos decidan que el juego terminó, porque ya se venden los compactos y cassettes con hermosísimos relatos y envueltos en papel limpio que

28


después se tira y cruje, en cuanto esos dos desaparezcan muchas cosas volverán a su lugar. Ahora es la acidez. El mal aliento. La cabeza se cae y hay una almohada húmeda de transpiración, sólo la almohada y la boca pastosa. Ni siquiera café. A no ser que llame a algún baboso y lo soporte esta tarde o esperar a mañana porque no debo despreciar invitaciones para comer. A Sam le encantaban esos sitios de la zona vieja, donde la gente se enfunda de negro y la basura es recogida a diario. Pobre Sam esperando que yo me decida a llamarlo. La resignación es un sentimiento y yo no siento ni siquiera eso por él. Cuando accedí a su compañía tuve hambre y soy tan dueña de mi vulva como de este ardor de la mañana, difícil de compartir. Mucho tiempo para dedicarle a Sam, casi cinco minutos ahora. Con una ducha me lo saco de la cabeza. Así que cinco, pero sólo dos. Falta poco. Quizás el próximo mes del calendario los devore y no se oigan ni sus gritos. ¿Habrá calles capaces

de

sostener

sus

nombres? ¿Habrá

nombres

que

nos

encuentren en un lugar definido de esta boca-de-lobo-ciudad habitada por los sin nombre? Consiento en ser partícipe de la devastación a fuerza de silencio y espera idiota de que-me-suceda-algo-que-me-salve. ¿Y los lectores? ¿Y todos/todas/las/los que ansían estar rodeados de mudos escuchas disfrutadores atentos de lo imaginable? Debería recordar que la lava se petrifica después de las grandes erupciones. Recordar que aún lo acabado sigue vigente. Pero ¿de quién es la vigencia?, ¿quién sigue?, ¿yo o los que me imitaron? Las cosas son horizontales, los intentos, la manera de contarlos, pero vividas

29


en el propio cuerpo adquieren grandeza de único suceso. Lo irrepetible. Y ahora, aunque tantas mujeres naufraguen en otras tantas ciudades, hay una asepsia engañosa, una permanencia absurda de basura aquí abajo, en la vereda, y un mandato de brillo incandescente un poco más allá, lejos de mi casa. Ahora, digo, hay un destiempo. Quisiera que desaparezcan. Hay cinco avisos, sólo dos corresponden al rubro. Se van a terminar ya van a ver y algún día volverán a llamarme para que les cuente cómo era el asunto, si había trabajo o era excentricidad. Esa vez que me llamó el periodista para hacer la nota, preguntar, grabar, escribir, ganar plata, le dije “magia” y pareció gustarle esa palabra. Magia.

¿Cómo decirle y a quién que es

orgásmica la satisfacción de leer? Creo que seguiré durmiendo, son las siete y diez, no tengo nada que hacer. Ya vi lo que quería. El alcohol consume, sí. El blanco siempre me cayó mal. Maldito regalo de Sam, lo tenía guardado y tuve que zambullirme justo anoche. Dije magia, no mágico, hace algo más de un año me parece. Ahora hay cinco, pero son dos los que corresponden al rubro. Dije magia y hasta fingí el gesto asonante, aspiré un cigarrillo (en aquel tiempo fumaba Rothmans que me traían de Paraguay) y largué el humo con toda la lentitud esperada en medio de semejante relato.

30


Guardaba fotografías de escritores y de músicos. Creo que ignoraba el mundo de la plástica porque su madre jamás le habría permitido el uso de colores y pinceles. Mi abuela desconocida fue un personaje omnipresente. En mi recuerdo se amontonan una docena de fotos distribuidas por la casa. No sé si fue tan atractiva o alguien había perfeccionado el contorno de sus labios. Jamás pregunté "detalles" a mi padre, él, sin embargo, elegía detalles históricos, que pudieran moldearme, anécdotas y chismes de personajes conocidos. Me divertía observarlo. Repetía historias pero modificaba los finales, yo simulaba. En aquel tiempo no temía la sujeción, esa cuerda diaria de palabras que pretendían mi atención, una rigurosa continuación de sus ritos. Es un hombre de muletillas. -Mañana nos levantamos temprano y vamos a pasear. Anunció un sábado. Y a medida que fui creciendo lo repitió casi todos los sábados, para que no creciera. Solía llevarme por la zona de las antigüedades. El actual patrimonio

histórico

resguardado

por

altas

rejas

negras.

Se

entusiasmaba al mostrar modelos de relojes incansables y carcelarios,

31


sillas inglesas tapizadas con sucios gobelinos y, siempre, un viejo de anteojos esperando alguna compra que jamás se concretaría. Señalaba portones de roble, rejas de ventanas diminutas, reliquias, molduras, paredes pintadas de blanco que –y aquí se demoraba al hablar- habían sido depositarias de palabras ya arcaicas. En aquellos paseos, mi padre hablaba de un café antiguo; de las sillas y las mesas y las fotos y las baldosas en damero; de las reuniones de grandes escritores en el café antiguo; de la bohemia antigua -que él nombraba auténtica- y de una bebida con burbujas que yo habría tomado alguna vez. Fue despertando mi curiosidad, alargando el tiempo. ¿O deteniéndome?

Los padres se plantan como un cuchillo en los cráneos de los hijos y cortan en dos todos sus pensamientos.

Y de esos relatos encendidos sobre el café antiguo, yo imaginé un sitio más iluminado, tal vez brillante, menos viejo. Fantaseé el encuentro con un poeta y al día siguiente con un actor que me saludaba desde el portarretrato de cuero verde. Imaginé las mesas de charla y discusión, las mujeres poetas y los hombres, airosos dueños de la palabra.

A los once años enfermé para que mi padre leyera en voz alta, a mi lado. Recuerdo muy bien mi propósito. Una tarde fui a jugar a la plaza vieja cercana al Teatro (era hermosa, en aquel tiempo había

32


juegos), subí al gran ombú y salté de rama en rama hasta caer naturalmente. Enyesado el brazo, con un poco de fiebre (por el susto, dijeron) y en la cama, recibí a mi padre muerta de pánico. Supuse un castigo, al menos un reto. Él sonreía, con las manos cargadas: bombones, fotografías y un libro. Cerré los ojos para que leyera:

-Todavía no -respondió el filósofo-. La declaración es imposible. Hay días en que llego a su casa hecho un "Trovattore", con la boca llena de frases que harían enternecer a una estatua: la declaración es inminente, lo adivino, y mi rostro adquiere ya delicados matices de Tristán e Isolda. Entonces, ¿qué sucede? Pues nada, que justamente ese día la criatura está de buen humor y lejos del trance idílico que yo necesitaba. Y si, por el contrario, llego a la casa en un tren de vulgaridad irremediable, la pobre mujer sufre un ataque de romanticismo que voltea.

Los libros se agolparon. Aprendí cada día un nombre nuevo. Supe anécdotas y lugares inexistentes, supe de una avenida que antes era calle angosta y de un teatro grandioso que realmente existió, que después fue una playa de estacionamiento y que hoy es la gran casa de juegos electrónicos para chicos pobres, la primera que se abrió – grandiosa obra social-, custodiada por los adolescentes rubios, todos muy

parecidos

ellos,

altivos,

con

los

uniformes

color

naranja

fosforescente.

33


Mi padre. Todavía repite los mismos recorridos. Cruzará las calles por las esquinas. Lo imagino. También pronunciará mi nombre, de vez en cuando.

34


Alguien habló una vez de urgencias detestables. Por eso aquel mediodía emigré a un fugaz y estúpido cielo con la primera llamada de una desconocida: Voz de mujer gorda y movediza que se va transformando en otra voz, acaso menos gorda y más cercana a una mujer que quiere saber no sólo en qué consiste el trabajo sino los títulos que conforman mi biblioteca, para terminar insistiendo en cómo es, cuánto cobro, y yo que no sé cuánto se puede cobrar pues me tiré al aviso como a una película escrita, dirigida y protagonizada por mi mejor figura. Coincide para peor- con mi figura de los veinte años. La mujer insistía y entonces esa mezcla de sudor e indecisión, mi tartamudeo paraliza y anticipa que voy a ceder, voy a decir un precio o lo que sea, como lo hice, avergonzándome de la debilidad, ese mecanismo contradictorio que me babea como un caracol a su paso. Por la tarde seguí rumiando, eligiendo excusas, me calmé diciéndome que la mujer quería averiguar tanto no para darme trabajo sino para quitármelo. Aunque estuviese sin trabajo. Ese llamado me lo estaba quitando de antemano pretendiendo saber qué, cómo, dónde.

35


Por supuesto que a la semana siguiente, cuando apareció otra Lectora en la columna de avisos VARIOS, pude reiterar mi suposición. Pero este anticipo de sucesos no tiene lugar aquí y puede que lo repita cuando pase la semana en mi pantalla, porque esta cabeza supera a la televisión en el recorrido de caras y voces. De todas maneras, es insuficiente rebobinar todo aún cuando termine de recordar los otros llamados que sucedieron al de la mujer. Se puede ocupar el tiempo ocupando el teléfono cuando hay un Sam que aparecía y desaparecía tan fácilmente y tan a gusto. Era una ventana que se abría y cerraba, obediente. Sam no llegaba sin permiso, cada movimiento hacia mí era refrenado para su examen. Un examen. Si aprueba, pasa. Pero los otros movimientos de Sam, aquellos que le pertenecen, suceden en una tierra inhóspita para mí, una tierra tal vez pantano dentro de una zona indefinida del basural. Todo me beneficiaba la noche que llamó el segundo interesado por el aviso. Tenía voz de cincuentón pelado, intelectual y morboso, arrastraba las palabras como si las paladeara, adivinando el tono que sugiere cierto ritmo, decía por ejemplo acentuando la eme y demorándose en la pe. Ya no recuerdo sus primeras preguntas, probablemente

porque

no

fueron

más

que

el

pie

para

una

conversación igualmente olvidable. La archiconocida conversación diletante de ciertos hombres que van diciendo soy maduro porque he vivido tanto nena que si supieras cómo te puedo tener nena acabarías por pedirme que duerma contigo nena, todo eso en medio de las demoradas sílabas de otras palabras y con los silencios necesarios para que la nena se rinda complacida y sonriente, pero la nena pensaba

36


que no importaba la duración de semejante charla porque él había llamado, a mí no me cuesta un mango, pensé. Entonces las palabras no leídas, las sucias, durante casi dos horas y mientras yo me metía en la cama sin soltar el tubo del teléfono para acariciarme las piernas o buscar el cenicero y uno y dos y tres Rothmans (porque en aquel tiempo fumaba importados). A veces, entre una sílaba larga y otra que se le caía, yo miraba a través de mi ventana las copas de los paraísos y un jacarandá lejano. Las luces de la gran avenida iluminaban el interior de mi cuarto. Aquellos paraísos no florecieron este año, me di cuenta la otra tarde cuando caminé por la misma vereda. Aquellos paraísos filtraban los rayos de la mañana y se mostraban con formas extravagantes durante la noche. Aquella noche del llamado algún paraíso alargó una rama y me hizo cosquillas mientras me imaginé en la cama con ese hombre de cara desconocida. Con seguridad, yo estaba humedeciendo mis dedos entre las piernas cuando el hombre preguntaba qué libros tengo o qué me gusta leer por las noches. No sé si hubo compromiso de nueva llamada, sin embargo estoy segura que cuando colgamos tuve la sensación de que jamás se repetiría.

37


The

Reading

Edge

es

la

primera

máquina

lectora

completamente integrada e independiente para personas ciegas o de vista defectuosa. Combina todo lo necesario para explorar y leer en una máquina rápida y fácil de utilizar que pesa solamente 24,5 libras. Lo mismo que pesaba Teny a los cinco meses, diría mi abuela, claro que yo no fui una beba grandota. Como yo, The Reading Edge combina una avanzada síntesis de voz, reconocimiento inteligente de caracteres y un scanner Bookedge en una máquina ligera y portátil. Usted no está sujeto a un pupitre o a una mesa. Nadie me sujetará con una soga a la mesa del comedor ni a la mesa de mi cuarto ni me tomarán de los brazos para hacerme oír las historias de niños boquiabiertos frente a la fogata de San Juan en una calle plana aunque de adoquines. The Reading Edge reconoce la orientación de la página y se ajusta a ella automáticamente. Nadie me dirá que el libro está al revés. Y se acabará el planteo metafísico de los reveses y los derechos aparentes y supuestos según la orientación del que me vigila, me observa desde un ángulo móvil y unidireccional. The Reading Edge incorpora un scanner bidireccional de 300 puntos por pulgada, no importa la forma en que coloque una página en el cristal porque entonces el scanner, El

38


Scanner, EL SCANNER aceptará mi caricia y gozará al ritmo que más me gusta hacerlo, y será él finalmente el poseedor de mi piel y mi transpiración y apenas con un roce de mi dedo vendrá a decirme la voz con la voz por mí elegida y la primera vez será como todas las primeras veces de cada ser: única e irrepetible pero sedienta y brutal acelerando el orgasmo. Porque siendo ligera y portátil, él, siendo ligero y portátil, lo hará a mi ritmo pulgar o índice color de forma suave y al cabo de unos minutos de desembalarlo y mi dedo podrá hacerlo con la sequedad natural, sin saliva ni humedad olorosa, ni sangre oscura. Apenas la minúscula humedad de la lengua, mi lengua, porque él humedece mi cuerpo desde su rotunda tarjeta, pura voz inasible y pura palabra leída sin vestigio alguno de toses. La voz íntegra plegada sobre sí misma pero siempre hacia mí, hacia la voluntad del goce y el orgasmo a su lado.

39


Sé que Ignacia urdió calladamente el plan para su independencia

y

mi

consecuente

pobreza.

Jamás

lo

hubiera

pronunciado. También sé que, de haber alquilado la casita en Azul, me habría

transformado

en

otro

cuerpo,

más

perfumado

aunque

provinciano. Un cuerpo sonriente y rítmico de cinco o seis cuadras diarias para leer a Ignacia, para que sus padres estuvieran tranquilos y todos comiéramos perdices. Pero ella decidió ocultamente visitar el Penal todos los domingos. Los presos se habrán extrañado el primer día y después habrán gozado con los pechos redondos de la ciega. Recuerdo una frase que me había parecido hueca, por lo repetida y por un acento casi interrogatorio. ¿Lo dijo para saber mi opinión? -La sociedad discrimina y la gente se autodiscrimina. Una de las primeras sentencias que le oí decir. Algún día haré un listado de sentencias "ignacianas", hasta las más conocidas parecen diferentes. Aquella frase cobraba sentido, más que sentido, una utilidad enmascarada.

40


Y entonces los domingos yo vivía en la ignorancia, suponiéndome instalada. ¡Malditos dedos! Preparando la ropa, lavando un body, doblando un suéter. Vivía en la espera, junto a esa nube. Mientras ella volaba diciendo que quería ayudar a la gente que sufre. La imagino. Digo "volaba" porque ahora veo cómo esa libertad que se tomó en silencio y mantuvo por más de un mes, cómo esa libertad, digo, estaba dirigida hacia otra libertad mayor. La de irse. Un lunes tuve que repetir la lectura que la madre de Ignacia había hecho la noche anterior. Se trataba de un artículo en un grasoso ejemplar de la revista Selecciones. Primero me pidieron que leyese. No me engañaron. Sonreían, ella y su madre. Me enteré que uno de los presos había oficiado de "primer lector", como dijo la madre: -Se llama Joaquín y, cuando Igi llegó, le pidió que escuchara, que tenía una hermosa sorpresa para darle. ¡Dios lo bendiga! Así, la tarde anterior, domingo, el preso leyó a Ignacia aquel artículo de Selecciones antes de regalarle la publicación, el estandarte. Todos brillaban de alegría. Un amargor espeso me subió a la garganta. Sé que temblé. Imaginé la escena: Ignacia saliendo de la cárcel con su madre; ambas llegando a la casa y enarbolando el Selecciones y escupiendo sonrisas al padre y a algún otro que estaría de visita. Todos sentados alrededor de la gran mesa de algarrobo. Madre lo habrá leído más de una vez. Y luego yo, vergonzosamente ingenua, llegando el lunes, como siempre,

41


para repetir lecciones y sin entender cuál era ese nuevo halo que todos tenían. Yo, para observar el placer de ella y temer. El artículo no fue mi partida de defunción, sino la demoníaca maravilla naciente. Ignacia comenzaba a soñar, pero en serio:

Cuando lo coloca en una superficie plana, The Reading Edge tiene una inclinación de un ángulo de 15 grados desde la parte delantera a la posterior. El ángulo mínimo necesario para el tamaño de mi pequeño cuerpo. Este ángulo hace que la exploración de documentos sea más fácil y más precisa, la penetración, la búsqueda de mi savia profundamente guardada desde que supe que vendría, ya que las páginas quedan colocadas planas sobre el cristal. Y mi cama a su lado, mejor dicho: él a mi lado para que yo -tendida- lo reciba y me deje ser la incontrolable, la desnuda página blanca que se deja inundar -una y otra vez- por el semen de sus palabras.

42


Acabo de encontrar la foto. Entonces corrí al espejo. Mirarme y buscar en el silencio. Desde una alcantarilla. Porque el submundo de mi cabeza no se depura.

Nunca pronuncié la primera palabra. Mi padre decía tu madre esto o aquello desviando la vista. Y cuando mostraba fotografías contaba acerca de los lugares no de las circunstancias. ¿Tan imposible habrá sido recordar alegrías o gestos frente a quien llegó para que la otra se vaya? La que no está, no estuvo y fue presencia negada, voz enmudecida. También la que soy y quise ser pero no me alcanzó hasta aquella tarde de verano en que me miré al espejo con una foto robada en la mano. ¿Nueve años? No puedo recodar. Acabo de encontrar esa foto guarecida en un libro. Acabo de darle a este libro la categoría de Biblia.

Entonces los espejos. Para verme triturar las cáscaras tenaces y hediondas, desgajar las pieles y abrir los poros, rasgar las pequeñas hendiduras por donde me estoy llamando y me niego.

43


Este departamento se achica y se agranda como un elástico y no quiero anticipar con esto que habito un chicle. Cuando lo compré me faltaba espacio. Fue el triunfo ante mi padre y sólo importaba irme de aquellas paredes. Adquirir una blancura y no detestarla. Imponerme la soledad como estilo de supervivencia. No dispuse muebles ni libros de manera que me aseguraran con chinches y adhesivos mis cotidianos movimientos. Ahora parece grande. A veces me asusta la desnudez de algunos rincones. Después pasa, cuando veo libros cuidadosamente empaquetados, sin apuro, descansando dentro del cartón corrugado. Además, desde que saqué aquella alfombra hindú de la entrada, las cartas y especialmente La Revista se deslizan con facilidad debajo de la puerta. Al levantarme ciertas mañanas, ciertos mediodías, me siento invadida, aunque espere, ansíe, una carta, un papel escrito o manuscrito. Es la luz degollando a la noche en sublime violación. También la detención disfrazada de espera. Sin embargo hay más libros que no fueron abiertos.

Hay este primer encuentro con una foto robada.

No me recuerdo revisando aquel baúl pequeño custodiado por un fantasma. Sé que lo hice. Entonces los espejos. Y me parece oír la voz de Fabiana que siempre escapaba a charlar con el verdulero. Fabiana, que miraba el reloj cuando mi padre se retrasaba sin aviso. Fabiana, preguntando (¡como si supiese, aquel día!) si me podía quedar sola y bien mientras ella cruzaba a comprar naranjas. Y ¡enseguida vuelvo!

Y es mi risa y mi mano transpirada

44


cerrando con llave la puerta del baĂąo grande, contar los minutos, descalza, sentir el frĂ­o en todo el cuerpo, sentir el agua de sudor, el sol de la siesta a travĂŠs de la ventana, el temor de resbalar, un tambor en el pecho, la ansiedad por el espejo. Entonces treparme al lavatorio con la foto de mi madre y mirarme.

45


Traían a la vieja cada tres meses a la ciudad.

Casi en

brazos entregaban aquel cuerpecito a la azafata del avión y la anciana sonreía como los chicos felices de tener un tiempo entre las nubes. Las azafatas la mimarían como suelen hacerlo y le reservarían un licor especial que la vieja apenas aceptaba. La bajaban de una provincia calurosa y mediterránea, la turnaban como aquellas virgencitas de yeso adornadas dentro de una caja de madera y frente de vidrio, aquellas virgencitas de colegio de monjas entregadas cada lunes y devueltas cada viernes, aquellas figuras de quince centímetros con cara angelical y flores a los pies. Como aquellas, los hijos se traían y se llevaban a la vieja envuelta en mantillas de hilo o lana según la época del año. No siempre la traían con aquel orgullo de alumnas recibiendo a la virgen en ceremonia absurda. Había, sin embargo, un gesto detestable en ambos rituales. Ellos (los hijos de la vieja; las alumnas del colegio) alzaban aquellas figuras estirando los brazos, tragando saliva, con las rodillas temblorosas antes de que fuera entregada, siempre, de mano en mano. Pero sólo a las niñas, frente a los ojos envidiosos de las otras, el peso de la carga no les pesa sino más bien alegra el trayecto hasta que la figura se instala en un lugar visible, se ostenta durante la primera noche, después se olvida.

46


Cada tres meses, dijeron; creyendo (los dos hijos) que de esa manera se reducirían los gastos de pasaje. La vieja casi no comía, casi no se enfermaba, le gustaba caminar y había que acompañarla, escuchaba radio todo el día, casi no hablaba, le gustaba leer y no estaba en condiciones de sostener un libro en sus manos, para poco le servían los anteojos porque si había algo que le fastidiaba era el aparato de televisión, encendido y apagado. Leda y Andrés (los dos hijos) se debían palabras. Se las anudaban antes de escribirse, de hablar por teléfono, antes de un viaje. Se las escupían en silencios abismales, en monosílabos tirantes, muletillas, toses. Mientras, la vieja giraba la cabeza de norte a sur, de la ciudad a la provincia, de un silencio al otro, y atrapaba los fantasmas cuando tenía los anteojos puestos, los veía caer a sus pies, sonar como una maceta que se estrella contra el piso, pesada, salpicando de tierra ese pequeño círculo dentro del espacio donde apenas podía mover los brazos.

Hasta que una tarde, en aquella provincia, la vieja se inclinó sobre la mesa del patio, los rayos del sol se filtraban entre las hojas de la parra. Estiró los brazos y levantó el libro de geografía de segundo año, lo miró, se contuvo. La nieta soltó los mapas, los colores, la regla; se levantó para sostener aquel cuerpo o aquel libro. Sily dijo después que la abuela estaba llorando, por primera vez, que no pronunció palabra, que la miró, le entregó el libro y sonrió. Dijo que la abuela tenía los anteojos y que, está segura, leía rápidamente aunque el libro le pesaba sobre el brazo izquierdo. Y que

47


después de terminar los mapas le preguntó si quería que le leyera el diario. -No Sily, leéme los mares y los ríos de Europa. -¿Del libro de geografía? Sonrió y bajó la cabeza: -Sí ¿me leés?

Leer dentro de la abuela, leerla, leerle, leer para la abuela. Leer los ríos de Europa también era leerla y meterse en las palabras ya leídas, limpias palabras que la abuela estaría conservando dentro de su memoria. Sin tarjeta de activación ni propuesta ajena, la abuela decía leéme, pedía la otra lectura cuyo resorte era activado por las palabras del libro. Esa noche, Leda llamó a su hermano por teléfono porque se le había ocurrido una idea: - ... fijate vos que podrás gastar unos pesos, si tu hijo no acepta leerle, ...claro que es difícil encontrar una persona, ... no digo una enfermera, no se trata de eso, ... no, no es una acompañante, ... digo que la vieja quiere que le lean a solas, no me digas que es difícil entender algo tan simple. ... Tu hijo puede sentarse al lado de la vieja una hora por día, ... ya sé que va a ser imposible, pero ahora es cuestión de pensarlo. ... A mí me gusta la idea. Sily estuvo casi dos horas porque después la vieja quiso recordar las cadenas montañosas, bueno y te dejo porque esta conversación se está alargando mejor llamame vos mañana de tu oficina pero no dejés de llamarme y creo que tenemos que seguir hablando de este tema para organizarnos en un futuro y especialmente para el próximo via... bueno chau.

48


Durante dos o tres días leí mi primer aviso cada media hora, mi ciudad no es Arlés ni yo me parezco a Miou Miou ni mis pretensiones escondían las mismas historias eróticas que había visto en la película francesa La Lectora. Pero la ciudad tenía algo especial en aquel mes de mayo y yo estaba bien caminando y vagando por los pubs con mi revista doblada leída y releída. El

bienestar

es

sólo

un

acorde,

sin

preguntas

ni

enumeraciones para explicarlo, hasta el café huele bien, la avenida parece más luminosa, la radio se tolera y Sam puede llamar, llamar digo, y yo aceptar una propuesta de cine o negarme y caminar hasta el café antiguo después de medianoche, sola, para tomar sidra y mirar las columnas y las fotos del siglo pasado. Así, aquella noche del llamado del cincuentón, cuando me vi en la cama, consumida por cuatro cigarrillos y una paja telefónica de más de media hora, decidí salir, darme una ducha y salir. Aún guardo en el bolsillo de mi saco negro un fruto de jacarandá que alcé de la plazoleta, al cruzar la avenida, lo acaricié con los mismos dedos humedecidos media hora antes en la cama; lo

49


guardé como amuleto y en honor a mi propia calma no lo tiro por la ventana ahora. En el café antiguo conocí a Andrés. Me pareció un hombre haciendo tiempo para no llegar a su casa antes que se duerma su mujer. Hablaba pausado con un asqueroso de traje oscuro, parecido a Antony Hopkins, de mirada morbosa y que ostentaba un anillo dorado cada vez que pitaba uno de esos cigarros que ya no se ven, rechonchos, esos cigarros que pertenecen al tipo de hombres en desuso. Yo miraba a Andrés. Antony Hopkins me miraba a mí. Quizá Andrés se haya sentido molesto y por eso giró la cabeza hasta encontrarme, creo que me sonreí, no sé qué me gustó de él, todavía no lo había observado lo suficiente. Esa noche tuve intuición, adiviné una buena cama, su altura, sus manos. Adiviné su voz, porque ni siquiera podía oírlo con claridad, apenas me llegaba como un murmullo grave la voz que más rápidamente ha logrado mojarme, acelerarme todas las salivas y los líquidos necesarios. Andrés era, en el momento en que lo descubrí, el clásico flaco con aspecto de casado y cansado, prolijo pero no tanto. Pensé en ginebra, después supe que tomaban gin, qué asco, me recuerda mis peores descomposturas, porque no han sido simples borracheras, las de gin vinieron con todo, qué asco. Al tiempo, Andrés también detestó el gin. Ir al café antiguo, desde aquella primera vez con mi padre, ha significado para mí tomar sidra de barril y darle a mi culo la posibilidad de sentarse en el mismo sitio que Borges, sólo que en esto no pude nunca pensar mucho porque después se agolparon otras figuras, las detestables, las de la inundación y la basura, las del despojo y la

50


muerte; pero la noche nos mezcla igual que en bolsas negras al borde de las veredas. La noche nos deposita en algún pub maloliente, en alguna pizzería con pobres esperando a la salida, en algún snack plástico, en el café antiguo.

Otros, no tan náufragos, se llevarán el

cuerpo a los casinos, a los recintos brillantes con mozas de siliconas, a las risas contagiosas. Mi sidra le dio letra a Andrés cuando Antony Hopkins se levantó de la mesa. -¿Puedo? -dijo señalando mi copa y levantándose de su silla. Asentí con la cabeza y lo tuve frente a mí. Antes, disfruté su altura. Después el mozo y sidra para los dos y Antony Hopkins que regresaba a despedirse. Traté con éxito que no me incluyera en el saludo. Después, no fue lo de siempre. Andrés me demostró que no es Sam en el primer minuto de conversación, ni Sam ni ningún idiota de esos que repiten las mismas fórmulas y, lo que es peor, se les nota y apestan. Andrés no había dicho aún su nombre, pero exhibía las manos: apagaba un cigarrillo o se reclinaba en la silla y las apoyaba sobre la mesa, sus manos grandes, delgadas, las imaginaba en mi cara, aunque no solamente. He notado cómo la excitación, la humedad vaginal, asciende en mí hasta cambiarme el tono de voz, el movimiento de cada parte de mi cuerpo. He notado cómo, en ese estado, lo que entusiasma al oyente ad hoc es alguna suerte de composición pictórica de rubores rojizos, algún erizamiento de la piel percibido en la mínima distancia que separa una mesa del café antiguo: redonda y tan mínima

51


como suficiente para contener los movimientos deseados. Decir -en tales circunstancias creía yo- que soy lectora a domicilio era aumentar las fantasías, las mías también. Más tarde supe que para Andrés fue algo más. Ahí estaba su madre, en la saliva, en la duda, en la sonrisa, su madre, a pesar de la esposa y el hijo. Habían pasado dos horas cuando habló del hijo. Lo recuerdo porque yo miraba alternativamente mi sidra, un vitreau, a él y el reloj que tenía enfrente. Esa forma de nombrarlo, de desviar la mirada al nombrarlo, de mirarme después, de enarbolar esas manos, de morderse el labio, de sonreírme (podría compaginar cada segundo), me produjeron un orgasmo entre intelectual y físico. Supe de mí que un buen padre me excita más que un hijo de puta. Aunque haya tenido que regresar a su casa antes de que amaneciera, antes de que su hijo se levantara. Algo de incestuoso en mí, alguna paradoja que consistía en creer que era lo mismo regresar a casa antes de que mi viejo despertara y notase mi ausencia. Una fusión de tiempos. Varios panqueques encimados, alguien los daba vuelta, todos de una vez, y aquel panqueque de abajo estaba ahora en el presente. Entonces todo estaba en su lugar, Andrés debía regresar igual que yo a los quince, antes de que él despierte. El hijo tenía quince, igual que yo, antes. A las diez de la mañana siguiente me despertó el teléfono. El que me tomaba los avisos en La Revista quería saber cómo me iba con el trabajo, si llamaba gente, si ya había empezado. No fue original, peor, pretendía serlo. Él también preguntó si había visto la película con Miou Miou, yo me la perdí, confesó. Parecía guardar fantasías, las que

52


rondan ciertos mitos del cine, finalmente no supo si soy rubia, morocha o pelirroja. Cuando hubo alcohol por la noche, suelo regurgitar palabras por la mañana, cualquier día es lo mismo. Suenan y resuenan, deshilvanadas. La atención que se presta a la ubicación temporal ya no tiene valor y yo respondo -en parte- a los nuevos valores. Así que hablé como esperaba el que me llamó, aunque con un beneficio para mí: al despertarme suelo salir de ultratumba y la voz me suena muy grave. -Con esa voz cómo no te van a contratar. -dijo, y yo me quedé con esas palabras por el resto del día. Reaccioné, comprendí mi estupidez al día siguiente, cuando recordé que le había comentado cómo trabajaba (en realidad: cómo pensaba hacerlo) y él había dicho que quería saber porque unas amigas le preguntaron y querían hacer lo mismo. Pero, claro, fueron días de autolamidas intelectuales leyendo mi primer aviso y sumando las mismas fantasías que detestaba en Sam, en los que llamaban, en los que sabían, en Andrés no.

53


Al cabo de quince días La Revista ostentaba cuatro Lectoras a domicilio. Me dije que las tres me habían llamado antes de publicar el aviso. A partir de ese momento decidí no mentir más. Cuanto más inventara más provocaría a otros hacia las experiencias, yo misma les daba la fe y la voluntad, les enseñaba un camino inventado por mí en esta ciudad, y no quiero con esto atribuirme el descubrimiento sino la única realidad: el primer aviso publicado se me había ocurrido a mí, y sólo eso debía traerme algún beneficio. Las sumas de dinero imaginadas, las mismas que pronuncié por teléfono al empleado de La Revista, se habían comportado como un bumerang, me pegaban cachetadas desde un umbral al que jamás accedí. Llegué a concertar las famosas "primera entrevista" en mi departamento. Los dos hombres que vinieron, un guitarrista de más o menos treinta años, un ex corredor de seguros que -según él-necesitaba que le leyeran "un par de horas por día" (en su oficina); digo, ambos, tenían

las

manos

transpiradas.

El

primero,

hablaba demasiado

lentamente, las palabras se le caían antes de lo esperable. El último insistió demasiado en su "necesidad", dijo que ahora vendía esas parcelas de tierra en los cementerios ecológicos y que esto de la

54


lectura... Hizo un gesto incomprensible: levantó las manos como si fuera a atajar alguna pelota, también estiró los labios, algo como un beso, pero tampoco, me pareció que quería gritar un gol. Los dos me miraban las piernas, las tetas, la boca, eso de frente y aunque no tengo ojos en la nuca puedo suponer cómo me calaron de atrás. En tales momentos mi antipatía puede llegar a ser repulsiva, no puedo gozar de libertad alguna con dos ojos de perro hambriento y lengua sedienta frente a mis ojos. Mi libertad es a veces lo incomprensible, porque me pertenece. Mi libertad es decidir mi entrega, de tiempo, de manos, de palabras, decidir sin por qué, decidir cuándo. Antes, hace unos años, alguien podría haber dicho que es casi masculina mi libertad, pero la ciudad ha cambiado, las fechas, los lugares, y entonces la basura duerme donde hace un año dormían viejos, sobre papeles de diario y escondidos en alguna porción de vereda junto a persianas cerradas de negocios, de garajes. Mi libertad, lo que nombro con esa palabra, puede ser confundido entonces con enfermedad o pestilencia. A las tres semanas, con el cuarto número donde aparecía mi aviso, nació el rubro: LECTORES. No recuerdo qué sentí en aquel momento, un escalofrío me recorre ahora la columna, pasa por el estómago, llega hasta la garganta. Quizá se me vinieron palabras como por ejemplo, mi capacidad de innovación, o ¿necesidad de mercado? Mi ira siempre supera y me aplasta. Yo seguía primera en la lista, eso me calmó, aunque puteé a Sam cuando se apareció repentinamente al mediodía. Pretendía

55


cojerme sin sacarse el pantalón, así, dijo, porque tengo media hora y hace tanto y tengo ganas, me muero, vení. Le grité: -¡No me gusta que me invadan! Sonrió. Estiró los brazos hacia mí. Lo hubiera revoleado de los pelos. Apreté los dientes. Me dio asco, un asco profundo, escupí a un costado y grité aún más: -¡¿Me entendiste, enano?! ¡No me gusta que me invadan! Fue al baño, oí la canilla del lavabo, me parece que trastabilló en el banquito. Después se fue sin saludar. Me quedé tirada en la cama, mirando La Revista. Por la noche tendría mi segundo encuentro con Andrés. Recuerdo que me toqué la cara, estaba caliente, jugué con mis dos manos unidas, la izquierda hervía y la derecha estaba helada.

56


De mañana, antes de que papá saliera a trabajar, había un tiempo incandescente donde caían las nebulosas del sueño y las urgencias por venir. Un antes lleno de incongruencia, un después cargado, exactamente igual a los cafecitos que llegaría a tomar en las horas subsiguientes. Cada día, plagio del

otro; no importa si

inmediatamente anterior o del pasado remoto. Una juega. Y yo juego con ciertas cosas como si fueran notas musicales desafinadas, me divierte, me las impongo como respuesta, como si alguien se mereciera la bocanada contestataria de mi rumiar secreto, vedado, inaccesible. Las notas se van repitiendo, porque parece que la mente o la piel no podrían funcionar a partir de otro acorde, el desconocido. Parece que una se va repitiendo y es la manera más vulgar de sostenerse. Entonces yo colgaba sostenida de unos hilos aceptados. Las mismas palabras de la mañana, los mismos fantasmas encarcelados. "Hacé la tuya" decía un aviso del periódico. Lo recorté y pegué sobre una hoja blanca. Lo puse en mi cuarto de estudio, visible en la pared, ostentativo; cuando me sentaba a leer o trabajar lo tenía a mis espaldas.

57


Muchas mañanas le dije a papá que cuando tuviera mi casa no tendría mate, ni yerba, ni bombilla. Él sonreía frente al espejo del baño y sorbía su mate. No ha habido costumbre más triste que seguirlo por la casa mientras él se vestía, se afeitaba, siempre con el mate, atrás, obedeciendo un placer que no me pertenecía y que sin embargo repetía por ausencia de mi madre. No me permitía fumar un cigarrillo, puesto que él encendía el primero después de despedirse, después del beso en la frente y antes de trasponer la puerta de la calle. Me había enseñado que no soportaba el cigarrillo en ayunas, que el olor lo ponía de mal humor, que necesitaba algo antes en el estómago, aunque no fuera sólido. Porque después del mate y mi periplo repetido, se sentaba conmigo en la cocina a tomar un café y si había tostadas mejor. Fue el último año. Me dedicó las mañanas. Mi padre quiso fijarle un sentido al mate de las mañanas, a las cosas que tocaba, a mí. El cartel permaneció intacto. "Hacé la tuya" leían los que venían hasta mi mesa. Lo leyó el enano de Sam cuando vino por primera vez a casa, interesado en aquel aviso, el anterior. Por una vez lo publiqué en el suplemento del domingo, era un destacado. Me divertí mucho imaginando lo que podía pasar. Fue otro impulso de soledad, de mañanas adormiladas. Por una vez y fue suficiente. Tuvo éxito aquel curso, el aviso decía algo así: "Cómo sobrellevar la propia cerdez", y prometía que al cabo de dos meses mis cerdos alumnos saldrían airosos de sí mismos y con una buena cuota de autoestima. Además, el aviso especificaba: no hace falta ser gordo

58


para sentirse cerdo. Tuvo mucho éxito (el aviso y después el curso) pero no pude repetirlo, a pesar de que siguió llamando gente y que aquellos, los veinte alumnos que asistían regularmente, me pedían felicísimos que continuara con esa labor tan interesante. Tan interesante, repetían, pero no pude, algo más potente que la necesidad de ganar dinero me invadió, no soporté tantos cerdos de distinta raza a mi alrededor. Mi compasión inicial se convirtió en asco visceral. Hacia el final del primer mes, ya no les hablaba sino que mis palabras eran un vómito enmascarado frente a aquellos rostros que no quiero recordar. La persistente mirada lasciva de Sam le permitió volver a casa y me permitió materializar al fin esta vieja asociación entre placer y porquería, placer y chanchadas, placer y bajeza. Terminado el curso, organizaron entre todos una cena y fue Sam quien propuso hacerla en su vieja casona de la ribera. Una cena despedida. Al llegar me recibieron con dos cerdos apostados a cada lado de la puerta. Cada uno tenía un presente floral: el gordo de la derecha tenía un antiquísimo ramo de flores naturales color rosa, creo que eran claveles; la rubia, émula absurda y tosca de Marilyn Monroe, tenía un gran macetón de camelias rojas artificiales. Al entrar, un semicírculo de botellas de buen vino (sin abrir aún) los separaba de mi cuerpo estupefacto; desde ese momento hasta la madrugada, en que me dejaron regresar, estuvieron cantando o gritando. El Sam anfitrión fue inmejorable. Todo un cerdo, llenando las copas con una rapidez atribuible a esos viejos mozos tan eficientes como bien pagos. Al día siguiente, mejor dicho la noche siguiente, Sam me llamó por teléfono para conversar, sólo para eso.

59


Al cabo de cinco días lo tenía a Sam en mi departamento con la excusa de que le prestara un libro. Según dijo, estaba interesado en el tema de las reducciones guaraníes. Le mostré lo poco que tengo y no pareció interesarle. A partir de ese momento a mí tampoco me interesó saber los pretextos de Sam, podía oírlos o cambiarle de tema. Sus ojos generalmente vidriosos me provocaban. Yo sabía qué podía darme. La primera vez que me agaché delante de él para levantar un cuaderno noté que su cara llegaba exactamente a mi culo, cuando me di vuelta para mirarlo noté cómo hervían sus mejillas, miraba fijamente algo que quedaba justo enfrente, a la misma altura de los ojos: la entrepierna de mi pantalón. Otra vez me trajo unas fotos para que conociera a la que había sido su gran amor. Era una brasileña negra, bailarina de samba en uno de esos locales nocturnos de la zona vedada, la antigua zona de los paseos hoy inaccesible salvo para turistas del norte. -Ella e carioca -dijo Sam en un perfecto portuguésFinocchia -lo dijo con acento italiano-, la primera bailarina de Oba Oba -y sonrió con los ojos en blanco como si recordara escenas. -Una negra encerada y lustrada. -Dije imaginándola sin cremas ni perfumes. -¿Como un piso de caoba? -preguntó mientras pensaba la respuesta. Me sonreí- ¡Brillosa y amplia! -exclamó- Para revolcarme encima. ¡Y resbalar y no caer! Sonrió él, después de una respuesta tan poética, y extendió una mano para tocarme. Quedó flotando en el aire, temblorosa, hirviendo. Yo me desvié hacia las fotos, hacia alguna tarjeta de mi

60


padre, hacia una veta de la madera del escritorio. Aún me pregunto si Finocchia también exhibirá las fotos con Sam. Apenas le llegaba a la mitad de los muslos pero la negra se veía radiante junto a él. Trajo también unas fotos en las que ella aparecía desnuda pero no soporté verlas. Acaso me hubiera quedado varios minutos admirándola yo también. Tuve una rabia única, ella no sentía ni vergüenzas ni asco, se notaba. Ella bailaba con él y gozaba de las pequeñas manos en sus nalgas inmensas. Esa mujer me llevaba poco más de una cabeza y en la proporción de su físico aparecía Sam, como un insecto, único ejecutor del gran placer físico. Por mucho tiempo no pude quitarme a esa mujer de la cabeza. Especialmente cuando salíamos a comer, ella venía a mi memoria. Con rotundos empecinamientos sexuales, sé que es por ella, y lo tomo a Sam de la cabeza como si fuera el objeto animado más bestial que haya tenido. Lo es, por eso me da asco.

61


La vieja se quedaría veinte días en la ciudad. Porque la mujer de Andrés había contratado un tour a la Isla y entonces los tiempos, las fechas. Sé que Andrés no llegó nunca a proponerle a su hijo la lectura para la abuela, sé por qué no lo hizo y por qué vino con su mujer cuando tuvimos que fijar el precio de mi trabajo. Hasta ese día, un jueves, fueron sólo manos y el acuerdo, la seguridad. Me pregunto la seguridad de qué, porque no existe la seguridad de que alguien pasará por la cama. Tal vez la seguridad de las ganas, pero es demasiado obvio, era demasiado obvio. Lo tácito es lo que no se dice, y nosotros lo decíamos, nos hacíamos el amor desde la primera noche, siempre en la misma mesa del café antiguo, alguna tarde lluviosa, alguna noche húmeda, era otoño aún y nos recorríamos con la cautela miedosa de tener una copa de cristal en el aire. Hasta el día del "contrato" (en que fuimos tres pero en otra mesa) fueron seis tardes o noches de manos deseadas, ya conocidas, manos que apretaron mis manos aquella noche húmeda y que sentí entre las piernas una madrugada.

62


La vieja fue mi punto de inflexión. Dibujaba la nueva curva desde la provincia y con el anuncio callado de sudores mezclados entre las palabras de un libro de geografía.

-Sí, tengo libros de secundario. No será necesario que compren. -Ellos se miraron y agregué con seguridad: -Además, con las sucesivas charlas, sé que ella irá pidiéndome ciertas lecturas específicas. -Usted, ¿tiene experiencia, digo... con personas de edad? preguntó la mujer de Andrés. -Sí, tengo una anciana a quien leo el diario todas las mañanas -respondí fría, brevemente.

La anciana la tenía adentro, en la noche de ciudad maloliente, atorada de restos de comida y apretada en las grandes bolsas negras, esperando que La Empresa decidiera levantar los bultos de las veredas. Tal vez yo no deseara tener una anciana a quien leer el diario todas las mañanas, yo no pero ellos sí. Andrés nada había preguntado al respecto. También le mentí a él y fue necesario y coherente de mi parte. Mirarlos me excitó, también el café antiguo, sin titubear dije el precio de mis honorarios. A la mujer de Andrés le pareció "razonable", especialmente por un trabajo que ella no podría hacer, lo miró buscando aprobación, él me guiñó un ojo y le dijo tenés razón.

63


-Después, ella se irá a la provincia con mi cuñada, por un mes y, después, nuevamente con nosotros. -lo miró a él- Lo que pasa es que aún no sabemos cómo nos organizaremos con mi cuñada. Siempre la turnamos, tres meses con cada uno. Hizo un gesto cercano al desprecio, frunció la boca, la nariz y giró la cabeza a un costado, continuó diciendo: -Salvo ahora, porque viajo dentro de veintidós días con mi hijo y, te imaginarás, mi marido no puede ocuparse de la madre, tiene que trabajar.

Al día siguiente, a las cinco de la tarde, la vieja me abría la puerta del departamento de Andrés. Estaba sola y contenta con la idea de que fuera sólo para leerle lo que ella tuviera ganas. Se movía con cierta dificultad pero con pasos cortos y más bien rápidos. La dificultad no consistía en arrastrar el cuerpo sino en una visible falta de movimientos. Casi no podía girar la cabeza y apenas levantaba el brazo derecho, el izquierdo sostenía el antebrazo en una posición oblicua respecto de un cuerpo minúsculo y frágil. Sin embargo, sonreía como si estuviera en una fiesta de chicos y así también revoleaba los ojos, como si diferentes sonidos o voces la incitaran a buscar objetos, rostros, rayos furtivos, otras manos que también a ella la acariciaran. Me llevó a una habitación pequeñísima. Un sofá cama con almohadones cuadriculados estaba al frente. Al costado, una silla alta y antigua, tapizada con un diseño espantosamente actual (vi unas flores, toscas, desprolijas, de cáliz negro contra un fondo indefinido, ni ocre, ni musgo, flores moradas, rojas, amarillas). Sobre una diminuta mesa, alta y redonda, un velador encendido, hecho con botella de cognac, junto a

64


él unos sobres. Me invitó a sentarme, elegí el sofá cama. Con la mano izquierda se puso los anteojos que sacó de un bolsillo, tomó los sobres y dijo: -Leéme primero esta carta, después la otra -se sentó y cerró los ojos.

65


Adorable María Celina:

Querida mía: Mucho tengo para contarte desde mi llegada hace casi dos días. Tenía razón mi padre cuando me anunció el "atolondramiento" del principio. En esta ciudad todo parece nuevo y me siento muy lejano. Aunque no muy lejano de ti. Anoche te he extrañado inmensamente. A las 22 en punto estuve mirando nuestra estrella. ¿Me oías susurrar en tus oídos? ¿No sentiste mi mirada en tu mirada? Antes de dormir, estuve en el balcón de la casa de mi abuela durante más de media hora. No podía dejar la estrella pues sentía que te dejaba a ti. ¡Y pensar que tantas noches en nuestro pueblo nos despedimos tan acostumbrados! Porque siempre llega la mañana siguiente con tu sonrisa y nuestras dos cuadras hasta el colegio. Anoche, por vez primera, sentí la tristeza anticipada de las próximas mañanas. A partir de hoy harás sola ese recorrido bajo los tilos. Esta mañana he visto cómo la ciudad ayuda a olvidar. Pero yo no he olvidado ni el más mínimo gesto de nuestra despedida, ¡al contrario! Durante la tarde, mientras esperaba a que llegara mi tío que me acompañaría a la universidad, me he quedado en el sillón del

66


abuelo leyendo la carta que me entregaste antes de partir. ¡He visto tu sonrisa! ¡Tu dulzura y tu silencio! Y tus ojos húmedos, los mismos ojos de aquel día en que supimos que vendría a estudiar, los mismos ojos de ayer al mediodía, cuando los saludaba a todos desde el tren. ¿Me escribirás amor de mi vida? ¡Di algo! ¿Sabes acaso que cuando caminé por estas calles ruidosas te llevaba de mi mano? ¿Podré llamarte algún día sin que tu padre se enoje contigo o con mis padres? Sé que esta carta tiene algo de desesperado porque aunque quiero ocultarlo me siento muy triste y angustiado por esta situación. Sé que debo estudiar y lo haré, pero ¿tan grande es el sacrificio? No tenerte es una manera de morir. ¡No tenerte es no poder sonreír! Pero, mi querida, no quiero que te angusties por mi culpa sino que sepas que te amo con todo mi ser. Como nadie ha amado jamás. Ahora veo qué poco te he contado sobre mis actividades desde que llegué, porque mucho es lo que siento por ti y ello es superior a todo. Sin embargo, aún haciendo el intento creo que me costaría ordenar los acontecimientos. Me siento algo mareado de familiares, todos son simpáticos y amables conmigo pero son muchas cosas nuevas para mí. Además, la ciudad. Mañana iremos con el tío a comprarme un traje y un sombrero. Tal vez por la noche pueda volver a escribirte y mi carta tenga un contenido más anecdótico. Sí, además, mañana te contaré cómo son las calles y cómo los negocios. Te escribiré cuando

67


regresemos de la cena. Hay una cena en casa de la madrina de mi hermana, te confieso algo pero no te rías por favor: es una cena en honor a ... ¡a mí! Sí, me darán la bienvenida. ¡Tenía razón papá! Pero les diré que pongan una copa más, será la tuya, y estarás junto a mí, aquí: en mi corazón. Mi adorada, me cuesta despedirme, pero debo dormir, voy dejando y mañana temprano iré a despachar ésta. ¡Te amo! Recibe un gran beso de quien no puede vivir sin ti: Tuyo para siempre: Andrés.

68


Leo para mí a Baudrillard. Es esta noche expulsada de todos los calendarios:

¿Dónde está el cuerpo de la fábula, el cuerpo de la metamorfosis, el del puro encadenamiento de las apariencias, de una fluidez intemporal e insexual de las formas, el cuerpo ceremonial que hacen vivir las mitologías ...?

La fatiga me relaja. Ya ni siquiera intento abrir la única ventana que da a la calle. No soporto los ruidos como voces. La imagen de los ruidos, las caretas de las voces. Los olores nauseabundos de la ciudad penetran por la imagen, por las bocinas, por los motores, por los olores a borracho que despiden los autos, como en Brasil, el hedor de los cuerpos, de las cosas cimentadas en ritmos cibernéticos. Hace más de un mes que se repiten los avisos. Debería recordar que la lava se petrifica después de las grandes erupciones.

69


Saber que aún lo acabado sigue vigente porque son dos que se repiten semana a semana y ni siquiera hay guerra (o hay, como la hubo y nadie se atreve a pronunciar la palabra). Podría seguir contando caminatas, intentos. Sería interminable o insensato. Contar de manera aséptica, ¿escribí, hace unos días? tan limpia como una noche después de un baño larguísimo, después de un Sam que ensucie con semen, después de aturdirme con ese cómico, desacompasado jadeo. Contarlo de tal manera que resista la imagen de lectoras divertidas con voz de locutoras. De tal manera que abunden los lectores de voz teatral y placer y tiempo. Porque seguirán existiendo esos dos y volverán a multiplicarse y todo el mundo leerá historias a viejos enfermos y viejas viudas y también a chicos paralíticos y a miles de Sam babosos y pajeros que oirán cuentos y novelas eróticas o no tanto. Y vivirán gracias a los enfermos y a los viejos, gracias a los empresarios hijos de los viejos, gracias a los padres ricos que no tienen tiempo para leer cuentos. Vivirán en el sentido que enseña la ciudad: irán a la zona vieja y se sentarán en mesas blancas bajo los árboles mientras miran pasar el aluvión de los domingos. La fatiga me relaja. Una lámpara ilumina mis muslos, tengo un hueco en el estómago pero huelo a jabón. Agradezco el agua caliente. Los vidrios están empañados, y el espejo. Mi hueco resuena, pero también una musiquita: sin Sam, sin Sam, sin Sam, sin Sam, al fin, sin Sam, al fin, huelo bien. (Otra forma de silencio, desaparezco al enano, en esta página, en este lugar de la escritura, como todo intento brutal de negar la memoria, la vergüenza, la repulsión)

70


Alguien está esperando que suceda, frente a sus ojos, lo más cerca posible, una violación, una muerte o ver cómo descuartizan al viejo mudo que durmió en la bolsa negra durante diez noches, el viejo olvidado por la empresa recolectora de residuos. Tener, ahí, cerca, en vivo, ya no en la gran pantalla, el olor de la sangre y la basura. Que el grito suene y suene el eco sin voz que lo cuente, lo escriba en la revista o lo filme para poder eternizarlo todas las noches y multiplicarlo en cada refugio que se aísla día tras día. Ver cómo resulta el encuentro mudo de dos personas para morir. El encuentro entre un cuchillo y la mano de otro. Los robots respondiendo al botón de la destrucción. Alguien se babea parado en la esquina para gozar el instante de la muerte de otro alguien. Pero la muerte ya está instalada en los ojos del que espera. Está adentro de todos los zombies desnudos, o con corbata, Mezclados los dioses de todos colores. Las bolsas encimadas frente a la puerta clausurada de un antiguo local son la diosa imagen, instalada en los ojos del que espera. La reiteración, como un eco.

71


La muerte en vida. Parece menos que un revólver o machete. Camino en las horas permitidas y los cuerpos ausentes me cruzan. Siento en imágenes y no quiero pronunciar la palabra que designa esta ciudad. La violación sin cuerpo, la picana sin electricidad, sin monstruo visible que la dirija. La picana. Mi padre había contado. Decía algo así como la pérdida de la noción del tiempo, por la droga, explicaba. Y ¿qué es este resto? Otro día hablaba un amigo de él mirando una pared que teníamos frente a nuestro sillón (recuerdo las palabras y la mirada vidriosa): no saber qué día era, cuántos días habían pasado. Después, mi padre explicando lo que estoy sintiendo cada día, lo que ha quedado, lo que es. Una semana contando los años, los cuentos (porque así se venden, como ficciones) que ahora se pueden leer como si uno fuera capaz de pararse en el medio de la calle y ver la escena. Me repito: todo está. Todo adentro, ¿Precisa alguien hablar de la materia prima que compone este andar? Suena una voz ahora en esta cabeza diciéndome “sólo gozan los sin rumbo...” Me pregunto: ¿cuál es mi rumbo? Pero no gozo.

72


Subieron a la vieja a la provincia mediterránea un viernes antes del mediodía. Ella también adoraba el avión, su plan era pasar la tarde bajo los árboles, hamacándose con los ojos cerrados, con perfume a hinojo, tal vez Sily, su nieta, continuara la lectura de Cesare Pavese, si encontraba el libro. El plan de los otros era que durmiese la siesta, ella lo sabía. Había sonreído al comentarlo. En esos días de ausencia, el periodista me llamó para ofrecerme la nota. Nos citamos en aquel pub oscuro y de paredes coloradas, a las cuatro de la tarde. Vino con un pequeño grabador, dijo soy free-lance. Estaba interesado en mi trabajo, no como modalidad sino como experiencia. Otro que quiso saber si soy rubia. Sentada frente a él, fui un personaje lector en quien yo apenas una voz- me desdoblaba. Adiviné el repetido mecanismo activador de fantasías. Dije magia como quien hace magia a partir de un sonido o fonema, la palabra puesta al servicio de la situación. No expliqué un desplazamiento sino que mentí una superposición de días y fabulosos personajes que había imaginado desde la noche en que había pensado el aviso. Creo que repetí la palabra magia para convencerme de que podía desarticularme y ser yo misma algo

73


inexistente, inventado por mí, aunque después fuese imitado por otros, como los avisos. Le hablé de tres ancianas encantadoras, de un chico paralítico y de un tipo ciego de treinta años, Ismael, dije. Pude entrelazar las imágenes: yo moviéndome en una noche fría, en Azul, en casa de Ignacia, preparando café; y después me vi sirviéndolo a un amigo que murió bajo los escombros. Mi amigo ya no tenía cuerpo (podría haber sido Juan o Manuel) pero yo me vi leyendo en voz alta las clases de un seminario, para que él retuviera nombres medievales, para que no le resultara pesado, ni la ciega soledad ni el estudio. En cambio él habló de cinco notas hechas con antelación a los otros lectores que publicaban en La Revista. Claro que las anécdotas de aquellos eran diferentes. Habló de un lector que leía cuentos en una residencia de paredes rosadas, habitada por ancianos ciegos. También de una joven actriz que sólo se dedicaba a lecturas eróticas para hombres incapaces, que disfrutaba leyendo al Marqués de Sade, especialmente Los 120 días de Sodoma, porque ahí quedaba bien claro que las lectoras ocupaban un lugar alto, una función, un privilegio, puesto que no participan en las orgías. Pero yo trabajaba muy bien y podía vivir de eso. Mientras decía esto apreté con fuerza la mano derecha, mis uñas se clavaron un poco, le sonreí y volví a sentirme burlona. La realidad es lo que nombro, pensé en aquel momento. Mi palabra fundaba mundos. Magia, porque las cosas comenzaban a ser no sólo lo nombrado sino lo sugerido en el hueco entre cada palabra, en el aire encerrado que me dejaba un punto y aparte.

74


Me agradeció el encuentro -usó esa palabra- y aseguró la nota para la semana siguiente, había tres periódicos probables. También pagó los cafés y mi whisky. Regresé con la urgencia de bañarme. Deseaba el agua, no más de diez minutos, me dije. Luego, envuelta en una toalla, busqué aquel libro pequeño, de formato simple, impreso en China por una editorial que se dedicaba a ediciones en lenguas extranjeras. Lo hallé entre dos tomos pulcros, entelados. Un libro apacible, de hojas suaves, al que acudía de una manera enigmática para mis rabias cotidianas. Un libro extraviado ahora, como mi voz, de aire de tinta.

De pronto oye sollozos, un ruido nuevo para ella. Al bajar la vista, descubre que bajo la plancha, los pequeños ojos retienen dos lágrimas más pequeñas que granos de mostaza. ¡Qué diferencia con los lamentos que está habituada a escuchar! No entiende lo que sucede. Enciende el fuego en varios puntos. Al comienzo éste no es muy vivo, porque las cañas no están completamente secas; crepita, sin embargo. Al cabo de un momento...

Esa noche, Andrés anticipó el regreso de su madre. Al día siguiente, su mujer, por teléfono, igual que una cotorra, me explicaba que María Celina estaría en la ciudad antes de lo convenido, nunca entendí por qué. Regresó a las cinco semanas. Creo que aquellos días pude vencer mi génesis, los olores de la ciudad, los aullidos de los perros, los cuerpos vagabundos, los

75


muertos de todas las historias, los colores nocturnos, vencer mi pesadez diurna, dormir unas seis horas por noche. Jam谩s sali贸 publicado nada sobre lectores. Despu茅s, creci贸 la indiferencia.

76


The

Reading

Edge

tiene

un

compartimiento

de

almacenamiento para su teclado removible. En este teclado, las teclas básicas para utilizar el sistema son grandes, codificadas en colores y de acceso fácil. Los botones de volumen y velocidad de voz, codificados en colores, están situados hacia la parte delantera del sistema y son fáciles de identificar. Puede distinguir botones por los rebordes de su perímetro y la forma en que giran, ya que uno gira suavemente y el otro hace un "clic" en cada modo. El alojamiento convexo de The Reading Edge contribuye a evitar que la unidad se sobrecaliente si se coloca contra una pared u otra superficie plana inadvertidamente. Además, The Reading Edge incorpora detalles que hace que sea un placer utilizarlo. La unidad tiene guías y hendiduras que permiten localizar los enchufes y receptáculos fácilmente. Además, la parte delantera del sistema tiene cinco rebordes que ayudan a sujetar los libros durante la exploración.

77


Un procesador SPARC proporciona a The Reading Edge una velocidad sin paralelo. El reconocimiento de texto es más rápido, por lo tanto se pasa más tiempo leyendo y menos tiempo esperando. Todas las instrucciones programadas para el sistema están guardadas en una tarjeta de memoria que se inserta en la unidad. Puede cambiar de idioma o actualizar versiones más recientes del programa con tan sólo cambiar esta tarjeta. El teclado de The Reading Edge comprende 18 teclas y cuatro

niveles

de

teclado:

Lectura,

Configuración,

Edición

y

Configuración de Comunicaciones. El nivel que se utiliza más a menudo es el de Lectura, al que se obtiene acceso inmediatamente cuando se enciende el sistema. Sea cual fuera el nivel de teclado en que esté, la ayuda verbal de The Reading Edge puede identificar cada tecla y describirle su función. Puede utilizar el conector en serie para conectarse a una serie de ordenadores. Puede así enviar y recibir texto e imágenes. ¿Imágenes?

78


Ella se pregunta: ¿Y si empiezo a tener compasión de mí, de la ciudad, de los viejos perdidos, las plazas, los restos humanos, ojos desorbitados? ¿Y si resulta que la vela encendida dice obscenidades acerca de los pájaros?

¿Desde cuándo los fantasmas arrebatan papeles?

Ella da diez vueltas alrededor de unas margaritas y dice: Teny lo perdido. He querido ganarle a la tristeza pero no he sido yo sino mi enemigo el que me ha tomado de la mano para saltar sobre la tristeza. ¿Compasión por mí? Por mí, de mí, aquí. Huérfana. Huérfanos de madres y de hijos. Huérfanos caminantes paralizados y nos miran desde los balcones.

Las margaritas se secaron y ella da una vuelta alrededor de unas pircas que dispusieron en una esquina, no son muy altas. Tropieza ahora y cae. Se acerca una anciana descalza. Teny ve los pies oscuros de mugre, pies delgados, sanos. No puede quitar la vista de esos pies.

79


Se incorpora. Le duele la rodilla pero dice no importa. La melena blanca le recuerda a otra anciana, no tiene nombre, no lo tendrá. Se miran a los ojos, están detenidas. Teny siente el abrazo.

Enfrente, del otro lado de la calle, dos chicos rompen un libro y sus carcajadas resuenan como si todo fuera un recinto cerrado, único. Instantáneamente resuenan balazos lejanos.

80


Soy una suma de recortes. Están amarillentos los papeles que me componen. Ella apoya la sangre en palabras no dichas. Hay un formato antiguo en los caracteres de estas letras leídas en voz alta para seres detenidos. Porque es obvio que sólo pueden ser leídas a los pobres, a los entumecidos, a los que quedaron afuera, sin acceso al Reading Edge, sin acceso siquiera al objeto preciado, a mi objeto fetiche y placer casi orgasmo en cada palabra pronunciada frente a un cuerpo que ha gemido, y yo lo he visto. He visto cómo, ante el sonido que traduce la palabra, alguien ha contraído un músculo imperceptible y después ha dejado el aroma de la satisfacción. ¿Qué significa, pues, ser lectora? Imposible hacer una enumeración ordenada que finalice "y por último, ser lectora significa..." No. Es imposible. Eso implicaría

-

segunda obviedad de hoy- haber comenzado, diciendo "primero, ser lectora es..." Me suena ridículo y cargado. Académico en el peor sentido. Todo culmina en la situación inicial. Ser voyeur de dos realidades: el mundo lenguaje escrito y la representación gestual, innovadora durante esa observación quieta, casi morbosa, una delectación del instante de encuentro.

Ser lectora significa sentarse

81


frente a la vieja y entrar en una frecuencia donde no existo. Mi cuerpo desaparece para ser un sonido articulado y en carne viva, un sonido que recibe, además, los silencios del oyente. Ser la magia por un fragmento de lectura. Recibir la otra magia y una porción de eternidad mientras se dice:

Era más deliciosa de mirar que una pera en flor y su tacto más suave que una nube. Un bolso de piel adornado de borlas y botones de metal pendía de su ceñidor. Largo trecho andaríais sin encontrar hombre capaz de imaginar tan bella doncella, pues su tez brillaba más y mejor que las recién acuñadas monedas de oro de la Torre y era su canto tan suave y ligero como el de la golondrina en el granero y saltaba y retozaba como un cabrito o como un ciervo a quien persigue la hembra...

Recuerdo haber visto la sonrisa de la dulce anciana silenciosa, porque en aquellos momentos, cuando recibía mis retazos, ya no era la vieja ni la madre de Andrés, ni un cuerpo semi inválido. Cuando alzaba la vista anteponía un cielo al techo de su pequeño cuarto, un cielo para dos cuerpos. La ciudad descendía, y descendían los ruidos, los gritos, los años, las ausencias. Había en aquellas tardes otra luz que alguien encendía mientras yo acariciaba aquel libro de cuentos. Ella venía -o se iba, no lo sé- a Canterbury. Entonces, esta masa informe de necesidades cotidianas se quedaba leyendo un poco más, porque ella me pagaba con unas... No puedo encontrar el vocablo, hay una miseria que me hunde y me impide.

82


Creo que sólo he sido lectora. Sólo he sido por una hora. Siempre en porciones. Con el placer fluctuante entre la palabra dicha y el silencio conmocionado de alguien que oye. Siempre siendo en la intermitencia. Con Ignacia de lunes a viernes, he sido por unos cuantos meses. Hasta el Reading Edge. Hasta que Ignacia conoció la felicidad. Apesta esa palabra. Apesta porque en el caso de Ignacia sé que es real. Las horas se alargaron para ella mientras que las mías están aún en este útero de tres habitaciones con linda cocina y baño limpio. Ni siquiera parece la intermitencia de un actor pobre. De ésos que saben cuál es el sonido de los aplausos. Y tienen el sonido de otros en su memoria. Ni mi propia voz queda en el recuerdo. Tengo gestos sueltos, sonrisas y aquella cosa indecible que regalaba la dulce María Celina cuando mi tiempo se extendía. Había una laxitud. También un saberme mediadora o ilusionarme con el hecho de estar viva, mientras rodaban las palabras.

83


Ignacia estará ya cómodamente instalada en la Ciudad Universitaria del Este. Supe por su madre (me escribió hace dos meses) que ocupa una habitación individual en la Residencia Windston, ellos pueden pagar semejante mensualidad. Está cursando el segundo año de Psicología Zoológica.

En la sección superior de la cara delantera hay una etiqueta de producto con puntos Braile en relieve. La parte delantera además tiene cinco rebordes verticales de un cuarto de pulgada de anchura y un poco más de dos pulgadas de altura. Estos rebordes están situados a la izquierda del centro de la cara delantera.

Al menos en la especialidad zoológica se ahorra todos los textos de filosofía que tantos sudores le provocaban. Este último empecinamiento pedagógico en insistir con "el retorno a los clásicos", sumado a la apertura de las carreras "alternativas" (como se dio en llamarlas) permite a seres como Ignacia materializar los anhelos, hurgando nuevas posibilidades, ella especialmente, que siempre tuvo repudio por los clásicos.

84


Recuerdo cómo se enojó aquella noche, cuando le comenté que en la mayoría de las carreras se había impuesto el estudio de la Filosofía Antigua. Me inclino a pensar que eligió estudiar para poder

instalarse

lejos

de

su

pueblo

y

que,

además,

eligió

cuidadosamente una carrera en donde no tuviese que repetir una línea de la materia que más aborrecía. Sé que ella no escribirá. Porque yo no le escribiría ni una mísera tarjeta para que sea leída en ese monstruoso aparato. No me cabe ahora -menos ahora- reconocer las nuevas posibilidades de ciegos solos, sin familia, sin un ser que les lea, porque éstos han de ser pobres. Y los pobres ya no están más que en las calles, orientando sus cuerpos de tal manera que la poca gente que camina no los pise, no los vea. La madre ha contado también que Ignacia tiene novio. Un novio de material humano, carne y hueso, sangre y pene y saliva y voz. Con voz que sale sin botones, que asciende a la manera del viejo proceso ya conocido, voz que tose y modula, que puede disminuir con la emoción, pero la emoción que produce una palabra y no otra. Voz de laringe, cuerdas, boca y lengua que se mueven y que pueden verse, aunque Ignacia sólo pueda tocarlas.

La parte derecha de The Reading Edge se compone de las siguientes piezas: 1. Botón de volumen. Le permite controlar el volumen de la voz de The Reading Edge. Es el primero de los dos botones del lado derecho. El otro botón es:

85


2. Botón de velocidad de la voz. Le permite controlar la velocidad. Puede variarla desde la velocidad mínima de 40 palabras por minuto hasta la máxima de 550. Para aumentar la velocidad puede hacerlo en incremento de 10, para llegar, por ejemplo, de 40 a 100 palabras por minuto. Consejo: Puede distinguir los dos botones por la pequeña diferencia en los rebordes de sus perímetros. También se distinguen por la forma en que se giran. El botón de volumen gira con suavidad y el de la velocidad hace "clic" cuando se pasa de una posición a otra.

Además -continúa la madre en la carta-, Ignacia graba todas sus clases y luego pasa la cinta por Zeus. Así llaman al equipo de lectura: Zeus. Fue bautizado el día que llegó. Ignoro por qué razón mereció el nombre del gran danés que tenía una tía abuela de Ignacia. Aquella tarde de mi despedida le recordé quién era Zeus en la Grecia antigua. Apenas una síntesis en el tono más pausado y convincente que me conozco. Ninguno advirtió mi sonrisa. Fueron varios movimientos sincronizados y el mismo gesto de confusión que yo había disfrutado alguna noche: Ignacia movió la cabeza a un lado y a otro, buscó el brazo de su madre. Vi cómo apretaba la muñeca delgada con fuerza y cómo la madre apoyaba su mano sobre la de Ignacia. Yo alargué con placer mi explicación y la madre habrá tenido urgencia porque tomó aire con fuerza y consoló a la hija: -Para vos, Igi, es el perro que más te ha mimado, el primer perrito que acariciaste en tu niñez. Para vos, ése es Zeus. -Todos sonreímos. A su izquierda, Ignacia acariciaba con lentos movimientos al

86


otro Zeus. Me pareció ver que el dedo índice penetraba en uno de los orificios.

El zócalo de la grabadora de cinta magnetofónica permite conectar una grabadora a The Reading Edge. También puede conectar un altavoz adicional a este zócalo. Consejo: Para distinguir dichos zócalos, piense (¡Ignacia ha debido pensar!) en las dos guías de los zócalos de los auriculares como si fueran auriculares de estéreo. Pero pensar, sin poder imaginar, pensar, desde la nada. ¡Qué espanto! ¡¿Cómo se hará?!

87


Ella se dice: No puedo llamarte. Madre. No puedo nombrarte con la voz que lee y pretende. Por los chicos muertos, por los hijos de los muertos. Y por los sin nombre. Soy parte. Hija de los del nombre borrado. La memoria insuficiente. Soy Teny, sí, me reconocen. Yo no.

Ella baja los calendarios hechos a mano de las alturas de un mueble. Se pregunta por qué están guardados.

Se vacía una caja de plástico amarillo. Se enciman cuidadosamente sobre una tabla las crepes resecas, luego se colocan dentro de una bolsa o envuelven para que los números no pierdan su sabor herrumbrado.

Ella camina con los calendarios hacia la zona antigua. Muestra su documento al guardián apostado frente a la puerta reja de hierro negro. Recibe el papel que le permite andar por la zona histórica, lo dobla y guarda en un bolsillo, junto al fruto de jacarandá cada vez

88


más seco. Busca las calles, los sitios recorridos de la mano de su padre. Poco reconoce. Una moldura en el piso alto de una casa restaurada. No están las caras que creyó recordar. El hombre de anteojos al frente de una vidriera observa calendarios coloridos envueltos en papel de seda transparente. Teny los lleva con cuidado y en la posición natural del que transporta algo pesado. No soporta caminar sin saber en dónde hará la venta.

Ella se pregunta ¿Cuántos años han pasado?

Y deberá calcular forzosamente

su

edad, su

niñez,

interpuesta por la imagen recurrente de sí misma caminando de la mano del padre. Deberá hacer cuentas hasta llegar a mayo y el café antiguo.

Teny entrega su paquete a una anciana disfrazada de mujer sonriente detrás de una mesa de roble. Ha entrado en un sitio amplio y cargado de objetos. Hay una lámpara de bronce que le parece conocida. Apenas si puede darse cuenta de su decisión. Está muda, casi quieta. La anciana cambia su gesto, muestra un rictus humano y despojado.

Afuera todo parece calmo. Se oye hablar

alemán. Se nubla el sol que llegaba desde la puerta cuando pasa el grupo de extranjeros.

89


Hoy he caminado por la plaza vieja cercana al gran teatro. Estuve recordándome. Tenía una figura asquerosamente sonriente, mi agilidad solía cruzar esa zona con el absurdo orgullo de una pertenencia que hoy no puedo explicar. Creo que me gustaba mirar aquellos hombres trajeados que hoy sólo podría ver si me animara a tomar un colectivo que llegue hasta la Ciudad Judicial. No quiero. Ni para conocer cómo huelen hoy los antiguos galpones. Ni para visitar a uno de mis viejos alumnos cerdos que ha instalado su office de cara al río. Me llamó por teléfono dos o tres veces para invitarme, luego de increparme porque no tengo fax, ni correo personal. No tengo fax y sé por qué, ¿tengo faz? Hoy me conformo quizá. Al menos me basta con caminar de día -de noche no se puede pasar- por las veredas viejas de la plaza. Crucé la calle angosta y admiré las veredas nuevas y limpias del Shopping, la rampa de acceso vehicular, el resplandor de los vidrios. Me permití el pesado ejercicio de la memoria. Quería encontrar algo, creo que hasta busqué alguno de aquellos frutos que solía levantar y guardar en algún bolsillo. Ni una hoja seca. Todo está muy limpio. Allí no llegan los pobres, no porque no puedan. Durante el día hay acceso libre y la

90


vigilancia permanente no molesta, sólo mira. Aunque tampoco deben esforzarse mucho en la tarea. Desde que dispusieron los miradores electrónicos todo está más liviano, diet, light, solía decir aquel Sam repulsivo, y después extendía la lengua en punta y la movía en el aire, como si tuviera un pezón ante los ojos, light. Pero esta palabra... Recordarme y recordar aquel edificio, la mugre de aquellas paredes húmedas, verme subir aquellas escalinatas cuando tuve la única citación judicial de mi vida. Recordar los periodistas agolpándose o esperando sentados. Pude caminar lentamente, sé que pertenezco a la calificación de los locos pacíficos. Mi aspecto así me define. Me repugna escribirlo, sin embargo, sería doblemente ridículo ignorar los resultados del último censo, así nos definieron. Pertenezco a la porción intermedia. Y precisamente por mantener la situación habitacional de la "cuarta capa social", según informaron. Todo es ajeno aquí. Somos los extranjeros de un lugar que era nuestro, cantaba un poeta. Pero no pensaba todo esto al caminar. Creo que hasta disfruté de la asepsia, el disparate y el cielo artificial. También de unas flores que jamás había visto y que se repetían apostadas en los canteros de la plaza, en los balcones pintados de color violeta y a los costados de la puerta vehicular. No sé cuánto tiempo demoré en caminar esa vereda. No había un alma. Lo que parecía "la vigilancia" se me figuraron sombras que iban alejándose. Pasé frente a las vallas acomodadas al costado de la rampa, esperando la noche. Espantosamente, disfruté la pesada uniformidad de autos desconocidos. Apenas me espejé en alguno de los vidrios polarizados, fugaces. Alguien conducía esos autos y estaría

91


seguramente acompañado por otro alguien. Cada auto tendría un alguien o más, que yo no pude ver. Alguien era nadie, al menos para mí. Pensar esta ironía me hizo bien. Entonces pude sonreír. Y los vehículos acceden por la rampa y sólo los vehículos, porque no hay manera de entrar al Shopping a pie.

92


Al accidente de Andrés le siguió la muerte natural de la vieja. Apenas una semana después.

Debo contarlo en estilo aséptico. Sin la recurrente infección de emociones. Esto no es silencio.

Debo contarlo en estilo aséptico. De manera menos circular y más cercana al lenguaje del basural. De manera distante, casi descriptiva. Piedra y agua contaminada. Tal como la ciudad, con los árboles enfermos y las flores aplastadas bajo cajas infinitas de pizza Ugi's. Contarlo con el polvo refrescando los pulmones y el humo de los grandes colectivos diferenciales para clase A acariciándome la cara y las piernas mientras camino por calles angostas. Así, con las palabras repetidas desde el grito de los pobres. Contarme segmentada, buscar la rodilla en la que apoyo el cuerpo para gatear y encontrar la clavícula herida, inútil, olvidada. Contármelo sin narrarlo, con el estilo menos infectado de historia repetida, asépticamente, tal cual es o fue, viéndolo en esta pantalla chica inapagable, esta cabeza volcán donde hierven mis ojos, mis manos, los pasos, los besos, toda esta lava que

93


contengo. Expulsar piedras preciosas y enmudecer a canje del estupor. Establecer el vínculo preciso entre la parálisis y mi locura. Mirarme ya no al espejo sino en una pava sucia y grasienta que apeste agua caliente para la misma yerba. Andrés, Andrés, Andrés, Andrés, Andrés, Andrés, Andrés, la memoria de mi piel, el pulso. La memoria de mi voz, María Celina. Y el agua que sube.

Contarlo hoy, mirando de reojo la última Revista, abierta en el rubro LECTORES y en el suelo, todavía. La Revista quieta y puteadas intermitentes aquí adentro. Ya me lo habían dicho: es un gorila descomunal que te devora, esta cabeza, Debo calmarme. Si pudiese jugar.

Darle trabajo al gorila, usarlo, darle

órdenes para que no me devore. Y cuando no, mandarlo al árbol, gorila vete al árbol, a subir y a bajar, a subir y a bajar, todo el tiempo, hasta que yo te llame, gorila, hasta que te precise, porque no seré tu carne. Pero, ¿dónde un árbol?

94


Entonces. Una semana antes de la muerte de la vieja, Andrés y yo dormimos juntos. Reímos juntos. Nos babeamos en la cama king del Apart que le prestaba un médico homeópata. Habíamos ido al Club del Subsuelo porque era martes y los martes se toca jazz del bueno. Tomamos vino blanco, brut, y después nos fuimos a comer solos. Andrés quería conocer un nuevo lugar de comida que funciona en el primer piso de un edificio del siglo pasado. Dijo nos esperan, lo dejó en suspenso y después explicó que es un lugar distinto, sólo tiene seis mesas y se accede únicamente haciendo la reserva con anticipación. Gocé el anuncio, me sentí halagada, no quiero decir otra palabra, me sonará confusa o herrumbrada. Efectivamente, seis mesas, cada una en una habitación. Las austeras lámparas de pie daban una penumbra entre azulada y violácea. Ambiente para la íntima lectura. Para una especie en extinción. Sonaban las Gymnopédies de Satie y yo perdía mi cuerpo, me diluía sobre el mantel impecablemente blanco. No era yo, la de las calles sucias, la contaminada. En cambio Andrés. Oí el piano, fui cada nota fluctuante, ascendente y descendente, fui los ojos de Andrés mirándome y sonriendo. Fui pétalo, manos frescas, sus bellísimas manos,

95


sobre mis mejillas y jugando con mis labios, pellizcándolos. Creí en... ¿Dios? y no fue importante. Tampoco me interesó lo que vendría después. Cuando llegamos a la cama... no existen palabras vírgenes, mi cabeza gorila repite: mamé Andrés y leche y baba, como si de esa forma me acercara al vientre de mi madre desconocida, el vientre muerto que sólo me contuvo para gestarme y salir a la intemperie. Él hizo estallar mis sentidos, tal vez me hizo estallar, desparramarme en varios cuerpos, multitud de manos capaces de abarcarlo. Expulsada de mí misma, consideré increíble que pudiera existir otra cosa. Virginidad fue mi cuerpo naciente cada vez. Su boca, mi mano nueva, su boca, mi armadura deshecha, mis oídos dentro del espacio acuoso, convertidos en... no existen palabras vírgenes. Sólo algunas frases contienen memorias detenidas. Lo demás es esa figura dibujada en un pentagrama que se llama silencio: lenguaje escrito con la yema de los dedos, en mi brazo, en el pecho velludo de Andrés, bajando por una pierna con arabescos en el cuello y su lengua y algún susurro irrepetible, porque no quiero traducir aquella noche. Toda la lentitud para sentir el lenguaje del mundo. Amanecimos. Fatalmente llega el día, se iluminan las zonas oscuras y hay que levantarse intentando llevar consigo el lazo más seguro. Salir de la mano con la sonrisa de Andrés puesta en mi boca. Los tácitos acuerdos. Algo se acurruca dentro de mí, sumergido y nadando en el sonido más secreto de esta sangre. Debo contarlo en estilo aséptico. Sin la recurrente infección. No ser cruda significaría profanar con monosílabos los actos libres, liberados de inducción, de obscenidad, liberados del chantaje. En estilo

96


aséptico. Relatar, yo, nada menos, Teny, la inclemente, relatar, pretendiendo esculpir o pronunciar de manera soberbia las homónimas palabras de un libro sublime. La inclemencia. La inclemencia es lo que sucede en la ciudad despojo. Y Teny es un despojo que la habita. Amanecimos. Aquella ducha habrá sido sólo un refresco porque no había nada que lavar. Fatalmente llega el día y el sol abrumado de smog. El miércoles era no laboral pero yo iría igualmente a leer para la vieja por la tarde. Andrés me dejó en mi casa. Cuando entré, vi que eran las diez de la mañana. Estaba excitada. No pude dormir. Me quedé mirando viejas fotografías, algunas de mi infancia, el colegio, mi padre, a veces mi abuela, el vientre representado. Un árbol. Después de mediodía sonó el teléfono por primera vez. La vieja llorando, no podía hablar, balbuceaba y gemía, decía no venga no venga no venga mi hijo mi hij... la mujer de Andrés le habrá arrebatado el tubo para que yo pudiese entender. Pero ella gritó como si yo hubiera... Ignoro el tiempo que debí permanecer muda. Ella gritó. Dijo que estaría borracho, que justo en la esquina de la casa, que el auto quedó casi intacto, pero Andrés, pero Andrés, pero Andrés. Hasta que se interrumpió y pidió disculpas. El desierto. Sé que mi vista quedó detenida en el segundero del único reloj de mi casa, frente a la silla donde estaba sentada, clavada, con la parálisis, el vértigo, el dantesco relato, el llanto de María Celina.

97


Volví a sus brazos como si la imagen redimiera. ¿Eso era recordar? Intenté encontrar su olor en mi piel. Como si la memoria fuera la presencia cierta. Por la tarde llamó un tipo muy impostado, ceremonial hasta la ridiculez. Mientras modulaba sus palabras sentí olor a mierda. El tipo decía algo así como que estaba invitada al velatorio del hijo de la señora María Celina. Me invadió la urgencia por vomitar. Preguntó si recordaba al señor Andrés. Le corté, corrí al baño y dejé que el teléfono siguiera sonando. ¿Por qué habrá insistido tanto? Tal vez sentí lástima por mí, no estoy segura, sé que se mezclaron los sonidos y los besos de la noche, la sonrisa de Andrés, sus manos, los olores, mi jadeo, la saliva cayendo sobre mis pechos. El teléfono sonaba nuevamente y yo no podía alejarme del inodoro. Me temblaban las piernas esforzándose por sostenerme arrodillada. Mis arcadas retumbaban. Hubo unos minutos de silencio.

Pero a ese hombre le habían encomendado una tarea. Estaba claro, su misión era comunicarse conmigo y vaya a saber quién se lo habría pedido. Imaginé a la anciana cubierta con una de sus mantillas de lana en el pequeño sillón donde me espera (porque me espera), era la mantilla azul de largos flecos. Ella también estaría seca y gimiendo. Decidí atender el teléfono para excusarme. Debió sentirse imbécil el tipo, porque hasta me pidió disculpas antes de colgar. Yo le había dicho mi padre también ha muerto.

98


Noche por medio cortan la luz, ahora que ha comenzado el calor. Pertenezco a la "zona cinco", según se informó hace quince días, entonces me toca tener luz los martes, jueves y fines de semana. Mientras tanto, aquellos tenaces continúan la batalla, La Revista no hace más que repetirlos desde hace cinco meses. Ya no la compro. Ni siquiera se les ocurre variar el texto de los avisos. Los imagino leyendo siempre el mismo cuento a los mismos ancianos sentados alrededor de una mesita, durmiéndose con palabras repetidas, resbalando igual que gotas de lluvia contra el vidrio y sonriendo apenas mientras les cae un hilo de baba por la comisura de los labios. Siempre el mismo texto para el mismo empecinado aviso, cada semana. Lo sé porque me hice amiga del diariero de la avenida, puedo entonces hojear la revista mientras él me mira las piernas y sonríe. Sólo una o dos páginas. Conozco de memoria la distribución de los clasificados. A domicilio leo, comento, acompaño para que se enriquezca y entretenga. También centros asistenciales.

No sé a qué se debe este hartazgo, la opacidad perenne de estos días, acaso la oscura noche de los tiempos, según Borges, bajo

99


la que se esconden los árboles desnudos, las ramas despojadas y temblorosas a punto de caer sobre las calles. No sé por qué la pesadez y sin embargo tengo excusas, flotadores dispuestos a decir por qué. No es el estado de las cosas, tal cual he leído hace poco en La Revista, no es mi sometimiento, ni este bamboleo de mi cuerpo en la tarde de primavera, casi verano. Nada tienen que ver la memoria ni la sucesión de personajes. No es un tormento ni una aceptación. Tampoco está la emoción de alguno de los sentidos. Es una realidad intangible y presente, un estado en sí mismo, que se ha gestado en algún lugar del mundo que tal vez sea un cuerpo físico: el mío.

Leo a domicilio. Centros de salud. Comparto el placer que nos brindan los escritores. También acompaño.

Hoy, los únicos dos son esos que apestan desde los avisos del rubro LECTORES, ya no Ignacia y la abuela. Ni ciega ni vieja en mi presente, sólo en la historia, sólo en una porción determinada. Porque el momento presente nunca parece una porción determinada. Nunca me ha parecido. Creo que jamás lo he pensado. Hoy, esta tarde, se alarga, no se ve esa pequeña línea perpendicular que limita un segmento. Me cuesta la mentirosa gran dimensión del presente. Las cosas se instalan y soy víctima. El reloj sondea, el aire intenta. Agradezco estos calendarios. Mi hermanastra (¿cómo llamarla?) es una artista y cada diciembre me envía estas cartulinas del tiempo engañoso, calendarios de hojas secas y números repetidos en diferentes colores. Los envía en sobres especiales, cuidándolos, no sé de qué, los aísla, es evidente, hay tanta

100


dedicación en esos sobres, estos envoltorios del tiempo que vendrá. Me aterra. En cambio la historia... Pero en el campo de batalla vocifera la necesidad de respirar bajo el agua. Lu Manix, aquel vecino que sonreía, se ahorcó al enterarse que su terapeuta se había suicidado. Hay agua contaminada y olores nauseabundos, la basura no halla lugar donde esconderse, aquello que se dio en llamar el cinturón ecológico es la franja limítrofe entre un dibujo y las palabras que lo nombran. Hay, también, el pudor de no llamar mierda al objeto que responde a mi pregunta. Pero en el campo de batalla vocifera. En el campo de batalla vocifera la necesidad de ganar un mango porque de la agencia no llaman y ya no tengo ni siquiera un enano. Hay, también, otras voces ingenuas que sugieren otros avisos, sin embargo, con las mismas palabras putrefactas, las mismas palabras de siempre dispuestas de manera tal que parezcan las ingenuas. Es imposible definir esto hoy. No sé quiénes vociferan en mi cabeza. No reconozco las voces. Parecen aullidos. Penetran por las mordeduras no cicatrizadas. Estoy sucediendo como una planta que no puede cambiar su lugar, no me atrevo a pronunciarme en la foto de mis cinco años, ¿esto es vegetar? ¿Acatar el sitio geográfico en donde me pusieron y total es cómodo? Mientras tanto, mirar calendarios.

101


Me ha llamado la mujer de Andrés. Comenzó pidiendo disculpas, tanto tiempo dijo, y yo me quedé colgada en esa palabra. Y después que se enteró de la muerte de mi padre. Ni siquiera tosí. Miré de reojo la última tarjeta de alegría que recibí de mi padre. Para darme fuerza (como decía mi abuela) traté de visualizarlo, disculparme ante él con una reverencia, e imaginarlo con su cuarto hijo recién nacido en un país lejano. Lo logré. La mujer de Andrés habló de la muerte, de la putrefacción de los seres queridos, de la conversión de los carnívoros, el fin de los fumadores y hasta de la razonabilidad del dolor humano. No me dejó resto para la respuesta porque, aún absurda, yo estaba en condiciones de inventar algo para consolarla. Después me invitó a su nueva casa, dijo que le parecía que algo queda entre nosotras, ¡dijo esas palabras! Admiro mi paciencia. Por lo menos me ayudó a imaginar una grandiosidad que nunca supuse en mí. Al monólogo le siguió la pregunta:

102


-¿Qué pensás de lo que te digo? Las dos hemos sufrido una gran pérdida, porque un padre es un padre y mi marido... -fingió temblor en la voz. Fue innoble. -Acepto la invitación. Creo que debo salir un poco de mi encierro. Ir hacia lo morboso de mí misma es a veces una manera de divertirme. Creo verme entonces como en una película, el cuerpo se mueve, cruza una calle, modula un fonema. Mientras, otros ojos, desde otro sitio, me observan y se ríen, también me insultan, vociferan, me aturden. Rehuyo entonces los interrogatorios, me miro en el espejo, ya no a mí misma sino al cuerpo que irá mecánicamente hacia un sitio que, lo sé de antemano, no me asombrará, ya no. Un sitio sin olor a Andrés, un sitio sin la anciana, sin aquella carta que leí por primera vez. Mi voz ya no está.

103


No es una casa sino un departamento en propiedad horizontal, de esos que hicieron furor hace décadas en la zona norte. Una de esas viviendas donde no parece existir el reposo. Esos departamentos construidos sobre grandes terrenos, sobre el olvido de aquellas casonas en zonas residenciales. Frente de ladrillo y techo de tejas, grandes rejas protectoras o carcelarias, dos o tres familias creyéndose dueñas de un ilusorio parque en los terrenos linderos. A veces un gran vacío, otras, y esta es una de ellas, un jacarandá asoma el extremo de las ramas sobre la ventana contrafrente de la cocina y, en el piso alto, se acerca a uno de los minúsculos dormitorios. Otro recinto necesariamente aséptico.

Al entrar me

imaginé colgando aquella histórica foto de la mujer pidiendo silencio en los hospitales. Lo sé porque mi padre tenía una en su escritorio, la recogimos de un contenedor, yo tenía cinco años y me llevaba alzada, muerto de risa, contando el origen. Se la llevó a Chile. Y ahora, frente a este sitio que no puedo llamar casa, los recuerdos vienen sin que los provoque. Quise encontrar algo que me permitiera estar allí, con los grandes abismos entre la rutina de ciudad de Andrés, su mujer y su hijo flaco, sensible, vestido de negro. Me habían violado. Tal vez me

104


aferraba a alguno de los recuerdos y lo mantuve en cada paso sobre aquel piso claro, madera clara, plastificada. Pensé en un regimiento guardián del orden, del brillo. Ella me hablaba y yo no podía oírla, hacía frío, mis pies se habían endurecido. Se dio cuenta de que algo me estaba sucediendo, me ofreció una mantilla de lana que la anciana María Celina no había llegado a usar. -La tejió una sobreviviente de noventa años que trabaja muy bien y las vende en la plaza –dijo mientras la acomodaba sobre mis hombros. Me quedé absorta. Sin pudor le pedí un whisky. Dijo que lo tenía escondido, por el hijo y porque ya el alcohol... en su casa. Me sirvió en un vaso de cristal con bordes dorados. Un vaso que rimaba con las paredes blancas. La rima consonante que yo había leído en cierta poesía insoportable, vomitiva. El vaso con las paredes, las paredes con las puertas, con el piso, con las flores de gasa o plástico, da lo mismo. Creo que eran de gasa, las de plástico son insalubres y ella debe saberlo. En cambio su cara era un desritmo. Se ha cortado el pelo, lo conserva colorado y antiestético, tal vez más brillante, desflecado sobre la frente, sobre las orejas, sobre la nuca. Para más, cabeceaba afirmativamente aún en los silencios, parece que alguien siempre tiene razón, aunque no esté, aunque sea nadie. Ni un rastro de Andrés salvo la altura del hijo escondido en uno de los cuartos del segundo nivel. Ni un rastro de María Celina, porque la mantilla de lana era más aséptica que el vaso de cristal. Acaso sólo había guardado el deseo insatisfecho de convertirse en protectora de la anciana.

105


No había una mesa, ni contra una pared o rodeada por sillas, ni una mesita auxiliar en esa cocina inútilmente amplia, tan desnuda como elemental. Me pregunté dónde comían o si lo hacían allí, siempre con los platos sobre las rodillas. La casa tiene tres niveles escuetos: abajo, un ambiente, una toilette y cocina; en el segundo nivel, tres minúsculos dormitorios con gran baño; y allá arriba un salón amplio, terraza, más toilette y el necesario lavadero. Me ha paseado con entusiasmo, simulando descuido. Asombrosamente, conocí y anduve las escaleras más importantes de mi vida. Pero una importancia más real que material, esa grandeza que sólo tienen los objetos cuando sin ellos nada podría existir. Y el andamio imprescindible, escueto espacio más grandioso aún porque comunica las voces de este lado con las de más abajo o más arriba. ¿Por eso tuve la sensación de ausencia de reposo? Nunca había percibido con

qué

independencia de

movimientos puede transitar cada habitante dentro de un perímetro tan reducido, pero un perímetro multiplicado por tres; tres engañosos niveles reiterando la angustia de veinte metros cuadrados con solo subir una escalera. Y sentirse como en palacio. Y sin mesa en ese hábitat trastabillante. Ni siquiera ese espacio probable, cálido, para la opción oriental del suelo. Porque busqué un espacio mesa en el suelo sin encontrarlo. Entonces, mirar a esa mujer de fingida liviandad que me dejaba a solas con mis rodillas. Finalmente, nada extraño, mi whisky en mi regazo. Me asustó esa dependencia extrema de la búsqueda. Cada sitio estaba y, sin embargo, era de paso. Cada rincón me expulsaba hacia otro lado, nada me retenía, ni los dos almohadones,

106


probablemente los únicos depositarios de alguna charla furtiva en el salón de arriba. Allí estuve, creo que más de dos horas, creo que más de cuatro whiskys y tanta idiotez curiosa que me devolvió, una y otra vez, la posesión del beso de Andrés sobre mi piel. Mucho más que su recuerdo, porque supe de mi cuerpo caminado por sus manos, supe que los rastros de un hombre amado no son caballos ni alfiles ni se representan o pronuncian o se visten de gestos. Por qué fui ya no importa. Allí estuve, con certezas asombrosas. Mi historia y la otra, breve, frágil, bellamente paradójica. Nuestra.

107


Me encontré con una de aquellas cerdas de mi viejo curso. Parece más ágil o menos tímida. Caminó hacia mí unos diez metros estirando los brazos: -¡Eres el ser más sensacional que conozco personalmente! me dijo después de babearme la mejilla. Recordé aquella fiesta de despedida en la casa de la ribera. La casa heredada de Sam. Era ella la que había cantado unas letras totalmente incomprensibles, de su autoría. Recuerdo que pidió que pusieran una cassette donde tenía grabada la música, boleros o baladas increíbles, un cóctel de amor y odio mezclado, gritaba ensanchando el pecho, la camisa blanca y el chaleco negro. Recuerdo un estribillo: ¡mátame, miénteme! ¡mátame, miénteme! Ahora me estaba sonriendo y se le arrugaban los mofletes, desaparecían los ojitos y una mano regordeta apartaba un mechón grasiento y pertinaz sobre la frente. Me contó que armaron el Club de los que se quieren. Compraron un loft. Ha notado mi extrañeza (ciertos gestos me delatan), porque antes de seguir con lo del club dijo meneando la cabeza como si existiera la vergüenza: -Los cerdos no somos pobres.

108


-Nunca lo pensé -dije. Era real. Los pobres andan durmiendo en las veredas, en los recovecos de los garajes, en los bancos de algunas plazas sin vigilancia, pensé. Ella miró su gran reloj de pulsera y me entregó una tarjeta grabada con caracteres en relieve, la sensación que me produjo al tacto llegó hasta el estómago. -Podés llamarnos, enviar fax o un e-mail. Me ofreció dar unas charlas, pagas por supuesto, agregó en tono de obviedad y parpadeando exageradamente. Le aseguré que no tengo tiempo, que estoy cargada de trabajo con unas grabaciones técnicas que me pidió "La Fundación" (yo tampoco supe a qué fundación me refería). Todo de un tirón se lo dije para no dar tiempo a pensar ni a preguntar. Volví a temer el bumerang de la mentira. Pero ella sonrió de una manera tan igual a ella misma que tuve otra vez, vívidamente, aquella función artística de sus boleros. Semejante recuerdo superó mi posible obsesión por inventar historias, trabajo, bienestar. El bienestar lo sentí cuando nos despedimos. Respiré profundo. Sin embargo -pensé-, la ciudad se muestra como un enigma absoluto. Entonces se me ocurrió una nueva posibilidad de trabajo. Un nuevo aviso. Esta circunstancia me ha regalado una llave, me dije mientras esquivaba los bultos negros, tenaces, pestilentes. Ofrecerme para contar historias. Disfrutar la oralidad. Contar historias. Ya no leer. Usar mis recursos naturales. Debería considerar que una de las cosas que mejor hice fue inventar. Sin lectura, el goce, la imagen, sumar fotografías, sumar olores, la mano de Andrés, la

109


transpiración de Ignacia, la butaca de un ómnibus, un aroma viejo, tal vez un árbol. Historias orales que vayan recreándose a medida que los sonidos provocan, a medida que se contrae la comisura de los labios y el oyente, los oyentes, fingen una leve tos, tragan saliva, esquivan la mirada o se rascan la cabeza. Esto me gusta. Me recuerda aquellos libritos infantiles. Construye tu propia historia. Lo pienso y voy tejiendo escenas. Pero la realidad es que nadie construye su propia historia entre escombros de país y que los libritos infantiles se llamaban Elige tu propia aventura. ¿Elegir? ¿Siendo lágrima andante de madres o hermanos que no veo no conozco? Un padre ido. Un padre palabra. Herencia negada. Sumar fotografías. Encontrar la madre. ¿Habrá que elegir oídos en el país de los sordos?

110


Usar mis recursos naturales. Ver las piezas restantes de este rompecabezas. Historias que vayan recreándose. Tomar aire en medio del naufragio. Saber, o aceptar mejor dicho. Lo elegido será mi propia inflexión provocadora de otra historia para los oídos necesarios. Mejor vuelvo a pensarlo. Inventar historias desde otro lugar, ya no el lugar de los que venden reescrituras, no apelar a las réplicas. Para tejer escenas, entro en el librito y me dejo llevar. Cuando mi protagonista llegue hasta un precipicio, si el abuelo de mi derecha estornuda mi personaje retrocede; si un adolescente rubio cambia su ritmo respiratorio, entonces, mi personaje puede animarse. Todos los precipicios están ahí. No sólo sería la dueña de la imagen que me devuelve mi oyente ante cada palabra, sino que gestaríamos juntos otra dimensión, otra historia, aunque solamente yo pronuncie las palabras finales. Claro que sería difícil contar historias a un solitario interlocutor sin caer en una relación casi terapéutica. También podría ser desastroso repetir las escenas con un grupo de oyentes, repetir aquellas noches con los cerdos mirándome y yo fingiendo una sonrisa.

111


No lo soportaría. Porque entonces mis manos deberían disimular, masajearme el estómago, y la historia contada derivaría en vómitos reiterados o descomposturas varias de mis personajes. Algo me conozco.

112


Ayer vi a una mujer casi joven, casi muerta, sentada en la plazoleta de la gran avenida, mechones de pelo multicolor sobre su frente. Otra mujer pequeña (de unos dos años más o menos) se movía sobre sus rodillas. Se miraban, sonreían. Eso se llama "niña", pensé. Quise gritar. Sentí el vacío, la palabra niña existe cuando la nombro, puedo llamar a eso niña, también a mí misma y a una anciana que me sonreía oyendo un cuento de Canterbury. Lo que yo vi es, por ahora, un pequeño cuerpo de mujer que podrá ejecutar el acto más aberrante y el más sublime, aunque estos actos tampoco existan, ella los cometerá con intención de que sean "algo" así. A no ser que se desubique del mundo y ella sí aprenda que los actos, los pequeños mundos, son inventos. Para calmarnos. Ahora miro mi cara en el espejo para saber quién soy. Yo también. Y sé que no soy el único ser de este planeta que lo está intentando en este momento casualmente único. Pasado mañana saldrá mi próximo aviso. Dentro de quince días modificaré el texto. Y luego de quince días, otra vez. Es el producto de mis cavilaciones nocturnas durante las últimas semanas. Pero no huele a alcohol.

113


Miro mi cara en el espejo. Los labios parecen hinchados, más grandes. Tiemblan un poco cuando detengo mis ojos en ellos. Mi cara está algo enrojecida, el insomnio deforma la piel y abre los poros. Las ojeras eran atractivas cuando existía la moda de la languidez. No puedo olvidarlo. He sido lectora. No sé cuándo. A solas y para otros. También para hombres que nunca vi y para mujeres que no precisaron de palabras inmortales, inmorales o mentirosas. He sido la dueña de la imagen que cada uno de ellos me ha regalado. Porque hasta Ignacia, a canje de mis palabras, me ha mostrado un mundo vedado al Reading Edge. Soy lectora. Acaso por una continuidad de lagartos, ¿podría decir una continuidad inventada? No. Hay lagartos exiliados de su cuna. La luna de Bengala no es igual a la luna del Yemen, pero se deja describir con las mismas voces, releí hace unos días. Sin embargo las voces cambian desde una prisión. Mi cara en el espejo está gritando, veo la ira y el desprecio, los dientes sucios, los ojos deslucidos. Agradezco este calendario. Pasado mañana, como hace seis años (o quizá tres), saldrá la revista, faltan aún dos días. Llegará por debajo de la puerta, como antes. Un fuego asciende, lo siento en las mejillas. Será por eso que no puedo dormir.

114


Fila Superior. Primera tecla. Voz de Lectura. La tecla voz de lectura se pulsa para seleccionar la voz que The Reading Edge utiliza para leer textos en voz alta. Cuando se exploran documentos en inglĂŠs, se puede seleccionar las nueve voces lectoras siguientes: Perfect Paul. Huge Harry. Frail Frank. Doctor Dennis. Beutiful Betty. Rough Rita. Uppity Ursula. Whispering Wendy. Kit the Kid.

Cuando se exploran documentos en otros idiomas, se puede seleccionar las siete voces siguientes: Voz masculina. Voz femenina joven.

115


Voz masculina grave. Voz de abuela extranjera. Voz de niño. Voz de rectora. Voz auxiliar.

Sugerencia: para leer, por ejemplo: Zumban las balas en la tarde última/ Hay viento y hay cenizas en el viento,/ Se dispersan el día y la batalla/... no es conveniente seleccionar la Voz de abuela extranjera. En cambio, para aquel libro que comienza: Al salir de la ruta hay que recorrer un largo camino de tierra mejorada hasta llegar a la entrada de Las Lilas. No hay tranquera... podría tenerse en cuenta esa voz, antes que las otras voces femeninas. Nota: se llama Voz auxiliar a la voz asexuada, aunque de timbre adolescente.

Fila superior. Segunda tecla. Voz de Mensajes. Pulse esta tecla para seleccionar la voz con que The Reading Edge comunicará los mensajes del sistema. Puede seleccionar entre las mismas voces disponibles para Voz de Lectura. Es interesante que los mensajes sean expresados por una voz diferente a la Voz de Lectura.

Fila superior. Tercera tecla. Voz de Énfasis. Esta tecla le permite seleccionar una voz distinta de lectura para texto en negritas, subrayado y en letra cursiva. Puede elegir entre cualquiera de las voces disponibles para Voz de Lectura. Es mejor que

116


sea una voz del mismo sexo que la voz elegida para lectura (a no ser que usted prefiera una lectura plural). Si prefiere, puede oír la misma voz para texto normal y texto resaltado, cambie el parámetro de Voz de Énfasis.

Segunda fila. Primera tecla. Inflexión de Lectura. Pulse la tecla Inflexión de Lectura para seleccionar el tono de voz. Puede variarlo hasta un 200 (doscientos) por ciento. Es interesante que tenga en cuenta el texto de que se trata antes de seleccionar el tono. De todas maneras, puede cambiar la inflexión de lectura en cualquier momento y guardar ese tono como el "tono por defecto". El parámetro por "defecto" es el de 100 por ciento. También puede dar un tono de inflexión a la Voz de Mensajes y cambiarlo en cualquier momento. Un tono del cero por ciento produce una voz monótona. Un doscientos por ciento produce una voz muy expresiva. Un tono del cero por ciento produce una voz monótona. Un doscientos por ciento produce una voz muy expresiva. Un tono del cero por ciento produce una voz monótona. Un doscientos por ciento produce una voz muy expresiva.

117


Desde la ventana que da al río Teny intuye los veleros que había mirado desde el balcón. La existencia de los veleros le parece igual que la certeza de su ropa interior. Está leyendo con voz grave a la anciana parecida a Silvina Ocampo. Es la décima o vigésima vez que Teny lee ese libro de Oscar Wilde. La anciana mantiene la cabeza erguida en una pose que delata carácter. Pero los ojos alzados, perdidos en el aire, no se han detenido, como si quisieran entrar en el oscuro mundo de las cosas visibles. La primera vez, cuando quedaron a solas, Teny le había pedido que se quitara los anteojos negros. La anciana aceptó como si hubiese entendido las causas secretas de la lectora. Parecen entrar de la mano en un sitio luminoso pero lo concreto es un libro, un objeto en desuso, y la música es una voz que también se oye a sí misma. Un mundo otro casi imperceptible. Y los veleros. Las personas de edad preferimos releer. Había explicado la anciana en un intento de justificación. Teny conoce las elecciones caprichosas,

la

atracción

inmanejable

hacia

ciertas

imágenes,

especialmente hacia ciertas palabras.

118


Teny sigue leyendo casi mecánicamente, sabe el texto de memoria y los tonos que se merece este párrafo especialmente, así que puede mirar los veleros sin dañar el relato. Recuerdo es cuando sin autorización tu pensamiento remuestra un capítulo. (¿Hubo un velero con dos personas de pelo largo?)

Ahora se impone, con sus flores violáceas, el jacarandá centenario del inmenso jardín de la residencia. La anciana ha encontrado un lugar en el aire por donde pasan la película:

- ... Bien sabía él que el retrato no podría decirles nada. Verdad es que conservaba bajo la monstruosidad de sus facciones una marcada semejanza con él; pero, aunque así fuera, ¿qué iba a revelar a quienes le viesen? Él se reiría en las barbas de quien tratase de vilipendiarle... - ¿Acaso lo había él pintado? ¿Qué podía, pues, importarle aquella apariencia de degradación y de vicio?

Ahora Teny se detiene en la armoniosa y fotográfica imagen de la anciana. - ...Y aunque les dijese la verdad, ¿Podrían, acaso, creerla? / No obstante, tenía miedo. - ... Más de una vez... –La anciana se anticipa como quien canta las primeras estrofas de una vieja canción y luego deja que suene la música para deleitarse.

119


Las palabras se repiten provocando cada vez una sensación diferente. - Más de una vez -continúa Teny-, en su quinta de Nottinghamshire, rodeado de sus invitados siempre jóvenes a la moda, que le reconocían por jefe, asombrando la comarca con su lujo extravagante y la suntuosidad de su tren de vida, había abandonado, súbitamente, a sus huéspedes y corrido a la ciudad a asegurarse con sus propios ojos de que la puerta no había sido forzada y el retrato continuaba en su sitio. Teny oye el carillón y algún teléfono sonando al mismo tiempo. La anciana se ha inquietado. Nuevamente, esos ojos buscan algo, parpadean. Luego se oye una profunda inspiración y la sonrisa que la compone en la misma exacta actitud de una marquesa. -¡Qué rápido pasó hoy el tiempo! –Lo dice con voz segura, y luego ríe- ¿Me dejás ponerme los anteojos? Teny ha detenido un segundo la lectura, dos segundos, mira su reloj de pulsera, las cinco y treinta y cinco. Y no responde. -El solo pensamiento de que podían robarlo le horrorizaba – lee Teny y la anciana ya escondió los ojos detrás de los vidrios. - Podríamos leer cuentos, alguna vez, cuando terminemos este libro –lo dice por llenar un silencio, no sabe por qué. -Sí Teny. También unas cartas secretas que me ayudarás a buscar –ahora la anciana se incorpora como si mirase a Teny y habla entre divertida y misteriosa, parece esperar respuesta. Pero ahora (en este preciso instante y no han pasado ni dos segundos) está moviendo la cabeza, afirmando (y Teny no recuerda, no comprende), una cabeza breve, pesada, que afirma, los movimientos cortos, rápidos, casi un

120


temblor que afirma, como si regresara del letargo de la lectura, un letargo consciente que activa la memoria o las sensaciones. La puerta se abre sin sonido alguno, una enfermera asoma con mirada interrogante. Tal vez Teny tenga las axilas mojadas, o no sólo las axilas. La enfermera la acompaña, descienden en silencio la escalera de madera, ancha, oscura. El taxi está esperando. Teny mira un rincón del jardín donde las florcitas silvestres se confunden con el pasto mojado. El jardinero saluda: levanta la mano derecha. La mucama abre el portón. -Hasta mañana.

(Dieron las tres, y las cuatro, y la media hizo sonar su doble juego de campanas, sin que Dorian Gray se moviera. Estaba tratando de reunir los hilos escarlata de la vida y tejerlos en un patrón; tratando de encontrar su camino en medio del ardiente laberinto de pasiones por el que vagaba.)

* * *

121

Profile for María Neder

María Neder - Reading Edge  

Una mujer joven intenta sobrevivir en una ciudad despojo que podría ser Buenos Aires. Varios temas se entrelazan, la orfandad y la relación...

María Neder - Reading Edge  

Una mujer joven intenta sobrevivir en una ciudad despojo que podría ser Buenos Aires. Varios temas se entrelazan, la orfandad y la relación...

Advertisement