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DE ALLÍ VENGO PRIMERA PARTE


-María… ¿Sos vos? La joven se dio vuelta y achicó los ojos intentando reconocer al hombre que le había hablado. De pronto, no pudo esbozar una sonrisa. -Si, Santiago, soy yo… La madre de Santiago no entendía demasiado de política, pero su aguda percepción la colocaba en la misma posición que sostenía su marido. Lo mejor sería que el único hijo de la pareja se marchara pronto a un lugar lejos de Europa. Italia estaba transformándose en un país oscuro. Siete días antes de partir, los padres de Santiago le revelaron la razón de tantas semanas de ajetreo. Haría un viaje junto a su primo José. Un viaje a América del sur, a la República Argentina. Un viaje sin retorno.


Santiago lloró. Pero no por cobardía, como dijo su primo secando sus propias lágrimas. Lloró porque no quería marcharse de su pueblo. Él era feliz allí, en Guidomandri. Era cierto que se quejaba por tener que “pasear” la red en el mar y que lamentaba ser pobre. También era verdad que, en ocasiones, miraba el horizonte y soñaba despierto con conocer la otra orilla. Pero nunca había imaginado el dolor de una separación tan abrupta. Sus padres le habían dado sólo una semana para despedirse de todo lo que conocía. Porque Guidomandri era el único sitio que Santiago había visto en sus 12 años de vida.


María, esa semana, estaba muy feliz. Viajaba junto a su madre y a su hermano Ton rumbo a un exótico país situado al sur del mundo. Un lugar que su padre describía como si fuera una caja de sorpresas que contenía toda clase de animales, paisajes y personas. Hacía ya cuatro años que no veía a su papá. Y, en ese tiempo, diez cartas había recibido su madre desde la Argentina. Las primeras no decían gran cosa pero, a partir del segundo año de ausencia, las noticias habían empezado a mejorar más y más. Tanto que , en la última, junto con la carta había mandado una fotografía con un retrato y tres boletos para el vapor “Príncipe Umberto”. Desde ese día en que su mamá les mostró los pasajes, ella y su hermano no pensaron otra cosa que no fuera el viaje a Argentina. Una vida nueva y acomodada les esperaba en la ciudad de Buenos Aires.


Su papá había tenido éxito y la panadería, que le había llevado dos años instalar y otros dos poner en marcha, estaba dando sus frutos… Mejor dicho, sus panes. El barco donde viajaban Santiago y María no era tan lujoso ni tan grande como el “Titanic”. Pero aún así era muy impresionante. La tripulación parecía un grupo de hormigas que subía y bajaba del vapor cargando bultos. Con la ternura salada y seca, propia de los hombres del mar, al despedirse, el padre de Santiago se sacó la gorra y la puso en la cabeza de su hijo. La madre le entregó una bolsa con comida y un sobre con fotografías de la familia que quedaba en Italia. Luego, Santiago y José subieron al barco y buscaron sus lugares en el nivel más bajo de la embarcación.


Mientras esto ocurría en la clase común, la familia de María se acomodaba en su confortable camarote. Eran muchas las diferencias entre los precios de los boletos y se justificaba ampliamente al ver las comodidades de la primera clase. Sin embargo, esta situación no dejaba de ser secundaria para los chicos, ya que estaban más ansiosos por pasar el día en cubierta que en el interior del barco. María y Ton conocieron a Santiago y José una de las tantas mañanas que los primos se escabulleron en la cubierta de los “ricos”. Nadie les dirigió la palabra salvo los hermanos. Porque la primera clase era linda pero, fundamentalmente, era aburrida. Había chicos pero diferentes. Demasiado bien vestidos para sentarse en el piso de madera a jugar a los naipes. Demasiado bien educados para correr carreras de proa a popa y de popa a proa.


Continuarรก


Cuento inmigrantes 1