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II Una mañana rara

A las diez y unos minutos, Lidia abrió la puerta de la cocina. Iba a entrar a dejar sus cosas cuando una escena insólita la hizo frenar. El viejo estaba allí, sentado a la mesa y en bata. A la mujer le pareció raro, tan raro que le entró como un presentimiento y se quedó en la puerta sin atreverse a entrar. Siempre le había parecido rara la cocina, con esa chimenea enorme que no se encendía nunca, con una cantidad de trastos colgados de la pared que se llenaban de polvo, con esa mesa en el medio que debía ser para que comiera un batallón. Y tan oscura, con las paredes de piedra y esas lámparas del techo que había que subirse a una escalera y estirar los brazos a todo lo que daban para limpiarlas. Era como del pasado, y por eso se sentían cosas cuando uno estaba allí, como si alguien del pasado se fuera a presentar. Le daban como escalofríos de repente. Gracias a Dios, el viejo comía poquito. Se le hacía la comida en un santiamén, y él mismo se lavaba sus cuatro platos y sus cubiertos. El viejo tenía un codo en la mesa y la cara apoyada en una mano. Parecía dormido.

¿Dormido? No roncaba. ¿Respiraba? Parecía que


no. Estaba quieto, todo quieto, hasta la bata. ¿Estaría...?, pensó, pero sin atreverse a terminar el pensamiento. ¿Qué hago?, se preguntó. Buscar el móvil en el bolso y llamar a alguien, se contestó en el acto. Pero, ¿y si no está…? El gato estaba en su silla durmiendo a pata suelta y decían que los gatos olían la muerte y se ponían encima de los que estaban para morirse. Aunque ese gato no era como los otros. Sólo se movía para comer. Había una taza en la mesa. El viejo se había hecho un café, pero nada más. No había desayunado. Y el suelo estaba limpio. El viejo siempre desayunaba con Agapito y le echaba las galletas con paté al suelo. Agapito no estaba, no había ido a recibirla como todos los días. Pero los perros aúllan cuando hay un muerto en la casa. Pobre viejo, solo, sin nadie. ¿Y a quién iba a llamar? A la sobrina, ni loca. No le iba a dar el gusto. ¿A Rafael? No iba a poder dejar la tienda. A la doctora, al menos sabría qué hacer. ¿Y qué le decía? Que el viejo estaba en bata donde no tenía que estar a esa hora y que no se movía. Igualito que en el sueño, recordó con un correntazo en la espalda. Su abuelo no se había levantado a la hora de siempre y fue y le preguntó qué le pasaba y el abuelo le contestó, es que estoy muerto. Y se despertó del susto, bañada en sudor. ¿Y si aquel sueño era un aviso? Ay, virgen, se dijo, sintiendo que se le doblaban las piernas. Ay, Señor. ¿Y ahora qué hago?


Se descolgó el bolso del brazo, sacó el móvil sin dejar de mirar al viejo. ¿Pero cómo iba a llamar a la doctora? No sabía el teléfono del CAP de memoria ni lo tenía apuntado. ¿Cómo era el de emergencias? El codo del viejo empezó a deslizarse por la mesa. Lidia se olvidó del móvil, de sus piernas. El brazo del viejo se había movido, seguro. Ladeó la cabeza para verlo mejor. Se había movido el brazo; la cara, no, pero el brazo, sí. Si la cabeza se le caía con el brazo, estaba, si no, no. Y de repente se le humedecieron los ojos. Pobre viejo, solo. Le recordaba a su abuelo. No se le parecía en nada, pero se lo recordaba, no sabía por qué. Y de repente como un miedo. ¿Y si está? Daba como una cosa ver a un muerto. Hasta en sueños daba cosa, aunque fuera el abuelo. Sintió un impulso de echarse atrás. Y vergüenza por sentirlo. El codo de Tomás llegó al borde de la mesa y cayó. Tomás levantó la cabeza de golpe. Lidia exhaló un grito. Tomás se asustó. -Lidia. -Está vivo. -¿Quién? -Usted, ¿quién va a ser? -Me ha asustado. ¿Y por qué no iba a estar vivo? ¿Y usted qué hace aquí? ¿Qué hora es? -Más de las diez. Usted sí que me ha pegado un susto de muerte.


-¿Yo? ¿Por qué? -¿Cuánto hace que trabajo aquí? -No sé. ¿Tres años? -Cuatro. ¿Yo le encontré a usted en la cocina en bata muchas veces? -No, nunca –dijo mirándose la bata. -Pues por eso mismo. Que no es normal. La mano de Tomás se le fue a la barbilla. Estaba mojada, un hilillo de saliva le bajaba por la comisura. Se vio; vio a un viejo en bata babeando. Qué vergüenza y qué pena. -No, no es normal –dijo como aceptando una derrota mientras buscaba un pañuelo en el bolsillo de la bata. Y eso después de haber observado toda su vida la sentencia favorita de su padre: un hombre puede perderlo todo menos la dignidad. Lidia se acercó al viejo con prevención. Decían que a veces los que se acababan de morir no sabían que estaban muertos y no se iban. Ella había visto más de uno, en sueños. Como en el sueño de anoche, a su abuelo. Y a veces despierta. Como aquel día por el camino de la casa, aquel hombre del pueblo que la saludó y todo y después resultó que se había muerto una hora antes. Ese día le dio una cosa mala cuando lo supo. Se acercó más al viejo para observarle. El viejo se estaba limpiando la boca con un pañuelo. Le dio una pena de llorar.


-¿Se siente bien? –le preguntó. Tomás levantó los ojos hasta el cuello de Lidia por no atreverse a mirarla a los ojos. -Yo sí –contestó perplejo. ¿Se sentía bien? Lidia le vio con una cara como de niño chiquito que no sabe lo que le pasa. -Entré a darle el desayuno a Tomasito y me apeteció un café –dijo mirando a la mujer a las mejillas, como pidiéndole perdón. -Me senté a tomármelo y parece que me quedé dormido. Lidia le miró fijamente. -Oiga, no es por nada –le dijo. A veces cuando alguien se olvida de lo que tiene que hacer y se queda dormido, es un aviso. -¿Un aviso de qué? -De un ataque del cerebro. -Ya. Bueno. Cuando le pasa a un viejo. Porque eso le pasa a todo el mundo, pero solo alarma cuando le pasa a un viejo. -Bueno, sí. Yo por no ofender, pero a una edad, eso puede ser un aviso. ¿Le duele la cabeza? ¿Le dolía la cabeza? No.


-No. Me duele el cuello, y me van a doler las piernas cuando me levante de aquí. Pero no es ningún aviso –sonrió con pena.

Es la

edad. Hoy cumplo 70 años. Lidia se olvidó del susto. -Es verdad que usted cumple el mismo día que mi abuelo. No me acordaba. Será por eso que me lo recuerda. Le hubiera dado un beso, pero no se atrevía. –Pues muchas felicidades. Y entonces volvió a recordar el sueño. -Pero, oiga, de verdad, cuídese. A veces pasan cosas para avisar. -Muchas gracias. Ya me cuido, pero el tiempo pasa. Vaya ripio, pensó Tomás. ¿Cómo no va a pasar? Ripios, lo que le faltaba. Viejo, baboso y ripioso. -¿Cuánto hace que no va a la doctora? Pero hablar de médicos y enfermedades, no. Hasta ahí podía llegar y todavía no había llegado. A eso, no. -Lidia, si quiere tómese el día libre. Puedo comer por ahí. -¿Y por qué? -Porque es mi cumpleaños. -¿Y lo voy a celebrar yo dejándole íngrimo y solo?


Qué cosas se le ocurrían al viejo. –Mire, usted se queda ahí quietecito y yo le hago un buen desayuno para que eche pa’ lante. Tomás se miró. -Imposible. -¿Por qué? -Mire como estoy -Con bata. ¿Y eso que tiene? -Es una falta de cortesía. -¿El qué? -Desayunar así, en bata y pijama. Lidia soltó la risa. -¿Usted se cree que mi marido y mi hijo se visten para desayunar? Ni bata se ponen. Ya empezaba a meter la pata, se dijo Tomás. -Bueno, falta de cortesía, no. dDe dignidad. Y ahora vas y lo arreglas, se volvió a recriminar. -No quiero decir que su marido y su hijo no sean dignos. Lo digo en otro sentido. Dignidad es un concepto algo complejo. Unos lo toman por una cosa, otros por otra, ¿comprende?


Lidia comprendió enseguida que el viejo se iba a poner a explicarle una de esas cosas filosóficas que le tomaban horas, y fue a colgar el bolso y a ponerse el delantal. Tomás intentó levantarse, pero no pudo. Era como si el cerebro se le hubiera desconectado de las piernas. O como si la voluntad se le hubiera adueñado de todas sus facultades y hubiera decidido no moverse de allí. ¿Un aviso? Los ojos se le fueron a la espalda de Lidia, espalda floreada, más que flores, una manchas grandes rojas con bordes negros, como amapolas aplastadas. ¿Qué tiene estar en bata? Se vio en el hospital, sentado en la cama junto a un desconocido que también estaba comiendo en la cama de al lado, también sentado como él; un viejo con una bata blanca, más bien un camisón, que se le caía de un lado enseñando un hombro huesudo, apergaminado. Tomás le miraba y se veía, mañana, tarde y noche, comiendo de cualquier manera en una bandeja de plástico. Él también era un viejo huesudo y apergaminado, y a lo mejor el otro viejo le miraba y también se veía a sí mismo. Meterle a uno en una habitación con otro viejo para que se viera como en un espejo era una crueldad. Tomás empezó a ver escenas del hospital, una secuencia deprimente que le venció las cejas, los labios, metiéndole en uno de esos pozos negros en los que le metían los malos recuerdos cuando la imaginación empezaba a proyectarle escenas desagradables y no


paraba hasta que algo o alguien le devolvía al presente. Le devolvieron los maullidos de Tomasito y la voz de Lidia peleándose con él. -¿Pero usted no estaba durmiendo ahí a pata suelta la juerga de anoche? A mí no me pida. Usted ya desayunó. ¿Usted le dio desayuno a este, verdad? –preguntó a Tomás. -Sí, claro –contestó. -Si no, no se hubiera echado a dormir. -Pues ya ve. Este me ve moviéndome por la cocina y ve comida. Tomás sonrió mirando al gato. El gato miraba a Lidia y le hablaba. Tomasito siempre repetía lo mismo, como el cuervo de Poe. Más de una palabra y no se le entendía, pero seguro que si le grabaran el sonido resultaría una constante repetición de la misma frase: “Hasta que no me des, no me calló”. ¿Quién le daría cuando él no estuviera? Vio la casa vacía, el gato maullándole a las sombras, un cuervo negro riéndose de su desesperación, gritándole “Nunca más, nunca más, nunca más”. Lidia le puso delante una taza de café. -Ahora se toma su cafecito tranquilo y se come lo que le ponga y después se va a cambiar con calma. Nunca más, decía el cuervo. ¿Nunca más qué? Tomasito le dio pena. -Dele algo, Lidia. Total.


-Total que a usted le sale este gato más caro que a la millonaria esa que le dejó la herencia al gato. Venga, pesado, que eres un pesado, un pesado y un sinvergüenza. Suerte que tienes del amo que tienes que es un, se detuvo antes de decir pendejo. -Un buenazo. Seguro que anoche no vino a dormir. -Sí, anoche sí. Durmió en la butaca de Agapito. Y ahora que lo dice. ¿Y Agapito? -No lo he visto. -No ha desayunado, pobre. Le alteré el horario. -Tómese el café que se le va a enfriar. Yo se lo busco. No hizo falta. El perro entró en tromba antes de que Lidia llegara a la puerta de la cocina. Agapito se pasaba el día deambulando por el jardín, por la montaña. De repente, como si se acordara de que esa casa era suya y de que en la casa estaba Tomás, al que le debía, al menos, un poco de atención a cambio de la comida y los abrazos que le daba,

Agapito se lanzaba a galope casa adentro hasta llegar al

despacho y se lanzaba hacia Tomás poniéndole las dos patazas en el brazo. Tomás casi nunca le oía llegar. Por más que eso se repitiera tres o cuatro veces al día, no había forma de evitar el sobresalto. Tomás giraba la butaca y abrazaba a Agapito y le decía alguna cosa mientras le rascaba el lomo. “Pito, Pito, un día me vas a matar de un susto”.


-Agapito, pobre, no has desayunado –dijo Tomás abrazando al perro y mirando a Lidia a ver si se compadecía. -Ahora le traigo su paté y sus galletas, pero se las echa en la bandeja de aluminio que le dejé. La sonrisa de Tomás fue perdiendo tristeza. Sus días comenzaban con los maullidos de Tomasito y las patas de Agapito sobre sus hombros pidiendo caricias. Los días en que no regresaban por la mañana tras pasarse la noche buscando hembras, a Tomás la mañana se le unía a la noche de malos recuerdos y no amanecía. -Feliz, cumpleaños, amigo –se dijo. La mañana de hoy había empezado rara porque hoy era un día especial. Pero que fuera especial no significaba que tuviera que ser malo. Había roto la rutina y eso le había desconcertado y la mente no se había enterado de que había amanecido y seguía repitiendo el bucle de malos recuerdos que empezaba por las noches en cuanto apagaba la luz. Pero ahí estaba Agapito. También el perro necesitaba que le devolvieran su rutina y le quitaran el desconcierto que le provocaba cualquier cambio. Lo necesitaba más que él porque no tenía una mente entrenada a lidiar contra sus miedos. Agapito ahuyentaba a cualquier extraño que osaba pisar su territorio con todo el aparato de perro grande feroz, pero se hacía un guiñapo en el suelo cuando Tomasito se acostaba en su butaca de la habitación porque aunque la butaca era suya desde el día en que su madre le


parió allí, se ve que no encontraba forma éticamente correcta de echar al gato, se decía Tomás por encontrar una explicación al asunto. Tomás volvió a abrazarse al cuello que Agapito le ofrecía y, como cada mañana, volvió a agradecerle las sonrisas que le provocaba. Con esa casa, con su perro y su gato y, por qué no, con Lidia, por rara que fuera, no tenía motivo alguno para quejarse.

Los Mariot. Cap II una mañana rara  

Maria Mir-Rocafort

Los Mariot. Cap II una mañana rara  

Maria Mir-Rocafort

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