Page 1


los ocho pecados capitales del arte contemporรกneo


JosĂŠ Javier Esparza

los ocho pecados capitales del arte contemporĂĄneo ensayos sobre arte y nihilismo

2007


© José Javier Esparza, 2007 © Editorial Almuzara, s.l., 2007 Reservados todos los derechos. «No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea mecánico, electrónico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.» Colección ensayo Editorial Almuzara Director editorial: Antonio E. Cuesta López www.editorialalmuzara.com pedidos@editorialalmuzara.com – info@editorialalmuzara.com Diseño y preimpresión: Talenbook Imprime: Taller de libros, s.l. (www.tallerdelibros.com) I.S.B.N: 84-88586-74-4 Depósito Legal: CO-577-06 Hecho e impreso en España – Made and printed in Spain


Índice

Prólogo (preventivo) • 9 Los ocho pecados capitales del arte contemporáneo • 21 Acto de contrición: lo específico del arte contemporáneo • 26 Primer pecado: La enfermedad de lo nuevo • 34 Segundo pecado: La desaparición del referente visible • 40 Tercer pecado: El soporte insoportable • 47 Cuarto pecado: El imperio de lo efímero • 54 Quinto pecado: La tentación del nihilismo • 61 Sexto pecado: La subversión como orden nuevo • 67 Séptimo pecado: la subjetividad náufraga • 73 Octavo pecado: el destierro de la belleza • 76 Penitencia • 81

7


Miradas sobre la nada • 97 La nada física: los agujeros negros • 101 La nada humana: plenitud y aniquilación • 105 La abertura espiritual de la esfera de la nada • 110 La otra abertura: el espíritu de la aniquilación • 117 Saltar fuera del ciclón • 131

El arte en la sociedad del espectáculo(la televisión como escenario del mundo) • 135 Qué es la «sociedad del espectáculo» • 137 El lugar del arte • 139 El cine como arte propio de la sociedad del espectáculo • 141 El problema de la televisión • 148 La televisión no es un género artístico, sino una técnica • 152 La teleserie como arte televisivo • 156 La inestabilidad de los formatos narrativos • 160 La presión de la competencia • 164 La televisión como arte efímero • 169 La cultura de la consunción • 171

8


Prólogo (preventivo)

E

ste no es un libro contra el arte contemporáneo; al menos, no de manera principal. Sí es, paladinamente, un libro contra los abusos cometidos en nombre del arte contemporáneo. Abusos, trampas, bromas y estafas que llevan necesariamente a hacerse una pregunta: ¿qué tiene el arte contemporáneo, qué rasgo singular posee y que ningún otro arte ha poseído jamás, para que en su nombre se estén perpetrando barbaridades abominables —para que en su nombre se esté, propiamente, asesinando al arte? Esa es la pregunta que se hace el ciudadano ilustrado común cuando, consternado, asiste a determinadas «exhibiciones de talento». Y esa es la pregunta cuya respuesta deseamos explorar.

9


Este tampoco es un libro «técnico» ni «académico»: no es un tratado de teoría del arte ni, más ampliamente, de teoría estética. Esto quiere decir que, básicamente, lo puede entender cualquiera que le eche un poco de paciencia. Sobre el arte se ha escrito mucho, quizá demasiado. Esa sobreabundancia también es un síntoma significativo: la literatura suele proliferar cuando el objeto de discusión se va alejando, perdiéndose de vista; por eso se hace necesario recurrir a la letra y representarlo, visualizarlo, para que su imagen no se disipe definitivamente. Al mismo tiempo, los argumentos se hacen cada vez más barrocos y alambicados, hasta envolverse sobre sí mismos. En ese momento el objeto de la argumentación empieza a hacerse prescindible y ya sólo importa la argumentación misma, fase que siempre precede al imperio de los sofistas. Tal es hoy el problema con el arte: se ha eclipsado, por decirlo así, tras la maraña argumental que desde hace un tiempo trata de dar razón de la sinrazón. En esa maraña hay hilos que prometen conducir a paraísos dorados y otros que de lejos apestan a muladar. Separar unos de otros llevaría toda una vida de estudio. Para este texto, hemos preferido sortear el laberinto —también sabemos que el Minotauro, aburrido y borgesiano, hace tiempo se suicidó.

10


Lo que aquí queremos plantear, sin pretender tampoco ser singularmente originales, es por qué la mayoría del público ilustrado desprecia el arte contemporáneo o, simplemente, prescinde de él. Ciertamente, esta no es una postura políticamente correcta, y sin embargo nadie negará su veracidad: la mayoría de la gente no entiende qué le quieren decir cuando contempla una obra de arte contemporáneo. Por «gente» no aludimos aquí sólo al común de nuestros prójimos, con frecuencia carentes de instrumentos culturales para entender, sino muy especialmente al público ilustrado, a las personas con formación cultural suficiente y con un sentido estético mínimamente desarrollado, y que no obstante se sienten impotentes ante la mayor parte de la expresión artística actual; problema que se agrava cuando a la dificultad expresiva de la obra se añade la simple impostura del autor. El problema tiene, pues, tres dimensiones distintas, pero complementarias: • Primera dimensión: la creación artística contemporánea es, en general, ininteligible para el ciudadano común. Esto no había ocurrido nunca antes de la modernidad. Cualquier labriego del XVII podía conmoverse con una tabla de Velázquez, dentro de los límites que le impusiera su humilde condición. Seguramente el labriego sería

11


incapaz de apreciar todos los rasgos que hacen magistral a Velázquez, pero nadie puede dudar de que recibiría, al menos, uno de los mensajes encerrados en la obra. Hoy, por el contrario, es inútil esperar que el homólogo social contemporáneo del labriego del XVII —un repartidor de pizzas en moto, por ejemplo— capte mensaje alguno en una pieza de Tapiès o Pollock, por citar sólo creadores respetables. Es obvio que aquí ha surgido un abismo invencible entre el arte y la sociedad. ¿Por qué? • Segunda dimensión: la creación artística contemporánea es incomprensible no sólo para el ciudadano común, sino también para la persona entrenada. Este es un rasgo característico del arte en los últimos cuarenta años, cuando la explosión de la subjetividad del artista comenzó a conferir a la obra unos rasgos ya definitivamente indescifrables. Hasta el pop art, aproximadamente, el público culto pudo seguir la evolución de las escuelas y la sucesión de las vanguardias: no era fácil ponerse al día, pero siempre era posible penetrar en los misterios del cubismo, en las fosas abisales de los surrealistas, en los principios elementales de la abstracción. A partir de un cierto momento, sin embargo, el aficionado perdió para siempre el sentido de la orientación. Que los maestros de la abstracción llegaran a una expresión mínima de sus mundos interiores, como en Rothko, todavía era asequi-

12


ble para el connaisseur: había un punto de referencia que era la vanguardia y había otro que era el propio Rothko, de tal modo que se podía reconstruir el camino. Pero cuando centenares de jóvenes artistas saltan a la palestra imitando al Rothko terminal, ¿qué punto de referencia tomar? ¿El mismo Rothko y su desagradable final? ¿Y entonces la vanguardia ya no sería más que una repetición de sí misma? Achille Bonito Oliva llamó a eso —más o menos— transvanguardia, lo cual equivalía a decir que la vanguardia había muerto. Desde entonces yacemos entre fantasmas que se agitan sin saber adónde van. Y así surge un nuevo abismo entre el arte y sus receptores, el público culto. ¿Por qué? • Tercera dimensión del problema: la creación artística contemporánea, incomprensible para el ciudadano común e incluso para el ciudadano culto, deja de ser simplemente incomprensible y se convierte en escandalosa, indecente, cuando vende como «arte» creaciones o productos que en modo alguno pueden serlo. Esto sólo ocurre hoy, en el estado actual del arte contemporáneo: performances e instalaciones que agotan el absurdo, desde pollos degollados masivamente en espacios públicos hasta contenedores de vacío, pasando por cadáveres despedazados o espaldas tatuadas de toxicómanos, todo ello envuelto en el oropel de la subvención pública y la

13


sonrisa arrobada de la crítica. ¿Esto es arte? Aquí ya no es sólo que el ciudadano común se encoja de hombros, ni siquiera que el público culto quede estupefacto, sino que es el propio mundo del arte el que clama por lo que a todas luces es una impostura, un abuso —una forma de decir que el arte ya no tiene sentido, porque ha llegado a ser capaz de producir cosas, precisamente, sin sentido. Este tercer abismo es el definitivo: aquí sólo cabe concluir que el llamado «arte contemporáneo» ha decidido abandonar cualquier concepto elemental de arte, por lato que sea. Sencillamente, el arte habría dejado de existir. ¿Y cómo ha sido eso? En estas tres dimensiones se encierra buena parte del problema del arte contemporáneo. Son tres aspectos distintos, pero el problema es sólo uno. Hemos señalado expresamente ejemplos de las artes plásticas porque son, por su propia materia, los más gráficos. Sin embargo, otro tanto podría decirse de cualesquiera otras manifestaciones de las artes, como la música o la arquitectura. También en estas observamos el mismo proceso de ruptura con la sensibilidad popular, con la tradición cultural (incluida la tradición moderna) y con el propio concepto de arte tal y como se ha venido definiendo durante siglos en el espacio deOccidente. Hay que insistir en lo fundamen-

14


tal: esto es la primera vez que pasa; nunca antes, en ningún otro lugar, había ocurrido nada semejante. Todas las civilizaciones conocen episodios de iconoclastia transitoria, como cuando los iberos destruyeron sus estatuas, o de cambios radicales en las formas expresivas, generalmente bajo la presión de bruscos cambios políticos, pero nunca antes se había llegado a la situación de que una sociedad no pueda reconocerse en el arte que esa misma sociedad genera. Por eso el arte contemporáneo es único en la historia universal de las culturas. ¿Y qué tiene tal arte para ser así? Esta pregunta enuncia la exploración que proponemos al lector. Para darle respuesta, hay que interrogarse sobre los rasgos específicos del arte occidental contemporáneo. Esos rasgos proceden de la evolución de la civilización occidental moderna. Como esto no es una novela de misterio —aunque también haya víctima y, por supuesto, criminal—, no traicionaremos el desenlace si avanzamos la respuesta. Y la respuesta, desde nuestro punto de vista, puede sintetizarse en ocho proposiciones, en ocho rasgos específicos del arte occidental contemporáneo: • Uno, la búsqueda obsesiva de la novedad: es un fenómeno específicamente moderno que empieza a ser letal cuando la novedad se convierte en único objeto de la búsqueda expresiva del creador.

15


• Dos, la desaparición de significados inteligibles: un rasgo que no tiene que ver tanto con la representación realista del mundo como con la desaparición de códigos compartidos por el creador y el espectador. • Tres, la transversalidad de los soportes: cuando cualquier cosa sirve para hacer arte —latas de conserva, macarrones, paquetes de cigarrillos—, es fácil terminar llamando «arte» a cualquier cosa. • Cuatro, la consagración de lo efímero: sólo la sociedad contemporánea ha convertido la circulación acelerada de objetos, su caducidad y aniquilación, en base del propio orden social, y el arte no escapa a la regla. • Cinco, la vocación nihilista de la cultura contemporánea: desde las grandes revoluciones modernas, todo nuestro camino colectivo ofrece el aspecto de una carrera desenfrenada por destruir cualquier referencia sólida, estable. • Seis, la sintonía con un poder concebido como subversión: este tipo de arte se corresponde con un poder que se enmascara tras el discurso del cambio permanente, de la continua mutación como ceremonia del progreso. • Siete, el naufragio de la subjetividad del artista: si el arte es expresión, y por tanto comunicación, hoy encontramos

16


que el artista, sometido a una presión cada vez mayor de su subjetividad, es incapaz de hacerse entender. • Ocho, la obliteración absoluta de la pregunta por la belleza: en todo este camino, nadie parece tener en cuenta la vieja convención que atribuía al arte la misión de aprehender la belleza; incluso se considera como algo retrógrado, también perverso. Estos ocho rasgos definen, totalmente o en parte, la mayoría de la creación artística contemporánea. Cuando el arte deriva hacia la impostura —cosa que hoy ocurre con frecuencia—, entonces estos ocho rasgos se convierten en otros tantos pecados: los ocho pecados capitales del arte contemporáneo. Ellos son la causa de que hoy el arte se esté convirtiendo en un territorio inhóspito y hostil. La absolución de los pecados, como en los viejos ritos, pasaría por la voluntad de superarlos: propósito de enmienda. Sería también la forma de ir más allá del arte contemporáneo. Los otros dos ensayos que este libro contiene deben ser

leídos como prolongaciones en distintos sentidos de la misma reflexión. El titulado Miradas sobre la Nada parte de una discusión propuesta por la revista valenciana Débats sobre la cuestión del nihilismo. El nihilismo es

17


una de las características mayores del arte contemporáneo; al mismo tiempo, el arte contemporáneo es una de las manifestaciones más concretas de ese nihilismo que caracteriza a la cultura occidental desde finales del siglo XIX hasta hoy. Para aprehender en toda su profundidad el fenómeno es imprescindible preguntarse acerca del significado de la Nada y evaluar su función dual, repleta de ambigüedades: por un lado, la Nada nos tienta como un abismo de aniquilación en el escenario de la dominación pura, del puro poder; por otro, nos atrae como la llamada de una secreta esperanza, como un puente tendido hacia el reposo absoluto, hacia el centro de todas las cosas, hacia el absoluto ser. La técnica es el arma de la nada como aniquilación, la religión es el instrumento de la nada como plenitud. Y el arte queda en medio, fascinado unas veces por la ruptura generalizada de todo cuanto existe, absorto otras en la contemplación de lo que hay de inmaterial en la materia. Ninguna civilización ha llegado tan lejos como la nuestra en la iluminación de esta realidad dual de la Nada. Por eso es crucial que sepamos responder. El tercer texto, El arte en la sociedad del espectáculo, recoge una contribución expuesta en la Universidad de Deusto, en el marco de un curso sobre el lugar del arte y la cultura en el mundo actual. Nuestra sociedad es una

18


«sociedad del espectáculo» en la medida en que ya no cabe existencia social si no media una previa puesta en escena. Esta cualidad, que se extiende a todos los campos de la vida (pensemos en la política, por ejemplo), afecta de manera muy intensa a la cultura en general y al arte en particular. Y a la vez pone las condiciones para que surja un tipo de arte específico de la sociedad del espectáculo: el arte de la imagen en movimiento, así en el cine como en la televisión. Al cine se le reconoce estatuto de arte incluso cuando genera bodrios (el «séptimo arte»), pero, ¿qué ocurre con la televisión? La televisión parte del mismo lenguaje y de la misma atmósfera técnica que el cine, pero su capacidad para desarrollar creaciones artísticas está muy limitada. Y, sin embargo, es en el lenguaje de la tele donde se reconocen los grandes públicos de nuestro tiempo, como en un escenario permanente de la vida de todos y cada uno de nosotros. ¿Ya no somos capaces de vivirnos como arte? Sería la primera vez desde la Edad de las Cavernas. ¿O es que este es el único arte capaz de reflejar nuestra verdadera condición? Los tres ensayos comparten, como es lógico, un aliento común. Podríamos definirlo como sed de belleza. Y aún más precisamente: como sed de un arte regenerado —en el sentido en que se regenera el Ave Fénix—, un arte que sea testimonio de una sociedad que haya reencontrado el

19


espíritu perdido. Los excesos grotescos de buena parte del arte contemporáneo, el baño desesperado en el nihilismo o la sumisión del arte audiovisual a las reglas de la sociedad del espectáculo son, en realidad, tres aspectos de un mismo fenómeno: el retroceso del espíritu en la era de la técnica, la sumisión de todo lo que es verdaderamente humano, así en la ética como en la estética, a las reglas férreas del dinero y de la máquina. Romper esta sumisión debería ser el primer paso de la próxima insurgencia.

20

Pecados capitales del arte contemporaneo  
Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you