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La flor del Nilo

Estaba yo una mañana en mi casa leyendo cuando, de repente, sonó el teléfono y yo, perezoso, me levanté a cogerlo. Cuando tuve el auricular en mis manos y me lo acerqué a la oreja, no sabía que me iba a cambiar la vida con esa llamada.

El hombre que me llamó era un viejo marino que me ofrecía un trabajo y yo ,sin pensármelo dos veces, acepté. Me citó el martes a las 08:30 en el puerto, en la zona este, al lado de un viejo barco llamado “El sol de Valencia”. Nada más leer el nombre pensé que se trataba de una marca de naranjas o algo parecido. El marino que me citó no aparecía por ningún lado, solo veía gente normal por todas partes. Entre el barullo, apareció un hombre calvo y con una barba espesa. En cuanto lo vi aparecer supe que se trataba del marinero que me había llamado el día anterior y me había citado allí.

Aquel marinero parecía muy mayor y muy sabio, pero pensé que las apariencias podían engañar, mas en este caso, no engañaron, porque este marino era un entendido en las cosas del mar, así que tuvimos una muy larga charla sobre animales marinos, corales, algas, instrumentos de navegación y barcos, entre otras cosas . Al final quedamos en que el viernes estaría allí para emprender un viaje a Egipto. Y allí estaba yo aquel viernes temprano, esperando al lado del barco, deseoso de que llegara el capitán para poder partir. Media hora más tarde llegó el capitán en un autobús y zarpamos por fin.

Yo era el cocinero de a bordo, porque le traje al capitán una de mis famosas tortillas de pescado. Aparte del capitán y yo, había tres marineros más cuyos nombres eran Pepe , Paco y Juan. A lo largo de la travesía estuve investigando para descubrir qué íbamos a hacer en Egipto, porque con tres marineros y un cocinero no creía que fuéramos a pescar y ni mucho menos a buscar naranjas, de manera que estuve investigando para ver o saber lo que teníamos que hacer en Egipto y no hallé


respuesta alguna a mi pregunta, que siempre era -¿qué vamos a hacer en Egipto?-pero cansado de buscar la respuesta esperé que ella llegara a mi en el país de las pirámides, de los papiros, de las esfinges y de los monumentos antiguos, que ya se divisaba en el horizonte no muy lejano, Dios sabe las aventuras que me esperaban en Egipto, antigua cuna de la más grande civilización en aquel continente en sus tiempos, lugar de los restos arqueológicos más interesantes en África.

Me despertó una campana informándome al mismo tiempo de que habíamos llegado al país que he nombrado antes. Habíamos llegado a Egipto en una mañana fría y brumosa del mes de octubre. Bajamos al puerto y pedimos un taxi para ir al hotel en el que nos alojábamos. Por el camino, el capitán me dijo que al llegar al hotel me contaría por qué habíamos venido a Egipto y me miró con cara misteriosa, guiñándome un ojo. Cuando llegamos al hotel, el capitán me dijo que le acompañara y yo le seguí hasta una habitación destartalada en el sótano. El capitán me dijo que estábamos en Egipto para recoger una reliquia de más de mil años y llevarla a un museo de Francia, también me dijo que al día siguiente iba a recoger la reliquia de una excavación lejos de allí y me preguntó si quería ir con él para ver una excavación en directo, yo le dije que sí, que quería ir.

Al día siguiente estaba yo en un coche camino de El Cairo, con una maleta de piel en las rodillas y muchos nervios. Íbamos por un camino muy tortuoso, a cada bache yo pegaba un brinco en el asiento y, al final del trayecto, el taxista pegó un frenazo que salí disparado por la ventana y me hice un chichón enorme, y encima tuvimos que pagarle el cristal roto al taxista. A pesar de los incidentes habíamos llegado a El Cairo, a la excavación que tenía delante de mis narices, pero que no vi hasta que el capitán me señaló hacia abajo. Mientras yo contemplaba a todas aquellas personas excavando con sumo cuidado, el capitán se fue con el jefe de la excavación para hablar de la reliquia que teníamos que llevar a Francia. Al final convinieron en que se la llevase el capitán ahora y pagara a la vuelta de Francia, así que con la reliquia en el bolso volvimos al hotel. Una vez allí, subimos a nuestras habitaciones respectivas y el capitán decidió que yo guardara la reliquia, cuyo


nombre era 'La flor del Nilo'. A la mañana siguiente el capitán me comunicó que estaríamos varios días en Egipto para disfrutar del país, de modo que salimos a callejear, no sin antes haber guardado la reliquia en una caja fuerte.

Salimos de Alejandría por la mañana con dirección a El Cairo e intención de ver las pirámides, pero no pudimos hacerlo porque había demasiada cola, así que volvimos al hotel en Alejandría, y al subir las escaleras y entrar en mi habitación, descubrí que todo estaba revuelto, la caja fuerte abierta y la reliquia no estaba por ningún lado. Alarmado, avisé al capitán de lo que había pasado. El capitán se sobresaltó y se puso a dar vueltas por la habitación muy nervioso, pensando en lo que podía hacer, hasta que se le ocurrió que podíamos buscar pistas para descubrir al ladrón, de modo que volvimos a mi habitación para buscar pruebas, pero todo estaba en su sitio, incluso la joya. A pesar de todo, el capitán quiso comprobar si era verdadera, así que, al día siguiente, fuimos a buscar un experto para que nos desvelara si era una copia falsa, o la original verdadera; pero no encontrábamos ningún experto en Alejandría, hasta que nos indicaron una vieja relojería con un viejo relojero trabajando en ella para ganarse la vida, que nos dijo que aquello que le traíamos era una vulgar pieza de bisutería que no valía más que la suela de su zapato, que estaba muy carcomida. También nos preguntó si queríamos comprarle un reloj. Yo le compré uno muy bonito, de color dorado, para llevarlo en el bolsillo, porque el mío me lo habían robado junto con la joya.

El capitán, muy enfadado por la falsificación, se puso a despotricar contra el ladrón, y los otros marineros no paraban de decir que eran muy desgraciados y, de pronto, yo pegué un grito de victoria, porque recordé que había dejado un señuelo en la caja fuerte y que la joya verdadera seguía en el bolso de piel en la habitación del capitán, en su armario. De modo que volvimos al hotel, y allí estaba la joya, dentro de la maleta, dentro del armario de la habitación del capitán. Estábamos tan contentos que nos pusimos a bailar, pero de repente un ruido interrumpió nuestro baile, el ruido provenía de nuestras barrigas. Como estábamos tan excitados, no habíamos comido


nada en todo el día, así que bajamos a comer al bar, dejando todas las habitaciones cerradas a cal y canto.

Cuando volvimos del bar ya era de noche y estábamos muy cansados de todas las emociones del día anterior, de modo que decidimos irnos a dormir y partir al día siguiente a Francia con la reliquia. Al día siguiente estábamos en un taxi, camino del puerto de Alejandría, para partir hacia Francia, pero había una escena que se nos escapaba: dos hombres encapuchados estaban subiendo a 'El Sol de Valencia' y se estaban metiendo en la bodega, desconociendo que iba a zarpar de un momento a otro.

Mientras tanto, mis compañeros y yo habíamos llegado al puerto y estábamos cargando el barco, soltando amarras y zarpando con destino a Francia. Mientras los marineros contemplaban el mar, yo bajé a por agua y, de repente, vi dos figuras inmóviles en el suelo de la bodega. Primero pensé que estaban muertos, cosa que me dio un poco de asco y mucho miedo, pero, al ver que roncaban, me di cuenta de que dormían muy profundamente, así que los atamos y esperamos a que despertaran. Cuando despertaron, nos contaron que ellos se guarecían del viento o la tormenta entrando en los barcos, y a veces les pasaba que el barco zarpaba y tenían que cambiar de puerto, de ciudad, de país y de continente. El capitán les dijo que podían quedarse si no se movían de la bodega en todo el día, ya que nosotros les bajaríamos la comida; ellos aceptaron.

Nuestro viaje duró dos largas semanas de puro aburrimiento y cuentas matemáticas para saber cuánto dinero ganaríamos por la joya. Nos salieron trescientos veintiocho mil cuatrocientos setenta y ocho euros a cada uno. Después de todo, era más de lo que esperábamos.

Al llegar a Francia nos despedimos de los mendigos y le dijimos que buscaran un trabajo, que ser mendigo era algo muy feo, y que Francia significaba una oportunidad única para ellos. Cuando se


hubieron ido los mendigos, nosotros pusimos rumbo al Museo de Historiografía Corso, donde nos dieron el dinero y nos quitaron una preocupación de encima. Ya solo nos quedaba pagarle su dinero a los de la excavación y volver a casa de una vez por todas. De vuelta en el barco planeamos unos días de descanso, pero recordando nuestro último descanso, desistimos.

Decidimos volver a El Cairo para dar el dinero y luego volver a España para descansar allí de nuestras aventuras, porque, claro, nada mejor que el hogar, y el dinero nos resolvería muchos problemas, de modo que esa mañana partimos y otras dos semanas después llegamos a Egipto. Una vez allí nos dirigimos a El Cairo, pero allí no había nada ni nadie. Preguntamos en la oficina de turismo y allí nos dijeron que los excavadores estaban en Abu Simbel, y hacia allí nos dirigimos. Al lado del templo había una nueva excavación, pero ni siquiera me molesté en mirarla, porque tenía muchísima prisa en volver por fin a casa para descansar del largo, largo viaje. Pagamos lo convenido al jefe y nos fuimos al puerto para embarcar en el 'Sol de Valencia'. En cubierta a toda máquina, con el capitán al lado, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle al capitán por qué había llamado a su barco como una marca de naranjas, y él me miró con cara rara y me dijo que de qué estaba hablando. Yo le conduje hasta la proa y le enseñé el nombre del barco y lo que pasó. Entonces me dejó patidifuso: el capitán cogió el nombre por las esquinas y lo sacó. Debajo había otro nombre distinto en el que ponía 'El Esputo del Nilo' debajo del nombre falso y me preguntó que qué día era, y yo le contesté que era 28 de diciembre y me quedé un poco cortado. Mientras tanto, la puerta de la bodega se abrió, y mientras el capitán se desternillaba de risa, nos adormecieron con cloroformo y nos ataron.

Desperté con un muy fuerte dolor de cabeza, las piernas y los brazos dormidos y mucho frío en las manos, a causa de la mala circulación. A medida que pasaba el tiempo, mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Distinguí unos barriles, unos cabos de cuerdas sueltas y tres hombres de pie dándome patadas y diciendo palabrotas. Yo me senté como buenamente pude y pregunté quiénes eran y


adónde nos llevaban. Me dijeron que era cinco rusos que querían la flor y que iban rumbo a Rusia y yo les conté toda nuestra historia. Al final nos dijeron que nos tirarían a los tiburones y se quedarían todo el dinero de la joya, pero, mientras dormían todos, el capitán se soltó y viró el rumbo. Embarcó a los rusos en un bote y nos soltó a todos nosotros.

Cuando por fin llegamos de vuelta a Cádiz, yo me tiré de cabeza al mar y nadé hasta el puerto y me puse a dar brincos de alegría. Cogí un taxi hasta mi casa y me senté en la cama, pero me faltaba algo, y en mi mesita de noche había un número de un decorador. Agarré el teléfono con una mano y con la otra el número del decorador y marqué. Al día siguiente fui al Leroy Merlín a comprar una hamaca, guardé mi cama en el trastero para otra ocasión, y coloqué la hamaca en su lugar. El decorador llegó esa tarde, y colocamos los diferentes muebles que había comprado por toda la casa.

Un año más tarde, mi casa sigue pareciendo un barco, menos por la chimenea, el horno y otras comodidades del hogar que no se encuentran en un barco de carga. Porque, claro, no hay nada como la casa de uno. Por cierto, ayer recibí una postal que venía de París en la que me daba las gracias un señor que no conozco de nada. Y mañana ¿qué? Mañana parto a dar la vuelta al mundo en los días que haga falta. ¿Y el dinero? me preguntarán. El dinero está en un banco de Egipto, quien quiera cogerlo solo tiene que cavar un metro debajo de un banco para conseguirlo.


LA FLOR DEL NILO  

Relato escrito por Miguel Medina Chamorro, 6º B

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