Issuu on Google+

destinos

Cuzco, una y otra vez‌ 64

sommelier


Hace unas semanas me enteré de que Cuzco había sido elegida como la segunda mejor ciudad de Centro y Sudamérica en los Readers’ Choice Awards, encuesta anual organizada por la revista de turismo de lujo Condé Nast Traveler. La Ciudad Imperial obtuvo 73,8 de calificación y fue solo superada por Buenos Aires, que logró 76,1. Por

c

Margite Torres / Fotografía: Margite Torres

uzco volvió a los titulares con esta estupenda noticia, sin duda motivadora y muy halagadora. Pensé en aquella ciudad de contrastes, ahora cosmopolita, que mantiene aún su toque andino y citadino, a pesar del gran movimiento extranjero que se da en sus calles y plazas. Decidí regresar por quinta vez y como “en volver está el gusto”, pensé en el viaje completo y lo planeé con una obligatoria visita a Machu Picchu. Al llegar a Cuzco lo primero que hice, después de un descanso de rigor, fue sentarme en las escalinatas de la Catedral, junto a turistas extranjeros y peruanos, para contemplar aquello que hace a esta ciudad una tan especial: ese vaivén de gentes de todas las naciones e idiomas, que caminan de un lado para otro extasiados, contagiados por la magia de una de las ciudades más importantes del antiguo Perú. Aquella, que tantos reconocimientos nos ha dado y que tan orgullosos nos hace sentir. Sentada, veía la iglesia de la Compañía de Jesús y la cúpula de la Iglesia de La Merced: parte de nuestra herencia colonial, que le da un toque algo más especial al panorama. Lo mejor fue escuchar las campanadas de la Catedral que anunciaban un evento musical el viernes por la tarde, recorrer nuevamente las calles de la ciudad, visitar la iglesia de La Compañía, sorprenderme por su precioso altar, todo recubierto con pan de oro y escuchar misa en la iglesia de Santo Domingo junto a unos frailes dominicos venidos de todas partes del mundo para hacer su noviciado en el convento cuzqueño.

Turismo diverso Si visita Cuzco por segunda o tercera vez, pruebe sentarse en alguna de las bancas de la Plaza Mayor, en las gradas de la Catedral o en cualquier rincón desde donde se sienta más cómodo, quizás en alguno de los balcones que rodea la Plaza, y pruebe dejarse llevar por el ritmo cuzqueño. Aproveche para hacer un turismo distinto, uno que lo lleve a darle una mirada diferente a las cosas que a veces

pasan desapercibidas por la prisa y emoción de la primera vez. Converse con algún turista, ponga a prueba su inglés, alemán, francés, italiano, u otro idioma que domine y entérese de qué hay detrás de todo lo que los ha hecho llegar hasta este lugar. Contemple a los turistas subiendo y bajando de los buses que llegan a la Plaza o a los hoteles cercanos, aprecie cómo pasean y admiran igual que usted, pregúntese por la cantidad de extranjeros que vinieron a esta ciudad alguna vez y cautivados, decidieron asentarse en ella, así como por el gran movimiento turístico que ha alcanzado la ciudad. Cuzqueños por todas partes, todos trabajando en el negocio del turismo, restaurantes de primera calidad. Todo sorprende.

Cuzco cosmopolita Cuzco es ya una ciudad experta, reconocida y atractiva. Tanto, que este año ha sido reconocida como la mejor ciudad en la categoría México, Centro y Sudamérica, según un ranking elaborado por otra reconocida revista de viajes y estilo Travel + Leisure. La Ciudad Imperial, Patrimonio Cultural de la Humanidad, que en el 2011 había ocupado el segundo puesto, esta vez desplazó del primer lugar a Buenos Aires. La cantidad de restaurantes y hoteles de altísima calidad que han inundado la ciudad, gracias al prestigio que ha alcanzado, ha contribuido a destacar su renombre. En mi estadía pude degustar la comida del Inka Grill, ubicado en uno de los portales de la Plaza de Armas, (Portal de Panes 115), del famoso Café de La Paz (Calle Triunfo 370), que ahora ha abierto sus puertas también en Cuzco y de Chicha de Gastón Acurio (Plaza Regocijo 261, segundo nivel). Pruebe visitar alguno de ellos.

Destino Machu Picchu Después de haber dado otra vista a la ciudad, era hora de prepararme para mi destino final: Machu Picchu. Quedó pendiente en mi última visita, así que no podía perdérmela esta vez. Vale la pena regresar una y otra vez. Es realmente imperdible. Si aún no la conocen, espero

sommelier

65


que esta crónica sirva para alentarlos a visitarla. Tenía que tomar el tren de Inca Rail en la estación de Ollantaytambo -a hora y media de la ciudad-, muy temprano, a las 6:40 de la mañana. Por lo tanto, tuve que salir de Cuzco a las 4 de la madrugada. El camino sinuoso rumbo al valle, más el frío propio de la hora, no impidieron que saboreara cada minuto del recorrido: el cielo tan hermoso del amanecer, las montañas cubiertas de nieve que brillaban con las primeras luces del día y la experiencia de respirar ese aire helado que te seca los labios y la nariz. En el tren me distraje con las vistas y con la charla antichavista de unos venezolanos, que entusiasmados, decidieron dejar de lado los problemas de su país para venir al Perú y conocer Machu Picchu. El sueño me venció unas horas y cuando desperté ya estaba en el pueblo de Aguas Calientes. El recorrido es corto: son solo 3 horas desde Ollantaytambo, las que te alejan de la ciudadela de Machu Picchu. El cielo estaba semidespejado, la noche anterior había caído un fuerte aguacero, pero todo indicaba que se despejaría totalmente horas más tarde. Así que esperanzada abordé uno de los buses que te llevan a Machu Picchu, después de comprar los tickets y hacer una larga, pero rápida cola, junto con más de una veintena de turistas japoneses y niños de escuelas locales. Es que los domingos la visita es libre para todos los cuzqueños, así que muchos aprovechan este día para entrar gratis a la ciudadela. Les recomiendo comprar los tickets del tren y la entrada a Machu Picchu desde Lima, on line, o en el Ministerio de Cultura de Cuzco, pues hay días que se acaban y puede ser que tenga la

mala suerte de llegar hasta allá y no poder entrar (www. machupicchu.gob.pe). En el bus, iba con un grupo de franceses que asustados veían los precipicios que el conductor, ducho en el asunto, debía maniobrar cada vez que se topaba con un bus que bajaba de Machu Picchu, en un estrecho camino más o menos lodoso por la lluvias de la noche. Todos, poco confiados, veíamos que nuestras vidas pendían de un hilo por unos minutos. Pero, bueno, es parte de la aventura. El ascenso duró 25 minutos y al llegar me topé con una masa de gente que aguardaba ingresar, al igual que yo, bajo un intenso sol, que para esas horas ya se imponía, y que se preparaba con repelente, bloqueador, agua, y muchos ánimos para iniciar la ruta.

Arquitectura perfecta Después de una pequeña cola y un ascenso algo fatigoso, frente a mí estaba Machu Picchu, declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad y; por el Estado peruano, Santuario Histórico. Este lugar sorprende e impone por su perfección. Cada detalle fue cuidadosamente pensado y analizado, todo impresiona tanto que estar acá es por momentos un lujo. Lo que fueron capaces de hacer nuestros antepasados en este lugar tan recóndito y de difícil acceso es admirable. Por todos lados se siente el calor de gentes de todas partes del mundo que comparten la misma sensación de energía que el pasado de este recinto desborda por doquier. Es magnífico sentirse parte de este legado. Ser peruano y estar en Machu Picchu, debe ser una oportunidad

Distintas miradas de un mismo lugar, el mismo encanto, la misma esencia. La mágica en incansable ciudad cuzqueña.

66

sommelier


de mostrarle al mundo el respeto y admiración por lo nuestro. Debemos ser los primeros en respetar las órdenes de los guardaparques, de mantener limpio el Santuario, de mantener el orden y de condenar cualquier acto que atente contra lo que nos une, lo que nos representa y nos hace más peruanos. Me sentí renovada, después de caminar una vez más por las estrechas callejuelas de este lugar inca encumbrado en medio de inmensas montañas verdes, de sentarme por unas horas en una de las terrazas a admirar el paisaje que me rodeaba y de mojarme con la lluvia repentina que nos abordó en medio del camino por unos minutos. Todo, desde aquel cansancio típico de mi situación medio sedentaria citadina, hasta el recorrido con unos argentinos cordobeses que no paraban de preguntar sobre todo lo que veían, contribuyó a que esta experiencia fuera como todas las de mis viajes: única. Mientras me despedía de Machu Picchu, le prometí una próxima visita, y que una vez en Lima no me cansaría de repetir que peruano que no conoce Machu Picchu aún no puede definir completamente lo que es ser y sentirse peruano. Al salir del Santuario tuve que hacer una cola de casi media hora en espera de un bus que me llevara nuevamente a Aguas Calientes. Miles de turistas aguardaban junto a mí. Era impresionante estar rodeada

68

sommelier

por tanta gente. Todos habíamos pasado por la misma experiencia, y hasta algunos nos habíamos topado en el recorrido, aún así nos llevábamos algo diferente que contar, unidos bajo una misma sensación. En Aguas Calientes aproveché para almorzar. Me habían hablado de un restaurante muy bueno en la zona: El Indio feliz (www.indiofeliz.com/es). Así que fui en busca de él. Encontré fue un lugar acogedor, muy cálido y de muy buena comida. El lugar ideal para una tarde medio lluviosa y un clima frío que ya empezaba a imponerse. Mi ticket de regreso era para la noche aún, entonces aproveché el lugar, que me encantó, para hacer sobremesa y pasar unas horas de descanso ahí. De camino a la estación de trenes la lluvia era más intensa y la quebrada que atraviesa el pueblo parecía de película, cubierta de densas nubes y niebla. Escena poco usual para mi costumbre citadina. No saben cuánto lo disfruté. En esas horas de espera lo mejor que hice fue disfrutar de la lluvia, utilizar impermeables de bolsas de plástico para protegerme de la lluvia -parte del ingenio local-, y contemplar, a través de las ventanas de la estación, el húmedo paisaje. El regreso fue más largo, estaba cansada, y llegar a Cuzco fue muy reconfortante. Ahora, ya en Lima, vuelvo atrás y recuerdo el viaje con la ilusión de volver, y pienso que uno nunca termina de conocer un lugar cuando le gusta tanto.


Cusco, una y otra vez...