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Mariano Flores Castro

Cuentos alfareros Editorial Manoslimpias


Para Isabel Benet

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Mariano Flores Castro

Cuentos alfareros

Editorial Manoslimpias, 2011 3


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Desayuno y muerte de un felón simpático a su modo

NACIDO EN BUENOS AIRES Y MALEADO EN LAS PLAYAS de Acapulco, este criminal de nombre impronunciable, mejor conocido como “El Productor”, hacía morir de risa a sus víctimas mediante el procedimiento singular, acaso derivado de los ritos ribereños de su país natal, que consiste en aplicar pequeñas pero punzantes cantidades de adjetivos entre sus ingles, con la parsimonia de quien ha roto las reglas mínimas de la concupiscencia y ya no tiene razón para apresurarse en la búsqueda del placer ejecutorio. Las víctimas mostraron siempre huellas inequívocas de su saña, casi imperceptibles, cierto, aunque bien marcadas y expuestas al olfato desde una distancia razonable, digamos la que va desde la nuca hasta la hendidura de las nalgas de una mujer fértil de los llanos de Tepic, alimentada en la niñez con leche entera de burra, es decir, con huesos fuertes y largos capaces de cargar un chivo de mediana edad. A esa distancia fue que el detective asignado al caso pudo distinguir los ínfimos moretones producidos por los adjetivos proferidos en bárbara forma entre las piernas de la última víctima, una bailarina caucásica hirviendo en calentura que, en un desesperado esfuerzo final, trató de repeler la agresión con una andanada de sustantivos, los cuales no hicieron sino llevar al paroxismo sus propias carcajadas, confundidas ya con las de El Productor, atrapado in fraganti y cuya última voluntad antes de ocupar el patíbulo fue que le sirvieran de desayuno tres frases célebres jamás escuchadas por su verdugo. 5


El último salto de Greg Louganis

RESORTEO LAS PIERNAS PARA TOMAR ALTURA propulsándome desde la más elevada plataforma. Abajo me espera la alberca, ese estanque de agua que por prejuicios islamofóbicos algunos prefieren llamar piscina, con sus aguas clarísimas purificadas con tecnología de punta. Mi salto inicial ha sido intachable, calculado largamente por mi entrenador, basándose en mi peso, mi flexibilidad probada, la intuitiva respuesta de mis muslos y pantorrillas, mis pies dispuestos a conquistar los secretos de la gravedad. Y aquí voy, primero hacia arriba como si mi destino fuera elevarme hasta el cielo luminoso y no caer nunca en la estética deportiva del clavado. No razono mientras salto, pero algo sucede en mi mente que me perturba, la imagen de Ícaro o la de un ave que ha perdido un ala, o un sueño ominoso o la incapacidad de huir a la pasión por los espacios abiertos. Me encuentro de pronto ya en la segunda fase del salto que me dará el triunfo en esta competencia internacional tan importante para mi carrera y mientras remonto el vuelo e inicio el primer giro en el aire que huele a cloro, recuerdo que mi nombre, Greg Louganis, no se aviene con mi nacionalidad 6


americana, aunque claro, el melting pot da para eso y más, me digo recordando a Lucky Luciano, Steven Spielberg, Al Pacino y otros cuyos rostros pasan velozmente por mi visión interior mientras abajo el líquido me dice “venga, champ, aquí te espero para engullirte, mimarte, acariciar todo tu atlético cuerpo contorsionado elegantemente a lo largo de esos brevísimos instantes en que te revuelves en piruetas tratando de ser más ángel que tus competidores, vuelta y media adentro, rápido toque de las puntas de los pies con las puntas de los dedos de las manos, media vuelta a la derecha, giro completo a la izquierda, torso tenso pero dúctil y nuevo giro hacia delante como en carrusel, gracia y habilidad hermanadas, piernas en paralelo y otra vuelta y media hacia atrás, como queriendo regresar a la plataforma de lanzamiento”.

No pienso pero ahora la imagen de mi abuela en su silla de ruedas me acosa

y entonces siento que soy ella alzándose de su prisión con ruedas y vuelvo a ser el engendro de su hija, un joven atleta elástico, mientras me desplazo por los aires sin ataduras, hago espirales en el tiempo y el tiempo se ríe del espacio demasiado engreído donde evoluciono, caigo sin desplomarme, me entrego a la atracción del agua olímpica y a lo lejos vislumbro apenas los rápidos rostros perplejos del público y los jueces que calificarán mi arte y mi ciencia. Con un aaahh atónito me observan descender como un torbellino de contorsiones y mi abuela al oído me dice “ah, qué bien lo hacemos”, y de pronto ya no siento la ley que me jala hacia abajo, el agua quieta, a la expectativa, y los giros borran de mi mente concentrada todos los recuerdos y entonces siento cómo 7


rompo con las manos la superficie y mi cabeza entra en el agua ligeramente fresca que me acoge como a un recién nacido, me hundo en sus brazos, recupero mi peso original, penetro estas transparencias engarzando burbujas y corrientes producidas por mi materia al caer en el amplio abrazo que me tiende la vida. Yo, Greg Louganis, he roto todos los records y tengo ahora una entrada en el libro Guinnes, eso pienso al emerger desde lo profundo de la alberca tras apoyarme en el fondo para impulsarme hacia la superficie. He sido un pájaro, lo sé, aunque no logro fijar en mi bitácora de vuelo la imagen de una especie precisa, digamos un gorrión, un martín pescador, un águila, tal vez un cuervo. En mi viaje hacia la superficie agito brazos y piernas con energía y rapidez para que me alcance el aliento, esa bocanada que aspiré antes del salto, un minúsculo corazón de oxígeno que debe durar hasta que vuelva a respirar el aire poblado de aplausos y vivas que hacen vibrar el marcador alimentado por las calificaciones de los jueces: 10, 10, 10, 9.5, 10, 10, 10.

Nunca nadie antes obtuvo tan altas notas en un clavado de plataforma.

Nunca antes nadie, ningún atleta al menos, había dado muerte a un juez escéptico

que se atrevió a calificar con 9.5 el salto perfecto de un semidiós, cuya única falla es la grieta profunda de la vanidad.

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Espejos

RUEGO A USTED, SEÑOR ESPEJO, TOMAR NOTA de la siguiente petición que le formula su semejante. Deje ya de soñar que usted es yo para alejar de mis sueños la idea irreflexiva de que yo soy usted. El hecho de estar colocados uno frente al otro no acredita suficientemente su esperanza de asimilar la misma luz, las mismas imágenes. Ni siquiera este instante en que nos miramos fijamente será igual para su azogue y para el mío. Yo reflejo el deseo que usted emite. Usted, en cambio, omite mi indiferencia hacia las semejanzas que nos separan. Es cierto que ambos somos fieles reproductores de un mundo quebradizo e inestable. Los dos sabemos cómo representar la vida como si en nuestras superficies hubiera rencores, envidias, pasiones, pérdidas irreparables, dolores del destino humano, ¿me sigue? Pero le aseguro, señor, que el brillo en los ojos de nuestra dueña es mil veces más expresivo y radiante cuando se mira en mí, sépalo de una vez, que cuando asoma al abismo temporal y burdo que usted representa por ser sólo el espejo de enfrente, el espejo del paso del tiempo, la decrepitud y la mueca sintética de la muerte. 9


Sin embargo —y permita que le llame colega—, acepto quedarme aquí frente a

usted por el tiempo que sea necesario, aunque me caiga de cansancio, esperando a que no haya nada que se interponga entre nosotros para tratar de hallar una fórmula que evite confundirnos ante el vacío, ese horror que nos abate cuando nadie mira y usted y yo conversamos como ahora acerca de la imposibilidad de arrojar un saldo positivo sobre el craso error que consiste en poner un espejo frente a otro. No sé odiar y, pese a la eternidad que llevamos aquí, a usted apenas lo conozco. Pero ayer al mediodía, cuando la señora se arreglaba el busto y el collar de perlas mirándose en usted y no en mí, como solía hacerlo, dándome para colmo la espalda, supe que no puede haber arreglo entre nosotros. En adelante impediré a toda costa que usted descanse, reflejaré rayos y centellas día y noche, provocaré terremotos, incendios voraces, inundaciones, descarrilamientos de trenes desbocados, cataclismos que me pongan a salvo de sus sueños de grandeza, oh ilusa, oh demente aspiración abyecta de ser yo mismo.

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Vacación y laberinto

LA

TERSURA DE LA ATMÓSFERA, EL SOPOR SUREÑO

y la arena blanca de la

isla minoica habían sido durante dos semanas la delicia de nuestras volcaduras sentimentales, juegos eróticos sin pausa, Chablis y pulpos. La brisa deslizaba buscando entre los muslos del verano algún recóndito placer o la sustancia viva de un conocimiento nuevo. Dos veleros se balanceaban en el pequeño muelle y uno más, fermentado por sales y rones distantes, entraba en el paisaje marítimo con la parsimonia que sólo un derrotero caprichoso da a las embarcaciones humanas.

Eulalia había encontrado la fórmula para prolongar los abrazos hasta los linderos

de la desecación, ministrando sabiamente las caricias para no derramar inútilmente las vasijas culminatorias. Nuestros cuerpos se alimentaban de nuestros cuerpos, nutrientes cornucopias de un destino voraz a nuestro alcance. Nuestras escuetas y grises biografías —la de un piloto aviador que escribe cuentos y la de una azafata hermosa— se convertían en epopeyas que hallaban su sentido en el silencio y en las miradas tendidas sobre la patria de Ariadna. Todo estaba en su justo sitio y todo 11


giraba al ritmo de los grillos que en la noche buscan su analogía sideral. Al menos así veía yo las cosas en ese pasaje de nuestras vidas que nunca más volvería a repetirse.

No recuerdo el momento exacto en que escuchamos la frase que desencadenó

aquel avatar extraño, pero puedo consignar que aquellas palabras nos sorprendieron sólo un poco al principio y después nos precipitaron en un mundo desconcertante que daba fin a la regularidad en que nos hallábamos complacidos y complacientes.

Nos hallábamos pidiendo la llave de nuestro cuarto cuando una señora,

que se veía muy agobiada por alguna enfermedad o pena soterrada, se acercó a la recepcionista y dijo:

—Mi Minotauro, por favor.

Nótese que no preguntó si tenía correo o recados telefónicos ni por su llave o

una botella de agua para su cuarto sino, literalmente, si la señorita en turno tenía su Minotauro. Pensé, claro, es un chiste privado, una boutade cifrada cuyo verdadero sentido sólo ellas conocen. Pero a Eulalia y a mí aquello nos pareció aún más extraño cuando la recepcionista le contestó:

—Por supuesto, Madame— y, a una señal suya, el botones le entregó un plano

que la mujer tomó entre sus dedos artríticos con dificultad y se dirigió al elevador.

Decidí entonces hacer lo mismo y le dije a la recepcionista, con la naturalidad

que un actor puede fingir para alcanzar ciertos objetivos en la vida real: —¿Tiene usted mi Minotauro? 12


Ella, visiblemente ofuscada pero no perdida, llamó al gerente.

—Este huésped de la habitación 302 pide que le demos su ya sabe qué.

El gerente, un turco de relamidos bigotes punteados hacia los pómulos, me

preguntó si pertenecíamos a la Orden y si ya habíamos pagado la cuota.

—¿Cuál Orden?—, inquirió Eulalia.

—La del Laberinto, por supuesto—, dijo el gerente.

—No. Tampoco hemos pagado la cuota, pero podríamos hacerlo si nos dice de

qué se trata y cuál es el monto a desembolsar.

—No puedo complacerlos sin antes pedirles que lean con atención el folleto

que aquí les entrego. En sus páginas están todos los detalles. Eulalia me miró con un dejo de extrañeza y entusiasmo a la vez. Tomamos el folleto y nos dirigimos a nuestra habitación, donde leímos lo que transcribo ahora:

“No ha habido ni habrá nunca una salida fácil del laberinto. Entrar no es difícil,

basta con haber nacido y estar despierto para advertir que estamos dentro. La vida es así y podría pensarse que para siempre, pero todo es diferente si nos vemos perdidos dentro de la vida misma. Es entonces cuando la idea de nunca más nos asalta. ¿Quién querría seguir atrapado en los meandros y truculencias de una vida laberíntica? Pocos o nadie. De ahí la idea del Minotauro, un salvador, una puerta de huida, un final para la tortura que es llevar una existencia flotando en un mar de incertidumbres, violencia, caos, desesperación, enfermedad. Por ello hemos creado la posibilidad de 13


escapar a la desdicha y al extravío. El Minotauro, S.A. le ofrece sus servicios a un precio razonable, que incluyen:

1.

Anestesia local o total

2.

Atarantamiento por barbitúricos o con hachís

3.

Ser devorados lenta o rápidamente por el monstruo

4.

Servicios de un guía entrenado en el palacio de Cnossos

5.

Con escape o sin escape en el último momento (agregue el 15%)

6.

Fiesta de despedida en un bello velero griego

7.

Esquelas en la prensa internacional anunciando el deceso por causas naturales

Solicite un tour gratuito por nuestras instalaciones. Atentamente, la Gerencia

Por supuesto, mi primer impulso tras leer el impecable impreso fue hacerlo

pedazos por ofrecer una forma de eutanasia tan literaria o, peor aún, tan mitológica.

—¿Quién desearía recibir la muerte a manos de un monstruo del segundo o

tercer milenio antes de Cristo, medio anestesiado previamente por alguna droga? —mascullé entre dientes.

—Gente como yo—, me sorprendió Eulalia, serena, intesa, y como súbitamente

iluminada por una luz cordial. 14


—¿Qué no la hemos pasado de maravilla?

—Yo contigo lo gano y lo pierdo todo de un golpe—, musitó, y soltó una lágrima

que parecía real.

—Me tienes a mí —contesté sin demasiada convicción.

—¡Sí, cómo no! Un piloto cuentista y cogelón no es de nadie en realidad.

—¿Preferirías jugar a la casita con un burócrata aburrido que cambie pañales?

¿Te habrás vuelto loca?

—Ni tanto. Ponte a pensar en mi condición de eterna amante. Estoy harta de

ser tu continente. Estás casado, idiota, tienes cinco hijos... ¿Estás ciego?

—Le pediré el divorcio a la bruja esa —la interrumpí para ganar tiempo.

—No te creo.

—¿Qué piensas hacer, Eulalia? No me digas que…

—Dejar que me devore el Minotauro, al menos así me convertiré en parte de su

existencia. Vivirá de mis nutrientes durante meses o años, quién sabe, todo depende de su buena o mala digestión.

—Hasta que se coma a la siguiente y entonces te hará mierda… —dije,

burlándome de ella.

—Entonces todo habrá acabado como empezó: una vida en la que sólo soy

feliz cuando estoy contigo, volando en un Jumbo o revoloteando bajo las sábanas de algún hotel del mundo. Estas vacaciones terminarán mañana y tú te irás en tu 15


avión nuevamente al otro lado del planeta, a tu propio laberinto de nubes, azafatas y amores rápidos en los aeropuertos internacionales, mientras yo me iré en el mío sin saber cuándo volveremos a estar juntos. No quiero que eso suceda, así que pagaré la cuota y me entregaré al Minotauro para que me devore.

Las opciones del folleto que seleccionó Eulalia pierde toda importancia frente

a la sorpresa que me causó saber, por un correo electrónico, que al día siguiente de mi partida canceló su vuelo, pidió una cita con el monstruo, le propuso matrimonio y se casó con él en lo más recóndito del laberinto, del cual a partir de entonces se convirtió en dueña y señora.

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La llave

NI UN ÁTOMO DE LA LLAVE HA CAMBIADO desde la última vez que Pedro la utilizó para abrir la puerta de su departamento. Ya ha constatado que su complexión, peso y textura son exactamente los mismos que cuando la introdujo en la cerradura la noche anterior. La ve y desde el coco de su incertidumbre intuye que funciona. Pero al tratar de girarla dentro de su habitáculo (“vagina dentada” la llama), con la desesperación de quien teme quedarse a la intemperie en una noche de tormenta, la llave se niega a darle entrada. Entonces la saca, la examina como a un bicho a la vez raro y familiar, la maldice con las palabras prostibularias que le escuchó a su padre en una situación semejante, la vuelve a introducir en la cerradura con la acuciosidad de un cirujano. Nada, el trozo de metal prensado, con su sierrita mustia sólo aparentemente eficaz, no desempeña el papel para el que se suponía útil, única función en la existencia de una herramienta abridora o instrumento del que dependen tantas cosas al otro lado de la puerta.

Han pasado horas cultivadas en la desesperación desde que Pedro se dio por

vencido y mandó llamar a Tito, conocido en el barrio como “el Rey de los Cerrajeros”, 17


un veracruzano azul que en sus buenos tiempos fue ratero de altura y maestro de todos los oficios. Saludos y carabanas. Pero, tras un sobrehumano forcejeo con el problema, el habilidoso viejo le pide disculpas a Pedro, “lo siento mucho señor, no puedo abrir su puerta, nunca me había sucedido algo así, me voy avergonzado”, y se marcha con la espalda encorvada, entrado en lágrimas, su caja de herramientas a medio cerrar, desparramados a lo largo del pasillo sus limas, desarmadores y ganzúas.

La noche se desenvuelve con habilidad felina y la tormenta afila sus uñas en

el cigüeñal del cielo. Las opciones imaginativas se agotan rápidamente en la mente obturada de Pedro. En su palma mira nuevamente la llave, destacándola del resto del manojo abultado. ¿La habría confundido con otra? ¿Sería ésta una mala jugada de su exmujer? ¿A quién recurrir, si el Rey de los Cerrajeros ha sido destronado por una sola pieza en el ajedrez del mundo? Queda la opción de irse a pasar la noche en un hotel cercano e intentarlo de nuevo al día siguiente. Pero, ¿y mañana qué?, se oye decirse a sí mismo. Pedro comprende que la única manera de ganar la partida será violentando la cerradura. Convertido en el nuevo Rey de los Cerrajeros, la hace añicos y entra triunfal en el recinto. La llave yace al otro lado de la puerta sobre el piso de parquet ajedrezado.

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Escriba

HACE MUCHOS MESES QUE NO HAGO ORACIÓN en el terraplén del zigurat. Espero con impaciencia el salario que con engaños me prometieron, aquí donde el príncipe Hammurabi me ha obligado a escribir sobre esta piedra grisácea las leyes con las que proyecta someter a los babilonios. Ignora o finge no saber que los signos cuneiformes que he estado cincelando día y noche irán a parar, previsiblemente, a un museo galo. Hammurabi es sin duda un sabio legislador que ama el orden y la justicia, aunque no pueda gobernar su casa sin consultar con su mujer cada uno de sus actos y decisiones. Al finalizar mi labor, que consiste en grabar las 282 leyes del código sobre esta piedra inmunda, iré a desentumirme las manos en el barrio de las furcias, beberé cerveza ámbar hasta reventar, me fumaré en canuto la hierba del olvido, robaré un camello y hundiré mi cimitarra en el vientre del poeta que me enseñó a escribir.

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El foco

SE FUNDIÓ EL FOCO DE MI CUARTO, así nada más, sin avisar siquiera, como se funden las nieves del Popocatépetl o los besos que me da mi mamá cuando aparece rara vez por la casa, dejando espirales de humito en el aire lleno de cosas que no me sabe explicar. El foco no tuvo la culpa, por supuesto, y a mí tampoco se me puede hacer responsable; no tengo nada que declarar ante la Asociación de Protectores del Foco. ¿Por qué entonces siento que un pesar muy grande se entromete? Y eso que yo sólo soy sentimental cuando pienso, y sólo pienso al mirar. Pero hoy, no sé por qué, este foco fundido me conmovió hasta el llanto, como si se tratara de una mascota perdida en la niebla o de un compañero de juegos al que admiramos por ser un gran anotador. Ahora no puedo escribir ni leer sin recordar el viejo foco que tronó cuando más lo necesitaba para escribir estas líneas en agradecimiento a su luz tan callada como un monje que medita en el paraje más lejano del Oriente.

Voy a pedirle unas monedas a mi papá e iré a comprar un nuevo foco, tratando

de que se parezca lo más posible al anterior, al amigo fiel de historias fabulosas leídas por las noches, y a veces hasta bien entrado el amanecer. En la tienda encontraré 20


al nuevo foco, tímido en su cajita de cartón, limpio y bien dispuesto a iluminar las páginas de mis libros favoritos. Pobre, lo probarán frente a mí, conectándole unos cables eléctricos en el trasero, ¡auch! Sé que durante unos días será como un extraño en mi cuarto, pero poco a poco iremos aprendiendo a estar en paz el uno con el otro y a portarnos como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Voy a ocultarle mi recuerdo del otro foco para que no se sienta celoso o fuera de lugar. Después de unas semanas lograremos pasarla bien juntos y haremos bromas cuando se vaya la luz. No sé cómo, pero me imagino que algunos focos deben sentir una especie de simpatía por los niños que leemos hasta muy tarde en las noches. Lástima que los focos, las nieves del Popocatépetl y los besos de las mamás tengan que fundirse un día.

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Zaga de Benet y Serret

PERE BENET, QUE DE DIABLO NO SÓLO TENÍA EL SAYAL, no había vendido ni un solo cielo en más de siete meses. Por eso cuando el prestamista Josep Serret, sabiendo que pronto iba a morir, le preguntó si tendría alguno disponible y a precio equivalente o de ser posible menor al monto de sus ahorros de toda una vida, Benet lo miró con apremiante voracidad y le espetó:

—Pero por supuesto, sólo depende de la complejidad del cielo que usted elija.

Si se trata de un rotundo esferoide eterno con los polos cincelados por el espíritu laborioso de Cellini, con ángeles y querubines, santos y toda suerte de bienaventurados, el precio es prácticamente inalcanzable, por no decir absurdo, aun para una persona tan acaudalada como usted. Si ha de ser un fluido desparramado por usted en la parte interior de los muslos de Ana Karenina, el precio equivale al de un castillo en las afueras de San Petersburgo o a cuatro reencarnaciones, según se trate de una mujer casada con un pornógrafo neoyorkino, de un enano zambo de las pampas argentinas o de un prestamista como usted. Ahora bien, si lo que busca es un cielo clásico y 22


autorrenovable que le incite a la fe en el zoroastrismo, aquí no encontrará paralelo, le ofrezco una oportunidad ú-ni-ca, el llamado tiovivo amarillo, la joya de nuestra más reciente línea de producción. Cuenta con manubrio ajustable, cómodos asientos de vapor, pantalla de plasma y un tablero desde el cual podrá manejar cómodamente todas las opciones con que cuenta esta maravilla, ya sea soñarlo, vivirlo, recrearlo en la memoria o de plano apagarlo si le resulta demasiado axcitante y le produce taquicardia, para lo cual lo único que tiene que hacer es cambiar de estado de ánimo. El costo, como se deduce fácilmente, aminora en razón directa de la cantidad de gadgets y de la religión involucrada, aunque intuyo que eso le dará igual a usted. Y es que, en el fondo de no se qué, siempre me ha parecido un agnóstico vergonzante, Serret, no me lo puede negar. Lo recuerdo cuando, oficiando de monaguillo al lado del padre Joan en la iglesia de Santa María del Mar, miraba lujurioso los labios y escudriñaba en las bocas abiertas de las muchachas que sacaban la lengua para recibir el sacramento de la eucaristía. ¿Acaso no imaginaba entonces las mil y una formas de llenarles el hueco oral con algo más que la hostia seca? Porque yo sí, fíjese, lo imaginé y lo hice con frecuencia por las noches, bajo las sábanas de mi primera juventud, lo reconozco. Y usted, mi enigmático Serret, ahora que está viejo quisiera borrar su pasado y comprarse un cielo que le tape los ojos y le deje libres las manos, ¿no es así? En todo caso, advierta que yo le ofrezco únicamente los que tengo en catálogo, los mejores de la Unión Europea sin duda, pero no le puedo asegurar que será recibido 23


con fanfarrias y cantos gregorianos, menos aún cuando todos en Barcelona sabemos de sus prácticas subrepticias y de sus lecturas ominosas. Mire que leer a Tolstoi no puede menos que despertar sospechas sobre la fe que usted profesa en lo más hondo de su alma. Ya me habían dicho que era raro, pero ahora compruebo que además es usted un tacaño, puesto que pudiendo rezar y dar limosna en la iglesia para ganarse el cielo, durante sesenta años se ha ahorrado las dádivas y donativos para poder comprarse, a precio de me lo llevo, un cielo particular reservado para usted solo, donde no haya nadie con quien compartir el pan y la sal, porque de eso nada, mi señor, de eso nada. ¿Pero quién soy yo para juzgarlo? Me limito a ofrecerle mi mercancía y si usted tiene la plata, pues venga, que no voy a negarle un cielo cuando tantos otros impíos han venido aquí y se han apropiado del que pudieron pagar. Como el padre Agustí, el pederasta, que en vez de despacharse con un cielo lleno de elevados pensamientos y plegarias se compró uno con ángeles desnudos posando en tan atrevidas posiciones que el mismo Satán lo visita de tarde en tarde para compartir sus tertulias y disponer los trazos escénicos en que se solazan desde entonces ante la indiferencia de Roma. Beben sin parar, duermen poco y se solazan en chupar, oler, oír, entrar y salir de los orificios que privan los sentidos y fluyen sobre la sensualidad del ranchito corporal. Pero veamos, seguramente usted tiene en mente algo específico, quizás un cielo que le quintuplique el capital cada quince días mediante préstamos con interés compuesto sobre los saldos insolutos de sus clientes menos avisados, o un ámbito en el cual pueda 24


embargar los cielos de todos aquellos que se nieguen o se vean impedidos de pagar el principal y la carga del lucro demencial que usted cobra, igualito que American Express. En fin, Serret, hábleme claro, soy todo oídos, puede confiar en mí.

Serret emitió un ejem, miró hacia la Rambla a través del gran ventanal de la

oficina en que se hallaban y cerró las pesadas cortinas de terciopelo color borgoña sin pedir la autorización de Benet, que estaba desplegando la más reciente edición del Catálogo de Cielos y se vio obligado a subir la intensidad de las dos lámparas que titilaban sobre su escritorio, donde también había unos planos, mapas, diseños a lápiz azul, hojas sueltas e diversos infolios sobre asuntos celestiales. El usurero rebuscó en el costal que llevaba al hombro y dejó caer sobre el escritorio dos sacos de lona repletos de monedas de oro; abrió el más pequeño, se quitó la capa de zorro y el sombrero, tosió un par de veces y dijo con voz de abuelito secular:

—Mire Benet, mi condición es frágil y no tengo tiempo que perder, me gustaría

hojear su catálogo, pero creo que ahí no encontraré lo que busco.

—¿A qué se refiere? ¿No le bastaría con un cielo en el que pudiera cobrar mil

por ciento por cada céntimo prestado? Se lo puedo conseguir, aunque esté fuera de catálogo, ¡qué puñetas!

—Me refiero a un cielo donde los rostros de mis clientes, en especial los de

mis deudores morosos y remisos, desaparezcan para siempre junto con los de sus familiares y amigos. 25


—Ah, sí, sí... ya entiendo —dijo Benet cerrando de un golpe las páginas del

catálogo—, en ese caso tendré que comunicarme con la casa matriz para obtener información sobre cielos al gusto y a la medida.

—¡Pero cómo, creí que ésta era la casa matriz! —exclamó Serret.

—Nada de eso, ésta es sólo la sucursal en Barcelona; hay cerca de cinco mil

sitios iguales en toda Europa vendiendo cielos al por mayor, de contado o a plazos, con fianza o con garantía prendaria. Los precios son los mismos, así que no se aflija. Ahora enviaré un correo expedito a mis superiores en Zurich y le tendré una propuesta mañana temprano. Vaya tranquilo.

Durante la noche, Josep Serret soñó que viajaba en una carroza hecha de

estiércol con ribetes de plata e incrustaciones de diamantes sudafricanos, en la que iba acompañado por un zorro blanco, una de las concubinas del sultán de Brunei y dos de sus clientes más afectados por su avaricia. Uno era un obrador de telas que había vendido su pequeño taller para pagar la abultada deuda adquirida con el prestamista; el otro era un carnicero con los carrillos inflados por el hedor insoportable que despedían los otros pasajeros. Al cabo de un rato, el zorro empezó a gruñir y a pelar los dientes, dirigiéndose alternativamente al artesano y al carnicero. Por fin saltó sobre el segundo y lo devoró, destazándolo con garras y fauces. La concubina del sultán de Brunei, muerta de risa, fingía hacerle cosquillas a Josep, pero en realidad lo estaba bolseando descaradamente en busca de algo de valor entre sus ropas. Entonces 26


el obrador se unió a esa tarea y empezó a sacarle cintas de colores de los bolsillos. Pero la pesadilla no acababa ahí. En un santiamén apareció Benet haciendo la parada a la carroza conducida por un monje tibetano, se subió con el vehículo en marcha y tomó asiento al lado del zorro, a quien saludó como a un viejo conocido. El zorro devolvió el saludo en perfecto francés y sin mayor trámite procedió a comerse a Benet, que parecía disfrutar el acontecimiento porque soltaba de tiempo en tiempo algunos pujiditos de placer mientras iba siendo devorado. Serret sabía que llegaría su turno, pero estaba impedido de salir de la carroza por la concubina del sultán y por el obrador que se le habían trepado encima. Cuando el zorro terminó con Benet, hizo la parada, bajó de la carroza sobre sus patas traseras y se despidió de todos diciendo aurevoir monsieurs et dames. Animado por este hecho, el prestamista se zafó de sus atacantes y al tratar de bajar de la carroza se vio cayendo en una barranca que daba al inframundo. Josep Serret se despertó gritando, envuelto en una sudoración amarillenta y nauseabunda. Se sentó al filo de la cama y mirándose el vientre financiero, farfulló:

“Tiene que haber un cielo para mí.”

El mensaje que llegó de la casa matriz a la mañana siguiente decía así:

FOR YOUR EYES ONLY. Mantenga al cliente controlado y por lo pronto dígale que el

producto estará disponible dentro de ocho días a lo sumo. Hemos puesto a los mejores 27


cerebros de la corporación a trabajar en este pedido fuera de catálogo. Se trata del primer cielo autónomo, independiente de todas las religiones y a la vez versátilmente poblado por las grandes figuras someras de todas las creencias del mundo.

Mediante un dispositivo pitagórico, el cliente podrá tomar unas copas y conversar

animadamente con Zeus o cualquier otro dios griego, asirio, azteca o congolés. Tendrá voz y voto en la toma de decisiones sobre asuntos tan importantes como la guerra de Troya, donde, por ejemplo, podrá influir en el hecho de que Héctor muera o viva. El ingenioso dispositivo le permitirá participar en las danzas sagradas con las que se crea y se destruye el mundo en un solo acto prodigioso. Otra de las opciones coloca al cliente en medio de una batalla encarnizada entre deidades que él mismo puede seleccionar, donde podrá departir con los guerreros muertos en combate ya convertidos en colibríes o en cobras. Y por supuesto, si la preferencia del señor Serret es más conservadora, le será posible apretar un botón del control de mando para comer peces voladores acompañados con el gran vino Sangre de Cristo, sentado a la mesa de San Pedro, quien ha sido notificado ya de nuestro proyecto y ha fijado el precio de su participación en dos llaves: una para abrir el cofre que Sir Francis Drake tuvo que arrojar al mar en una precipitada huida de los feroces galeones españoles, y la otra para abrir la puerta del infierno cuando le dé la gana. Este cielo incorpora los últimos avances técnicos combinados con elementos tradicionales, como la eternidad, las manos libres y la absoluta ausencia de culpa. Y dígale al cliente que, conforme a sus deseos, se procederá a borrar de su cielo todos los 28


rostros de sus clientes pasados, morosos y remisos. La gerencia.

La propuesta le pareció aceptable a Serret y desde luego significaba una

operación jugosa para la empresa, pues el precio fijado equivalía al total de su fortuna descomunal. Se firmaron las escrituras ante notario y se llevó a cabo la ceremonia de entrega, a la que fueron invitados todos los agiotistas de España, más un pequeño grupo de banqueros suizos con los que antaño el catalán había hecho astronómicos negocios. Ceremonia funeraria, ya que la entrega del producto no se podía realizar mientras el cliente estuviera vivo y, como todo cielo que lleve con orgullo ese nombre, había que asegurarse de que funcionara como estaba previsto en el contrato notariado. Serret tomó posesión en enero y para marzo ya se sentía a sus anchas en el cielo que había adquirido al riguroso contado.

Fue a principios de abril cuando algo empezó a fallar. De pronto, mientras en su

cielo Serret le lanzaba piropos a Afrodita en una cama de nubes nacaradas, irrumpió en el recinto Hutzilopochtli, vestido de guerrero y empuñando una formidable macana con la que partió en dos a la bella diosa del amor de un solo tajo. ¿Por celos? Nunca se sabrá. Acto seguido, Aura Mazda —acompañado por los seis espíritus de la verdad, la justicia, el orden, la docilidad, la vitalidad y la inmortalidad— llegó increpando a Huitzilopochtli con la enjundia de un abuelo indomable. El dios azteca bajó la mirada, tiró el arma y llorando puerilmente, se arrojó al abismo. Cuando apareció en 29


la escena la Valkiria y vio el cuerpo partido de Afrodita, creyendo que el culpable era Serret, montó en cólera y se fue contra el catalán, lo tundió a palos y lo increpó en uno de los dialectos escandinavos. Ra, que había tomado demasiada cerveza aquella noche, empezó a recitar fragmentos del Libro de los Muertos, mientras el dios chino Wang, que llegó vestido de etiqueta, reclamó para sí el cielo que había comprado Serret, argumentando que él era el único guardián del “palacio etéreo”, aunque podría darlo en arrendamiento temporal. Alá, que al principio trató de pasar desapecibido, se acercó a Serret y en voz baja le dijo “¡cómo dejas entrar a esta gentuza!” A lo que el pusilánime espíritu del prestamista respondió: Y tú, ¿de dónde saliste?

Se hizo un silencio incómodo y expectante. Emergiendo de una bola de fuego, llegó

Shiva Nataraya y los distrajo con una coreografía que llamó poderosamente la atención de todos, especialmente la de Pacha Mama que, habiéndose identificado con el portero celestial como “el alma de la fiesta”, se incorporó a la danza con unos cascabeles en los tobillos y empezó a desnudarse sin el menor empacho. Josep maldecía y amenazaba con una demanda contra Benet y la empresa Cielos, S.A. ante la Procuraduría del Consumidor, pero los dioses, como es lógico, lo ignoraban olímpicamente. Enfundado en un chubasco apareció entonces Zeus y entabló un breve diálogo con Quetzalcóatl, que lanzaba granos de maíz a los pies de Shiva y Pacha Mama. Quetzalcóatl:

Bonita fiesta, ¿no te parece?

Zeus:

Ah, si tú supieras… Disfrazado de toro seduje a Europa y me

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la llevé a Creta a festejar durante nueve años y dos días. Bebimos de la misma copa, que nunca se vaciaba porque le habíamos dado órdenes a Dionisos de mantenernos permanentemente húmedos y alegres. ¡Aquello sí que fue un sarao formidable! Quetzalcóatl:

De secuestradores y borrachos está lleno el universo.

Zeus:

Usos y costumbres, mi amigo. No me negarás que Tezcatlipoca

y tú se las ponen y hacen desfiguros de los que se arrepienten cuando les llega la resaca. Quetzalcóatl:

Imposible tapar el sol con una pluma. Pero sigamos disfru-

tando de esta ilustre congregación. Zeus:

De acuerdo. ¿Bailas, guapo?

Quetzalcóatl:

Sólo con la Coyolxauhqui, mi pareja de baile favorita.

Aunque es difícil hacerla seguir los pasos por su condición de descuartizada, hay algo sensual en su forma de moverse al ritmo del huéhuetl, las siringas y las zampoñas. Zeus:

Me acabas de dar una idea. Sacaré a bailar a una de las mitades

de Afrodita. Algún compás saldrá de su medianía, ¿no crees? Quetzalcóatl:

Ve y trata de reanimarla, porque creo que está perdiendo

estilo. Por ahora sólo quiero observar al desconocido aquel que tiene pinta de catalán.

Quetzalcóatl fue hasta donde Serret estaba redactando la demanda contra

Cielos, S.A. y se quedó mirando la escritura por encima de del hombro de aquél. El prestamista se volvió, alzó la vista y asustado le rogó llorando que no lo partiera en 31


dos. Quetzalcóatl soltó una carcajada que hizo retumbar los confines del cielo. Y corrigió:

—No soy quien usted piensa. Le aconsejo que utilice el botón de emergencia.

—He perdido el control en esta cama inmensa donde veíamos películas porno

Afrodita y yo. No sé qué hacer. Todos estos dioses súbitos me están volviendo loco. Esto no estaba previsto en el contrato.

—Tiene usted el control en la mano—, urgió Quetzalcóatl al prestamista.

—Ah sí, claro, eh… el control—, dijo Serret agobiado por la evidencia de su

obnubilación ante un dios extranjero y, además, condescendiente.

—Oprima el botón de emergencia, insisto. Se librará así de todo este

desconcierto que sólo en apariencia es una animada fiesta.

Serret miró el aparato con detenimiento, buscando entre decenas de botones

el correspondiente a la situación de emergencia. Lo halló, lo oprimió y lo sucedido entonces forma parte de los anales de la incredulidad. De pronto su cielo se volvió un barrio pobre de Iztapalapa; él tomó la forma de un sangrante Jesús con los tablones al hombro que todos insultaban al pasar, y su demanda escrita con tanto esmero se convirtió en la versión en braile del Mahabarata, cuyas páginas eran leídas por un santón de barba frondosa e hirsuta. Definitivamente, su cielo estaba lejos de ser perfecto. Sigilosamente, el control se lo había apropiado el más avieso de los dioses.

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Mecano

LLEGO A CASA CANSADO. YA ES MUY TARDE. Pasé el tiempo admirando la bravura de los otros, su consistencia, la entereza con que emprenden sus vidas y cumplen de manera ejemplar sus papeles cotidianos. “Hombres cabales, de una pieza”, diría la abuela.

Me saco la Mont Blanc de la camisa, la cartera, las llaves, las monedas, la escuadra

y los dos cargadores. Me quito ya los pies muy lentamente y los pongo debajo de la cama. Después de sacudirlas, desprendo mis orejas y las cuelgo en el perchero. Retiro con pericia el cuello, que me duele un poco. Me veo en el espejo y digo: “qué bien vamos”. Quitarme la nariz no es cosa fácil, tan adicta a aromas femeninos. Prosigo con las piernas. Las rodillas se quejan de dolencias que no entiendo porque no hablo su idioma de rodillas. El costillar se niega, terminante, a convertirse en Evas, pero logro separarlo del esternón —todo un señor hueso, aunque con sus debilidades. Luego me abro en canal de un solo golpe, resuelto a desconectar nervios, arterias, tubos digestivos, hígado y el resto de mis vísceras, cuando veo mi corazón y me detengo:

—¿Estuviste aquí todo este tiempo? —le digo emocionado. Y él, callado. Lo desentumo, le limpio los latidos y le reclamo tantas emociones 33


perdidas. El corazón me ausculta cauteloso, previendo que pueda ser un infarto sorpresivo. Le explico que no hay nada que temer, hablamos del pasado y por fin nos entendemos. Para acabar, dejo las manos en la mesa, ya con el tacto libre de maniobras. Tengo un sueño terrible. Me recuesto. Y al despertar me veo mencionado en el periódico: “Capturan a sospechoso desarmado”.

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Cáma, cámara, camarera

Si Dios lo viera todo y a todos al mismo tiempo, habría evitado que la camarera me robara la cámara de video con la que grabé sus nalgas saludables mientras cambiaba las sábanas de mi cama en este cuarto del hotel Ojo de Agua, el menos sobresaliente entre los muchos del puerto de Tampico. Pero quizá Él estaba ocupado en cuidar que nadie le tomara el trasero a la muchacha. Me pregunto: ¿Por mojigato? ¿Por alguna preferencia súbita hacia la mucama encantadora? ¿Por puro celo de videoasta en cierne?

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Clara Bow

EN UNA ENTREVISTA CON LA ACTRIZ CLARA BOW

realizada en la primavera

de 1931, mi padre aprendió que existen las máscaras transparentes y, algo más asombroso aún, que al portarlas se desatan pasiones incontrolables, volteretas en el tiempo, tonterías inopinadas.

La actriz estaba en bata frente al espejo iluminado de su camerino, mientras

la maquillaban para presentarse como monologuista en un cabaret-teatro del bajo Hollywood, su última aparición en público tras el escándalo suscitado por su secretaria, que reveló con lujo de detalles el furor promiscuo de la actriz. La entrevista apareció ese mismo año en Los Angeles Times y luego le dio la vuelta al mundo. Por cierto, conservo un recorte del que extraje el siguiente fragmento.

—¿Stanislavski o el caos? —preguntó mi padre con ánimo provocador.

—He sido siempre admiradora del método de Stanislavski porque elevó al

actor a la categoría de creador, revitalizó el naturalismo y nos dio las herramientas necesarias para concentrar al máximo la presencia escénica, lejos del divismo, la grandilocuencia, el cliché y la vanidad aplaudida. La actuación orgánica propuesta 36


por el gran maestro ruso acabó de un tajo con la actuación mecánica. Él decía que el actor no debería aparentar, sino encarnar la verdad en el escenario; no debe representar, sino vivir. No sé si me comprende, señor...

—Supongo que sí —repuso mi padre—. La actuación tiene que buscar la

sinceridad antes que una vanidosa experiencia anclada en la ovación fácil y por eso el actor debe crear un estado emocional adecuado a su papel.

—Para ser sólo un periodista, usted intuye muy bien de qué estoy hablando.

Ahora quisiera añadir que hasta la fecha nadie ha reparado en una falla importante en el método. Estoy convencida de la eficacia del caos emocional como medio para ejercer una atracción succionante hacia el orden teatral necesario. La magia y los rituales más antiguos demuestran que el arte occidental repudia todo lo que sea ambiguo e inapresable por el intelecto razonante, cuando en realidad esos dos términos nos remiten al origen de la poesía, del erotismo y, por supuesto, del teatro. Hollywood es una máscara de chicle endulzada con hipocresía. El misterio ha desaparecido. La magia y el sexo abierto repugnan fuera de cámara porque no reditúan lo suficiente. Todo el mundo quiere dictar las leyes del circo sin conocer siquiera las tres pistas primordiales: la vida, la pasión y el espejo.

—¿Y la máscara?

—¡Ah, la máscara! Anoche, después de una filmación muy difícil, asistí con John

Wayne a una fiesta y ahí, ya con unos tragos de por medio, mis compañeros actores 37


empezaron a ponerse máscaras exóticas y grotescas. Yo solamente hice el gesto, pero no me puse ninguna de las que me ofrecían. Les dije: “La mía es transparente, fíjense bien y verán que llevo la máscara de Venus”. Por las expresiones de mis compañeros supe que yo irradiaba un halo de juventud y sensualidad, de entusiasmo y serenidad activa, de control y arrebato gozoso a un tiempo. Me preguntaron entonces cómo había podido alcanzar ese estado de gracia con el solo acto de calarme una máscara transparente. Les contesté: “Detrás de la máscara hay una fuente, debajo de la fuente está escondida una roca de la que manan estrellas, y más allá de las estrellas hay un pasaje secreto que conduce a mí misma. Fui elegida para vencer los poderes de la falsa máscara abriéndome paso entre una muchedumbre de espejos. La he vencido y ahora no soy más que esta capa de aire a merced de un infinito emocional tan antiguo como la historia. Hace 5 mil años nací simultáneamente en el Valle del Indo, en Luxor y en Dazu. Mi tiempo corre de adelante hacia atrás. Nunca seré vieja, pero mi primer vagido se escuchará en los escenarios mentales por el resto de los siglos”. Por supuesto, ellos se atacaron de risa, unos por lo que había dicho, otros por mi actuación exagerada y juguetona. “Además de puta, se habrá vuelto loca” —se decían por lo bajo.

—¿Y qué esperaba usted en realidad? —preguntó mi padre, ansioso de conocer

la respuesta de la diva. 38

—Que todos se pusieran máscaras transparentes, naturalmente, pero el método


de Stanislavski no puede sacar agua de las piedras ni convertir en estrellas a todos los actores y actrices del mundo. Lo que Natura non da, Salamanca non presta. Mis amoríos con una centena de hombres han sido mi mejor escuela. De ellos y con ellos he aprendido que la locura no es sino el miedo a la muerte que sigue al orgasmo, lo cual nadie me perdona ahora, pero ya veremos en unos cincuenta años, cuando la gran Clara Bow se convierta en arquetipo de la liberación femenina. Ya veremos, señor de la prensa.

Mi padre, un humilde y conservador periodista de extracción católica, se tiró a

los pies de la diva y enloqueció con ella en la ciénaga de una pasión desenfrenada que lo hizo abandonar a mi madre y a mis ocho hermanos.

Sus máscaras transparentes penden ahora en una de las paredes de mi

departamento en Sunset Boulevard, donde conservo la única fotografía en que aparecen juntos, abrazándose desnudos, sonriendo socarronamente hacia la cámara Rolleiflex TLR de Gregg Toland, fotógrafo de Cumbres borrascosas.

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Merluza a la reina Isabel

LA ENJUNDIA APLICADA CON PERICIA POR MI ESPOSA Elena en la preparación de aquel pescado no me hizo sospechar ni remotamente que transformaría nuestras vidas de manera tan inesperada como radical. Yo había sacado una hoja de afeitar que de sólo verla cortaba las pupilas. Los ajos eran reales, como real era la mesa con el mantel a cuadros y la tablita sobre la que me inclinaba para ir sacando las delgadas laminillas de las “barcas egipcias”, como llamábamos a esos deliciosos condimentos blancos en forma de bulbos femeninos muy antiguos. Deben haber sido a lo sumo unos cinco ajos (liliáceas, pensé para mis adentros) los que convertí en base del guiso prodigioso: Merluza a la Reina Isabel, que preparamos con vino blanco, pimienta verde, alcaparras, jugo de zanahoria, unas gotas de lima, cebollitas de Cambray, salseada con un respiro de hoja santa, dos arrullos de laurel, trozos de intuición marinera y una pizca de albahaca, todo ello metido al horno tras apenas una volcadura en fina sal de la laguna de Coyuca.

A mitad del procedimiento culinario, Elena me preguntó, sabia y precavida como

siempre, si no se nos habría pasado la mano de ajo. ¡Na!, le contesté simplemente. 40


El consumo de aquel encantamiento, pues no hay otra forma de describirlo,

nos produjo un placer extático, digo yo. La aridez del vino, la vivaz conversación sobre nuestros asuntos cotidianos y todo el prejuicio dejado a la vera de la noche, nos condujeron a la cama, donde, como es sabido, la digestión de las parejas bien avenidas culmina en situaciones promisorias, sabe usted.

Y así fue, salvo que en esta ocasión los largos abrazos, las trombas suaves del

erotismo acumulado a lo largo de la cena, las miradas sin caducidad, los besos abajeños y el sueño culminatorio no desembocaron en la rutina de siempre, sino que obró el platillo su magia. Serían las cuatro de la mañana cuando de pronto, sin prefacios, le dije a mi mujer, que ya roncaba: “oye nena, creo que me estoy volviendo español”. El cuarto estaba casi totalmente a oscuras, pero mi sensación era tan vívida que insistí hasta despertarla, así fuera a medias.

—Es el vino, Pepillo —dijo entre poderosos eructos a ajo—, estás un poco borracho.

—Pues no —le contesté—, si apenas lo he probado, ¡coño!, te digo que me está

saliendo una boina en la cabeza, mira, toca, pon tu mano aquí.

—Ay Pepillo, no me hagas tocarte la cabeza otra vez, que no me dejas dormir y

estoy muerta.

—¿Y las alpargatas en los pies, qué?

—Tú nunca has usado alpargatas, sino zapatos Canadá.

—¿Y las que traigo puestas? ¡Jolines! —repuse furioso. 41


—Serán tus chanclas. Te dormiste con las pantuflas puestas. Ya te ha sucedido antes.

Por pudor o miedo al qué dirán he tratado de omitir hasta este punto el hecho

de que mi nombre no es José ni nadie nunca antes me había llamado Pepillo.

Me llamo Cuauhtémoc Ixtlilxóchitl Ramírez. Nací en Tlaxcala en 1977. Pero es

mejor que los hechos hablen por sí mismos. No pude contenerme y en la oscuridad que nos rodeaba le reclamé a mi mujer:

—¡Pero es que me has llamado Pepillo!

—Ahora resulta que niegas tu identidad. ¡Vive Dios! —quiso arrinconarme.

—¿Y tú quién eres, la Pilarica? —traté de ironizar.

—Pues claro, macho, tu pícara Pilarica, por supuesto.

—No estoy bromeando. ¡Te digo que me estoy volviendo español! Encenderé la

luz para que lo compruebes.

El vaho e los ajos invadía la recámara y se convertía en un flujo envolvente de piso

a techo y de pared a pared. Toqué mi cuerpo con cierto temor. Y sí, con el tacto constaté que me hallaba ataviado con el más fino traje andaluz, de esos que suelen ponerse los campesinos de Cádiz para acudir a los grandes festejos de la Virgen del Rocío.

No encendí la lámpara, ya para qué. Entre sombras ambivalentes miré los ojos

satisfechos y dulces de mi mujer, que lucía una mantilla color azul Picasso con ribetes de oro y una peineta de carey entre la negra mata de la cabellera. Sentí un vago estertor en las manos. ¡Castañuelas! —exclamé horrorizado. 42


Al amanecer, abrí todas las ventanas del cuarto para dejar escapar aquel insidioso

olor y nuestras antiguas identidades. Me hallaba hincado dando gracias a la vida por aquel oportuno despertar, cuando advertí la presencia de dos pasaportes españoles que yacían sobre la cama, con nuestros generales (nombres completos, fecha de nacimiento, estatura, color de los ojos, ocupación, etc.) y fotografías en las que, pese a la precisión de los datos, no pudimos reconocernos.

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Neovanguardias

CURIOSA, LA PUESTA EN ESCENA QUE PRESENCIÉ ANOCHE. El actor que hacía de príncipe, barritaba como solamente los elefantes heridos suelen hacerlo. La diva principal, que debía representar a una reina desenvuelta y autoritaria, se mantuvo escondida dentro de un enorme carapacho de tortuga y sólo asomó la cabeza para decir “!basta!” cuando los otros intérpretes se quedaban callados por haber olvidado sus parlamentos. El gran Titán wagneriano de la obra era un enano sobre los hombros de otros dos más pequeños. El que debía entrar y preguntar simplemente ¿Su Majestad desea el café con azúcar o con miel?, gritó “la olla del café se derramó sobre la crema pastelera, ¡me largo ahora mismo!”.

Al terminar el primer acto, todo el elenco se puso a aplaudir hacia el público, y

éste replicó cantando a coro, perfectamente entonado, la Oda a la Alegría.

Yo esperé eternidades a que iniciara el segundo acto, pero al advertir que se

repetía ad infinitum la voz que anunciaba la “primera llamada, primera, primera llamada”, cogí mi lámpara maravillosa, la froté enérgicamente con mi pañuelo y salí del teatro volando sobre una mariposa que me llevó a su santuario para explicarme qué significa la palabra “dramaturgia”. 44


El trapo

DE LOS TRAPOS USADOS EN LA CASA FAMILIAR recuerdo sobre todo uno al que mi madre prodigaba cuidados especiales por ser el único destinado a secar la vajilla de la abuela, aquella vajilla azul marca Thomas y comprada en Viena, que aparecía sólo en los grandes festejos y banquetes de nuestra urbanidad clasemedia. Ese trapo se hizo famoso por la costumbre de esconderse cuando más se le necesitaba, que era generalmente cuando alguien iba a morir. Habiendo en la cocina no menos de veinte trapos similares o idénticos, mi madre gritaba de repente ¿pero dónde quedó El Trapo? Como si al decirlo todos debiéramos entender de inmediato que se trataba de un utensilio único en el mundo, un tesoro incalculable, una tela celestial con poderes suficientes para hacer caer maldiciones sin fin sobre nosotros si no se le hallaba pronto. Al urgente clamor de mamá todos respondíamos con un silencio embarazoso como salido de las profundidades de una cueva de bandidos. Y aunque en el ámbito aromatizado por los digestivos y cigarros de los señores se podía detectar un cierto aire de nerviosismo y culpabilidad colectiva en cierne, en realidad nadie sabía a ciencia cierta dónde había ido a parar el trapo sigiloso. Remotamente intuíamos que podía estar guardado en algún cajoncillo o en el cuarto de lavado entre montones de 45


ropa limpia lista para ser entregada a los ardores concupiscentes de la plancha. Lo cierto es que las apariciones y desapariciones del trapo llegaron a convertirse en un mal sueño para los que queríamos huir de los ágapes familiares antes de los postres. Mi hermanita Adela, por ejemplo, fingía padecer una súbita jaqueca y se levantaba de la mesa en cuanto había consumido su último bocado del guiso final, justamente antes de que se sirvieran las gelatinas de leche, las torrejas y el pastel de maíz. Por mi parte, en consideración a mi laboriosa madre, dejaba que las cosas fluyeran sobre la pendiente de la pérdida hasta no escuchar su pregunta: “¿pero dónde está el trapo?” Por eso un buen día decidí ir al centro de la ciudad a comprar una buena cantidad de trapos idénticos al trapo de marras. Los busqué en la calle de Correo Mayor, en una tienda a la que llevé, por pragmáticas razones, el original. Se lo mostré a la dependienta y ella me dijo con semblante escéptico que ese tipo de textiles se había dejado de producir hacía siglos, “por allá cuando la emperatriz Carlota abandonó México en estado maltrecho y delirante”. Me corroía la curiosidad por saber cómo había podido durar en tan buen estado el trapo que le tendí y que me devolvió con un gesto amable, doblándolo cuidadosamente. Salí a la calle en busca de otros comercios en los que vendieran enseres de cocina, pero en todos me dijeron lo mismo o nada. En cuanto les mostraba el trapo, las miradas de las dependientas se convertían en una telaraña de sonrisas y guiños indescifrables que sin embargo delataban un interés profundo en la materia. Lo acariciaban con ternura, lo miraban a contraluz, lo 46


tendían sobre el mostrador para calcular su tamaño y sentir su textura. “De éstos ya no hay ahora”, me espetó la ancianísima dueña de la última tienda a la que acudí, “fue a principios de 1904 que puse a la venta el último, cuando una gran señora de copete alto llegó pidiéndome el mejor trapo de cocina que hubiese disponible para secar su vajilla alemana”.

Supe entonces que aquel trapo tenía una historia que se remontaba al tiempo en

que la abuela vivía sus mejores años. Entendí la devoción con que mi madre lo cuidaba y lo mimaba como a persona o a reliquia invaluables. Al regresar a casa, lo primero que ella dijo fue: ¿pero dónde está el trapo? Con orgullo fui sacando todos los trapos que compré en el centro de la ciudad, pero el grande, el gran trapo historiado había desaparecido. Esa noche mi madre murió, sofocada entre sus almohadas y clamando, no por sus joyas y vestidos de seda, ni por sus hijos y nietos, sino por aquel textil específico, sólo en apariencia anodino y corriente.

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Primera consulta Para Ana García Bergua

Sonriendo, la doctora me dijo “empiece por donde quiera y diga lo primero que le venga a la mente con toda libertad, Florentino”. Y cómo no, si me encanta platicar; por eso agarré y sin remilgos empecé por donde quise y luego seguí y seguí hasta que me cansé de la parla y la agarré de las orejas. Antes le dije:

Anoche guaché agudo cuando un gallo todo píldoro y hasta atrás de beodo o

las duques apareció en la escena rascándose la choya con las uñas prietas hasta quedar con los mechones desperdigados; el güey iba calado en mallas blancas del pescuezo a las canillas y encima llevaba un tacuche negro con clavel en la solapa, cacles de dos colores, el muy payaso. Pensé, está a michas entre Cantinflas y el presidente. Entonces empezó a chacharear mientras trataba de engatuzarnos con unos pases de magia medio atolondrados. Primero sacó un conejo a medio morir de un sombrero del año del caldo y luego se jamó una docena de pelotas de tenis enteritas. Todo dizque para divertirnos a los tres o cuatro changos que habíamos soltado los morlacos de rigor a la taquillera, una güerita pechugona que me sonrió con los oclayos así nomás, por eso le di mastuerzo a la salida rebanándole el cogotillo con la navaja de botón que me 48


compré en Tepis y que escondía entre mis libros vaqueros. Y sí, doctorcita, reconozco que puedo estar bien chalado y que por eso me trujeron aquí, pero la sonrisa de una mujer me trai de nuevo la razón como la voz que iluminó al profeta.

Lo que son las cosas, ya no me acuerdo bien a bien cómo me deslicé en eso

de la magia. Mi jefecita siempre me decía: “escuincle tarugo, tú naciste pa´ ser el Carlos Eslíng de la familia; órale Florentino, ya deja esa zoncera de tus juegos mágicos y ponte a trabajar en algo que deje, chacho cabrón”. Pero me apañaba la puerca debilidad por lo obscuro y misterioso de todas las cosas. Vea usté, cuando era muy chavo me pasaba horas tratando de entender por qué los personajes de la telera no me respondían cuando los interpelaba, y su callamiento me parecía un desgaire grueso. Entonces desarmaba la chuncha con las uñas y los dientes y los buscaba entre los bulbos y los cables, lo que me costó canijas madrizas al por mayor, porque como podrá usté imaginar, doctorcita, mi jefa estaba himnotizada con las novelas que pasaban entonces por el canal de las estrellas. Según ella, yo descuajaringaba la paz hogareña simbolizada por el aparato aquel en blanco y negro. Por eso nunca llegué a ser, si no un mago, ya de menos un locutor de relumbre. Por eso… y por los alucines, chale, pero esos llegaron después de meterle macizo a la piedra y a las tachas.

Los magos de las fiestas eran bien chidos, sobre todo si llevaban canutos

amaistrados de esos que saltan entre ruedas de lumbre cuando se les dice. Me acuerdo que había uno negro que en un cumpleaños infantil se atoró en la rueda de lumbre y 49


quedó rostizado al pastor. Yo tenía tanta hambre, que se me antojó, la neta de Saturno. Mi jefe dijo que el mago ese era tan pobretón que se lo comería en tacos con cilantro y harta salsa borracha. Yo me cagué de la risa, pero no dije ni sí ni no, pa’ no meterme en broncas. Lo que sí le cuento es que jalaban mi atención las ayudantes de un mago que para esto dizque llamaban Rupert, que había llegado a la capirucha de Mexicalpán de las tunas con un circo gitano y se quedó por acámbaro. Una vez a una de ellas, chilanga de lejos y cubana ya más por acá de cercas, en medio del numerito en el que había niños, papás y abuelitos, se le salió decir “¡Chingada madre, pinche Rupert, ya me rasgastes las medias con tu varita mágica, pendejo!”. Estaba encabronadísima porque en la noche fichaba en un antro y no le quedaba otro par de medias pa’ atorarle al talón. Entonces yo, que estaba medio aplatanado en una sillita en primera fila hasta mero enfrente, sentí un calor muy colorado en las orejas, un hervor que nada tenía que ver con la situación de la chava de las medias rotas sino con el hecho de oírla decir malas palabras con esa voz que prendía en mí un chingo de fantasías por sus piernas entornadas debajo de la minifalda y sus chichis como melones vivos. Así decía mi jefa, “malas palabras” o “peladeces” y a mí me lavaba el hocico con jabón Zote si se me escapaba alguna, pero me valía madres, porque me guardaba las más espesas para las grandes ocasiones, como las bodas de mis buenísimas primas o la pachanga de graduación de alguno de mis carnales. Para muestra, un botón, va usté a creer. Un día voy caminando por la calle con mi jefecita llevándome de la mano, cuando nos topamos con nuestro vecino el obispo. Entonces, agarro y le 50


digo: “¿por qué te vistes de vieja, no te da vergüenza, puto?” Yo no tenía entonces ni diez años, pero había aprendido muchas de esas quesque palabrotas en la calle, donde salía en las tardes a echar la cascarita con mis meros chómpiras. Ahí sí que se decía la neta y se despotricaba a placer. Seguro que usté ya se las sabe todas, aunque no las diga enfrente de sus pacientes ni de sus hijos… ¿Tiene hijos?

Cuando cumplí los 18 años, con la marmaja que ganaba como el más ratonero

chícharo en una oficina de contadores púbicos, compraba en abonos todos los libros que podía sobre magia que pudieran darme cachete entre los cuais de mi banda. En uno de esos aprendí a desaparecer bicicletas en el parque México. En el Tratado de magia y alquimia, del poblano Agustín Jaramillo, pude fildear la forma de encaramar espíritus nefastos en el físico de mis enemigos, aunque el único resultado efectivo fue que uno se convirtiera en custodio del Reclusorio Norte.

Luego leí a trancos a la maga china Chang-Chu-Yo; allí vine a pelar que hay una

piedra de mil colores capaz de mover montañas usando la energía de las orugas que aparecen en verano al suroeste de la Gran Muralla. Claro que todo eso era solamente un comienzo medio pendejo, tarugadas al lado de los chanchos tratados que descubrí después en la antigua Biblioteca de Medicina. Mire y vea, en la página 340 del tomo V del Manual de flores y raíces poderosas encontré una chingonometría: cómo cambiar el color de las orquídeas con la mirada, ¡ahi nomás güey! También recuerdo que una tarde de marzo, sorprendí al bibliotecario Marcel Rivotril, de la Biblioteca Palafoxiana, 51


tragándose unas páginas del Tratado de mentiras e ilusiones oculares, según esto escrito por los maloras por el prestidigitador Nino Ricci, famoso por sus chambones alegatos contra Chenkai, al que acusaba de haberle birlado el amor de su madre en una sesión de alquimia etílica en que convirtieron leche en ron y viceversa. En ese libro se fildea la caída del imperio gringo a manos de un político que monta un acto de magia en Florida. En todas partes se cuecen habas, doctorcita, ¿quesque no? Órale, al chico rato di con el más chido de todos los magos, Fígaro Pontenegro, profe de historia medieval en la ubersidá de Tlaxcala. Una noche lo acompañé hasta una cueva en Milpa Alta donde encontramos la última página del famoso mamotreto Magicata Mortis, de hace añales, asegún el pinche Fígaro culeid. Ahí me leyó en voz alta, a la luz de unas lámparas medio desconchinfladas, las palabras que ahora se me revuelven un poco en la mentalidad, pero que iban más o menos así:

“El aspirante a mago deberá hincarse frente a una imagen de la Coatlicue y vomitar

una frankfurter con papas y col agria sobre La Torah. Jurará fidelidad a las huestes del mago mayor Federico Madero y sacrificará una chiva unicornia alzando los brazos hacia la bóveda celeste. Todo se llevará a cabo con gran solegnidad. ¡Y guay de aquel que utilice salchicha de pavo en este ritual!”

—¿No le aburre que le cuente estas cosas, doctora?

—Para nada, todo me parece muy interesante, continúe señor Florentino”,

respondió ella con una sonrisita descarrilada. 52


Pus luego la magia y las mentadas dejaron de interesarme. Es como cuando

uno le pierde el gusto a un chapaloteo sexual de las de acá, repetido tantas veces que ya se chingó su efecto en el cuerpo y en la choya, que es lo más importante según. O como cuando la vecina se encuera a propósito para que la veas todas las noches por una ventana que ella sabe y uno sabe. Después del décimo escriptís empiezas a preguntarte si tu noviecita santa no estará más buena que la vecina, que no se ha dado cuenta de que su exhibicionismo la calienta más a ella que al que la guacha. No, doctorcita, la magia hoy está en otra parte, donde menos se espera que salte la pinche liebre. Se la pongo así: ahora la magia está en los libros de autoayuda y los betselers. ¿Usté ha leído El código Da Vinci? ¿Pus ora qué viene dando el tal Vinci? ¿Conoce La Inteligencia Emocional? Órale, pues entonces ya fildeó lo qué le estoy parlando. ¿A poco no es increíble enterarse de que la Magdalena fue la heredera de nuestro Señor Jesucristo, pero que la Iglesia Católica se achacaló hasta birlarle su lugar por ser una hembra. Bueno, ya chale con los libracos que medio leo y medio cacho, no es mi terreno. Y hablando de terrenos, mi tío El Güero está vendiendo uno en Iztapalapa. ¿Le interesa? Él es tan petardista que no ha querido darle el precio a nadie hasta que no le firmen las escrituras, ¿va usté a creer?... Y pues así hay varios en mi familia, misteriosos y pendejos, como los policías chinos de la época de Chankaichec. Imagínese que cuando ese tío trabajaba para el servicio secreto del ejército, hace un titipuchal de años, su chamba era enviar mensajes cifrados para 53


que sólo sus superiores pudieran saber lo que realmente estaba queriendo decirles. Al leer su autobiografía (ilustrada con dibujos pornográficos de su gran amigo El Piporro) encontré algunos de los mensajes que envió al Estado Mayor durante la Segunda Guerra Mundial. Le voy a leer los que me parecen más chidos, y no se burle de mi tío, trate de comprenderlo, dadas las cabronas situaciones en que andaba metido por esos ayeres.

1.

Alerta. Desertó Cleto en compañía del ministro sin cartera. Revisen a fondo el

clóset de la enana.

2.

Disimulen hasta que llegue el refrigerio. Nada de permisos especiales para

atender el asunto del Jamón Serrano, toda vez que éste es un perfecto desconocido.

3.

Reduzcan la velocidad a ocho nudos y apaguen la estufa de Chole. Cuando

canten los loros, la situación quedará controlada.

4.

Solicito instrucciones precisas para aletear en la jaula del canario. Por piedad,

no me pidan leer otra vez el Manual del Vuelo Rasante.

5.

El hombre de negro no lleva el clavel en la solapa. Repito: no lleva el clavel en la

solapa. Todos precavidos. Puede tratarse de una situación equis. 54


6.

Atentos todos los optimistas de la zona B. La Pepa no debía culebrear frente a

la estatua del patrón, pero la vida es impredecible.

7.

El bombón de Don Vito presenta signos de anorexia y ya estoy harto de

tantas fantasías. Envíen un correo aclarando el punto. Por cierto, ¿cuándo pagan las quincenas atrasadas?

9.

Procuren no hacer ruido cuando entren al cuarto de la sospechosa, ya saben que

le afecta mucho la banda ancha.

10. Comunicado especial. El flatulento estado de La Güerita Zapata no deberá debilitar nuestro esprit de corps.

11. El Riguroso manda que el payaso adelgace sin demora. Preparen una buena ensalada de metáforas con mucho ajo para acelerar el proceso.

12. Desconocida caucásica de unos 34 años y medio arribó a las 5:09:50 sin perforar la red.

13. En el circo todos preguntan si por fin rugirá el tigre. El payaso no quiere comer.

55


14. Por fin cantó Beto el mudo. Nada de miramientos. Preparen el mole negro y el cilindro con el mono Fito. Verifiquen el estatus de Cromañón.

16. Atendiendo a sus instrucciones, freí los ojos de la palurda y remojé el rollo de nuez en la sangre del buitre. ¿Cuál es el paso siguiente?

17. Los subordinados me quieren linchar “por violentar la Ética a Nicomaco”.

18. Entiendo perfectamente. Procedo a lavar los platos rotos y a bolearle los zapatos al cocinero.

19. Se me reventó el Alvin Toffler en plena cara. No veo nada y el tiempo vuela. Inútil sincronizar los relojes de arena. Maduren.

20. Traigo la cruz de mi parroquia entre pecho y espalda. Solicito a esa Superioridad apacigüe las fuerzas del destino.

La neta, doctorcita, es que ya nadie podía entender sus “mensajes chiflados” —como

decía uno de sus superiores— y al tío se le olvidaba lo que había querido decir. El único que hubiera podido saberlo era un medio hermano suyo llamado Hugo, que 56


conocía a fondo los secretos del oficio de encriptador, así se dice ¿no, guapa? Pero Hugo ni madres que dio las claves si no le daban una feria y todo quedó en esos decires choriceros.

Otro personaje chido es Regino, un primo mío muy aficionado al box, que

escribió un poema titulado Monólogo del Ratón Macías, fildeado por José Luis Martínez para su Antología de poetas aldeanos del mundo. Mire, aquí lo tengo.

clang clang primer round golpe arriba chas golpe abajo pum —midiéndolo ya vas que chutas pim pum chas gancho al hígado y suin al aire chas cuas pim pum pam yab a la mandíbula …ándale vida, hazme triunfar —opercot y chas pim pum pam— …que en el barrio me espera la chamaca más buena de este mundo… concéntrate campeón ¿quién dijo que la cerveza es Corona? 57


nomás te me distraigas mono amarillo pim pam y chas pum cuas a fondo clang —me salvó la campana— no la riegues pendejo dale duro clang clang y último round órale Halimi va mi resto ¡ay güey! pim pum pam zzzuuuooop me cai que está cabrón el chale ¡Qué oscuridad, virgencita!

Mi jefe me dijo que esa poesía fue seleccionada también por un tal José Luis

Borges para su Antología de bravura y desamparo con ilustraciones de Charo Melosa, cuando el che todavía fildeaba algunas luces y visitó por primera vez la arena Coliseo para guachar la pelea del siglo entre el Pájaro Mesmerizado y Rubi Argumento o Argumedo, ya no retengo, apodado “Perfectito”, un argentino al que asegún le hacía agua la canoa. Mi jefe me contó que el Borges ese estudió al detalle los movimientos del mexicano para ofrecerle a su compatriota, en una cantina llamada El Nivel, una táctica para triunfar en el agarrón. El yab sería su arma secreta y el gancho al hígado, la puntilla. Pero “Perfectito” no peló los consejos que le daba el otro che: prefirió seguir sus pinches corazonadas y empezó a recitar unos versos dulzones al oído del 58


fajador sinaloense. Ganó la pelea, pero los jueces le arrebataron el triunfo alegando que no tiró ni un solo golpe, sólo besos, durante todo el combate. Yo digo que el que gana, gana. Como mi amigo Fito, que ganó un torneo de ajedrez por Internet contra sí mismo. O como el suegro de mi vecina, que se voló la tapa de los sesos para enseñarle a su vieja que era superior a Miguel Aceves Mejía, lo que demostró chingonométricamente de esa manera, ¿quesque no?

Para terminar la historia de mi tío El Güero, le cuento que ya jubilado se dedica a

dibujar loterías y a escribir poesías muy séntidas. En el caso de la casilla de El Valiente, hizo decir al famoso personaje:

Bebí el rencor hasta la última gota. Hundí el puñal del odio en mi madre hasta dolerme el puño. Alguien debió cerrar mis ojos cuando la caja de mis efectos personales perfumaba con agave mis despojos.

Aunque me gustan mucho los versos, leo poco, pero siempre he pensado que

eso que la raza llama mala poesía tiene algo de bueno y es que aliviana el rollo entre los humanos, igual que la comunión entre hombres y perros, hombres y cocodrilos 59


y plantas y todo eso, digo yo, pa’ no irme hasta las estrellas, pues. Y, a güevo, la más importante es la comunicación entre machos y hembras, porque de eso depende toditita la balanza. Sí, doctorcita, el mundo, con todo y sus einstenes, lurias y magos de aguachirle, con todo y sus reyes y reinas, presidentes y ministros, califas, sultanes, cha-cha-chás, lincenciados y contadores, culeros y pirujas, politichous y politimientos. Yo, por ejemplo, con mi vieja llevo una relación chida porque hacemos cada uno lo que se nos pega la puta gana. Ella duerme en nuestro departamento o en casa de sus amigos y yo hago lo mismo con las colipoterras que voy conociendo. Ella chismea de mis vicios y puñetas y yo también de sus jijeces con mis cuadernos. Ella pasa los fines de semana en Oaxtepec y yo, cuando me dejan salir de aquí, en las montañas del Estado de Guerrero. Ella no se pierde las películas en cartelera y yo leo un libro vaquero todas las noches. Nos reunimos de vez en cuando para fregarnos la vida y hacernos reproches, pero seguimos felizmente casados, eso sí. “Hasta que la muerte los separe” ¿no dice así el sacramento aquel? Eso es lo que yo llamo un matrimonio de-a-de-veras. Para que no crea que me la estoy jalando, le cuento que antes de internarme aquí, nos topamos en el mismo antro, ella con un levantador de pesas y yo con la corista más chula del teatro Blanquita. Lo que le voy a contar puede no ser la pura neta, pero dejo que la imaginación de usté acomplete mi cháchara ahi medio tullida, ¿ya me entiendes? En el vestíbulo de los sanitarios de la cantina “Otra vez la burra al trigo...” nos vimos a los ojos fijamente. 60


Le digo:

Quiubo, ya veo que te la pasas poca madre, perrita de arrabal.

Y ella:

Na, es sólo el eventual de la semana, un fortachón que me ayuda a

subir las petacas al clóset. Y yo:

¿Pues qué no las tenías ya en las nubes desde que te las operaron?

Y ella:

Oye, yo pagué mi lift, no tienes por qué vestar chingando con eso.

¿A poco estás celoso? Y le digo:

¿Celoso yo? ¡A estas alturas del partido! Nuestro matrimonio es

una obra maestra que no cambiaría ni por un boleto gratis para el estadio Azteca en un clásico América-Guadalajara. ¿Estás zafada o qué? Agarra y me dice: Tanto como tu pareja de esta noche, que se colgó el pájaro loco en la cabecita hueca. Y le digo:

Besa bonito y ese sombrero se lo regalé porque hoy cumple veinte

años. ¿No es un bombón? Y ella:

Sí, envenenado. ¿Y a mí cuándo me regalas uno?

Y yo:

¿Ahora estás celosa tú?

Y ella:

Ni maiz. Sólo que pensé que ésta era nuestra noche, ¿recuerdas?

Agarro y le digo: La neta es que se me deslizó el olvido por andar en el chupirul. ¿Por qué no presentamos al bombón y al Charles Atlas y nos vamos tú y yo a bailar y a coger rico como antes.

Y ella: Si me prometes no quedarte dormido en el acto, pué que sí… 61


Salimos del antro después de haber hecho los arreglos entre el bombón y Míster

Músculo. Caminamos unas cuadras y, después de echarnos unos pegues de mi anforita mañanera, de golpe mi vieja empieza a reclamarme por el anillo de compromiso que nunca le compré cuando éramos novios y otros mil pedos pendientes, la renta, las colegiaturas, el teléfono y la luz y así… Luego me dice que deberíamos irnos de juida a Acapulco, lo que me pone los pelos de punta porque la última vez que rolamos juntos gastamos más tiempo en argüendear y mentar madres que visitando playas y ostionerías. Con todo y todo, no voy a quejarme, es una mujerona de upa, apa y yepa, gran cocinera y feminista molotov, me cai. ¡Mire que tener las agallas de hacerme encerrar en este maniquiur es una movida de gente grande! Es mi amorcito corazón, pues. Por eso yo siempre ando guachando el día y la hora en que va a venir a visitarme con nuestros seis chilpayates y mi bendita suegra, que prepara los mejores tamales de conejo de la colonia Algarín… Pero ahora dígame, ¿a usted cómo la trata la vida, güerita? Por su sonrisa fildeo que no le va tan mal.

Ya dije que la agarré de las orejas. Lo que no he dicho es que le planté un besote

en el hociquito colorado antes de sacar la punta. De un tajo la dejé bien tranquila. Todavía le agradezco que me haya escuchado con paciencia todas esas historias de mi mentalidad alebrestada.

62


Un ingeniero

TRAIGO MI CASCO PUESTO Y VOY A REVISAR MI OBRA. Llevo varias semanas pensando en las formas de edificar de sumerios, egipcios y romanos y en la estructura que adoptan las construcciones del día bajo mi impecable dirección. Nunca me gustó el canto ni el crepúsculo pintado rococó... ni la cantina. Excecro el mar atormentado por bardos que se ahogan en un vaso de Peñafiel. Odio el lenguaje vil de los amantes porque he sido uno de ellos. Yo no hago el amor como dicen que hay que hacerlo, mojándose los labios y poniendo cara de dónde estoy. Aquí mi comisión es lo contrario: debo saber qué hacer y cómo hacerlo correctamente. Por supuesto que sufro con mi carácter opaco, tajante y descarnado, con mi lenguaje de números y máquinas. La gente me rehuye o me atosiga con recetas para ser más amable, pero yo sólo soy un ingeniero y no puedo hacer nada para evitar mi rigidez estructural.

Una noche, sin más, me hallaba a punto de hundirme en los brazos de una diosa

cuando de pronto, al desnudarla, le dije: “Estás mejor construida que el Golden Gate Bridge”. Yo lo decía nada más para halagarla, porque los puentes me parecen 63


bonitos, pero ella se vistió y se fue ofendida, “soy una mujer, no un puente, imbécil”.

Ni le doy la razón ni se la niego. Pasado un tiempo lo intenté de nuevo. En una

fiesta libre de ataduras me acerqué a una morena encantadora que me daba el me ves y me alentaba a guiños. “Tu estructura me atrae, eres un túnel perfecto, calculado a precisión por una mente audaz y visionaria” —le solté el piropo a la muchacha. Y ella: “No soy un túnel, soy tu espejo”. Difícil de creer, pero era un cura.

La tercera ocasión fue más intensa y produjo resultados imprevistos. La mujer

de mis sueños se extendía ante mí con las piernas entreabiertas, insinuante, en el sofá. “Dime algo, ingeniero, lo que sientas”. Yo prefería callar, pero ella estaba empeñada en hablar y tender puentes hasta mi corazón acerado y concreto.

—¿Sentir…? —le pregunté como si nada.

—Sí señor, el que no siente no vive, ¿sabes?.

—Pues a mí me gustaría transitar por tus túneles y pasadizos —dije al vuelo.

—¿Te casarás conmigo? —susurró coqueta.

—Resistencia de materiales.

—Amor a secas —precisó confiada—; deseos de revolcarme en tu trascabo, ganas

de ser la grúa que te levante, teodolito que extienda tus miradas, correa de transmisión de tus posturas, boca en tu barreno atemperado.

Hay días en que uno está más predispuesto a abandonar todo plan establecido.

Yo, que sólo iba a revisar mi obra, me desvié de mi rutina para encontrarla. Al ver que 64


nuestros cuerpos engranaban, nos casamos al pie de una gran presa construida con base en mis cรกlculos. Odio el lenguaje vil de los amantes porque he sido uno de ellos.

65


Tiempo real

HE ESPERADO LA HORA DESDE EL SURGIMIENTO DEL LENGUAJE hasta hace un instante, cuando empecé a pensar en el tiempo que me falta para morir. Me siento en el balcón y miro el reloj del cielo. Constato que son las 6:00:00 y sin sentirlo casi las 6:00:08 y de pronto las 6:00:12, que tampoco se quedan porque al punto ya dan las 6:00:17 cuando el gato Mirón hace presa de un pato y una ola revienta contra el acantilado esparciendo su espuma sobre el banco de arena, patria inestable de burbujas que a las 6:00:29 reculan, son resaca renovando su fuerza y en el cielo aparece puntual un lucero y mis ojos se anegan y me impiden mirar la carátula inquieta de mi reloj de pulso, aunque lo sé de cierto, deben ser cuando más las 6:00:59 porque nunca he llorado ni a las 6:00:58 ni a las 6:01:00. Entonces lo increpo: “detente cabrón loco”, pero el reloj me ignora y el tiempo se desboca como un mulo negro espantado a mitad de la niebla, con las crines erizas y los ojos en pena por sólo haber llegado a las 6:01:27 sin recordar el rumbo que llevaba.

Con papel y un lápiz le daré caza al nunca-siempre, al segundero de ágiles

brazadas y al minutero, esa espada triste y flaca que sin notarlo mata. Estoy en ese 66


acoso cuando aflojo mi concentración para aplastar un bicho. Mi distracción me cuesta y el alacrán escapa entre mis viejos libros atareados por el viento.

En el aire hay un silencio especular. Me concentro de nuevo. Ya veo el reloj

claramente: son las 6:03:11 y el arácnido horrendo (como para él mi aspecto) ha logrado salvarse de mi golpe letal. Entonces un murciélago cegatón y solemne pasa frente a mi vista; lo sigo sin recabar sus datos hasta que se disuelve en su especie, su noche, su ensalada roja.

A las 6:15:01 doy sustancia al texto o lo que quiere ser contado y no tan sólo

safari verbal, cacería de instantes esparcidos. A lo lejos, las notas de una guitarra me animan a hablar. Doy un sorbo a la tarde y me digo: “déjala ir”.

Los astros se insinúan desde mis 6:19:22 que arriba podrían ser las horas del

Origen o las del Fin-del-Mundo. Me meso la barba y siento al mismo tiempo miedo y pena por el arácnido rubio que me burla. Me vuelvo a distraer pensando: ¿qué culpa tiene el pobre bicho de ser un alacrán artero?

Avanzo, luego compito, con esas manecillas que ahora me estremecen al dar las

6:21:34, y ya no mucho más, porque llegan las 6:22:18 y yo aún siento una congoja tonta, un poco por el bicho y otro por el tiempo que he perdido observando su estilo.

A las 6:25:47 escribo a toda prisa este río de palabras tratando de ganarle la

carrera al reloj del cielo. Inútil, me dirán, compites en desventaja, eres mortal. Pero si escribo automáticamente “un barco delgadito con nariz de victoria, calavera de vidrio 67


dentro de mi equipaje, duelo de dos puñales en el puente colgante, huracán arrasando las playas de La Tortuga, la risa anaranjada de una monja sin hábitos al sentir en el pubis la lengua escaldada de mi deseo, la luna escarlata del 20 de septiembre del año 2003, un poema de Campos concebido en Mixcoac y ejecutado en Viena, una niña que llora extendiendo los brazos hacia mí sin ser mi hija, las peras de una virgen en la corte del Kahn, los ojos de una lincesa saboreando mis partes, el tren descarrilado en que perdí a mi padre, el polvo del camino rumbo a Real de Catorce, las alas de las falenas aleteando en un bar bajo el foco agresivo de la policía imperial, diez colillas de espera frente a la Gare du Nord, el lago de Ginebra en compañía de Jane Hardy (el brevísimo lapso que duró mi antipatía por ella), la cerradura indiscreta por la que puedo ver mi cadáver risueño suspendido en el aire, habré ganado.

El tiempo no podría dar alcance a ese delirante caos verbal. Son ya las 6:48:55.

La escritura está fresca en el papel que desempeño en esta persecución. Las olas se agigantan. El corazón me estorba. Y entonces otro instante irrumpe, y dan las 6:55:24. El campanero tañe. El gato no tarda en advertir el hecho (el pato es ya sólo un recuerdo pegado a su paladar). Hierve la olla narrativa en el fogón del tiempo. Brinda la noche al cuerpo su afán sin fin por fluir, cerrar el día sin rostros, voces, recuerdos que revientan contra un muro de estrellas. En la arena, unos niños desamparados inhalan solventes al pie de un buque desahuciado cuando son ya las 6:29:38. Llegan hasta mí recuerdos que fueron antes cimas inalcanzables, montañas de papel y tinta 68


sin sentido, economías del miedo envueltas en celulosa, incontables civilizaciones, doscientas mil culturas, millones de faros girando puntualmente a mi alrededor, luces de las ciudades naciendo y por nacer.

El alacrán reaparece. Dominamos el terror que sentimos el uno por el otro.

Agita las tenazas; su cola me hace señas urgentes para que mire el reloj. Si lo hago me pica y si no miro me pierdo el momento preciso en que dan las 6:59:59. Un lapso de duda se congela en mi pecho. Detengo la escritura. El instante esperado clava su rubio aguijón en mi vida presurosa.

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Una conferencia del doctor Malesherbes

MUY BUENAS NOCHES A TODOS MIS COLEGAS de la Sociedad Albertina de Viena. Ser uno mismo, pero al cuadrado, es un don del que muy pocos pueden disfrutar sin sentir algo de pena por los seres plena y planamente unitarios, los unidimensionales, vaya. Ello se explica por la ventaja comparativa que consiste en no tener más que un solo carácter y no uno multiplicado por sí mismo. Me valdré de un ejemplo. Mi paciente Victoria, que es bipolar, se elevó al cuadrado cuando su novio le confesó que era bisexual. Ahora, por la mañana lee la Biblia a los pobres en un parque; al mediodía realiza una rutina desnudista en un bar; a las 5 en punto de la tarde empieza su clase de charango y a partir de las 10 recibe en su departamento a su novio con la pareja que éste haya elegido durante su vagancia por la ciudad, pues está desempleado desde hace más de un año. Puede tratarse de una chica, de un muchacho o de ambas cosas, todo depende de la pesca del día. Para Victoria este tren de vida es agobiante y ello se refleja tanto en su rostro demacrado como en los diferentes maquillajes y 70


atuendos que utiliza para cada una de sus actividades. Pero eso es lo de menos. Lo importante es que su estado de ánimo y actitud cambian cuatro veces al día, y no dos como solía sucederle antes de elevarse al cuadrado. Por eso vino a verme a la clínica en la que me especializo en elevar a las personas al cubo, en especial aquellas que partiendo de una bipolaridad congénita, entran en una espiral numérica crispante y aporística, por decir lo menos. ¿Que cómo lo hago? Pues bien, mi método es un poco difícil de explicar, pero haré lo posible por simplificárselo a ustedes.

Desde luego, lo primero es hacer una evaluación del paciente, que debe contestar

un cuestionario básico, no sin antes aclarar que me ha llevado una vida conducir mi objetivo científico hasta la altura en que se encuentra hoy, reconocido como estoy por ello al profesor Lisandro Palniño, notable portugués que tradujo las obras completas de Carlos Yunk y sembró en mi mente el deseo de superarme día tras día en busca de la verdad sobre los desdoblamientos del alma humana y sus posibles escaramuzas con el alter ego a la tercera potencia.

El cuestionario debe aplicarse después de una larga conversación sobre la

Santísima Trinidad, el enroque del rey con la torre, o bien guardando un silencio absoluto que rompa el hielo entre el científico y el paciente, que aquí llamaré “el prospecto”. El folleto que les están repartiendo en este momento mis edecanes reproduce el cuestionario que leeré, y que sólo difiere del original porque está impreso en tipografía Baskerville y no en Futura. 71


CUESTIONARIO

1.

¿Cuándo sintió por primera vez que elevarse al cubo podía ser una solución en

su miserable vida? 2.

¿Cuántas veces al día se comunica por correo electrónico consigo mismo(a)?

3.

¿En un triángulo amoroso, prefiere usted ser la hipotenusa o uno de los catetos?

4.

¿Alguna vez ha sentido un compromiso político ineludible con alguien de

quien no conoce el estilo de tomar un baño turco? 5.

¿Cómo ve usted una película de terror, con las manos juntas sobre el ombligo o

llevándoselas a la cara y mirando furtivamente entre los dedos? 6.

¿Cuántas veces se ha metido en asuntos que no le incumben, sintiendo que de

alguna manera eran o son suyos? 7.

¿Se mira con frecuencia en el espejo del vestidor de su mamá?

8.

¿Es capaz de percibir claramente el olor de un cabrito bicéfalo a 20 metros de

distancia? ¿A diez? 9.

¿Prefiere los percebes o las almejas de Zihuatanejo? Explique por qué si le

apetece. 10. ¿Se roba los cambios de su patrón(a) sin o con sentimientos encontrados? 11. ¿Consigue conectarse con el principio general del cosmos sin fumar nerviosamente dos cigarros a la vez? 72


12. ¿Se siente usted gratamente acompañado(a) en un baño sauna individual? 13. ¿Pide doble porción de mostaza y jalapeños cuando va a comerse un hotdog de carrito? 14. ¿Al rezar dice usted “ruega por nosotros” o sólo “ruega por mí”? 15. ¿Abre usted las latas de sardinas a la velocidad de dos cocineros españoles o con la parsimonia de una recepcionista mexicana de Teléfonos? 16. ¿Sufre pesadillas en las que una hidra le devora el lado izquierdo del cerebro? ¿El derecho? 18. ¿Su ropa interior aparece por la mañana desgarrada y húmeda sin explicación lógica alguna? 19. ¿Reconoce usted que Géminis ha entrado en una fase peligrosa en su adicción a los cuernos de Capricornio? 20. ¿Le abriría la puerta de su casa a alguien que a la pregunta “¿quién?” contestara simplemente “yo”?

Con el resultado del cuestionario en mano, figúrense ustedes, la siguiente

fase del proceso resulta aún más interesante. Es como pasar de un par de islas a un verdadero archipiélago de sensaciones, mementos, habilidades físicas y mentales, estados alterados de conciencia, suculencias del alma, desparrames del metafísico, glotonerías de la eternidad, fragmentaciones rústicas y urbanas del silencio, entre otras 73


experiencias insondables. Pero volvamos al caso de Victoria, a quien me he referido antes en esta charla entre colegas psicólogos de nuestra Sociedad interncional.

Ella es una sola persona pero, siendo bipolar, podemos considerar su condición

como un dos de entrada. Al elevarse al cuadrado pasó a ser cuatro, por lo que al elevarse al cubo llegaría a 64. La idea no deja de preocuparme desde que la vi descender rodando por las escalinatas de la pirámide del Sol en Teotihuacán sin producirse un rasguño en su delicado cuerpo de colegiala inocente y sensual a la vez. Extrañamente acompañada por otros que bajaban de la misma manera, llegó intacta e impoluta hasta el terraplén de la calzada de los muertos, hizo un gesto triunfal, me miró coqueta y dijo:

—¿Qué no va a felicitarme mi Doc?

—Por supuesto —contesté con la boca abierta—, me has dejado estupefacto.

—¡Vamos, vamos, mi Doc, si sólo he subido y bajado de la pirámide. Yo me

refiero a felicitarme porque hoy cumplimos 36 meses de estar juntos cada semana en su consultorio.

—Pero nunca había visto a nadie descender esa escalinata como tú lo has

hecho hoy, Victoria, ¿te das cuenta? —le dije aspirando el churro que sostenía temblorosamente entre los dedos de la mano derecha.

—Bueno, ¿y qué sigue ahora? —preguntó ansiosa.

—Uno de mis muchachos ha grabado el acto en video. Podríamos verlo en la

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televisión de mi casa, si no tienes compromiso para cenar esta noche.

—Mire, a las diez estaré retozando con mi novio y sus…

—Sí, claro —la interrumpí al vuelo—, ya me has contado en sesiones de análisis

cómo es esa relación con… ¿cómo se llamaba? —y evité mencionar el nombre del tipo aquel que le metía ideas raras en la cabeza a mi paciente.

—Nadie puede juzgarme por lo que me pasa, Doc, usted mejor que nadie lo

sabe —recalcó Victoria con vehemencia. Estaré en su casa a las 10 en punto. Espero reconocerme en el video, porque casi no recuerdo cómo bajamos de la pirámide.

—Buena decisión, Vicky, ¡quedarás sorprendida! —le dije, reflexionando en el

plural que acababa de usar para referirse a su inopinado descenso de la pirámide.

Les cuento todo esto para no fatigarles con los detalles de un expediente

clínico que en el caso de Victoria abarca ya 8,000 fojas útiles, un glosario en formato alejandrino y dos tomos que recogen mis más preciados escolios.

Quiero ahora mostrarles el video al que me he referido, no vaya a ser que piensen

que todo esto es una elaboración de mi mente prodigiosa.

—¡Córrela Chucho! —le grité a mi asistente—, y tras la cortina que fondeaba

la sala de conferencias apareció una pantalla gigante en la que se proyectaba aquel registro audiovisual.

Victoria, el grupo de indígenas teotihuacanos y un tepezcuintle que se veían

descender rodando desde el ápice de la pirámide no parecían padecer los filos y 75


asperezas de los escalones sobre los que se desparramaban a ritmo diabólico, huellatalud, huella-talud, hasta el lugar en que vinieron a parar y donde Victoria me dijo, condensada ya en un solo cuerpo y una sola voz:

—¿Qué no va a felicitarme, mi Doc?

Yo pregunto a esta concurrencia de notables: ¿cómo pudo la paciente, sin mi

ayuda, elevarse al cubo a sí misma y bajar la pirámide convertida en una multitud haciendo machincuepas? Y la única respuesta admisible y sensata que puedo ofrecerles esta noche es la siguiente. Partiendo de la premisa según la cual una persona que ha sido previamente elevada al cuadrado no puede evitar perder en el camino algún fragmento de sus cualidades o características intrínsecas, tendrá como única opción elevarse al cubo, toda vez que la raíz cuadrada de un ser fragmentado o no unitario sería infinita y eso en la cuántica es definitivamente poco elegante. Elevándola al cubo, en cambio, la persona no sólo reta la infinitud sino que la convierte en la mejor defensa del Poema de Parménides que, por cierto, yo le había leído a Victoria y sobre el que una tarde me hizo la reflexión siguiente:

—Si el ser es y el no ser no es, por tanto el no ser no puede elevarse ni al cuadrado

ni al cubo, right? Pero como yo estoy compuesta por cuatro elementos o caracteres, si a éstos les restamos la más pequeña pérdida de mi interés por el charango y por usted, me reduzco a tres y fracción, digamos 3.8, y de esta manera, mi elevación al cubo daría 35.7. Yo creo que la operación de elevarme al cubo ha sido espontánea y 76


que obedece a una fuerza inmanente que proviene de mis lecturas de la Biblia en el parque, 多va que va, mi doc?

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Cuentos alfareros, de Mariano Flores Castro, se terminó de editar como libro electrónico el 21 de junio de 2011 en el laboratorio digital de la Editorial Manoslimpias, Avenida 1º de mayo 159-203B, Col. San Pedro de los Pinos, México, D.F. Tel 24 54 19 74 √ © Se autoriza la reproducción total o parcial de este libro y sólo se solicita informar a la editorial por cortesía con el autor.

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Cuentos alfareros