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Del texto: Mar del Rey Gómez-Morata De las ilustraciones: Ana Cardona De esta edición: Mar del Rey Gómez-Morata ISBN: 978-84-617-7142-4 Depósito Legal:M-42223-2016 Compuesto por: Carina Belén Galliano González Imprime: Nemac Comunicación SL. Madrid


Gracias a la vida y a ti


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n el tiempo del Sol Azul, el desierto de Anouk Sé, nuestro hogar, no existía. Las arenas estaban cubiertas por un gran océano donde vivían formidables criaturas acuáticas. El horizonte era de agua y espuma y los vientos lo azotaban provocando olas inmensas. Nuestra tierra, en los confines de los mundos, ha sido siempre escenario de cambios. Un día apareció en el cielo un nuevo sol de color amarillo. Éste se desperezó abriendo sus jóvenes rayos inconsciente del poder que tenían. Uno de ellos atravesó la superficie del agua y consiguió llegar hasta el fondo, haciendo un agujero tan profundo que por él se coló hasta la última gota del océano.

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Había llegado el tiempo del segundo sol, el Sol Amarillo, el sol del desierto. Un desierto de dunas móviles y silencio. Los únicos sonidos que lo rondaban eran los del viento sacudiendo la arena. En el centro del desierto latía la cueva que se había tragado el océano. Ella a la que llamamos Oyraborá que significa el ombligo del mundo, porque de su interior nació todo lo que existe.

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La primera mujer nació del eco de una ola olvidada. Vagó desnuda por el interior de la cueva mirando las gotas de agua que se agolpaban en sus paredes sin caerse. Cuentan que sorprendida por su belleza, tocó una con tanto amor que ésta se desprendió como un reflejo plateado y cayó en la tierra. De ella nació el primer hombre. Estamos en la era del tercer sol, el Sol Rojo pero nuestro pueblo, la tribu Mandala ya habitaba esta tierra en tiempos del Sol Amarillo. Sólo nosotros conseguíamos sobrevivir en el desierto, porque conocíamos el secreto de la cueva. Desde el origen Oyraborá ha sido un lugar sagrado. Antes imposible de encontrar en medio del desierto, ahora el camino hasta su entrada está señalado por una linea verde. La cueva además de un modo de supervivencia ofrecía a nuestro pueblo refugio del frío de la noche y del calor del día. Ellos eran los guardianes de la cueva, únicos habitantes del desierto de Anouk Sé que significa desierto desierto porque jamás se le conoció una forma de vida. Durante miles de años las paredes de la cueva filtraron el agua del mar convirtiéndola en gotas de agua pura con propiedades maravillosas. Éstas al brotar de la roca no caían sino que quedaban suspendidas a la espera de ser recolectadas.

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Las únicas capaces de hacerlo eran las Cuentagotas que con sus cánticos separaban suavemente las gotas de las paredes, para después ensartarlas con sus agujas de cristal en un cordón de plata. No existía otra manera de hacerlo, si alguien intentara arrancarlas directamente de la roca, las gotas se romperían en mil pedazos. Vivimos en una tierra de cambios, quizá por eso Oyraborá producía unas veces más agua y otras menos. Cuando el Sol Amarillo estaba más cerca, las gotas casi desaparecían, hasta que llegaba la estación del Sol Azul. La cosecha de agua de roca era la única forma de sobrevivir para la tribu, el ganado y los pequeños cultivos. En los pueblos del norte el agua caía desde el cielo. Tenían mucha sí pero ninguna parecida a las gotas de la cueva. Las Cuentagotas llegaron a un trato con los comerciantes del norte, por cada ánfora de agua pura recibían veinticinco ánforas de agua para beber. El intercambio se realizaba cada año en los límites del gran desierto. La comitiva de Cuentagotas salía al atardecer. Viajaban de noche utilizando las estrellas como guía. Tiempo después regresaban con agua suficiente para pasar la estación seca. Un día las paredes de Oyraborá se secaron. Las Cuentagotas le cantaron a la piedra, al mar antiguo y a los dos soles, pero no sirvió de nada. Consultaron al Oráculo de las Arenas y éste respondió que llegaba un tiempo nuevo. El miedo rodeó a nuestra tribu. La fecha del intercambio se acercaba y aunque la cantidad de agua era ridícula, las Cuentagotas decidieron intentarlo. Si querían que el pueblo sobreviviera no tenían otra alternativa, debían conseguir agua aunque fuera poca.

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Extracto del libro ilustrado Oyraborá  

Un cuento sobre el origen de un mundo a partir del árbol nube. Escrito por Mar del Rey e ilustrado por Ana Cardona

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