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A comienzos del pasado año 2023 llegó a mi conocimiento una asociación que se denomina Desocupados Asociados por Aplicaciones (DAA). Me interesé en ella y conseguí el celular de contacto. Me atendió amablemente Inés Escarlata, quien se presentó como la secretaria de dicha asociación y ofreció recibirme personalmente. La reunión tuvo lugar en la sede de la asociación una tarde de martes, con unos mates de por medio, como se acostumbra en mi país. Inés, que tendría algo más de 50 años de edad, me informó que la asociación tenía cinco años de historia. Ella era una de las fundadoras. Tenían 500 integrantes y el número aumentaba mensualmente, todos desocupados por las aplicaciones. En 2018, ella y dos de sus compañeros quedaron sin trabajo en la inmobiliaria en la que trabajaban debido a Airbnb, y un día se encontró con un viejo amigo y su mujer, desempleados recientemente de sus labores en una agencia de viaje y en un call center. A la semana se juntaron los cinco para hablar de su futuro, y a la tercera reunión ya eran 25 personas que analizaban cómo sobrevivir a esta nueva realidad, muchos de ellos excajeros en una cadena de supermercados.

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Al mes surgió la idea de crear una asociación entre todos bajo el nombre Desocupados Asociados por Aplicaciones y la sigla DAA. Inicialmente ocuparon la planta alta de una casa que les fue prestada en aquel momento por el dueño de la cadena de supermercados, quien se sintió mal por el avance irremediable de la tecnología y quiso ayudar a algunos de sus antiguos empleados de alguna forma. Hoy el dueño es tesorero de la DAA y ha cedido toda la casa porque su empresa quebró. Mientras estaba reunido con Inés, en la habitación contigua un grupo miraba una película francesa que narraba la vida de los empleados de una aseguradora tras la irrupción en el sector de una novedosa aplicación. Otro grupo estaba en la cocina, horneando tortas dulces caseras para vender. Un último grupo se encontraba en el garaje: eran abogados que repasaban códigos penales y civiles, buscando demostrar que aún tenían más conocimiento que las apps de inteligencia artificial que los habían reemplazado. Según me dijo Inés, la DAA tiene entre sus objetivos ayudar psicológicamente a los desocupados con clases y paseos, e intentar monetizarse a través de trabajos que no necesitan la tecnología, como las tortas caseras o el cuidado de niños y ancianos, aunque la demanda de esto último estaba en caída porque, dada la desocupación, siempre había en las familias un integrante para cuidar a los niños y ancianos. Hoy, además de los originales exempleados de inmobiliarias, agencias de viajes, call centers y cajeros, hay

antiguos trabajadores de gasolineras, taxistas, recepcionistas de hoteles, mozos, agentes de la propiedad intelectual y varios rubros más que no entrarían en un solo párrafo. La entrada de nuevos miembros se realiza con cierto formalismo: en una reunión mensual, cada nuevo integrante tiene cinco minutos para presentarse, explicar su situación y argumentar por qué decidió unirse a DAA. Luego se le da la bienvenida y se le entrega un distintivo con las siglas en color azul. Me decía Inés que la proyección para los próximos diez años es llegar a los 10.000 asociados. Como conclusión, me confió que hay una regla muy importante no escrita en los estatutos de la asociación y es que nadie puede quejarse por su situación. Todos deben concurrir a las reuniones con alegría, como un paliativo a su realidad, sea a las clases de canto (las más concurridas) o a los almuerzos dominicales, donde todos están ocupados y felices. Si alguno de los lectores quiere acercarse a esta asociación por favor comuníquese con el equipo de Marcasur.M

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