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TIEMPO DE LUZ Y SOMBRA (1996)


Tiempo de luz y sombra

A mis hermanos テ]gel y Carmen y a mis sobrinos.

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I PERDIDO EN LA ARBOLEDA

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Después de regresar a la memoria tantas y tantas veces y recorrer el único camino de ser hombre; después de recobradas ya las señas de identidad, confieso que he sido. Pero surgen, inquietantes, preguntas que no hallaron respuesta: ¿Al aire de qué vuelo está mi vida? ¿Qué hago de mí cuando el amor acecha y no canta ya el mar a orillas de mi herida? ¿Qué será, si el amor gana un nombre, del mío que sonaba entre los álamos a brisa? Andaba, entonces, perdido en la arboleda, ordenando los sueños y la vida mientras marcaba con candente hierro mis lomos la injusticia de la guerra: somos para el poeta los hijos de la ira. Como niño tenía sólo juegos, algunas alegrías y un hondo sedimento de nostalgia que afloraba, en otoño, con la niebla y el vuelo triste de las golondrinas migradoras. Recuerdo el llanto de los árboles, la hoguera crepitante y aquel humo dormido sobre el viejo tejado

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cuando el frío nacía junto al canal oscuro. Dios andaba, a su aire, entre mis cosas de forma tan sencilla que o era llanto por el amigo muerto o absorta madrugada por la eras o enhiesto trino sobre el chopo humilde o, sin más, entre rosas silencio enamorado. Aprendí que en silencio se llega Dios al hombre, como la luz que a despertar convoca sin preguntar por qué, cuando amanece, la rosa es rosa y si en el mar la espuma balsea delicadamente blanca. Hoy me pregunto si era Dios quien silbaba en las ramas de aquellos viejos álamos del río, quien poblaba la noche de canciones mientras me detenía en el umbral ardiente de un beso o de un abrazo. De entonces aún les queda un poco de dolor a mis manos y un gozo diminuto y extasiado a mis ojos alzados hacia el río, hacia las huertas, balbuceo de gracia arrodillada a la hora del crepúsculo.

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Un día supe el haz y el envés de la vida. Crecí sin detenerme demasiado en los claros umbrales de la infancia, y sentí que una muerte adolescente me habitaba. Desde entonces me recorre las venas un desaliento súbito. ¡Qué sentimiento de orfandad, qué inmenso vacío el corazón! ¿Perdurarán mis gritos? Sé que siempre buscaban el regazo de la abuela, de mi cansada madre, llena de sueño de tanto y tanto atropellar las noches, a quien jamás será la eternidad descanso suficiente. Andaba yo a la orilla de sus rezos, de sus preocupaciones, de su loca esperanza porque fuera hombre de Dios cuando era sólo un niño que apenas entendía de otra cosa que de vivir en la ternura. Supe, después, por qué sobre la mesa de la blanca cocina comulgaban el pan de la pobreza y los manteles, la sonrisa infantil y la mirada llena de misterio, el agua turbia y la sed más honda. Ajeno, recorría todo el pueblo cargado de mis sueños

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y aquella gruesa y vieja enciclopedia que hablaba de romanos y de cartagineses, de fiordos, de glaciares, de profundas minas de sal, de océanos, de ríos... Aprendí en ella el lírico lenguaje con que llamo al amor profunda herida, y construyo mis fábulas radiantes, y hago de la palabra el más hermoso de los milagros. Y mi yo se erguía, vacilante, por ver la luz más alta y hablarle de ese nido sin pájaros ni plumas que, a veces, es el corazón. Las horas y los días corrían a su término sin esa sensación de finitud, de dolorosa finitud, de angustia por el tiempo perdido y nunca recobrado. ¿Acaso algo se pierde? Si el tránsito más puro, el de la rosa, se llama prisa, queda el sonoro vibrar de su perfume. Por eso no contaba yo los años. Celebraba el solsticio de verano porque era muy feliz contando estrellas, persiguiendo, en la tarde, el vuelo boreal de los vencejos, robándole a la fuente su frescura y a las cosas más simples su presencia. Coincidían en lo alto de la higuera la mano y la mirada.

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La voz, alzada al límite, doblaba las esquinas más remotas en diálogo de barcos y piratas: Tres navíos van por el mar y otros tres en busca van. Yo era naufragio fácil de todas las acequias y no daba reposo a la paz en los más atrevidos picaportes. ¡Qué fantástico mundo de instintos e inocencia! Él, sin embargo, estaba en mi camino: el timbre hermoso de su voz flotaba como una inmensa pompa de jabón al aire. Y yo seguía siendo jugo vivo de infancia. Me abordó ya de noche, cuando el amor amasa su mejor pan y siguen las estrellas, asombradas, mirando desde el cielo; cuando se cuaja en ascuas el silencio y prosiguen girando mudos, lentos, los cangilones de la vieja noria. Nada hay más absoluto que la noche, donde resuenan, secas, las preguntas: ¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¿Qué hace posible ese misterio o juego de amor y de rocío? Resbalaba mi fe por las laderas de una gran ignorancia y no encontraba la fuente que nos mana en el hondón del alma.

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¿A quién diré mis niñas sinrazones si Dios sigue callado y sin mostrar su rostro? Señor, ¿por qué no gritas? ¿Por qué dejas a oscuras tu palabra? A rastras con mi oscuro desaliento al no encontrar mis ojos el fulgor de sus ojos, me volví al laberinto de la escuela, y recorrí más ríos y ciudades en la gruesa y más vieja enciclopedia. Allí leí que, a veces, la esperanza viste el ropaje oscuro de la sangre y que el amor no se improvisa. Al aire le faltaban sus palomas durante aquel otoño. ¡Cuánto ghetto! Un huracán de odios, de cuchillos furiosos, arrasaba, inclemente, de Jericó las rosas. ¿Qué hace aquí tanto olivo sin aceite? ¿Hay angustia más viva? El mundo iba naciendo, mientras tanto, para mí. Resbalaba la luz curvando sus temblores sobre una alba aún intacta. Llenaban mis oídos un extraño rumor de caracolas, mil urgidas palabras de consuelo, aires de ciertas fiestas imprecisas y la salmodia alegre de la tierra.

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Recorriendo las viñas, vendimiaba sonrisas con los ojos. ¡Qué alegría sentirme hijo del vino cada vez que acudía hasta los cestos, ya ebrios, a entregarles el don sacramental de los racimos! No sé si andaba Dios entre las cepas, sí que estaba la tierra toda en éxtasis después de que el arado abriera sus entrañas al milagro sin límites de la temprana lluvia. Dios, la pasión del agua, hacía de la tierra estremecida estancia del amor. Yo no sabía entonces si habría de aguardarme en el camino el aleteo virgen de una alondra, que llevaba escondida como un sueño, y que después se iría desvelando a través de mil nombres o de un nombre de luz y espuma. Se me fue haciendo todo lentamente: el rincón donde anidan golondrinas de ayer, de siempre, y donde mueren o viven tantos versos; las barcas amarradas en muy diversos mares, soñados y sentidos como propios; la tristeza, sí, siempre la tristeza que todo lo patina:

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la vida, el sentimiento y el deseo de ser, simplemente, poeta.

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II LA LLAMADA

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El crudo aldabonazo resonó en mis entrañas. Fuego puro, su voz arrebatada, tras incendiar los vientos y reducir los trigos a pavesas, ardiendo se me quedó en lo hondo. Desde entonces no puedo recrear sus palabras al margen de su voz. Como el poeta digo: Soy hombre y quemo y es amor mi llama. Pero, ¿qué me autoriza a renunciar al alma de la infancia: el aliento del tiempo que no acuna con antiguas canciones la memoria o esa fecha de amor que todo lo convierte en llama viva? Yo amaba las cigüeñas que llenaban de vida el viejo campanario de mi pueblo; aquel paisaje íntimo que no cabía dentro de los ojos con que aprendí a mirar tras los cristales. Y mientras por el humo adivinaba el rumbo de los trenes fatigados, a mi lado sentía SU presencia invisible. Algo, entre tanto, urdía un oculto dolor hiriéndome los sueños. El otoño corría hacia su término

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nimbando, en los alcores, robles y hayas. Los chopos iban adelgazando su casta desnudez bajo la niebla. En familia mi madre dijo algunas palabras temblorosas. Y recliné mi frente sobre ella. Era el seis de diciembre del año del Señor mil novecientos cuarenta y cuatro. Un largo viaje en tren y un corto ajuar me alejaron de todo cuanto amaba y me dejaron solo en aquel ámbito de sueño amurallado el ocho de diciembre bajo una lluvia intensa y cegadora. Desde entonces mi vida fue como una pequeña disonancia: no encontraba sentido a los crepúsculos, a los silencios tensos y sin pájaros, a aquel orden impuesto, a aquella amarga sed, porque ya no podría, esperándola juntos, poner la primavera en manos de mi abuela y de mi madre. ARCENIEGA es un largo capítulo de nombres memorables, un diminuto pueblo acunado por cumbres y verdores, un gótico santuario

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en éxtasis de grises milenarios, LA SECULAR ENCINA y UNA INMENSA TERNURA. Sólo el ansia de ser crecía con la lluvia puntual, diariamente, mientras amanecía la muerte en las trincheras y se cubría Europa de rosas de silencio y una invasión de gritos desgarrados. Desde su árbol sagrado ELLA amparaba las ausencias más puras, y los presentimientos súbitos, y las lágrimas cuando el pan no era arrullo de materna mejilla y el beso no engendraba primaveras. Todo era allí sencillo. Todo tenía olor a manzana reineta cuando abría sus poros al milagro del viento y a su primer requiebro. Desveladas, las aguas golpeaban las noches y los amaneceres. Pasaba lento el tiempo, fatigado de nostalgias, de miedos, de mil vacilaciones y algún dolor sin nombre concreto todavía.

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El dolor mora en medio de los hombres. ¿Y aquel niño que aún era? Como una agua finísima se me iba de las manos el prodigio sereno de la infancia y ya la soledad recorría mi cuerpo como un río. ¿Qué sería de aquella paz nutricia aunque todo siguiese oliendo a Dios? Casi sin darme cuenta noté que me habitaba la tristeza: una tristeza dulce que no me atrevo ahora a desnudar. Algo andaba en mi sangre alborotada con sabor a estreno. Unos lo llaman simplemente amor; otros, temblor gozoso. ¿Acaso poseía un doble paraíso sin saberlo? ¿Por qué aquel mundo mío tan pequeño se poblaba de savias encendidas, de risas frescas, y le abría el cáliz mi vida a una fulgente sensualidad? Confuso, erguido y humillado, gocé y sufrí creándome a mi imagen unos ojos serenos, dulces, húmedos, unas frágiles manos afrutadas y unos labios avariciosamente defendidos de los besos.

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Y sentí la pujanza de la vida. Y clamé: ¡Sálvame, Dios, mi amor apasionado! Pero Él lo salvó sólo a su manera. Y me quedé, algún tiempo, más triste y menos diáfano, más insumiso y pobre, cercado por la llama temblorosa de la primera tentación. Apenas a su paso giraba la cabeza, pero jamás, cuando los dos volvíamos del tráfago diario, dejé que se apartara de mi sueño. Dios estaba conmigo a cada instante a pesar de mis rezos inconscientes, de mis niñas promesas incumplidas, de mis silencios rotos a deshora, de mis desmayos. Era tan delicada su presencia que rozaba con su ala mi alegría o envolvía en su manto mi añoranza sin pronunciar palabra. Yo percibía apenas su jadeo caliente. Al despertar, mis ojos lo buscaban en el fondo del bosque de castaños mientras la luz flotaba, silenciosa, sobre lo cotidiano: los libros aún dormidos, el verde arrodillado de los prados, la lontananza súbita de aromas y la paz de la encina centenaria.

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Todo, a la luz primera, transparentaba su unidad humilde. Ascendían de valle un vaho tierno, una mística niebla, que se perdían, sin un rumbo fijo, por las vastas laderas. Dios escuchaba, atento, la diaria salmodia de la tierra. Y era como un milagro sentirlo, tan callado, defendiendo las fronteras del alma. Los hombres de la guerra dejaron de avanzar entre escombreras de muertos y palabras. En mi pecho anidaba la paloma de la paz renacida. Las cosas me pedían a gritos que sacara mi desbordada adolescencia al sol. Era como decirme que más allá de mí, esperándome, había un palacio de trinos. Yo, ajeno a tantas voces, evocaba una amplia letanía de paisajes, de calles, de emociones, de nombres asociados a una historia vulgar como la mía -Victorina, Jesús, Eugenio, Carmen, Ángel, Villar, Amelia, Robustianocuyas noticias me llegaban cálidas

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en la escritura fina y elegante de la abuela. Mi madre sólo aprendió a escribir con las palabras que el sufrimiento y el amor escriben. Por ella supe que la abuela andaba luchando sin desmayos con la muerte. Pocos días después, cuando el otoño es un inmenso océano de incendios y la dorada risa de los bosques como una interminable melodía, suavemente la Muerte traspasó los dinteles y se fundió en abrazo enamorado con la mujer más buena de la tierra. ¿Por qué, Señor, grité desesperado? No comprendía entonces, a mis catorce años, que en un acto de celos Dios mismo me ha hubiera arrebatado. Sangró el momento. El alma se llenó de palabras vacías, de confusas plegarias asustadas, de falaces promesas, de turbadores vinos que, como la tristeza, son afluentes del corazón de Dios. Él sabe cuánto me costó emerger, volver a respirar el aire fresco de la conformidad. El viejo caserón conservaba aún intactos en todos sus rincones

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un olor acre, un oscuro sabor a madera gastada, un halo de tristeza dormida y enquistada, sobre todo en los crudos inviernos. Tenía la impresión ingenua de que el aire no lograba filtrarse por los vanos de puertas y ventanas. Y esa impresión de ahogo me abría, sin pedírselo, el camino hacia la pena más hermosa. Sé que entonces estaban contados los latidos del corazón contra la primavera, más allá de la rosa; que el silencio es, a veces, rumor, y las palabras, lluvia acaso. Pienso cuál era mi manera niña de sonreír, pero no la recuerdo: mirad bien mi retrato. Replegado en mí mismo, un tanto triste, traté de revivir espacio y tiempo, pero me pregunté: ¿Se puede recobrar lo que sin pausa el tiempo desordena? Vi que aún me quedaba, frente a tanta ambigüedad, algo de contenido de aquellos años, a pesar del moho y del helado soplo de diciembre al borde de otro año. Por ejemplo, aquel belén con claridad sedienta

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en el rincón del corredor. Los ojos se detenían, náufragos, en la Cueva colgada en el sueño; en el Niño, amparado en el vaho del buey y de la mula; en la pequeña luz flotando entre las casas y aquella incertidumbre enamorada del cielo simulado con estrellas que me llegaba en masas de ilusión al alma atónita. Abandonado a mi mejor pobreza, -¡qué dócil era el hambre en los inicios del cuarenta y siete!-, volví a sentir cómo en el ancho valle temblaba la arboleda mientras la brisa humilde se recostaba sobre los helechos. Dormía Peña Angulo bajo un manto acolchado de nieve en lontananza cuando canté el brevísimo minuto de la primera rosa. Llegó la primavera con su ritual de gracias, de pétalos, de plumas, de grandes e importunos aguaceros, de tímidos rocíos, de sonrisas... Dios estaba más claro, aunque lejano. A cada amanecer se me encendían los libros en las manos (cursaba cuarto curso de bachillerato

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y era un buen estudiante). A veces, sin quererlo, me perdía en un bosque de sueños imposibles; surcaba con mi pluma las aguas de mil mares o grababa en un roble centenario una flecha de amor entre iniciales. Todo verdad. ¡Qué maleables eran las palabras con que urgía a mi pobre diccionario y, al caer de la tarde, levantaba castillos en el aire y creaba mis versos! No era una poesía profunda, gota a gota meditada: eran rimas sencillas, imperfectas, que me brotaban como gritos, cántico vehemente de luz que iluminaba mis cosas cotidianas. Así aprendí que lo que importa es llamar a cada cosa por su nombre. DIOS cabe en cuatro letras aunque se cubra de incógnita armonía. El verano encendía con su aliento la belleza oferente del paisaje en los atardeceres largos, eternos, como la mirada detenida en el tiempo. Lejos ya del paisaje doloroso, empecé a desandar las voces y las huellas

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de la antigua tristeza y me instalĂŠ, muchacho todavĂ­a, en la ciudad ruidosa de los hombres.

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III MONÓLOGO A DESHORA

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Tengo sobre la mesa del despacho un breve jarroncito con violetas, dos búcaros repletos de bolígrafos, un viejo diccionario de sinónimos, el cuaderno de notas, el reloj del pulsera que la entrañable Trini me regaló, hace tiempo, por mi santo y LA ENCINA, revista que estoy amando con las manos. Dejo, a un lado, folios, reglas, lápices, tratados de sintaxis latina, y me pregunto: ¿Soy el que fui entonces? ¿Sigo herido por la belleza como entonces? ¿Quedan arcángeles de sueño quemándose en la noche como entonces? La certidumbre de esta vieja mesa en que escribo pone cerco al recuerdo con radiantes acordes de evidencia. Un buen día catorce de septiembre partí del viejo pueblo acunado por cumbres y verdores para que aquel paisaje se poblara de historias más recientes. Estaba a punto de alcanzar la mano los dorados rompientes del otoño en la entrañable eternidad de incendios de los racimos. VILLAFRANCA es un río, un rumor encendido de chopos junto al agua,

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una extensa llanura de verde arrodillado en la que sueña el alma del paisaje. Con Peñalén al fondo recobra, algunas veces, aspecto de jardín ensangrentado. Llegué de noche con el alma en danza, y me sentí en mi tierra forastero. Si acaso preguntáis por qué tengo aún clavadas estrellas en los huesos, qué hago de la nostalgia, por dónde se me ha ido, si soy el arrojado del propio edén, os digo que estoy bebiendo el vino de la duda y que mi voz es eco de palabra arrojada. Buscando entre las fechas del viejo calendario, hay una que me quema como un amor antiguo e impaciente. Todavía vagaba como un pequeño intruso por aquel laberinto de salas y de sombras cuando el Hermano Juan José me dijo con su voz de sabor a ceniza reciente y de niebla maciza: José Luis, ha llegado tu madre. Y recordé, mientras salía de la niebla, cuántos días y noches había recorrido, soportando los fríos, las nevadas, los intensos calores, el infinito sueño cancelado

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para hacerme vivir aquel momento -¿por qué no se detienen los relojes?de eternidad. ¡Y la amé como nunca! ¡Y recorrí en el beso los ríos de su rostro por los anchos meandros de sus cincuenta años! Delgada como el junco más altivo, serena, me abrazó largamente con los ojos y me dejó contarle los latidos del corazón. Yo me iba quedando sin palabras. ¡Estaba tan sin pena aquella tarde! Luego el abuelo ocultó una lágrima entre las iniciales que la abuela bordara en su pañuelo, y me creció la sed junto a aquel río de soledad. Mi hermana, la pequeña, trataba de ocultar su timidez tras el vestido oscuro de mi madre. Yo me quedé en sus manos. Ya no puedo enviarte mis sonatas. No hay cántaros redondos como vientres, sagrados como úteros, en los que, gracias a tus manos, sea, como entonces, el agua bebida de cariño a cada instante. Desde mi propia lejanía acudo al vaso más cercano, a la botella de plástico que suda en la nevera, pero es tanta mi sed.

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Ya no puedo enviarte mis sonatas. ¿Qué manos acarician el blancor asustado de la ropa tendida, doblegan el orgullo de las sábanas de Holanda? Eran tus labios delgados paraísos de silencio, alfabeto de pájaros dormidos, horizonte de besos. Y tus manos, un madrigal de amor y de trigales, sinfonía de surcos y caricias, nidal de mariposas y de sueños, un milagro de alas... Y me dormí en sus manos. ¿Por qué sigo soñando lo breve como eterno? En la vencida arena de todos los relojes se leía: No siempre el tren espera en la estación. Entonces volví a encontrarme solo en mi destierro, sin el beso, ese buen samaritano que, salvando distancias, restaña las heridas y mitiga las ansias. ¿Cómo vencer el aire de tristeza que me envolvió? Ahora sé

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de la higuera del Soto, tan colmada, del granado vecino de la acequia, de la alfalfa nerviosa a punto de segar, del rubio moscatel del huerto del abuelo, de las calles y plazas polvorientas del pueblo, de la cuadra vacía, del almacén ya huérfano de aperos. Ángel quemaba, lejos, sus pupilas ganando jubileos por las interminables avenidas de la Ciudad Condal, saludando las olas y los barcos bajo cielos de lluvia, desnudando los bustos incipientes de las claras muchachas de las Ramblas. Madrid era otro mundo, otra manera de interpretar la vida. Quedaban allí charcos de tiempo detenido con sus tardes de lágrimas y una gris esperanza. Jesús estuvo allí un tiempo razonable, pero añorando siempre la vereda de mimbres y altas cañas que entonces nos llevaba al regaliz nutricio de La Madre. ¿Y Amelia? Con su cántaro rebosante al costado, apagaba la sed de tanta tina perezosa...

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Su voz, hermosa como un trino, como promesa cierta se perdía por dorados maizales, en la tarde; al alba, entre manzanos. Carmen, la más pequeña, paseaba su orfandad y su inocencia a plena luz, sacrificando el vuelo de sus manos en los quehaceres de la casa, arropando los últimos achaques del abuelo, ¡tan viejo!, mientras las manos de la madre apenas lograban traducir el lenguaje que aún tiembla entre los surcos y sueña en el jabón de la colada. Yo te he querido siempre, -tú lo sabes, hermana-, y más ahora cuando paso la mano sobre la memoria y veo que has crecido más allá del dolor que se ha instalado tan cerca de tus ojos. Alguien piensa que ya no puedes con el tiempo. Mi padre se me fue en la madrugada de un angustioso doce de agosto del treinta y seis. El alba despertaba cosechas y racimos y encendía su hermoso “buenos días” contra el miedo. Tenía

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sólo cuarenta y tres años de juventud sobre sus hombros creciendo hacia la muerte. Algunos lo llenaron, inclementes, de polvo y sangre por no estar de acuerdo con sus ideologías y la guerra, por denunciar que la injusticia tiene sabor a pan amargo en la mesa del pobre, por levantar con su palabra humilde, en la plaza del pueblo, un monumento a la paz, haciendo que los dedos, ungidos por la luz de las caricias, recobraran el tacto de la vida. Y me dejaron solo para siempre, sin su palabra absorta, sin sus besos, y una indeleble condición de huérfano. Tenía yo tres años. ¿Hoy aquella ceniza es llama, di, Señor? ¿Estoy en Ti salvado del oscuro silencio, del odio y del olvido? Y aposté, decidido, por el futuro. Era, entonces, un joven de apenas quince años al que vencían los sentidos; era, como una llama al viento, juguete del gran soplo de Dios.

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Yo apenas lo entendía, pero aprendí, desde mi tierna infancia, a callar, a esperar desde el recodo de la existencia misma la respuesta. Cuando más solo estaba y, errante y desasido, andaba como un loco tanteando tinieblas, sentí cómo rozaba su presencia mis últimas fronteras. ¿Cuántas veces, Señor, te sorprendí escondido tras la puerta, revolviendo a hurtadillas los papeles donde escribía: Tengo miedo de que me ignores, de que pases de largo como un viento cansado, de que mi vida sea una amarga lección de sinsentido?

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IV VÍSPERA HACIA LA LUZ

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Tiempo de luz, pero de luz divina RAFAEL MAYA

Yo sé que Tú has pasado por mi vida, que siempre estás alerta entre mi sueño, que vas dejando estelas de luz sobre la roca donde el mar se golpea y se hace espuma, que tu mano derrama pétalos sonrosados, en cada amanecer, sobre el que sufre, pero que casi siempre estás callado. ¿Qué has hecho de tu voz, esa clara evidencia de Ti? Hoy te pregunto: ¿Qué hago bajo esta intensa lluvia de septiembre si solamente eres como un último resto de nostalgia y toco con mis dedos tu silencio? Es dulce y doloroso haber dejado atrás aquel paisaje donde Tú amanecías a pesar de la niebla y escuchabas el canto de los pájaros, la virginal salmodia de la tierra mezclada con la música de las palabras. Eran otros tiempos, lo sé. Todo tiene su instante

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de vivir en el sitio más hermoso. Sin embargo, ¿qué vuelo equivocado alojó entre estos muros mi existencia? ¿De qué sirve esperar si no se logra crecer en la fatiga sin belleza? Si al menos tu voz me redimiera del cansancio de tener que bogar contra corriente por el río del miedo hasta encontrarte primavera de luz y de palabras. Pero Tú eres silencio, y yo, palabra inútil. ¿Cuándo amanecerá, Señor, tu latitud copiosa? ¿Cuándo estarás en mi rumbo de trashumante arar por los caminos? Alguien sabe que pasas en la brisa penúltima, pero nadie me empuja al límite posible de esta víspera hacia tu luz. No acabo de ver que eres verdad del todo, y ando guareciendo mis ojos de la lluvia pertinaz que me acecha desde que el alba es alba. ¿De qué me sirve, Dios, alzar los ojos si no eres en la luz segura recompensa? El tiempo fue borrando lentamente mi senda de regreso hacia la infancia.

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Y me creció el hastío donde antes abundó la ternura. ¿Se puede así llegar a la esperanza?, me pregunté. ¿Quién sabe conjugar la tristeza con la luz? Entonces fue cuando entreabrí los ojos para ver si saltaba en mil pedazos la mañana. Un confuso atropello de silencios engullía mi voz en la tibieza de aquel amanecer de julio en Villafranca. Desde entonces no pude sacar jugo a mis sueños y empecé a comprender que el hombre vive a golpes. Empecinado en tu silencio, eras ajeno a mi reciente noche oscura. ¿Qué habías hecho de tu luz? Tenías una luz, y con ella alumbraste mi nombre siendo niño; una luz vehemente que incendiaba los ocasos más puros y aleteaba en cada amanecer trémulamente sobre mis derrotas. ¿Por qué en tu luz piadosa no envolviste mi triste crecimiento y me dejaste sin horizonte cierto, con la pupila torturada? A veces no es bastante creer en Ti, Señor. Necesitamos

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un poco de la luz que nace de tu luz para que en el silencio de la noche se nos haga costumbre tu presencia. Desde mi oscura soledad, Dios mío, me alcé de la congoja frente al viento y te seguí, sumiso, hasta la paz frugal del noviciado. Allí, ignorando el porqué de tal costumbre, me cambiaron el nombre. Creo que revolvieron todo un martirologio de rosas y eufonías griegas para llamarme, como a mi padre, Eugenio. Mi hermana adivinó el escalofrío que pasó por mi sangre cuando lo pronunciaron en voz alta. Y lo meció en sus brazos con añoranza eterna. Como lobo estepario cruzó el invierno por aquellas tierras, hollando, desdeñoso, el tierno hechizo de las madrugadas. Porque el otoño apenas nos había dejado algunas horas de vendimia fácil, un par de tardes cálidas para curvar las manos sobre la galanía del almendro o el fuego apasionado del manzano,

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y en las tardes del jueves, a lo largo de la vía, el paseo a la chopera, a despedir las últimas golondrinas. Desde esta lejanía en que escribo, me escapan muchas cosas. ¿Dónde estarán mis sueños de otros días? ¿Vive en ellos aún la primavera o se reducen a una espuma inútil aunque hermosa sobre el vaivén del tiempo? Voces hay que divagan porque llegan al alba y excarcelan otro día el dolor, ¿pero repiten los hechos como fueron? Sólo lo sabes Tú, Señor. Recuerda que estaba en otras cosas, no en Ti, lo necesario, aunque también tentabas desde arriba mis ansias. Corría marzo. ¡Cuántas cosas se van de golpe, oh Dios, sin volver la cabeza! Así se fue el abuelo Robustiano, presa de la fatiga y de los años, para no equivocarme. ¿Qué queda por talar de ese gran árbol del que soy diminuta y frágil rama? ¿Por qué este revoltijo de dolores y audaces alegrías? ¿Quién ha puesto tu silencio ceñido a mis preguntas?

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¿Cuándo mi vida dejará de ser víspera inquieta hacia la luz, Dios mío, y será para siempre tiempo de luz, pero de luz divina? Y se me fue inundando lentamente el alma de un isleño sosiego. Hasta ahora, Señor, te he estado hablando de las cosas sencillas: de búsquedas oscuras, de obstinados silencios, de pequeños detalles de mi vida: el pueblo, la familia, las cigüeñas, la estancia en Arceniega, el pausado fluir del tiempo, la nostalgia, el paisaje, la muerte... Y te he pedido ser, sólo un instante, luz, tiempo de luz.Pero, Señor, hay algo en la remota historia de mi sangre que clama por vestirse de tu palabra y, antes de que esta sangre cese, vivir tu misteriosa cercanía. Concédeme ese instante de clara mansedumbre para decirte enamoradamente que, aunque la oscuridad me exaspera, esta noche es el triunfo absoluto de la ternura.

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Nada me impide liberar mis duendes, recobrar los perdidos paraísos si eres, al fin, Dios mío, encendido lumbral de mis asedios. Desde esta cercanía, ¡qué sencillo ser un instante luz, tiempo de luz, palabra enamorada y musical aliento! ¡Qué fácil encontrarle su primera vigilia a mi primer temblor! Pero, ¿y las cosas? ¿Qué hago de las cosas, asidero del corazón, el pobre loco del que habló Panero? Les seguiré gritando con Valverde: ¡Oh cosas, apartaos, dadme ya su presencia, que tenéis escondida en vuestro oscuro seno! La vida transcurría pura síntesis de místicos arrobos y desalientos súbitos, de ensueños atrevidos y miedos enojosos, de oscuras realidades y asombros virginales. Y Dios estaba en esta forma de ausencia presencia. Nos resulta imposible salir de su memoria. Un día, ya muy próximo el estío, cuando todo sazona bajo la luz caliente

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y briza el viento la dorada espiga en campos de sangrantes amapolas, con delicada voz me dijo: “Sígueme”. Y fue como si el bosque me enviara su risa fresca, el mar su inmensidad, la tierra su hálito, su canto las alondras, su fulgor la mañana y la brisa su beso. Era la voz de Dios tendida lluvia, insinuante susurro, melodía dulcísima, ósculo apasionado, llamear crepitante... Sumergido en su voz, calado de su lluvia, arado por la reja de su beso, le pregunté: ¿Adónde? Y me adentré en el LAGO. Alicante, julio de 1996

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José Luis Vallejo Marchite nace en Fustiñana, corazón de la Ribera navarra, el 30 de septiembre de 1932. Antes de cumplir los cuatro años queda huérfano de padre, como otros muchos niños, por aquello de que la guerra parece que, irremediablemente, engendra la orfandad. A los doce años inicia sus estudios de bachillerato en Arceniega , pueblo de la provincia de Álava, con los Hermanos Maristas. Y allí permanece hasta septiembre de 1947, año en que decide, en plena adolescencia y tras un período de prueba, ingresar en el noviciado que los Hermanos Maristas tenían en Villafranca de Navarra. Sus aspiraciones se van cumpliendo poco a poco: primeros votos, votos perpetuos, estudios de magisterio, carrera universitaria (es licenciado en Filología Románi-ca) con profesores de la talla de Baquero Goyanes, Muñoz Cortés, Luis Rubio, Antonio García Berrio y otros grandes maestros. A lo largo de su vida ha ejercido el apostolado y ha impartido la enseñanza de la Lengua y la Literatura de COU en Valencia y La Coruña. Actualmente, como en sus primeros años de profesor en Murcia y Cartagena, se dedica a sus clases de Literatura y de Latín en 2º y 3º de BUP en Alicante, sin abandonar su gran pasión por la poesía: a lo largo de cuarenta años ha escrito 28 libros de versos, de los que hoy te presentamos algunos en esta antología (entre ellos se incluye, sólo de manera testimonial, Adelantado otoño, fechado en 1951, cuando el autor contaba 18 años. En 1979 publica en Holanda Oscura presencia. Se trata de una edición bibliófila del “Open Atelier de Westerhelling”, con una tirada de 200 ejemplares, numerados y firmados por el poeta y el grabador flamenco Joseph A. M. Bossaert. Cuenta en su haber con varios premios literarios.

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_1996_Vallejo_TIEMPO_DE_LUZ_Y_SOMBRA  

TIEMPO DE LUZ Y SOMBRA (1996) A mis hermanos Ángel y Carmen y a mis sobrinos. 2 Tiempo de luz y sombra 3 I Como niño tenía sólo juegos, algu...

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