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Cuando Pablo Picasso falleció en 1973, no se lloró suficientemente su pérdida. De hecho, yo he tenido que volver a derramar lágrimas tras la visita al Guggenheim de Nueva York. Lo único que tiene de arte ese museo es el edificio en sí. El contenido era para echarse a gemir, sobre todo cuando entras y descubres que la sala permanente (donde teóricamente tienen que estar las obras de Picasso, Manet o Cézanne) está cerrada. O sea que te has de conformar con ver el resto de «realizaciones», entre las que sobresalen unas especies de mojones de plata con forma de espiral que están colgados del techo. Asimismo, se suceden las formas fálicas, las performances y todos los sucedáneos de gente que ha intentado imitar a Picasso sin ningún éxito. No me sentía tan decepcionado de mi paso por un museo desde que fui a uno en Bilbao. ¡Ah, era otro Guggenheim! ¡Qué casualidad! Miles de metros cuadrados rellenos con cuadros cuyo principal mérito radica en un tamaño descomunal, en los elementos utilizados en su arte final Hormigas en Nueva York 39

Profile for Manuel José Santaella Castillo

Hormigas en Nueva York: pseudoguía prescindible para deambular por la gran manzana  

Una visión de Nueva York más allá de las indicaciones del Lonely Planet (o similares). ¿Qué se siente al visitar la Gran Manzana por primera...

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