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La mayorĂ­a de la gente se arruina por invertir demasiado en la prosa de la vida. Arruinarse por la poesĂ­a es un honor Oscar Wilde (El retrato de Dorian Gray)


Beatriz Rojo vozsobrevoz.blogspot.com

[Poesía]

HOJA DE RUTA I. El día, como clara de huevo, se desliza entre las falanges. Sería más adecuado decir: se descuelga. La pesadez del día. A la velocidad a la que la televisión muestra a cámara lenta un edificio que se desploma. El tiempo adquiere esa textura irreal. Unas manos familiares juntan migas de pan sobre el mantel hablan, aplazando lo importante hasta el momento en el que consigan alejarlo o alejarse. Como quien pone un dedo sobre la herida pensando que quizás así esta desaparezca. II. Puede contener trazas de cansancio crónico, avisa el envase de una marca desconocida de café. Intentas compensar el peso del comienzo del día con medias de estridentes colores. Pero la mirada. Te agachas a buscar entre los libros de las estanterías. Tienes miedo a no levantarte. Puntos verdes y amarillos nublan tu vista. Podrías abandonarte y dejarte caer pero odiarías que un desconocido tuviera que preocuparse por ti. III. La rutina perjudica cualquier ritmo de vida. En los bares las canciones siguen siempre el mismo orden. Es importante aprender a separar. Hacerlo, al principio, será como las manos que abren el telón en un teatro. Después se asemejará más a los ojos que se asoman, una vez superado el peso plomo de la tela, y otean buscando, nada en concreto, pero tranquilos porque saben que está ahí.


José Óscar López joseoscarlopez.blogspot.com

[Poesía e Ilustración]

CANCIÓN CURSI Siento dudas, dudas, y estoy solo, todo se devalúa tras las hojas del bosque de las naranjas, no he venido a beber pero estoy bebiendo de las naranjas, hago zumo de las naranjas y me dejo arrastrar como las hojas del calendario, como los vaivenes de la bolsa que trituran naranjas a diario en Londres y en los bosques de Beirut, ¿crecen naranjas en las bolsas que cuelgan de los cedros de Beirut? Son dudas, dudas… Pero no estoy solo ahora si paseo por los estantes de la poesía, recuérdame que puedo, todavía, viajar hasta los centros comerciales. amo a las poetisas rosas y a las novelistas con abalorios que viven en los estantes de los best-sellers, me reciben muy educadas, me dejan hojearlas, yo las ayudo a maquillarse, kilos de maquillaje para los pájaros de colores más vivos del mercado, para los seductores cursis con flores en el ojal que frecuentan los restaurantes donde a mí nunca me dejan entrar, para los artesanos de la bolsa de la vida que tiritan de frío cuando llega el calor y nuestra inteligencia emigra a los países del norte. Todo, todo se devalúa. Yo nunca estuve en el desierto cuando las piedras del desierto insistían en cantar las canciones de los libros antiguos y de las mujeres con velo, que ahora vuelan


a los países del norte, donde sudan de frío, a megalópolis futuras en la Luna y en Marte, en Júpiter, Beirut, ¿puedes vernos mientras cruzamos a mil kilómetros por hora el espacio exterior con nuestros bártulos y nuestros abalorios? ¿Crecen suficientes naranjas para todos nosotros en el espacio [exterior? Yo nunca estuve en Dresde, pero estoy intentándolo, créeme que me esfuerzo, insisto construyendo primorosas casitas de chocolate y de licor cuando llega el invierno, y cierro mis ventanas y la puerta de mi modesta casa a la que vuelvo cuando llega el domingo de yeso y me despierto solo otra vez, cursi, multiplicado y ajado como frutas maduras en el reino exclusivo de alguna fantasía que no me pertenece. Pero estoy intentándolo. Todo se devalúa, pero pensando en que yo dictaré el precio de lo que voy a intentar soñar de ahora en adelante, me entretengo mientras el resto de mis horas vuelan adonde yo no llego, y me convierto en popular y ya nunca estoy solo, y me hago millonario.


José Daniel Espejo perezayensaladas.blogspot.com

[Poesía]

SPIN THE BOTTLE En este poema te duermes a mi lado y caes en un campo de hierba perfecta bañado por el sol. Tal vez sonríes. Hemos estado bebiendo cerveza e intentando entendernos desde las cuatro de la tarde, las cosas van a mal, mas no en tu sueño, mas no en este poema. Fuera sí. Fuera existen el Tiempo y las palabras dichas como botellas de Estrella vacías rodando por el suelo. La hierba de tu sueño no se ve desde aquí afuera, pero eres hermosa, más hermosa, a este lado del campo, de tu sueño, del poema.

MEDIA MARKT Emprender un viaje al centro del infierno. Aprestas tus botas, loción para mosquitos, protector solar y te adentras. Tú eres laberinto, tú eres Satán. Al rato regresas con una aspiradora.


BALACERA OF LOVE De modo que tu cuerpo es un palacio comestible con las puertas abiertas y tus pechos la fruta que pesa en mis manos, amor: ya escucho a lo lejos los disparos, ya estoy aquí metido en la pinche balacera con el tesoro en la boca. Cómo describir su calor, su humedad, cómo cifrar en metáforas el olor a dinamita, cariño, si prefiero disparar, ahora.


Rocío Mendoza lacafeteradeeinstein.blogspot.com

ESPACIO EUCLÍDEO No sé de qué manera el tiempo te habrá hecho justicia o simplemente daño. tampoco sé el idioma frío de la desposesión, ni entiendo lo indefenso de tu cuerpo. yo solo conozco los silencios que le faltan al mundo para callarnos.

[Poesía]


Manuel Pujante [Poesía]

funambulociego.blogspot.com

FIEBRE DEL SÁBADO NOCHE Con el vuelo torpe del pájaro lisiado dibujo los silencios que pueblan los escombros. Ya se han ido todos. Bajó el telón. Silencio. Me encuentro como un perro que ha caído a la piscina arañando sus lisos azulejos, buscando en vano un asidero. Y entonces, solo la poesía me sale al encuentro como una imperfección en la pared que se ofrece a mis uñas y me salva la vida.

ANÁLISIS MORFOLÓGICO Primera persona del singular del presente de indicativo del verbo ser: yo sangro.


Violeta Nicolás Violetanicolas.wordpress.com

PULSACIONES

[Poesía e Ilustración]

“Nadie es visible sobre la tierra. Sólo la música de la sangre asegura residencia en un lugar tan abierto”. Alejandra Pizarnik

Mi calma sostiene el crepitar de la vida, Lo que va y viene y su poso. La velocidad imperceptible del giro terráqueo, La cueva mugrienta en la que perderé el sentido, Aguardo, piel al viento, decaer sin darme cuenta. Sonrío para hacerme compañía, Sigo el paso de mi respiración, Examino el peso de cada miembro, No hay unidad de medida para este corazón. ¿Es posible morir de repente? No es más cierto que muero poco a poco, Latido a latido, vierto un poco de mí En un vaso que no aguanta tanto, amor.


Ana Mª Pérez Cañamares elalmadisponible.blogspot.com

[Poesía]

HIJO MÍO Que soy libre, me dicen. Pero si quisiera tener otro hijo tendría que llevarlo al banco de la esquina porque suya es mi casa. Mi niño llamaría padre al director y madre a la cajera aprendería a andar con una silla de oficinista dormiría en un cajón del archivador y yo sólo sería un pariente lejano que le sonreiría desde mi puesto en la cola. Me pasaría de vez en cuando con la excusa de ampliar la hipoteca sólo para ver que tal me lo crían cómo le afecta el aire acondicionado si sabe poner un fax y si el director le regala un juego de sartenes por su cumpleaños.

Extraído del poemario La alambrada de mi boca (Baile del Sol, 2007)


Carlos Gargallo hablando-abonico.blogspot.com

OTOÑO 1975 Hasta entonces, inmóvil, el tiempo del absurdo. Oscura la nube entrelazada con el paso de los años. Cambiábamos cromos; patrióticos cigarros con sabor a naftalina. Una burbuja nos cubría Los bolsillos de vacío. Y la luz, a ciento veinticinco; Amarillenta cera. Hasta aquel otoño, en el que el cementerio cubrió, con su fosa, la desdicha.

[Poesía]


Manuel Torres Nieto [Poesía]

ESTAMOS CONDENADOS A ESPERAR Hace tiempo que no hablamos, date cuenta. Esperarnos por ahí, esperarnos en un parque, esperarnos en un pub o no esperarnos, me he cansado de esperarnos. Sabes lo que era montarnos en un autobús, en cualquier autobús, y formar el invierno en la parte de atrás, lo que era importarnos aquello más lejos del ruido de un labio… todo eso lo sabes [que aquello importaba una mierda todo eso lo sabes] Yo sé que Severa te esconde de mí, que como un gato que teme a los niños te esconde de mí, te muere de mí, de mí en lugares que siempre encontramos, antes o después [pedazos de luces cosidos al faro de un coche, al humo de un coche], y no te das cuenta, a pesar de que ignoras la fiebre del verbo en un labio, la primavera en un labio, tú no te das cuenta,


que yo ya no voy a esperarnos tú no te das cuenta. Ahora te miro de cara al invierno; tal vez colocando a tu antojo autovías y tejados, como harías con los muebles. Me dicen que has vuelto a Severa, que ya no respondes llamadas de nadie. Si ellos comprendieran que no te marchaste yo ya no podría morir nunca… Es como viajar a cualquier otra parte, lo mismo que echarse de menos… Si ellos comprendieran que echarte de menos requiere tenerte a mi lado, que la luna de agosto preñada de tierra nos muere en la boca, toda llena de leche, que yo ya no puedo esperarnos… Volveríamos a casa si ellos nos oyeran [si ellos nos oyeran yo ya no podría morir nunca]. Y no te das cuenta, tú no te das cuenta. Allí metidita en la parte de atrás de cualquier autobús, esperando en cualquier autobús y no te das cuenta [joder, date cuenta]; que no te das cuenta, que no te das cuenta tú nunca de nada, que te has olvidado de hablarnos.


Beatriz Miralles [Poesía]

Engendro vacíos. Dentro de las manos me hago abismo, subrayo los límites de las cosas. Siempre termino rodeado de nada.

***

Cada palabra va borrando aquel que soy, se convierte en mi sombra, el hálito de mi propio vacío.


Inés Belmonte [Poesía]

Me contó que cuando amaba febrilmente algo, lo expresaba disparando su escopeta. Era el amor escondido en la bala.

***

Duermes. Así que, no oyes las voces. No oyes ninguna voz.


Rocío Pérez Crespo rocio-desdelossilencios.blogspot.com

[Poesía]

ESE AMIGO ETERNO Una campana repica en el viento, eco dormido, El sonido lejano y reconocido del añejo metal. Busco el aliento divino, sesgado en minutos de cristal, Pan ácimo en mi boca, pétalo roto en un último gemido. Comprimidos en un frasco guardó mil secretos… Mi fe, mis esperanzas…mis sueños gastados, muertos. Y al levantar estos ojos agotados y sin embargo abiertos Me choco con la cruz que guía estos pasos sujetos. Me reflejo ante tu forma inerte y marmórea En el sufrimientos de los ángeles que velan tu suerte… Dorados querubines de inquebrantable mirada solerte Como un corro férreo ante tu sangre corpórea. Queda la promesa suspendida en el aire, como una pluma En el rojo fulgurante de la vidriera, liviana luz que penetra… Y adormece el sentido de esta penitente que a tus pies se muestra, Cansada de andar cien caminos para yacer reconfortada en tu eterna bruma…


Sonia Marpez soniamarpez.blogspot.com

[FotografĂ­a]


Juan Bello bluesambulante.blogspot.com

BALADA DE UN HOMBRE DELGADO La camarera del último bar nos miró y nos dijo: La noche no debería ser una colilla pero a menudo lo es. Quisimos regresar por la garganta de la madrugada, despoblar los cuerpos, desnudar los nudillos. Cuando amaneció, el sol, como una fruta madura, se rompió contra los primeros edificios. El reloj cosía a nuestra piel ortigas y perlas. (…) Un teléfono móvil fue todo el invierno. El mar retrocedió ocupando sus huesos y así vimos lo que faltaba. Una luna de plástico caía en la ventanilla mientras nos alejábamos y la ciudad se reducía a un grano de arena. El cielo, me dijiste, es un pájaro roto, por eso siempre amanece. (…) Después de varias horas arruinadas en un tren perdimos nuestros ojos en el agua quieta

[Poesía]


de la alameda. Yo observaba el viento en las copas de los árboles, tú hundías tus pies en la arena amarilla que iba dejando la gente al pasar. Un destino implica abandonar un origen. Me pregunto si tú eras consciente de eso. (…) Desde lo alto del cable nos resignamos a ver cómo termina el día. Luces febriles que entorpecen nuestras pupilas. Como hierba húmeda, la madrugada nos rodea. El mar se extiende en el patio cubierto. Y la claridad de una farola avanza sobre nosotros igual que avanza un puente derruido. (…) Te preguntas si la vida es solo la vida, si agarrar un puñado de arena es acercarse al paraíso. Te preguntas si la noche es el agua que pasa por el ojo de una aguja, si el eco es la voz reflejada en un espejo. (…) Tú solo buscas que alguien te salve, te dije,


pero somos los ahogados del naufragio equivocado. (…) Baudelaire en el callejón contempla el atardecer de los cubos de basura y escribe sobre las páginas de un viejo periódico: Lo bello no existe, es un engaño del ojo humano. No arañas la rosa, acaricias sus espinas. El tiempo es solo tiempo, nunca fue arena. (…) Quedan apenas unas alas azules después del pájaro, igual que esa pequeña luz que resiste cuando se apaga una lámpara, ese crudo espacio donde se buscan los nombres de las cosas. Trato de encontrar mi reflejo en el fondo de un cuerpo, aprender a ser quien soy a partir de mis gestos. Perdimos tanta piel que apenas logramos reconocernos, las ciudades también son erosión. Y en tus ojos se ha posado un cuervo negro.


Antonio Pérez Abril [Relato]

lasgafasdemicke.blogspot.com

DOMINGO DE ZAPATOS TRISTES

A Paco Espín, por las noches de palabras A Marcos García, por su piano. Me pregunto si la felicidad consiste en no parar de reír o en tener algo a lo que dedicarse. Puede ser que la felicidad sea escuchar “Perfect Day” de Lou Reed un lunes de madrugada o ver cómo Mile Davis derrama lágrimas de sangre sobre los tejados mortecinos de la ciudad. Quizás la felicidad consista en levantarte con resaca y no acordarte de nada o acordarte de todo y sentirte una basura. A veces se me olvida lo que es ser feliz y me pregunto si no consistirá en escuchar llorar a tu corazón o ver llegar a tu madre a casa y vomitar mientras dice lo siento. Cuando me hago estas preguntas salgo a pasear para olvidarme de todo y es ahí, en las calles de la ciudad, donde me cruzo con otras personas que también caminan tristes y me doy cuenta de que el mundo está lleno de tristeza y yo formo parte de ella. Cuando todo eso ocurre, cuando la vista se me nubla y no soy capaz de ver más allá, me acuerdo de mi madre y de cuando dice que si no me dejo los estudios algún día podré ser una persona socialmente aceptable. Mi madre casi nunca dice la palabra aceptable, mi madre nunca sonríe. Dejó de hacerlo el día que se marchó mi padre, y ahora, todas las mañanas, la veo levantarse con esa tristeza mansa que nace en sus ojos, y deambular por casa dentro de una bata rosa que compró hace diez años en el mercado. La veo caminar con paso lento, recogiendo los restos de ropa acumulados y toda la mierda que nos invade. La observo cómo toma una taza de café humeante con la mirada clavada en el suelo y cómo después se va a trabajar. Cuando escucho el sonido de la puerta me asomo a la


POETA INVITADO:

Héctor Castilla (Cartagena, 1971)

Escritor, editor y traductor. Ha publicado los libros ‘Carta desde el invierno’ (Ed. Agua, 2004) y ‘Una canción en la memoria’ (ERM, 2006). Ha participado, entre otras, en las antologías ‘Goytisolo: veintisiete voces para un único poema, veintisiete miradas para un mismo rostro’ (Ed. Nausícäa, 1999), ‘Actuales inactuales’ (Pedro López Martínez ed., 2001), ‘Trazado con Hierro’ (Ed. Vitruvio, 2003) donde comparte páginas con Blanca Andreu, Dionisia García o Carlos Vitale, ‘Tributo a Serrat’ (Ed. Rama Lama Music, 2007) junto a autores como Luis Antonio de Villena, Muñoz Molina, Loquillo, Aute, Sabina, Olga Román, Jaume Sisa, etc., ‘A Pablo Guerrero en este ahora’ (Ed. El Páramo, 2010) o ‘El llano en llamas’ (Asociación Cultural Fractal Poesía, 2011). Además, en unas semanas verá impresa su colaboración en la antología ‘Esto no rima’ (Ed. Origami), en la que también participan Ana Pérez Cañamares, Gsús Bonilla, Ángel Petisme, Cristina Morano, Vicente Muñoz Álvarez, José Daniel Espejo, Pepe Ramos, David González o Jorge Riechmann. Tiene estudios de Filología Inglesa; ha colaborado como traductor en varias ocasiones, entre otras, en la exposición ‘Lorca, Luces de Sefarad’ patrocinada por la Región de Murcia y la Casa Sefarad de New York; es desde 2004 editor de la revista de poesía Hache (parte de cuya labor se puede ver en http://revistahache.blogspot.com); ha colaborado con revistas como ‘Salamandria’, ‘Antaria’ o ‘Barcarola’; y, tras haber quedado finalista en algunos certámenes nacionales, espera tener la suerte de cara para poder publicar el libro que tiene ya terminado desde hace una temporada. Continúa organizando eventos culturales en la ciudad en la que vive y frecuentando el blog http://hectorcastilla.wordpress.com


ELLA usa las palabras como navajas sobre objetos blandos y yo vuelvo a esta casa alquilada y recuerdo que finje ser respetable en la cola del supermercado; y sé que si le fuera posible desearía una voz con menos ira que la propia ahora que toda la casa es sólo un sofá con una manta que nunca llega a cubrir los pies. Ambos sabemos que escribir es fracasar como nadie se atreve a hacerlo. Me parece tan torpe decir que ya somos libres; sólo nos queda la costumbre: ese hábito de no saber vivir.


ventana y allí está ella, en la parada de autobuses que hay frente a casa, esperando cabizbaja mientras a su lado dos putas sueñan con la llegada del alba para dar de mano y lavarse el coño en el bidet de algún tipo llamado Mickel. Al verla así siento mucha pena por ella y me vuelvo a la cama donde quedo dormido. Luego me levanto y pongo alguno de los discos de Mile Davis o de Lou Reed que se dejó mi padre antes de irse. Mi padre nos dejó hace ocho años, cuando mi madre descubrió que coleccionaba películas pederastas y que muchas de ellas habían sido rodadas en su cuarto. Ella nunca me lo dijo, pero uno se va enterando de ciertas cosas. El día que lo detuvieron yo acudí al colegio como un día normal. Jugué con mis amigos, era un niño más entre la gente. Pero a partir de ese día me volví invisible para todo el mundo y mi madre tuvo que cambiarme a otro colegio donde seguí siendo invisible. Mi madre nunca quiere que hablemos del tema y cuando lo hago se marcha de casa y avanza por esa hilera de bares con sus tubos de neón refractándose en la grasa de las calles hasta que encuentra una vieja cantina. Allí mi madre empieza a beber gintonic y a fumar y a ver atractivos a los hombres que naufragan por las aceras y se deja sobar por ellos en el portal de casa. Después entra en mi cuarto y me besa en la frente dejando ese aroma a cigarrillos, ginebra y semen y se queda durmiendo en el pasillo y yo tengo que levantarme para llevarla a la cama y llamar a la fábrica para decir que hoy mi madre no puede ir a trabajar porque le duele la vida. Porque a mi madre le duele mucho la vida, como a todos esos viejos que me cruzo por la calle y acuden a las corridas de toros. Me acuerdo de ellos cada vez que veo uno de esos carteles colgados en la calle donde se anuncian las corridas. Cuando veo esos carteles pienso que el toro es un animal muy puteado. Lo pienso al ver a todas esas personas hacer cola los domingos por la tarde para entrar en la plaza con sed de sangre, viejos que no entienden por qué en un pueblo de Valencia se desperdicia el tomate y que les gusta mirar las obras. Los viejos pasan horas mirando las obras y disfrutan con las corridas de toros, viendo cómo caen los toros sin vida en la arena de la plaza y luego dos caballos se los llevan arrastrando mientras dejan un surco de


sangre que a mí me recuerda al color de las cerezas y de la muerte. Los viejos disfrutan con ese espectáculo y lo que en realidad sucede es que se ven a ellos mismos en el toro. Se ven a ellos mismos cuando eran jóvenes y la vida era demasiado dura, cuando tenían ocho años y de madrugada entraba el padre a la habitación para llevárselos al campo donde se dejaban la espalda y moría su juventud. Creo que ven en la bravura del toro esa resistencia a la vida que ellos ofrecían y la imposibilidad de negarse ante un padre autoritario, demasiado ocupado en sobrevivir. Yo creo que por eso no se compadecen del toro y le desean una muerte lenta, y aplauden. Ellos ya están muertos. Nunca fueron niños. Cuando veo esos carteles pienso en todos esos viejos y sigo caminando mientras digo que ser toro en España es una mierda y que mi abuelo nunca fue un niño y por eso lo único que me enseñó es cómo mueren los hombres tristes y también a silbar. Mi abuelo me enseñó a silbar cuando tenía cinco años y poco después, en el mismo puente donde meses después moriría, me dijo que los hombres tristes deben morir sonriendo. Decía que los hombres tristes tienen que morir sonriendo porque como no lo han hecho en toda su vida deben ofrecerle algo único a la muerte, algo que la sorprenda para sacarle algo de compasión y tener un viaje agradable hacia el otro lado. Mi abuelo decía todo eso con la mirada fija en el cielo, con la boca llena, como si aquellas palabras saciaran su sed de muerte, hasta que no pudo aguantar y se quitó la vida tirándose al vacío. Mi abuelo se lanzó desde el puente que hay sobre la autovía, el mismo en el que yo me siento muchas veces a ver pasar los coches y donde me acuerdo mucho de él. Porque mi abuelo me enseñó a morir y a silbar. Y mi madre, cuando yo le cuento estas cosas, me dice que mi abuelo era un pobre diablo y que si no quiero acabar como él no me deje los estudios, y así, algún día seré alguien en la vida y tendré dinero suficiente para llevarla al médico de las varices. Cuando dice eso yo miro sus piernas y pienso que mi madre, al igual que mi abuelo, nunca ha sido joven y tengo que largarme de casa. Cuando lo hago muy temprano me encuentro con tipos que duermen en las puertas de los puticlub y se despiertan desorientados, con sabor a


coño en la boca. Tipos que se lanzan al asfalto caminando de espaldas a los coches, con la esperanza de que algún conductor les pase por encima y ponga fin a su triste existencia. Pero ahora la gente ya no corre en los coches, ni fuman cigarrillos en los aviones y tampoco se van de putas por miedo a coger el Sida o algún herpes en la punta del nabo. Ahora la gente vive feliz. Muchas veces veo pasar a familias enteras. Se quedan mirándome con esa actitud que tiene la gente que piensa que la felicidad es pagar una hipoteca y ver crecer a la familia. Esas personas piensan que existe una gran satisfacción en educar a los hijos para que luego estos se marchen de casa y sean alguien en la vida y ganen mucho dinero para llevar a sus madres a la clínica de las varices. Entonces, cuando esto sucede, yo vuelvo a casa y encuentro a mi madre con su bata rosa recogiendo los restos de ropa mientras la ginebra le hace vomitar y dice lo siento. Entonces me pregunto ¿qué es la felicidad? Y tengo que seguir paseando mientras miro esos escaparates y veo mi reflejo contra los maniquís. Unos maniquís que llevan traje y corbata y que parecen estar siempre felices y más vivos que yo porque a veces me siento muerto, como esos perros que aparecen aplastados en las carreteras. Anoche mi madre volvió a llegar tarde a casa y al besarme en la frente pude adivinar al momento en qué había invertido su tiempo. Desperté y al mirarla a los ojos sólo encontré un abismo oscuro donde alguien gritaba y pedía auxilio, como aquellas personas que caminan como si estuvieran cansados. Porque hay gente que siempre está cansada, que nació cansada y pasa la vida yendo de un lugar para otro arrastrando los pies y maldiciendo el tiempo. Personas que llevan bufandas para aislarse del frío y se encierran en las cafeterías donde piden café con tostadas y leen el periódico. Cada uno de ellos en una mesa distinta, guardando una distancia prudencial con el prójimo y con la mirada en el periódico donde se anuncian todos los sucesos de los que yo no quiero enterarme, que soy incapaz de entender. Mi madre dice que ella no compra el periódico porque bastante mierda tiene que soportar ya todos los días. (CONTINÚA)


Julie Imbert [FotografĂ­a]


Después sigue fregando los platos con agua fría mientras sostiene un cigarrillo humeante con aquella cúspide de ceniza que amenaza con caer en los platos recién lavados pero que nunca sucede. Siempre que termina me acaricia el rostro y puedo sentir sus manos húmedas con olor a lavavajillas. Después se encierra en su cuarto y yo me marcho de casa o me pongo a ver los documentales que echan en la dos después de comer y me paso una hora empanao viendo cómo follan los leones hasta que terminan y me marcho de casa. Los domingos por las tardes me gusta pasear por la avenida de los escaparates, hasta que llego a la estación de autobuses. La estación es un lugar triste, con esos grandes autobuses que se alejan exhalando un humo gris mientras sus ocupantes dicen adiós con las manos y otras personas lloran en el arcén. A veces sueño que yo también me marcho, que monto en uno de ellos, a cualquier lugar. Sueño que me alejo tanto que nunca más puedo regresar. Mientras contemplo los autobuses me pregunto si mi vida hubiera sido la misma en cualquier otro lugar, si lejos de la ciudad, en otras ciudades, las calles también están llenas de cadáveres y si mi madre seguiría pasando frío por las noches. Ese tipo de preguntas me las hago desde que conocí a Isabela, la mujer de los plásticos. Isabela llora por las noches en los puentes, lo hace desde que se marchó su novio en uno de esos autobuses para no regresar jamás. Me dijo que habían pasado juntos los mejores cinco años de su vida y desde entonces nunca ha besado a otro hombre porque sabe que algún día vendrá y ella estará allí esperándole. Ahora, todos los domingos, la miro desde lejos como arrastra un carro lleno de plásticos y de chatarra y pienso que su mente también se fue en ese autobús y ahora vive en otra ciudad, junto al amor de su vida. El día que conocí a Isabela me marché de la estación recordando que nunca había besado a una mujer y probablemente nunca lo hiciera porque soy invisible para todo el mundo. Aunque hace tiempo que dejaron de importarme esas cosas y sigo caminando los domingos por la tarde por las calles vacías, donde a veces me tropiezo con tipos que pasean a sus perros. Que caminan poderosos arrastrando de sus collares con aire solemne y sonríen


cuando se cagan en las farolas y después se marchan dejando la mierda en el suelo. Porque para ellos la mierda es algo irreal, algo que no conocen y se marchan silbando, tremendamente felices por tener un perro a quien pasear, a alguien a quien puedan dominar con un simple silbido. Lo curioso sucede después cuando otros tipos pisan esas mierdas y se cagan en dios y en la puta madre que parió al dueño y al perro. Maldicen cuanto se les viene por la cabeza y después se abrazan a sus parejas para entrar a misa pensando que quizás Dios no le ha escuchado y aún pueden salvar sus almas. Ese tipo de hipocresías me pone enfermo y es cuando siento demasiado frío y las calles languidecen vacías y mortecinas mientras los empleados del ayuntamiento recogen los restos de botellas que todos aquellos jóvenes dejaron desparramados la noche anterior. Entonces piensan que esos malditos críos no saben divertirse y se cagan en la hostia por la mierda de juventud que tenemos y luego se olvidan de que ellos también fueron jóvenes, que dejaron los restos para que los limpiaran los funcionarios del ayuntamiento. Y es ahí donde pienso que la vida es algo que gira y que siempre se repite, y me alegro de que las mujeres no me quieran besar y de que mi madre diga que si no me dejo los estudios podré ganar el dinero suficiente para comprarle un lavavajillas. Si eso sucede quizás mi madre nunca más vuelve a pasar frío en las manos y a lo mejor no se encerraría en su cuarto por las tardes y dejaría de salir con hombres rancios que naufragan por las aceras. Si no me dejo los estudios tal vez mi madre tendría más tiempo para hacer cosas que le gusten como ir al cine o leer esas novelas de amor que venden en el estanco de mi calle y así podría olvidarse un poco de todos los problemas que tiene y podría sonreír alguna vez. Yo, a veces sonrió, lo hago por las noches, cuando subo a una pequeña colina a las afueras de la ciudad y contemplo toda la extensión de casas con sus luces y las grandes chimeneas lanzando su humo al cielo. Me quedo allí observando las luces, escuchando el sonido de las ambulancias, mientras pienso en mi madre que en esos mismos instantes estará sola en casa, sentada en el sofá, zurciendo calcetines con esa bata rosa y su mirada triste.


Cuando subo a las alturas pienso que si no me dejo los estudios algún día podré ser alguien de provecho pero seguro que no subiría a las alturas para contemplar la soledad de la ciudad, ni escucharía a Lou Reed, ni viviría con mi madre. Si no me dejo los estudios no viviría en casa y entonces mi madre se pondría muy triste.

Extraído del libro "200 gramos de literatura"


José Ramón Sánchez – Pujante y Fernández [Relatos] PRIMAVERA Me bajo la cremallera y meto la mano para rebuscar algo que me es tremendamente familiar. Saco el pene de los calzoncillos y con la mano, lo dirijo hacia la pared blanca del urinario. Algunas gotas vuelven a mí con violencia por la fuerza con la que sale despedida la orina caliente. Mis pantalones quedan levemente salpicados por pequeñas gotas informes. Voy sintiendo la sensación de alivio. Se hace patente la sensación de alivio. Estoy aliviado. Junto a mí, a derecha e izquierda, se encuentran como el buen y el mal ladrón, dos hombres que igual que yo, dirigen sus respectivos miembros a la pared del sanitario. Me pica la curiosidad. Los miro. Uno lleva bigote. Es un hombre mayor, regordete, algo más bajo que su homólogo, con la mirada concentrada en lo que está haciendo. El otro es notablemente más joven, con barba y el pelo largo hasta la altura del mentón. El pene del primero es como una copia sin terminar hecha con carne humana, de él mismo. Pequeño, regordete y con una cantidad ingente de vello púbico. Es como una mujer con bigote, difícil de mirar pero en esencia igual que las demás. El hombre que se descarga al otro lado, tiene un pene que bien merece la estatua de Archidona, que a mí, por otro lado, ni me va ni me viene, pero que me despierta un conjunto de sensaciones contradictorias. Ante aquello solo me queda mirar al fondo del urinario, donde, ni corto ni perezoso, mi partenaire asoma la cabeza en un afán incontrolado de protagonismo. En ese momento, al volver la cabeza hacia mi urinario, observo indirectamente con el rabillo del ojo, como el señor del bigote dirige su mirada hacia mis manos, en ese momento ocupadas en sostener al objeto de deseo en cuestión, para después mirar, cabizbajo, al fondo de su puesto, donde la orina forma un charco de sopa primigenia que mezcla orina y vello púbico, que se arremolina en torno al sumidero. El joven del pelo largo hace lo


mismo pero en lugar de volver a mirar cabizbajo su miembro, alza la cabeza por encima de nosotros y respira con lo que parece una sensación de alivio. Una vez terminado el proceso de excreción del líquido, los tres, casi coreografiados, sacudimos los últimos restos de orina que aún se mantienen reacios a abandonar el hogar familiar, con similar movimiento pélvico. El joven de mi derecha sube el pantalón de su chándal, yo cierro mi cremallera, y el señor que está a mi izquierda, abrocha los botones de su pantalón. Junto a nosotros, en el suelo, hemos dejado lo que cada uno llevaba en las manos. Ahora, el joven coge su patín, yo la maleta con las cosas del trabajo, y el señor del bigote una bolsa de alpiste y un periódico. Al salir no nos despedimos. El señor y yo nos lavamos las manos y el joven sale por la puerta patinando. En la calle hace sol. Es este un buen día de primavera.


María M. Bautista lacegueradepiero.blogspot.com

[Poesía e Ilustración]

VAMPIROS EN MESOPOTAMIA Cortadles los tendones o atadles los tobillos, pero que no regresen del subsuelo. No dejéis que regresen. No dejéis que abandonen el espacio asfixiante de la tumba. Ellos envidian vuestra piel caliente y el sol con que peináis vuestros cabellos. Envidian el placer y los ratos ociosos. Tienen cuentas pendientes y envidian vuestro tiempo, vuestro ocaso lejano. Vendrán para teñir de negro la esperanza, de rojo la piel blanca. Vendrán para arrastraros al sótano del mundo: envidian el dolor con el que dais la vida.


José Carlos Álvarez Sánchez [Relatos]

TIC-TAC, TIC-TAC Y ADIÓS. El señor López sale del banco con cara de circunstancias. No de circunstancias en el plan de “yo soy yo y mis circunstancias” y ese rollo, porque podría darse el caso de que fueran circunstancias buenas, malas o neutrales, y entonces el decir que tenía cara de circunstancias no aclara ni describe absolutamente nada. Digamos que eran circunstancias malas. Pongamos horribles. Digamos que para hacerte una idea de la cara con la que el señor López salía del banco deberías imaginar que estuviera presenciando un macabro ritual entre caníbales, y encima sin que añadan sal a la comida. Esto suponiendo que el señor López no es ningún sádico ni ningún maníaco devorador de niños, y que ni tan siquiera tiene una afición secreta por lo escatológico. Quizás así te hagas una idea de la expresión de auténtica angustia en su rostro. Al señor López le quedan veinticuatro horas de vida. Acaba de consultar su saldo y eso es lo que pone en la pantalla del cajero. Ahora sabe que mañana a esta hora estará muerto. A juzgar por su expresión, no lo sospechaba. Tiene treinta y seis años y ha tenido una buena vida. Pero le asusta la idea de no existir. Ha llegado el momento de decir “¡Muerto soy, que la cosa siga sin mí!”, pero le ha pillado en bragas. Pobre señor López, ¿Qué hará antes de despedirse del mundo? Su último aliento está a punto de ser exhalado y su cuerpo pronto formará parte de la cadena alimenticia de unas simpáticas lombrices. Sigamos por el principio. Un buen día a alguien se le ocurrió que el Tiempo podría guardarse, acumularse o cederse. Hay gente que tiene tiempo de sobra. Hay gente que no encuentra tiempo para nada. Hordas enteras de jóvenes


deseando que pase la semana para que llegue el fin de semana siguiente. Qué maravilloso sería poder vivir en un fin de semana continuo, y deshacerse de esos días insulsos y prescindibles en lo que lo único que se hace es estar tirado en la cama o gritándole a mamá para que te prepare el desayuno a las doce del mediodía. Y qué bonito sería para todos aquellos que no tienen tiempo para hacer tanto como les gustaría disponer de ese tiempo perdido del que otros quieren desprenderse. Qué bonito sería hacer del tiempo un bien mueble con el que negociar. Qué bonitas son todas estas ideas hasta que llega alguien y las pone en práctica. Nadie cede su tiempo a cambio de nada. El negocio del tiempo es el negocio del futuro. Quien tiene tiempo, tiene un tesoro. Vamos a vender nuestro tiempo a precio de pulpo. Cómprame tiempo y todos felices. Los ricos se gastan sus fortunas en años enteros del tiempo de los pobres, que poco a poco se van haciendo ricos y quedándose sin tiempo para nada. ¿En qué gastar este dinero que he ganado vendiendo el tiempo del que ya no dispongo para gastarlo? A comprar más tiempo se ha dicho, es el negocio perfecto. Así va creciendo la “burbuja” y cada vez se vende más tiempo y más tiempo y más caro y más caro y un día… ¡plop!, explota como una pompa de jabón, sin hacer ruido. Y el señor López se da cuenta de que con todo el dinero que tiene, no puede comprar más tiempo, porque no hay tiempo a la venta, y sabe que mañana va a morir. ¡Haberlo pensado antes de vender tu vida! le grita un piojoso que pasa por su lado. Le da igual. Total, las calles están llenas de los cadáveres de los miles de hipotecados que ven como su vida ha acabado de la noche a la mañana, los edificios arden y la gente corre despavorida.


Balder John-hammer.blogspot.com.es

[Ilustraci贸n]


Antonio Yuste poetasycables.blogspot.com

Manuel [Novela por entregas]

LOS CUALQUIERA - CAPÍTULO 2 Lo único que ella quería era olvidar el péndulo, o al menos disfrazarlo de Ray Charles. Habría sido interesante. Solo que ella era yo y yo apenas tenía la cara un poco más limpia y algo menos translucida que este vaso sostenido. El movimiento de mi mano repitiéndose, el cristal fingiendo retratarme con más fidelidad: Las manchas de suciedad desaparecen de su cara. -¡Buenas noches! ¿Qué desea? La pintura de guerra te hace confundirte con el entorno y las bestias cívicas te tratan como a uno más. -Pues… una coca-cola. -No tenemos coca-cola, tenemos Pepsi. -¡Ah! Pues una Pepsi Cero. -No tenemos Pepsi Cero. -Pues vaya mierda… ¿Un vaso de agua? -Claro… -Pero… oye, niña, está fría... yo la quiero del tiempo. -Señor, hace frío, estamos en diciembre. -Que sí, pero que yo no la quiero fría. Se cierra una vez más mi jornada. Vuelvo a mi estuche como un instrumento viejo. A mi sombra todavía le quedan fuerzas para salir por la puerta. -Un paso más cerca de París, ¿no? -Ojalá, Lucía, ojalá. Sí. Mi sueño es largarme a París. Perderme por sus calles, por sus olores, por sus cosas… Pero cada jornada que pasa me alejo de ese pequeño cuento, y lo voy rememorando en mi cabeza como una canción que dice “cada vez que nos decimos adiós”. Han caído un par de gotas. Hoy no lloverá mucho más. Pero como el miedo manda y siempre mandará, cada una de las ancianas ideas que puebla esta ciudad portan un paraguas y contemplan al cielo, temiéndolo. Solo los verdaderos valientes, los que van desabrigados


de ánimo y les importa nada o poco su saludo, son jinetes en la tormenta. Pero en el autobús, esta tercera edad tan tierna a la que le cedo el asiento enarbola paraguas como espadas. Paciencia, reza mi pensamiento. La paciencia es la ciencia del respeto, defienden las viejas. Moderación en todo. Claro señora, siéntese. El autobús como símbolo de la realidad contemporánea. La gente busca asientos libres. La gente quiere estar sola. Nada de desconocidos que los miren a los ojos y los juzguen, porque la gente habla por los ojos, como los niños o los ciegos. Detestar al vecino como deporte nacional y luego decir “parecía un buen chico, saludaba a la gente”. Pero las ancianas, que ya no le tienen miedo a nada, se sientan donde sea. Quizás es porque ya han visto demasiado, incluso a Dios. Porque creen en Dios. Yo sólo creo en la música. ¿Eh? Ya no sé ni lo que veo. Mi imaginación se ríe de mí, pues es imposible que una gárgola cruce la esquina para meterse por una de las calles de la Gran Vía. Una gárgola… Eso me recuerda a Notre Dame. A París. A mis sueños. Yo aquí de pie, con los auriculares pendiendo de un hilo, y mi cintura al aire y nadie, nadie, que la sostenga. Ay… Si todos los capullos que he conocido se hubieran convertido en mariposas... No me puedo dedicar a desengañarme, pero ojalá, ojalá, ojalá tan solo una de las notas musicales sonara como mi nombre. Ojalá una de ellas dijera mi nombre y alguien la alzara al cielo como un saxofón o me abrazara como una guitarra o me tocara como un piano. Ojalá. Ojalá esto no consistiera en seguir aquí sosteniendo las paredes de este autobús. Sin embargo sé que la boba soy yo. Que yo soy la única tonta que acepta el juego ese de “hoy por ti, y mañana ya veremos”. Da igual. En el fondo, por mucho que te quiten, por muchos trozos de corazón que te arranquen, la resta sigue igual: Vacío por dentro. Un vacío de espinas. Y las espinas vendrán de los tallos de rosas que ha ido entregando el tiempo, porque de los pétalos ya no queda nada. Ahora… llego a casa… y me dejo vencer… por la rutina. Abrir el portón con el murmullo de unos oídos sordos.


Bah… Si en el fondo soy tonta por creer en la magia, ¿no es así? Debe ser así… -¡¡¡SEÑORITA!!! Joder… qué susto… A cada lado una gárgola. Dos hombres disfrazados de gárgola. -¡No puede quedarse aquí! ¡Tiene que venir con nosotros aaaapresuradamente! -¿Perdona? -Venga, venga, no se enrede. ¡Tiene que seguirnos! Cada uno me agarra de un brazo y me lleva más allá de donde mi voluntad puede contemplar. Subimos el puente de madera para saltear el río Segura, hasta llegar a la plaza 15 de Mayo, para perdernos por una callejuela que nos lleva directamente a la catedral. -¿Y esto? Pestañeo como cincuenta veces para que la máquina que supone mi cerebro le diga a mis ojos que es verdad, que sí, que la catedral murciana se ha disfrazado de Notre Dame. De algún lado salen cuatro potentes proyectores pintando lo de siempre en sueños. -¿Qué está pasando aquí? -¿Vas a preguntar por el truco o te vas a dejar llevar por la magia? Pero no es verdad… No puede… Me siguen arrastrando. Llego a Platería… Creo que es Platería… Un día fui a ver a un escritor a una firma de libros. Le dije que me encantaba un relato suyo que hablaba de París porque estaba enamoradísima de esa ciudad. -¿Por qué? –me preguntó el escritor. -¿Por qué te gusta escribir? –me salió responderle. -Porque me hace sentir cosas maravillosas –me respondió afablemente. -Quizás sea por lo mismo. Ves el mundo, pintado de azul blanco rojo. Las baldosas que marcan un camino, y llueven rosas, y alzas las manos tranquila porque no pasa nada y pasa todo y en tu corazón se pasa por cada una de los puestos de la avenida, de la calle, de tu calle, como si fuera tuya. Has viajado sin darte cuenta, porque estabas allí cuando estabas en no se donde, pero ahora te rodea el aroma del vino caliente en vasos de plástico, el


perfume de los crepes, y tú dando vueltas como la varilla de los cocineros en sus grandes puestos ambulantes. Te dan un gofre, un dulce gofre que eres incapaz de llevarte a la boca porque es tan sumamente real… Las parejas caminan cogidas de la mano, o del brazo. Las cabecitas de ella, cubiertas por un gorrito de lana, se apoyan en sus apuestos y altos amantes, de chaqueta, mirada altiva, alto orgullo, alta dulzura que los doblega. Y los ellos los miran a las ellas y ambos sonríen. Ella una niña, él un dios que no termina de creerse su existencia. Hay quien se detiene, quien se detiene de repente frente a uno de esos pintores, y se miran, se superponen las miradas, se acercan, se van acercan, y se besan con el movimiento desesperado, armónico, suave, de un acordeón, y sus pechos se agitan como un acordeón, y sus corazón estallan como un acordeón. Y los acordeones suenan cerca de los pintores que pintan y de los amantes que aman y de las rosas que vuelan. Y los pintores que pintan decoran la calle con sus sillas, sus lienzos, sus abultados abrigos, y el idioma del pincel, enarbolado cual batuta, dejando cuatro semicorcheas aquí, una negra, lo que sería la duración de una sonrisa, aunque la tuya siga ahí sin darse cuenta, porque sonríes, como eternamente, como si no pudieras poner otra cara, y el gofre se deshace en tus manos y las gárgolas se ríen. Una chica de pelo corto pasa corriendo a tu lado guiando a un ciego mientras le describe lo que no está viendo. Un horondo hombre, con un maletín, llega tarde a una cena, ¡la oportunidad perfecta para levantar su negocio! Y tú crees que todo es mentira, pero la ves, y no te importa. Cuando llegas a la plaza cientos de idiomas se funden con cientos de idiomas. Las luces brillan, como luciérnagas azules blancas rojas. Y de fondo, recorriendo esa avenida cuyo nombre no recuerdas, ves la torre Eiffel. Y corres. Dejas atrás a las gárgolas, las farolas, los cuadros, los pinceles, los hombres y las mujeres. Corres con el sonido intenso de las trompetas diciendo que nada te puede echar atrás. Corres, y luego, sigues corriendo. Y llegas a sus pies. A los pies de la Torre Eiffel. Y te quedas tanto tiempo bajo su sombra que de pronto suenan las campanadas y la torre se ilumina. Cientos de brillantes risas irisadas del suelo al cielo. No estás sola, pero estás sola, y jamás te habías


sentido menos sola, porque no te importa, porque quizás mañana cuando te pellizques digas “yo estuve en París”. Y cientos de brillantes risas irisadas del suelo al cielo laten, y tú estás ahí, y es tuyo, y lo sabes. -¿Todo esto es por ti? –Pregunta un anciano a mi lado. -Creo que sí… Pero no sé por qué… -Quizás tuviste la fortuna de contarle tus sueños a quien debías.


Jesús de las Heras [Cuento] LA BARCA SIN FONDO Llegamos a la playa de noche, y nos tiramos al agua. Cabeceaba bajo las olas una barquita casi hundida en aquella playa perdida de Benaoare. Entre todos la levantamos y llevamos a la orilla. La volcamos, y, libre de agua, vimos que los agujeros eran muchos, pero muy pequeños. Decidimos que sería divertido jugar con ella: la botamos al agua de nuevo, y nos alternamos en ella. Nos sentimos Capitán Garfio alternativamente, los demás éramos los cocodrilos. Una chica de larga cabellera tenía miedo. No veía divertido ver cómo la barca se hundía con ella dentro. No te preocupes, le dije, aquí está mi mano, cuando la barca se hunda te quedas conmigo. Ella sonríe, y mira a la playa. Allí estaba otra chica, de ojos turquesa y pelo a lo chico. De ojos enormes, mirando serena. Miraba absorta un cuaderno de notas. Me acerqué, intrigado, seguí su mirada, leía poemas, el cuaderno era suyo. Hermosos poemas, la chica a lo chico hermoso escribía. Ven, le dije cogiendo su mano. Juguemos en barca, el mar que te meza. Sonríe la chica, el cuaderno cayendo a la arena se olvida. Al mar que se viene. No está ya la otra. Subimos a bordo, la barca se hunde. Flotamos cogidos, en abrazo profundo. Amamos el uno a la otra, la otra al uno. Hasta que pronto el Sol diáfano raya. Amanece a nosotros un nuevo, cruel día. Y su beso acabando, a mi oído musita: Roque, despierta. Si yo ya me he ido, tu vida aún sigue. Y a mí ya me miran ojos extraños. Su beso se ha ido, el nuevo es salado, profundo, amargo. El aire me inunda del beso del hombre. Su cara se anima, y dice a su gente: ¡Traed la camilla, el chico respira! Ulula la vida, la ambulancia me lleva. Mi mano aún coge, su voz con dulzura musita: Nos vemos más tarde, muy tarde, cariño. Otro beso de parca y te llevo conmigo. La Zenia, 20080618.


Juanmi Carcelén lacrymosastudio.blogspot.com

[Fotografía]


Juan Luis Muñoz Fernández suenaruidodecadenas.blogspot.com

[Poesía]

POST MORTEM ¡Cuántos años de sueños! ¡Qué destrucción! ¡Qué abismo! No me gusta nada. Ni disfruto con nada. Venga va: sed certeros en el tiro. *** -Sombras de un pastel blando que hiede ya mucho tiempo: a tristeza, a melancolía, a brumas, a... -¡Puta, no te entretengas! -Lo siento: ya no soy ni tan siquiera la sombra, de la sombra, de la sombra de esa mierda. Y me pregunto por qué carajo hiedo igual.


Gabriel Noguera caramelitos.blogspot.com

[Microrrelato y Haiku]

LA REVOLUCIÓN PERMANENTE Qué malo eres, me dice, pero me lo dice con deleite, contenta de que le tome el pelo, satisfecha porque no respeto su divinidad, feliz porque me empeño en humanizarla.

HAIKU La luz eléctrica llega por la mañana antes que el sol.


Han participado en el número 1:

Gabriel Noguera Beatriz Rojo Rocío Mendoza María M. Bautista Antonio Yuste Manuel Pujante Balder Jesús de las Heras José Carlos Álvarez Sánchez Julie Imbert Juan Bello José Daniel Espejo José Óscar López Juan Antonio Molina Sánchez Inés Belmonte Beatriz Miralles Sonia Marpez José Ramón Sánchez – Pujante y Fernández Manuel Torres Nieto Antonio Sánchez Orcajada Juanmi Carcelén Violeta Nicolás Carlos Gargallo Juan Luis Muñoz Fernández Antonio Pérez Abril Ana Mª Pérez Cañamares Rocío Pérez Crespo

Artista invitado:

Héctor Castilla http://hectorcastilla.wordpress.com

SECONAL: Yuste, Manuel Pujante, Rebeca Pérez, Ino Mateos, Claudia Palao. http://seconal-revistaliteraria.blogspot.com



N.º 1 Revista Seconal