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Un día peculiar

Manuel López Zamora


UN DIA PECULIAR (Dedicado a mi hermana Luisa)

Aquel día sería especial, diferente a los demás. Aquel día vería a mis padres ¡Hacía tanto tiempo ya! Lo habíamos acordado entre mi hermana y yo. Concertamos que el día 26 de enero del siglo que comenzaría, por la tarde, sería la cita. Ella, mi hermana, los visitaba con frecuencia, pero yo, mea culpa, creo recordar que sólo una vez los había visitado ¡Qué descastado! Aquel día llegó. Me levanté tarde, la noche anterior me costó conciliar el sueño un poco más de lo normal. Varias preguntas me asaltaban a la vez el pensamiento: ¿Cómo estarían? Me lo podía imaginar. ¿El paso del tiempo se les notaría? Seguro, el tiempo no perdona. ¿Sería capaz de enfrentarme al encuentro? No lo tenía seguro... En estos pensamientos el sueño me venció. Por la mañana, aquellas sombras, se habían desvanecido por completo de mi mente. Me preparé y resuelto salí hacia la casa de mi hermana. Cogí el tren de cercanías. Durante el trayecto, otra vez, los mismos pensamientos de la noche anterior me sorprendieron, pero la música de fondo, del vagón, me distraía. Entonces quise encontrar alguna relación entre las melodías y los acontecimientos que aquel día me depararía. Recuerdo que, de entre todas las piezas que pude reconocer, sólo a tres les quise encontrar algún significado: sonó el primer movimiento del Concierto para dos mandolinas, cuerda y continuo de Vivaldi ¡Qué maravilla! ¡Qué delicia la música barroca! Sí, aquel día transcurriría bien; luego se oyó La danza de los espíritus benditos de Gluck ¿Qué significaría? Los espíritus benditos siempre nos favorecen, pensé; llegando a Vilassar de Mar, sonaba La marcha nº 1 de Pompa y Circunstancia de Elgar, tuve que apearme y aún no había concluido, fui silbándola un trecho del recorrido, el brío de esta marcha, impregnada de arrogancia y gallardía victoriana me envalentonó y entonces decidí, que sí, los vería. Por fin después de tanto tiempo vería a mis padres. Llegué a casa de mi hermana y estuvimos haciendo tiempo hasta la hora de comer. Miramos postales y fotos de nuestra adolescencia, mientras tomaba un suculento aperitivo que ella me había preparado -ella siempre tan hospitalaria y dadivosa-. Después comimos, también me sorprendió con un plato típico de nuestro pueblo: Navas de S. Juan. Comiendo me dijo: “A mama le hubiera salío mejor”, no lo sé, lo cierto es que estaba exquisito. Siguió un segundo plato, este ya típico de la costa, postres, pastel... ¡Señor que ágape!


Aquel día, por fin, llegó la hora concertada y nos fuimos a la cita. Mi hermana no quiso ser testigo de mi encuentro con ellos, como comenté al principio, ella los visitaba asiduamente. Primero salió mi padre, vencí mi temor y me puse delante de él, verdaderamente el tiempo le había dejado su huella. Mi cerebro quedó absorto. ¿A qué velocidad viajará el pensamiento? Mi padre era uno de esos hombres de una inteligencia innata, uno de esos hombres que da nuestra tierra, Andalucía, de abolengo cristiano y arábigo a la vez, mezcla de Séneca y Averroes. Mi padre sin ser católico practicante, vivía según la frase de Unamuno -que no creo que la supiese, porque él no sabía las cosas estudiadas-: “Es posible que nos esté reservado la nada, pero hagamos de manera como si no fuese cierto”. Mi padre era un conversador incansable, poseía un vocabulario riquísimo, de cada objeto sabía su nombre. Mi padre todo lo que sabía lo había aprendido viviendo, de cada vivencia había sacado su esencia, bien podría haber sido el anciano del relato que sigue: “Eran tres hermanos a los que su padre les dejó en herencia 17 ovejas, de manera que el primero recibiese 1/2, el segundo 1/3 y el tercero 1/9 parte del rebaño. Los tres hermanos por más números que hacían no les salían las cuentas y fueron a consultar al anciano del lugar para que les aconsejase que podían hacer, el anciano les solucionó el problema diciéndoles: Muchachos yo soy pobre y sólo tengo una oveja, tomadla y haced el reparto tal como dispuso vuestro padre y si, al final, os sobra alguna oveja me la dais para mí.” Huelga decir que al final del reparto sobró una oveja. Estaba en estas reflexiones cuando asomó mi madre. A ella los años también la había marcado, pero se conservaba más entera. En lo primero que me fijé fue en sus manos, aquellas manos primorosas, manos de plata, tenía su rosario entre ellas. Mi cabeza empezó de nuevo a cavilar .Mi madre era una mujer de su tiempo, ella sí que era devota, pero no de esas de golpe en pecho y luego...No. Ella, mi madre, era más Sancho que Quijote ¡Cuantos refranes que sabía! ¡Y qué sensata! Para todo tenía un dicho. Mi madre era incansable, todo lo sacaba adelante, sobretodo en el pueblo donde la vida era muy dura, durísima -coser para la calle, llevar la casa, ir a lavar al Vadillo 1, los animales del corral, en invierno la recogida de la aceituna... Pero su máxima era: “Entre el día y la noche no hay pared”. ¡Qué tesón y qué capacidad de aguante tenía! La miraba y adivinaba debajo de su vestimenta, aquel vientre que me concibió, aquellos pechos que me amamantaron, aquellos brazos que con tanto amor me mecieron... ¡Cómo se habían marchitado! (1) arroyo, aproximadamente, a una legua del pueblo


Allí estaban los dos. Ellos eran muy diferentes, pero habían sabido complementarse. Él era desprendido, alegre, generoso. Ella era rígida, austera, resignada. Él era la fuerza centrífuga y ella la fuerza centrípeta. Ellos habían sacrificado mucho por nosotros, sus tres hijos. Ellos nos trajeron a Barcelona buscando para nosotros un porvenir mejor. Convivimos los cinco en una habitación, realquilados, durante dos años. Ahora de mayor puedo valorar cómo renunciaron a su intimidad, ¡Qué abnegación! Como digo, allí estaban los dos. ¡Hacía tanto tiempo que no los veía! ¡Llevaban tanto tiempo separados! Aquel día los unimos, tal y como nos habíamos propuesto mi hermana y yo, ¡Qué felicidad! Aquel día los unimos para siempre:


Mi padre había muerto el 27 de agosto de 1989 y mi madre nos dejó el 13 de enero de 1991. Volviendo hacia la casa de mi hermana, reflexioné sobre la experiencia vivida, que no me fue en absoluto macabra, pues sigo recordando a mis padres como antes, como en sus momentos más alegres y es que ellos siguen viviendo tanto en el corazón de mi hermana como en el mío. Manuel López Zamora

Barcelona, enero de 2001


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