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Un día normal Manuel Beltroy Arias

L

legue por la tarde, no había nadie. Fui directo a la cocina y como diría Damián, “limpié olla”. Unos frijoles algo quemados, que con harto tabasco y bien calientes quedaron con un “hot smoked style”, bastante buenos, sobre todo por el hambre que no tenía cuando cesar y estaba muy cerca al desmayo. Venía de trabajar el día entero, bastante bien, pero la falta de alimento interrumpía mi concentración y Paloma con una sutileza especial me mandó a casa como diciendo “ya estás inútil, mañana seguimos”. Pude responder, pero la verdad que el descanso no caía nada mal. Como de costumbre, ordené mi espacio, apagué la máquina y me fui. Es que, uno debe ser ordenado, dicen por ahí las malas lenguas. Si fuera como soy, me quisiera mi perro y con suerte alguien más. Tienes que ser como quieren que seas. Por suerte en casa hay donde dejar las mascaras al entrar, así no tengo que cargarla también al dormir, comer, etc. Debemos tener un espacio donde ser uno mismo, sin límites, sin restricciones, sin vergüenza. De lo contrario corres el riesgo de olvidarte de ti, de ser otro, un producto del resto. Así no vale la pena, si ya vivir es un absurdo, por lo menos que sea como uno quiere. ¡Olé! Desperté por la mañana, cerca de las 8, impulsado por el hambre que dejó la digestión del plato de frijoles. Nada más que un jugo de naranja encontré en la mesa del desayuno, se supone que también había café, pero solo encontré un frasquito con una etiqueta: “Noescafé” (es tierra procesada, súper natural, sin químicos ni preservantes, orgánico como suelen llamar a ahora a las cosas caras y que dejan más rica la comida). Me serví unas tres cucharadas al tope, para intentar engañar al cerebro, fracasé. No se puede pues, si no es, no es. Me lavé la boca y salí. Cuando estaba a unas cuadras de casa, irrumpió en mi mente la desesperada idea que dejé algo a medias. No sabía qué, era solo la sensación que algo faltaba. Por más esfuerzos que hacía no lograba descifrarlo. Habría dejado algo abierto, prendido, olvidé traer algo importante, limpiar algo, qué va ser si nunca limpio. La cocina no podía ser, nunca la prendí, el hervidor se apaga solo, a lo mucho gastará algo más de corriente. Mi billetera la traigo aquí, mi cuaderno, mis llaves, el carcinoma androide que vibra cada vez que alguien tiene ganas de joder, diciendo que quiere hablar contigo porque resultas indispensable para la decisión que debe tomar en ese instante y no después. ¡Qué carajo me falta! La ducha evidentemente la cerré, mi cama está destendida pero eso siempre es así, el ventilador lo dejé prendido, pues claro sino cómo, llego y mi sangre empieza a hervir. Me cago… bueno, a la vuelta me enteraré si fue algo muy grave o no. Saludo a Hugo, subo las escaleras, prendo el aire, mi máquina, comienzo. 10:30 y el hambre se empieza a hacer notar. Bajo por un vaso con agua, una conversación de pasadizo, subo, entro al baño, levanto la tapa evitando tocarla, pues un olor característico me advierte que tenga cuidado, descargo el envío y al abrir la llave para lavarme, caigo en cuenta del problema. ¡El caño! Dejo todo y salgo hecho un cuete, todos preguntan a nadie respondo, me cago en todos, ¡cómo no me di cuenta, cómo lo olvidé! Subo, el baño hecho piscina, el perro cagado de risa (lo sé porque


su cola se mueve como antena de carro viejo) mojando todo lo que aún sobrevive al tsunami que generó mi nunca tratado déficit de atención. Una hora y media más tarde, luego de haber secado hasta el más recóndito rincón de mi casa, suena el teléfono. Era Leo del trabajo, estaba hecho una bestia de molesto, como pocas veces lo he visto, no entendía por qué, solo gritaba. Y por más intentos que hacía para entenderle era inútil. Solo logré captar “caño”, “agua”, “escaleras”. Qué michi querrá, colgué y salí de vuelta al trabajo. Caminé algo rápido, de hecho había perdido media mañana por mi descuido. Sin embargo, cada vez iba más rápido, la misma sensación de la mañana se repetía y esta vez me encontraba más perdido que antes respecto al motivo. Al llegar y encontrarme a Hugo atorándose de risa al verme, supe lo que sucedía. Le hice jurar que no diría nada, partí la carrera sin pensarlo dos veces. Después de explicarle durante 45 minutos todo el panorama y lo que sucedería si no me ayudaba, el médico accedió a hacer un informe muy bien inventado que me salvaría de la embarazosa situación. Pasada la hora de almuerzo, me aparezco, con cara de muerto. Todos me miraban, yo con el papelito del hospital en la mano cual escudo medieval. Parado al centro de la oficina, comienzo mi relato. Los conmoví tanto que luego me contaron lo sucedido como una anécdota en la que nada tuve que ver. Cambio tanto la historia que pasé de ser el principal culpable a ser víctima de la irresponsabilidad de Collado. Pero lo más extraño de todo esto, es que todo es considerado como parte de un día normal. Hasta mañana.

Manuel Beltroy Arias 25/01/14


Un día normal